Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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30
Un nuevo amigo
Dentro del interior del auto, la pareja miró con preocupación hacia las afueras. El sol estaba ocultándose lentamente y sabían bien que aún no se encontraban a salvo. A la deriva. En las afueras y al acecho de cualquier cosa que hubiera perdido su humanidad. El mundo estaba perdido.
—¿Ves algo?—preguntó la blonda, observando por las ventanas con los ojos llenos de miedo.
—Shhh—su compañero la acalló y hurgó con los ojos a través del parabrisas, con la misma actitud de paranoia—, no veo nada—susurró—, pero están ahí, puedo sentirlo…
El rubio se tensó en su asiento, buscando algo en la guantera. Extrajo de allí una navaja con ademanes nerviosos y la alzó frente a su rostro, con los labios apretados de pánico.
—¿Q-qué vas a hacer?—inquirió su compañera, encogiéndose a su lado y observando el arma.
—Lo que sea necesario para sobrevivir—el joven le devolvió la mirada con decisión—, abriré la puerta y cuando lo haga, quiero que bajes de este lado y corras. Yo iré detrás de ti y si algo ocurre… no quiero que mires atrás.
—Tengo miedo.
—Descuida, nos protegeré a ambos. Y si algo ocurre… solo déjame, ¿comprendes?
—¡Espera! ¡No!—la exclamación de la platinada se cortó cuando él puso la mano en la perilla de la puerta del coche… y entonces algo impactó contra el parabrisas.
Los gritos de terror de la pareja inundaron el vehículo, al mirar a la muchacha de cabello pelirrojo que golpeaba furiosa el vidrio. La carne de su rostro se caía a pedazos y en sus ojos, se mostraba una expresión de pura demencia e instinto asesino.
—¡Aaaaaarghhh! ¡Cerebroooooos! ¡Denmeeeee… cerebrooooooos!
—¡Corte!—la exasperada voz de Eugene se hizo escuchar por centésima vez en medio del jardín, a través de un megáfono—¡Anna! ¡¿Qué te llevo diciendo todo este tiempo?! ¡Apégate al libreto!
—¡El libreto es aburrido! ¡No tengo ningún diálogo!—se quejó la colorada, bajándose del capo del auto y haciendo un puchero.
—¡Porque eres un jodido zombie! ¿Qué parte no entiendes de eso? ¡Solo tienes que gruñir y verte amenazante! ¡Sin diálogos!
—¡Estás limitando mi capacidad actoral! ¡Yo soy mucho más que una bestia amenazante! ¡Mi personaje también tiene un trasfondo complejo y fascinante!
—¡¿De qué estás hablando?! ¡Tu personaje es el de una vagabunda que se contagió con un virus!
—¡Eso es porque tú no tienes mi visión artística!
—¡Tú vas a acabar enterrando mi sueño, mujer!—Eugene suspiró pesadamente y se inclinó en su silla hacia delante exhausto, con la cabeza en medio de sus rodillas—¿Por qué nadie entiende el sentido de este cortometraje? Una vez más, desde el principio.
—Hace calor aquí adentro—se quejó Elsa, bajando una de las ventanas del coche—, quiero beber algo.
—Y yo tengo hambre—la secundó Kristoff, abriendo la puerta de su lado con seriedad.
—Miren, no empiecen con esas actitudes de divos, eso no es nada profesional, viejos. No van a llegar a ninguna parte en esta industria si se ponen así desde el principio, ¿entienden?
—Llevamos todo el día aquí encerrados haciendo la misma escena. Tenemos hambre, sed y calor—replicó la albina—. Que te hagamos el favor de actuar para ti, no significa que nos puedas mangonear así.
—Además aquí adentro huele un poco extraño—agregó Kristoff con el ceño fruncido, mirando hacia la castaña que observaba todo sentada en un rincón del inmenso jardín, como de costumbre con su pequeño camaleón en el hombro.
—¡Es que hace un año que nadie lo usa! Desde que papá se compró un coche nuevo como que se le olvido que tenía este, ¡por eso no creo que le importe si lo golpeamos un poco!—respondió ella con una sonrisita.
La vida de los ricos.
—¡Vuelvan adentro y háganlo otra vez! Luces, cámara…
—¡Esperen! Tengo que retocar sus maquillajes, estar allí sí que les hace brillar la piel—dijo Rapunzel tomando un pequeño maletín que tenía al lado y corriendo hasta ellos.
Una vez allí lo abrió y sacó una brocha y unos polvos, que empezó a aplicar en la nariz de una cansada rubia.
Grabar un cortometraje de solo diez minutos estaba conllevando más trabajo del que imaginaba. Ya estaba atardeciendo, pero llevaban allí desde las seis de la mañana, para que la mayoría pudiera caracterizarse como zombies. Desde que había aprendido como hacer maquillaje falso, Rapunzel había reemplazado el ir a vandalizar paredes por la caracterización cosplay.
Y de más estaba decir que lo hacía muy bien. El aspecto de Anna como muerta viviente era realmente deplorable y realista, no solo por los andrajos falsos que vestía, sino por la sangre casera que le manchaba el rostro y la boca y el látex adherido a su piel, que daba la impresión de ser verdadera carne en descomposición.
Más allá, otros dos pelirrojos mostraban el mismo aspecto y miraban con fastidio todo a su alrededor.
Anna por el contrario, se mostraba muy entusiasmada con la idea de grabar un corto, aunque hubiera tenido que pasarse dos horas aguardando a que terminaran de maquillarla. La colorada se acercó con entusiasmo a Kristoff.
—¿No es emocionante? ¡Vamos a ser estrellas en Internet! ¡Esto podría ser el comienzo de una carrera hacia el estrellato!
—No.
—¡Los festivales independientes de cine amateur son fascinantes! Apuesto a que después nos van a pedir muchos autógrafos.
—No.
—Uy, si fuera un zombie de verdad y estuviéramos en una escena apocalíptica y todo eso, ¿sabes que parte de ti me comería primero? ¡Tu trasero! Apuesto a que sabría delicioso.
—¡Anna!—exclamó el blondo ruborizándose y mirando azorado hacia todas partes.
—¡Eres una depravada de mierda!—le gritó Mérida desde su sitio. Su alborotada melena rojiza lucía aún más con el saco hecho trizas que tenía encima, los jeans rotos y el maquillaje con efecto de podredumbre en su cara—Oye idiota, ¿dónde diablos está mi dinero? Dijiste que me ibas a pagar cien euros por participar en esta payasada—añadió dirigiéndose hacia Eugene.
