Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


» • » Bajo El Mismo Techo « • «

28

Un día para los dos


La exclamación triunfal de Anna resonó por toda la sala de estar, dejando sordos momentáneamente a sus acompañantes, reunidos alrededor de la mesita de café para jugar Monopoly.

—¡Oh sí! Parada libre, ¡vengan a mí billetes!—chilló, tomando algo del dinero falso que reposaba en un rincón de la mesa.

—Disfrútalo mientras puedas, enana escandalosa. Cuando acabemos este juego ridículo, tus finanzas van a acabar siendo más bajas que tus calificaciones.

Eugene dejó escapar un silbido ante el comentario.

—Mira Hans, te paso lo de mis calificaciones, hasta yo sé que son muy bajas. Pero si vuelves a decir algo sobre mi estatura, voy a verme en la penosa de necesidad de tener que golpearte. Sí, eso voy a hacer.

—Enana.

La pelirroja tomó un cojín del sofá detrás de ella y se lo lanzó a la cabeza con todas sus fuerzas. Hans tomó el tazón de palomitas que tenían cerca y se levantó para volcarlo sobre la cabeza de la chica.

—¡Ay, ya basta! Dios, miren que desastre—se quejó Elsa.

—Tú te callas sabandija, ni siquiera puedes jugar hasta que salgas de la cárcel.

—Sí Els, hace dos turnos que no puedes salir de ahí. No has tomado muy buenas decisiones como empresaria, amiguita—atajó el castaño analizando cuidadosamente el tablero.

—Eso es únicamente porque Hans es un maldito corrupto monopolizador, ¡lo quiere todo para él! ¡Ladrón egoísta!

—Sí, el gobierno de un país tercermundista es más transparente que él, ¡todo lo que toca con sus manos se corrompe! O se convierte en un hotel de cinco estrellas con pésimo servicio—se quejó Anna.

—Sigan llorando, perdedoras. Soy el puto amo del maldito Monopoly y no hay nada que puedan hacer al respecto.

—El puto amo, mis ovarios acalambrados a fin de mes—repuso la colorada con un puchero.

—Els, ¿quieres cambiar tu compañía de electricidad por mi empresa de transportes? Es una muy buena oferta, amiguita—le propuso Eugene con una sonrisa astuta.

—¿Para qué? ¿Para que luego vayas y se la vendas a Hans haciéndonos quebrar a todos? No gracias, ya sé muy bien que estás de su parte.

—Pfff, uno que te quiere ayudar y tú solo muerdes la mano que te da de comer. ¡Pues pásatela encerrada en la cárcel entonces!

—Sí, él sabe bien de lo que habla. No es como si el hippie no tuviera experiencia en estar encerrado.

—¡Hey, hey! ¡Basta con eso! ¡Basta! Dijimos que no íbamos a mencionar esa mierda—espetó Eugene con el ceño fruncido.

—Todavía no puedo creer que los arrestaran por vandalismo, ¡la policía no aguanta nada!—dijo Anna.

—Yo sí lo puedo creer. Les dije que tarde o temprano iba a pasar—Elsa lanzó su dado al tablero—. ¡Maldición! ¿Qué tiene una que hacer para que le salgan dobles en este juego?

—Pues yo creo que no es para tanto, estaban haciéndole un bello servicio a la comunidad—comentó su amiga tomando el dado.

—Y una mierda de servicio a la comunidad. Vaya idiotas que resultaron ser, dejar que los atraparan en pleno vandalismo. Ja ja ja, hippies tontos.

—¿Podemos en serio no hablar de esto, por favor?—pidió el trigueño.

—¿Por qué? ¿Sigues resentido porque tu noviecita ya no viene a verte para que vayan a caminar descalzos por ahí y fumar hierba? Que patética historia de amor—se burló el cobrizo sin ninguna consideración.

—En primer lugar, no es mi noviecita. En segundo lugar, nunca fumamos hierba, eso es algo que ya dejé y no entiendo porque insistes en pensar lo contrario…

—Ya, pero bien que iban a embriagarse a esa taberna de poca monta con un patito pintado en la entrada. No creas que no lo sabía, vago.

—En tercer lugar…

—¡En tercer lugar prepara bien tu culo, Hans! ¡Por qué acabo de comprar el hotel de la competencia y te voy a patear bien fuerte el trasero!

—¡Maldita hobbit de mierda!

—… no me interesa si ella vuelve o no, en serio, estoy muy cómodo con mi tiempo libre. De hecho ya se me había olvidado lo sucedido, ¿pueden creer que desperdicié tanto tiempo pintando paredes por ahí? Eso definitivamente no es para mí, viejos.

El timbre de la casa se hizo escuchar y Elsa se levantó para ir a atender.

—Sí claro, por eso siempre que sales de la habitación y ves esa cosa ridícula que ella pinto y que Idun colgó en la pared, suspiras y te alejas arrastrando los pies como un patético perro—Hans movió su figura de Monopoly sobre el tablero y le dio un manotazo a Anna cuando esta extendió una mano para tomar más dinero.

—¿Qué? ¡Yo no hago eso, maldita sea!

—No te preocupes Eugene, estoy segura de que Punzie te va a perdonar, ella no es rencorosa—dijo la pecosa moviendo su propia figurilla.

—¿Perdonarme? ¿Ella perdonarme a mí? Punzie no tiene nada que perdonarme, ¡yo soy él que la tiene que perdonar por meterme en sus juegos de vandalismo! Uno trata de darle gusto ¿y qué es lo que obtiene a cambio? ¡Un pase directo a la celda como si fuera una especie de criminal! No viejos, no. Hay niveles y esta vez va a ser ella quien tenga que venir a pedir perdón como la descarriada que es, sino, que ni sueñe con que le voy a hablar de nuevo.

—Pues ya puedes quedarte a esperar sentado, porque eso es algo que no va a pasar—dijo una vocecita en la puerta de la estancia, que hizo que los tres se volvieran.

Rapunzel estaba de pie ahí, sosteniendo una chaqueta en la mano y mirando con los ojos entrecerrados al castaño, que de inmediato la miró sorprendido para luego cambiar su expresión por una indiferencia.

—Vaya, vaya, miren quien decidió aparecer por aquí. ¿Extrañándome, preciosa?

—Je je je, que gracioso eres Flynn, siempre haciendo bromas. Pero no tonto, vine a devolverte la chaqueta que me prestaste la otra vez, ¡no quiero tener nada tuyo!

—Eso no fue lo que dijiste la otra vez que salimos a la taberna de tus amigos motociclistas. "Ay Flynn, hace tanto frío aquí, estoy temblando de frío. Muchísimas gracias por tu chaqueta, eres un amor"—habló Eugene, imitando la vocecita de la morena y haciendo unos ademanes amanerados.

—¡Eso no fue lo que yo dije!

—Sí lo hiciste, hasta me hacías ojitos para que te la prestara, no digas que no. Pero bueno, supongo que eso es algo a lo que debes estar acostumbrada, ¿o no, Punz?

—Ay, vete al demonio.

Todos se quedaron observando la escena anonadados; Hans con especial interés. Simplemente no se podía creer que esos estuvieran discutiendo, ellos parecían la pareja más relajada y feliz del mundo.

—"Vete al demonio"—Eugene la volvió a imitar exageradamente.

—Basta. ¡Yo ni siquiera hablo así!

—¿No? Deberías grabarte para escucharte a ti misma, suenas como una niña de cinco años.

—¡Idiota!

—¡Inmadura!

—Ay, por Dios—Hans los contempló con asombro por un momento y luego curvo sus labios en una malvada sonrisa—. Nunca pensé que viviría para ver esto, ¡es una pelea de hippies!

—No soy inmadura—Rapunzel avanzó hasta quedar a dos pasos del pardo y lo miró con las manos en la cintura y el ceño fruncido—, vivo la vida intensamente y con mucha felicidad, ¡no necesito de una estúpida cámara tras la cual ocultarme porque veo el mundo con mis propios ojos!

—Veo el mundo con mis propios ojos, te pasaste con esa frase tan llena de genialidad Punz. Alguien tendría que darte un premio, amiguita.

—No soy tu amiguita, ¡ya ni siquiera soy tu suscriptora! Le di dislike a todos tus vídeos y le dije adiós a tu canal para siempre, remedo de Spielberg.

—¡Auch! Ay Punzie, Dios, eso sí que me rompe las bolas—Eugene hizo un gesto de fingido dolor—, auch Punzie, ¿ya no estás suscrita a mi canal? ¿Es en serio? No me aprietes tanto las bolas, preciosa. ¡Ay!

—Esto se está poniendo feo—murmuró Anna al oído de su amiga.

—¿Tú crees?—Elsa arqueó una ceja sin perder de vista a los castaños.

—Dios mío, que lástima. Tendré que quedarme con tan solo, no sé, ¿los otros 200,000 suscriptores que tengo? La última vez que los conté tenía esa cantidad. ¿Cuántos tienes tú en tu canal de dibujitos? ¿Cinco?

—¡Yo no tengo un canal en Youtube, idiota!

—Eso es porque si lo tuvieras, no tendrías éxito. A la gente no le gustan los dibujos absurdos y aburridos—dijo Eugene moviendo su dedo índice como si le estuviera dando una lección, cosa que hizo que las mejillas de la chica se pusieran rojas del coraje.

—¿Y como sabes? Si tantas personas ven las estupideces que tú subes a Internet, por supuesto que lo mío les podría encantar.

—¡Hey, hey! ¿Cómo que estupideces?

—Eso es, que fluya, que fluya el odio—Hans observaba fascinado la discusión—, ¡quiero verlos destruirse!

—No eres más que un engreído con aires de director de Hollywood que cree que todos deben besarle los pies.

—Y tú eres una hijita de papi que se cree Picasso, ¿pero adivina qué? ¡No lo eres!

