Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


» • » Bajo El Mismo Techo « • «

32

Revelaciones


El sonido amortiguado de los auriculares era lo único que se percibía dentro de la habitación del pelirrojo. Tumbado de lado sobre su cama y después de cerciorarse de que había puesto la canción correcta en su reproductor de música, Hans los colocó en torno a la cabeza de la jovencita rubia que estaba acostada frente a él, mirándolo con sus enormes ojos azules.

Definitivamente no había manera mejor de pasar una tarde libre. Los dos solos y sin nadie que los molestara, sin hablar y escuchando música. Solamente mirándose. Amaba mirar a Elsa y reparar en cada uno de los pequeños detalles que le encantaban de ella, desde sus diminutas pecas hasta sus largas pestañas.

Y vaya que debían aprender a aprovechar mejor su tiempo, dado que últimamente no tenían muchos en los que pudieran estar tranquilos.

Desde que sus amigos se dieran cuenta de lo que tenían, un completo caos se había desatado; tanto así que era un milagro que sus padres aún no se hubieran enterado de su relación, (al menos habían prometido ser discretos).

Anna particularmente, se había vuelto la más fastidiosa. La pecosa había desarrollado una especie de obsesión estúpida por enterarse de cada detalle de su relación clandestina y todo el tiempo bombardeaba a Elsa con preguntas, o trataba de espiarlos para ver sus muestras de afecto, haciendo sonidos enternecidos que provocaban que a él le dieran ganas de colgarla de las trenzas por entrometida.

Pero por suerte, ahora no tenían que soportar a nadie.

Hans se inclinó hacia el rostro de su novia y depositó un beso en su frente y otro en la punta de su nariz. Ella cerró los ojos, perdiéndose en la canción que había puesto. El cobrizo cerró los brazos en torno a su delicado cuerpo y la atrajo hacia si, apretándola ligeramente contra su pecho.

Lo que más había llegado a amar de esos momentos, era saber que no tenían ninguna necesidad de intercambiar palabras entre ellos. Bastaban los gestos y las miradas para saber que el otro se sentía bien.

El bermejo se concentró en sentir la respiración tranquila de Elsa hasta que un par de minutos después, se removió en medio de su abrazo y alzó la mirada para verlo.

—Creí que te habías dormido—le dijo Hans con suavidad—, ¿se terminó la canción?

Elsa sonrió ligeramente.

—Es linda—murmuró ella—, ¿cómo dices que se llama?

Stairway to heaven, un clásico—respondió Hans—, me sorprende que no la conozcas, copito. No te tenía tanto por la clase de chica que solo se dejaba llevar por el pop.

La mencionada hizo un puchero.

—Yo no soy así—protestó tiernamente—, es solo que tú escuchas cosas muy… ruidosas. Aunque esto no es ruidoso.

—No, es una de mis canciones preferidas—dijo él, retirándole un mechón rubio detrás de la oreja—. Me hace pensar en ti.

—¿En serio?—la platinada parpadeó y lo miró con ilusión.

—Sí—Hans besó la comisura de su boca y luego se deslizó a lo largo de sus labios, depositando pequeños besos—, hace tiempo que todo me recuerda a ti, princesa.

Elsa se ruborizó intensamente.

—Debo tener una enorme influencia en ti, entonces—murmuró ella con una sonrisita presuntuosa.

—No te imaginas cuanto—la besó una vez más y los dos rieron, mirándose como enamorados.

La vida era buena cuando tenían esos momentos juntos.

—Pareces estar de mejor humor—observó ella acariciando un mechón rojizo en su frente—, ¿me dirás que fue lo que tenías esta mañana? No parecías muy contento…

—No es nada. Olvídalo.

—Hans… —los grandes ojos cerúleos de su novia lo miraron insistentemente y él desvío la mirada incómodo.

Cuando lo veía de esa forma no podía mentirle ni negarle nada. Ensombreció su talante y se incorporó, sentándose en la orilla de la cama.

—Es que, papá me hizo ir hoy a encontrarme con Fredric. Ya sabes que pasó la noche en un hotel y necesitaba que le entregara unos papeles. Al parecer está por empezar un negocio y papá lo ayudará con la inversión; pero ni siquiera tuvo tiempo para ir a dárselos él mismo. Por suerte ya se largó.

Elsa bufó y se incorporó también sobre el colchón, quitándose los auriculares.

—¿Y qué? ¿Te dijo algo? ¿Te lastimó?—inquirió preocupada y sin ocultar su molestia ante el mencionado.

Hans resopló, encorvado como estaba.

—¿Y qué más me iba a decir? Solo los mismos insultos de mierda que siempre salen de su boca en cuanto me ve. Le arrojé los papeles y me largué antes de que pudiera seguir hablando.

La rubia se acercó a él por la espalda y depositó un pequeño beso en su cuello, abrazándolo desde atrás.

—No deberías dejarlo, tendrías que decirle a tu padre la clase de persona que es.

—¿Tu crees que a él le importa una mierda lo que él o los otros me hagan? Ni siquiera confía en mí—espetó el cobrizo bruscamente.

Elsa se apartó con lentitud y él la miró de reojo.

—Lo siento, copito. Es que en serio esto me pone mal—confesó el pelirrojo.

—No puedes seguir así Hans, es obvio que hasta ahora tus hermanos siguen afectando demasiado tu vida, a pesar de que estén tan lejos—la muchacha se le volvió a acercar y recargó la cabeza en su hombro—, ¿sabes? Lo he estado pensando… has tenido que pasar por tanto, pero los dos sabemos que ellos son tan responsables como tú de lo que sucedió. Creo que tendrías que reunirte a hablar con ellos, para dejar claras algunas cosas. Necesitas sacar todo eso que llevas por dentro.

Hans dejó escapar una risa amarga.

—¿Hablar con ellos? Elsa, tú no sabes como son—soltó irónicamente—, jamás me han escuchado, nunca han mostrado el menor interés por mí. Para ellos, siempre seré el imbécil que por poco los mata esa noche. Créeme, no vale la pena ni intentarlo. Yo no tengo nada que hablar con esos tipos.

—Escúchame, sé que te puede asustar un poco y no te culpo—le dijo ella sentándose a su lado—, pero si quieres dejar esto atrás tendrían que hablar seriamente. Hay muchas cosas que tienes que confrontar con ellos y lo sabes. ¿Por qué tú eres el único que tiene que cargar con lo pasó esa noche? Hay algo muy raro en este asunto que no me da buena espina—Hans la miró sin comprender—, sobretodo por los análisis que cuentas que les hicieron después. Presiento que aquella vez ocurrió mucho más de lo que puedes recordar realmente, empezando por el asunto de las drogas.

—Elsa, ya te lo dije. Nos mezclaron las bebidas, las tipas que estaban con mis hermanos debieron hacerlo. Y no es un tema que quiera tocar, realmente.

—Pero ¿por qué lo harían? ¿Acaso los robaron? ¿Se llevaron algo de ustedes?

Hans frunció el ceño, reflexionando.

—No… no realmente. Al menos mis hermanos no reportaron nada y yo… bueno, apenas y me acuerdo de lo que ocurrió.

—Entonces, ¿para qué se tomarían la molestia de drogarlos, si no iban a robarles? Dices que cuando salieron de ese lugar ni siquiera iban con ustedes, ¿por qué lo harían entonces?

—Yo… ¡no sé! No tengo la menor idea—Hans suspiró—, quizá… por diversión, no…

—Por favor Hans, nadie haría algo así solamente para divertirse sin sacar provecho. Creo que aquí hay cosas que te están ocultando. No creo que hayan sido esas chicas quienes les dieran drogas.

—¿Estás insinuando qué…?—cuando el pelirrojo se volvió, la mirada azul de su novia lo miraba con determinación y entonces él sacudió la cabeza—No, sería demasiado bajo. Demasiado bajo, incluso para ellos. No me cabe en la cabeza que se arriesgaran tanto…

—Hans, piénsalo, nada de esto tiene sentido. ¿No crees que vale la pena averiguar lo que realmente ocurrió aquella vez? Al menos para quitarte este peso de encima. Créeme, le he estado dando muchas vueltas al asunto desde que me lo contaste y tengo un mal presentimiento. No quiero que sigas sufriendo por algo que tal vez ni siquiera es tu culpa. ¿No te has parado a pensar en esa posibilidad?

—Aunque así fuera, ¿qué te hace pensar que admitirían algo así? Elsa, mis hermanos me odian, ha sido así desde siempre, yo no sé si pueda… —las pupilas esmeraldas se cristalizaron y la joven sintió como algo le oprimía el corazón.