—¿Yo? ¿Pero yo cuando dije eso?
—¡Ayer mientras me suplicabas por Whatsapp, cretino! ¡No te hagas el tonto!
—No entiendo de lo que estás hablando, en serio. ¿Qué no quieres ser famosa?
—¡Yo quiero mi dinero, tramposo de mierda!
—¡Diablos, mujer! Esto es lo que me gano por querer hacer de ti una estrella, cuanta ingratitud—Eugene tomó el megáfono de nuevo y habló a los dos rubios y la cobriza en escena—. Muy bien muchachos, una vez más…
—¿De dónde se supone que sacaste esa cosa, animal? Si sabes que te ves ridículo, ¿no?—lo interrumpió Hans, llegando por detrás y mirándolo con una ceja alzada.
También él estaba caracterizado como muerto viviente, con un par de notorias ojeras, un trozo de piel falsa colgando de una de sus mejillas y la mitad del rostro cubierta de sangre. Su disfraz consistía en unos pantalones rotos y una camiseta raída.
—¿Me lo dices cuando tienes esa pinta, viejo? No me hagas reír—le replicó el pardo—, ahora silencio que debo rodar esta escena. ¡Todos vuelvan a sus lugares!
Una serie de quejas y uno que otro insulto se hizo escuchar entre los improvisados actores.
—¡¿Qué?! Maldición gente, en serio se están comportando como un montón de perras.
—Pero tengo sed.
—Y yo tengo hambre.
—Deberíamos discutir mi falta de diálogos en este corto, ¡porque en serio estás desperdiciando la excelente actriz que soy!
—¡Yo quiero mi dinero, inepto!
Hans le dio una colleja al castaño, que volvió a suspirar y a negar con la cabeza, mientras todos continuaban quejándose y algunos se reían de él. Perseguir su sueño era tan difícil, pero más cuando tenía que dirigir a un montón de tarados. Alguien le aventó a la cabeza una pelota de tenis que estaba desperdigada en la hierba.
—¡Cálmense chicos, calma! Iré adentro a buscar papas fritas y todo estará bien—dijo Rapunzel sonriendo conciliadoramente, antes de correr hacia el interior de la mansión de manera infantil.
—Y otra cosa, marica. ¿Por qué yo tengo que ser un puto zombie y el grandulón es el protagonista? ¿Crees que voy a estarme levantando varias veces a las cinco de la mañana para hacerme este maquillaje de porquería? ¡Además él no actúa una mierda!—exclamó Hans.
Kristoff fulminó con la mirada al bermejo.
—Porque idiota, ya te lo dije, la gente quiere ver a dos rubios calientes en primer plano dentro de toda historia—explico Eugene como si estuviera hablando con un niño pequeño—, ¡no a un jodido neurótico con esa expresión psicótica y ese cabello tan extraño! Los pelirrojos son la semilla del mal, ¡todo el mundo lo sabe!
—¡Oye!—se quejaron Anna y Mérida.
—Ya tengo mi guion bien estructurado y allí dice que tú eres un zombie. Punto final y me dejas de romper las bolas.
—Me cago en el guion.
—Bah, tú que sabes de estas cosas—Eugene le hizo una seña condescendiente al colorado y volvió a tomar el megáfono—. Oye ricitos, ¿por qué no entras de nuevo a ese auto y vuelves a repetir tu primer diálogo? Quiero hacerle un close-up a tu rostro con ese cabello de princesa—dijo, dándole un par de palmadas a la súper ocho que había conseguido especialmente para la ocasión.
—¿Por qué no me esperas ahí con el trasero listo para rompértelo a patadas?
—Que hormonales están todos hoy.
En su lugar, Elsa se abanicó con la mano para refrescarse un poco. Era increíble que hiciera tanto calor para ser finales de otoño y estando dentro de ese coche se sentía aún más.
Después de lo que ella y su hermanastro habían hecho en el Festival de las Linternas Flotantes con la cámara de Eugene, no habían tenido más remedio que acceder a formar parte del corto que grababa para presentarlo en un festival de cine de terror indie; su nueva meta. Ella había tomado prestado uno de los vestidos de su madre junto con un par de zapatillas, y recogido el pelo en un moño alto, mientras que Kristoff vestía unos pantalones formales que lo hacían ver muy distinto a los jeans desgastados que llevaba siempre y una camisa que seguramente pertenecía a su padre.
Se suponía que fueran un matrimonio que se había perdido en el campo, en medio de una epidemia de zombies. El enorme jardín de casa de Rapunzel había servido perfectamente como escenario; ella incluso le había hecho el favor al moreno de dibujarle un storyboard completo para planificar cada escena pero la verdad es que mucho no estaban avanzando.
—¿Quieren dejar de quejarse y volver a sus lugares? Mientras más pronto acabemos con esto, más rápido podrán irse.
En medio de murmullos de descontento, todos siguieron la indicación de Eugene. Elsa y Kristoff se sentaron en el auto con expresiones hastiadas.
—¡Quiten esas caras! ¡Quiero sentir su pánico! ¡No me hagan ir allí!—les advirtió el trigueño por el megáfono—Toma veintiséis, "Pandemia". Luces, cámara…
—¡A comer!—anunció Rapunzel, volviendo con dos bolsas enormes de papas fritas y unas cuantas latas de soda que dejó caer en el pasto.
Todos se abalanzaron sobre ellos, arrebatándose las sodas entre si y abriendo las papas con desesperación, como si fueran animales hambrientos. Kristoff había salido disparado del coche; seguido por una blonda que casi se tropieza al correr en tacones, solo para darle un empujón al colorado que le devolvió el golpe. Anna recibió un jalón en el pelo por parte de la otra pelirroja, a quien le respondió con un cabezazo.
—¡Perra!
—¡Arpía!
—Ay por Dios, olvídenlo—Eugene arrojó el megáfono al suelo—. Esta gente no comparte mi pasión por el cine, ¿qué voy a hacer, florecita? Mira a estos tipos. Esos no son actores, son bestias.
—¡No te rindas, Flynn! Aún podemos hacerlo—lo animó Rapunzel alzando uno de sus puños—, uno nunca debe dejar de seguir su sueño ideal. ¡Vamos! Solo necesitamos un poco de motivación, ensayo y más papas fritas.
