Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
» • » Bajo El Mismo Techo « • «
27
Decisiones
—Aquí estamos. Wow, mira esa pared, en serio necesita una buena capa de pintura, ¡está tan gris y solitaria!—Rapunzel miró el enorme muro desprovisto de color con las manos en las caderas—Lo bueno es que ya estamos aquí, voy a pintar un mural enorme con el espacio sideral. O no, mejor un camaleón galáctico, sí, eso voy a hacer.
Mientras el muchacho castaño a su lado la miraba con dubitación, tomó uno de los muchos botes de pintura en spray de distintos colores que había llevado consigo, lo agitó y comenzó a esparcirlo en la pared tarareando por lo bajo.
—Oye Punzie, he estado pensándolo mucho últimamente… ¿sabes qué es gracioso?
—¿Un gato tocando el piano con una camisa puesta?*
—Je je, sí, un gato tocando el piano con una camisa puesta—Eugene carraspeó—. Pero, el punto es que también llevamos unas… no sé, tres semanas haciendo esto de pintar paredes y todo eso. ¿No sientes ganas de hacer algo distinto?
—¿Algo cómo qué?—la chica tomó una lata de color distinto y volvió a agitarla, con los ojos siempre puestos en su obra de arte.
—Bueno no sé, ¿nunca te has puesto a pensar que la vida es más que vandalizar paredes y pintar camaleones raros en ellas?
—Mmm… —Rapunzel adquirió una pose pensativa, mirando al cielo por un momento—, no—respondió antes de seguir pintando.
—Pues yo sí, digo, podríamos ir a caminar por ahí, o ir a cenar o algo.
—Ja ja ja, ¿cómo si fuéramos una pareja?
—Bueno, sí, esa es otra cosa que me gustaría aclarar. Preciosa, ¿qué somos tú y yo exactamente?
—¡Pero que pregunta, Flynn! Creí que ya lo habías asimilado—la morena se dio la vuelta momentáneamente y le dedicó una sonrisa resplandeciente—, ¡somos almas gemelas! Dos espíritus libres que disfrutan de ir por la vida llenando muros vacíos como este con el poder del arte.
—Creo que no estaría mal pensar en algo más definitivo.
—¿A qué te refieres?
—Pues tú sabes, tu amigo ricitos está saliendo con Anna y ahí tienes a Hans y Elsa, que estoy seguro que se traen algo, aunque piensen que nadie sospecha nada.
—Ja ja ja, ¡lo sé! Todos sabemos que se desean y ellos creen que nadie se da cuenta, son tan tiernos.
—El punto es que tendríamos que llamarnos como algo más que almas gemelas, ya sabes, solo para tener claras un par de cosas.
—Ay Flynn, nosotros no necesitamos de eso, las etiquetas no van con nuestro espíritu libre, eso arruinaría toda la diversión y lo sabes.
—Eh, pues sí pero…
—¡Hey, ustedes! ¿Qué es lo que creen que están haciendo?—tronó una voz detrás de ellos, cortándolo bruscamente.
—¡Oh, rayos!—murmuró Rapunzel, ocultando el aerosol que tenía detrás de su espalda y volteándose a encarar al policía que se acercaba en medio del callejón con cara de pocos amigos.
Ya muchas veces se le había ocurrido que en alguna ocasión los tendrían que atrapar, pero no pensaba que fuera tan pronto.
—Ah, vaya preciosa, está no es nuestra casa—comentó el pardo, mirando a su alrededor con fingida confusión.
—No te hagas el listo, muchacho. ¿Quién les ha dado permiso para pintar aquí?
—¿Desde cuándo se necesita permiso para el arte? ¡Esto es una flagrante transgresión de mis derechos!
—¿Ah sí? Pues vamos a discutir sobre tus derechos en la comisaría, jovencita. A ver que tienen que decir tus padres al respecto. Quedan arrestados por vandalismo, andando.
"Mierda", fue todo lo que puso pensar Eugene mientras el oficial los guiaba hasta una patrulla estacionada cerca de la entrada del callejón.
El timbre de la casa resonó distrayendo momentáneamente a Hans de la tarea de seguir cortando zanahorias. Detrás de él, su hermanastra dejó de remover la sopa que estaba haciendo y volteó por encima de su hombro, obsequiándolo con una mirada de esos ojos azules que últimamente lo hacían suspirar.
—Yo voy a ver quien es—le dijo, quitándose momentáneamente el delantal que llevaba puesto—, sigue con eso. Y no vayas a pasarte con la sal.
Elsa no le rezongó como acostumbraba cada vez que le daba una indicación, sino que se limitó a sonreírle de una manera dulce, que hizo que el corazón se le acelerara en su pecho.
Como la quería.
Sacudiendo levemente la cabeza, abrió la puerta encontrándose en el umbral con un adolescente delgado y de cabello castaño. El chico vestía una sudadera de color azul y a juzgar por las apariencias, no tendría más de unos quince o catorce años. Sus ojos marrones lo miraron con sorpresa un momento, antes de desviar la mirada con algo de nerviosismo.
—¿Sí?—lo instó a hablar.
—Disculpa… esta es la casa de Elsa Sorensen, ¿cierto?
El pelirrojo frunció el ceño y lo barrió con la mirada, preguntándose que podría querer con la rubia.
—¿Quién la busca?—inquirió con seriedad.
—Yo… yo voy en su colegio, soy de primer año—el castaño se llevó una mano a la nuca—. Me llamo Jack Frost y yo… bueno, yo me preguntaba si podría hablar con ella un momento, es importante…
—¿Para qué?—replicó Hans autoritariamente.
El mocoso no le daba buena espina.
—Demonios amigo, solo dime si está o no, en serio es urgente.
El colorado lo fulminó con la mirada. ¿Cómo se atrevía ese chiquillo a hablarle de tal manera? ¿Y para qué carajos quería hablar con Elsa? Aquello era tan impertinente.
—¿Tú eres su hermano?—le preguntó Jack, analizándolo cautelosamente con la mirada—Bueno, pero claro que debes de serlo, sino no me habrías abierto, je je…
—¿Qué quieres con ella?—le repitió el joven, comenzando a impacientarse.
—Ah, pues yo… bueno, es que hace un par de días la vi en la biblioteca y yo… yo me preguntaba… ¡bueno, no importa! Tan solo quería darle esto—Jack se sacó un papelito del bolsillo de la sudadera y lo sostuvo ansiosamente entre sus manos.
—¿Y eso qué es?
—Mi número de teléfono. La verdad es que me gustaría invitarla a salir.
Los ojos verdes se abrieron con incredulidad primero y después se entornaron de manera asesina. ¿Había escuchado bien acaso? ¿Qué era lo que había dicho ese mocoso de mierda?
—Sí, me gustaría invitarla a salir porque, pues bueno, he intentado saludarla varias veces y parece que no me nota. Así que luego la seguí hasta aquí y entonces…
—¿Estás acosando a Elsa, idiota?—le espetó él agresivamente.
—¡No! No, no, para nada, no es lo que parece. Digo, sé que se escuchó mal, pero tengo buenas intenciones con ella y…
Hans extendió una mano y le arrebató el papel sorpresivamente, haciendo que el menor le reclamara. Sin importarle que lo taladrara con los ojos, se aprestó arrogantemente a desdoblarlo y leer el contenido.
—¡Oye, eso es privado!
—Cállate, mocoso de porquería—lo acalló Hans.
Lo que estaba escrito allí era para no creerse.
Hola Elsa, probablemente no me conoces pero yo a ti te he visto muchas veces en la escuela y me pareces una chica muy bonita. ¿Quisieras salir conmigo? Te aseguro que tendrás el mejor día de tu vida. Llámame, nena. ;)
El número telefónico del tarado firmaba aquella insulsa nota.
Hans sintió que una vena le afloraba en la sien mientras las entrañas se le revolvían del coraje. Había soportado muchas cosas pero aquello era realmente el colmo.
Primero había tenido que aguantar a ese meserito nerd, con su actitud gentil de mierda, después, a su propio hermano, luego a esa maldita zorra feminista que casi había hecho que lo arrollara un auto… ¡¿y ahora esto?! ¿Qué demonios le pasaba al mundo? ¡¿Por qué me odias, Dios?!; era lo que se preguntaba en esos instantes.
Todos le rompían las bolas, ¡todos!
¿Qué era lo que tenía que hacer para que se dejaran de joder? ¿Acaso debía pegarle un letrero a la blonda en la frente con la leyenda PROPIEDAD DE HANS WESTERGAARD? Ese chiquillo se iba a enterar de quien era él.
