Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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33
Navidad a tu lado
El bullicio de la tienda departamental era algo que nunca pasaba desapercibido apenas iniciaban las temporadas navideñas, incluso comprando con días de anticipación. De cualquier manera, Elsa había olvidado lo complicadas que se ponían las compras durante el último mes del año. Cansada, suspiró mientras recorría con sus ojos azules las prendas expuestas en la sección masculina. ¿Quién diría que hallar un simple obsequio navideño sería tan difícil?
—¡Anímate, Els! Después de comprar nuestros regalos iremos a conseguir chocolate caliente—dijo felizmente la pelirroja que estaba a su lado, examinando los jerseys de punto en una estantería—, no hay nada mejor para olvidarse del frío y de la gente, ¿eh?
—Pero aún no he encontrado ningún regalo que pueda darle a Hans—dijo la platinada con desánimo, desistiendo de mirar los abrigos expuestos cerca de allí—, ya sabes que tengo que esforzarme bastante. Digo, el obsequio de la Navidad pasada no fue exactamente el mejor—recordó frunciendo la boca.
—Al menos le sirvió para quitarse esas estúpidas patillas—dijo Anna levantando un suéter con un patrón de renos tejido encima—, ¡qué bonito! ¿Crees que esto le guste a Kristoff?—inquirió volteando la prenda y colocándola sobre su propia silueta, la cual se quedaba pequeña en comparación.
—Supongo que sí, tiene esa extraña obsesión por los renos que le hará aceptar cualquier cosa que los tenga—volvió a suspirar.
Si no encontraba algo decente pronto, se iba a morir.
—No deberías estresarte tanto por un obsequio, Hans se alegrará con cualquier cosa que tú le des. Ya todos sabemos que está loco por ti—le dijo la pelirroja con una sonrisa soñadora—, lo cual es bastante lindo, ya que tenías razón al decir que es una especie de sociópata, ¡pero esto demuestra como los sentimientos cambian a la gente!
—No es un sociópata, solo tenía muchos problemas que no sabía como canalizar.
—Awww, mírate, ahora lo estás defendiendo. ¿Recuerdas cuando te referías a él como un monstruo manipulador y sin corazón al que querías estrangular? Definitivamente los dos han cambiado mucho.
Elsa sonrió de lado, sabiendo que era verdad. Era increíble como pasaba el tiempo.
—Bien, eso no quita que aún deba encontrarle algo que le guste. Nada de lo que hay aquí me parece muy bueno.
—Ustedes son muy exigentes. Kristoff y yo acordamos no regalarnos nada que sea muy costoso, porque lo más importante es que salga del corazón, ¡así que le voy a tejer un suetercito!
—Anna, tú no sabes como tejer.
—Lo sé, pero compraré uno de estos jerseys y haré como que lo tejí para verme súper habilidosa—la cobriza dobló el suéter que había escogido y se lo puso sobre un brazo—, ¿verdad que soy buena?
Elsa negó con la cabeza sin dejar de sonreír. Su amiga jamás dejaría de ser todo un caso.
—Bueno, vamos a pagarlo entonces y salgamos para seguir buscando, que no creo encontrar nada que me guste—le dijo y juntas se dirigieron a cajas.
Las compras navideñas realmente eran un desafío.
Después de salir de la tienda departamental, encontraron en un local que vendía discos y videojuegos. La platinada se detuvo a analizar unos álbumes clásicos de rock con dubitación.
—¿Crees que alguno de estos le guste a Hans? A él le encanta este tipo de música—habló, al tiempo que tomaba uno entre sus manos y lo examinaba—, aunque nunca me he puesto a mirar los discos que ya tiene, capaz que ya ha comprado alguno de estos. Y hoy en día, ya casi nadie los usa…
—Wow, eso cuesta un poquito caro—la pecosa fijó sus ojos turquesas en el precio con sorpresa—. En serio debes querer mucho a Hans para gastar así.
—Llevo ahorrando todo el mes para comprarle un buen regalo, no quiero darle cualquier cosa—Elsa dejó el álbum en su lugar—, pero es difícil cuando no tienes ni la menor idea de que le podría gustar que no tenga ya.
Ambas abandonaron el local de música dispuestas a buscar en otro establecimiento.
—¿Por qué no le regalas un libro? Dices que le gusta leer tanto como a ti. O quizás algo para cuando se ponga a cocinar.
—Sí, podría ser, lo del libro no suena tan mal.
Ahora se habían detenido en una pequeña isla de rosquillas que estaba dentro del centro comercial para comprar un par de donas glaseadas y algo de chocolate caliente. El aroma de la bebida y los postres era realmente delicioso y les estaba abriendo el apetito.
