[EPÍLOGO: POR EL ESTÓMAGO SE LE CONQUISTA]

Fue lo primero que hizo cuando Midorikawa se sentó encima de él en el sofá: sujetarle la nuca, soltarle el pelo y sonreír como un niño. Su mirada suplicante, de pupilas dilatadas, le dijo más que ninguna otra cosa todo lo que sentía. Los besos húmedos e intensos sabían a curry muy especiado y su calor subía por todo el cuerpo y llegaba febril a la mente, y en ese punto ya no pensaban más. Las manos de Nagumo se enredaban en la camiseta de Midorikawa, subiendo, y en el pelo de Midorikawa, bajando, y quemaban en su paso por la piel morena. Nagumo mordía, Midorikawa arañaba y podían echarle la culpa a las especias afrodisíacas y a tantos meses de miradas furtivas y silencios en los que se lo gritaban todo sin usar las palabras. Tal vez entre ellos nunca llegaran a ser telepáticos pero, oh, desde luego eran físicos.

Tumbado en el sofá cuan largo era, Nagumo era un regalo a la vista de camisa blanca arrugada y casi totalmente desabotonada. Su nombre era Haruya Nagumo y habían pasado un momento muy extraño, en mitad de la cena, al presentarse el uno al otro y descubrir que ya sabían todo lo que tenían que saber. De su boca salía "Nagumo" (sin formalismos), pero los dedos en su boca le hacían querer decir Haruya y sabía que él también había empezado a pensar en Ryuuji olvidando a Midorikawa en la silla de la mesa número dos. Todavía era pronto para decirlo en voz alta, y al parecer a ambos les tomaba su tiempo avanzar en ese aspecto.

Todo lo que él era, se lo cedía esta noche. Midorikawa le sacó la camisa y la dejó sobre la mesa para no ensuciarla, y después le tocó el turno a su camiseta. Su pelo se repartió libremente salpicándole la espalda y los hombros, haciendo que Haruya tragara saliva y... una sonrisa picante de labios enrojecidos y Midorikawa se agachó a repartir besos por su cuello, arañando cualquier rincón de piel que sus dedos encontraran. Un sonido escapó de los labios de Haruya, que musitó un "Joder" y se llevó la mano a la boca.

—No, por favor —susurró Midorikawa, cogiéndole la mano y enredando en ella la suya—. Déjame besarte.

Haruya se rio, un poco nervioso.

.

Ryuuji era impresionante desde ahí abajo, una nueva perspectiva más allá de lo que se había imaginado, en sus mejores momentos, que sería el chico del curry. Sería mentirse a sí mismo si admitiera que nunca había pensado en él de esta manera, estando él entre sus piernas y dejándose llevar por todo aquello que las palabras no lograban decir, pero nada había preparado a Nagumo para el Ryuuji de verdad. Sus labios, tan blandos que resultaba imposible no morderlos, abiertos para articular una vocal que no se permitía pronunciar. Hundía en ellos el dedo y entonces su lengua le acariciaba la yema, la chupaba discretamente y él perdía el norte. Y el sur. Lo perdía todo.

Todo eso palidecía ante el vaivén ondulante de su cuerpo, el color de cereza de sus mejillas, los ojos almendrados y nublados fijos en Nagumo, la respiración que poco a poco perdía cualquier compás y se mezclaba con la suya, flotando de la mano hasta el techo y más allá.

Empezó a abandonarse a sí mismo, a dejar de ser Nagumo y se convirtió en una voz que gemía, en un cuerpo que sentía, y también en parte de un cuerpo ajeno.

—Eres

La voz de Ryuuji en su oído, pero también a años luz

—guapísimo

le decía algo que no le importaba lo más mínimo, porque lo único que le importaba era escuchar sin entender, tocar, abrazar, morder

—cuando

y hacer el amor

—sonríes.

aunque el mundo, a su alrededor, parecía que estaba estallando.

.

.

Haruya se había dormido con el peso de la mano de Midorikawa sobre la mejilla, y el ceño levemente fruncido.

Él seguía despierto, pegado a Haruya y respirando de su aliento. Las sábanas le estaban asando pero nada en ese momento le haría moverse; estaba demasiado bien con esa mano en la mejilla caliente del chico que cocinaba en el Dragón Venus.

Le había pedido que no se fuera y no lo había hecho, aunque en realidad se lo habría esperado (los dos tenían que levantarse temprano). El traje de Haruya estaba colgado del baño para evitar que se arrugara más y su pijama consistía tan sólo en la ropa interior. Eran las tres de la mañana y la oscuridad era casi absoluta tanto dentro como fuera de la casa, pero para Ryuuji no suponía un problema imaginarse a la persona que tenía pegada a él; probablemente terminarían fundiéndose y lo sorprendente era que aún no hubiera sucedido.

Por dentro, se estaba muriendo de felicidad. Sabía, siendo justos, que apenas se conocían y no sabían qué cosas tenían en común aparte de lo evidente. Sabía que podía no funcionar. Nada de eso, con el sabor de los besos y la seca dulzura de canela de los gemidos, era relevante ahora. Lo importante, lo que de verdad significaba algo para él, era lo que sus yemas acariciaban: su pelo increíblemente rojo, su mandíbula relajada, la curva de su boca.

Para todo lo demás había tiempo.

F I N .


Espero que os haya gustado :)