—Y quizá consiga un poco de hierba, porque estos sujetos en serio me hacen extrañarla.
—Eres un hippie de mierda—Hans le aventó una lata de soda medio vacía y todos rieron.
—¡¿Lo ves?! ¡Nadie me respeta!—se quejó Eugene con la castaña, como si fuera un niño enfurruñado.
—Quizá si fueras menos gritón cuando estás rodando, te respetarían un poco más—respondió ella con una sonrisa.
—¡Pero tengo que gritarles! Se supone que los estoy dirig-¡ya basta!—se quejó Eugene cuando alguien volvió a lanzarle algo; esta vez una de las bolsas de papas que los jóvenes se habían zampado en cuestión de minutos. Las risas volvieron a inundar el jardín—¡Esto es en serio, viejos! Si no me ayudan, voy a subir a Internet todos los errores que han tenido hoy para que queden en ridículo, no estoy bromeando.
Las risas cesaron de repente.
—Así está mejor. Ahora, tengo una idea, necesito poner más zombies pelirrojos en este cortometraje para acelerar la acción—se volvió hacia Mérida—, ¿por qué no traes a tus hermanitos para que pueda grabarlos? Eso sería muy original.
—¿Acaso tienes mierda en la cabeza? ¡Mis hermanos no son animales de circo para que los andes exhibiendo públicamente! No a menos que me pagues. Cien euros por cada uno, cretino.
—¿Qué? ¡Esos enanos no valen tanto! Son todos iguales. ¿Además de donde se supone que voy a sacar esa cifra?
—¡No seas tan tacaño, idiota!
—¡No soy tacaño!
—Pues yo no soporto a esos mocosos, así que más vale que no estén o me largo de esta estupidez—espetó Hans, consiguiendo con ello un fuerte golpe de la pelirroja de rizos.
—¡Eres un mierda!—le gritó ella y entonces se pusieron a forcejear.
Frente a ellos, Elsa rodó los ojos.
—Bien, ¡pues no hay enanos entonces!—Eugene se puso de pie y tomó su megáfono de nuevo—¡Dejen de comer y vuelvan a sus posiciones! Hay que sacar esta escena para hoy, ¡y mañana los quiero bien temprano también!—otra serie de quejas se hizo oír—No, nada de eso, ¡no se quejen! Vamos a hacer esto una y otra vez hasta que lo hagan bien, una y otra vez hasta que cada escena sea perfecta y sobretodo, una y otra vez hasta que Anna entienda que no puede hablar. Muevan esos culos y denme un poco de malditas emociones. Demonios viejos, tengo que filmar algo decente aquí así que no se atrevan a reclamar. ¡Luces, cámara y…! Oh, hola perrito.
Todos miraron al extraño perro que había aparecido de repente, un enorme pastor escoces blanco con varios mechones rubios y grises que se había atravesado frente a la cámara y que ahora miraba penetrantemente a Eugene.
—¿Qué pasa, muchacho? ¿Estás perdido? ¿Cómo llegaste aquí?—el animal no hizo ápice de moverse, sino que siguió en su sitio, escrutando al castaño con sus ojos oscuros—¿Alguien quiere mover a este perro? Necesito comenzar, traigan un-¡eh, no!—gritó cuando el can repentinamente gruñó y se lanzó contra él, tumbándolo en el suelo ante las exclamaciones de sorpresa de todos.
El perro comenzó a mordisquear el trasero de su pantalón, gruñendo y arrastrándolo por todo el jardín, en tanto el pardo se ponía a gritar y clavaba las uñas en el suelo. Vaya que el animal parecía tener fuerzas.
—¡Ayúdenmeeeeeeee! ¡Nooooo! ¡Mi rostro!
Hans, Kristoff y Mérida rompieron a reír con estrépito, la última dando aplausos y brinquitos en su lugar, en tanto el resto de las chicas se ponía a gritar histéricamente.
El can arrastró a su presa un par de metros por el suelo y los gritos se incrementaron.
Anna tomó un rastrillo que se encontraba cerca y corrió, tratando de ahuyentar al perro, con tan mala puntería que solo consiguió descargar el azadón contra la espalda de Eugene, quien gritó aún más fuerte. El volumen de las risas y los chillidos de sus amigas también se acrecentó.
Finalmente, Rapunzel dejó de gritar y corrió a tomar una manguera. El chorro de agua salió disparado directo contra el animal, quien salió corriendo no precisamente espantado; y mojando también al moreno, que quedó tendido boca abajo dando débiles gemidos.
—Mi trasero… mi pobre trasero… —lloriqueó él.
La castaña se arrodilló a auxiliarlo.
—¡Dios, eso fue genial! Debieron grabarlo—dijo Mérida con emoción.
—Yo lo grabé—afirmó el rubio oprimiendo la pantalla táctil de su teléfono.
—Ahora sí le dieron una buena tunda a ese hippie.
—No entiendo, ¿y ese perro de dónde salió?
—El jardinero debió dejar la puerta abierta, apuesto a que se metió por allí—dijo Rapunzel, tratando de hacer que el trigueño se levantara sin éxito—. ¡Oh, pobrecito! Debió morderte muy fuerte. Vamos adentro para revisarte.
—¡Sí, yo te ayudaré! Vayamos adentro—dijo Anna acomedidamente.
—¡Anna!—le llamó la atención su novio.
—¿Qué? ¡Solo quiero ayudar, no pasa nada! No es como si le quisiera ver el trasero a Eugene ni nada por el estilo, je je je je je je je…
Los ojos de Kristoff la miraron con el ceño fruncido. Al parecer la pecosa se había levantado muy pervertida esa mañana.
Lentamente, los demás fueron recogiendo sus cosas. Era obvio que habían terminado por ese día.
Después del ataque del perro misterioso, Eugene dio por suspendidas las grabaciones para alivio de todos, al menos hasta que se pudiera reponer del trauma que había supuesto ser arrastrado por ese animal, que a saber de donde habría salido. Un par de hombres de control animal habían recorrido el vecindario más tarde, avisados por Rapunzel, sin poder encontrarlo por ningún sitio.
De más estaba decir que el muchacho no había querido ni salir de casa por un par de días. Hans todavía se burlaba de él por el incidente.