Se sentaron en una banca a disfrutar de su improvisado almuerzo y de repente, pudieron distinguir a una joven que se acercaba con alegría, cargando varias bolsas en sus brazos.
—¡Hola muchachas!—saludó Rapunzel con entusiasmo—¿También están haciendo sus compras de Navidad?
—Sip, le compré un suetercito de renos a Kristoff, ya que no puedo tejer una mierda. Pero no importa, porque sé que ambos haremos como si yo lo hubiera hecho con mis propias manos.
—¡Qué bien! Yo también estoy comprando regalos para todo el mundo, hoy conseguí varios para los chicos del Patito Modosito—la morena se agachó para sacar una chaqueta de denim de una de las bolsas que había dejado en el suelo—, ¡¿a qué es genial?! Voy a teñirla en casa para que se vea súper alocada. ¡Ya quiero ver el rostro de los muchachos cuando abran sus obsequios!
—¿Y has encontrado algo para Eugene?—inquirió la rubia con curiosidad, viendo como el semblante alegre de la chica se tornaba en uno muy molesto.
—¡Ay, no me hables de ese! ¡Vago sin corazón!—exclamó— ¡Estoy muy enojada con él!
—¿Otra vez?—Anna levantó una ceja y le dio otra mordida a su rosquilla.
—¡Sí! ¡No saben lo que hizo! Le pedí que cuidara a Pascal solo cinco minutos en lo que hacía mis cosas, ¡cinco minutos! ¿Y qué es lo que me encuentro cuando regreso a mi habitación? ¡A mi mascota toda pintada de morado y él grabándola mientras le disparaba con una pistola de agua! "No pasa nada con tu rana, florecita. Estoy haciendo un corto de humor. A las ranas les gusta el agua", me dice el muy idiota—imitó momentáneamente la voz del mencionado, con una mano en la cintura—, ¡Pascal casi se muere del susto! Y ni siquiera le pidió perdón. ¡Espero que ahora esté atormentándose por la culpa! Apuesto a que ni puede dormir, porque yo en su lugar no lo haría.
—Ahm… see—musitó Elsa dándole por su lado.
No creía que fuera buena idea mencionar que el castaño, lejos de mostrarse decaído o angustiado, había estado riendo en casa mientras miraba otra de sus películas de culto clase B y se atragantaba con palomitas.
—¡Ah, pues qué bueno! ¡Bien merecido se lo tiene! ¡El muy insensible!
La albina intercambió una mirada con su mejor amiga. Al parecer la relación de esos dos era mucho más compleja de lo que cualquiera suponía.
—¡En fin!—Rapunzel volvió a sonreír—Veo que ustedes dos picaronas, sí que han estado buscando regalos para sus novios. ¿Tú ya sabes que le vas a regalar a tu querido pelirrojo, Elsa?—cuestionó, mirando a la rubia con las manos en la espalda y una expresión de inocente curiosidad.
—No, de hecho no tengo idea de que es lo que podría darle. Se supone que Anna me ayuda a buscar—miró de reojo a la pelirroja, que en ese momento devoraba de un bocado lo que quedaba de su rosquilla como si llevara días sin comer, manchándose la cara de azúcar glaseada—… pero no he avanzado mucho.
—¡Oh! ¿Por qué no le compras uno de esos audiolibros para ser feliz? Así no estaría tan amargadito a veces.
—Mmm… no, no creo que esa sea buena idea—dijo la blonda.
—Bueno, si quieres yo también te puedo ayudar a buscar. ¡Ya he terminado por hoy! Y tengo toda la tarde libre desde que ese idiota ni siquiera me ha llamado para disculparse—la castaña volvió a cambiar de humor repentinamente—, ¡que insensible! ¿Saben que voy a hacer? ¡Le voy a arrancar su estúpida barba con cera para depilar! O no, mejor con pinzas, ¡a ver si eso le gusta! Y después lo voy a golpear con mi sartén hasta dejarle el culo morado, ¡igual que la pintura que le puso a mi camaleón! ¡Uuuuuy, se acabó el oleó completo, el muy bestia!
Las chicas la observaron con algo de asombro. Rapunzel casi nunca se molestaba por nada pero cuando lo hacía, era una persona de cuidado.
—Hablando del rey de Roma… —Anna se fijó en el joven alto que hacía aparición alegremente entre las personas que iban y venían de las tiendas.
Eugene se dirigió a ellas con su habitual sonrisa de confianza.
