Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
» • » Bajo El Mismo Techo « • «
25
Reencuentro
Estar en el hospital era una mierda. No solamente por el hecho de tener que pasarse horas postrado en una cama y la pésima comida que le habían servido al principio, (aunque por suerte, más tarde su madrastra se había encargado de llevarle sus comidas desde casa a diario), sino también porque lo quisiera o no, había visitas que se veía obligado a recibir y podían ser de lo más inconvenientes.
Justo como la que tenía en ese instante.
—¡Listo! ¡Ahora tu yeso es una hermosa obra de arte!—Rapunzel sonrió satisfecha al terminar de decorar el vendaje que le inmovilizaba el brazo debajo del cabestrillo—. ¿Qué te parece?
La castaña se había pasado la última media hora pintándolo con sus acuarelas de colores y ahora, la escayola lucía un colorido paisaje abstracto de flores, estrellas y demás cosas que no quería ni esforzarse en reconocer.
Hans frunció el ceño al observar el dibujo, todavía un poco húmedo a causa de las pinturas.
—Parece como si un drogadicto con sobredosis hubiera venido a mearme el brazo—respondió seriamente.
—¡De nada!
—Esta cosa es lo más gay que he tenido puesto jamás y cuando el doctor me la quite, voy a tirarla en alguna alcantarilla.
—Oye viejo, no te escuché quejarte mucho mientras Punzie te brindaba un poco de su arte—objetó Eugene, sentado al otro lado de la cama con su cámara en mano.
—Sí lo hice, le dije cinco veces que no quería que me hiciera nada y solo decidió ignorarme. Ahora esta cosa que tengo en el brazo se ve mucho más ridícula. ¿Y por qué estás grabando esto? Solamente estoy acostado quejándome.
—Tu proceso de recuperación es fascinante, amigo.
—Eres un jodido raro, muero por salir de aquí para ya no tener que aguantar sus visitas.
—Pfff, ¡a ti te encantan nuestras visitas! No mientas—la castaña sacó a su camaleón de su bolsillo y lo puso encima de su cabeza.
—Quítame a este animal de encima. ¿Cómo carajos lo metiste aquí?
—Aww Hansy, te ves tan tierno en este momento.
—Agh, en serio estoy harto de ustedes dos. Voy a escaparme de este maldito hospital.
—Claro que sí, campeón—Rapunzel le pico una mejilla con su dedo índice y luego repitió la misma acción en el resto de su rostro mientras hacía ruidos graciosos.
—Basta, ¡basta! ¡Maldición, dile a esta hippie que se calme!
—Vamos viejo, relájate un poco, no te vas a recuperar si continúas con esa actitud de mierda—le dijo Eugene, levantándose e imitando a la muchacha.
—Sí, antes eras más divertido.
—¡No! ¡Déjenme, malditos vagabundos!
La puerta de la habitación se abrió detrás de ellos dejando ver a Idun, quien ingresó observando un poco sorprendida la escena.
—No sabía que tenías visitas, cielo—comentó, mirando con curiosidad y esbozando una pequeña sonrisa.
Inmediatamente, el pelirrojo intentó relajar su semblante, cosa que no era sencilla con aquel camaleón caminándole entre el cuero cabelludo.
—Oh, nosotros ya nos íbamos—anunció Rapunzel recogiendo a su mascota y poniéndola de vuelta en su bolsillo—, solo pasamos rápido a visitar a Hans, se nota que está muy aburrido aquí. En fin, ¡nos vemos lueguito!
—Recupérate pronto, viejo. La casa está muy sola sin ti.
El aludido esbozó una sonrisa torcida mientras los veía salir de la habitación, ocultando lo aliviado que se sentía de que por sin lo dejaran. Ese par se ponía muy intenso especialmente con él, como si fuera alguna especie de imán para hippies o algo por el estilo.
Su madrastra le sonrió amablemente y fue a sentarse a su lado.
—¿Te sientes mejor? El doctor dice que la has pasado un poco mal por las noches.
—Es por mi espalda, extraño un poco mi colchón. No puedo esperar a salir de aquí.
La castaña mujer coloco sobre la mesita de noche el enorme bolso que llevaba consigo y extrajo de ahí un par de recipientes, además de unos cuantos cubiertos que acomodó en una bandeja cercana.
—Te traje el almuerzo, todavía está caliente. Son tallarines con carne y queso mozarella—anunció ella destapando uno de los recipientes.
Los ojos del muchacho brillaron al vislumbrar el apetitoso contenido. Sin duda aquello era mucho mejor que la comida del hospital, que ni por ser privado mejoraba en ese detalle. O tal vez él era muy exigente.
—En verdad te lo agradezco, no tenías porque molestarte.
—Por supuesto que sí. Después de lo que hiciste por Elsa, es lo menos que puedo hacer—dijo Idun ayudándolo a enderezarse para comer—, de no ser por ti tal vez ella pudo sufrir un accidente peor. Me angustia pensar en eso.
—A mí también—confesó el pelirrojo con seriedad—, yo… he llegado a quererla mucho—añadió en un murmullo.
Los grandes ojos de Idun se fijaron en él con algo de sorpresa y luego, la vio sonreír dulcemente de nuevo. Parecía muy enternecida por lo que había hecho.
—Mi hija también ha llegado a apreciarte bastante, aunque a veces no lo demuestre. Es por eso que me ayudó a preparar la comida de hoy; se veía muy ilusionada porque te gustara.
El corazón de Hans dio un vuelco al escucharla decir aquello. Imaginarse a la rubia haciendo cosas por él era… era lindo y le hacía experimentar una agradable calidez que hacía tiempo no sentía. No recordaba la última vez en que alguien realmente se había preocupado por él de esa forma.
Con más entusiasmo, hundió la cuchara en el tazón y comió el primer bocado, haciendo un gesto de gusto al probarlo.
—Está realmente bueno.
—Me alegro de que te guste, Elsa se pondrá muy feliz.
—Realmente ha mejorado mucho en la cocina.
—Eso también ha sido gracias a ti—Idun adquirió una pose pensativa—, pensar que al principio se resistió tanto a la idea de tener un hermanastro. Creo que al final el cambio ha resultado bien para todos… hacía mucho tiempo que no veía a mi hija tan feliz.
Hans la miró.
—Cuando tuve a Elsa era muy joven, siempre quise algo diferente para ella. Estábamos solo las dos y me entristecía un poco no poder brindarle una familia normal, aunque nunca me reclamara nada. Creció siendo tan callada y reservada que muchas veces me preocupé por tener que dejarla sola tanto tiempo—prosiguió—, hubiera querido darle una hermana o hermano, pero dada nuestra situación… en fin, me da gusto que ahora lo tenga—la mujer le devolvió la mirada con afecto—, es fácil ver que ambos se han tomado cariño como verdaderos hermanos.
El joven tragó pesado.
—Esa es la manera en que vi a Elsa desde el día en que la conocí… como a una hermana.
Si ella supiera que quería a Elsa como algo más que a una hermana, seguramente no le tendría tanta confianza. Si supiera las cosas que hacían a escondidas por los rincones o como la tocaba haciéndola gemir… por un breve instante, un ligero sentimiento de culpa lo invadió.
Lo único malo de su relación clandestina era tener que mentirle a Idun, que era tan ingenua y tan buena persona. Una de las únicas a las que de hecho, le pesaba engañar.
Hace tiempo que sentía verdadero cariño por su madrastra, casi tanto como por su madre.
Haciendo a un lado sus remordimientos, se obligó a levantar las comisuras de sus labios al devolverle la mirada a la mujer y cuando ella desvió la conversación hacia temas más seguros, ese sentimiento se desvaneció lentamente.
La puerta se abrió revelando la esbelta figura de Elsa en el umbral, todavía ataviada con esos pequeños shorts que debía llevar al trabajo y sosteniendo entre sus delicadas manos una caja que le resultó conocida. Era de esa cafetería donde hacían los esponjosos pastelitos que tanto le gustaban.
La platinada le sonrió dulcemente antes de cerrar la puerta tras de sí y acudir a su lado.