—No deberías ser tan malo con él—dijo Elsa—, un día de estos, se va a cansar de ti y se lo va a tomar muy en serio.
—Que va, si ese hippie es el primero que empieza—el pelirrojo apretó la mano de su novia y ambos continuaron caminando por esa calle poco concurrida del centro de la ciudad.
Ese tipo de salidas cada vez se volvían más frecuentes entre ambos, aunque siempre tenían mucho cuidado de ser discretos por si se topaban con algún conocido. Era una suerte que no les hubiera vuelto a suceder.
—Pues yo sigo preguntándome de donde pudo haber salido ese perro y porque lo atacó así; parecía como si hubiera entrado únicamente a molestarlo a él—dijo la rubia con el ceño fruncido—, ¿no se te hace raro?
—Solo estaba jugando, así son ellos.
—¿Jugando? ¡Lo arrastró por medio jardín! Y pudo haber tenido rabia o algo…
—Pero no la tuvo y yo pienso que fue genial—Hans volvió a reír malvadamente, mientras Elsa lo miraba con una ceja alzada—, Dios, que momento tan divertido. Espero que se encuentre bien. Parecía no tener casa.
—Sí, lo más seguro es que sea de la calle. Un perro doméstico no atacaría a alguien así. Tuve mucho miedo, pudo haber seguido con cualquiera de nosotros.
—Hey, ¿tú crees que habría dejado que te hiciera algo? Habría dejado que me mordiera a mí con tal de defenderte—la platinada rió—, ¡es verdad!
—Sí, lo sé y yo te habría recompensado muy bien por eso—se puso de puntillas para besar su mejilla, sintiendo una leve aspereza—. Tu rostro pica.
—Me fastidia afeitarme. Estaba pensando en volver a dejarme las patillas de nuevo.
—No, por favor.
—¿Qué? No tenían nada de malo.
—¡Parecías un tipo de los setenta!
—No, no es verdad.
—Sí, sí lo es. Solo te faltaban los pantalones de campana y una camisa colorida. Te habrías visto tan gay.
—Ugh, solo Eugene usaría algo así—ambos se detuvieron cerca de un puesto callejero que vendía hamburguesas al estilo americano. El olor de las mismas se extendía apetitosamente por todo el ambiente—. ¿Quieres una?
La platinada asintió con una leve sonrisa y entonces se acercaron.
Compraron un par de ellas y continuaron caminando calle abajo, observando como los comercios comenzaban a encender las luces de sus letreros al hacerse de noche y la gente que transitaba tranquilamente por las aceras. A lo lejos, una melodía de jazz se escuchaba en algún pub.
El colorado rodeó con su brazo a Elsa, mientras que con su mano libre sostenía su hamburguesa, ya a medio comer.
—Comes como ratoncito—le dijo después de mirarla por unos segundos—, si sigues así nunca te la vas a acabar.
—Y si tú sigues así te va a dar una indigestión, de lo rápido que comes.
Ambos rieron, enviándose miraditas juguetonas. Era increíble pensar en que hacía tan solo unos meses, ni siquiera podían estar en la misma habitación sin insultarse y ahora estaban ahí, riendo como niños pequeños y enamorados.
—Mira—Hans apuntó con su cabeza hacia arriba y ella levantó la mirada.
—¿Qué?
—El cielo. Está muy despejado hoy, se pueden ver las estrellas—menciono él—, solía mirarlas de esta manera con mi padre de pequeño, a veces. Antes no éramos tan distantes…
Elsa observó el manto oscuro y plagado de luces con los ojos muy abiertos. Se dio cuenta de que tenía razón, el cielo estaba especialmente bello esa noche.
Pero lo más importante es que podía observarlo junto a él.
Hans se inclinó de repente y depositó un beso en su sien. No podía imaginarse un instante mejor que ese, al lado de la rubia en la que no dejaba de pensar.
La vida era buena con momentos así. Y no quería que se terminaran nunca.
El sonido del garaje abriéndose para recibir el pequeño auto de color plateado, se hizo escuchar a través de la estación de radio que los tres ocupantes sintonizaban. Sentada en el asiento del copiloto, Idun sonrió y se desabrochó el cinturón de seguridad.
—Es en momentos como estos que aprecio mucho tener a dos chicos acomedidos en casa, muchas gracias por acompañarme a hacer las compras, queridos.
—Hey, siempre es un placer ayudar a una bella dama—repuso Eugene al volante, guiñándole un ojo a manera de broma.
Sentado atrás, Hans escuchó a su madrastra reír y rodó los ojos. A veces le parecía que nunca iba a acostumbrarse a las ridiculeces del castaño. El muchacho se había ofrecido a conducir para llevar a la mujer al supermercado; aunque había pasado tiempo desde su accidente, Idun no parecía muy dispuesta a manejar de nuevo, ni porque su padre le hubiera obsequiado aquel precioso vehículo. Él por su parte, también había acudido para ayudarla a cargar las cosas, ya que no tenía nada que hacer.
Realmente esa mujer era capaz de hacer que todos en casa movieran un dedo, sin necesidad de gritar ni dar órdenes.
Enseguida, todos salieron del carro para comenzar a descargar los víveres contenidos en el maletero hasta la despensa, el pelirrojo todavía frunciendo el ceño o los labios al escuchar las bromas que hacía Eugene.
Estaban terminando de sacar las últimas cosas, cuando un fuerte ladrido resonó en el jardín haciéndolos mirar.
Allí, parado en el césped y con una postura de alerta, se encontraba de pie un perro al que reconoció al instante. Era el mismo que había atacado a Eugene el otro día. El can debía haber aprovechado el momento en el que entraron el auto para acceder.
—Oh no, no, no, no—musitó él; ya con todo el color desvaneciéndose de su rostro.
En lo que fue un microsegundo, el animal gruñó de manera amenazante y se lanzó hasta los bajos del jean del pardo, que no tuvo tiempo ni de gritar ni de ocultarse.
Un fuerte alarido brotó de su garganta, al tiempo que era arrastrado por el enorme perro desde el garaje hasta el jardín, el animal sin soltar su pantalón y resistiendo sus intentos por escapar.
—¡Oh, Dios mío!—Idun se llevó una mano a la boca y miró la escena con espanto.
—¡Noooo! ¡Auxilio!—Eugene cayó al suelo retorciéndose y rodando de un lado a otro, con el animal siempre pegado a él—¡Quítenme a este maldito perro de encima!