Tiernamente tomo el rostro de su hermanastro entre sus manos y limpió con su pulgar la lágrima que se formaba en uno de sus ojos.

—Hey, eso no importa. Te prometo que yo estaré contigo, no dejaré que ninguno de ellos te haga sentir mal—le dijo—, ¿confías en mí?

Hans se quedó en silencio, simplemente mirando hacia esas pupilas que lo cautivaban y que ahora no le daban otra opción que enfrentarse con lo que más temía. Suspiró.

No estaba seguro de lo que iban a hacer.


¿Cómo diablos había llegado a meterse en esto? Hans no dejaba de preguntárselo mientras miraba la autopista de salida de Oslo pasar frente a sus ojos, con los autos que iban a venían a lo largo del camino. Sintió un nudo en el estómago que trató de ignorar, intentando comprender como Elsa había logrado convencerlo de ir a Drammen para hablar con sus hermanos. Ni siquiera tenía idea de lo que les iba a decir, como los iba a enfrentar.

Nunca podía decirle que no.

—Entonces, déjenme ver si entendí—en el asiento delantero y al volante, Eugene ajustó el espejo retrovisor para echarle un vistazo a los hermanastros, sentados atrás—, iremos en viaje relámpago hasta Drammen para poder disfrutar de una linda reunión familiar… ¿y luego qué?

—Ya te lo dije, Hans tiene que hablar con sus hermanos—le explicó Elsa—, es un asunto personal. Importante.

—Ajá.

—Sé que no tiene mucho sentido.

—No, no creas, me encantan este tipo de dramas familiares. Siempre hay tanto que mirar, los reencuentros, las discusiones, la cara de esos inútiles cuando me vean de nuevo; se pondrán peor que Hansy, créeme—el moreno sacó un peine de la guantera y se cepilló el cabello, aprovechando un semáforo—. Ah sí, las cosas se pondrán muy interesantes.

—Ya lo creo que sí, barbudito. Si esos tipos se pasan de la raya, voy a encargarme personalmente de inculcarles un poco de respeto—a su lado, Mérida estampó su puño contra la palma abierta de su otra mano.

—Sigo sin entender como se coló Mérida aquí. Sin ofender, melenuda—Eugene la miró de soslayo y luego volteó sobre su hombro—, ¿estuviste de acuerdo con esto?

—¿En serio crees que me preguntó?—inquirió la albina con una ceja arqueada.

—Alguien necesita cuidar el trasero del principito, vagabundo—replicó la muchacha, mirándolo ceñuda.

—Nah, a otro con ese cuento, hermana. Sé perfectamente que vienes con nosotros para ir a echarle un ojo a Lars, no creas que no me ha dicho por Facebook que ustedes dos se traen algo. Zorrilla.

Mérida le asestó un puñetazo en el hombro que lo hizo gritar.

—¡Cierra la boca, tarado de mierda! ¡Voy a hacer que te pongas en cuatro patas y a meterte la mano en el trasero solo para destrozarte las bolas desde adentro!

—¡Demonios! ¡Creo que me rompiste el brazo!—lloriqueó el moreno.

Elsa soltó un suspiro. Iba a ser un largo viaje.

Desde su lugar, le echó un vistazo al pelirrojo que no había pronunciado palabra desde su salida de casa. Él le devolvió la mirada con inquietud y ella extendió una mano para acariciarle el brazo.

Quería que confiara en que todo estaría bien.

Un par de horas más tarde, a mitad del camino, cuando Eugene se detuvo en una estación de gasolina para recargar el tanque, todos salieron del vehículo a estirar las piernas.

Hans se dirigió hasta una máquina expendedora de bebidas e introdujo una moneda sin mucho ánimo. Aún se preguntaba que estaba haciendo allí, que pretendía obtener de esa visita. Lo más seguro era que sus hermanos lo recibieran con la punta del pie. Enfrente de Elsa. El nudo en el estómago empeoró.

—¿Hans?—la voz de la platinada resonó detrás de él.

El mencionado volteó y casi de inmediato volvió a desviar la mirada. Elsa se puso de pie a su lado.

—No has hablado ni un poco desde que salimos de casa—le dijo la muchacha—, ¿te sientes mal?

—No estoy seguro de hacer esto, Elsa.

La chica se mordió el labio inferior, incómoda.

—Lo único que quiero es ayudarte.

—Lo sé.

—Si te sientes así, podemos simplemente regresar—lo tomó del brazo y se lo acarició como hiciera en el coche—. No quiero obligarte a nada.

Hans negó con la cabeza.

—No me estás obligando a nada. Tienes razón, hay demasiado que necesito saber de esa noche… es que… mis hermanos pueden ser muy crueles.

La blonda lo observó con preocupación.

—No importa nada de lo que digan, Hans. Lo único que importa es que estoy contigo—le dijo—y oye, no vas a estar solo. Hasta Mérida quiso acompañarnos para ponerlos en su lugar si es necesario. Y es raro que diga esto pero me alegro de que esté aquí, ¡porque si esos tipos se pasan de la raya, te juro que hasta yo…!

Hans volvió a negar y sonrió con tristeza.

—No quiero nada de eso. Solo, no sé, con suerte pueda dejar las cosas claras de una buena vez y disculparme con Jorgen. Es el único al que siento que le debo algo por el accidente.

Elsa le dio un apretoncito en el antebrazo, mirándolo con pena. En el fondo, Hans realmente era una persona buena y capaz de sentir remordimientos. Quería ayudarlo, hacer que dejara de sentirse tan temeroso.

Echo un vistazo alrededor y luego lo empujó contra la pared, a un lado de la máquina expendedora.

—Elsa, ¿qué…?

—Shhh—ella lo acalló—, sé que es una situación difícil para ti, pero solo quiero hacerte sentir mejor—le dijo, poniéndose de puntitas y rozando sus labios con los de él—, no te preocupes por nada, Hans. Te prometo que todo va a salir bien.

Sin más, colocó su boca contra la suya y lo besó profundamente, viéndose correspondida casi al instante. Los fuertes brazos del pelirrojo rodearon su cintura, atrayéndola hacia él tanto como le era posible. Ella sintió como le mordía el labio inferior y gimió suavemente, al tiempo que abría la boca para que la lengua del cobrizo entrara a acariciar la suya.

Como le gustaba cuando la besaba tan posesivamente y sus manos se acariciaban mutuamente…

—¡Arghhhh! ¡¿Es en serio, principitos?!—la voz de Mérida resonó detrás suyo, provocando que se separaran bruscamente—Al menos podrían haberse metido a uno de los baños. Una viene por algo de beber y se encuentra con esto.

Elsa se ruborizó y frunció el ceño al ver como sus acompañantes los miraban con atención.

—¡Uff! ¿Soy yo o hace calor aquí, viejos?—Eugene alzó su cámara y los apuntó—¿Podemos regresar a la parte en donde se metían las lenguas? Dense un poco de amor para el tío Gene.

—¡Qué asco!—se quejó la pelirroja.

Elsa bufó y se dirigió molesta de vuelta al auto. Menuda manera de matar el momento.

—Oye viejo, ya sabes que no hay prisa. Si quieres terminar con lo que estaban haciendo. Ya sabes, se meten a un baño, nosotros nos tomamos un cafecito…

—Agh—el pelirrojo puso los ojos en blanco y lo hizo a un lado, yendo en la misma dirección que su hermanastra. No tenía tiempo para escuchar las tonterías de ese hippie.

Aún les quedaba un largo camino por delante.


El nudo en su estómago pareció tensarse aún más cuando las calles de su viejo vecindario le dieron la bienvenida. Ni siquiera haber hablado con su madre por teléfono lo había tranquilizado. Sofie se encontraba fuera de casa pero apenas había recibido su llamada para avisarle que estaban llegando, le aseguro que iba en camino. No tenía porque llegara.

Si las cosas se iban a poner feas con sus hermanos, al menos quería un momento a solas para evitarle el mal rato a ella.

—Vaya, nada como el hogar. Mira la casa Hansy, es menos grande de lo que yo la recordaba—dijo Eugene animadamente mientras aparcaba frente al garaje—, supongo que cuando eres niño todo te parece enorme, ¿eh?

El aludido suspiró observando la elegante casa de tejados inclinados y dos pisos que se levantaba frente a ellos; si bien no tan amplia como la recordaba el castaño, sí considerablemente grande como para algún día, haber albergado a catorce niños y adolescentes.

En silencio, los cuatro se apearon del jeep y tocaron a la puerta. No transcurrieron ni un par de minutos cuando esta se abrió, mostrando a Lars en la entrada.