—¿Cómo te has sentido?—le preguntó llegando junto a él.
—Podría estar mejor, pasarme todo el tiempo en esta habitación es una mierda… aunque la comida que me enviaste no estuvo nada mal.
—En serio me alegro de escuchar eso—Elsa le echó un vistazo al colorido diseño que ahora decoraba su brazo en recuperación y lo miró con una ceja arqueada.
—Rapunzel estuvo aquí—respondió el joven, sin necesidad de que dijera nada—. No preguntes.
—No pensaba hacerlo.
La muchacha le besó la mejilla y acto seguido subió a la cama, sentándose en flor de loto y colocando la caja en medio de sus piernas para abrirla, revelando dos cupcakes de chocolate y otros dos con glaseado de limón. Tomó uno de estos últimos y lo llevó hasta la boca del pelirrojo, permitiendo que él saboreara la cobertura ácida con deleite.
—Si no salgo pronto de este maldito hospital y me siguen alimentando así, voy a acabar por subir de peso. No me muevo en todo el día.
—Je je je, te vas a poner gordo—Elsa lo vio fruncir el ceño, espantado ante tal posibilidad y movió el cupcake hacia su nariz para mancharle la punta—, imagínate eso.
—De ninguna manera, en cuanto salga de aquí voy a ir a correr todos los días hasta destrozarme los pies. Mierda, creo que ya hasta he empezado a acumular grasa.
—Pues será mejor que te des prisa, ¿eh?—la chica le pinchó el estómago con su dedo índice, picoteando unos inexistentes rollitos con afán de fastidiar.
—¡Ya basta!—Hans la retiró con un pequeño manotazo.
—Te vas a poner pachoncito como mi gato.
—Nunca seré como esa bola de pelos gorda, nunca.
—Sí, sí lo serás—volvió a picarle el vientre—, gordito.
—Basta.
—Estás muy renegón el día de hoy—alegó la muchacha mientras lo continuaba picando.
Hans apresó sus manos entre las suyas y tiró de ella hacia si, inclinándose hacia adelante para cubrirle la boca con la suya, sintiendo como se tensaba y luego se dejaba llevar por el beso.
Elsa se despegó de él suavemente.
—¿Y eso qué fue?
—No encontraba una manera mejor de callarte.
—Tiraste los cupcakes—dijo ella con un puchero, viendo como los pastelitos se hallaban desperdigados en la cama.
—En este momento me apetece probar algo diferente—el pelirrojo esbozo una sonrisa maliciosa y volvió a besarla, encerrándola fuertemente entre sus brazos.
La muchacha no opuso resistencia y se dejó sostener por él, sintiéndose como una muñeca de trapo. Era increíble el control que Hans tenía sobre su persona y aún más que le permitiera tenerlo.
Definitivamente esos acercamientos la estaban afectando.
El beso se profundizo y sus lenguas se encontraron. Elsa suspiró entre sus labios, sintiendo el agradable sabor a limón que estos tenían. No podía imaginarse nada mejor que aquello.
El sonido de pasos por el pasillo los alertó de repente, haciendo que la chica se despegara bruscamente y se apresurara a bajar de la camilla, al tiempo que la puerta se abría dando paso a una persona.
Una joven enfermera de largo cabello castaño entró en la habitación y les dio las buenas tardes.
—¿Cómo se ha sentido nuestro paciente el día de hoy?
—Mucho mejor, gracias.
—Tengo que darte tus medicamentos. Y también veremos como va ese brazo.
La enfermera se acercó a él con una sonrisa felina, metiéndole un par de pastillas a la boca y acercándole un vaso de agua para ayudarle a tragar. Su mano se mantuvo en la nuca del cobrizo, permitiéndose rozar algunos de sus cabellos antes de soltarlo.
—Ahora déjame revisar tu brazo, cariño. Creo que el yeso está haciendo bastante bien su trabajo—la mujer se inclinó sobre él sugestivamente para desatar el cabestrillo.
Elsa frunció el ceño y la miró con frialdad, creyendo que estaba siendo demasiado atenta con su hermanastro para su gusto. ¿Qué se creía para hablarle así? Debía llevarle por lo menos tres o cuatro años; la muy depredadora.
—Vaya, está sanando rápido—la enfermera apretó levemente el antebrazo de Hans y luego le sonrió—, es una suerte. Sería una lástima que un muchacho tan guapo como tú quedara con el más leve daño físico.
El aludido sonrió arrogantemente ante la lisonja.
—Se ve que eres muy resistente, ¿vas a ejercitarte?
—Solo salgo a correr.
—¿De veras?
Un sonoro carraspeo distrajo a la recién llegada, que se volvió para mirar a Elsa. La adolescente estaba de brazos cruzados y la miraba de forma reprobatoria.
—Creí que usted estaba aquí para atender a los pacientes, no para conversar con ellos—apunto la rubia de manera afilada, de manera que la enfermera pareció descolocada por un momento.
—Disculpe señorita, pero solo trataba de hacer sentir cómodo al paciente, ya sabe, ese es mi trabajo—la castaña le volvió a sonreír al colorado—. ¿Ustedes son familiares?
—Soy su novia—la chica respondió antes de que Hans pudiera decir una palabra—y no me parece que te tomes tantas confianzas al atenderlo, así que termina y haz el favor de marcharte. Estábamos conversando antes de que tú entraras.
La expresión sonriente de la enfermera se desvaneció al instante, como si le hubiera revelado algo decepcionante. Desde su lugar, Hans arqueó una ceja.
—Ya veo—la joven continúo revisando su brazo, esta vez mostrándose tensa—, yo… no lo sabía. Bueno, todo parece en orden—volvió a ponerle el cabestrillo—, mantén tu brazo quieto, ¿de acuerdo?
Cuando se incorporó para tomar las medicinas su mirada se cruzó con la de Elsa, quien todavía la observaba de manera glacial, por lo que frunció los labios y se dirigió hacia la salida.
—Con permiso—se despidió cortantemente antes de cerrar la puerta.
La platinada bufó. Como si tuviera derecho a indignarse, la muy zorra. Todavía sentía como le hervía la sangre solo de recordar como tocaba y le hablaba a su hermanastro.
—Entonces, ¿eres mi novia?—la pregunta burlona de Hans la devolvió a la realidad.
Él la veía desde la cama con una de las comisuras de sus labios alzada y la ceja derecha en alto, del modo tan engreído que solía emplear para fastidiarla. La chica se sintió ruborizar.
—Solo le dije eso para que no se tomara tantas atribuciones. Se supone que las enfermeras están aquí para atender a los pacientes, no para comportarse como mujerzuelas.
—Lo veo y no lo creo. ¿Acaso estás celosa, copo de nieve?
El retintín socarrón de Hans le hizo arrugar frente. ¿Celosa ella? Ella no estaba celosa. No, ella jamás se permitía tener esas actitudes tan inseguras e infantiles.
Eso era cosa de Hans. Él podía hacer un escándalo por cuantas personas trataran de acercársele y todo eso, porque era un posesivo y un inmaduro, pero Elsa estaba muy por encima de eso. Y una muchacha como ella jamás, jamás se dejaría llevar por algo tan irracional como lo eran los celos…
—Es adorable verte tan molesta, ¿lo sabes?
—¿De qué estás hablando, idiota?
—No hay razón para que te pongas tan celosa, Elsa—el pelirrojo le guiñó un ojo con perversidad—, tú siempre vas a ser mi favorita.
Liberó una risa sardónica y satisfecha. Dios, era tan genial que esa chiquilla recibiera una cucharada de su propio chocolate. Ahora sabría que sentía él cada vez que alguien se le acercaba con malas intenciones y la muy ingenua nunca quería escucharlo. Sus pálidas mejillas estaban encendidas y el brillo peligroso de sus ojos azules, en conjunto a su ceño fruncido, le daban un aspecto de lo más encantador.
Pensó que podría mirarla así todo el tiempo.
Elsa entornó los ojos y camino hacia él amenazadoramente. Acto seguido, llevo una mano hasta su oreja y se la pellizco fuertemente.
—¡Auch! ¡¿Pero qué demonios…?!