—Ahora escúchame bien, pequeño marica. No vas a acercarte a Elsa, ni ahora ni nunca. ¡Ella no va a salir contigo jamás! Si no la dejas tranquila, ¡voy a tener que romperte la cara a golpes!
—¿Qué? ¡¿Y tú quién te crees que eres para decidir eso?!—inquirió el chico mirándolo desafiantemente.
Hans sonrió de manera engreída.
—Soy su hermano mayor, idiota y yo decido con quien sale o con quien no—le dio un empujón, haciendo que bajara bruscamente los escalones del porche—, ¡ahora largo de mi casa, antes de que te patee el culo mocoso!
—¡Oye, eso no es justo! ¡No puedes hacerme esto!—Jack lo miró con furia y él solo se limitó a observarlo, sarcásticamente.
—¿En serio?—tomó el pomo de la puerta—Creo que ya lo hice.
—¡Pero…!—el sonido de la puerta azotándose acalló por completo al recién llegado.
Satisfecho, Hans arrugó el papel que le había arrebatado con fuerza y se dirigió hacia la cocina nuevamente, en donde la platinada lo miró de manera interrogante.
—¿Y quién era?
—Uno de esos chicos que vendían galletas. Le dije que no queríamos nada.
—¿Era necesario cerrar la puerta con tanta fuerza?
—Es que esos chiquillos en serio me hacen perder la paciencia.
Elsa rodó los ojos y negó con la cabeza.
—Un día vas a tener que aprender a controlar mejor tu carácter. A veces explotas por nada, si sigues así, te va a dar una úlcera.
—Pero tú sabes muy bien como puedes dominar mi carácter, copo de nieve—le murmuró al oído, posicionándose detrás de ella y tomándole la cintura con las manos.
—Hans, aquí no, la cena se va a quemar… —replicó ella débilmente.
—Yo me voy a quemar si no haces algo pronto.
La aferró entre sus brazos y Elsa dejó escapar un suspiro mientras sus labios descendían hasta su blanco cuello de porcelana. Definitivamente ese hombre sabía bien como manejarla.
Vencida, se dio vuelta y le echó los brazos al cuello para encontrar su boca con la suya, arqueándose ligeramente contra su torso duro. Amaba la sensación de sentirse abrazada por él. Su lengua se hallaba empeñada ya en la tarea de delinear el labio inferior masculino, cuando el sonido del teléfono rompió su burbuja.
Hans frunció el ceño y se despegó de ella ligeramente para sacar su teléfono del bolsillo, cuya pantalla resplandecía ampliamente, emitiendo una melodía estruendosa.
—¿Quién es?
—Eugene.
Ambos se quedaron mirando el aparato por un par de segundos, antes de que el pelirrojo colgara y lo botara en la isla detrás de él, para volver a enzarzarse los dos en una fiera batalla de labios.
Cualquier cosa que quisiera el castaño, seguro no se trataba de nada importante.
—Mierda, mierda, mierda—Eugene miró como la pantalla de su teléfono se quedaba completamente sin batería, después de que su llamada fuera completamente ignorada—¡Maldito principillo de cuarta! Sé que te diste cuenta de mi llamada, idiota.
Suspiró, maldiciendo a Hans para sus adentros. Estaba seguro de que el pelirrojo lo había ignorado deliberadamente. Solo por eso, iba a subir a Internet el vídeo que le había tomado cuando el gato lo había atacado en el jardín y él había gritado como un desquiciado, para vengarse.
"Joder, esto está muy mal", se dijo a si mismo mirando a su alrededor con nerviosismo. Su tío lo iba a matar cuando se enterara de que se había metido en problemas de nuevo.
Ahora mismo se encontraba sentado en una esquina de la pequeña celda de la estación de policía a la que el oficial los había llevado, una minúscula habitación de paredes blancas y barrotes en la parte frontal. Al otro lado de la misma, Rapunzel se hallaba de espaldas a él y muy entretenida en dibujar un paisaje en el muro, con los gises de colores que traía en el bolsillo. Hasta se había puesto cómoda tomándose la libertad de quitarse sus sandalias.
¿Es qué esa chica no se cansaba de hacer lo mismo? Amaba su entusiasmo por el arte, pero en esa situación, el mismo era totalmente inapropiado.
—Oye, no sé si te has dado cuenta pero estamos en una celda. El policía se va a enfurecer si ve que has montado otra obra de arte aquí.
—Pero es que este lugar esta tan vacío y triste. Con razón esos ebrios de la primera celda nos miraron feo cuando nos vieron pasar, ¡cualquiera se sentiría deprimido por estar aquí!
—Eso no es depresión, es resaca. Y en serio, en serio apreciaría mucho que dejarás de dibujar por un momento para enfocarte en la situación. Mira, no suelo ser un aguafiestas pero esto de verdad está muy jodido.
—Y sí. Ese policía me confiscó todas mis pinturas, ¡que fascista!
—¡Esto es en serio, mujer! Estamos en la maldita cárcel, no me gusta estar encerrado, ¡tengo problemas con la autoridad!
—Sí, también yo. Por eso les dejaré un recuerdito para que se den cuenta de mi inconformidad ciudadana. ¿Te gusta? Es un hippie corriendo desnudo.
—Por Dios Punzie, ¿cuál es tu problema? Estamos arrestados por vandalismo y tú solo piensas en actuar como Picasso, dime ¿al menos has pensado en lo que le dirás a tus padres cuando vengan a sacarte de aquí? Porque yo no sé qué le voy a decir a mi tío, se puso furioso cuando se enteró de lo que pasó en Alemania. ¿Recuerdas lo que sucedió allí?
—Ja ja ja, sí, me contaste. ¡Fue divertidísimo! Dios, eres todo un malviviente.
—¡Pues ese es el problema! Yo no soy ningún malviviente, aunque me guste descontrolarme de vez en cuando. No me hace ninguna gracia ser arrestado y mucho menos que me traten como a un criminal. Hay niveles Punz, hay niveles.
—Relájate Flynn, ya le hablé a mi padre para que nos viniera a ayudar. Estará aquí en unos cuantos minutos. Él llega, paga la fianza ¡y listo! Saldremos como si nada.
—Ah, nada más, ¡qué fácil!—exclamó el castaño con sarcasmo.
—¡Lo sé!
—¡Pues no! Qué demonios chica, ¿no te das cuenta del enorme problema que es esto? Los arrestos son antecedentes, yo ya llevó dos y en cuanto salgamos de aquí, lo que va a pasar es… ¿quieres dejar de dibujar un segundo? En serio, ¿podrías dejar de hacer eso por un momento y escucharme?
—¿Cómo dices?—la trigueña lo miró por encima del hombro.
—Vamos a dejar algo en claro, preciosa. Me encantan tus dibujos, sí, y todo lo que haces con tus manos es muy superior a la media. Pero no eres Van Gogh, no eres Da Vinci ni Frida Kahlo, sino más bien una personita que debería dejar de emocionarse tanto con sus clases de arte y prestar atención a lo que es importante, porque de verdad estamos en una situación muy jodida, y si no tú no te das cuenta de eso, pues no sé como hacer para que lo hagas Punzie, porque ese retrato que estás haciendo ciertamente no nos va a ayudar mucho.
Un repentino silencio se adueñó de la celda por breves segundos, haciéndolo tomar consciencia de lo que acababa de decir. Estaba a punto de disculparse cuando la misma Rapunzel se le adelantó, retomando su labor de colorear.
—Hum. Pues yo no sé porque haces tanto escándalo, yo nunca me he quejado de que lleves tu camarita a todos lados—dijo tranquilamente, aunque con un deje de ironía casi imperceptible—, ¿quién eres? ¿Tim Burton? Filmar un vídeo de quince minutos sobre unas figuritas de plastilina moviéndose un milímetro cada segundo no te convierte en él.
—¿Ah no? Tengo más de 200,000 suscriptores que no piensan lo mismo.
—Ay Flynn, por favor, tus suscriptores son en su mayoría chicos de entre de diez y diecisiete años que aplaudirían cualquier cosa que les pongas enfrente. La mitad de ellos son chicas que solo te quieren por tu apariencia y la otra mitad gente que pone en los comentarios "dale like a esto si vienes por no sé quién". Totalmente absurdos.
—Al menos ninguno de mis vídeos ha hecho que me arresten, te repito, ¿ya viste dónde estamos?
