¡Me había olvidado por completo de subir el capítulo! Soy un desastre y, como compensación, subo ahora también el epílogo. A ver si os gusta
[CAPÍTULO 5: LA ÚLTIMA ESPECIA]
Era la mañana de un nuevo martes y Haruya se despertó de un humor inmejorable. Su primer pensamiento del día, al estirarse en el futón y bostezar de tal manera que se podría haber tragado una hamburguesa de una sentada, fue para Ryuuji Midorikawa. Pues hoy, tras siete meses y tres semanas, se había decidido a prepararle el mejor curry que jamás hubiera hecho para nadie.
Anoche había trasnochado preparando una nueva mezcla casera de especias. Se había atrevido, sintiéndose un gran innovador, a añadir un poco más de comino de lo que solía utilizar normalmente. La tienda de especias a la que había entregado su total y absoluta confianza se encontraba a tres ciudades de su casa y no podía ir muy a menudo, pero había hecho una excepción buscando algo verdaderamente especial con lo que agasajar al chico que siempre pedía curry. Su gran placer ya para nada secreto era conseguir hacerle feliz (aunque fuera un poquito) semana a semana, jugando con la idea fantástica de que Midorikawa esperaba casi con la misma ilusión que él la llegada del martes.
Nagumo se negaba a ponerle nombre a aquello. Se había negado también con Suzuno. Sabía lo que era y sabía por qué hacía lo que hacía pero darle un nombre significaría un golpe de realidad que todavía no se sentía dispuesto a encarar. Prefería ser feliz así, con su silencio seguro, sus miradas casuales, su arroz y sus especias.
Se levantó sonriendo, se lavó la cara sonriendo y se miró al espejo sonriendo. Y se sorprendió al encontrarse guapo.
A diferencia de sus dos mejores amigos, Haruya no era alguien que se considerara a sí mismo guapo. Tampoco feo exactamente, más bien pensaba en sí mismo como una persona poco interesante visualmente. No había salido con nadie en toda su vida y sólo se había enam... sólo había pensado de forma extraña en una persona una vez antes de ahora. Había asimilado desde hacía un tiempo que lo único que le quedaba era la fantasía, la amistad y su trabajo, tres cosas a las que se dedicaba en cuerpo y alma. Su pelo era rojo como no podía serlo más, y sin embargo a él le parecía que toda su presencia tenía un tono de gris, algo que físicamente no destacaba mucho una vez salía de su zona segura, la cocina: allí sí, allí él era el protagonista y su presencia era tan luminosa tanto como las llamas de una hoguera. En cambio ese día, en el espejo, le pareció que su pelo brillaba como nunca y que su cara era más agradable de lo normal. Se sintió... bien.
Se quitó la camiseta del pijama y se examinó, y la palabra atractivo revoloteó por delante de sus ojos y se esfumó como un niño haciendo una gamberrada.
Se le dispararon los latidos al preguntarse si Midorikawa también se daría cuenta del cambio.
Oh, no, no, se dijo sonriendo como un tonto.
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—No me lo puedo creer. —Esa fue la declaración de Midorikawa en el peor martes de su vida— ¿Un seminario antes del examen de Economía?
Necesitó sentarse de nuevo en el banco, presa del pánico. El examen de Economía era esa misma tarde, y si no era suficiente el estrés que eso le provocaba, la noticia que les acababa de dar el profesor lo había empeorado: tenía que pasar el día entero en esa estúpida facultad porque a ese hombre, imbécil entre los imbéciles, se le había ocurrido hacer coincidir ambos eventos.
—Podéis perderos el seminario a vuestra cuenta y riesgo —había dicho ese viejo brujo—, pero vais a tener que hacer un trabajo obligatorio con lo que se diga en él para aprobar el curso, así que en vuestro lugar no me escaquearía.
Y por supuesto que él no se iba a escaquear. Comer, al parecer, era un lujo opcional para aquel hombre. Lo había demostrado varias veces.
—No has traído comida, ¿verdad? —Hiroto se sentó a su lado con la fiambrera que siempre llevaba—. Siempre te vas a comer a casa. No te preocupes, puedes coger un poco de lo que traigo.
No era la comida lo que preocupaba a Midorikawa. O, en realidad, sí. Era la comida del Dragón Venus, ese plato de curry que la semana pasada le había entregado Nagumo personalmente, con su delantal y su diadema, y era el hecho de no poder, no poder ir ese día porque no le daba tiempo ni aunque un milagro divino parase todos los relojes en aquel preciso instante.