La albina le tomó la otra mano con fuerza, cuando hizo ademán de hacer que lo soltara.
—Deja de hablar tantas estupideces, pareces un niñito de preescolar—Elsa le tironeó la oreja—, que sea la última vez que das semejante espectáculo con una mujer, y encima una mayor, ¡esa tipa es mayor que tú! ¡¿Cómo se atreve?!
—Oye, mierda, no es para tanto… ¡aughhhh!
—¡No creas que no vi como la mirabas! ¡Sucio pervertido!
—¿De qué estás hablando? ¡Ni siquiera la miré! ¡Solo estaba mirando mi brazo!
—¡No me contradigas! ¡Grosero!—Elsa jaloneó su oreja una vez más, como si estuviera riñendo a un niño—¡A mí no me importa si soy tu novia o no! Mientras continuemos con esto no vas a estar con otras chicas, ¡porque si no te mato! ¿Entendiste, playboy de cuarta?
—¡Sí, sí, que demonios! ¡Maldición!—Hans logró zafarse por fin de su mano y se frotó la oreja—Aghhh, me duele. Demonios niña, lo que eres capaz de hacer por mi culo. Sé que te encanta.
—¡Cállate, idiota! Cómete tu cupcake—la platinada recogió el pastelito a medio comer de entre las sábanas y antes de que pudiera alegar cualquier cosa, se lo metió en la boca y lo obligó a masticar, convirtiéndose aquello en una discusión llena de regaños y balbuceos.
Mientras trataba de no atragantarse con el postre e insultaba como podía a su hermanastra, Hans trató de no dejarse llevar mucho por el hecho de que, a pesar de todo, le había encantado verla celosa. Incluso le había gustado la escenita que le había montado después, con jalón de orejas y todo.
Elsa podía aparentar ser tan fría como el hielo pero en el fondo era de armas tomar y eso, hacía que sintiera nuevamente mariposas en el estómago.
Él nunca había sido de los que buscaran comprometerse con alguien, pero de pronto, la idea de tenerla como novia y no como una simple aventura no le parecía tan mala. En absoluto.
No cabía duda de que la situación lo había vuelto un blandengue.
—Joder, casi me ahogo con ese maldito cupcake.
—Qué bueno, para que aprendas a no andarte con payasadas. Cómete otro.
—¡No!
—¡Sí!—le metió el segundo cupcake entre los labios a la fuerza y de nuevo empezaron a forcejear.
Había cosas entre ellos que nunca iban a cambiar.
El tema de las visitas en el hospital no parecía acabarse nunca. Era como si de repente todos tuvieran la obligación de ver como se encontraba, pese a que lo único que quería era un momento de paz.
Claramente, las personas que estaban en su habitación en ese instante no tenían claro ese concepto.
—¡Cielos Hans! Ese auto sí que debió ser enorme, te ves muy jodido—Anna parloteaba como de costumbre, sin el más mínimo tacto o reflexión hacia la situación—, ¿es verdad que rodaste por el capo antes de caer en el suelo? ¿Y que luego te pasó por encima? ¿Cómo se sintió?
—Anna, deja de exagerar—la reprendió Kristoff, quien estaba parado a un lado de ella y al contrario de la colorada, no se veía en absoluto complacido de encontrarse ahí.
Sus pupilas ambarinas se cruzaron por un segundo con las de él, con expresión seria, antes de que el pelirrojo se volviera a la chica para responderle con sarcasmo.
—A ver, ¿y tú como crees que se siente ser golpeado por un auto? ¿Te gustaría hacer la prueba? ¿Eh?
—¿A ti te gustaría salir de aquí con los dos brazos rotos? Podemos hablarle a Punzie de una vez para que decore un segundo yeso con otro diseño marica—espetó el rubio amenazadoramente, empuñando una mano y envolviéndola con la otra.
Los dos se observaron de forma desafiante.
—Hombres, nunca saben hacer otra cosa que pelearse como los animales que son—Mérida, quien se hallaba justo al otro lado de su cama, se levantó del asiento que ocupaba y le dio un golpe en su hombro sano, haciéndolo quejarse—. ¡Y tú! ¿En qué estabas pensando al ponerte enfrente de ese maldito coche? ¿Eres imbécil o qué?
—¡Oye bruta, le vas a dislocar el hombro!—chilló Anna frunciendo el ceño.
—¡Tú cállate, trenzuda! ¡O también te doy lo tuyo!
—¡Pues ven acá y dámelo! Pero antes avísale a un doctor para que traigan otra camilla, ¡porque te voy a dejar convaleciente!—Anna formó dos puños con sus manos y moviéndolos como boxeador.
Kristoff la tomó de las muñecas y le hizo bajar ambos brazos, conteniéndola de ir hacia la otra muchacha.
—¡Bah! No vales la pena—Mérida le miró con desdén y luego se volvió nuevamente al cobrizo—, y a ti más te vale que no vuelvas a hacer otra tontería como esta. Porque si quieres romperte los huesos, de eso me puedo encargar yo—crujió sus nudillos—, pero a nadie le gustaría que echaras a perder ese cuerpecito de playboy barato que tienes. No hasta que te hagas viejo y te pongas irremediablemente flácido como el trasero de mi padre.
—Muchas gracias por ese comentario de mierda. Tú siempre sabes como hacerme sentir mejor—le espetó Hans con ironía.
—¿Y qué esperabas? ¿Unas flores y una tarjeta para que te sientas bien?—Mérida le asestó un zape—Pues no, lo que hiciste fue bastante estúpido, que lo sepas.
—Ay, en serio eres una perra—dijo Anna frunciendo los labios—. Yo creo que lo que hiciste fue muy valiente, Hans. De no ser por ti, Elsa estaría aquí ahora mismo o quien sabe…
—Espero que esa Barbie al menos te haya dado las gracias—repuso la otra chica.
—No se hacen estas cosas para que te lo agradezcan, bruja. ¡Se hacen por cariño y desinterés! Solo alguien capaz de llevar a cabo un verdadero acto de amor sabe lo que es eso—Anna se cruzó de brazos—, pero que vas a saber tú si solo te la pasas lanzando flechas por ahí y golpeando gente.
—Awww, ternurita. ¿Sacaste eso de alguna película cursi de Disney? Porque suenas igual que una de sus patéticas princesas.
Anna bufó y rodó los ojos, optando por ignorarla.
—Como sea, la verdad es que queríamos pasar a verte antes pero ya sabes, el trabajo. Kristoff y yo estuvimos pensando en que podíamos traerte para que te sintieras mejor y coincidimos en que no hay mejor manera de recuperarse que disfrutando de algo dulce, así que te trajimos una caja de deliciosos chocolates, porque a todo el mundo le gustan los chocolates, ¿verdad Kristoff?
—Seee—respondió el blondo secamente.
Era obvio que si por él fuera, Hans bien podía haber caído en coma y ni siquiera se hubiera dado por enterado. Solo estaba allí por su novia.
—¿Y bien?—el colorado arqueó una ceja.
—¿Qué?—la pecosa parpadeó.
—Los chocolates, ¿dónde están?
—¡Oh, me los comí! Ay, es que era tan largo el camino al hospital que me dio hambre, ¡el transporte público se demora mucho!
Hans contuvo las ganas que tenía de levantarse para colgar de las trenzas a la joven. Era tan tonta, por Dios.
—Velo por el lado amable, principillo. No necesitas más calorías ahora que estás postrado en esa cama, sin poder mover el trasero. Tanta inactividad te va a poner fofo—Kristoff lo miró con socarronería—, aunque esos chocolates sí que estaban buenos.
—Oh sí, estaban riquísimos, estoy segura de que te habrían gustado.
Hans los fulminó con la mirada. En serio eran unos idiotas.
—Bueno, pues yo si te traje algo para que no te la pases tan mal aquí. Es tu bebida energética favorita—Mérida le extendió una lata alargada—, sabor a limón por supuesto.
—Compraste esa bebida barata en el dispensador que está en el pasillo—alegó Anna.
—Al menos yo no me la tomé en el camino, estúpida.