—¿Y qué? ¿Cuáles serán los cargos por eso? ¿Nos demandarán por embellecer y darle vida a una insulsa pared?
—¡Los cargos son vandalismo! ¿No escuchaste a ese oficial?
—Pfff, ahora hablas como todo un conformista, ya decía yo. Por lo menos yo quise hacerle un favor a la sociedad al darle belleza a un espacio decadente. Digo, no es como que robé el auto de nadie y lo fui a estrellar contra un edificio porque estaba demasiado ocupada fumando hierba como para ver por donde iba.
—Mira Punz, te estás pasando de la raya. Mejor no toques ese tema.
—Ay, pues ya lo toqué. Dios, en serio que te pones pesado con esto de la policía, ya relájate hombre.
—¡Pues no me voy a relajar! ¿Y qué demonios tengo que hacer para que dejes de rayar ese muro?
—Mira, si dejas de ladrar por un momento podré concentrarme mejor en terminar con este pequeño mural. ¿Desde cuándo eres tan aburrido?
—Se llama madurez. Y es algo que no te haría daño practicar a veces, solo de vez en cuando.
—No puedes hablarme de madurez cuando llevas puesta esa camiseta de Mickey Mouse. Así es, la noté aunque la lleves por debajo y conozco niños de cinco años que ya han dejado de usar cosas como esas.
—¿Qué te parece si ya que nos pusimos cómodos, me la quito y te la doy para que tengas algo más básico que dibujar? Porque ese hippie que estás haciendo, está quedando muy mal. Su pierna es más grande que la otra, ¿y qué es ese extraño animal que tiene cerca? ¿Se supone que eso es una ardilla? No sabía que habíamos regresado en el tiempo y que de pronto nos encontramos en tu clase de arte del jardín de niños.
—Y yo no sabía que de tu boca pudieran brotar tantas idioteces. Lo impresionante es que esta vez ni siquiera estuviste fumando hierba.
—Para que sepas ya dejé eso. Pero ese mural que haces, parece una copia muy barata y descolorida de una obra de Ratatouille, o como se llamé ese pintor francés que mencionaste el otro día. Ni te puse atención.
—Es Renoir*, ¡ignorante!
—¡Inmadura!
—Dios Flynn, si tuviera una sartén en este momento en serio que te haría desmayar a golpes.
—Y yo dejaría que lo hicieras para ya no tener que escuchar más de esta estúpida conversación. O ver ese mural espantoso.
—Seee, see, di lo que quieras. Igual es mejor que tus vídeos con sangre falsa.
—Igual les diste like cuando los viste.
—En cuanto regrese a casa voy a meterme a Youtube para darle dislike a todo, ¡y ya no seré más tu suscriptora!
—Ay, que preocupación. Cuando lo hagas puedes suscribirte a un canal que te enseñe a dibujar de verdad. Yo me quedaré con mis otros 200,000 fans.
—Agh, ¡que idiota!
La discusión se vio interrumpida por el mismo oficial que los había arrestado, quien los miró con cara de pocos amigos y abrió la celda informando que la fianza estaba pagada. Rapunzel tomó sus sandalias con una mano y salió con la nariz en alto, seguido por un pardo que tenía una expresión muy seria en el rostro.
En la recepción de la comisaría esperaba una pareja que de inmediato supuso que serían los padres de la chica. El hombre era alto y estaba ataviado con un traje pulcro y costoso, además de lucir una prominente barba con un espeso bigote. La mujer por otra parte estaba enfundada en un elegante vestido de diseñador, sus finas facciones guardaban un claro parecido con los de la joven. Ambos tenían el cabello castaño del mismo tono que su hija.
Apenas los vio salir fue de inmediato a abrazarla, visiblemente preocupada.
—¿Estás bien? No te hicieron nada, ¿verdad?
—¡Descuida mamá! Si casi no había nadie en las celdas, je je je.
La aludida volvió a estrecharla en sus brazos impulsivamente. Mientras tanto, su esposo terminó de firmar unos papeles y luego la miró con resignación.
—Hija mía, recuérdame porque nunca procedí con la idea de enviarte a un internado en Suiza en todos estos años.
—Pues porque me amas demasiado y no soportarías verme tan lejos—Rapunzel esbozó una sonrisita.
—Sí. A veces desearía no haberte hecho caso cuando me pediste que no lo hiciera—extendió la mano y le dio un zape en la nuca.
—¡Ay!
—¿Vandalizando propiedad pública? ¿Qué cosas son esas, señorita?
—¡Ay, papá! Era un callejón sucio al que nadie se asomaba, ¡yo lo mejoré!
—Nada de excusas, señorita. No vas a tener ninguna tarjeta de crédito después de esto, ¿me oyes?
—Ay cariño, deja de regañar a la niña. Seguro que ella no sabía que estaba haciendo mal.
—Tú siempre quieres solaparle todo, Primrose. Y eso le hace daño.
—No es así. Además, te recuerdo que ella no usa tarjetas de crédito.
—¿No? Pues entonces tendré que confiscarte todas las pinturas. Las quiero todas, por un mes. Hasta los lápices de colores.
Eugene miró la escena con algo de extrañeza. Había imaginado muchas veces como serían los padres de la morena, pero aquello no encajaba mucho con sus estimaciones. Al menos no completamente.
—¡Pero papá!
—Sin peros, señorita. ¿En qué problemas acabas de meter a este muchacho?—su padre señaló a Eugene con una mano—No me gusta que seas una mala influencia.
—¿Por qué siempre crees que yo tengo la culpa de todo?
—Porque ya te conozco. No creas que ya se me olvidó que le diste a tu tía drogas para dormir, que vergüenza hija.
—¡Pues es que necesitaba relajarse! Tanto botox ya ni la deja conciliar el sueño.
—Estuvo muy mal señorita, muy mal. Esa buena mujer te cuidó cuando eras pequeña, tienes que aprender a ser más agradecida con ella.
—Y ponte tus zapatos, ¡por el amor de Dios!—expresó su madre llevándose una mano a la frente.
—No me gustan los zapatos. Si pudiera andaría descalza todo el tiempo para sentir el mundo bajo mis pies.
—Y pensar que te los escogí en Italia.
—Quiero todos tus materiales de arte en mi despacho en cuanto estemos en casa. Ah, y de esto ni una palabra a nadie.
Su madre aflojó el abrazo y luego se volvió hacia el castaño con una sonrisa.
—¿Eres un amigo de Punzie? Nunca te habíamos visto—comentó con amabilidad.
—No somos amigos—intervino la jovencita seriamente.
—Oh, ya veo. Entonces están saliendo.
—¡Mamá, no!—exclamó su hija ruborizándose abruptamente.
—No nos habías dicho que ya tenías novio, querida.
—¡No es mi novio!
—No tengas vergüenza, hijita. Deberías invitarlo a cenar a casa para conocerlo mejor.
—¡Mamá! ¡Basta! Todos están escuchando…
—Pues eso tendrá que ser después porque obviamente, estás castigada—volvió a hablar su padre—. Sin salir por un mes, señorita.
Rapunzel hizo un puchero y pateó el piso.
—Disculpa las molestias, joven. Ya está pagado todo, te agradecería que no le comentes esto a nadie, ya sabes, hay que ser discretos—le dijo el hombre a Eugene—. Sé que mi hija puede ser un poco extravagante a veces, pero aquí no ha pasado nada, ¿eh?
—¡Papá!
—Y pásate después por la casa para visitarnos. Tenemos muchas cosas de las cuales hablar si ustedes dos están saliendo—añadió su esposa amigablemente.
—¡Aaaaagh!—la chica se tomó la cabeza con ambas manos y salió corriendo lejos de sus padres, quienes le dieron a él las buenas noches antes de seguirla con tranquilidad.
Después de ver semejante escena, estaba claro de donde provenía su singular personalidad.
El timbre que anunciaba el término de las clases se dejó escuchar por toda la escuela, antecediendo a los estudiantes que salían animadamente de sus aulas, listos para dejar atrás la jornada escolar.
Camino entre los jardines que rodeaban al colegio, una pelirroja de trenzas gemelas se estiró perezosamente e hizo bolita unos cuantos papeles que traía en la mano.
—¡No puedo creer que ese viejo me haya bajado dos puntos por mi informe! ¡Lo odio! ¡Lo odio con todo mi ser!
—Te dije que se iba a dar cuenta de que copiaste todo de Wikipedia; no está tan senil—le señaló Olaf a su lado con una sonrisa divertida.