—¡Fierecilla! ¡Viniste a verme!—sonrío de lado, apoyándose en el marco de la puerta y enfocándose en la pelirroja—¡Qué hermosa sorpresa!

—Así es, principito. A ese trasero tuyo ya le hace falta una buena paliza—repuso Mérida a modo de saludo, cruzándose de brazos y mirándolo también con una sonrisa arrogante.

—¡Grrrr, me encanta cuando hablas así! ¡Fogosa!—Elsa y Hans hicieron un gesto incómodo al percibir el intercambio de miradas y palabras entre esos dos—Este trasero está listo para ti, muñeca.

—Hola viejo, también nos da gusto verte—dijo Eugene con sarcasmo y una sonrisa pícara en el rostro.

—¡Hola! Vengan, pasen adentro—Lars se hizo a un lado para cederles el paso—, les diré la verdad, no esperaba esta visita, pero ya que están aquí seguro que la pasaremos bien. A mamá le va a dar gusto.

Elsa miró a su alrededor con curiosidad, admirando el vestíbulo de la bien iluminada casa. Las paredes y la balaustrada de la escalera que conducía al segundo piso tenían detalles de madera y por todas partes se podían ver retratos de niños pelirrojos. Era un lugar agradable.

—Lars, no vinimos aquí a pasarla bien—lo atajó Hans con seriedad.

—¿Qué pasa, hermanito? ¿Por qué esa cara?

—Tengo que hablar con los otros.

El semblante alegre de Lars se desvaneció.

—¿Qué? Pero, ¿por qué? Hans, no creo que…

—No—el menor lo miró con determinación—, déjame Lars. Tengo que hablar con ellos. Es muy importante.

Lars lo miró unos segundos y se dio cuenta de que no iba a cambiar de opinión. Su mirada castaña se cruzó con la de sus acompañantes y entonces pareció comprenderlo todo.

—De acuerdo—dijo, un tanto inquieto—, yo… bueno, ellos están abajo… ¿estás seguro de esto?

Por toda respuesta, su hermano atravesó el pasillo y bajó por una pequeña escalera que daba al espacioso sótano, seguido por los demás. La estancia entera había sido remodelada para ser utilizada como habitación de juegos. Una gruesa alfombra decoraba el suelo y en el centro, había una costosa mesa de billar, rodeada por objetos como sillones, un mini frigorífico y consolas para videojuegos.

Tres pelirrojos los recibieron con sorpresa. Uno de ellos, sentado en el sofá y con semblante algo demacrado, le echó una rápida ojeada a sus inesperados invitados y luego reparó en Hans, en quien se detuvo por un par de segundos antes de retirar su mirada incómodamente.

En la mesa de billar, Fredric y otro colorado que parecía un par de años menor que él detuvieron su juego y los recibieron con cara de pocos amigos.

—¡Lars, idiota! ¿Qué significa esto?—espetó Fredric.

—¿Y tú qué crees que significa? Es obvio que tenemos visitas—contestó el mencionado con un tono condescendiente, que hizo que Fredric frunciera la boca.

—Ya lo noto. Buenas tardes, señoritas—saludó el muchacho junto a él esbozando una sonrisa desagradable—, que sorpresa tan oportuna—sus ojos, de un tono avellana, miraron lascivamente a Mérida, quien de inmediato le dirigió una mirada cargada de ira.

—¡Hey, cuidado cretino!—le advirtió Lars al ver como observaba a la colorada—Déjense de tonterías, Hans quiere hablar con ustedes.

—No tenemos nada de qué hablar con ese mierda—dijo Fredric, tomando de nuevo su taco de billar e ignorando olímpicamente a su hermano menor, mientras se volvía de nuevo a su juego—, ya pueden regresarse por donde vinieron.

Lars fue hasta él y lo tomó del hombro bruscamente para darle la vuelta.

—¡No seas imbécil, Fredric! Si está aquí es porque se trata de algo importante, así que cierra la jodida boca y escucha—le espetó.

—¡Bueno, deja ya de joderme!—Fredric se soltó de su agarre y se volvió enojado a los recién llegados—¿Se puede saber qué hace esta gente en mi casa?

—Un momento, yo a ti te conozco—dijo el otro cobrizo, mirando a Eugene con el ceño fruncido—, ¿Fitzherbert?—pareció reconocerlo de pronto y bufó exasperado—¡Argh! ¡¿Es esto una broma de mal gusto?!

—Es genial verte de nuevo a ti también, Daven—saludó el moreno con una sonrisa presuntuosa.

—Bueno vaya, pero sí parece que se juntó toda la familia—habló Fredric con desdén—, aquí tenemos al recogido y a la intrusa—miró a Eugene y a Elsa con marcado desprecio—, sin olvidarnos por supuesto de la oveja negra de la familia—reparó en Hans—, ¿y tú eres?—inquirió, alzando una ceja en cuanto su mirada alcanzó a la chica de melena alborotada.

—Yo soy Mérida y si se te ocurre decirme algo, estás muerto—lo amenazó ella con una sonrisa sarcástica y el puño elevado amenazadoramente.

—Es mi novia, tarado—agregó Lars.

—Ya. Lo dicho, tenemos una improvisada reunión familiar—continúo el mayor de los hermanos con ironía—, no precisamente con lo mejor de la parentela, pero en fin, no se puede pedir mucho. ¿O no, chicos?—se volvió a sus acompañantes con presunción.

El joven del sofá no decía nada, sino que se limitaba a mirar a un punto vacío de la habitación, con seriedad. Daven mientras tanto, continuaba con su descarado escrutinio a las muchachas.

—Yo a esta rubita también la conozco de alguna parte—dijo centrando toda su atención en Elsa, quien lo miró con recelo—, ¡hey, claro! Eres la nueva hijita de papá, ¿cómo lo pasé por alto?

—¿Hijita?—Fredric volvió a fijarse en ella sin disimular en absoluto su desagrado—No seas ridículo, Daven. Esta chiquilla nunca será nada de él. Ni de nuestra familia, ¿entiendes? Ni ella ni su madre.

—Bueno hermano, ya sé que no confías mucho en esa mujer, pero lo que sea de cada quien, la verdad es que papá sí que sabe donde poner el ojo. Hay que aceptar que está buenísima—respondió el otro con descaro, provocando que Elsa apretara los dientes—y se nota que su hijita va por el mismo camino—se acercó a la blonda y le tomó la barbilla con una mano, haciendo que levantara la cabeza y examinándola como si fuera una especie de obra de arte—, eres muy bonita, ¿sabes?

—¡No me toques!—chilló la jovencita apartándose con furia, antes de que el impertinente muchacho fuera empujado con violencia por Hans.

—¡Eh, idiota! ¡¿Qué carajo…?!—el colorado lo sujetó de las solapas con violencia.

—¡Nunca la vuelvas a tocar! ¡Si te le acercas te mato!—gritó, rojo de ira—¡Y si vuelves a decir algo sobre su madre, te voy a mandar a la mierda, imbécil!

Daven lo apartó de un empujón en tanto Fredric se acercaba a auxiliarlo, los dos con intenciones de pegarle. Lars se puso enfrente de su hermano menor, en postura defensiva.

—¡Eh, eh, tranquilos!—bramó Eugene, tratando de meterse entre los hermanos.

—¡Cierra la boca, infeliz! ¡Apártate, Lars! ¡Vamos a darle a este mierda lo que se merece! Venir a hablarnos así a nuestra maldita casa…

—¡Quien tiene que apartarse eres tú! ¡Ya basta, Fredric!

—¡No me jodas, estúpido! ¡Apártate, si no quieres que te muela a golpes a ti también!

—¡Ya basta!—el grito que resonó en la habitación los tomó por sorpresa a todos.

Los ojos de los presentes se volvieron hacia el joven que no se había movido del sofá. Estaba todo tenso y miraba a Fredric con una expresión entre crispada y suplicante.

—¡Ya basta, Fredric! ¡Ya fue suficiente! ¡¿Por qué siempre tienes que complicarlo todo?!

—¡Jorgen, no seas estúpido! ¿Acaso no te das cuenta de lo que quiere esta gente?

—¡No, tú no seas estúpido! ¡Estoy harto de los malditos problemas que causas! ¡Me tienes harto! ¿Escuchaste?

—No eres el mismo desde que ese accidente te dejó medio tonto—espetó el aludido con desdén.

Hubo un segundo en el que Jorgen pareció dolido y entonces, se levantó lleno de ira para empujar a Fredric contra la mesa de billar, tomándolo desprevenido.