Midorikawa se llevó la mano a la frente y paseó los dedos por el flequillo, desesperado.
Quería ir. Quería darle las gracias a Nagumo por la comida. Por las miradas. Por la mirada que hoy no vería. No se lo podía decir a Hiroto, ni a Kazemaru, que se acababa de sentar a su lado sin saber nada de lo que sucedía.
—También puedes coger algo de mi comida, Midorikawa —dijo, todo bondad, con una sonrisa.
Pero ese no era el problema.
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Llegó al Dragón Venus bastante antes de su hora de entrada, encontrándose el restaurante casi repleto de adolescentes. Afuro contaba dinero en la caja registradora mientras Suzuno limpiaba la única mesa vacía con una mueca de cabreo por el estridente ruido de los chiquillos del Raimon, y ambos se quedaron quietos al ver el estallido de buen humor de Nagumo, que los saludó rápidamente y se metió tras la cortina completamente decidido a dejar preparado todo lo posible para la hora a la que normalmente le llegaba el pedido de la mesa dos.
Lo dispuso todo en un rincón y lo revisó, y lo volvió a revisar. Estaba demasiado inquieto como para no hacer nada más y todavía no había empezado la hora de comer, así que se puso a rebuscar entre los cajones y los estantes asegurándose de que no le faltaba nada, de que nada estuviera fuera de su sitio. No era demasiado ordenado pero se había acostumbrado a dejar cada cosa en cierto lugar y raramente se movía de ahí. Fue al frigorífico, inspeccionó, volvió a la vitrocerámica, la limpió un poco y se quedó mirando el reloj mientras golpeaba con el pie derecho el suelo. Oyó que se abría la puerta exterior y se tuvo que controlar muchísimo para no pegar un salto.
En cualquier momento...
Oh, pero no podía esperar.
Asomó la cabeza por fuera de la cortina pero justo en ese momento estaba entrando Aphrodi y chocó con él. Su amigo y jefe arqueó las perfectas cejas y al fin esbozó una sonrisa traviesa.
—Tu chico todavía no está aquí —informó, riendo.
—Cállate —dijo Nagumo, poniéndose granate.
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Insoportable era la mejor palabra para definir ese seminario: un hombre aburrido que les estaba dando una charla aburrida acerca del funcionamiento económico de su aún más aburrida empresa. Si quisiera, Midorikawa podría haberle tirado el bolígrafo con una puntería probablemente excelente encajándolo en una de sus amplias fosas nasales. Una opción todavía más tentadora era la de coger la chaqueta, la libreta y marcharse corriendo al restaurante familiar, coger a Nagumo, espetarle una disculpa falsa a su jefe Afuro y marcharse con él adonde fuera. Como además de tentadora, era poco realista, el desdichado de Midorikawa se consoló un poco dibujando un retrato desagradable de su profesor.
Guardaba tan bien su secreto que Hiroto no dejaba de lanzarle preocupadas miradas porque apenas había probado la comida que él y Kazemaru le habían ofrecido. Le rugía el estómago en bajo, como intentando molestar lo menos posible, y él miraba una y otra vez las agujas de su reloj de pulsera, esperando que le dieran una solución a todos sus problemas. Las horas le recordaban a Nagumo.
El examen, lo sabía, le iba a salir mal porque estaría demasiado ocupado pensando en curry. Y ni siquiera le importaba.
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Milagro de los dioses, había entretenido la mente inquieta en los primeros pedidos de cocina que habían empezado a llegar casi amablemente como para quitarle el nerviosismo. Todavía no había quemado nada y estaba tan agradecido al cielo que podría haber besado incluso a Suzuno cuando apareció brevemente para apilar platos sucios en el fregadero y reírse de él.
—Hoy tenemos un día bastante ocupado, al parecer —Afuro entró como un milagro con otro papelito en la mano. Nagumo lo miró con expectación y, cuando se dio cuenta, sonrió con algo parecido a la ternura danzando sobre los labios—. No, todavía no ha llegado. Relájate, Nagumo.
Pero no podía. No podía y se le debía de notar en la cara porque Afuro suspiró y le dio una palmada en la espalda.