—Seee, bueno pues a la mierda con esta tarea—Anna llevó su brazo hacia atrás y lanzó fuertemente los papeles, que fueron a dar a la cabeza de un profesor que justo salía de su aula.
El aludido, de bigote canoso y gafas pequeñas, chilló cuando el arrugado informe rebotó contra su calva desacomodándole el peluquín y se volvió a la colorada con furia.
—¡Dahl! ¡¿Por qué está aventando cosas en medio del pasillo?!—bramó, con una voz atiplada de anciano.
—Lo siento mucho, profesor Weselton—respondió la aludida esbozando una sonrisita inocente—, estaba practicando para mis clases de beisbol, ¡tengo que mejorar mis lanzamientos!
—¡Pues váyase a practicar al patio y no esté ensuciando la escuela con sus papeles! ¡Hum!—Weselton alisó los pliegos y miró con suspicacia el deber que él mismo había rechazado—Ah, con que se trata de ese infame informe que osó entregarme esta mañana. Ustedes los jóvenes ya no saben hacer nada sin una computadora, ¡disciplina! ¡Eso es lo que necesitan!
Se volvió inquisitivamente hacia los tres estudiantes que estaban plantados frente a él, la cobriza y el pelinegro que lo observaban expectantes y una platinada que parecía ausente, pues sus grandes ojos azules no expresaban la frialdad acostumbrada, sino una expresión que parecía soñadora.
Eso le extrañó por un momento, después de todo, Elsa Sorensen era una de las únicas estudiantes que valían la pena, siempre entregaba sus tareas a tiempo y nunca hacía ruido ni hablaba.
Todo lo contrario al desastre que era su mejor amiga; a veces se preguntaba que diablos era lo que hacían esas dos juntas, ¿habría algún motivo para preocuparse?
Sus pequeños ojos se entrecerraron antes de volverse de nuevo a Anna.
—Espero las quince páginas de su nuevo informe para mañana, o si no, ya sabe, ¡la repruebo en mi materia!—advirtió airadamente—¡Y nada de bajarlo de Internet!
—No se preocupe, profesor. ¡Mañana lo tendrá!—repuso la aludida con una falsa y enorme sonrisa.
—¡Y lo quiero escrito a mano!
—¡¿A mano?! ¡¿Pero por qué?!—protestó la muchacha, cambiando su expresión alegre por una desesperada.
—¡Nada de reclamos, Dahl! Bien servida debería de darse porque aún la reciba en mi clase—Weselton alzó la carpeta que traía en una mano, la hizo rollito y le dio un golpe en la cabeza a la chica elevando su brazo. La diferencia de estatura entre ambos era considerable; aun tratándose de alguien tan bajita como Anna—, ¡es un desastre! ¡Buen día!
El enjuto maestro se alejó por el corredor con andar gracioso, todavía llevando el peluquín mal puesto. Anna frunció las cejas e hizo un puchero.
—Pequeño andropaúsico—murmuró cruzándose de brazos.
—Estás perdida, ahora sí no podrás descargar nada de Internet—señaló Olaf burlonamente.
—Maldición. Tendré que pedirle otra vez ayuda a Kristoff para hacer mi tarea.
—Siempre que le pides ayuda él termina haciéndola por ti.
—¡No es cierto!
—Sí lo es.
—Bueno sí, pero es que tú sabes que Historia no se me da mucho.
—Ni matemáticas, ni literatura, ni química, ni nada más que no implique la clase de deportes—bromeó el chico.
—¡Oye! Yo soy buena en algunas cosas ¿y por qué me regañas? Eso es tarea de Elsa—la pelirroja se volvió a su amiga, sorprendiéndose de verla tan distraída—¿Elsa? ¡Elsa!
La blonda volteó bruscamente al escuchar su nombre.
—¿Sí? ¿Qué pasa, Anna?
—¿Qué pasa? Eso es lo que yo me pregunto, has estado en las nubes todo el día. Weselton acaba de gritar frente a nosotros y tú ni te diste por enterada, hasta te miró raro. La verdad es que andas muy rara de un tiempo a acá. Hablas menos de lo normal, sueñas despierta y creo que una vez hasta te sorprendí tarareando una canción romántica—Anna la miró con suspicacia—, ¿qué estás ocultando, rubia?
—Nada. ¿Por qué habría de ocultar algo?
—No lo sé, hay algo que quieras decirme.
—¿Algo como qué?
—No sé, tú dímelo. ¿Ha pasado algo en tu vida últimamente? ¿Algo cómo… un romance misterioso?
—Ja ja ja, Anna, tú y tus tontas ideas—la albina rió de buen modo y le tocó la punta de la nariz con un dedo—, esas series asiáticas que ves te están haciendo delirar más de lo normal.
La pecosa entrecerró los ojos, sospechando aún más que antes. La Elsa que conocía habría rodado los ojos y la habría regañado por decir cosas absurdas, en vez de tomárselo con tanta ligereza. Definitivamente sucedía algo. Y ella tenía que saberlo.
—Bueno, si tú lo dices… aunque si algo importante sucediera, como no sé, que estuvieras saliendo con alguien… tú me lo dirías, ¿no?
—Pues vaya pregunta, claro que sí Anna.
—Ok—Anna la contempló un momento más, como si estuviera tratando de descifrar algo—. Bueno, ¡pues vámonos, muchachones! Que se nos va a hacer tarde para llegar con Oaken.
—Yo aún tengo que terminar el trabajo de literatura, me va a llevar una eternidad—dijo Olaf—, ¿me prestarías tus apuntes, Elsa? Tú siempre anotas todo.
—Sí—la platinada abrió su bolso para buscar su cuaderno, sin poder hallarlo—. Rayos, me los he dejado en el casillero, tengo que volver por ellos.
—Pues vamos.
—No, adelántense, iré a buscarlos y los veo en la entrada.
Sus amigos continuaron hacia la salida y ella regresó hasta los casilleros para abrir el suyo. Extrajo del bolso un llavero en forma de copo de nieve y abrió el correspondiente para tomar su libreta. Cuando cerró la portezuela, alguien parado a su lado la sobresaltó.
—Hola.
La muchacha reaccionó sobresaltada y miró con turbación al chico de cabello castaño que había llegado sin que lo escuchara. Vestía el uniforme del colegio y aparentaba ser un par de grados menor que ella, además de mirarla con una sonrisa galante. Elsa arqueó una ceja.
—Perdón, te asusté. Suelo ser muy sigiloso. Elsa, ¿verdad?—la aludida asintió con la cabeza, muy seria.
—¿Te conozco?—inquirió la rubia.
—Soy Jack. Me sentaba delante de ti en la clase de francés, el semestre pasado.
—¿Ah sí?
—El chico que siempre te pedía la goma de borrar prestada. Si te acuerdas, ¿no?
—No.
—Bueno, también suelo sentarme bajo el árbol que está cerca de la puerta en los recreos. Tú siempre pasas por ahí con tu amiga.
—No.
—¿Y en el partido de basquetbol de la semana pasada? Estoy en el equipo, seguro me has visto allí.
—Odio los deportes.
—También actúe en la última obra escolar navideña, "Los Guardianes de las Fiestas"* a esa sí fuiste ¿no?
—Esa obra de teatro fue estúpida.
Un tenso silencio se formó entre los dos. Jack se llevó una mano a la nuca, incómodo. Elsa solo lo miraba con frialdad.
—Eh, sí, creo que fue algo tonta ahora que lo pienso… el punto es que quería hablar contigo, ¿sabes? Ayer fui a buscarte a tu casa; no es que te estuviera siguiendo o algo, te juro que no soy un pervertido, un maestro me dio tu dirección; y en fin, te estaba buscando porque yo… yo quería…
—Si necesitas que te de tutorías no va a poder ser. Ya no enseñó a alumnos menores—Elsa guardó su cuaderno con indiferencia—, trabajo por las tardes.
—Sí, no, ya sé, no era para eso, es que yo… bueno, yo en realidad quería invitarte a salir. Creo que no lo has notado, pero—Jack se ruborizo y tragó saliva nerviosamente, acentuando su postura azorada—me gustas mucho, desde que íbamos juntos en esa clase de idiomas. ¡Pero luego me abrió la puerta ese idiota y entonces…!
—¿De qué idiota estás hablando?—preguntó ella de manera altiva.