—¡Eres una maldita mierda!—le gritó—¡Una maldita mierda, carajo! ¡Todo esto es culpa tuya, así que cállate! ¡No quiero escucharte más!—lo tomó del cuello y lo estampó fuertemente contra la superficie de la mesa ante las caras atónitas de todos—. ¡Por tu culpa estoy así! ¡Por tu culpa no puedo recordar nada!

Su contextura física era considerable, de modo que le llevaba bastante ventaja en aquello. Fredric trató de zafarse.

—¡¿De qué estás hablando?! ¡Fue culpa suya! ¡Fue culpa de él!—señaló a Hans con el dedo índice, quien ahora observaba la escena, consternado—¡Él iba conduciendo!

—¡No, Fredric! ¡Fuiste tú quien nos metió en todo este embrollo con tus porquerías! ¡Nos jodiste la vida esa noche! ¿Y sabes qué? ¡Estoy harto de que todos los días actúes como si no hubiera pasado nada! ¡Quiero matarte con mis propias manos!

—¿De qué estás hablando?—la voz temblorosa de su hermano menor lo hizo mirar por encima de su hombro.

—Has venido por eso ¿no? Quieres saber lo que ocurrió esa noche—Jorgen lo miró con severidad—, pues bien Hans, te diré que fue lo que pasó esa noche…

—¡Jorgen, basta!—Fredric volvió a hablar y fue estampado una vez más contra la mesa.

—Escucha bien hermanito, ¡escuchen todos de una maldita vez!—rugió el fornido pelirrojo—¡Este imbécil es la peor mierda con la que cualquiera podría toparse! ¡Este maldito nos dio drogas a todos aquella vez! ¡Coloco esa porquería en tu vaso—señaló a Hans—para poder divertirse a tus expensas! ¡Y como siempre, no hicimos nada! ¡No hicimos nada! ¿Verdad?—se volvió hacia Daven, quien de repente se había puesto pálido.

Todos abrieron los ojos con espanto. Elsa ahogó una exclamación.

—¡Claro que no lo hicimos! ¡Nos pareció divertido meternos con el pequeño Hans! ¡El pobre diablo de la familia, ya lo creo que nos divertimos esa noche! ¡Y luego por poco nos matamos por culpa de este infeliz! Pero claro que él no tuvo problemas en zafarse de la situación, ¿no es así, Fredric?

—¿Qué?—Lars tenía el rostro desencajado por la sorpresa.

Hans miró con incredulidad a sus hermanos. De repente, todo él temblaba.

—¿Hablas en serio?—musitó.

—¿Acaso todavía lo dudas? ¿Qué tan ingenuo eres, hermanito?—inquirió Jorgen—No somos más que una mierda.

—¿Tienes idea de lo mucho que llevo culpándome todo este tiempo?—el menor lo miró con odio y apretando los puños—¡Fui al hospital a pedirte perdón!

—Y yo te escuché—al fin, Jorgen soltó a su hermano, quién se desplomó—. Te escuché llorar a mi lado, mientras estaba postrado en aquella cama. Te oí pedirme perdón una y otra vez. Pero el hecho es, Hans, que yo nunca merecí que lo hicieras, porque tú no tuviste la culpa de lo que me pasó. La verdad es que habría sido mejor que me hubiera muerto en ese accidente.

—Sí—convino Lars mirándolo seriamente—, habría sido lo mejor. Todos ustedes deberían haberse muerto.

Jorgen no dijo nada, era obvio que el remordimiento también lo estaba matando. Sus ojos verdes, tan parecidos a los de su hermano menor, se clavaron en él con culpabilidad.

—Perdón, Hans—le dijo—. Te juro que no era mi intención llegar tan lejos. Para nosotros era simplemente una broma.

El aludido respiró con dificultad. Los ojos le escocían y el cuerpo le temblaba de rabia, indignación, cólera, desconfianza… tantos sentimientos encontrados que no podía contener. La parecía que en cualquier momento iba a caer de rodillas pero no, no quería darle el gusto a esos tipos.

—¡Eres una mierda!—fue Lars quien le gritó a Jorgen, llegando hasta él y empujándolo al suelo, de donde no hizo ni amago para levantarse—¡Eres una maldita mierda! ¡Todos son una mierda! ¡Te mereces todo lo que te pasó! ¡No deberías haberte despertado nunca! ¡Basura! ¡Y tú!—se volvió a Fredric con desprecio, quien ahora lucía algo desconcertado y sin su usual cinismo.

Lars le dio un puñetazo en el estómago que le quitó el aire y lo envío al suelo. El muchacho fue a inclinarse sobre él para seguir golpeándolo, pero fue detenido a tiempo por Eugene y Mérida, quienes le pidieron que se tranquilizara.

Hans bajó la vista, decepcionado y furioso. Ni siquiera encontraba palabras para insultarlos después de saber la verdad. Todo ese tiempo, culpándose por lo sucedido…

—Lo siento—repitió Jorgen, recogiendo sus rodillas y enterrando su cara en ellos—, no quería que pasara todo esto. Perdón…

—¡Pedir perdón no resuelve nada, maldito imbécil!—le gritó Lars—¡¿Sabes todo lo que nuestro hermano ha estado sufriendo este tiempo?! ¡¿Por qué no se murieron esa maldita noche de una vez?!

—¡Era solo una broma, no queríamos causar problemas!—intervino Daven, que se había encogido con nerviosismo en un rincón.

Lars mostró intenciones de ir hasta él para darle una paliza, pero fue nuevamente sujetado por los otros.

—¡Los voy a matar a todos, malditos!

—¡Ya basta con esa mierda, Lars!—Fredric se incorporó del suelo con dificultad, todavía sujetando el estómago adolorido—¡Siempre queriendo cuidar el trasero de tu hermanito! ¡¿Por qué no dejas que se defienda él solo por una maldita vez?!—se volvió hacia Hans y entonces, ambos intercambiaron miradas del más puro odio—¡Deja que haga algo por sí mismo, para variar!

—¿Por qué?—preguntó Hans, sosteniéndole la vista desafiantemente.

—¿Por qué?—repitió él sonriendo desagradablemente—¡Porque quisimos! ¡Por qué nos pareció divertido reírnos a costa tuya y simplemente lo hicimos! Porque era fácil, Hans, siempre es fácil contigo. Eres tan patético, siempre has tenido que acaparar toda la atención, ¿no es así? La de mamá, la de nuestro padre, todo era para ti simplemente por ser el último, eso me enferma como no tienes idea—confesó—. Así que sí, puse algo en tu bebida. Te presionamos para que bebieras, sabiendo el pobre niñito patético y hambriento de aceptación que eres. Nos divertimos mucho, hermanito. Mucho. Pero las cosas se nos salieron de control. Y aquí estamos—abrió los brazos—, armando este maldito teatro por ti. ¿Era eso lo que querías, Hans? ¿Qué te dijéramos la verdad? ¿Qué vas a hacer al respecto?—preguntó, cínicamente—¿Piensas que alguien te va a creer de todos modos? Pensé que la paliza que te habíamos dado te había dejado en claro como son las cosas. Ni siquiera nos costó trabajo hacerle creer a mamá que tú eras el de las drogas. ¿Ves cómo ella nunca ha confiado en ti, realmente?

Hans sintió como algo se le rompía en el pecho. Sabía bien que sus hermanos no lo querían, pero nunca se había imaginado que fueran capaces de hacerle algo así. En su cabeza solo podía preguntarse, ¿por qué?

—Entonces, no era cierto—la voz que se escuchó repentinamente hizo que todos se sobresaltaran.

Miraron hacia el umbral de la puerta, donde una mujer rubia y ataviada con un elegante vestido verde miraba a Fredric con la más absoluta frialdad. El joven palideció.

Sofie avanzó hasta él, en medio del tenso silencio que se había formado en la estancia.

—M-mamá… y-yo… —Fredric se vio cortado por el fuerte bofetón que le propinó su madre.

—Me dijiste que todos habían bebido—le espetó ella—, creí que me estabas diciendo toda la verdad.

—Mamá, déjame explicarte…

—¡Cállate, monstruo!—exclamó la aludida con los dientes apretados, al tiempo que volvía a abofetearlo. El rostro de Fredric ahora estaba enrojecido—¡Basura! ¡Cómo pudiste hacerle eso a tu hermano!

Fredric agachó la cabeza como un perro apaleado. Sofie se volvió hacia sus otros dos hijos, que también mostraban expresiones apenadas.

—Los quiero a los tres arriba, ahora mismo. Van a escucharme y después, tendrán lo que se merecen.