—Prometo avisarte cuando lo vea aparecer, pero si no te calmas un poco acabarás haciendo un destrozo y te lo pienso descontar del sueldo —anunció con gravedad—. ¿Qué sucede? Estás inusualmente feliz y raro.
—No me pasa nada —dijo él rápidamente—. No estoy feliz. Quiero decir... no más de lo normal.
—Anda ya, te creerás que me chupo el dedo.
El jefe le guiñó el ojo y se volvió a la barra.
—No me pasa nada —se repitió a sí mismo, frotándose el cuello con algo de fuerza. Negó con la cabeza tratando de aclarar la mente y decidió que debería empezar a preparar el plato para el chico del curry al tiempo que cogía el nuevo pedido (había mucho fan de la pizza en ese restaurante) con manos temblorosas y se prometía a sí mismo dejar de sonreír como si fuera idiota.
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Tras un rato apareció un gruñido por la cortina, y a ese gruñido le siguió un cansado Suzuno.
—Hazme algo de comer, anda, que todavía no he podido probar bocado. No he descansado en toda la mañana —dijo—. Hoy han venido los del club de fútbol y ciclismo a desayunar, y no precisamente a una hora normal. ¿Es que no tienen clase nunca?
—¿Te ha dado Afuro el descanso ya? —preguntó Nagumo, dando distraído unas vueltas a la salsa que estaba calentando.
—Luego vendrá él a comer también —Suzuno se acercó a inspeccionar lo que estaba haciendo y cogió una cuchara, robando un poco de salsa—. Esto está... jodidamente bueno.
—¡Las manos quietas! —espetó Nagumo irritado, protegiendo el curry con su cuerpo—. No es para ti, es para... A ti ya te preparo otra cosa. Una ensalada y vas que chutas, ¿qué te crees? Encima de que no cobro por alimentarte.
—¿Es para él? —Ni siquiera tenía que hacer esa pregunta, pues la cara de Nagumo era un poema. Sonrió un poco—. Tío, ha pasado más de medio año y ni siquiera os conocéis, ¿no te parece un poco triste?
Haruya cogió la sartén más cercana y la blandió seriamente.
—Mira, como no te calles es posible que tengas que pillar una baja. ¿A ti qué te importa?
Suzuno resopló y fue a buscar una silla para caer en ella, alejándose de él pero sin dejar de refunfuñar. Se le notaba un leve rastro de ojeras bajo los ojos y posiblemente su mal humor se debía a que esa noche había dormido poco. Bueno, todo el mundo padecía insomnio de vez en cuando, pensó Nagumo, pero no por eso tenían que ser imbéciles al día siguiente.
—Eres un cobarde, chaval. Deberías haberte presentado al tal Midori-algo hace ya varios meses.
—Si no me dejas en paz, y lo digo en serio, te voy a meter por el culo tantos instrumentos que Afuro va a tener que comprarme un set de cocina completo. ¡Métete en tus asuntos, Suzuno!
Se le fue el buen humor durante un largo rato. Estaba bastante hasta las narices de que Suzuno pagara siempre su cabreo con él y con nadie más. Incluso Afuro gozaba del privilegio de recibir gruñidos en lugar de ataques gratuitos de ese calibre, y eso que era su novio y, técnicamente, quien debería soportar el humor inaguantable de este.
Pasaron unos agradables minutos de silencio, pero la paz nunca duraba demasiado.
—Lo siento, Burn.
Se le escapó el cuchillo de la mano y cayó al suelo con un sonido metálico y estridente.
—¿Qué? No ha sido para tanto —Nagumo se hizo el duro, recogió el cuchillo y lo lavó, todo eso dándole la espalda a su amigo—. Me has dicho cosas peores.
—No es eso —Suzuno empezaba a bajar el tono de voz y eso significaba que se había puesto totalmente serio—. No eres el único cobarde. Afuro y yo llevamos más tiempo saliendo del que te hemos hecho entender...
Nagumo estaba demasiado ocupado vigilando el arroz y la salsa como para reaccionar de algún modo visible, así que se encogió de hombros y no dijo nada. Pero Suzuno prosiguió como si le hubiera preguntado:
—Empecé a pasar de ti cuando me empezó a gustar él porque... no sé cómo explicarlo, estaba enfadado y quería hacerte daño. El caso es que no me di cuenta de que estabas enamorado de mí hasta ese momento —masculló—. Me gustaste durante mucho tiempo pero no vi nunca en ti algo que me indicara otra cosa así que supuse que no era correspondido, y la verdad es que me daba igual porque prefería que siguiéramos siendo amigos a no ser nada. Cuando me di cuenta de que había sido recíproco Afuro y yo ya estábamos... no saliendo, pero sí que nos dábamos cuenta de lo que había.