—Hey, chicas. Un pajarito me dijo que iban a estar por aquí. De compras ¿eh? ¿Alguno de esos regalos es para mí?—señaló una de las únicas bolsas que Elsa llevaba consigo.
—Sí, pero no puedes verlo todavía—le dijo la aludida dándole un manotazo cuando hizo ademán de mirar.
Hasta el momento, había encontrado regalos para todos en casa a excepción del más importante.
—¿Y tú, florecita? ¿Encontraste algo interesante para tu alma gemela? Porque yo vine especialmente a buscar tu regalo, ¿sabes?—Rapunzel, quien estaba cruzada de brazos, se alejó un paso cuando quiso pasarle un brazo por los hombros y lo miró molesta.
—¡No! ¡Y no me importa que me regales nada!
—Oh vamos Punzie, ¿todavía sigues molesta por lo de tu rana? Ya te dije que solo estaba jugando, a tu mascotita le gustó.
—¡No me llames así! Y es un camaleón, no una rana—la morena le dio un golpecito con su bolso—, ¡aprende la diferencia!
—Amanecimos de malas hoy, ¿eh? Yo sé que te hará cambiar de opinión—Eugene dejó ver la mano que mantenía detrás de la espalda y mostró un pequeño títere de calcetín, bastante mal hecho—¡Vamos Punzie! Perdona a Flynn, perdónalo—imitó una voz chillona al tiempo que movía la marioneta y tiraba del pelo de la muchacha—, ¡voy a robarme tu pendiente!—le dio un tironcito al pequeño arete que colgaba de su oreja y ella le dio una palmada—¡Perdona a Flynn!
La mencionada lo ignoró.
—¡Mira lo que tengo!—su mano balanceó el bolso de la chica frente a sus chicos.
—¡Hey! ¡¿Cómo hiciste eso?!—Rapunzel miró con sorpresa el objeto y luego su hombro, de donde hasta hacia un par de segundos estaba colgando.
—¡Perdona a Flynn, tienes que perdonarlo!—Eugene le apretó la nariz con la mano del muñeco sin dejar de hacer aquella ridícula voz, ante las caras de póquer que mostraban la rubia y la pelirroja, sentadas en la banca.
—¡Basta!
—Flynn no te lo devolverá hasta que digas que lo perdonas, andaaaaa—Rapunzel trató de contener una risa ahogada, sin mucho éxito—. Quiero ver una sonrisaaaa—la trigueña rió, esta vez sin poder evitarlo—¡Ahí está! Te hice reír.
—¡Ay, ya!—la jovencita lo apartó mostrando una amplia sonrisa en su cara—Sabes que no puedo estar enojada mucho tiempo contigo, ¡tonto!—rió y le dio un empujón—¡Vamos a mi casa para caminar descalzos sobre la nieve del jardín!
—Hey preciosa, yo te sigo adonde tú vayas—ya hablando con su voz normal, el muchacho le ayudo a cargar algunas de las numerosas bolsas que llevaba, la tomo de mano y se alejaron andando felizmente y riendo, olvidándose por completo de las otras dos.
Anna se los quedó mirando hasta que desaparecieron, con Rapunzel saltando y halando del moreno.
—¿Tú crees que ellos consuman drogas o algo así?—preguntó.
—Es probable, Eugene dice que hace tiempo que no fuma nada, pero la otra vez encontré una pipa muy extraña en su habitación—Elsa le dio un sorbo a su chocolate.
—¿En su habitación?
—Sí, estaba buscando a mi gato. Marshmallow encontró esa cosa en un rincón del suelo y se puso a olfatearla… andaba muy mimoso ese día—comentó la platinada pensativamente, antes de ponerse a terminar con su rosquilla.
Sus ojos azules recorrieron la línea de tiendas y repentinamente, se abrieron más de lo normal al detenerse en el escaparate de una. Rápidamente se levantó de donde estaba y se dirigió hasta allí, seguida de la colorada.
—¿Elsa? ¿Qué pasa? ¿Viste algo?
—Sí. Creo que acabo de encontrar el regalo perfecto para Hans.
—¿Ah?—Anna miró hacia la vitrina de la tienda y de repente pareció comprender todo—Oh.
La albina sonrió satisfecha. Estaba segura de que esa Navidad, iba a ser la más memorable para los dos.
Dejándose guiar por la cálida mano de su novio que aferraba la suya, Elsa bajó con cuidado las escaleras, en tanto él le rodeaba la cintura con su otra palma para impedir que se cayera. Era difícil ver por donde se iba cuando se tenía una gruesa venda cubriéndole los ojos.
—¿No estarás tramando una broma de mal gusto, verdad?—preguntó con desconfianza, al tiempo que escuchaba una risa maliciosa de su parte.