Los mencionados subieron en silencio y sin atreverse a mirar a nadie. Su madre estaba lívida. Consternada, se volvió hacia los recién llegados.

—Disculpen—dijo en voz baja—, tengo que hablar con ellos.

Sus ojos esmeraldas se cruzaron con los de Hans, quien aún estaba en shock. Ambos se miraron con dolor y entonces, Sofie suspiró tristemente y fue detrás de sus hijos. Quienes quedaron en la habitación se miraron los unos a otros, incómodos.

—Que hijos de puta—dijo Mérida de repente y luego se volvió a su pareja—. Es un decir. Sin ofender a tu madre.

—No, ya lo sé—Lars suspiró y negó con la cabeza. Luego, intentó poner una mano en el hombro de su hermano, pero él se alejó y se sentó en el sofá con la cabeza baja. No quería ver a nadie—. En fin, al carajo con ellos. ¿Quién tiene hambre? Deberíamos ir por unas pizzas, ¡venga, vámonos!

La colorada se colgó de su brazo y salieron hablando del hambre que tenían, en un intento obvio por dejar atrás la situación. Eugene los siguió reticentemente, lanzándole una última mirada al menor de los hermanos antes de subir. Sabían que necesitaba tiempo para asimilar todo lo que había sucedido.

Elsa se sentó suavemente a su lado y le puso una mano en la espalda, sintiéndolo temblar todavía. Siempre había sospechado que había algo más detrás de la historia que le había contado, pero enterarse de la verdad era horrible.

No comprendía como sus propios hermanos habían sido capaces de hacerle algo así.

—¿Por qué, Elsa?—le preguntó él, con la vista clavada en la alfombra—¿Por qué me odian tanto?

La rubia lo abrazó fuertemente y Hans enterró la cabeza en su cuello.


El bullicio de la pizzería llenaba el lugar con risas de niños, conversaciones y la música pop que sonaba de fondo. No era el lugar más distinguido de todos para comer, pero era agradable y la comida que servían tenía un olor y sabor maravillosos.

Lamentablemente eso no parecía ser suficiente para abrir el apetito del pelirrojo, que desde hacía rato permanecía indiferente a la enorme rebanada de pizza con aceitunas y carnes frías que reposaba en el plato delante suyo.

—Hey viejo, anímate, todo estará genial—Eugene trató de animarlo, sentado frente a él—, ya lo peor ha pasado. ¿Por qué esa cara larga, campeón?—lo enfocó con su cámara y Hans lo observo sombríamente.

—No has tocado para nada tu comida—a su lado, Elsa le tomó la mano—, y es tu sabor favorito. ¿No tienes hambre?

—Después de lo que pasó allá, no creo que vuelva a tener apetito—murmuró el pelirrojo con desánimo.

La rubia y el castaño intercambiaron miradas de preocupación. Los tres estaban sentados en la misma mesa, mientras que Lars y Mérida habían decidido ocupar otra un par de lugares más allá para conservar algo de intimidad.

Al parecer se estaban tomando muy en serio su extraña relación romántica, surgida de ni ellos mismos sabían donde.

—Deberías sentirte aliviado, Hans. Digo, no es agradable lo que tus hermanos te hicieron, pero al menos ahora sabes que nada es tu culpa—su novia lo consoló, dándole un apretón—. Tú jamás serías capaz de hacer algo tan malo, por más engreído que seas a veces.

—Y sí que lo eres—Eugene hizo ruido con su pajilla al tomar un sorbo de su soda de naranja.

—Ustedes no entienden—resopló el colorado—, yo siempre he sabido que no le agrado a mis hermanos. Pero tanto como para que fueran capaces de hacerme lo que me hicieron… me hace sentir como una basura.

Elsa frunció el ceño al escucharlo.

—Oh vamos viejo, no empecemos con esto de nuevo. Basta de autocompasión—Eugene puso su cámara en la mesa y lo miró fijamente—, está bien Hans, cálmate y escucha, porque solo te voy a decir esto una vez. Puede que seas el peor neurótico que he conocido y también un idiota que disfruta manipulando a la gente y que piensa que todo el mundo gira a su alrededor; te encanta sembrar cizaña adonde quiera que vas y esas patillas que usabas, eran casi tan perturbadoras como la maldad que guardas en el interior. Pero si de algo estoy seguro, es que hasta tú tienes algo que te diferencia de esos mequetrefes: dignidad, hermano. Jamás caerías tan bajo como ellos lo hicieron esa noche, ellos sí son una basura. Y sí vas a seguir dejando que te hagan sentir como un imbécil por algo que ni siquiera fue tu culpa, bueno viejo, entonces no sé como puedo ayudarte, porque claramente les estás dando una importancia que no se merecen. Sí, los tipos te odian, nos odian mejor dicho. ¿Y qué? ¿Quién los necesita?—repuso—Relájate amigo, la vida sigue. Tus hermanos probablemente nunca cambien, pero al menos tú sí puedes hacerlo. Deja de permitir que te hagan sentir así.

—Él tiene razón, Hans—Elsa le sonrió conciliadoramente—, eres una buena persona, a pesar de que seas un presumido e idiota a veces.

—Gracias—respondió él con sarcasmo.

—Tus hermanos tendrán lo que se merecen y oye—le puso los dedos bajo la barbilla para que volteara a mirarla—, tú no tienes que pensar más en ellos. Nos tienes a todos nosotros.

—Sí viejo, relájate un poco. Disfruta la vida.

El cobrizo suspiró, dándose cuenta de la razón que tenían. Se estaba comportando como un perdedor. Sin embargo uno no podía enterarse simplemente de que la peor noche de toda su vida, había ocurrido porque sus hermanos, su familia, lo habían drogado para burlarse de él.

Y luego casi se mataban.

—Ya sé que soy un imbécil. Pero esto… es una mierda.

—Y que lo digas, viejo. Pero estoy seguro de que lo superarás, siempre lo haces. Y si no me crees, mira eso—el trigueño señaló con el índice a Lars y Mérida, que reían en su mesa y se atascaban de pizza, al parecer compitiendo por quien podía comer más. La pelirroja no destacaba precisamente por sus modales—, creíamos que este zoquete nunca iba a encontrar a alguien que lograra que dejara de perseguir a jovencitas y allí lo tienes. Si eso no es una prueba de que todo es posible, entonces te falta fe, amigo.

Hans fijó su vista en la pareja, que en aquellos instantes devoraba un par de enormes trozos de pizza como si no hubiera un mañana.

—Agh, son unos cerdos—musitó Elsa apartando la vista con desagrado—, ¿hay necesidad de atascarse así de comida? Estamos en público.

—Relájate, princesita. Se están divirtiendo, no todos pueden tener tu etiqueta. ¿En serio estás usando cubiertos para comerte eso?—inquirió Eugene.

—No me gusta llenarme las manos de grasa, ¿sí?

—Y es en momentos como este cuando creo que Mérida tiene razón al decir que eres una Barbie estirada. Joder, Elsa.

La albina lo picoteó con su tenedor.

—¡Y tú eres un hippie come flores!

—¿Se supone que eso es un insulto?

—Como si pudieras pensar en algo mejor.

—Muñeca de plástico.

—Remedo de Scorcese.

Hans soltó una risa al escuchar su discusión y entonces su hermanastra se volvió a verlo con una sonrisa.

—Bueno, al fin un sonido que no es para auto-compadecerse, bien hecho amiguita—dijo Eugene—. ¡Venga, viejo! Anímate.

—Bah, no molestes hippie—el cobrizo le dedicó una sonrisa torcida—, además… sus insultos fueron mejores que los tuyos—tomó una papa frita del plato del centro de la mesa y se la metió en la boca.

—Eso dices tú por obvias razones. Oigan, ¿no van a ponerse igual que en la estación de gasolina o sí? Porque miren que si es así, mejor me voy un poquito más allá a grabarlos…

Elsa rodó los ojos y sonrió de lado. En la mesa, su mano volvió a entrelazarse con la del colorado. Él le dio un pequeño apretón.

En ese momento, lo único que necesitaba era estar a su lado.


Sentado de nuevo en el asiento trasero del jeep, Hans observó el paisaje a los costados de la carretera moverse frente a sus ojos, trazando una sucesión interminable de árboles y montañas que se recortaban contra un cielo que empezaba a oscurecerse.