Pero Haruya seguía a lo suyo, pendiente de la vitro.
—Por eso...
—¿Puedes hacer el favor de callarte? Es la tercera vez que te lo pido —Nagumo se acercó a él con un plato en la mano que dejó en la encimera, delante de su amigo con un golpe seco. Le dio los cubiertos y lo miró con el ceño fruncido y los labios apretados—. Eres imbécil, Suzuno. Imbécil de campeonato. ¿A qué viene disculparse ahora? Es demasiado tarde, lo que digas no va a cambiar nada. Aunque te parezca increíble hace tiempo que me dejaste de gustar, lo he superado y por lo que veo debo de ser el único. Ahora come y, por Dios, deja de decir tonterías porque aunque sé que tienes sueño eso no te va a servir de excusa durante mucho tiempo.
Incómodo, Suzuno cogió la cuchara y contempló el plato de curry recién hecho que le había traído.
—Pensé que me ibas a hacer una ensalada, ¿esto no es para el chico de la mesa dos?
—Es igual, esto ya estaba casi listo —Haruya se sonrojó—. Puedo hacer más, él aún no ha venido. No tardes demasiado en comer o se te va a enfriar.
Mientras él volvía a lo suyo, Suzuno cogió un poco de pollo bañado en curry y se lo llevó a la boca. Se le abrieron los ojos todo lo que sus párpados permitían.
—Dios, Burn. Siempre he pensado que en tu cara se leía como en un libro, pero esto... Vas en serio, ¿verdad?
A ellos nunca les había preparado semejante delicia. Fue como si un cartel de neón titánico apareciera encima de la espalda Nagumo y gritara la palabra ENAMORADO en una explosión de colores luminosos.
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Las preguntas parecían estar emborronadas y los números bailaban delante de Midorikawa. En algún momento de ese día había olvidado por completo qué era la Economía, para qué servía y cuáles eran las operaciones necesarias para resolver eficazmente ese examen. Presentía, más que veía, a Hiroto respondiendo a todo casi sin levantar el lápiz del papel con la seguridad de haberlo preparado durante semanas, sí, junto a él. Claro que Hiroto no tenía sus preocupaciones.
El ruido de su estómago ahogó el quejido lastimero.
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Y definitivamente era idiota.
Después de todo, ¿quién era Nagumo, qué era el Dragón Venus, en la vida de un estudiante universitario? Alguien de paso, alguien prescindible que cubría una necesidad básica pero que no suponía nada más que una cara anónima entre las miles de caras de Inazuma. Pensar que Midorikawa podía estar interesado en algo más allá de todo eso era un pensamiento tan absurdo como infantil y, para empezar, la culpa era suya por haberse hecho ilusiones de cualquier tipo.
Nunca había hecho nada para darle a entender que su comida o el lugar eran especiales para él. No habían hablado ni tenido contacto de ningún tipo. ¿Exactamente qué esperaba él, estúpido Haruya, con su cocina más que un cliente temporal satisfecho? Nadie en su sano juicio se aventuraría tan lejos en una fantasía sin tener un seguro. Ni siquiera eran amigos. Difícilmente conocidos. No había nada, nada sobre lo que fantasear.
La comida preparada estaba guardada en sendas fiambreras que se iba a llevar a su casa, porque no iba a desaprovechar una comida bien hecha bajo ninguna circunstancia. Haberla preparado de antemano era el colmo de su idiotez, cuando nada en la vida le aseguraba que Midorikawa pensara venir ese martes (o tan siquiera pedir curry) y se sentía tan mal, tan enfadado consigo mismo, que tenía ganas de tirar la pared abajo a base de puñetazos.
Estúpido, estúpido Haruya.
Rechazado antes de tener la oportunidad de siquiera declararse. Por segunda vez.