—Bueno, perdón, de tu hermano mayor. Sé que no debería expresarme así de él, pero si te soy sincero, el tipo es un completo pelmazo—el castaño sonrió con simpatía—, en serio, ¿cómo lo aguantas? Se nota que te quiere controlar en todo; si te molesta, puedo hacerle un par de bromas para que se relaje un poco…
—Yo no tengo hermanos—lo interrumpió Elsa cortantemente—, de quién estás hablando es de mi hermanastro. Y no es ningún idiota.
—Ah, bueno, yo no sabía que…
—Niñito, no tengo tiempo para esto, se me está haciendo tarde—dijo Elsa condescendientemente—, ¿por qué no le llamas a tus padres para que vengan por ti? No es bueno que un chiquillo ande solo por aquí tan tarde. Adiós.
—Pero… pero… —Jack no pudo decirle nada más, al verla darle la espalda y alejarse con paso elegante.
Con cara de póquer, la miró desaparecer haciendo caso omiso de su declaración. Dejándolo paralizado en su sitio, hasta que su voz resonó en los pasillos con una única exclamación.
—¡¿Pero qué mierda?!
Elsa terminó de contar el dinero que había en la caja registradora, la cerró con llave y oculto esta última en el lugar de costumbre. A esa hora, la heladería se encontraba completamente vacía, a no ser por Oaken que se encontraba haciendo cuentas en la trastienda. Nunca se daba cuenta de cuando se marchaba a casa, pero seguía teniéndole la confianza suficiente como para permitir que dejara el dinero resguardado.
Ya Anna se había marchado a casa hacía pocos minutos y el letrero de "Cerrado" había sido puesto en la puerta. Únicamente le restaba recoger sus cosas para emprender también el camino a casa.
Con este pensamiento en mente, limpió por última vez la barra, tomó su bolso y salió del establecimiento para encontrarse con la figura familiar de su hermanastro caminando hacia ella. Su pelo rojo brillaba bajo la escasa luz del cielo que empezaba a oscurecerse. La rubia le sonrió al verlo acercarse.
—No sabía que hoy ibas a venir por mí.
—¿Estás bromeando, copito? Tendría que hacerlo todos los días, no me gusta que andes por ahí sola de noche.
Elsa negó levemente con la cabeza, sin borrar su sonrisa. Le enternecía como ese joven, que tan desconsiderado y nefasto le había parecido en un principio, se tomara tantas molestias por ella. Cada día le gustaba más.
—Bueno, pues entonces vamos—entrelazó su brazo con el de Hans y lo miró cándidamente—. Muero por llegar a casa para darme un baño caliente y descansar.
—¿De verdad? Ta vez pueda ayudarte con eso—murmuró el colorado, inclinándose para hablarle al oído con un deje de perversión.
—¡Hans!—la chica le dio un manotazo—No seas tan depravado.
—Hey, solo quiero ayudarte a que te relajes. Si quieres, puedo enjabonarte la espalda…
—De ninguna manera—Elsa alzó su nariz orgullosamente—, pero si quieres, puedes dormir conmigo.
—Bueno, gracias copo de nieve, eres muy amable al permitírmelo—replico él con sarcasmo, consciente de que ya ni siquiera tenía que preguntarle.
Durante las últimas noches ambos habían descansado deliciosamente, el uno al lado del otro. Hans siempre se las arreglaba para ir hasta su habitación y abrazarla debajo de las sábanas, levantándose temprano para regresar a su dormitorio antes de que nadie se diera cuenta.
No necesitaban subir las cosas de tono para disfrutar de esos momentos, que se habían convertido en sus favoritos al caer la noche.
—¿En serio tienes tanta prisa por volver a casa? Todavía no es tan tarde, podemos sentarnos en los columpios si quieres—Hans señaló con la cabeza al área de juegos del parque de enfrente; ese mismo en el que alguna vez habían compartido un helado.
—¿Es en serio? ¿Cuántos años dijiste que tenías?
—Si mal no recuerdo, tú dijiste que te gustaba sentarte ahí sabandija.
—Bueno sí, pero ahora lo único que quiero es llegar a mi habitación. Mis pies me están matando, hoy fue un día muy pesado en la escuela y la heladería.
No bien hubo acabado de decir esto, cuando vio al cobrizo agacharse y de pronto sus pies dejaron de tocar el suelo. Elsa soltó un alarido de sorpresa y le rodeó el cuello con las manos.
—¿Qué estás haciendo? ¡Bájame!—exclamó, mirándolo con los ojos abiertos de par en par.
—Creí que habías dicho que tus pies te estaban matando. Solamente quiero ayudar—Hans mostraba una sonrisa socarrona que claramente, indicaba que se estaba divirtiendo.
—No es necesario que me lleves en brazos, puedo andar perfectamente. Eres demasiado sobreprotector—bufó la albina—y solo lo haces para molestar.
—Un poco—admitió él sin vergüenza—, aunque la verdad es que me encanta tenerte así, ¿sabes?
—Bájame, nos pueden ver—Elsa intentó bajarse de sus brazos sin éxito.
—¿Quién nos va a ver? La calle está desierta, relájate un poco, sabandija.
—En serio Hans, a veces actúas como si fueras un niñito de preescolar. Lo sabes, ¿no?
—A ti también te gusta, no mientas—el aludido dio una vuelta con ella en volandas, haciéndola reír—. Ahí está, una sonrisa. Te ves mucho más linda cuando sonríes, rubita.
—¡Ya! Me voy a caer.
—No voy a dejar que eso pase.
—Eres un tonto.
Hans volvió a dar una vuelta en medio de la acera y los dos rieron, mirándose con los ojos brillantes. Realmente era increíble darse cuenta de cuanto había cambiado su relación, cuanto habían cambiado ellos. En ese instante, Elsa pensó que no había otra persona con la cual quisiera estar más que con ese colorado arrogante y lleno de sorpresas.
Todo él llenaba su vida de emoción.
Lo vio inclinarse sobre su rostro e instintivamente abrió sus labios para recibir su beso, tan hambrienta como la primera vez que habían dejado salir toda esa tensión y atracción que sentían el uno por el otro.
Nunca se cansaba de los labios de Hans, que eran cálidos y gentiles, siempre apasionados y ansiosos de obtener más de ella.
Gustosa, movió su boca al ritmo de la de él, olvidándose por un momento que estaba en medio de la calle, que estaba siendo sostenida por él y que probablemente, cualquier persona que llegara a verlos pensaría que estaban cometiendo faltas a la moral pública, por el modo voraz en que se devoraban el uno al otro. Incluso Oaken podría salir en ese mismo instante y toparse con tan interesante espectáculo.
No importaba, porque una vez que su hermanastro la dominaba con sus labios, el resto del mundo se podía ir al carajo…
—Oh, vaya—la voz familiar que escucharon los hizo quedarse paralizados y despegarse el uno del otro, con los ojos abiertos como platos y la expresión de quien ha sido atrapado in fraganti.
Frente a ellos, un chico de gafas y cabello negro los observaba anonadado, encima de su bicicleta de color verde. Olaf se notaba aún más sorprendido que ellos.
—O-O-Olaf… ¿q-qué… qué…?—Elsa balbuceó mientras sentía como el pelirrojo la dejaba de nuevo en el suelo, sintiéndose descubierta.
—Bueno, iba camino a tu casa a devolverte tus apuntes pero pensé que podía alcanzarte aquí en la heladería. Aunque creo que ya estás muy ocupada como para repasar literatura.
—¡No es lo que estás pensando!
—¡Esto no es lo que parece!—los hermanastros soltaron sendas exclamaciones al mismo tiempo y luego se miraron con pánico.
—¿Ah no? A mí me parece que acabo de ver a dos personas besándose apasionadamente en plena calle—Olaf sonrió de manera picaresca—, y la última vez que fui al oculista, dejo muy bien ajustado el aumento de mis gafas.
Hans y Elsa se miraron nerviosamente el uno al otro. Tantas molestias que se habían estado tomando para ocultar lo suyo, todo para arruinarlo en un segundo.
—Wow, esto es bastante bizarro, creí que ustedes dos se odiaban—el pelinegro adoptó una pose pensativa—, aunque mirándolo en retrospectiva, supongo que era algo obvio.
—¿C-cómo que algo obvio?—Elsa experimentó un tic nervioso en el ojo.
—Últimamente no te quejabas tanto de Hans, ni te referías a él como un sociópata de mierda—comentó Olaf inocentemente—, debí haber sospechado.
—¡Olaf, escucha…!
—¡¿Cómo que un sociópata de mierda?!