—¿Cómo crees eso, copito? ¿Qué, ya no confías en mí?—bajaron los últimos escalones—Cuidado, ya estamos abajo.
—No es eso, es que, te dije que no me gustaba mucho festejar mis cumpleaños. No tenías que hacer nada de esto, ¿sabes?
—Dame el gusto, gatita. Es un día especial—el pelirrojo se acercó para hablarle al oído y ella no pudo evitar estremecerse—, no todos los días cumples dieciocho años.
La muchacha fue capaz de sentir el tono sugerente que se ocultaba tras sus palabras y sintió un cosquilleo en el estómago. Ambos sabían lo que eso significaba. Ese día era veintiuno de diciembre y probablemente, el aniversario más importante que tendría en su vida, como su madre le había dicho esa mañana al entrar a su habitación con un pequeño pastel para cantarle el feliz cumpleaños.
Era mayor de edad y ahora, ellos no tenían ningún impedimento para estar juntos… en todas las maneras posibles.
—¿Eso significa que…?
—Shhh—Hans la abrazó delicadamente—, no pienses en nada. Preparé algo muy especial para ti, no me vas a desairar ¿verdad?
La chica negó con la cabeza y se dejó llevar por él, quien hizo que se sentara encima de algo mullido.
—¿En dónde estamos?—le preguntó—La casa está muy sola, ¿verdad?
—Sí, le sugerí a papá que llevara a tu madre al cine y el hippie también salió, así que—se colocó detrás de ella para empezar a quitarle la venda de los ojos—, tenemos la casa para los dos solos.
Aquellas palabras hicieron que a Elsa le diera un nuevo estremecimiento, que le recorrió completamente la columna vertebral. ¿Acaso su hermanastro estaría insinuando lo que se imaginaba?
La penumbra de la biblioteca, apenas iluminada por unas cuantas velas encendidas la recibió.
—Oh—musitó, al mirar con atención la habitación completa.
Las luces apagadas en contraste con el fuego que brillaba en las veladoras le daban un ambiente muy romántico y acogedor, con todos esos libros que tanto amaba apilados en las paredes. Frente a ella, en una pequeña mesa para café habían sido dispuestos dos platos con sus respectivos cubiertos, vasos y servilletas, todo acomodado de manera minuciosa. El colorado también había dispuesto un pequeño candelabro y un florero con tres rosas blancas y unas cuantas nomeolvides de color azul; todas ellas sus favoritas.
—Oh, Hans—murmuró, al mirar todos los detalles que había colocado—, ¿hiciste todo esto para mí?
El aludido le dio un beso en la sien.
—Por supuesto que sí, pequeña—le susurró—. Te dije que esta es una fecha especial, ¿no? Te preparé tu cena favorita y después… tengo otra sorpresa para ti.
—¿Otra sorpresa?—Elsa lo miró con curiosidad—¿Qué es?
—Si te lo dijera no tendría sentido—rió el cobrizo—, no seas impaciente—le dijo tocándole la nariz cuando ella hizo un puchero—, ahora espero que tengas apetito.
—Cuando tú cocinas, siempre—la rubia se acomodó mejor sobre el cojín en el que estaba sentada, al estilo japonés—. Curiosa elección comer aquí, por cierto.
—Imaginé que te gustaría, es más íntimo que el comedor—su novio le dedicó una de sus características sonrisas torcidas antes de salir—, vuelvo en un segundo.
Casi de inmediato regresó llevando consigo un carrito para comida, en el que pudo distinguir un par de fuentes y una jarra con jugo de naranja, del cual se apresuró a servir dos vasos ante la mirada ilusionada de su novia.
—Te ha quedado todo muy lindo—le dijo con una sonrisa.
—Esa era la idea, gatita. Me encanta que te guste—el joven tomó su vaso y lo levantó—. Vamos a brindar, ¿eh? Por tu mayoría de edad.
Elsa ensanchó su sonrisa.
—Por nosotros—dijo ella, chocando su vaso con el suyo y bebiendo un sorbo.
Se dispusieron a comer. El colorado había preparado una cena muy elaborada que enseguida le abrió el apetito. Comenzaron con unos deliciosos espaguetis a la carbonara; sus preferidos, seguidos por pastel de carne y ensalada de hojas verdes y al final, un brownie de chocolate con helado de vainilla.
—Uff—la platinada hizo un gesto de fatiga y se frotó su estómago, imperceptiblemente abultado por la comida—, si sigues alimentándome de esta manera, voy a subir de peso. Y eso no te gustará.