—¡Te voy a moler el trasero a golpes!—bramó Anna volviendo a empuñar sus manos y dando una patada en el suelo. Kristoff le dio un codazo y de repente pareció recordar algo—¡Oh, cierto! La madre de Kristoff también mandó algo para ti; es de su tienda, ¡tienen tantas cosas místicas e interesantes allí!—sacó de su bolsito una piedra de forma irregular y transparente—Es un cuarzo curativo. Sirve para purificar las energías y amplificar tus vibraciones para ponerte en sintonía con el universo, ¡apuesto a que no tardarás en sentirte mejor!
—A mí me parece solo una roca—dijo Hans.
—Es solo una roca, animal—repuso el rubio con obviedad—. Por alguna extraña razón mi madre quiso tener un detalle contigo, así que déjate de romper las bolas y acéptalo.
Hans lo fulminó con sus pupilas esmeraldas, en serio, ¿quién se creía que era ese grandulón para venir a hablarle así en sus narices? Si estuviera en condiciones le patearía el culo con facilidad… o bien, quizás no, considerando que Kristoff era mucho más fornido, pero sí podría darle uno o dos palos para que se dejara de joder.
—Puedes usarlo para detener tu puerta—sugirió Mérida mirando el cuarzo.
—Si serás idiota, esto no se usa para detener puertas—dijo Anna—, se supone que tiene que limpiar su aura. Así—movió la roca alrededor de Hans, como si estuviera esparciendo algo—, ya puedes sentir como purifica tu energía, ¿cierto?
—Ah sí, ya lo creo—dijo él siguiéndole la corriente.
Cuando estuviera en casa, dejaría arrumbada esa piedra en el rincón más olvidado de sus cajones y punto.
—¡Oh sí! Puedo sentir como la energía negativa en esta habitación se disipa poco a poco. Debería mover la piedra más para ese lado—Anna miró a Mérida con los ojos entrecerrados—, hay mucha negatividad desde allí.
—Aquí hay otra cosa para que disipes con tu piedra mágica, zorra—Mérida le mostró el dedo medio.
—Bueno ya cálmense, ¿por qué no pueden llevarse bien? Creí que las chicas eran un poco menos obvias con sus rivalidades—mencionó Kristoff.
—Pues yo no veo aquí a ninguna otra chica aparte de mí—dijo Anna haciéndose la desentendida.
—¡Ya estuvo, trenzuda! ¡Te voy a enseñar a respetarme a base de puños!
—Veremos quien le va enseñar a quien—Anna se puso en posición defensiva, lista para el ataque, antes de ser tomada del brazo por el blondo.
—Muy bien, suficiente de visitas por hoy. Vámonos Anna—dijo Kristoff—, hay que llegar a casa para darle un paseo a Sven. Recuerda que le prometimos sacarlo a caminar.
—Sí, eso enana, escóndete detrás del trasero rubio de tu novio. Como se ve que necesitas a un hombre para que te defienda.
—¡Al menos yo tengo novio, melenuda!
—¡Argh! ¡Maldita hobbit barata!
Hans intentó no reír al escuchar el insulto de su amiga. De vez en cuando, la escocesa soltaba unos comentarios muy chistosos para referirse a los demás.
—Vuélveme a decir así y te arranco esos pelos de guiñapo que tienes—amenazó la cobriza.
—Ya Anna, déjate de gritar—la atajó el pelirrojo—, estamos en el maldito hospital, por Dios. Vuelve a la aldea de los pitufos y déjame descansar, ¿vale?
—¿Cómo que la aldea de los pitufos? ¿Qué quieres decir con eso?—la mencionada frunció el ceño y se llevó ambas manos a la cadera.
—Quiere decir que eres insignificante, del tamaño de una hormiga—espetó Mérida—, eres una maldita pitufa, una hobbit, una liliputiense, un jodido gnomo de jardín. Cuando estás sentada con una multitud y les dicen a todos que se pongan de pie, a ti te lo piden dos veces.
—¡Te voy a romper la nariz, machona!—chilló Anna con las mejillas tan rojas como su cabello en tanto Hans se echaba a reír, esta vez sin poder contenerse.
Su risa fue abruptamente cortada por el golpe que Kristoff le asestó en su hombro sano, haciendo que lo mirara con enojo. ¿A eso le llamaban una visita decente? Estaba convaleciente y no hacían más que faltarle al respeto, como odiaba ese hospital de mierda. Y al grandulón ese también.
Todavía tomada del brazo por su novio, la pecosa forcejeaba para abalanzarse sobre la otra muchacha, que se estaba tronando los nudillos otra vez.
—Tranquilízate Anna, no hay razón para enojarse.
—¡Pero me dijo liliputiense!
—Yo creo que tu estatura es perfecta y adorable. Como tú.
—Awww—al instante, el semblante iracundo de Anna se desvaneció para ser reemplazado por uno enternecido.
La colorada se paró en las puntas de sus pies para besar a Kristoff. Hans los observó con desagrado.
—¡Agh, que asco! Consíganse una habitación, idiotas—espetó Mérida.
—¡No estoy escuchando nada de lo que cacareas!—Anna le sacó la lengua de manera infantil y después le sonrió al pelirrojo—¡Hasta luego, Hans! Espero que te recuperes muy pronto… Kristoff, dile que tú también esperas que se recupere—añadió, dándole con el codo al aludido.
—Él ya sabe que sí—discutió él con fastidio.
—¡Díselo!
—Agh, recupérate pronto, lo que sea—le deseó Kristoff hoscamente, rodando los ojos.
—Váyanse, por favor—repuso el colorado con seriedad.
Anna le dedicó una última seña grosera a Mérida con su mano y salió sonriente de la habitación, dando saltitos y siendo seguida por el rubio.
—En serio, ¿qué es lo que ese fortachón le ve a esa enana ridícula? No entiendo—la joven se cruzó de brazos con una mirada incrédula—, es como tú con Barbie. Ustedes los hombres están locos.
—Algún día encontrarás a alguien que pueda soportarte, engendro.
—Vete a la mierda, idiota.
—Lo digo en serio.
—Sí, claro. Y hablando de eso, necesito que me expliques una cosa—Mérida sacó su móvil del bolsillo y lo encendió para mostrarle algo. En la pantalla, reconoció una notificación que indicaba un montón de mensajes de Whatsapp, todos del mismo número—, ¿por qué tu hermano no deja de enviarme mensajes para molestar? ¿Cómo se supone que averiguó mi teléfono? ¡Voy a arrancarle la cabeza a ese imbécil cuando lo vea!
Hans parpadeó sorprendido. Tal parecía que Lars nunca aprendería.
Elsa avanzó por los blancos pasillos del hospital, impaciente por encontrarse con su hermanastro. Quedaba tan solo un día para que pudiera regresar a casa y aquella sería la última noche que tendría que permanecer ingresado. La mayoría de sus lesiones habían sanado y aunque tendría que llevar el yeso de su brazo por unas semanas más, todo parecía indicar que se encontraría maravillosamente.
Y ella no podría estar más feliz.
Al doblar por un corredor distinguió a su padrastro al final de este, hablando con alguien. Era una mujer a la que nunca había visto, de cabello rubio y vestida de manera elegante. Si bien no levantaban la voz, al parecer estaban discutiendo sobre algo.
La platinada frunció el ceño y se acercó.
—… no creo que haya necesidad de eso, él ha estado muy bien aquí—Adgar se detuvo en medio de su argumento al notar su presencia y adoptó un tono de voz más suave—. Elsa, llegaste. Ella es mi hijastra.
La mujer se volvió a ella, revelando un rostro de rasgos maduros pero atractivos y un par de ojos verdes que le resultaron extremadamente familiares.
—Ya veo. Se parece mucho a tu esposa.
—Sí—Adgar le sonrió de la manera bondadosa en que acostumbraba—, Elsa, te presento a Sofie… es mi ex esposa.
Los ojos azules de la joven se abrieron con sorpresa. Por supuesto, tenía los mismos ojos esmeraldas de Hans. Era obvio que su madre no se quedaría de brazos cruzados después de enterarse de lo que había sucedido con su hijo. De pronto se sintió avergonzada.