—Oh sí, cuando estábamos en la escuela antes, Elsa tenía todo un repertorio de sobrenombres para referirse a ti. A veces te llamaba "principito estúpido" o "parásito idiota". Era chistoso.
—¡¿Pero qué mierda?!—Hans descargó un zape contra la nuca de la muchacha.
Esta vez sí se había pasado, ¿cómo que hablaba así de él en el colegio?
—¡Ahora no, Hans!—chilló ella dándole un empujón.
Menuda manera de terminar el día.
—Olaf, ¿podemos hablar un poco?—le preguntó ansiosamente—Tengo que explicarte…
—¿Explicarme? Bueno yo entiendo bastante bien, estás teniendo una aventura con tu hermanastro. Eres una pillina, ¿eh? Aunque no entiendo porque no nos contaste nada a Anna o a mí, imagínate, se habría puesto eufórica…
—No es tan sencillo—Elsa se apresuró a tomar a su amigo del brazo—, ¿vamos? ¿Por favor?
Olaf la miró un momento y luego se encogió de hombros.
—Bien, si eso quieres. Aunque insisto en que todo está muy claro…
La blonda lo guio con nerviosismo hasta los columpios, en tanto Hans se limitaba a esperarlos a distancia. Suspiró pesadamente. Solo esperaba que ambos pudieran salir bien librados de esta.
En silencio, Elsa se mordió el labio y se balanceó en su columpio, mirando hacia el piso. Consciente en todo momento de la mirada de los ojos oscuros de su mejor amigo sobre ella. Pensando por donde debía comenzar para explicar la reveladora escena que acababa de presenciar. Se sentía tan avergonzada…
—Entonces, tú y Hans están saliendo ¿no?
—¡N-no!—se apresuró ella a responder, alzando la cabeza y negando ansiosamente—No es eso, de verdad que no…
—Oh, entonces han decidido dejar de pelear para sostener una relación de hermanos más cercana. Bien por ustedes.
Elsa suspiró, viendo una vez más la sonrisa bonachona del chico sentado en el columpio de al lado. A veces su inocencia resultaba más confusa que la actitud infantil de Anna.
—Es… complicado de explicar—dijo—. Nosotros… no es como que tengamos algo serio ni nada, solo estamos pasando el rato… digo, tú entiendes, después de vivir juntos tanto tiempo uno se cansa de discutir todos los días… y bueno, él me gusta, yo le gusto a él… ¡pero no es nada serio! Solo… solo es para entretenernos y eso…
Olaf escuchó con paciencia las atropelladas explicaciones de su amiga y luego empezó a mecerse con tranquilidad.
—Oh, ya entiendo—contestó—. La verdad no le veo lo complicado.
—Tú no entiendes, se supone que era un secreto, pero ahora tú nos viste y bueno… no quiero que me lo tomes a mal, solo no quería decirle a nadie porque, me da miedo que todo el mundo se entere. Quiero decir, ¿te imaginas lo que nuestros padres pensarían de nosotros si lo descubrieran?
—Sí, creo que eso sería bastante malo.
—Ellos creen que ya nos llevamos mejor y si se enteraran de lo que en verdad estamos haciendo… ¡no porque hagamos nada malo, no! Solo… solo salimos por ahí y eso…
—Ahora todo tiene sentido—Elsa lo miró confundida—, últimamente estabas muy rara, ¿sabes? Andabas con la cabeza en las nubes y suspirando por los rincones, igual que Anna cada vez que habla de Kristoff, ja ja. En serio tienes suerte de que ella sea tan despistada o estaría tomándose sus sospechas más en serio, y tú sabes que te habría hecho muchas preguntas.
La platinada se ruborizó por completo.
—Yo… ¿yo en serio me he comportado así?
—Bueno Els, hay ciertas cosas que no se pueden disimular. Y tú enamorada, es algo que tarde o temprano tenía que ver.
—¿Qué? Espera no estoy enamorada—Olaf se detuvo en su balanceo para mirarla—. No estoy enamorada, él me gusta mucho, sí, pero yo no estoy… no puedo estar enamorada—repitió, como si tratara convencerse más a si misma que al muchacho.
—¿Ah no?
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—No sé, yo… me gusta estar con él solamente. Cada vez que lo veo el corazón me empieza a latir muy rápido y siento que no quiero estar en otro lugar. Cuando me besa siento cosquillas en el estómago y cuando me abraza, me siento protegida y al mismo tiempo tan pequeña… pero eso no significa que… —Elsa se detuvo abruptamente, dándose cuenta de lo insulsas que sonaban esas últimas palabras luego escuchar lo demás.
—Bueno, si eso no quiere decir que estás enamorada, entonces no quiero imaginarme cuando lo estés de verdad—Olaf dejo escapar una risa breve y siguió columpiándose ligeramente.
Su amiga era tan inocente a pesar de su frialdad.
—Oh no—Elsa suspiró y enterró el rostro entre sus manos, con los codos apoyados sobre el regazo.
Aquello estaba mal. Ni siquiera necesitaba que el chico se lo dijera con todas las letras para darse cuenta. Pero como si todavía no estuviera lo bastante claro, lo dijo y ella se sintió desfallecer por un momento.
—Tú quieres a Hans, Elsa. No tienes que actuar como si fuera el fin del mundo, de cualquier modo, todos sabemos que ustedes se gustan.
—¡¿Qué?!—la aludida volvió a levantar la cabeza alarmada.
—Si es bastante obvio, ¿o acaso creías que Anna hacía sus comentarios tan solo por molestar? En el fondo ella siempre ha tenido la esperanza de que pase esto. Es una lástima que quieras mantenerlo en secreto, porque se sentiría muy feliz por ti.
—Yo… no sé que es lo que debería hacer, Olaf—confesó—. Yo nunca había sentido esto por nadie, ni siquiera estoy segura de si estoy enamorada de verdad, digo, nunca me he enamorado de nadie. ¿Y si solo es algo pasajero?
—Entonces tienes que disfrutarlo tanto como puedas.
—Pero ¿y si no es así? ¿Y si me dejo llevar demasiado y él no me corresponde? Tú ya sabes como es Hans, tengo miedo de que al final se canse de mí—la blonda sostuvo una de las cadenas del columpio con timidez—, después de todo él es guapo, encantador… podría tener a la chica que quisiera.
—Pero él solamente te quiere a ti, eso es algo que se nota a la legua—Olaf detuvo su balanceo—, mira, podrán fingir todo lo que quieran pero esas cosas se notan. Incluso cuando solo querían matarse el uno al otro era evidente. Así que ¿para qué complicarse tanto? Si lo dices por sus padres, entiendo que quieran mantenerlo en secreto pero creo que no sirve de nada negártelo a ti misma.
Elsa calló, sabiendo que en el fondo tenía razón. ¿Cómo había sido tan torpe para terminar enamorándose de alguien tan arrogante como su hermanastro?
—Tú estás enamorada—le repitió su amigo—y yo me siento muy feliz por ti. Hacen una bonita pareja.
—¿Tú crees?
—Claro, son muy distintos el uno del otro pero a la vez, no sé, encajan o algo así. Como el fuego y el hielo.
Elsa sonrió de lado por la comparación. En cierta forma tenía sentido.
—¿Te soy sincera? La verdad es que no sé en que va a terminar todo esto. Puede que nos terminemos desilusionando el uno del otro y volvamos a odiarnos aún más que antes.
—O puede que no. ¿Has pensado en la posibilidad de que ustedes en verdad tengan que estar juntos?
—A veces suenas como un soñador, Olaf.
—Alguien tiene que hacerlo. Sea como sea, tienes que disfrutar de esto al máximo, de todas maneras ya estás metida hasta el fondo. Si vas a tener una aventura romántica, mejor haz que valga la pena.
—Sí. Supongo que tienes razón.
Después de todo, ¿qué otra opción tenía? Fueran o no correspondidos sus sentimientos, ella había aprendido a amar a Hans, con todos sus defectos y esas cosas que la enamoraban cada día más. Si algún día eso iba a terminarse, mejor aprovechar el momento todo lo que pudiera.
—Pero… ahora que lo sabes…
—Oh, descuida, no voy a decírselo a nadie—el chico le sonrío picaronamente—. Su secreto está a salvo conmigo. Aunque si me pides mi opinión, yo creo que en algún momento tendrás que decírselo a Anna, son mejores amigas. Pero no será por mí por quien ella vaya a enterarse.
—Gracias, Olaf—la albina le devolvió la sonrisa sinceramente—. No es que no confíe en ella, solo… quiero disfrutar de esto antes de que ella estallé de felicidad.