En el asiento delantero, una canción de Freddie Mercury resonaba desde la radio. Al volante, Eugene cantaba tratando de imitar la voz del cantante de una manera por demás patética e hilarante, moviendo la cabeza y los hombros y haciendo gestos con las manos. Distraídamente lo escuchó tratar de convencer a Mérida para que cantara con él, pero la pelirroja solo le dio un golpe en el hombro (esta vez más inofensivo que el de la vez anterior) y le dijo que se escuchaba como un marica.

El colorado sonrió desde su lugar. Hacía tiempo que no se sentía tan ligero, tan libre de las culpas que por mucho tiempo había estado cargando y que no le correspondían.

Y pensar que había estado amargándose por meses por algo que no tenía sentido.

—IIIIIIIII'm burning through the sky, yeah… two hundred degrees that's why they call me Mister Fahrenheeeeeeit… ¡vamos amiguita, canta conmigo!

—Ja ja ja ja, eres un idiota. Tengo que grabarte haciendo esto, hippie.

Desde su lugar, Hans levantó una de las comisuras de sus labios, por primera vez sintiéndose realmente feliz en mucho tiempo. Y todo eso se lo debía solamente a una persona.

Su mirada verde se desvió hacia la rubia que dormitaba a su lado con la cabeza apoyada sobre su hombro. Su frente era rozada por unos cuantos mechones platinados que como de costumbre se escapaban de su trenza y sus rosados labios se encontraban semi-abiertos. Se veía tan pacífica e inocente. Costaba creer que pudiera conciliar el sueño con el ruido que hacían sus acompañantes adelante, pero con solo echarle un vistazo, supo que para ella ese también había sido un día lleno de emociones.

Cuidadosamente, pasó un brazo por su espalda y la envolvió con él, acercándola hacia sí. Elsa apenas y se movió, enterrando más el rostro en el hueco de su cuello. Su cálido aliento le hizo cosquillas en la piel.

Nunca antes se había sentido tan agradecido, tan completo. Pensar que antes había llegado a alucinar a esa muchachita estirada y ahora le debía tanto.

Ella era todo lo que necesitaba.

La quería, la amaba con todo su corazón. Ahora lo tenía muy claro y lo más sorprendente, fue darse cuenta del tiempo que había desperdiciado en sentirse culpable y enfadado por tantas cosas. Su familia no era perfecta y tal vez nunca iba a contar más que con dos o tres personas dentro de ella, pero eso no le importaba cuando había encontrado algo mejor.

A partir de ese momento, se enfocaría únicamente en proteger y hacer feliz a Elsa. Ella era lo único que le importaba.

Por fin parecía que las cosas estaban tomando su lugar.

Su mente divagó hasta esa misma tarde, antes de partir de nuevo. No había visto a sus hermanos al volver a casa con los demás. Su madre, en cambio, se había dirigido hacia él con un semblante de preocupación en el rostro.

En sus ojos se leía un enorme remordimiento.

—¿Cómo pude equivocarme tanto con tus hermanos, Hans? Si hubiera sabido lo que pasó en realidad… —sus palabras eran una mezcla de tristeza y culpa, cuando ambos se habían retirado para hablar un momento a solas en tanto los demás se preparaban para volver.

Hans había negado con la cabeza, tratando de quitarle importancia. Lo hecho, hecho estaba.

—Y yo que llegué a desconfiar de ti, mi pobre niño—Sofie le acunó una mejilla con la mano, acariciándolo suavemente—… no entiendo… como fueron capaces…

—Basta, mamá. No te sientas así. Ya pasó.

Ella negó lentamente.

—No ha pasado. Una persona que es capaz de hacerle eso a su propio hermano, no merece la más mínima consideración—habló de manera resuelta—. Tus hermanos necesitan ayuda, pero yo no se las puedo brindar. Me han engañado todo este tiempo y siento que nada de lo que haga a estas alturas les hará aprender, me he equivocado bastante con todos ustedes.

Apartó la mano y la cruzo con la otra frente a su regazo, en una postura tensa.

—Ellos se marcharán de esta casa, tendrán que aprender a vivir sin nuestro apoyo económico. Después de lo que hicieron, está claro que no merecen seguir recibiendo más. He hablado con tu padre por teléfono y únicamente continuará pagando la rehabilitación de Jorgen; al menos él parece arrepentido por lo que hizo. No puso objeciones—resopló—, pero Fredric está furioso, tendrá que despedirse de cualquier inversión en su negocio y arreglárselas por su cuenta. Lo mismo irá para los gemelos, tu padre está terriblemente disgustado con todos. Presiento que tendrá una larga charla contigo en cuanto vuelvan a casa.

Hans se encogió de hombros, a esas alturas, ya le tenía completamente sin cuidado cualquier cosa que el hombre pudiera decirle.

—No, ya sé lo que estás pensando—su madre pareció leerle la mente—, pero debes darle una oportunidad. Tu padre no es tan malo como crees. Simplemente nos hemos equivocado. Y él también está muy arrepentido por no haber creído en ti al principio. La verdad es que tendríamos que habernos dado cuenta de muchas cosas hace tiempo—suspiró pesadamente—. Perdóname, hijo. He sido ciega para muchas cosas, debí haberte defendido mejor. Pero te prometo que las cosas serán distintas de ahora en adelante.

El joven no le dijo nada. Solamente agachó la cabeza y dejó que ella lo envolviera con sus brazos, escuchándola pedirle perdón otra vez. Sus lágrimas le mojaron el cuello.

Habría preferido nunca haberle causado ese dolor.

Por suerte Sofue pareció recuperarse lo suficiente cuando lo acompañó para despedirlo con el resto con el resto de sus acompañantes, a quienes les aseguró que podrían volver cuando quisieran.

Sintiéndose más tranquilo, Hans había vuelto a subir al asiento trasero del jeep junto con Elsa, quien fingía no ver como su hermano y Mérida se despedían de una manera por demás escandalosa.

—Maldición viejos, miren esa batalla de lenguas—Eugene grababa desde el asiento del conductor a la pareja de pelirrojos, quienes se besaban con el más absoluto descaro. La colorada de rizos al parecer tenía una manera muy agresiva de demostrar sus sentimientos, pues tiraba del pelo de Lars con sus manos mientras le devoraba la boca y él no se quedaba atrás, con sus gruesas manos apretando la cintura de la chica y pegándola a él—, ¿quién diría que la greñuda tuviera esas mañas, eh? En serio amigos, no sé si sentir repulsión o fascinación ante estos dos. ¿Tú qué opinas, Els?

—Es escalofriante—respondió la rubia neutralmente, mientras pasaba el índice por la pantalla de su iPod escogiendo algunas canciones para el viaje de vuelta.

—Ya lo creo que sí, amiga. Esto es como grabar un documental para Animal Planet, pero mejor… ¿acaso ella le acaba de dar una nalgada? Ah, chica ruda, apuesto a que le va el sadomasoquismo.

Hans frunció el ceño mirando brevemente a la pareja que conformaban su hermano y Mérida. En el fondo se alegraba de que por fin ambos tuvieran una relación, por más extraña y disfuncional que fuera, pero Elsa tenía razón. Daba un poco de escalofríos.

—Sí Mérida, aprieta ese trasero, eres una chica mala—murmuraba el castaño con su cámara en alto—, menudo cabrón. Se nota que le van las palizas. ¿Saben una cosa? Ahora que esta casa va a tener dormitorios de más, podríamos venir un día y aprovechar para transformar uno en una especie de calabozo sexual. Eso le encantaría a estos dos. Hasta podemos regalarles trajes de látex e instrumentos de tortura.

—¿Sí escuchas lo que dices?—Elsa arqueó una ceja y miró al moreno con desaprobación.

—Por favor Elsie, no te escandalices. A juzgar por lo que también sabemos de ustedes dos, apuesto a que la idea no te es tan desagradable. Seguro que dejarías que Hans te amarrara a la cama y entonces…

—¡Eugene, eres un imbécil!—la blonda se ruborizo abruptamente y le dio una patada al asiento del mencionado.

—¡Hey, hey! ¡Cuidado con mi espalda, demonios!

Hans rodó los ojos y resopló. Ese maldito hippie de mierda y sus fantasías baratas de película porno.

La puerta del asiento del acompañante se abrió dejando entrar a Mérida.

—Bueno, hola señorita dominatrix. ¿Adivina quién tiene un primer plano de ti y de Lars probando la lengua del otro? Anna se va a morir cuando se lo muestre, no nos cree que ustedes tienen una relación…

—¡Baja esa maldita cámara, estúpido idiota!—fue lo primero que había gritado la pelirroja, tomando su celular y lanzándolo con fuerza a la cabeza de Eugene, quien emitió un chillido de dolor.