—¡Aquí tienes tu estúpida chaqueta! ¡No quiero volver a tener cerca de mí nada tuyo!

—El bolsillo está húmedo. Y se siente raro.

—Sí, Pascal se cagó en ella.

—¡Argh!—Eugene soltó la prenda con repugnancia y luego miró a la muchacha con el ceño fruncido—¿Qué mierda, Punz? ¿Así es como va a ser? ¿De veras vamos a llegar a esto?

—¡¿Qué?!

—¡Pudiste lavarla antes de venir, torpe! O más bien, pedirle a alguno de los sirvientes de tu mansión de burguesa que lo hiciera por ti, apuesto a que ni siquiera sabes prender una lavadora.

—Mira quien habla, ¡a ti te mantiene tu tío!

—¡No lo hace!

—Sí lo hace—intervino el pelirrojo.

—¿Sí? ¡Pues ya viste que no la lavé! ¿Qué es lo que vas a hacer al respecto?

—Holgazana.

—¿Cómo me dijiste?—Rapunzel acortó la distancia que los separaba y lo miró con los ojos entrecerrados de puro disgusto.

—Holgazana. Eres una burguesita tonta que no sabe mover ni un dedo—Eugene se inclinó para observarla con el mismo enfado—y los murales que haces, no son una expresión artística de individualidad. Son una prueba urgente de que necesitas crecer y hacer algo más que ir pintando todo lo que se te pone enfrente.

Todos se quedaron en silencio.

—No debiste decir eso—repuso la castaña fríamente, antes de tomar un cojín cercano y comenzar a golpearlo con fuerza, haciendo que la casa entera se llenara con los alaridos del joven—. ¡Toma, inútil! ¡Toma! ¡Para que aprendas lo que es arte, vagabundo inculto!

—¡Maldición mujer! ¡En la cara no, deja en paz mi cara!

—¡Punzie, detente!

—¡Lo vas a lastimar!

—¡Dale a ese hippie lo que se merece!

Entre los gritos de las chicas y los vítores de Hans, la morena continuó golpeando a Eugene hasta que él optó por correr alrededor de la sala de estar. Acto seguido, ella tiró el cojín a un lado y fue detrás suyo subiéndose en su espalda y jaloneándolo para el espanto de sus amigas, y las risas del cobrizo.

—¡Te voy a enseñar a criticar mi arte, maldito arenoso!

—¡Quítenme a esta mujer de encima! ¡Elsa, auxilio!

—¡No pidas ayuda! ¡No pidas ayuda, cobarde!

—¡Argh! ¡Me golpeó! ¡Me ha golpeado en la mejilla! ¡Dios mío, mi rostro!

Con la castaña en su espalda, el muchacho dio vueltas gritando como loco hasta que Anna fue capaz de alcanzarlos y tiró de ella hacia abajo. Elsa le ayudó a detenerla.

—¡Suéltenme! ¡Suéltenme, le voy a dar a este inculto lo que se merece!

—¡¿Inculto?! ¡Me arde la mejilla, maldición! Un espejo, ¡necesito un espejo!

—Woah woah, ¡tranquilos! ¡Tienen que calmarse!—exclamó Anna alarmada—¡Por Dios, amigos! ¿Qué les ha pasado? Antes eran todo amor y libertad, ahora… ¡ahora son como una versión muy bizarra de Hans y Elsa! Una más liberal y peor vestida.

Elsa miró a su amiga con expresión turbada.

—¿Todo amor y libertad? ¡No se puede ser todo amor y libertad con este… con este fascista! ¡Opresor del arte! ¡Suéltenme, suéltenme, ya estoy tranquila!—Rapunzel se zafó del agarre de ambas chicas y se peinó su alborotada melena con los dedos—¡Un inculto arrogante, eso es lo que eres! ¡Bestia!

—¡¿Bestia?! Mira mujer, si me dejaste marca en mi bella cara, tú y yo vamos a tener un serio problema. ¡¿Dónde carajos hay un espejo?!

—¡¿A mí que me importa tu cara?!

—¡¿A mí que me importa tu arte?!

—¡Uy, eres un…!—la morena rechinó los dientes y levantó las manos en forma de garras, como si estuviera resistiendo el impulso de estrangularlo.

—¿Soy un qué? El arruinar mi físico no va a hacer que tus pinturitas se vean mejor, ¡ya deberías saberlo!—espetó Eugene.

—Ten—Hans, quien se había ausentado un momento en la cocina, le entregó a Rapunzel una sartén enorme—. Pártele la cabeza.

La aludida miró el utensilio con sorpresa y luego se volvió al trigueño peligrosamente.

—Oh no, no, no, no, no, no. Punzie, baja eso, bájalo. Atrás, ¡atrás, criatura del demonio! ¡Augh!—la sartén impactó contra su hombro, haciéndolo encogerse en un rincón y cubrirse el rostro con las manos.

—¡Esto, es por ser un insensible patán! ¡Creí que eras diferente! ¡Es mi culpa por confiar en ti! ¡Presumido! ¡Desubicado! ¡Ignorante!—fue descargando varios sartenazos en él, haciendo caso omiso de sus quejas.

Eugene esquivó un golpe y salió corriendo a esconderse bajo el enorme comedor de roble, con la mencionada blandiendo el sartén por detrás al tiempo que los demás los seguían profiriendo todo tipo de exclamaciones.

—¡Sal de ahí abajo! ¡Sal para que pueda golpearte como te mereces!

—¡Si me vas a golpear es obvio que no voy a salir!

—¡Oigan, oigan tranquilos! ¡Podemos hablarlo, vamos!—atajó Anna con urgencia.

—¡No, no podemos hablarlo! ¡Voy a darle a ese tarado cinco segundos para que salga de ahí o lo saco a sartenazos! ¡Lo saco a sartenazos!

—Una vez, cuando éramos pequeños, Eugene estaba jugando un partido de fútbol y tuvo una lesión en la rodilla. Si me lo preguntas, ese es su punto débil, por si quieres evitarlo para ser considerada con él… o no—soltó Hans astutamente.

—Eres un cizañoso de lo peor—le dijo Elsa, mirándolo ceñuda.

Rapunzel golpeó la mesa con la sartén, impacientemente.

—¡No voy a salir!

—Wow, ustedes sí que tienen muchos problemas, no había visto tanta energía negativa en una relación desde que tuve dos hámsteres que trataron de comerse entre ellos—comentó Anna.

—¡Eso es culpa de él! Yo siempre soy súper buena gente y trato de darle alegría a todo el mundo, ¡pero no! ¡Al parecer eso nunca ha sido suficiente para Flynn! ¡Y pensar que creí que éramos almas gemelas!—Rapunzel hizo un gesto dramático—¡¿Por qué nunca puedo encontrar a un chico que me comprenda?!

—Yo sé por qué, ¡porque estás loca!—le respondió Eugene desde abajo.

La castaña volvió a apretar los dientes e hizo ademán de entrar bajo la mesa, antes de que Elsa y Anna la detuvieran.

—¡Muy bien, basta ya! ¡Te vas a tranquilizar de una buena vez!—la rubia intentó arrebatarle la sartén en tanto Anna la sujetaba de los brazos.

—¡Déjenme!

—¡Sí, déjenla que se desahogue! ¡Ese hippie necesita una paliza!

—Hans, no estás ayudando—le espetó su hermanastra.

—No quiero ayudar, quiero ver una buena pelea entre este par de vagabundos y ustedes están interfiriendo.

—Pelea la que te voy a dar en cuanto pueda salir de aquí, ¡yo no me peleo con chicas!—protestó el castaño.

—No, lo único que sabes es grabar mierda con tu cámara. Jodido raro.

—¿Y tú que vas a comprender? ¡Lo que yo hago es arte audiovisual puro!

—Arte audiovisual, mis bolas.

—¡Sí! ¡Arte audiovisual sus bolas! ¡Sal de ahí, poco hombre!—exclamó Rapunzel.

—¿Cuál es el problema de ambos? A los dos les encanta el arte a su manera. Ni siquiera tendrían que estar discutiendo por esto—Elsa por fin pudo quitarle la sartén de las manos.

—Ah no, no, no. No compares lo que yo hago con lo que él hace. ¡Lo último que subió fue un vídeo de si mismo rasurándose en el baño! ¡Rasurándose en el baño! ¡¿Qué le pasa a la gente?! ¿Por qué querrían ver algo así? ¡Eso es… eso es…!

—¿Gay?—inquirió Hans.

—¡Sí! ¡Es gay! ¡Es muy, muy gay! ¿Oíste? ¡Eres gay!—le gritó Rapunzel a la mesa.

—¿Se supone que eso es un insulto?

—Eso no es lo único que tiene en su canal y lo sabes. Yo pienso que sus cortometrajes caseros son muy buenos—dijo Anna.

—¿Estás bromeando? Dime que estás bromeando.

—No, no estoy bromeando. Esos suscriptores no se los ganó de a gratis.

—¿Ah sí? ¡Pues tal vez también me haga un tonto canal para tumbar al suyo!

Aprovechando la distracción de la morena, Eugene salió de debajo de la mesa y subió corriendo a encerrarse en su habitación.

—¡Vuelve aquí, idiota! ¡No huyas!—protestó ella al darse cuenta.

—No va a salir hasta que te vayas—Elsa la miró con una ceja alzada—. Ustedes tienen que hablar decentemente. Y de preferencia, sin esto—blandió la sartén.

—Yo con ese no voy a volver a cruzar una palabra. A menos que sea para que se disculpe—dijo ella cruzándose de brazos y alzando su mentón orgullosamente.

—Vamos Punzie, no seas así. Ustedes se aman, no pueden estar el uno sin el otro por mucho tiempo—aseguró Anna con una sonrisita suplicante.