—Descuida, sé que va a entender. Sabemos lo reservada que eres, Els—ambos abandonaron los columpios y se pusieron de pie—, aunque podrían ser un poco más discretos a la próxima si quieren seguir de incógnito.
—Créeme, lo voy a tomar en cuenta,
—¿Me das un abrazo?
La platinada ensanchó su sonrisa y envolvió con sus brazos el delgado cuerpo del muchacho, que la abrazo cálidamente. Ciertamente él era una de las únicas personas cuyas muestras de afecto no le incomodaban. A pesar de tomarse las cosas a la ligera, Olaf siempre sabía que decir.
—Vamos, tu príncipe te espera.
—Él no es mi príncipe.
—¿Ah no? ¿Entonces como lo llamas? Tengo curiosidad de ver si se ponen sobrenombres el uno al otro, además de insultarse y todo eso.
Elsa rió y negó con la cabeza en tanto ambos se encaminaban hacia el otro lado del pequeño parque, donde Hans los aguardaba al lado de la bicicleta de su amigo. Su semblante seguía tan serio como cuando se habían alejado.
La rubia se mordió el labio inferior pensando en la mejor manera de tranquilizarlo. Conociéndolo, por fuera podía aparentar estar tranquilo, pero por dentro seguramente era como un volcán a punto de hacer erupción.
—Bien, Olaf y yo hemos estado hablando y…
—No digas más—la cortó el pelirrojo—, yo sé bien lo que hay que hacer en esta situación—se volvió entonces hacia el chico y su expresión se transformó en una bravucona—. ¡Oye mocoso, si te atreves a mencionar algo de lo que viste, te juro por Dios que te voy a romper las…!
—¡Hans, Hans!—su hermanastra se apresuró a tomarlo del brazo para hacer que se calmara—¡Tranquilízate! Dios, tú nunca escuchas a nadie.
—Sí, estás demasiado a la defensiva para alguien que hace media hora le estaba dando arrumacos a Elsa—la pareja se ruborizó al escucharlo—. Relájate, le dije a ella que no le voy a contar a nadie. Puedo ser muchas cosas, pero chismoso no soy—añadió con su característica sonrisa inocente.
El colorado dejó de estar tenso.
—Bueno… pues más te vale que sea así. Porque de esto no se puede enterar nadie—Hans los miró a ambos—, en lo que a nosotros tres concierne, aquí no ha pasado nada.
—Descuiden, nadie lo sabrá. Además no es tan sorprendente como parece—el cobrizo arqueó una ceja mientras veía como Olaf montaba en su bicicleta con eso, ¿a qué se refería con eso?—, en fin, yo los dejo. Seguro que se mueren por llegar a casa para hacer otras cosas—replico con algo de sorna.
Hans bufó.
—¿No quieres que te acompañemos a casa? Está oscuro—sugirió su amiga.
—Descuida, ya sabes que vivo a unas cuantas calles de aquí. Nos vemos mañana—el pelinegro se despidió y comenzó a alejarse pedaleando—. ¡Y no hagan nada indebido!
Se perdió de vista riendo y Hans frunció el ceño.
—Impertinente—se quejó.
—Al menos no le dirá nada a nadie.
—¿Y tú como puedes estar tan segura?
—Lo sé, es mi amigo y él sabe guardar secretos. No lo hará.
Hans no insistió más.
—Y bueno… ¿de qué tanto hablaban tú y él? Se tardaron un poco, ¿no crees?
—Oh—Elsa desvió la mirada, implorando que sus mejillas calientes no la delataran—, de nada, ya sabes. Estaba muy sorprendido. Quiero decir, todos creen que nos odiamos.
—Y más vale que así siga siendo. Tenemos que ser más cuidadosos la próxima vez, copito.
—Sí—la rubia se colgó mejor su bolso al hombro y volvió a entrelazar su brazo con el de Hans—. Vamos a casa, me estoy muriendo de hambre.
—Voy a hacerte los espaguetis a la carbonara que tanto te gustan.
Ella le sonrió dulcemente y luego dejó caer la cabeza en su hombro mientras andaban sin prisa. Eran esos pequeños detalles los que provocaban que cada día se enamorase más de él.
De vuelta en la privacidad de su habitación, Elsa pensaba una y otra vez en la conclusión a la que había llegado. Tal vez la había obtenido hacía bastante más tiempo del que pensaba, pero siendo como era, se había negado a aceptarla. Las cosas habían pasado tan deprisa que apenas y podía creer que se encontrara en dicha situación.
Hacía meses, se había jurado a si misma que detestaba a Hans Westergaard y que haría todo lo que estuviese en su mano para hacer que se largara de casa. Ahora ni siquiera podía pensar en tal posibilidad.
Le dolía estar lejos de él. Necesitaba estar a su lado. Todo el tiempo.
Descubrir tal hecho la asustó, más de lo que nunca nada lo había hecho en toda su vida. Ella era una persona fría y racional, que no se dejaba llevar por los romances. Haber sido criada por una madre soltera le había enseñado los errores que debía evitar. Y sin embargo…
Sin embargo Hans era tan especial. Todo él encajaba a la perfección con ella, como si fuera la pieza que había faltado por tanto tiempo en su vida.
Pensativa, terminó de deslizar el camisón azul para dormir sobre su cabeza y comenzó a dar vueltas por el dormitorio, sin poder quedarse quieta. Desde la cama, Marshmallow la contemplaba con curiosidad.
—Al fin y al cabo, ¿yo qué sé del amor? Podría ser algo pasajero y yo solo estoy confundida… —expresó en un murmullo.
Su gato movió las orejas, como si quisiera indicarle que estaba escuchando.
—Pero es que me siento tan bien con él… es tan guapo… claro que es un idiota la mayoría del tiempo, aunque cuando lo conoces mejor te das cuenta de que es una buena persona… aunque me haya hecho la vida imposible hasta hace poco tiempo—suspiró—, ¿cómo fui a fijarme en alguien así?
Marshmallow emitió un maullido, como si estuviera de acuerdo con dicha afirmación. A veces ese minino le parecía casi humano.
—Pero es que no sirve de nada negar lo que siento… ¿qué más da si ya siento algo por él? No es como que pueda deshacerme de eso—se detuvo en su caminata y miró a su mascota—, el hecho es, que puede que este enamorada de Hans.
El felino dejó escapar otro maullido, esta vez con un tono lastimero, como si hubiera dicho algo terrible.
—Estoy enamorada—la rubia se quedó callada por un instante, consciente de sus propias palabras.
Una vez que lo aceptaba, no era tan difícil hacerse a la idea de que hasta ella podía caer por un chico. Aunque hubiera rechazado miles de veces la idea. No obstante, ahora su corazón latía de una cálida manera y sus labios se contorsionaban en la sonrisa más sincera que había esbozado jamás.
—Estoy enamorada de Hans—reafirmó y esta vez, Marshmallow maulló en clara protesta.
De la nada, Elsa echó a reír y tomó al gato entre sus brazos, dando vueltas con él por toda la alcoba. Estaba comportándose como una niña estúpida, sí, pero ya no importaba. No tenía remedio.
Feliz, se dejó caer de espaldas encima de su cama sosteniendo a Marshmallow sobre su cabeza, quien parecía mirarla con consternación.
—No puedo creer que diga esto, pero realmente lo quiero—suspiró—, en que lío me he metido, ¿verdad?
El minino dejó escapar un chillido prolongado, parecido al de un niño pequeño cuando se empeñaba en hacer un berrinche. No, eso no está bien, recuerda en lo que habíamos quedado, Hans es un maldito imbécil, un imbécil; parecía decir con desesperación.
La albina volvió a reír y apretó al gato contra su pecho, quien ya lucía resignado. Un toque a la puerta la distrajo.
—Adelante—dijo, incorporándose en el colchón hasta quedar sentada con Marshmallow en su regazo.
La puerta se abrió dejando ver la alta figura de su hermanastro, que se posó en ella con ojos anhelantes. Como de costumbre, el gato le dirigió una mirada penetrante que él ignoró por completo.
—Imaginé que ya estarías dormida—Hans se llevó una mano a la nuca—, hay algo que debo decirte.
—Oh—la platinada se puso de pie con una sonrisita felina—, pues adelante, pasa.
Hans cerró la puerta detrás de él y observó con más detenimiento a su hermanastra. El camisón azul de algodón que llevaba puesto le llegaba hasta las rodillas, dejando gran parte de sus largas y torneadas piernas al descubierto, con sus pequeños y descalzos pies. Se había soltado el cabello de su habitual trenza, que ahora caía libre en delicadas ondas por sus hombros y espalda. Adoraba ver su melena.