Mérida había tomado a continuación una botella de agua a medio tomar de la guantera y se había abalanzado sobre él, golpeándolo repetidas veces en los hombros y la cabeza en tanto Elsa se ponía a patear el asiento de nuevo, provocando más quejas y súplicas del trigueño.

Afuera, Lars reía a mandíbula batiente. Su mirada se cruzó con la de su hermano menor, quien solo observaba la escena con una sonrisa de lado.

El mayor sonrió, como diciéndole de forma silenciosa que todo estaría bien y para su sorpresa, Hans le correspondió ensanchando su gesto.

Ahora le creía.

Quizá no tuviera una familia perfecta, pero definitivamente se daba cuenta de que ahora estaba rodeado de gente que valía la pena.

—I'm traveling at the speed of liiiiiight… I wanna make a supersonic woman of youuuuu… —las desafinadas voces de los pasajeros en el asiento delantero, mezcladas con sus risas llegaron lo trajeron de nuevo a la realidad.

Discretamente, se agachó para depositar en beso en la cabeza de Elsa y en silencio le prometió que siempre estaría a su lado.

De ahora en adelante, las cosas iban a estar mejor.


El frío de comienzos de invierno se había apoderado ya de cada una de las calles de Oslo. Hacía días que las primeras nevadas habían comenzado a aparecer y con ellas, los paisajes que Elsa tanto adoraba ver al despertar por las mañanas y mirar a través de su ventana. No había época que le gustara más en el año.

Con una suave sonrisa en sus labios, camino de la mano de Hans por las calles, en tanto él sujetaba la correa de Maximus, que caminaba animadamente adelante, olisqueando cada esquina que se cruzaba en su camino.

—¿Hablaste con tu padre?—le preguntó la rubia al tiempo que se detenían a mitad de un puente.

El agua corría con tranquilidad por debajo de ellos, en medio de las casas antiguas que flanqueaban las aceras de los lados. Era un bonito paisaje.

—Por supuesto—dijo él con seriedad—, fue… diferente.

—¿Diferente?

—Creo que hacía tiempo que no hablaba con él sin que me riñera por algo o me echara en cara las cosas—suspiró—. Me pidió disculpas por lo que había sucedido con mis hermanos. Nunca lo había visto tan decepcionado… siento lástima por él.

—No debe ser fácil tener hijos como ellos—coincidió Elsa.

—No y por lo que parece, creo que no querrá saber nada de ellos en un largo tiempo—añadió el muchacho pensativamente y por un instante, los dos se quedaron en silencio—. Esta es la primera vez que tengo una conversación tan profunda con él sin sentirme mal.

La blonda le sonrió.

—Entonces, ¿están bien?

—Sí, creo que sí. Me dijo que me quería y que lamentaba no haber confiado más en mí. Dice que desea que pasemos más tiempo juntos. Veremos que pasa, no me resulta fácil abrirme con él—se encogió de hombros—, pero creo que yo también lo había estado juzgando muy mal últimamente. Tenías razón, no es una mala persona.

—Yo siempre tengo razón—repuso ella levantando una de las comisuras de sus labios irónicamente, y entonces él la rodeó con un brazo y le despeinó la cabeza, haciéndola reír—, me da gusto que todo se haya solucionado entre ustedes. No era justo que estuvieras sufriendo.

—Si no fuera por ti, estaría todavía atormentándome por toda esa mierda—dijo Hans—, hace mucho tiempo que no me sentía tan bien—volteó y besó la sien de la muchacha—. Muchas gracias, princesa.

Por toda respuesta, Elsa ladeó la cabeza y la hizo reposar en su hombro. Se quedaron así, mirando hacia el horizonte sin decir nada, en tanto Maximus se entretenía correteando hormigas en el suelo con el hocico.

—Elsa, hay algo que me causa curiosidad desde hace tiempo y que no me había atrevido a preguntarte—le dijo el cobrizo.

La adolescente levantó la cabeza y lo miró.

—Bueno, tú ya conoces a mis padres, pero me estaba preguntando… ¿qué pasa con tu padre?—inquirió Hans—Nunca lo has mencionado y creo que Idun tampoco ha tocado nunca el tema. Por papá nunca pude enterarme del todo como eran las cosas; tan solo mencionaba que se había enamorado de una madre soltera.

Los ojos de la platinada adquirieron un gesto glacial.

—¿Tu padre… está vivo? ¿Vive en otro lugar o…?—Hans se detuvo al ver el cambio de expresión en el rostro de la chica y desvió la mirada apenado—Disculpa, no es de mi incumbencia. Si no quieres…

—Nos abandonó—respondió ella con frialdad, manteniendo sus pupilas fijas al frente—. Mamá se embarazó de mí cuando todavía era una estudiante al comienzo de su carrera. Él no quiso hacerse cargo de nada, así que se fue y ella continúo sola.

—Lo siento—dijo Hans mirándola preocupada.

—¿Por qué? Mamá se las arregló muy bien sola, nunca nos faltó nada. Y en lo que a mí respecta, estoy bien—dijo Elsa escuetamente.

—¿Nunca has tenido curiosidad por saber de él o conocerlo?—le preguntó el colorado.

—No—contestó la chica heladamente—, ¿por qué me interesaría en alguien que nunca se preocupó por mí? Hasta donde yo sé, ese hombre no es nada mío y estoy muy bien sin conocerlo. Nunca lo he necesitado.

—Tienes razón—Hans la miró incómodo—. Perdona Elsa, no quería molestarte con el tema.

Ella negó con la cabeza y volvió a mirarlo, con la calidez regresando a sus ojos.

—No me molesta, es solo que no tengo necesidad de hablar de eso. No vale la pena. Además, no importa. Mamá tiene a Adgar—sonrió—y yo te tengo a ti.

—Y siempre me tendrás, gatita. Te prometo que nunca me iré de tu lado—Hans se inclinó hasta apoyar su frente contra la de Elsa y frotó levemente su nariz encima de la femenina—, aquí estaré para cuidarte.

La rubia ensanchó su sonrisa y se puso de puntillas para besarlo largamente, hasta que el sonido cercano de una cámara les hizo romper el contacto.

Frente a ellos, un chico de cabellos teñidos de blanco los miraba con una sonrisa triunfal.

—Ay, que lindo es ver a dos "hermanitos" que se quieren—se burló—, hasta dan ganas de gritarlo para que todo el mundo se entere, ¿a que sí?

Maximus gruñó.

—¡Mocoso!—espetó Hans con los dientes apretados.

¿Qué hacía allí ese chiquillo de mierda? ¿Y quién rayos se creía que era tomándoles fotos? Le iba a borrar esa estúpida sonrisa del rostro…

—¿John? Pero, ¿qué haces?—preguntó Elsa confundida.

—¡Jack! ¡Es Jack! ¡Jack Frost! No es tan difícil de recordar—el adolescente frunció el ceño y pateó el suelo—¡He estado tratando de llamar tu atención todo este tiempo y ni siquiera recuerdas mi nombre! ¡Ni siquiera me volteas a ver! ¡Es como si fuera invisible! ¿Qué tengo que hacer para que me veas? ¡Dime!

—¿Qué pasa, idiota? ¿Una paloma te cagó en la cabeza?—Hans alzó una ceja y apuntó a su melena teñida.

—¿Qué? ¡N-no!—Jack se llevó una mano al pelo y lo miró desafiantemente—¡Cállate! Es solo tinte para el cabello, para cambiar mi look. A las chicas les encanta.

—Claro que no—dijo Elsa.

—¡Claro que sí! ¡Me veo atrevido y genial!

—No, no es así—dijo Hans.

—La verdad que no.

—¡Bueno, como sea! ¡Los tengo atrapados!—Jack los apuntó con el dedo índice amenazadoramente—Ahora sí voy a hacer lo que quiero, ¡no debiste ignorarme nunca!—se dirigió a Elsa.

—¡Oye, idiota! ¡Te patearé el culo!—lo amenazó el pelirrojo.

Ese niño ya le había roto bastante las bolas.

—¿De verdad? Yo que tú no haría eso, en especial cuando tengo bastante material comprometedor aquí—dijo el chico alzando la cámara y meneándola triunfalmente—, oh sí, llevo siguiéndolos desde que salieron de casa y digamos que he captado cosas muy interesantes. Cosas que seguramente no les gustaría ver a sus padres.

—¡Oye, eres un mocoso desubicado!—lo increpó Elsa con enojo.

—¡No me importa! ¡Si no sales conmigo, voy a repartir estas fotos por todos lados!—la amenazó Jack.