—¡Agh! Voy a hacer como que no dijiste nada de eso ¿sí? ¿Cómo podría amar yo a alguien que critica tanto mi arte?

—Y sí, como cuando se puso a criticar el yeso que me pintaste en el hospital. Apenas me lo quité y dijo que tendríamos que botarlo a la basura, pero yo no le hice caso y decidí enmarcarlo. El arte bueno, se aprecia como se debe—mintió Hans con todo descaro.

—¡¿Que qué?!

Elsa se palmeó la frente.

—¡¿Él en serio hizo eso?!

—Y vaya si lo hizo, la verdad es que Eugene no sabe una mierda de arte, lo que graba con su cámara es de aficionados. Tú tienes mejor gusto, ¿pero él te respeta como debe? No. Por pura envidia. Si yo fuera tú, me ganaría un poco de ese respeto dándole una buena lección—agregó el pelirrojo manipuladoramente—, sobretodo después de que dijo que ese yeso era una basura psicodélica que no servía ni para limpiarse el culo. Que ignorante.

—¡Ay, ahora sí lo mato!—Rapunzel se dirigió a zancadas hacia la puerta y salió airadamente.

—¿A dónde vas?—preguntó Anna.

—¡Voy a ver a Kristoff! ¡Le pediré que me enseñe a pelear para darle a ese cretino lo que se buscó!—se dio la vuelta y avanzó nuevamente hacia ellos con decisión—¡Voy a darle tan duro, que no va a poder ni levantar su camarita para grabar lo apaleado que va a quedar!

Hans sonrió de manera maligna.

—¡Pero yo creí que eras pacifista!

—¡Al carajo con el pacifismo! ¡Nadie insulta mi arte! Voy a cambiarle todos los colores del rostro por rojo y morado, y cuando eso suceda, ¡quiero que tú estés ahí para tomar un vídeo!—señalo a Hans con el dedo índice—¡Por qué voy a abrirme un canal en Youtube y eso será lo primero que voy a subir! ¡A ver qué le parece eso a sus suscriptores!

—Como tú digas Punzie, como tú digas—dijo el pelirrojo conciliadoramente—, es tu idea.

La morena volvió a darse la vuelta y se alejó mascullando cosas.

—Chicos, esto está muy pero muy mal—dijo Anna con preocupación—, ¡no puedo creer lo que acaba de suceder! Quiero decir, ellos eran tan unidos…

—Todas las personas tienen problemas, Anna. No todo puede ser perfecto, en especial cuando hay un manipulador de la peor calaña empeorando las cosas—Elsa le dio una fuerte colleja a su hermanastro—, espero que estés satisfecho, Hans. Acabas de enemistar a dos personas que se quieren sinceramente con tu red de asquerosas mentiras.

—Estoy muy satisfecho, sí.

—Ni siquiera te gustan las pinturas de Rapunzel, ¡solo le hiciste creer que sí para usarla en tus juegos mentales!

—Yo pienso que todo lo que ella hace parece la alucinación barata de un drogadicto.

—Lo peor fue que le hiciste pensar que Eugene había dicho cosas que tú dijiste, ¡tú!

—Eso es lo que lo hace aún más divertido.

Empezó a reír maquiavélicamente y sus carcajadas sonaron como las de un villano de una película para niños.

—Mierda, en serio que es tétrico, no sé porque no te creía antes cuando lo decías—Anna miró al pelirrojo reír con una ceja alzada—. Bueno amiga, yo creo que ya está claro lo que hay que hacer aquí, ¡voy a hacer que esos dos se reconcilien, sí o sí!

Hans le dirigió una mirada hastiada a la pecosa. Esa enana siempre tenía que arruinar la diversión.

—Anna, mejor deja las cosas como están. No quiero ser mala contigo pero tú sabes que luego tus planes tienden a empeorar.

—Ay Elsa, ¡cómo eres! No puedo dejar esto así, Punzie es mi amiga y debo ayudarla a como dé lugar.

—Hace pocos meses decías que era una zorra—le espetó el colorado.

—¡Razón de más para hacer algo por ella! En serio estaba muy equivocada, pero no voy a dejar que pierda a su alma gemela así como así. Les aseguro chicos, ¡esos dos van a estar mejor que antes o dejo de llamarme Anna Dahl!

La blonda y el pelirrojo se miraron con escepticismo.


Ansiosa, Elsa volvió a mirar la hora en su teléfono celular y se removió una vez más en la banca del parque donde estaba sentada. Faltaban todavía diez minutos para que Hans la recogiera allí mismo pero aun así, no podía evitar sentirse nerviosa. Después de todo, aquella iba a ser su primera cita oficial y ambos deseaban que todo fuese perfecto.

El día había llegado.

Para evitar levantar sospechas en casa, habían acordado que se verían en un lugar fuera, diciendo cada uno que estarían en sitios diferentes. Él, en casa de unos amigos mientras ella iba a ver una película con Anna.

Solo que en realidad iban a estar el día completo juntos y el hecho de haberse citado en el parque, como si no vivieran en la misma casa, lo hacía más emocionante.

La rubia volvió a juguetear con el asa de su bolsito de bandolera, rogando al cielo porque el pelirrojo no se retrasara. Se había arreglado con esmero para dicha ocasión, enfundándose en un par de jeans ajustados, sus botines favoritos y una camiseta de color verde esmeralda que dejaba su pálida clavícula al descubierto e insinuaba una buena porción de piel. Incluso se había maquillado cuidadosamente, peleándose con la máscara de pestañas y el delineador líquido, y optando por dejar la mayor parte de su cabello suelto, simplemente enroscando dos mechones de los laterales hacia atrás.

Esperaba que a Hans le agradara el cambio. Solo imaginar lo que harían ese día hacía que sintiera cosquillas en el estómago y que una tonta sonrisa aflorara en sus labios. Dios, ¿cuándo había pasado a comportarse como una colegiala torpe y enamorada?

—¿Elsa?—la voz que pronunció su nombre la sacó de su ensoñación.

Frente a ella, un muchacho alto, de cabello negro y que portaba una gorra la miraba con algo de extrañeza, como quien se encuentra con un amigo al que no ha visto en mucho tiempo. De inmediato, la mirada de la joven se volvió tan fría como de costumbre.

—Tadashi—dijo ella de modo neutral, descubriendo con satisfacción que ver de nuevo al mencionado no despertaba absolutamente ninguna emoción en su persona—, que sorpresa.

—Lo mismo digo—respondió él esbozando una incómoda sonrisa, a la que siguió una pausa entre ambos. El moreno malabareó con los libros que llevaba bajo el brazo—. Eh… ¿cómo estás? Hace mucho tiempo que no te veía y ya no te pasas por el café.

—No, trabajo por las tardes, así que no tengo tiempo para eso—repuso Elsa de manera distante.

—Claro, lo imaginaba—Tadashi se llevó una mano a la nuca, sin saber que decir.

¿Por qué no se iría?, se preguntó ella para sus adentros. Era claro que ninguno de ambos quería tener aquella plática.

Sin embargo, los ojos oscuros del asiático la recorrieron un momento, con curiosidad.

—Te ves bien—le dijo como cumplido—, vas… ¿vas a ver a alguien?

—Creo que eso es obvio—Elsa volteó la cara para mirar si su cita se aproximaba, conservando su porte distante y frío—, aunque ultimadamente eso es solo asunto mío, ¿no crees?

—Bueno, perdón por querer tratar de hacer conversación como una persona decente—repuso él con ironía, arqueando una de sus cejas oscuras—, si tanto deseas que me marche solo bastaba con decírmelo. No entiendo cual es tu problema.

—¿Cuál es mi problema?—la blonda se volvió a mirarlo de nuevo con incredulidad—¿Cuál es tu problema? Llevas meses sin hablarme y de pronto esperas que me tome esta escena con normalidad, como si fuéramos amigos de toda la vida o no sé qué. Bueno, pues no somos amigos y si no te molesta, me gustaría mucho que me dejaras tranquila.

—¿Qué? Oye, yo no… —Tadashi se detuvo a mitad de la oración y negó con la cabeza, acercándose a ella—, mira, sé que las cosas se enfriaron entre nosotros de un tiempo a acá, pero esa no es razón para que nos hablemos así. Especialmente considerando que tú fuiste la que empezó con todo esto.

—¡¿Yo?!

—Sí, tú, no te hagas la sorprendida. Lo único que pretendo es que las cosas estén en paz entre ambos, si es que se puede.

—Pues no veo como habría de poderse, después que decidiste pasar de mí tan tranquilo de un día a otro. Y para colmo ahora vienes a acusarme de algo de lo que no tengo la menor idea.

—Mira Elsa, yo no te estoy acusando de nada, solo digo que las cosas se dieron de una manera y tendríamos que comportarnos como personas maduras, en vez de ponernos a discutir así. ¿Podemos hablar un momento?

—¿Hablar de qué?—la chica se cruzó de brazos y alzó la nariz altaneramente.

—Tú sabes bien de que, hay cosas que no nos dijimos en su momento y que tendríamos que aclarar de una vez por todas, porque aunque no lo creas, he echado de menos verte por el café. Tal vez las cosas no se dieron bien entre los dos, pero al menos éramos buenos amigos… digo, porque quiero pensar que lo éramos ¿o no?

Elsa lo miró suavizando la mirada, con un poco de nostalgia. Sabiendo muy en el fondo que tenía razón.

—Si lo hubiéramos sido, creo que habrías podido tomarte la molestia de no ignorarme y decirme las cosas de frente, ¿no crees? Hubiera bastado con decirme… que no estabas interesado en mí para no formarme historias en la cabeza.

—¿Qué? ¿De qué demonios estás hablando, Elsa? Tú eres la que no estaba interesada en mí, por eso fue que decidí poner distancia. No quería incomodarte con mis sentimientos, o lo que fuera que tuviera contigo. La verdad es que ahora no estoy seguro de lo que era.