—M-mucho gusto, señora—dijo con timidez, cruzando sus manos enfrente de ella.
—Es un placer, Elsa. Mi hijo Lars me ha hablado mucho de ti.
La chica parpadeó impresionada. Adgar desvío su mirada hacia un doctor que se aproximaba por el lado opuesto del pasillo.
—Discúlpenme, tengo que hablar con el médico un momento—se retiró dejándolas a solas.
Elsa sintió la mirada de la mujer analizándola de pies a cabeza, con nerviosismo. ¿Se habría enterado de la razón por la que su hermanastro estaba hospitalizado ahí? De solo pensar que sí se moría de la vergüenza.
—Vienes a ver a mi hijo, ¿verdad? Adgar me comentó que has estado viniendo a visitarlo todos los días. También me dijo lo que ocurrió respecto al accidente.
Elsa enrojeció violentamente.
—Yo también he venido a verlo; me habría gustado estar aquí antes pero las circunstancias lo hicieron imposible—Sofie se acomodó su bolso caro en el hombro—, ¿sería molestia que me acompañaras a la cafetería por un té? Quisiera que conversáramos un poco.
Intimidada, Elsa la siguió hasta la cafetería del hospital, sin el atrevimiento de negarse o de inventar una excusa. Ella nunca había sido buena para hablar con desconocidos, pero jamás se había sentido tan nerviosa en presencia de uno.
Observó en completo silencio como Sofie pedía un vaso de té de jazmín y rechazó de manera apocada su ofrecimiento cuando le preguntó si quería algo.
Ambas se sentaron en una mesa, la albina jugueteando con su trenza incómodamente.
La mujer no decía nada, sino que se limitaba a soplar sobre su bebida delicadamente y a beber unos cuantos sorbos, en tanto sus orbes de jade la observaban una vez más, inquisitivamente. La tensión era insoportable.
Ahora que la veía más de cerca, era fácil darse cuenta de que se trataba de una mujer considerablemente mayor que su madre (y eso tenía sentido, teniendo en cuenta la cantidad de hijos que había tenido. El propio Adgar lo era, aunque se conservara bastante bien), pero que todavía conservaba el atractivo y la belleza que seguramente debieron ser impresionantes en su juventud.
—Eres una chica muy bonita, Elsa—le dijo con sinceridad.
—G-gracias—respondió la adolescente con retraimiento.
A decir verdad, esperaba que en cualquier momento comenzara a reclamarle por el estado de su hijo y como no, ella estaba dispuesta a disculparse, ya que todavía se sentía culpable por eso.
—Realmente te pareces muchísimo a tu madre, es una mujer bastante guapa—admitió Sofie con educación. No se notaba en su voz el menor resentimiento o indicio hacia la mencionada o hacia su ex marido—, Adgar siempre tuvo buen gusto para las mujeres. Aunque he de decir que me sorprendió bastante su suerte. Tu mamá es muy joven y con los años e hijos que tiene él… pero en fin, no estamos aquí para hablar de eso, ¿verdad?
Dejó el vaso de té sobre la mesa.
—Quisiera que me platicaras un poco sobre mi hijo, me he enterado de que ustedes dos se han vuelto muy cercanos, algo que me asombra. Hans parece tranquilo por fuera, pero tiene un carácter muy difícil.
"Y que lo diga", pensó la adolescente mordiéndose un labio.
—Me gustaría saber como ha estado en todo este tiempo, si se siente a gusto aquí y si ha hecho amistades. Lars me comentó después de su visita que todo parecía estar en orden, pero tú que llevas más tiempo conviviendo con él, seguramente puedes darme más detalles.
—¿Él no le ha contado nada?—inquirió Elsa, dándose cuenta de que en todo el tiempo que llevaban viviendo juntos nunca había visto que Hans tomara el teléfono para llamar a casa de su madre.
Aunque siempre había supuesto que se comunicarían de alguna otra manera.
—No he hablado con mi hijo en meses—reveló Sofie poniéndose seria—. Cuando se marchó de la casa no estábamos en los mejores términos y me temo que soy tan orgullosa como él. En todo este tiempo, nuestra única comunicación se ha basado en mensajes de texto y algunos correos electrónicos—suspiró—, muchas veces pensé en llamarle pero no me gusta presionarlo. Hans es muy reservado y nunca habla de lo que siente. No desde que era niño.
—Lo siento mucho, no lo sabía—dijo Elsa, sinceramente apenada—. Él mencionó alguna vez que tenía problemas en Drammen pero nunca quiere hablar de eso.
—Entiendo. Supe cuando se fue de casa que las cosas no iban a ser iguales—Sofie desvió la mirada hacia el contenido de su vaso, pensativa—, Elsa, ¿te ha hablado mi hijo acerca de sus hermanos?
—No. Nunca los menciona. Solamente Lars es a quien parece tolerar un poco pero del resto… pues no suele expresarse muy bien.
—Mis hijos no han tenido una relación sencilla, desafortunadamente. Temo decir que no somos una familia modelo. En fin, eso realmente no tiene importancia—repuso la mujer—, ¿la ha pasado bien aquí? ¿Es feliz con su padre?
—Me gusta pensar que sí, aunque no suele expresarse mucho con su madre. En casa todos lo apreciamos y también ha hecho amigos. Mamá le ha tomado mucho cariño.
—Y tú también por lo que veo.
—Sí—contestó ruborizándose.
Pensó que si se enterara de como se trataban entre ellos al principio, tal vez no estaría hablándole con tanta amabilidad.
—Es una ganancia. Siempre me pregunté como haría mi hijo para lidiar con una "hermana menor", siendo el más joven de tantos hermanos. Supuse que la idea le podría disgustar un poco.
—Bueno, al inicio era difícil pero con el tiempo hemos aprendido a… llevarnos bastante bien.
Sofie sonrió de lado. El gesto era igual al que hacía el muchacho cada vez que se complacía con algo.
—Tanto así que mi hijo no dudó en protegerte de ese accidente.
Elsa sintió que sus mejillas ardían aún más con el comentario.
—¡Y quiero que sepa que lo lamento profundamente! No era mi intención que le pasara nada—aseguró azorada—, de verdad no sabe cuanto lo siento, si yo hubiera podido evitarlo…
—No te estoy echando la culpa—dijo ella tranquilamente, bebiendo otro largo sorbo de su té—, sé muy bien como ocurrieron las cosas. Y debo admitir que Hans me ha sorprendido mucho esta vez… mi hijo no suele hacer cosas desinteresadas por nadie, a menos que realmente signifique algo para él. Un honor del muy pocos gozamos debido a lo orgulloso de su personalidad. Realmente debe quererte mucho para haber hecho semejante cosa.
Elsa no supo que decir ante tales palabras, aunque no podía negar que su corazón se había acelerado con ellas.
Sofie volvió a suspirar, mirándola de nuevo. No necesitaba de muchas evidencias para comprender que era lo que en verdad ocurría allí. Esa jovencita era aún más linda de lo que su hijo, Lars, le había dicho al regresar a casa luego de su corta estadía en Oslo durante el verano. Resultaba obvio porque había atraído tanto la atención de sus dos hijos menores, algo que la había hecho recelar al principio.
Y ahora Hans estaba encandilado con ella. Su hermanastra parecía ser una buena persona y bastante tímida como para andar jugando con nadie; pero conocía muy bien a su hijo como para temer por su bienestar emocional.
Hans era más sensible de lo que parecía a simple vista, aunque tratara de ocultarlo con su fachada fría, despreocupada y manipuladora. Como su padre, siempre había tenido debilidad por una cara bonita y si se estaba involucrando tanto como sospechaba, corría el riesgo de salir lastimado.
Otra vez.
Su hijo no contaba en realidad con ninguna experiencia amorosa, pero el comportamiento de sus hermanos lo había vuelto cínico y quebrantable.
—Hace mucho que quería tener una conversación con mi hijo, de modo que espero que no me ignore. Siempre tuve mis dudas acerca de dejarlo mudarse aquí. En realidad me gustaría mucho que volviera a casa—Elsa se sobresaltó al escucharla y se tensó en su lugar, alerta—, quizá con un poco de suerte y las palabras indicadas, pueda convencerlo.