—¡¿Qué?!—la platinada lo fulminó con la mirada, furiosa por su atrevimiento.

Ya estaba harta de que la chantajearan por su relación. Había pasado por eso una vez y no estaba dispuesta a dejar que un niñito despechado se burlara de ella. No señor, eso no se iba a quedar así.

No iba a aceptar ser amenazada nunca más.

Decidida, camino hasta el adolescente, quien solo se le quedó mirando sin saber si retroceder o quedarse donde estaba.

Elsa se paró en frente y le tomó las orejas con las manos, ejerciendo una fuerte presión.

—¡Auch!

—¡Ahora escúchame bien, mocoso malcriado, absurdo y fastidioso! ¡No vas a mostrarle esas fotografías a nadie, ni me vas a venir a chantajear a mí! ¡¿Cuántos años se supone que tienes?! ¡¿Doce?!

—¡Tengo quince! ¡Casi dieciséis!—se quejó Jack intentando escabullirse de su agarre—¡Aghhhh, me lastimas!

—¡Cállate! ¿Cómo piensas que voy a salir contigo? ¡Eres un niñito! ¿Acaso quieres que me acusen de estupro? Dime, ¿quieres que alguien me arreste por corrupción de menores?

—¡Lo siento! ¡Solo quería salir contigo! ¡Es que me gustas mucho!

—¡Mocoso precoz y desubicado! Si sigues molestándome, voy a romperte tus pequeñas pelotas con mis propias manos, ¿entiendes?

—¡S-s-sí! ¡Auuuuuu!—Jack aulló de dolor cuando le torció las orejas.

Detrás de ellos, Hans soltó una risa. ¿Quién diría que su copo de nieve fuera tan determinada?

—¡Perdona! ¡Me buscaré a alguien de mi edad! ¡Auuuuch!—Elsa lo soltó y él se frotó sus orejas enrojecidas—Aunque… aún tengo sus fotos.

La albina miró a su hermanastro por encima del hombro y él se acercó amenazadoramente. Sin decir una palabra, tomó a Jack por los hombros y lo tumbó boca abajo sobre la nieve. Maximus ladraba con estrépito.

—¡Hey! ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Déjame! ¡No!—sus gritos se vieron acallados cuando Hans aplastó su rostro contra la nevisca, sin ningún esfuerzo.

Elsa se arrodilló a su lado y le quitó la cámara de la mano, en tanto seguía forcejeando. Tranquilamente se puso de pie y comenzó a recorrer la galería digital para borrar cualquier evidencia. Sin embargo, su ceño solo se frunció al observar las imágenes.

—¿Esto es…? ¿Qué es esto?—murmuró arqueando una ceja—¿Ibas a delatarnos con estas fotos? ¡Ni siquiera nos enfocaste bien!

Hans liberó la cabeza del adolescente y él la levantó respirando entrecortadamente.

—¡Hey, estoy aprendiendo! ¡Apenas llevo una semana en el club de fotografía! ¡Ese aparato es complicado!

—¿De qué estás hablando, idiota? ¡Solo tienes que apretar un botón!—le dijo Hans.

—¡Déjame, hijo de puta! ¡Aléjate de mí!

Maximus gruñó y se apoyó con las patas traseras en su espalda, tumbándose sobre él y haciéndolo hundirse de nuevo en la nieve.

—Osh, no puedo creer esto—Elsa se palmeó la frente ante lo absurdo de la situación.

Ese chiquillo era por mucho el pretendiente más estúpido que había tenido. En la mayoría de las fotos solo se podían ver partes de sus cuerpos, desenfocados o a lo lejos. Ni siquiera la última fotografía que les había tomado besándose había salido bien, pues sus dedos cubrían gran parte de la lente.

Aun así, por las dudas borro todo y volvió a agacharse para bajarle los pantalones al jovencito y meterle el aparato entre el trasero y su ropa. Una queja amortiguada provino de él.

—Es la última vez que me sigues, mocoso. ¡Para que no se te olvide, te voy a dar una lección!—tomó el elástico de su ropa interior y tiró de ella hacia arriba, haciéndolo gritar.

Hans se rió con ganas. No conocía la faceta ruda de su novia, pero debía decir que le estaba gustando.

—¡Bastaaaaaa!

—¿Vas a dejarme en paz, niñito?

—¡Siiiiiií!

—¡Eso espero!—Elsa tomó una bola de nieve y se la metió por la espalda, provocando que se retorciera de frío y gimoteara—¡Vámonos, Hans! He terminado con este mocoso.

—Lo que tú digas, princesa—el pelirrojo miró malvadamente al adolescente, que aún se quejaba en el suelo—. Y ya sabes, chiquillo de mierda. ¡No nos jodas más o te las verás con nosotros!

—¡Sí, te las vas a ver!

Por toda respuesta, Jack solo dejó escapar otro berrido. Los mayores rieron con descaro y se alejaron corriendo, seguidos alegremente por Maximus, que pasó por encima del chico sin contemplaciones.

Se detuvieron unas cuadras después, respirando entrecortadamente y expulsando vahos de frío por la boca.

—No te conocía esas mañas, copo de nieve.

—Meh, es que ese niñito ya me estaba hartando. Es muy molesto, ¿y por qué se habrá pintado el cabello de esa forma? Parece un anciano.

—¿Te he dicho ya lo sexy que eres cuando te portas mal?—Hans la acorraló contra un muro sonriendo de manera torcida—Me gusta. Me gusta mucho.

—Mmm… no te acostumbres. Ni yo misma sabía que lo era. Creo que alguien ha sido una mala influencia para mí.

—¿En serio?—Hans se acercó a besar la comisura de sus labios—Debe ser una persona de lo más fascinante.

Elsa rió por lo bajo.

—Presumido.

Entre ellos, un copo de nieve descendió para posarse sobre la nariz de la rubia, que parpadeó sorprendida.

—Hey, está nevando—la joven sonrió y miró hacia arriba, observando con los ojos brillantes la nevada que comenzaba a caer sobre sus cabezas.

No había nada que amara más que ver aquello, excepto cierto colorado.

Mientras el frío los envolvía, sintió a su hermanastro descender para besar la pequeña punta de su nariz y una calidez repentina la envolvió.

Sí, definitivamente, el invierno era su estación favorita.


* Stairway to heaven. Canción de Led Zeppelin, muy buena. :3


Nota de autor:

¡Feliz semana, panquecitos del Helsa! ¿Se esperaban esta Civil War entre hermanos? :3 Hubo drama por montones, yo sé que les encanta.

Los hermanos Westergaard ya necesitaban un enfrentamiento. Eso es lo que se ganan por hacerle la vida imposible a nuestro gatito. 7n7 Pero les dije que las cosas no se iban a quedar así. Creo que después de leer estos últimos dos capítulos, muchas cosas tienen sentido. Pero ni crean que el drama se va a acabar de allí, porque aún falta algo más grande. ¿Se imaginan que puede ser? :D Nah, yo creo que no, jejejejejeje.

¿Y esa última escena con Elsa siendo mala? Todos sabemos que en el fondo ella es una chica ruda y atrevida. ;)

kristal: Sip, la historia de Hans resultó ser realmente impactante. Ahora pueden darse cuenta porque al principio se molestaba tanto con Elsa, pero al final, todas las cosas salen a la luz. :3

J. Marshmallow: Muchas gracias por tus palabras, me encanta que también hayas disfrutado de "Pasión de Invierno", es un fic muy especial para mí. n.n

Ari: Ya sé, la historia de Hans es muy triste, estoy segura de que en el universo canon él también es así por culpa de sus hermanos. Mi gatito pelirrojo. :( Sí, tengo planeado hacer un short-fic Helsa en colaboración con otra autora, cuando acabe BEMT. Ya se enterarán dentro de poco. ;)

Nina: Si pudiera y funcionara, haría una campaña masiva para pedir Helsa en Frozen 2, ¡es mi sueño! xD

SamanTha: Lo sé, fue un capítulo muy intenso el anterior, Hansy tiene muchos problemas pero Elsa es buena para hacérselos olvidar. Respecto al vídeo, estoy segura que tuvo cientos de likes, con ese protagonista tan sexy ¿como no iba a ser así? x3 Ah sí, la tía Frozen está orgullosa de ti por ser una chica mala. ¡Viva el Helsa! Y sí, te recomiendo mucho ver "Buscando a Dory" en cuanto puedas, para mantener el espíritu Helsa bien en alto.

Nos vemos el lunes que viene con otro capítulo lleno de sorpresas, pastelillos. Créanme, se van a impactar cuando lo lean, jojojo. :3