—¿Qué? ¿Pero qué es lo que dices?—Elsa miró incrédula e indignada al mismo tiempo—¿Tú, sentimientos por mí? ¿Es en serio?

—De verdad tú nunca lo notaste, ¿o sí? Porque a decir verdad, yo me cansé de mandarte indirectas.

—Oh sí, se nota. Porque no tardaste nada en correr a los brazos de tu amiguita para no quedarte solo, ¿no?—la albina se cruzó de brazos y le lanzó una mirada molesta.

—No metas a Honey en esto, eso es muy aparte de nosotros. Y sí, la verdad es que me cansé de intentar ser algo más que tu amigo cuando fue obvio desde el principio que nosotros dos no encajábamos para nada.

—Ah, ¿y te diste cuenta de eso porque…?—Elsa levantó una ceja escépticamente.

—¿En serio me vas a hacer decirlo? Cuando tú eras quien hablaba de él todo el tiempo…

—¿Qué?—ella frunció el ceño, confundida.

—De tu hermanastro—Tadashi la miró seriamente—, desde que llegó a vivir contigo parece que puso alguna clase de hechizo sobre ti. Yo no quería creer que te hubieras fijado en él, por tonto, porque en verdad llegué a pensar que tendría una oportunidad contigo—negó con la cabeza y sonrió irónicamente—, pero de alguna manera u otra siempre terminaba tratándose de él, ¿no, Elsa? Todo el tiempo quejándote, colándolo en la conversación, hablando de lo mucho que te hartaba o hasta de los gestos más pequeños que te hacían exasperar. De un momento a otro fue como si tu mundo entero girara alrededor de Hans.

—Yo no… eso no…

—Yo me dije que no debía ser fácil para ti, ¿a quién le gusta tener que compartir su casa y a su familia de repente con un desconocido? Pero la verdad es que no se trataba de esto, al menos no después. Empecé a darme cuenta de como lo mirabas, como no podías evitar hablar de él sin importar las circunstancias… ¿y para qué me engaño? También lo noté en Hans. De hecho, todos lo hacían así que, ¿qué caso tenía insistir?

Elsa parpadeó asombrada. Hasta ese instante no había tenido consciencia de todos esos pequeños detalles.

—¿Recuerdas aquella vez en la que fuimos al cine? Me dejaste a mitad de la película para irte, ni siquiera contestaste mis mensajes—la muchacha se ruborizó—, hasta tuve que llamar a tu casa para ver si habías llegado bien.

—Yo…

—Pero Hans fue detrás de ti y de pronto todo estuvo muy claro, ¿no? Después te pedí salir de nuevo y era como si no pudieras dejar de hablar de él una vez más, ¿sabes lo tonto que me sentí? Tratando de fingir y poner buena cara, diciéndome que eran cosas de familia.

—No tenía idea de que te sintieras así…

—Por supuesto que no, Elsa—el pelinegro se sentó a su lado mirando hacia el frente, pensativo—, ¿qué se suponía que fuera a hacer? ¿Actuar como un tipo celoso? Tú y yo ni siquiera éramos nada, y tu actitud no me ayudó mucho. Le estuve dando vueltas al asunto por días enteros—soltó un respingo—, y después llegó Honey, y no sé…

Hubo otro silencio lleno de tensión entre ambos.

—Y descubriste que te gustaba—concluyó ella seriamente.

—Sí—aceptó él—. No ocurrió al instante, tú todavía me gustabas mucho, pero te veía tan distante…

—¡Es que yo creí que tú estabas siendo el distante conmigo!

—… no quería atosigarte, no quería verme como un tipo que estaba rogándote todo el tiempo. Creí que lo mejor sería darte espacio y después, no sé, irías a buscarme o algo…

—Creí que te habrías dado cuenta que no soy de las que buscan a los chicos—Elsa miró hacia otro lado, avergonzada—, no soy buena con los hombres.

—Ni yo con las mujeres, lo único que sé hacer es armar cosas en mi garaje y asegurarme de que mi hermano no se meta en problemas. Y ni siquiera eso último me sale bien—lo escuchó liberar una risa sardónica—, el punto es… que no sé, empecé a enfocarme más en mis proyectos de la escuela y en las tutorías, y sí, luego me di cuenta de lo mucho que me gustaba Aiko. Con ella las cosas son muy diferentes, podemos hablar de todo y de nada al mismo tiempo. Cuando estoy a su lado, siento que de verdad se interesa en mí.

—¿Estás insinuando que yo no lo hacía?

—No estoy insinuando nada de eso, pero tienes que admitir Elsa, que nuestras conversaciones no eran exactamente profundas. Contigo no podía hablar de las cosas que hago sin temor a aburrirte.

—Tal vez si lo hubieras intentado te habrías dado cuenta de que no es así—lo acusó ella con resentimiento.

—No, no habría resultado, créeme—la atajó Tadashi—, la verdad es que después de pensarlo mucho, he llegado a la conclusión de que nosotros nunca nos gustamos en realidad. Lo nuestro parecía más un jueguito de niños de primaria que un romance en serio.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que mi hermano tenía razón, yo solo me fijé en ti por tu apariencia. Estaba como deslumbrado por ti, nunca antes había conseguido que una chica tan guapa me prestara atención, ¿sabes?—escucharlo admitir aquello la sorprendió. Siempre había creído que de los dos, ella era la más tímida y la única que idealizaba su supuesta relación—Y tú eres muy guapa Elsa, mucho. Pero la verdad es que hace falta más que eso para enamorarse de alguien. Una cara bonita no es suficiente cuando no puedes compartir momentos o tener una conversación estimulante.

—Bueno gracias, eso definitivamente me hace sentir mejor—espetó ella de mala gana.

—No es para que te lo tomes así, no estoy diciendo que seas tonta ni mucho menos—aclaró él rodando los ojos—, solo… no estamos en la misma sintonía. A ti gusta ir a patinar y ver películas de terror, prefieres leer una novela de Austen que un libro de ciencia. Yo solo soy un tipo que se la pasa encerrado en su garaje o en el laboratorio de la escuela, y que tuvo la suerte de haber encontrado a alguien que comparta ese interés. Pero hay que aceptarlo Elsa, esto no se trata de Honey, ni de Hans, ni de ninguna otra persona. Simplemente nosotros no habríamos funcionado.

—Yo… supongo que ya no vale la pena hablar de eso—dijo Elsa agriamente—. Hace mucho que tomaste tu decisión.

—Tomamos, Elsa. Tú también tenías una visión muy equivocada de mí, nunca me conociste en realidad; estoy seguro de que solo te gustaba porque tenía gestos amables contigo y ya tú misma me has dicho que no tienes mucha experiencia con chicos—la blonda se mordió el labio, no queriendo aceptar del todo que tenía razón—. Además, decidiste ponerle más atención a tu hermanastro—le aclaró el joven con firmeza—, Hiro me dijo que ustedes dos tenían algo, que los había visto. No valía la pena seguir siendo un tercero entre ustedes.

—¿Hiro te dijo qué?—largó ella con desdén—¿Sabes que él también me advirtió que debía alejarme de ti? ¿O se le olvidó mencionar eso?

—¿De qué estás hablando?—Tadashi parecía desconcertado.

—Habló de que tu hermanito tiene serios problemas para compartir. Dejamos que un niño de catorce años nos manipulara sin darnos cuenta—Elsa suspiró, recién dándose cuenta de lo que había pasado con su malentendido—. Aunque bueno, no parece que él tenga un problema con tu nueva novia, eso está claro. Tal vez solo pensó que yo no estaba a tu nivel intelectual.

—No, él no… —Tadashi soltó un suspiró también, cayendo en la cuenta de lo sucedido—, mierda. Voy a tener que hablar con ese chico.

—No, no le digas nada. Después de todo tienes razón. Ya pasó, no habría funcionado.

—Tengo que, tú no tienes idea de las cosas que me dijo. Me convenció de que era mejor no hacerme ilusiones porque, ¿qué ibas a hacer tú con un tipo como yo, cuando tenías a Hans, que era como un maldito modelo de pasarela? No sé, llegó un momento en que eso tuvo sentido para mí, tu hermanastro parecía estar más a tu nivel… es bien parecido, tiene dinero, está bien educado… parece perfecto para la clase de chica refinada que eres tú. Además, Hiro me aseguró que los había visto juntos.

Elsa rió por lo bajo y negó con la cabeza. Las cosas que se le podían ocurrir a un chiquillo.

—Tu hermano no pudo haber visto nada porque yo de verdad odiaba a Hans. De verdad, en ese entonces ni se me habría pasado por la cabeza acercarme a él como no fuera para estrangularlo.

—Hablas en pasado—notó Tadashi mirándola con atención.

—Sí—la rubia asintió.

—Mi hermano no se equivocó en una cosa y es que hay algo entre ustedes dos, es evidente para quien lo que quiera ver. Elsa, tú sientes algo por Hans, ¿no es así?

La aludida volvió a asentir, esta vez con mayor lentitud.

—Que absurdo, ¿no?—volvió a reír irónicamente—Sucedió en verano, cuando nos percatamos de que nos atraíamos físicamente. Vivir bajo el mismo techo hace que te des cuenta de muchas cosas. En fin, una cosa llevo a la otra y ahora… no sé en lo que estoy metida, solo que me he dado cuenta de lo mal que lo juzgué al principio. Y de que lo quiero—clavó sus ojos en la punta de sus botines, prolijamente lustrados—, ¿a qué es estúpido?

—No lo es—le dijo Tadashi—, estas cosas pasan sin que uno se dé cuenta. Es lo que tiene el amor, terminas al lado de quien menos te lo esperas.

Elsa se quedó pensando en lo ciertas que eran sus palabras y de repente, descubrió que ya no estaba enojada con él.