El can volvió a ladrar y le mordisqueó los vaqueros, arrastrándolo de un lado a otro.
Con nerviosismo, la castaña mujer estuvo a punto de alzar su teléfono para llamar a la perrera hasta que vio como su hijastro se acercaba cautelosamente y se ponía de cuclillas a dos metros del animal, haciendo un ruido con la lengua para llamar su atención.
El perro levantó las orejas y miró en su dirección, accediendo a soltar a Eugene, que quedó tendido en el suelo quejándose.
Curioso, lo vio aproximarse hasta la mano del colorado para olisquearla y entonces, inesperadamente, comenzó a mover la cola y a ladrar más animadamente. El joven le rascó las orejas y le acarició la cabeza.
—Hola amigo, hola—le habló amistosamente—, eres un buen perro, ¿a qué sí?
—¡Ese animal me volvió a morder!
—Sí, eres un buen chico, un muy buen chico—Hans esbozó una sonrisa llena de maldad que el can pareció corresponder.
—¡Maldición, creo que me rasgó todo el pantalón!
—Tanto escándalo por unos vaqueros baratos.
—¡Pero qué dices, so bobo! ¡Si era tuyo!
—Ya ni me gustaba—repuso el cobrizo encogiéndose de hombros.
Idun miró como continuaba acariciando al perro mientras el otro muchacho se arrastraba lloriqueando hasta el auto, en donde finalmente se encerró. Luego sonrió ligeramente. Al parecer Hans tenía buena mano con los perros.
—Hey amigo, ¿de dónde saliste, eh? ¿Cómo llegaste hasta aquí?
—Quizá alguno de los vecinos lo perdió, aunque nunca lo había visto por aquí—aventuró su madrastra.
—Sí, pero no tiene collar. Debió haber llegado al vecindario hace poco, hace un par de días nos topamos con él.
Desde el carro, Eugene se asomó por una de las ventanas con recelo. El perro lo vio y le ladró fuertemente, lo que ocasionó que volviera a meter la cabeza rápidamente.
—Debe ser callejero, se ve un poco descuidado—el pelirrojo se puso de pie y fue hasta una de las bolsas con víveres que todavía se encontraban fuera. De ella sacó un paquete de galletas y desenvolvió una para ofrecérsela al perro, que la engulló con gusto y moviendo la cola.
—Oh, que hermoso—Idun lo miró con ternura—, le encantan las galletas.
—¡¿Es en serio?!—dentro del auto, el moreno se quejó.
Esa bestia lo había atacado de la manera más inexplicable, ¡y se ponían a alimentarla como si nada!
—Vaya que tienes hambre, muchacho. Tendré que conseguirte unas cuantas croquetas.
—Y también hay que darle un poco de agua—Idun siempre preocupándose por todos, fueran personas o animales.
—Tendré que llevarlo con el veterinario, espero que no tengas pulgas amigo.
—Es muy noble de tu parte querer adoptar de un animal sin hogar, cariño. Eres muy generoso.
—¡¿Qué, qué?! ¡¿Cómo que adoptar?!—Eugene volvió a asomarse por una ventana, completamente escandalizado—¡No entiendo eso!
La mujer se volvió hacia él sin dejar de lucir su sonrisa serena.
—Bueno querido, es obvio que si nadie lo reclama tendremos que, no podemos dejar al animal a su suerte—regresó su vista al perro—. Pobre, se ve que está muy flaquito.
Hans sonrió una vez más de modo astuto y fijó sus ojos en el trigueño, con absoluto cinismo. El can a su lado, quien acababa de comerse otra galleta, mostró sus dientes y pareció imitarlo de una manera muy siniestra.
Dos bestias malvadas dispuestas a hacerle la vida imposible.
—¡Ah no, eso sí que no! ¡Me niego! ¡Me niego rotundamente!—Eugene estampo su puño contra la puerta del auto—¡No, no y no!
Un nuevo ladrido resonó en el garaje y él se volvió a meter apresuradamente, golpeándose la cabeza de manera torpe y ocasionando las risas de Idun y del pelirrojo.
Durante ese instante completo, el perro no apartó sus ojos de él enseñando sus dientes y su lengua con aparente felicidad, pero dándole una mirada que parecía decir "bienvenido a tu nueva pesadilla".
Como ya lo pronosticara Idun, el perro se quedó en casa bajo el cuidado de su hijastro. Luego de cerciorarse de que no había nadie buscándolo en los alrededores, fue obvio que no tenía dueño, por lo que a él no le fue difícil hacer que se sintiera como en casa ya que el can parecía simpatizar mucho con él. Y a pesar de las protestas de Eugene, nadie más se quejó de su presencia.
Si bien a Elsa le preocupaba que su gato pudiera sentirse incómodo con el nuevo animal, en realidad no tuvo corazón para pedir que volvieran a echarlo a la calle y su padrastro se comportó de una manera bastante neutral con el tema.
De modo que en poco tiempo, Maximus, como lo había nombrado el pelirrojo, se acostumbró a estar cerca de todos los habitantes de casa (excepto de Eugene, quien por alguna extraña razón parecía desagradarle y no podía pasar delante suyo sin temer una mordida o un gruñido suyo).
Hans estaba encantado de la vida con su repentina mascota. No solo "le daba lo suyo a ese hippie", sino que era leal y lo recibía muy contento en cuanto llegaba a casa. Le recordaba mucho a su querido Sitron.
Hasta había servido para impedir que Marshmallow siguiera entrando a llenarle de pelos su habitación, pues mientras de día se dedicaba a corretear por el jardín trasero, por las noches entraba a dormir en la cama habitualmente vacía de su nuevo amo. Cuando eso ocurría, el pobre minino no se atrevía a salir del dormitorio de Elsa y las veces que se había cruzado con el can, solo le enviaba miradas de recelo con sus grandes ojos amarillos.
Lo primero que hizo el colorado, después de darle un buen baño y llevarlo con el veterinario, fue conseguirle un llamativo collar de color rojo que le puso alrededor del cuello.
Poco después, salió a llevarlo a dar una vuelta por ahí. Elsa lo acompañó y llevó su bicicleta, aprovechando que nadie en casa los había visto. Se dirigieron, no al parque estaba cerca de su vivienda, sino a uno más lejano en donde pudieran pasear sin recibir miradas indiscretas de nadie.