Mirarla así, de esa manera, era como ver a una niña con una faceta que lo volvía loco. Definitivamente, Elsa nunca dejaba de despertar en él la misma admiración y embeleso.
Sin dejar de sonreír ni de sentirse complacida con su observación, la chica tomo asiento enfrente de su tocador y comenzó a cepillar las hebras aperladas de su pelo, sin perderlo de vista por el espejo.
—¿Qué es lo que tienes que decirme?
Hans hizo un esfuerzo por apartar sus ojos de la manera en la que su cabello parecía relucir con cada movimiento del cepillo, resistiendo la tentación de ir y sentirlo con sus dedos.
—He estado pensándolo mucho, Elsa. Sobre nosotros. ¿Recuerdas cuando mencionamos al principio que nada de esto se iba a poner serio? ¿Qué no dejaríamos que esto fuera demasiado lejos para evitarnos dramas y esas cosas?
—Sí—la sonrisa de la mencionada se desvaneció, dando paso a una expresión confundida.
—El caso es que, realmente yo creo que ya ha ido muy lejos. Y nunca nos dimos cuenta. Pero las cosas son así. Siempre cambian.
—¿A qué te refieres?—inquirió la muchacha, con el corazón dándole un vuelco.
¿Acaso quería terminar con lo que tenían? ¿Justo ahora? No podría soportarlo si decidía que no quería tener nada con ella, no ahora. Ya estaba demasiado involucrada. Había cometido ese gravísimo error y no había vuelta atrás.
—Me refiero a que, no sé como vayas a tomar esto, pero tengo que decirlo o si no, creo que voy a terminar explotando—Hans se acercó hasta ella, repentinamente nervioso. Sus mejillas se habían ruborizado, haciendo más evidente ese rastro de pecas que coronaba sus pómulos y el puente de la nariz.
"Solo dilo", pensó ella sin atreverse a encararlo y aguardando con el corazón en un puño, "di que no quieres que continuemos con esto y podré culparme a mi misma por ser tan tonta. Anda, atrévete a decirlo idiota…"
—¿Te gustaría tener una cita conmigo?
—¿Cómo dices?—Elsa parpadeó desconcertada y se volvió para mirarlo.
Ahora, su hermanastro lucía terriblemente azorado.
—Eso, una cita. Salir. Tú y yo—le repitió escuetamente.
—Creí que nosotros ya salíamos—dijo ella sintiendo una oleada de alivio repentino y volviendo a componer una leve sonrisa.
Se veía tan tierno de ese modo. Realmente parecía muy avergonzado.
—Quiero decir una cita en serio, escucha, sé lo que dije antes… no, déjame hablar—la cortó cuando estuvo a punto de interrumpirlo—, ya sé lo que dije, pero con todo lo que ha pasado, no sé… solo me gustaría pasar un día completo juntos, donde no nos tengamos que esconder de nadie ni todo eso. Llevarte a un lugar bonito, sin preocuparnos por nada… estar contigo solamente. Yo… quiero que tengamos una cita de verdad, ¿comprendes?
Elsa se ruborizó, sintiendo que su corazón se agitaba. ¿Estaba sucediendo aquello realmente? Como si alguien hubiera esculcado en lo más profundo de si misma, estaba escuchando justo lo que quería oír.
—No me preguntes porque, ni me digas nada—le pidió el pelirrojo—, solo… esto es algo que debo hacer. Dime que vas a salir conmigo. Por favor.
La adolescente lo miró por un instante, enfocando sus orbes con dulzura en el apuesto rostro frente a ella, casi sin poder creer que este joven fuera el mismo desalmado que la había amenazado el primer día que había llegado a casa.
Definitivamente. Hans tenía un gran corazón que escondía bajo un exterior frío y desconsiderado. Pero así era como había aprendido a quererlo.
—Sí quiero—le respondió—, me encantaría salir contigo, Hans.
Su respuesta fue como una bocanada de aire fresco para el colorado, que le devolvió la sonrisa y avanzó un par de pasos para colocarle un mechón rubio detrás de la oreja con delicadeza.
Marshmallow los miró con aburrimiento desde la cama.
—No importa adonde me lleves, yo también quiero pasar tiempo contigo. Tengamos un día para los dos.
—Te prometo que valdrá totalmente la pena—Hans se acercó y se inclinó sobre ella para hablarle de cerca, permitiendo que su aliento cálido y mentolado le rozará los labios—, voy a tratarte como la reina que eres.
Elsa ensanchó su sonrisa antes de que él acortara la distancia que los separaba, plantando un beso profundo en su boca. Y ella se dejó llevar, abandonándose entre sus brazos.
Eran dos enamorados que todavía no se atrevían a confesarse el uno al otro.
*Keyboard Cat. Ese adorable y legendario vídeo de un gato tocando el piano en Youtube. :3
*Renoir. Pintor francés impresionista del siglo XX.
*"Los Guardianes de las Fiestas*. Una clara parodia de ya saben que película. xD
Nota de autor:
Bonjour, panquecitos. :D ¿Es tardísimo? Sí. ¿Estoy avergonzada? Algo, ya se me hizo costumbre. ¿Tengo justificación? Bueno, sí, pero son unas cuantas cosas que no vienen al caso en este momento.
Espero que tanto el largo del capítulo como las sorpresas hayan compensado la espera. Nuestros pajaritos por fin van a dar un paso importante; y es que ya todos nos cansamos de leer como todos insisten en que se aman para que tarden tanto en aceptarlo. xD Por fin, prepárense, porque las cosas se ponen mucho más serias. A pesar de ese pequeño estorbo que apareció. Ay sí, tenía que poner a Jack Frost, el único personaje de Dreamworks que aparecerá para añadir un toque de comedia. LOL Han trolleado a Hans en tantos fics de otros ships (no solo del Jelsa), que es hora de darle un poco de su propio chocolate al señor invierno. Oh sí, la tía Frozen es ruda. ;)
También apareció Weselton, ningún buen fic de Frozen puede estar completo sin él. Y bueno, es que como se habrán dado cuenta me encanta burlarme de los personajes jocosos. x3
Pero lo que sí les debe haber causado impacto, fue la pelea de nuestros queridos hippies. ¿Se esperaban algo así? Ellos que eran todo paz y amor y ahora nos salen con esto. De vera que hasta yo misma me sorprendo, un día los voy a matar con tantas sorpresas. D: Pero sí, el Eugenzel estará un poco restringido ahora, tendré que pensar en la reconciliación, jijijiji.
nina: Ay sí, todas quisierámos que hubiera Helsa en Frozen 2 o ya de perdido que rediman a Hans. :( Pero no sabremos nada hasta el 2018, ¡que injusticia!
Ari: Lo sé, Mérida y Lars forman una pareja más que interesante, if you know what I mean. 7u7 Y sí, seguirá habiendo uno o dos obstáculos para el Helsa porque sin ellos todo sería aburrido, pero ya sabes, eso no significa que nuestros niños se vayan a dejar de querer, ¡eso nunca!
SamanTha: Sí, la verdad que Lars fue muy inoportuno, podría haber llegado una media hora hora después como mínimo y entonces, tal vez sus "hermanitos" habrían tenido un momento XXX. xD Pero bueno, al menos ya quedó claro que ni él ni Mérida se interpondrán con el Helsa, sino que fluirán con él en armonía, como hacemos todos. :D Y sí, esa plática de chicas era necesaria y aunque no creo que ahora Elsa y Mérida vayan a ser las mejores amigas del mundo, pues sí se llevarán mejor. Con cada capítulo queda claro que Marshmallow es el único rival para Hans; lo siento pelirrojo, pero no puedes competir con un gato, su nivel de adorabilidad está a la par de tus encantos. La demás chusma (dígase Tadashi, Jack, Lars, etc.) sí se puede ir. LOL ¡Vamos Revolución Helsa!
En fin, esta chica se va. Disfruten su semana y piensen es más Iceburns/Helsa/Hansla (¿y por qué Hansla? ¿No debería ser Hanselsa? Nunca he comprendido esa extraña abreviatura xD). ¡Chao!
PD. Necesito sinceramente su opinión, ¿en dónde y cómo les gustaría que fuera la primera cita en serio de Hans y Elsa? Piénsenlo bien, estaré tomando en cuenta las mejores sugerencias. :3