—Es a él a quien estás esperando, ¿no?

—Sí, se supone que hoy vamos a tener una cita. Una de verdad, Hans lo planeó todo—la platinada sonrió con dulzura y sus mejillas ardieron levemente—, realmente él es muy distinto a como yo creía. Es tan considerado y se preocupa tanto por mí…

—Me alegra escuchar eso. Y también me da gusto verte enamorada—Tadashi se cruzó de brazos y se relajó completamente sobre la banca—, ¿te sientes feliz con él?

Elsa contestó de nuevo con un asentimiento.

—Me da gusto por ti, en serio. Espero que lo de ustedes funcione.

—Gracias. Yo… también espero que seas muy feliz con Honey.

—Oh sí, bueno tú sabes, no todo es estar encerrados en el laboratorio o hablando de lo próximo que vamos a construir. También hay otras cosas—sonrió pícaramente—, hasta un nerd como yo lo sabe.

Ambos rieron de manera sincera y como hacía tiempo no lo hacían. Ahora sí parecían un par de viejos amigos.

—Entonces, ¿todo bien entre nosotros dos?—insistió el asiático volteando a verla—¿Amigos?

Elsa sonrió y se puso de pie, haciendo que el muchacho la imitara.

—Amigos—le dijo ofreciéndole su mano para que la estrechara.

Tadashi lo hizo y luego, impulsivamente, tiró de ella para que se dieran un abrazo que Elsa aceptó con gusto. Se sentía bien volver a recuperar un amigo, porque ahora le quedaba claro que solo eso habían sido y solo eso podían ser.

Su corazón solo le pertenecía a una persona y esa era Hans.

Separándose delicadamente del moreno, logró distinguir una presencia por el rabillo del ojo y se volvió. Frente a ellos, el pelirrojo observaba la escena con un semblante furioso y dolido, que hizo que se alejara inmediatamente de Tadashi.

—¡Hans!

El aludido no respondió, sino que se dio la vuelta y se apresuró a alejarse a grandes zancadas de allí, visiblemente molesto. La chica sintió una opresión en el pecho.

—¡Hans, espera!

—¿Quieres que yo…?

—¡No!—Elsa cortó al pelinegro antes de ir corriendo detrás de su hermanastro, a quien alcanzó tomándolo por el brazo.

Él se zafó de su agarre bruscamente.

—¡Déjame explicarte!

—¡¿Qué me vas a explicar?! ¡¿Qué estabas dejando que ese idiota te abrazara cuando supuestamente habían dejado de verse?! ¡¿A qué demonios estás jugando, Elsa?!—el colorado la encaró y ella pudo notar que tenía los ojos cristalinos de furia—¿De eso se trata para ti? ¿Me das falsas esperanzas para luego hacerme esto? ¿O era todo un plan para darle celos a ese estúpido?

—¿Qué? ¡No!—negó ella desesperada—¡Yo no tengo nada con él! ¡Es la primera vez que lo veo en meses!

—¡Eso no era lo que parecía!

—¡Solo estábamos hablando! Arreglando nuestras cosas, Hans escúchame—volvió a tomarlo del brazo cuando hizo ademán de irse—, a mí ya no me importa él, ¡me importas tú! Yo quiero estar contigo, ¿crees que habría corrido detrás de ti si me interesara tener algo con Tadashi?

El joven pareció dudar y ella aprovechó para acercarse.

—Solo estábamos hablando, te lo juro. Como amigos. Él me ha contado que esta con Honey y yo le he confesado que voy a salir contigo, porque yo… —Elsa se mordió el labio inferior nerviosa y desvió la mirada con timidez—, porque tú eres importante para mí. Porque hoy descubrí que en realidad nunca sentí nada por él, no como lo siento por ti.

—¿Me estás diciendo la verdad?—Hans la contempló con la duda inscrita en sus ojos esmeraldas.

—Por Dios, ¡claro que sí!—Elsa se puso de puntillas y lo besó en la comisura de los labios—Claro que sí, tonto. Eres el único con quien yo quiero estar, no deberías dudarlo. Nunca.

Hans se quedó callado y luego se llevó una mano hasta la nuca.

—Mierda, ahora me siento como estúpido.

—Pues sí. ¡Ay!—ella se quejó cuando el enroscó un dedo en un mechón de cabello y le dio un tirón.

—Por tu culpa, ¿qué creías que iba a pensar al encontrarme con una escena así? ¿De dónde salió ese nerd de todas formas?

—Iba pasando por aquí, juro que fue casualidad. Bueno, después de todo esto es un parque.

—Ya. Bueno, yo… lo siento, Els. Creo que me dejé llevar un poco—habló él recuperando la compostura.

—Sí, te pasa a menudo. Te he dicho que eres muy temperamental.

—Lo sé. En fin, no vuelvas a abrazarlo ¿sí?

—¿Es en serio, Hans?

—Sí. Bueno, yo… mmm… —el pelirrojo se notaba bastante abochornado, algo que la hizo enternecer—, ¿por qué no nos vamos? Ya preparé varias cosas para ti. Hagamos como que esto no pasó, ¿vale?

Elsa entrelazó su palma con la de él y le sonrió cándidamente.

—Estoy ansiosa por ver a dónde vas a llevarme.

—Bien copo de nieve, digamos que esta cita va a ser algo que no se te va a olvidar. Créeme.


Después del incómodo incidente en el parque con Tadashi, Elsa realmente agradecía que las cosas estuvieran saliendo bien. El pelirrojo se había calmado con la misma facilidad con la que había estallado en cólera y ahora, parecía haberse olvidado de todo respecto al asiático. Con el semblante tranquilo y los ojos brillantes la llevó de la mano a lo largo de un inmenso pasaje rodeado de paredes curvas y transparentes, que formaban un precioso túnel a través del cual podían ver enormes barreras de coral de diversos colores y peces nadando en aguas turquesas.

Estaban en el enorme acuario local, uno de los sitios familiares más famosos en Oslo. Ciertamente el último lugar que se habría imaginado, pero estaba bien para ella, porque el sitio era muy tranquilo y entre los pasillos no había demasiada gente. Además, la atmósfera que se creaba con la increíble visión marina que los rodeaba tenía algo especialmente mágico.

Elsa nunca había sido fanática de los lugares concurridos o ruidosos, mucho menos de los puntos de moda como los bares o las discotecas. Podía intuir que Hans había pensado realmente en ella al elegir ir allí.

Como si le estuviera leyendo el pensamiento, él inclinó la cabeza a un lado para mirarla y sus orbes esmeraldas hicieron contacto con los suyos, llenos de curiosidad.

—Sé que no es exactamente el sitio ideal para una cita—explico—, pero supuse que querrías ir a uno que fuera tranquilo y todo eso. Además, si lo piensas bien, no hay posibilidades de que ningún conocido nos encuentre aquí. Nadie de nuestra edad quiere ir al acuario en fin de semana.

Elsa sonrió levemente, dándole la razón en silencio.

—No es precisamente emocionante, pero descuida, tengo planeadas otras cosas. Solo quería traerte aquí para…

—Hans—lo interrumpió, ensanchando la curvatura de sus labios—, es perfecto. Me encanta—miró hacia la pared que tenía enfrente, donde un banco de peces de colores nadaba tranquilamente—, adoro ver todo esto, hace mucho tiempo que no venía aquí. No hay ruido, ni nadie que nos moleste. Además—le dio un apretón en la mano—, lo que importa es que estamos juntos.

El colorado sonrió satisfecho y sintió su corazón latir fuertemente. Adoraba la simpleza con la que la muchacha disfrutaba de las cosas más sencillas. Eso la hacía tan distinta al resto de las mujeres.

En silencio, se quedaron mirando el paisaje acuático frente a ellos, sin soltarse en absoluto. Habían aprendido hacía poco que no necesitaban hablar para sentirse cómodos en la presencia del otro. Como cuando permanecían sentados el uno al lado del otro en la biblioteca por horas, leyendo o escuchando música. O cuando podían despertarse tarde para permanecer recostados en la cama de Elsa, abrazados y sin que nadie se diera cuenta.

Todo era ideal cuando estaban a solas.

—En fin, imaginé de todos modos que te gustaría ver a los animales y todo eso, ya que eres tan empollona. He notado que ves muchos documentales en casa—Hans le pellizco una mejilla para molestarla—, tú no tienes ningún remedio, copo de nieve.

—¡Oye!—la rubia lo apartó de un pequeño empujón y luego él volvió a atraerla hacia si, encerrándola entre sus brazos.

Los dos rieron como si fueran dos niños jugando.

El joven le apretó la pequeña nariz con dos de sus dedos un momento, antes de inclinarse y depositar un beso en la comisura de sus labios, manteniéndola rodeada con uno de sus brazos. Elsa experimentó como algo cálido se extendía por todo su pecho.

—Ni te imaginas las sorpresas que he preparado hoy para ti, copito.

—No sé bien como debería sentirme respecto a eso, ¿debería estar asustada?

—Debes—replicó él a manera de broma. Luego deshizo su abrazo y movió su brazo para abarcar su cintura, mirando una vez más hacia las paredes de cristal, por donde se acercaba una manta ralla—. Hablando en serio copito, espero que esta cita sea algo que no se te olvide. Quiero decir, ¿cuántos chicos te habrían llevado a un lugar como este? Es muy bueno para estar solos.

—Es romántico si lo piensas—comentó la platinada, recargando su cabeza contra el hombro de Hans—, con el agua, los arrecifes, el silencio, todos los peces que nadan alrededor… realmente es lindo.

—Sí—el cobrizo se inclinó una vez para rozar su barbilla contra la mejilla nívea y suave de la chica—, presentí que dirías algo como eso. Además—sonrió petulantemente—, aquí podemos hacer esto sin que nadie nos moleste.