—Pero no entiendo… ¿no dijo que no se llevaba bien con sus hermanos? Él de verdad se siente muy a gusto aquí—repuso apresuradamente.
—Es precisamente por eso que me gustaría que vuelva, las cosas no están tan tensas cuando se marchó. Pienso que me gustaría que mis hijos arreglaran las cosas entre ellos—Sofie terminó de beber su té y depositó el vaso vacío ante ella—, además, como madre también lo extraño. Y estoy segura de que en el fondo él también. Realmente solíamos tener mucha afinidad antes de su mudanza, ¿sabes?
Elsa se quedó paralizada en su lugar, sin saber bien que decir. De pronto, sentía una opresión en el pecho que no le dejaba reaccionar.
Pensó en la posibilidad que mencionaba y se estremeció. ¿Hans regresando con su madre de nuevo? ¿Viviendo lejos? ¿Después de todas las peleas, de todos los momentos y afectos que habían compartido? ¿Realmente sería capaz de dejar todo eso atrás por volver a su ciudad?
—De cualquier manera, no es una posibilidad definitiva—Sofie se levantó de su asiento con gentileza—, tendríamos que hablarlo bastante. Sé que sus estudios aquí ya van bastante avanzados y no quisiera que se retrasara… pero supongo que eso es algo que tendré que hablar con él. Si me disculpas, Elsa. Ha sido un placer hablar contigo.
La mujer le sonrió por última vez antes de dirigirse a la habitación de su hijo y ella la miró alejarse, sintiendo que no podía ignorar esa opresión en su corazón.
Hans observó de manera neutral a su madre, que había tomado asiento a un lado de él. Su postura era perfecta y elegante, como correspondía a la mujer de sociedad que siempre había sido. Sus manos estaban cruzadas en su regazo con calma y sus ojos, idénticos a los suyos, le devolvían la mirada con una expresión que no podía descifrar.
Aunque estaba claro que se encontraba preocupada por él. Lo había visto en sus pupilas al ingresar a la habitación y fijarse de inmediato en su rostro, que todavía mostraba señales del cardenal que había recibido y en su brazo roto.
Había pasado demasiado tiempo sin que pudieran verse o hablar de manera normal.
—No pareces muy contento de verme—dijo Sofie con tranquilidad.
Él negó con la cabeza.
—Solo estoy… sorprendido, supongo.
—¿Tiene algo de extraño que una madre quiera ver a su hijo después de enterarse que tuvo un accidente?
—Podrías haber venido antes—dijo Hans de manera irónica—, estoy seguro de que papá te informó de inmediato.
—Lo hizo, sí. Aunque me aseguró que te encontrabas bien, no me fue posible venir antes. En realidad estuve preguntándome muchas veces si debía hacerlo… la última vez dejaste en claro que no querías volver a verme.
Hans desvío la mirada incómodo. No quería recordar ese momento.
—Estaba muy molesto.
—Debías estarlo. Yo también me sentía así… dije muchas cosas sin pensar.
—¿Cómo está todo en casa?—preguntó él dubitativamente, casi como si temiera saber la respuesta.
—Todo va muy bien, hijo. Mejor que cuando te fuiste—Sofie lo observó de manera compasiva—, las cosas han mejorado bastante. Tus hermanos… bueno, creo que también te extrañan.
—Eso es lo que a ti te gustaría creer—espetó el pelirrojo entre dientes—, sabemos muy bien que a ninguno de ellos les importa lo que me pase. Solamente Lars me ha llamado. Para el resto, bien podría haber sido arrollado por ese auto y no tendría importancia.
—Tus hermanos te quieren, Hans. Aunque no sepan como demostrártelo.
—No quiero hablar de ellos—dijo él terminantemente—. Ya me viste, estoy bien. Si era eso a lo único que venías, puedes marcharte.
—No era eso a lo único que venía—la mujer lo miró con reproche—y tampoco esperaba ser tratada con tanta frialdad por mi propio hijo.
—Las cosas han cambiado bastante.
—Sí, ya me doy cuenta.
Hans bufó y miró hacia otra parte, sabiendo que no podía enfrentarse a los ojos entristecidos de su madre. No quería ser débil ante ella de nuevo.
—Hace mucho que no hablamos Hans y contrario a lo que puedas creer, es algo que me duele. Si no he insistido antes en volver a acercarme a ti, es porque sé lo mucho que odias que te presionen. Pero debo decirte que el día en que te fuiste de casa y me dijiste todas esas cosas, me lastimaste muy profundamente.
—Tú no parecías muy interesada en que me quedara.
—Lo sé—admitió Sofie—y me he sentido mal todo este tiempo por ello. Pero supuse que necesitarías un tiempo lejos de tus hermanos para pensar mejor las cosas.
—No he tenido nada que pensar en todo este tiempo que tenga que ver con ellos.
—Puedes ser muy convincente cuando mientes hijo, pero no he dejado de conocerte mejor que nadie—la rubia se levantó de su asiento y separó junto al borde de su cama, haciendo que la mirara de reojo—. Hans, estuve hablando con tus hermanos acerca de lo que ocurrió esa noche y me lo contaron todo. Me temo que fui demasiado dura contigo al creer que tenías la mayor parte de la culpa. Empiezo a comprender porque siempre me decías que te sentías rechazado por ellos.
El pelirrojo la miró con el ceño fruncido.
—Nunca quise creer que la situación llegara a tal extremo, no es fácil para una madre ver que sus hijos están tan separados—colocó una mano sobre la suya—y menos que se ha equivocado tanto. Podría decirte que debí haber prestado más atención pero eso no remedia nada, ¿verdad?
—No lo hace—Hans apartó su mano de la de ella.
—Pues bien, entonces déjame ofrecerte una disculpa por las cosas que te dije aquella vez. Estaba tan asustada por lo ocurrido, que no pensé en ninguna de mis palabras. Tenía mucho miedo de perder a tu hermano…
—Mamá, basta—la cortó él—, no quiero hablar de eso, ¿sí?
Sofie sintió que un nudo se le hacía en la garganta y se esforzó por seguir hablando.
—Entonces di que me perdonas—le pidió—, di que me crees cuando te digo que te juzgué mal. Yo no debí ser tan dura contigo, hijo.
Hans apretó los dientes, tratando de contener la humedad que asomaba a su mirada. Realmente no quería mostrar sus sentimientos, no de nuevo. Pero su madre siempre había sido su mayor debilidad.
—Entonces te perdono.
—Desearía que lo dijeras de corazón—la mujer le tomó la mano de nuevo, esta vez dispuesta a retenerla—, pero está bien, sé que has pasado por mucho. ¿Crees que algún día podamos volver a ser como antes? Realmente te he echado de menos.
—Yo también te he echado de menos—admitió Hans, esta vez volviendo a encararla—, pero necesito algo de tiempo, mamá.
—Entiendo—ella le dio un apretón y ambos se quedaron en silencio por un instante—. Entonces, ¿eres feliz aquí? ¿Tu padre y su esposa te han tratado bien?
—Estoy muy a gusto en este lugar. No hablo mucho con papá, pero Idun es muy amable conmigo. Se ha esforzado mucho por hacerme sentir bienvenido.
—Ya veo—Sofie sonrió de lado con melancolía, tratando de evitar la punzada de celos maternales que sintió por un momento—, eso me da mucho gusto. ¿Has hecho amigos en la universidad?
—Sí, todos son muy amables.
—¿Y qué me dices de tu hermanastra?—preguntó ella, atenta a su reacción—¿Qué se siente ser el mayor?
El semblante de Hans se volvió apacible y pudo atisbar el destello embelesado que apareció en sus pupilas, y que instantáneamente él se encargó de encubrir.
—Ella es bastante soportable—dijo, tratando de sonar indiferente—, no me da muchos problemas así que, puedo decir que convivimos muy bien.
—Es por eso que no dudaste en arriesgarte por ella al recibir el impacto de ese coche. Yo diría que la consideras algo más que soportable.