Allí, el muchacho soltó la correa de Maximus y se sacó una pelota del bolsillo, misma que procedió a lanzar para que el animal fuera detrás.
En el par de semanas que llevaban juntos le había enseñado varios trucos.
—Bien hecho amigo, eres un buen chico—Hans le arrebató la pelota al perro de la boca y frotó su cabeza—, ¿quién es un buen chico?
Maximus jadeó animadamente con la lengua de fuera y lo miró emocionado.
La rubia, sentada en la hierba y con la bici a un lado, sonrió al ver a su novio hablándole de una manera tan tierna al can. Verlo de esa forma era raro pero a la vez, muy lindo. Su semblante arrogante se relajaba por completo y aparecía en sus ojos un brillo que solo le había visto cuando estaba con ella, lo que significaba que era realmente feliz. Se veía mucho más atractivo de esa manera.
Quería verlo así todos los días.
—¿Quieres intentarlo?—la voz de Hans la sacó de sus pensamientos.
El cobrizo le extendía la pelota con una sonrisa de medio lado.
—Mmm… no sé, eso estuvo en su boca.
—Vamos, no seas tan estirada.
Elsa tomó la pelota finalmente y la lanzó tan lejos como pudo, haciendo que rodara cerca de unos arbustos. Maximus se puso una vez más en alerta y salió disparado detrás de ella, moviendo la cola.
Hans se sentó a su lado mientras lo observaba y la chica recargó su rubia cabeza en su hombro.
—Ese animal es muy listo, me pregunto donde se la habrá pasado antes. Aprende rápido para ser un adulto.
La platinada lo contempló por el rabillo del ojo y volvió a sonreír.
—Me gusta verte así.
—¿Cómo?
—Así—Elsa lo miró al rostro—, contento. Sonriendo de verdad. Hace que a una se le olvide lo sociópata que puedes ser a veces con la gente.
—Pfff, que cosas dices, claro que estoy contento. Los perros son de las únicas criaturas que valen la pena en este mundo—de nuevo ese tono ligeramente amargo que podía notar en él la mayor parte del tiempo—, siempre puedes confiar en ellos. Me gustan mucho. Max me hace acordarme mucho del que tenía.
—Es muy tierno lo que haces por él. Antes no te habría tomado por el tipo de persona que fuera tan sensible con los animales. De ver como tratabas a mi gato…
—Sí, es que tu gato es estúpido.
Elsa alejó la cabeza de su hombro y le dio un golpe en el hombro, al tiempo que se enfurruñaba. El joven soltó una risa grave que resonó por todo el parque.
Maximus volvió junto a ellos como contagiado de la alegría de su dueño, sosteniendo la pelota en el hocico. Sus ojos oscuros e inteligentes brillaban con lo que parecía ser felicidad genuina y más al escuchar reír a Hans.
—Ya estás de vuelta, muchacho. Quítale la pelota de la boca.
Elsa acercó cautelosamente su mano al juguete y forcejeó un poco para arrebatárselo como había visto hacer a su hermanastro.
—Buen chico—le dijo dándole un par de palmadas en la cabeza delicadamente, antes de volver a lanzar la pelota.
Y de nuevo fue el perro tras ella.
—Mírate copito, ya eres toda una experta con perros. Yo diría que te he sensibilizado un poco.
—Oh cállate—le dijo ella rodando los ojos y alzando una comisura de sus labios—, a mí también me gustan. Pero sigo prefiriendo a los gatos. Son más limpios, más elegantes y tienen esos hermosos bigotes que hace que los quieras abrazar todo el tiempo.
—Sí, sí, hablando de abrazar—Hans se inclinó encima de ella y la hizo recostarse en el pasto para poder rodearla con sus brazos, haciéndola reír—, este es un excelente lugar para hacerlo, ¿eh?
La muchacha le rodeó el cuello con los brazos y lo atrajo hacia ella para besarlo largamente, hasta que ambos sintieron algo frío en sus rostros. Maximus había vuelto y reclamaba su atención, tratando de interponerse entre los dos y pegando su nariz húmeda en sus mejillas.
Hans volvió a incorporarse para acariciarlo y jugaron un rato más. Luego la blonda se montó en su bicicleta y dio un par de vueltas al parque mientras el chico la seguía trotando ligeramente, con el perro correteando detrás de ellos.
Al final de la tarde estaban tan exhaustos, que lo único que querían era llegar a casa para comer un bocadillo y acurrucarse, tal vez en la biblioteca leyendo algo o en la habitación de alguno de ambos, mirando una película. Claro que tendrían que ser cuidadosos por si había alguien.
Hans tomó a la muchacha de la cintura y la sentó el manubrio de la bicicleta, antes de montarse en ella y comenzar a pedalear de regreso hasta el auto, con Maximus yendo a trote a un lado.
El cielo comenzaba a teñirse de un tenue naranja y tras salir del parque, habrían de pasar por varias calles antes de llegar al vehículo.
—Me ha gustado mucho este parque. Es muy tranquilo y creo que por aquí no vendrá nadie que nos pueda ver.
—Te lo dije gatita, siempre tengo razón. Vendremos aquí más seguido.
—Eres un engreído, ¿lo sabías?
—Pero así me amas de todos modos.
—Sí, pero no te mataría ser un poco más humilde de vez en cuando. Ese ego tuyo no necesita estar más inflado de lo que ya está.
—La humildad es para los idiotas, e inflaré mi ego tanto como se me dé la gana—repuso Hans arrogantemente, dando la vuelta en una esquina y descendiendo por una calle—. No pesas nada copito, podría llevarte en esta cosa todo el tiempo.
—Lo tendré en cuenta por si alguna vez me canso de caminar.
Repentinamente, Hans frenó al llegar a otra esquina en donde una persona estaba a punto de cruzar la calle.
Al jovencito de cabellos castaños que ahora estaba frente a ellos se le iluminaron los ojos al ver a Elsa. Inmediatamente enderezó su postura y dibujo una sonrisa infantil que seguramente, a su manera ver pretendía ser seductora.
El pelirrojo soltó un bufido.
—Hola Elsa, ¿cómo estás?—preguntó con un tono de voz entre animado y sugerente.
La aludida lo miró un momento.
—¿Quién eres?
Al adolescente se le borró la sonrisa del rostro.