Acto seguido atrapó los labios de la blonda entre los suyos, abrazándola de nuevo y haciendo que lo encarara para profundizar el beso con más comodidad. Sintió sus brazos delgados en torno a su cuello y como Elsa suspiraba dentro de su boca al introducir su lengua en su húmeda cavidad.

—Sí seguimos besándonos así no creo que nos dejen estar por mucho más tiempo—repuso ella, una vez que se despegaron con los alientos entrecortados—, aquí sigue habiendo personas.

—Estoy seguro de que tienen cosas más interesantes que ver que a dos tontos besándose.

Ambos rieron por lo bajo.

—Mejor no tentar a la suerte. Y tú no me tientes a mí—le dijo ella desprendiéndose sin prisa de su abrazo—, que este no es el lugar.

—Es difícil no hacerlo cuando te tengo así de cerca—Hans hundió su nariz en la curvatura de su cuello y aspiró suavemente.

Le encantaba sentir su perfume, esa mezcla de vainilla con flores que junto con su aroma corporal, formaban un olor que lo volvía loco. Un estremecimiento recorrió a la blonda de pies a cabeza, haciendo que los cabellos en su nuca se erizaran al sentir ese simple roce que le propinaba el muchacho.

Vaya si había aprendido bien como manejarla hasta con los movimientos más inocentes. La tenía en la palma de su mano, al igual que él estaba en la suya.

—¿Sabes? Es curioso—murmuró Hans y un agradable cosquilleo se apoderó de ella nuevamente.

—¿Qué?—respondió en el mismo tono de voz, viendo por el rabillo del ojo como una madre llegaba con su hijo a pocos metros de ellos, y le señalaba con la mano un pez espada que pasaba nadando en ese instante.

Aparte de ellos, el pasadizo se encontraba completamente vacío, por lo que no hizo ademán de alejarse cuando su hermanastro aumentó el agarre sobre su cintura y comenzó a mover su pulgar en círculos, acariciándole levemente la cadera.

—Esto, estar así—lo escuchó decir con un dejo de ironía—, ¿recuerdas cuando nos conocimos? Fue un desastre…

—Sí, casi rompes mi bola de nieve—Hans se despegó de la chica y la encontró mirándolo con el ceño levemente fruncido, al recordar dicha escena—. Realmente eras un idiota—le dio un manotazo.

—Quería ser encantador pero alguien no estaba poniendo de su parte—el cobrizo sonrió de manera arrogante y le pellizco una mejilla—, fuiste muy descortés, copito.

—Creo que ya es un poco tarde para reclamos, ¿no, Hans?

—Sí—contestó él—, han pasado muchas cosas. Solo que es extraño recordarlo… digo, míranos, hace meses no imaginaba que íbamos a terminar… pues, así—la señaló con un movimiento de la cabeza—. Incluso te arreglaste para mí, gatita. ¿Quién lo diría?

—Y no fue fácil considerando que no tenía la menor idea de que era lo que íbamos a hacer hoy. Pero me complace que te hayas fijado—Elsa le dirigió una sonrisita picarona—, quería estar bonita para ti el día de hoy.

—Tú siempre estás bonita, Elsa. No importa lo que te pongas.

Inclino una vez más su cabeza hasta rozar su nariz con la cabeza y se miraron un momento a los ojos, pensando en cuan increíble era la manera en que cambiaban las cosas. La vida era un camino lleno de sorpresas.

—¿Te digo una cosa?—musitó ella, sin apartarse ni un milímetro de su rostro—Al principio, cuando tú llegaste aquí y te vi por primera vez, sonriéndome… yo pensé…

—¿Qué fue lo que pensaste?—la instó Hans.

De repente, se moría de la curiosidad por saber que era lo que se le había pasado a esa rubia por su linda cabeza en ese instante decisivo. Necesitaba saberlo, necesitaba conocer todo acerca de Elsa y convertirse en una necesidad para ella también, tanto como lo era para él. Quería todo de su hermanastra.

La platinada se quedó mirándolo un par de segundos y luego sonrió maliciosamente, como intuyendo su desesperación. Rápidamente retrocedió sin dejar de exhibir esa mueca encantadora y lo tomó de la mano para hacerlo andar.

—¡Vamos! Quiero ir a ver a los pingüinos antes de que se nos haga tarde.

—¡Espera! ¿Qué ibas a decirme? Dime—trató de asirla y solo la escuchó reír por lo bajo.

—No es nada importante—replicó juguetonamente.

—A mí sí me importa, dime. Vamos—intentó detenerla una vez más—, esos pájaros no se irán a ninguna parte. Elsa…

La aludida se soltó de su mano y echó a correr mirándolo por encima de su hombro.

—¡Te lo diré más tarde! ¡Vamos!

—Pero…

—¡Alcánzame!

Hans se quedó plantado en su sitio, con expresión anonadada, antes de ir detrás de la jovencita con un semblante confundido. Estaba muy claro que cuando quería, sabía muy bien como jugar con él y vaya que disfrutaba hacerlo.

Ahora la duda no lo iba a dejar en paz por el resto del día.


Después de recorrer el acuario entre bromas y uno que otro arrumaco, su siguiente parada fue en un punto a las afueras de la ciudad, muy cerca de los suburbios. Allí, la yerba se extendía de manera extensa dejando ver un cielo azul y límpido, y en el aire se sentía el perfume fresco del césped y las flores.

Hacía un precioso día de principios de otoño y algunas hojas de color amarillo y naranja se confundían con el verde que todavía predominaba en el paisaje.

Hans detuvo su auto frente a un prado despejado y fue entonces cuando su rubia acompañante lo miró de manera dubitativa. Tal parecía que las sorpresas no se iban a detener ese día.

—¿Qué hacemos aquí? Dijiste que iríamos a almorzar.

—Y eso haremos. ¿No te gustan los picnics, sabandija?

La chica sonrió de manera divertida. Definitivamente, esa cita iba a ser algo que recordaría por bastante tiempo.

—¿Vamos a hacer un picnic? ¿Tú preparaste todo?

—Por supuesto, copito. Y te va a gustar tanto que vas a terminar reventando, te lo aseguro.

Elsa dejó escapar una risa cristalina y ambos descendieron del vehículo, el pelirrojo dirigiéndose hacia el maletero para extraer todo lo que esa misma mañana había dispuesto. Se había esmerado hasta el último detalle para que fuera perfecto.

La albina le ayudó a llevar una manta a cuadros y unos cuantos utensilios, en tanto él transportaba una enorme cesta y una botella con jugo, hasta un sitio despejado.

Fue allí donde extendieron la frazada y dispusieron todo lo que necesitaban para almorzar, en medio de miradas furtivas y sonrisas de medio lado. No fue sino hasta que el colorado comenzó a sacar la comida que había dispuesto en la cesta, que la chica reparó en el hambre que tenía. Y lo cierto es que bastó con solo mirar todo lo que su hermanastro había preparado para que se le abriera el apetito.

Frente a ella fueron dispuestas varias fuentes con ensalada, pasta, frutas y un montón de sándwiches. Más allá había un recipiente con cupcakes de chocolate y algunos platos y cubiertos cuidadosamente separados. El joven realmente se había esmerado en aquello y darse cuenta de su dedicación la enterneció.

Sin darse cuenta, se quedó mirándolo con una expresión de dulzura en el rostro. Hans no era el tipo egoísta e insensible que había pensado al conocerlo. Era mucho más que eso.

El cobrizo se dio cuenta de su observación y se volvió a verla sonriendo levemente.

—Espero que te guste. Me pase toda la mañana preparando las cosas que te gustan.

Elsa rió por lo bajo.

—¿Todo esto para los dos? Podrías alimentar a un equipo de hockey completo con este picnic, ¿sabes?

—Quería asegurarme de que almorzaras bien, digo mírate, estás en los huesos.

La platinada volvió a reír y extendió una mano para tomar un emparedado.

—Gracias, Hans. Por todo, nunca nadie había hecho esto por mí—le dijo sinceramente—, es muy tierno de tu parte.

—¿Vas a decirme que era lo que ibas a decir antes? Cuando estábamos en el acuario…

—¿Qué?—la chica volvió a levantar la cabeza y clavó sus pupilas de hielo en él con curiosidad, mientras mordisqueaba el sándwich.

—Lo que me estabas a punto de decirme, lo que pensaste de mí el día en que me conociste—Hans se llevó una mano a la nuca dubitativamente—, no te hagas la despistada ahora, sabandija.

—Oh—la muchacha sonrió con la misma malicia de antes—, bueno…

—¿Tan mala impresión te causé? ¿Es eso?

—No—Elsa negó con la cabeza divertida, como si fuera consciente de un gracioso secreto—, no se trata de eso…

—¿Entonces…?—no pudo terminar la pregunta, debido al emparedado de queso que ella le metió en la boca.

—Come algo. Tú también estás muy delgado, ¿lo sabes?

—Como no—masculló él con el ceño fruncido, esforzándose por masticar y sosteniendo el bocadillo con su mano—. ¿Por qué no quieres decirme? ¿Tan mal pensaste de mí? Así no es exactamente como imaginaba nuestra primera cita.

—No es que haya pensado algo malo de ti, bueno, si me diste algo de desconfianza para serte sincera. Y puede que también te haya tenido celos, te ganaste a mamá de inmediato y aún no me acostumbraba a compartirla con tu padre—confesó Elsa—, pero no fue eso lo primero en lo que pensé al descubrir que ibas a vivir en casa.

—¿Ah no?—Hans enarcó una ceja—Me siento intrigado.

—¿Ya te fijaste en lo bonitos que están los árboles? Me encanta cuando las hojas se comienzan a caer, tienen un color tan precioso…

—Elsa…

—Voy a decírtelo—repuso ella, sin dejar de curvar sus labios en ese gesto enigmático que estaba comenzando a desesperarlo—, más tarde. Quiero disfrutar de este día juntos y después… después te lo confesaré todo.