Cuando terminó su trabajo se deshizo del delantal a base de tirones y lo dejó caer en algún lugar incierto, probablemente el suelo aunque su brazo apuntaba a la encimera. Cogió la cazadora y la bolsa con la comida y se sacudió de encima la cortina de la cocina, despidiéndose de Afuro y Suzuno con un gruñido. Ni siquiera se burlaron de él, tan patético debía de parecer que les inflingía lástima.
Aguantándose unas lágrimas sin sentido que le picaban en los ojos, salió al frío de la calle.
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Tras un infierno de muchas horas y un examen lamentable, Ryuuji había salido del campus arrastrando los pies y, con ellos, también el alma. Estaba cansado, irritado, pero sobre todo hambriento e impotente.
El corazón era como un niño y esperaba lo que deseaba, por eso cuando no lo obtenía, al igual que un niño se sentía traicionado. Era ese el motivo por el que le dolía más de lo que debería no haber ido a comer allí.
Nagumo...
Había cierto sabor a culpabilidad dentro de la tristeza que le agobiaba: se sentía como si hubiera faltado a una cita y hubiera dejado plantada a la persona en cuestión. ¿Y no era, en realidad, una cita lo que tenía todas las semanas? Hacía tiempo que había dejado de ir por la comida y había empezado a ir por verle a él, por esos dos o tres segundos de nada en los que se cruzaban sus miradas y veía en él a alguien a quien se moría por conocer, por esa voz que de vez en cuando salía flotando desde la cocina y llamaba a Afuro, por esas manos ágiles que se movían entre cazos y sartenes para darle a Midorikawa ese exquisito regalo que era su comida. Sí, era una cita, y tal vez no era una cita correspondida, pero aquello no importaba; había faltado a ella y no se lo perdonaba.
"Tal vez mañana", pensó, "mañana será otro día."
Era tan tarde que en la calle oscura se habían encendido todas las luces y ya no había ningún niño en el parque: únicamente quedaban los adultos, las parejas y él. Y Midorikawa tenía tanta, tanta...
—Hambre —suspiró en voz alta, la cabeza baja y la mano en el estómago protestón.
Una bolsa blanca se alzó y se detuvo delante de él, deteniéndolo con un respingo. Midorikawa miró más allá de la bolsa y (no respires) se encontró cara a cara con el cocinero del Dragón Venus, a quien (lo único en lo que se fijó en ese momento de estupor) el pelo le brillaba con las luces de las farolas, reflejos dorados que prendían sus desordenadas puntas y parecían dar calor si te acercabas lo suficiente.
"Nagumo", se le atragantó la palabra antes de llegar a la lengua.
Y por primera vez, le dirigió la palabra, siendo brusco y a la vez suave si tal cosa era posible.
—¿Tienes hambre? —dijo, el tono era gutural como si le viniera del fondo del estómago y en sus palabras había algo de vergüenza—. Esto es curry. No... no has venido hoy. Era para ti y pensaba comerlo en casa y... si lo calientas todavía está bueno. Es para ti.
Ryuuji apretó la mandíbula y reprimió el deseo de envolver a ese chico en sus brazos, de gritar, de decirle todo lo que le decía en sueños y antes de dormirse. Las piernas le estaban fallando y el resto del cuerpo parecía seguir el mismo camino así que antes de agarrotarse por completo extendió el brazo y cerró los dedos en torno a la bolsa, cogiéndola más por el placer de poder acariciarle la piel brevemente que por la ilusión de recibir su comida, y supo que tenía que decirle algo, gracias, te quiero, lo que fuera.
Tenía la lengua pegada al paladar.
"Háblame, sigue hablándome", suplicó en silencio, consciente de que la telepatía, como siempre, no iba a funcionar. Y Nagumo se guardó la mano en el bolsillo de su chaqueta azul, dejándolo a solas con la bolsa, completamente dispuesto a darse la vuelta y marcharse a...
a cualquier sitio lejos de él.
—¿Por qué no vienes a mi casa?
Las palabras salieron, por fin, a borbotones y sin pensar, y Midorikawa se sintió tan avergonzado por el descaro de éstas que miró hacia otro lado.
—Podemos cenar juntos —continuó tratando de endulzar una oferta que había sonado demasiado especiada—. Al fin y al cabo tú has preparado esto y...
"Y, por favor, estoy enamorado de ti"
Su interior gritaba, gritaba, gritaba como nunca jamás lo había hecho y Nagumo, casi imperceptible como la sombra de un fantasma, asintió una vez.
—Genial.