—¡Soy Jack! ¡Era tu compañero en la clase de francés! Yo… y-yo… ¡hablamos frente a tu casillero el otro día!
La rubia pareció recordar algo.
—Ah sí—confirmó sin mucho interés.
Un momento de silencio incómodo se hizo entre los tres. El colorado fulminaba con los ojos al chico.
—Ah, entonces… —Jack carraspeó y se llevó una mano a la nuca—, con que saliste pasear, ¿eh?
—Creo que eso es obvio.
Hubo otra pausa en la que el castaño solo enrojeció.
—Je je, sí, claro… oye, que bonito tu perro, por cierto.
El animal gruñó en dirección al adolescente, haciéndolo tragar pesadamente.
—No es mío, es de mi hermanastro—Elsa volteó hacia atrás y sonrió de lado—, lo acaba de adoptar. ¿A qué es tierno?
—Ehm, see, claro. En fin, ahora que te veo, ya que no terminamos de hablar el otro día, yo me preguntaba si tú y yo podríamos alguna vez…
—Mocoso, ¡deja de molestar y hazte a un lado! Llevamos prisa—le espetó Hans de mal talante, haciendo que el muchacho lo mirara con el ceño fruncido.
—¡Tú no me das órdenes a mí, idiota! ¡Y estoy hablando con Elsa, no contigo!
—¡Chiquillo de mierda! ¡Te voy a patear el culo!
—Hans, basta—lo regañó la rubia frunciendo el ceño y bajándose del manubrio de la bicicleta—, no discutas con el niño. Quizá está perdido.
—¿Niño? ¡Yo soy ningún niño! ¡Es que me veo demasiado joven!—protestó el pardo.
—¿Saben tus padres que estás fuera? Ya empieza a ponerse oscuro, ¿necesitas que llamemos a alguien?
—¿Qué? ¡¿Pero cuántos años crees que tengo?!
—Este no necesita nada, ¡que se largue!
—Hans, no ayudas en nada—dijo la blonda cruzándose de brazos.
—¡Me importa una mierda ayudar!—el pelirrojo hizo a un lado a su novia de manera suave pero firme y encaró al chico—¡Oye, idiota! ¿Qué te dije que te iba a pasar que te iba a pasar si te veía rondando a Elsa, eh? Pusilánime mocoso.
—¡Me importa una mierda lo que me hayas dicho! ¡Le demostraré lo que es un hombre de verdad!
—¡¿Un hombre de...?! ¡Pero si eres un jodido mocoso de porquería!
—¡Dudo que ella quiera volver a tener nada contigo después de probar lo que tengo que darle!
—No me hagas reír, chiquillo marica. ¿Qué se supone que le vas a dar? Si no eres más que un niño con complejo de mayor que muy apenas puede hacerse ver.
—¿Quieres apostar, imbécil?
—¡Escucha mocoso, ya colmaste mi paciencia! ¡Será mejor que mantengas tu trasero lejos de mi mujer, si no quieres que te lo destroce a patadas! Así es, ¡mi mujer! ¡Que no te sorprenda, pedazo de idiota!—el cobrizo volteó hacia atrás exaltado—¡Elsa, dile a este mierda que tú…! ¿Elsa?
Ambos observaron confundidos a lo lejos como la rubia hablaba con quien parecía ser un oficial de policía, el cual la escuchaba con atención. La muchacha señaló con su dedo índice a Jack y entonces el hombre se fijó en él inquisitivamente. El castaño arrugó el ceño con algo de preocupación, mientras veía como los dos se acercaban.
—Disculpa chico, ¿se puede saber que estás haciendo aquí tú solo?—le preguntó a Jack, apenas estuvo enfrente de él.
—¿Cómo que qué estoy haciendo solo? No entiendo—replicó él a la defensiva.
—Esta jovencita dice que estás perdido—insistió el policía, mirándolo de pies a cabeza—, ¿puedes mostrarme tu identificación?
—¡¿Qué?! ¡No! Yo… ellos… espere, oigan… ¡¿qué?!—Jack volteó hacia los otros jóvenes, solo para ver como se alejaban con la bicicleta y su perro pisándoles los talones. Ni cuenta se había dado cuando comenzaban a alejarse—¡Esperen! ¿A dónde van? ¡Elsa, espera! ¡No me puedes dejar así!
—Muy bien niño, basta de escándalos y ven conmigo. Creo que voy a llamar a tus padres.
—¡¿Cómo dice?! ¡Pero si yo no estoy haciendo nada!
—Es un poco tarde para que estés fuera, ¿no crees? Andando, no me hagas repetírtelo.
—Pero… pe-pero… espere, ¡no es justo!—se quejó el chico cuando el oficial lo tomó del brazo y lo hizo andar.
Lo único que pudo hacer, fue atinar a mirar hacia atrás para ver como "el amor de su vida" se alejaba con ese idiota engreído, al que ya sentía que detestaba con todas sus fuerzas.
Elsa soltó un sonoro suspiro al sentir los labios de su hermanastro en torno a su cuello, succionando el mismo punto sensible al que ya se había acostumbrado a marcar cada vez que pasaban unos momentos a solas. El pelirrojo sabía perfectamente como poner a funcionar sus hormonas con un solo roce y eso la estaba volviendo loca. Sin mencionar lo cuidadosa que había tenido que volverse al ocultar las evidencias de ese tipo de besos.
Hans apretó más el agarre que mantenía en su cintura y ella se retorció, incrementando la cercanía con ese cuerpo duro y varonil que tenía encima de ella. Sus manos tiraron del cabello del joven, revolviéndolo y apretándolo, causándole un estremecimiento que a él le recorrió toda la espina dorsal.
Tumbados en la cama de la rubia y con el piso superior de la casa completamente desierto, podía decirse que estaban a salvo de las miradas indiscretas de sus padres o de que los ruidos que hacían se salieran lo suficiente de control como para ser escuchados. La mutua atracción física que sentían se había vuelto cada vez más desesperada y era difícil estar demasiado tiempo sin siquiera tocarse.