Hans frunció el ceño preguntándose que clase de cosa tendría en mente como para no poder decírsela en el instante, pero intuyó que era mejor no preguntar. Cuando algo se le metía en la cabeza a esa rubia, era aún más testaruda que él y ya sabía de sobra que no iba a convencerla.

Tenía razón. Ese día era solo para ellos y tenían que aprovecharlo al máximo.

—Tienes suerte de que te deje salirte con la tuya, pequeña embustera.

La mencionada le dedicó otra resplandeciente sonrisita y por el siguiente par de horas, ambos se vieron enfrascados en una fascinante conversación en la que pudieron indagar más en la vida del otro. Hasta el momento, en realidad no se habían tomado la molestia de conocerse más allá de los instantes secretos que compartían o lo que habían aprendido a observar el uno del otro, por lo que fue agradable descubrir que aún tenían sorpresas que revelarse entre ellos.

Hans se enteró de que su pasión desmedida por el patinaje sobre hielo y prácticamente todo lo que tuviera que ver con el invierno, había surgido desde que su madre la llevara a ver las nevadas fuera de casa cuando era una bebé y de cada vez que la había animado a meterse en la pista de hielo, cuando era niña. Había sido Idun también quien le había inculcado el casi obsesivo gusto que tenía por la lectura, al regalarle libros que la mantenían entretenida en casa cada vez que la mujer salía a trabajar, pues era demasiado tímida como para relacionarse con otros niños. Elsa incluso le había revelado lo mal que la había pasado en sus primeros años de escuela, pues sus compañeros nunca dudaban en meterse con ella al ver que casi no hablaba y se mantenía apartada del grupo. En ocasiones, incluso había llegado a mojar la cama del miedo que le ocasionaba ir a clases.

Eso había cambiado al entrar a segundo grado y conocer a cierta pelirroja parlanchina, que de inmediato se había pegado a ella como una lapa a pesar de su frío apocamiento. Anna había comenzado a defenderla del resto de los chiquillos, no dudando en liarse a golpes con ellos o recibir regaños de los profesores con tal de verla tranquila. Ese había sido el comienzo de su amistad.

Había sido su primera amiga de verdad.

Para sus adentros, el colorado pensó que al menos eso podía agradecerle a la pecosa. Algo se removía en su interior al imaginarse a una niña rubia y pequeña, demasiado asustada de los demás. Contrario a la manera en la que habría reaccionado antes, no se burló ni hizo comentarios soeces.

Y Elsa lo recompensó con la más dulce de las miradas, a pesar de que se sentía avergonzada por compartir todo aquello.

Por su parte, la muchacha se enteró de lo difícil que había sido para Hans convivir con tantos hermanos, cuando los mayores ni siquiera se fijaban en él y los menores disfrutaban de gastarle todo tipo de bromas, muchas de las cuales terminaban con frecuencia en algún juguete suyo destrozado, una caída fea o una rodilla rota que lo empujaban a llorar en los brazos de su madre. Para el joven, la lectura también se había convertido en una fuente de evasión a la hora de protegerse de ellos.

Conforme iba creciendo la convivencia se había vuelto mucho más difícil y solía encerrarse en su habitación con la música a todo volumen, ignorando lo que pasaba afuera. Las canciones de rock le sirvieron para canalizar toda esa frustración que sus hermanos despertaban en él y más tarde, también para desahogar su descontento con el divorcio de sus padres, hecho que luego dejó de importarle.

Había exactamente hecho lo mismo cuando su perro, Sitron, había sido atropellado por un auto al salir de casa cuando uno de sus hermanos dejó la puerta abierta. Esa fecha desafortunada, se había quedado en la clínica veterinaria a su lado hasta que no hubo nada que hacer por él y finalmente, había regresado a casa para encerrarse todo el día siguiente en su dormitorio, con el repertorio de Led Zeppelin a todo volumen como única compañía y negándose a derramar una lágrima.

Elsa sintió que su corazón se apretujaba al escucharlo relatarle aquello, con un rostro carente de expresión. En verdad, su hermanastro era mucho más sensible de lo que todos imaginaban pero no dejaba que nadie se diera cuenta por miedo.

Lo vio recargar su cabeza en su regazo y cerrar los ojos, ya los dos cesando en la conversación y contentándose con los ruidos de las hojas a su alrededor.

Pensativa, recorrió sus apuestos rasgos con la punta de sus dedos, fijándose en ellos con tanta atención como no lo había hecho en todo el tiempo que llevaban conviviendo juntos. Desde el inicio de su melena rojiza hasta sus párpados cerrados y cubiertos por tupidas pestañas, las pecas que adornaban el puente de su nariz recta y aristocrática y la barbilla levemente pronunciada.

Una vez más caía en la cuenta de que Hans era el tipo más guapo que había visto en su vida; aunque ella realmente no era de fijarse mucho en los hombres. Pero a él, a él tenía el presentimiento de que lo iba a querer toda la vida…

De repente, sus orbes de jade se abrieron y se posaron en ella con intensidad, sorprendiéndola. Por un momento lo había creído dormido.

—Tengo otra sorpresa para ti—le anunció recuperando el brillo juguetón en su mirada.

Como si un rato atrás no se hubieran estado haciendo confidencias tristes.

—¿Otra sorpresa?—inquirió parpadeando.

Al parecer sí que había pensado en todo para esa cita.

—Esta sí que te va a gustar, copo de nieve—le dijo él incorporándose y con un tono socarrón que por un momento le hizo dudar—, me voy a asegurar de que la recuerdes por mucho tiempo.

—Una vez más, no sé si debería sentirme emocionada o todo lo contrario. ¿Qué estás tramando, Westergaard?—la blonda lo analizó inquisitivamente.

Por toda respuesta, Hans se puso de pie y le tendió una mano para que hiciera lo mismo. Elsa se paró de donde estaba disfrutado de la calidez de esa palma grande y cálida en torno a la suya.

—Tú solo confía en mí, ¿lista para irnos?

—Para irnos sí. Para lo otro no sé.

El bermejo dejó escapar una risa llena de humor que a ella le hizo experimentar de nuevo la familiar sensación de mariposas en el estómago.

Entonces se encontró pensando que podría escucharlo reír cada día sin cansarse.


—Ok—Elsa miró el arma alargada que sostenía en sus manos, con cara de póquer—, esto definitivamente no era lo que me imaginaba con respecto a una sorpresa. Ni por asomo.

La chica se había enfundado en una especie de mameluco de plástico de color gris y puesto también un par de gafas protectoras de plástico sobre sus ojos, además de haberse recogido su pelo en un rodete alto.

Su última parada había resultado ser un campo de paintball, actividad que ella nunca antes había practicado y que la hizo fruncir el ceño levemente al ver la pistola cargada de municiones de pintura que debía disparar. Todo el terreno estaba lleno de obstáculos y sitios en los cuales esconderse, permitiendo a los concurrentes pasar un rato lleno de acción.

Realmente, cuando Hans había hablado de transformar la cita en algo inolvidable lo decía en serio.

—¿Qué pasa, gatita? ¿Acaso temes mancharte tus manos y tu carita de pintura?—el pelirrojo, vestido de la misma manera que ella, la miró sonriendo sarcásticamente—¿O es que no quieres porque sabes que te voy a ganar?

—Ni en sueños vas a ganarme, tonto. Voy a darte con esto hasta en las pelotas—Elsa entrecerró sus ojos desafiantemente, ya sin poder echarse atrás desde que había escuchado sus burlonas palabras—, vas a caer, ¿entendiste?—se acomodó mejor las gafas y tomó su arma con más firmeza.

—¿Sí? Pues eso lo vamos a ver, rubia—repuso él ensanchando su sonrisa ladina—. ¿Lista?

—Más que tú.

Se sonrieron astutamente antes de partir cada uno hacia extremos opuestos de la zona que se les había asignado, esperando la señal para comenzar a moverse. Un pitido sonó a la distancia y tanto ellos, como otras personas, salieron disimuladamente de sus escondites.

El corazón de Elsa latía más fuerte que nunca, tratando de recordar la última vez que se había divertido tanto. Estar con su hermanastro hacía que cada día fuera algo fascinante y lleno de emoción.

Por el rabillo del ojo, alcanzó a distinguir una melena rojiza y se ocultó detrás de una rampa justo a tiempo para esquivar la descarga de pintura roja que fue arrojada en su dirección. Era rápido el coloradito, pero se iba a necesitar más que eso para ganarle a ella, que no se dejaba atrapar tan fácilmente.

Agazapada, le quitó el seguro a su pistola como le había enseñado el instructor del lugar antes de comenzar la sesión y asomó la cabeza tratando de encontrar a su rival.

Por todos lados, la gente reía y se disparaba con misiles de colores, pero de Hans ni el polvo. Seguramente se había escondido cerca y estaba segura de que también la estaba observando.

Sigilosa, avanzó por encima de unos neumáticos dispuestos en el suelo a manera de trampa y saltó detrás de un fardo de paja, esquivando por los pelos otro proyectil.

—¡No tienes la menor oportunidad contra mí, copo de nieve!—lo escuchó bramar más cerca de lo que creía.

—¡Hablas mucho para alguien que falla todo el tiempo al disparar!—le gritó de vuelta.

Cerca de ella, un muchacho fue abatido por montones de balas de pintura que la sobresaltaron.

—¡¿Por qué no sales de allí para que pueda darte lo tuyo, niña?!

Riendo de manera ahogada y nerviosa, Elsa asomó por encima del fardo y lo vio, de pie a pocos metros de su improvisado refugio. Rápidamente disparó una andanada de pintura azul que falló. Hans había anticipado sus movimientos muy hábilmente.

—¿Decías algo sobre disparar?