Hans se ruborizo y frunció el entrecejo.
—Por favor mamá, no empieces a mostrarte celosa ¿quieres? Eso no tiene nada que ver.
—Tú quieres a esa muchacha, ¿verdad Hans?
Él la miró alarmado.
—Fue algo que hice sin pensar. Habría hecho lo mismo por cualquier persona que se encontrara en peligro.
—No, no lo habrías hecho—dijo Sofie con seguridad—. Quieres a Elsa. Y no como a una simple hermana.
Hans le sostuvo la mirada con firmeza y entonces supo que no podría ocultarle nada. Nunca lo había hecho de todas formas.
—¿Ella lo sabe?—inquirió y él se quedó mudo—¿Le has insinuado alguna vez tus sentimientos?
—Solo sabe que me gusta.
—¿Y lo acepta?
—Sí.
Sofie no necesitó atar muchos cabos para saber cual era la situación entre ambos hermanastros. Resultaba más que obvio, conociendo a su hijo.
—Imaginó que ni tu padre ni su madre sospechan nada—afirmó con razón—, ¿entiendes lo inapropiado qué es esto, viviendo los dos en la misma casa?
—Mamá, no me reprendas. No puedo evitarlo.
—Y eso es justamente lo que me preocupa. Ambos son jóvenes y no estoy segura de que puedan… lidiar con las circunstancias como se debe. Ella es muy niña todavía y tú no sabes nada sobre la vida.
—Mamá, no soy ningún niño irresponsable, ¿de acuerdo? Entre Elsa y yo no hay nada serio.
—Pero tú la quieres—reafirmó su madre—y no quiero que te lleves una decepción si más adelante resulta mal. Ustedes son una familia ahora y su madre confía en que le des el debido respeto. Honestamente Hans, no sé si sea buena idea que permanezcas aquí por más tiempo.
—¿A qué te refieres?—el colorado arrugó la frente con recelo.
—He estado pensando, hijo… y quizá sería buena idea que regresaras a casa, ahora que las cosas se han calmado. Tus hermanos se han sincerado conmigo y creo que estaría bien que todos charláramos juntos y que conviviéramos más. Estoy segura de que después de lo que sucedió, todos al fin han comprendido que deben acercarse a ti…
—No voy a volver, mamá—dijo él decididamente, cortando sus palabras—. No quiero volver. No quiero charlar con mis hermanos, ni convivir con ellos. Sé que son mi familia pero no quiero estar cerca de ellos, ya es muy tarde para eso ¿entiendes? Ellos nunca se interesaron realmente por mí y yo no voy a empezar a hacerlo ahora. Solo espero que me dejen tranquilo. Te quiero mamá, pero no pienso volver a vivir con ustedes. Estoy mejor aquí.
Sofie lo miró anonadada y luego sus ojos verdes se pusieron tristes.
—¿Es tu última palabra?
—Sí y ya sabes que no podrás convencerme de lo contrario.
—No sé porque pensé que podía, siempre fuiste muy resuelto—la mujer le soltó la mano—. Aunque insisto en que me preocupa que te dejes llevar tanto por una chica.
—Esto no es por Elsa, mamá—dijo el muchacho—, quiero decir, no se trata solamente de ella. Es una buena razón para quedarme, sí, pero a mí me gusta estar aquí. Creo que es mejor para todos que esté separado de mis hermanos, nosotros nunca vamos a llevarnos como a ti te gustaría. Además… estar con papá no es tan malo.
Sofie asintió con la cabeza, entendiendo.
—Pues espero que sepas lo que haces con esa jovencita. No voy a insistir con el tema porque sé que es inútil y ya estás grande para saber lo que te conviene—suspiró—, pero ojalá hagas las cosas bien. Hans. No puedes tomarte esto a la ligera, ella todavía es menor de edad. Parece una buena chica.
—Lo es.
La rubia se inclinó para besarlo en la frente y luego en la mejilla.
—Te quiero, hijo. Siempre lo has sabido.
—Yo también.
Hans cerró los ojos momentáneamente, sintiendo el cuidadoso abrazo de su madre. Hacía mucho que no experimentaba esa sensación.
—Tengo que irme, se está haciendo tarde.
—¿Vas a volver a casa ahora?
—No, estoy hospedándome en un hotel cerca de aquí. Vendré a verte mañana temprano antes de volver. Me gustaría saludar a Eugene, me he enterado de que está aquí y hace mucho tiempo que no lo veo.
—Sí, ese idiota se va a alegrar de verte.
Sofie sonrió por el comentario y volvió a besarlo en la mejilla.
—Al menos él está aquí para hacerte compañía. Nos vemos mañana.
Cuando su madre salió de habitación, el pelirrojo se acomodó mejor contra la almohada y se quedó pensativo. Ahora se sentía como si gran parte del peso que cargaba sobre sus hombros se hubiera desvanecido.
Que bien se sentía estar por fin en casa, lejos de esa incómoda cama de hospital y esa habitación de paredes blancas que lo estaba volviendo loco. Hans ingresó en su dormitorio, contento de ver sus cosas y los posters de rock que adornaban sus paredes. Todo estaba en perfecto orden como de costumbre y su madrastra se había tomado la molestia de perfumar su almohada y sus sábanas.
Incluso Marshmallow le había dejado un regalito en la alfombra.
—¡Agh, maldición!—el cobrizo barrió con la punta del zapato una bola de pelos—¿Por qué tu gato tiene que entrar aquí, Elsa? Te dije que no lo dejaras.
—Creo que le gusta tu cama—respondió ella, que había entrado tras él tan pronto como habían llegado a casa.
—Pues a mí no me gustan sus asquerosos pelos, los odio. Míralo, allí esta—el minino ingresó a la alcoba orgullosamente, con sus ojos amarillos fijos en él y podría jurar que hasta tenía una expresión de satisfacción en su pequeño rostro.
Marshmallow se subió de un salto a la cama y le maulló fuertemente, como si le estuviera dando la bienvenida de una manera muy socarrona. Sus diminutas garras se hundieron en el edredón con descaro y comenzaron a picotearlo, al tiempo en que le sostenía la mirada desafiantemente.
Hola de vuelta Hans, te estaba esperando. Podrás poner tus manos y tu boca sobre mi dueña todas las veces que quieras pero mira lo que yo hago con tus preciosas sábanas, hijo de puta; era lo que parecía decir.
—¡Maldita sea, gato! ¡Márchate! ¡Fuera de mi habitación, maldito engendro!
Elsa puso los ojos en blanco y tomó al animal en sus brazos, que aun observaba con malignidad a su hermanastro. Marshmallow alzó su cabeza y lamió su mejilla repetidas veces, restregándole sus orejas también.
—¡Agh! No sé como soportas que te haga eso, es desagradable.
—Marshmallow es muy cariñoso, ¿sabías que los gatos marcan a sus dueños cuando se frotan contra ellos? Al parecer liberan una feromona o algo.
—Asco.
—Debe sentirse celoso de ti. Desde que paso más tiempo contigo ha estado actuando un poco raro.
—¿Ah sí? Pues que se joda. ¿Escuchaste eso, gato? Jódete—Hans se inclinó hasta que su cara quedó a la altura del felino y sonrió de modo malvado—, es mía, pequeño idiota.
Marshmallow le lanzó un zarpazo y él se alejó sobresaltado.
—¡Mierda, casi me arranca la nariz!
—¡Déjalo en paz, Hans! Deberías tratarlo mejor—la adolescente le rascó las orejas al minino—, ahora que nosotros nos llevamos bien tendrías que hacerte su amigo. Si no te va a seguir guardando celos.
—Eso es algo que no va a pasar—dijo él terminantemente y después se sentó en la orilla de la cama—. Oye, nuestros padres van a volver a la oficina y el hippie se va a ir a pintar más paredes con su noviecita, ¿por qué no vienes y repetimos lo que estábamos haciendo en el hospital?—agregó en tono pícaro, refiriéndose a la última sesión de arrumacos que habían compartido en la camilla de la clínica, antes de que le dieran el alta.