Hans volvió a alzar su rostro para atrapar los labios de la blonda entre los suyos, dejando una marca húmeda y palpitante en su cuello de porcelana. La beso con ansias y con todas sus fuerzas, sintiendo como ella le respondía de la misma manera. Elsa era tan suave, tan tentadora, la manera en que su pequeño cuerpo se movía entre sus brazos despertaba algo en él que no se estaba seguro de poder contener; su pelo, su aroma, su sabor, todo eso lo hacía desearla con desesperación…
Cuando la muchacha volvió a gemir, esta vez de un modo mucho más sugestivo e inconscientemente se arqueó, tocando su zona baja, fue como si un resquicio de razón se colara en su cabeza y supo que tenía que alejarse antes de que aquello llegara muy lejos.
Con el aliento entrecortado, se despegó de la joven y se incorporó sobre el colchón, sintiéndose acelerado y más acalorado que nunca.
Elsa lo miró con confusión.
Aturdido, se sentó en el borde de la cama y se pasó una mano por el pelo, intentando poner sus pensamientos y sus hormonas en orden. ¿Qué diablos les estaba pasando?
—Hans…
Volteó. Elsa se había puesto de rodillas sobre su lecho y lo miraba de una manera que, oh Dios, no era buena para su cordura. Sus preciosos ojos azules estaban oscurecidos, su pecho bajaba respirando de manera agitada y su melena aperlada estaba tan desordenada como la de él. Tenía los labios hinchados y las mejillas coloreadas por el calor del momento. De repente le pareció más preciosa y prohibida que nunca.
—Yo… no… —carraspeó incómodo y aparto la mirada—, lo siento.
Sintió su delicada mano en torno a uno de sus hombros.
—Está bien—le susurró ella al oído, haciéndolo estremecerse—, yo también quiero estar contigo.
Aquello lo paralizo por completo. ¿Acaso había escuchado bien?
A sus espaldas, la sintió plantarle un beso en la clavícula y luego en la mejilla, tratando de convencerlo de volver a su lado. Y él quería, oh tan desesperadamente quería hacerlo. El corazón le latía como un tambor en el pecho.
—Elsa—volteó a mirarla, con una expresión tan oscura como la de ella—, ¿estás segura…?
La albina lo interrumpió con otro beso lleno de ansia, tomándole su cabeza entre sus delgadas manos.
En ese momento no estaba segura de nada, por primera vez estaba dejándose llevar por sus instintos de adolescente, en lugar de escuchar a la razón como era su costumbre. Estaba cansada de ser razonable cuando se encontraba con Hans. Él sacaba su lado más salvaje, uno que no sabía que tenía.
Lo sintió encima de ella, tan lleno de necesidad y anhelante…
El bermejo se despegó bruscamente una vez más, gruñendo y poniéndose de pie. Volvió a despeinarse con frustración.
Elsa lo miró confundida.
—Hans, ¿qué…?
—Lo siento—dijo él cortantemente—, no puedo.
—Pero…
—No puedo—repitió el joven, como si esas palabras le costaran un trabajo terrible de pronunciar—. No va a ser así, Elsa. No pasará, ¿comprendes?
La rubia sintió como los ojos se le aguaban. ¿La estaba rechazando? ¿Por qué lo haría? Si ella quería estar con él. ¿Sería acaso que no le gustaba lo suficiente? ¿Habría algo malo en su forma de besar, con su cuerpo?
—Será mejor que vaya a mi habitación—dijo Hans seriamente—, voy a dormir ahí esta noche.
Antes de que pudiera decirle nada, le vio salir como alma que llevaba el diablo, cerrando la puerta con un golpe seco. Elsa se dejó caer lentamente en la cama y luego se hizo un ovillo, dándole la espalda a la entrada de su dormitorio y cerrando los ojos, que ya le escocían por la incertidumbre.
Nunca antes se había sentido tan insegura.
Nota de autor:
Nuestros amiguitos van a hacer un corto de terror, ¿creen que lo logren? :3 Yo no, la verdad, jajajajajaja.
En otras noticias, nuestro amigo Jack comienza a sufrir el karma impuesto simplemente por fijarse en Elsa. xD ¡Ella es mayor que tú, jovencito! Lo suyo no puede ser. x3
Y sí, yo sé que me están odiando por esta última escena, todo pintaba para subir de tono y pues nada más no. Soy muy mala. D: Pero con lo que me gustan los cliffhangers. No se preocupen, les prometo que ese momento llegará. ;)
Por cierto, hablemos de Maximus. xD Creo que con la llegada del "perrito" ya tenemos incluido también a todo el elenco de Tangled, aunque sea también incluyendo solo las menciones. ¿Qué piensan de él? ¿No es el mejor?
Hoy no tengo mucho que decir, han sido días agitados pero como siempre, me he esforzado para actualizar en regla. Tarde pero en domingo.
Andy Tom: Jajajaja, sí, el sábado pasado justamente vi Frozen y Tangled seguidas en Disney. La tía Frozen todavía ve sus películas en ese canal. :3
Ari: Otro bello capítulo sin muchos momentos de debilidad pequeñuela, pero espero que lo hayas disfrutado. Ya más o menos sé como poner algunos más adelante.
kristal: Lo bello de Hans es su dualidad, puede ser tan tierno como manipulador. n.n
Ana briefs: El final de esta historia, algo de eso hay, estamos por entrar en la última recta justamente pero descuida, todavía hay Helsa para rato. :3 ¡Bienvenida de vuelta!
SamanTha: Sí, ¿cómo ves a estos dos? Van con todo los pillines. ;) Así es, Elsa sabe muy bien como persuadir al pelirrojo, ya le tiene tomada la medida. Él por su parte sabe como despertar sus instintos hormonales, lo cual ya es mucho decir de alguien como ella. xD Realmente sí que sorprende ver cuanto han avanzado, siendo que antes se odiaban. Pero bueno, eso es justamente lo más bonito del Helsa. ;3 Creo que ya vi por ahí el fic que mencionas aunque nunca me anime a leerlo, precisamente porque no soporto cuando emparejan a Anna con Hans, aunque temporalmente. En serio, el Hanna me rompe mucho pero mucho los ovarios, no lo soporto. xD Pero bueno, la verdad es que después de este fic tengo un par de ideas distintas, aunque creo que antes me tomaré un descanso. Sin embargo lo del fic deportivo suena bien, siempre es bueno ver a Hans y Elsa compitiendo, ¿ya has considerado escribir algo tú? A lo mejor nos sorprendes. ;D
En el próximo capítulo pasará algo de verdad impactante, así que esperénlo con ansias. :D ¡Hasta la próxima!