—Apenas estoy calentando, principito.

Sorpresivamente rodó fuera de donde estaba y volvió a disparar, esta vez persiguiendo al cobrizo que corrió ágilmente hasta otro punto del terreno. Los dos gritaban y reían como dos chiquillos en medio de un juego.

Elsa se detuvo a pocos metros de una estructura de madera, detrás de la cual se ocultó el muchacho. El sitio no era muy amplio y prácticamente, se había acorralado él solo. Sonriendo de manera triunfal, volvió a recargar su arma y saltó detrás emitiendo una exclamación de triunfo.

—¡Ajá! ¿Eh…?—musitó, al notar la ausencia de su hermanastro.

¿Dónde se había metido? Estaba segura de que estaba ahí…

—¡Ahhh!—gritó al sentir el impacto de algo húmedo contra su hombro y descubrir, alterada, que estaba empapada de pintura carmín.

—¡Te tengo!—la expresión malvada en el rostro de Hans delataba cuan en grande se la estaba pasando, ¡no era justo!

Eufórica, apuntó el arma hacia él y disparó en ráfaga todas sus cargas de pintura azul sobre el pecho del cobrizo en tanto lo miraba hacer lo mismo, quedando los dos pintados de pies a cabeza.

—La presa no le apunta al cazador, copo de nieve—dijo Hans arrogantemente, sin dejar de curvar sus labios en esa sonrisa torcida que le gustaba tanto—, ahora vas a ver…

Su amenaza quedó interrumpida al disparar y descubrir que había agotado todas sus reservas.

A Elsa no le importó estar más sucia de lo que jamás había estado en su vida, tener la cara completamente manchada o que su perfecto cabello rubio tuviera rastros de aquella pintura.

Volvió a cargar su arma como si fuera una cazadora profesional y lo tumbó en el suelo de un disparo.

Una vez allí, con el joven tirado de espaldas y haciendo esfuerzos por cargar su propia pistola de nuevo, avanzó un par de pasos y volvió a tirar contra él una lluvia de color azul, que le tiñó el rostro, las manos, el pelo y cuanto aún estuviera a la vista fuera del traje de paintball.

Los dos estallaron en carcajadas.

Ya sin municiones que agotar, dejaron las armas a un lado y Hans se puso de pie, aproximándose con la sonrisa más ancha que le había visto hasta ese momento.

Incluso lleno de pintura parecía el chico más apuesto del mundo.

—Entonces, ¿fue buena idea venir aquí o no?

—¿Bromeas? ¡Siempre soñé con poder patearte el trasero de esta manera!—Elsa formó un diminuto puño con su mano y lo golpeó en el hombro, a modo de juego.

—Vamos a tener que arreglárnoslas para entrar en casa sin que nadie nos vea así, menudo desastre—Hans movió una mano hasta su mejilla para intentar limpiarla un poco, solo consiguiendo que la pintura roja se esparciera más.

A pesar de eso, ella rió como una niña pequeña que se la estuviera pasando en grande.

—Me ha encantado venir aquí. Tenemos que hacerlo de nuevo.

—Claro que sí, me voy a voy a vengar dándote lo que te mereces—Hans se aproximó hasta que solo estuvieron separados por unos cuantos centímetros—, pero ahora quisiera darte otra cosa.

—¿De qué se trata?

Ambos se miraron por un breve instante, con sus ojos brillando de una forma especial.

Hans abrió el traje que tenía puesto y rebuscó en uno de sus bolsillos, extrayendo algo que lanzó un destello al encontrarse con la luz del sol. Era un brazalete de plata del que colgaba un dije cristalino, con la forma de un corazón.

La platinada lo observó expectante.

—Hace unos días, estaba buscando algo especial que darte para nuestra cita de hoy. Vi esto y supe que tenía que ser para ti—confesó, observándola con una mezcla de anhelo y dubitación—y es que, Elsa… tengo que decirte algo.

La mirada cerúlea de la aludida se posó en él prestándole toda su atención e instándolo a continuar.

—Todos estos meses en que las cosas han cambiado tanto, me he dado cuenta de que eres muy diferente a como creía. Quiero decir, al principio te veía como una malcriada y me decía que no valía la pena conocerte, pero para serte sincero, tú siempre despertaste mi curiosidad…

Ella sonrió de lado, comprendiendo y viéndose reflejada en su propia inmadurez. Realmente habían sido unos tontos.

—El punto es Elsa, que te quiero. Y no solo como a una hermana o alguien para pasar el rato. Te quiero de verdad. No es como si alguna vez hubiera esperado decirte esto… o decírselo a alguien—el bermejo desvío su mirada, levemente ruborizado—, yo… no tengo tanta experiencia en estas cosas como parece. Pero si me dejas quisiera estar contigo… de un modo distinto. Y no me importa lo que digan nuestros padres o los demás, porque lo que de verdad quiero es verte feliz a ti.

La muchacha lo contempló ansiosa, ya sus latidos habiéndose vuelto un ritmo desenfrenado.

—Entonces Elsa—volvió a mirarla con un ápice de nerviosismo que a ella le pareció enternecedor—, ¿te gustaría ser mi novia?

Una sonrisa irremediable se formó en los rosados labios de la aludida al escucharlo, preguntándose interiormente si aquello era real. Pero por supuesto que lo era. Porque estaban ambos ahí, disfrutando de un momento que se podía prolongar cuanto quisieran y ella solo tenía que decir que sí.

—S-sé… sé que al principio dije algo completamente distinto, y que tendremos que seguir escondiéndonos de nuestros padres de todos modos… y que todavía piensas que soy un idiota, y tal vez lo soy pero—la oración de Hans se cortó abruptamente cuando la albina se paró en las puntas de sus pies para besarlo brevemente en la boca.

Su semblante era el de una persona feliz.

—Sí—musitó por lo bajo, pero fue suficiente para que Hans se sintiera pletórico.

Le había dicho que sí, ¡ella le había dicho que sí! La vio mirarlo, con sus ojos azules y preciosos, llenos de ilusión.

—Te quiero, Hans—le confesó ruborizándose—, eres… eres lo más importante que me ha sucedido.

Él deslizó el brazalete por su muñeca y luego le tomó el rostro entre sus manos para besarla de manera hambrienta, logrando con ello que los dos se mancharan aún más los rostros. No importaba.

—Tenemos una pinta ridícula en este instante. Las cosas en las que me haces meterme, ¿eh, copito?

Elsa volvió a reír y negó con la cabeza, antes de besarlo de nuevo.

Cosas extraordinarias sucedían todos los días. Incluso a dos sujetos testarudos que como ellos, no solían creer en el amor.


Nota de autor:

Awww, pero que final de capítulo tan dulce. :3 Ahora es oficial, ¡felicidades mis niños! ¡Viva el Helsa Love!

¿Qué puedo decirles? Realmente no pude actualizar más temprano debido a un compromiso que tuve hoy. Fue una semana de locos, tanto que ni siquiera he respondido reviews. xD Pero sí que tomé en cuenta sus sugerencias para la cita. Por ahí hubo quienes mencionaron que querían verlos en una pista de hielo, algo obvio en un Modern AU. La verdad es que ya tenía (tengo) planeada una escena así para más adelante, así que opté por tomar otras ideas para hacer la cita original. Personalmente me encantó la idea de imaginarlos en un acuario y en un paintball, creo que son lugares estupendos, así que agradezco a quienes mencionaron esos sitios. n.n Y tampoco podía faltar el picnic, como dijo Ani, para que se conozcan más. Creo que esa plática que tuvieron les hizo muy bien a los dos.

Hans es todo un amor (cuando quiere), pero yo no me olvido de su sexy lado malvado y ya lo vieron al principio, separando a los hippies. En realidad él no lo hace con tan mala intención, solo quiere pasar un buen rato porque bueno, ya sabemos lo mucho que los alucina. xD Pero no se me inquieten, que ese es otro pendiente que se va a arreglar. Por lo pronto, me encantó escribir la pelea. Todas las parejas tienen problemas, hasta una tan melosa como lo es la de Eugene y Rapunzel. ;)

Para quienes comentaban que extrañaban a Tadashi, pues aquí lo tienen señores, por fin se arregló con Elsa y quedaron como lo que deben ser: dos excelentes amigos. ¿A qué ahora que hablaron ya no piensan tan mal de él? ¿Ven cómo todo tenía una perfecta explicación? ;)

Annimo 1331: Gracias por comentar. Veremos un poco más de Lars/Merida (¿Larsida? xD) más adelante, realmente fueron una pareja que me salió de la manga pero han gustado tanto, que merecen más momentos juntos. Tienes razón, él no puede domarla (más bien sabemos que será al revés LOL), pero definitivamente puede mostrarle que el amor no es tan malo como se lo imagina. Eso sin que ella deje de ser tan independiente como nos gusta. :3

Ari: ¿Y te ha gustado la cita? :D ¡Debo tratar de poner más momentos de debilidad! Lo sé.

SamanTha: ¡Pues sí! Fue un capítulo lleno de sorpresas el anterior y gracias por aclararle esos tres puntos importantísimos a Jack. xD Alguien debería recordárselos más seguido. Jackie, por el amor de Yisus criaturo, tienes catorce años, no hagas que metan a Elsa en la cárcel. Entiende, ella es una mujer y como tal necesita un hombre *cof cof Hans cof cof*, no un niño, como tú comprenderás. Que cuando tú apenas vas, ellos dos ya han regresado y dado dos vueltas. :P La abreviación de Lars y Mérida yo creo que quedaría como Larsida o Meridars, no, no sé, la verdad. x3

La tía Frozen ya se va, no sin antes desearle una bonita semana, llena de Helsa y cosas así bien sensuales como ustedes. ¡Nos leemos!

PD. ¡Devuelvo reviews pendientes en la semana! :D