—Prefiero ver una película—dijo ella sin mostrar interés.
—¿Qué pasa, copo de nieve? Cuando estábamos allá parecías más cooperativa.
—Sí… antes de que entrara tu madre a despedirse de ti.
Hans levantó una ceja, preguntándose que tendría eso que ver. La muchacha fijó sus ojos en el lomo de su mascota y luego los alzó hacia él, mostrando una expresión seria.
—¿Hay algo de lo que me estoy perdiendo aquí?
—Ayer tuve la oportunidad de conversar un poco con ella.
Hans se tensó de inmediato.
—¿Y de qué hablaron?
—Me preguntó cosas sobre ti, si estabas a gusto aquí y todo eso. También dijo que esperaba convencerte de regresar con ella.
—Oh.
La expresión de Elsa se ensombreció.
—¿Tú quieres hacer eso? ¿Regresar?
—Sigo aquí, ¿no?
—Puedes decidir irte después—Elsa soltó a su gato y se cruzó de brazos, mirando hacia otra parte y tratando de aparentar indiferencia—, al fin y al cabo ella es tu madre y con ella está tu casa… seguro que lo consideraste, ¿no? ¿Por qué no volviste con ella? ¿No la extrañas?
—¿A ti te gustaría que me fuera?
—Si así fuera, ¿Qué podría decir yo? Eso es cosa tuya.
Elsa se dio la vuelta y centró su atención en mirar el libro que descansaba sobre la mesita de noche, esa novela de Stephen King que mostraba a un grotesco payaso en la portada*. Marshmallow se había entretenido en rascar la alfombra.
Fingió no escuchar como el pelirrojo se levantaba de la cama y avanzaba hasta ella, pero cuando lo sintió a sus espaldas no pudo evitar estremecerse.
—Eso no contesta a mi pregunta—le dijo Hans al oído y su cálido aliento le erizó todos los cabellos de la nuca.
—Tú no contestaste las mías—contraatacó en un murmullo.
—Extraño mucho a mi madre, me gustaría estar tan cerca de ella como antes—Elsa se sintió desfallecer con esa confesión, como si le estuvieran estrujando el corazón—, pero ya le dije que eso es algo que no va a pasar. No echo de menos ese lugar. No quiero estar cerca de mis hermanos, mi sitio está aquí. Tengo muchas razones para quedarme… y también estás tú—añadió rodeándola con sus brazos.
Con el corazón latiéndole desbocado, la joven se dio la vuelta para encararlo.
—Pero, ¿qué hay de tu madre?
—Me reconcilié con ella después de muchos meses sin hablarnos. Eso es lo único que importa.
—¿Y de verdad no extrañas ni un poquito vivir con ella?
—Tal vez extrañe algunas cosas como hablar con ella y verla, pero eso es algo que se puede arreglar desde aquí. Además—apretó el agarre en torno a su talle y aproximó el rostro al suyo, rozando su pequeña nariz—, se está mucho mejor aquí.
Elsa sonrió sin poder contenerse, mirándolo con dulzura.
—Entonces no te vas a ir.
—No me voy a ir a ningún a ningún lugar—dijo Hans imitando su gesto de modo arrogante—, lo quieras o no, vas a tener que soportarme para siempre, sabandija.
—¿Y si dejamos de gustarnos? ¿Si volvemos a pelear como antes? ¿Tampoco te vas a ir?
Hans pensó para sus adentros que eso era imposible; dejar de pensar o de sentirse tan atraído por ella como lo hacía. Dejar de quererla. Eso no iba a suceder nunca. Pero aun así le respondió.
—No, aquí me voy a quedar. Siempre estaré aquí para cuidarte, copo de nieve—le acunó la mejilla con una mano—y eso te conviene, porque siempre te estas metiendo en problemas.
Elsa le rodeó el cuello con los brazos y entonces la besó, de manera tierna y profunda. Disfrutando de la sincronía de sus labios que cada vez se volvía más arriesgada y perfecta, ¿cómo pensar siquiera en dejar todo eso? ¿En dejarla a ella? Hans la seguiría sin importar a donde fuera, como si fuera su fiel perro guardián.
El beso se alargó por varios minutos y los dos se despegaron con la respiración entrecortada y las mejillas ruborizadas. Las pupilas de Elsa estaban más brillantes que nunca.
Marshmallow emitió un potente maullido y trepó por una de las piernas del bermejo, quedándose incrustado a la altura de su rodilla y observándolo desafiante.
—¡Maldición, odio a esta jodida bola de pelos!—bramó Hans sacudiendo su pierna para intentar quitárselo de encima, sin ningún éxito.
El gato continúo maullando a la par de sus gritos, como si se estuviera enfrascando en una discusión con él.
Elsa solo suspiró.
* Eso. Novela de Staphen King por la que todos odiamos a los payasos. Los payasos son seres ridículos y muy molestos, espero que todos se pudran. :3
Nota de autor:
¡Hola! No me vean con esas caras de angustia y enfado, ya saben que la tía Frozen es bien impuntual. :) Pero espero que este largo capítulo haya compensado la espera.
No hubo mucha acción (o tal vez í), pero si bastante revelaciones, comenzando porque Elsa también puede sentirse celosa (algo que muchas ya estaban esperando) y que Hans definitivamente, estuvo involucrado en algo grave para decidir salirse de su casa. ¿De qué se tratara? e.e Es algo que solo yo sé y de lo que ustedes pueden sospechar. Vamos, ¿quién tiene una teoría?
Como verán aquí apareció la suegra de todo el fandom y pobre Elsa, estuvo muy nerviosita. x3 Yo no soy mucho de usar OC's, no me gustan mucho pero dado que no sabemos mucho de esta mujer, pues me la tuve que inventar, espero que haya quedado convincente. Y pues nada, que viva el Helsa. :)
Por cierto, de verdad que son absolutamente geniales, ¡alcanzamos los 300 reviews! *w* No saben cuanto aprecio tanto cariño, es genial ver a tantas personitas que siguen la historia, miles de gracias *Frozen Fan suelta una lágrima*.
Ana briefs: Sip, al fin Hans pudo deshacerse de Aurora y esperemos que ya no se le atraviesen más obstáculos en el camino, a excepción de Marshmallow, que ya venía incluido con copo de nieve desde el principio. xD Gracias por tus siempre estimulantes palabras.
Guest: Uy sí, todo el desmadre que andaban haciendo por hacer gay a Elsa, algo que no creo que suceda de verdad. Bueno, ya había opinado sobre esto anteriormente, pero al margen de que como tú no pueda imaginarla con una chica por mis inclinaciones Helsa, repito que realmente se me hace pretencioso eso de querer volver gay a un personaje solo porque es soltero. Amo a la comunidad LGTB, pero estoy segura de que no necesitan de medidas tan desesperadas como presionar a las productoras de animación cuando pueden hacer algo mucho mejor. :3
Ari: Cierto, Hans ama a Elsa y Elsa lo ama a él, aunque todavía no lo acepten. n.n El trailer de "La Bella y la Bestia" es impresionante, realmente amo el soundtrack de la película original y me dio mucho gusto que lo utilizaran, es una obra maestra. :')
SamanTha: ¡Holaaaa! Ja ja ja, que hermoso review. Espero que te haya ido bien con tus exámenes. Cierto, Aurora resultó un problema que afortunadamente ya está bajo control. Hans realmente es un héroe, capaz de hacer todo por copo de nieve y ella por supuesto le supo agradecer. Sí, Elsa necesita que todos le expliquen con pelos y señas sus sentimientos, es muy despistada la niña pero afortunadamente va por buen camino. xD ¿Verdad que el trailer de "La Bella y la Bestia" es impresionante? Espero verla con ansias. :3 Gracias por cuidar bien de mi muñeco inflable de Hans. Tengo un plan para secuestrar a Mickey y obligarlo a poner Helsa en la secuela, pero les doy los detalles luego, preparen sus armas, bandidas del Helsa. LOL
Ya saben lo que siempre les dice la tía Frozen, pórtense mal y déjenme un review con mucho amor. :D ¡Nos leemos pronto!