—No digas tonterías, tú nunca podrías dejar de gustarme—le dijo Hans levantándose de donde estaba y yendo hasta ella para tomarla de la mano y hacer que se levantara—. Aunque pensándolo bien, quizá no te haría mal con lo delgada que estás—le rodeo la cintura con los brazos y la acercó a él—, a veces me da la impresión de que te vas a romper.
La blonda puso sus ojos en blanco y sonrió de lado, antes de colocarse de puntillas y besar el borde de sus labios.
—¿Qué hay de mi otra sorpresa—inquirió, relegándose sutilmente contra el duro cuerpo masculino.
Hans rió por lo bajo.
—Estás ansiosa, ¿o no gatita?—le dijo, al tiempo que desplazaba las manos hacia su cintura—¿Antes te importa que hagamos una cosa? Hace tiempo que quiero intentarlo contigo.
—¿Qué?
—Bailar lento—respondió y entonces Elsa frunció levemente el ceño—, vamos, rubita. Será divertido.
—Pero yo no sé bailar.
—Eso no importa—dijo Hans extendiendo una mano hasta el equipo de sonido que se encontraba cerca de ahí—, tú solo deja que yo te guíe.
—¿No es un poco ridículo ponernos a bailar aquí, los dos solos?
—¿Ridículo, por qué? Somos dos novios disfrutando de un baile—una conocida balada comenzó a sonar y ella se mostró sorprendida—, ¿recuerdas esa canción?
—¡Es la misma que pusieron en mi baile escolar! Como olvidarla—Elsa levantó una de las comisuras de su boca con deleite—, fue la primera vez que te vi de esmoquin. Te veías muy guapo.
—Eso ya lo sé—dijo él con presunción—. No sabes lo que sentí cuando te vi bajar de tu habitación con ese vestido. Ahí me di cuenta de que eras la chica más hermosa a la que había visto, Elsa.
La muchacha ocultó su ruborizado rostro en el hombro de Hans, mientras cerraba sus ojos y dejaba que la balanceara al ritmo de la música. Lo único que quería era hacer durar ese momento, con sus brazos apretándola suavemente y el aroma de su colonia filtrándose por sus fosas nasales, todo eso haciéndola sentir más cálida que nunca.
Cuando la canción terminó, el colorado se apartó suavemente de ella y la observó con una expresión socarrona bailándole en la cara.
—Creo que ha llegado la hora de que recibas tu sorpresa, copo de nieve. Vamos afuera.
—¿Afuera?—Elsa alzó una de sus cejas rubias.
—Que mejor que puedas estrenar el regalo que te dio papá, ¿no? Ya sabes conducir perfectamente.
—Todavía no he sacado la licencia—dijo ella jugando con sus manos y ocultando la felicidad que la embargaba al poder estar al volante.
—Eso no importa, vamos a ir muy cerca de aquí—Hans le tomó la mano y la llevo hasta el garaje, en donde estaba guardado el obsequio más grande que había recibido jamás.
Esa misma tarde, la chica se había puesto eufórica cuando su madre y su padrastro le habían desvelado el Mini Cooper descapotable de color azul que habían comprado para ella. En una acción muy poco propia de ella, había abrazado a ambos adultos y se había pasado el día entero dando vueltas alrededor en su nuevo vehículo. No veía la hora de usarlo para ir a la universidad.
—Pero adónde vamos, dime—lo urgió la platinada mientras ingresaban en el vehículo, ella agitando sus llaves con emoción.
—No comas ansias, gatita. Solo dirígete al parque ¿sí?—Hans se sentó a su lado y luego miró alrededor—, ¿estás segura de que te gusta esto? Es muy pequeño aquí, apenas quepo.
—Eres demasiado alto, echa el asiento hacia atrás.
—En serio Elsa, este coche parece hecho para alguien del tamaño de tu amiguita la hobbit, no eres tan bajita—la albina le dio una palmada en el hombro al escucharlo referirse a Anna—, hay más espacio en el mío.
—Tendrás que acostumbrarte—le dijo ella encendiendo el motor—, ¿listo?
—Sí.
Se pusieron en marcha y al llegar al parque, la platinada se estacionó en una esquina, aún sin comprender. Su novio sacó de su bolsillo la misma venda que había usado para cubrirle los ojos y ella frunció los labios.
—¿Es en serio?
—Vamos copito, te dije que sería una sorpresa.
Con reticencia, permitió que le volviera a vendar los ojos y que la ayudara a descender del carro, llevándola de la mano por la calle. Si alguien pasaba por ahí de seguro le estarían dando un espectáculo.
Elsa escuchó como abrían una puerta y el sonido de una campana que se le hizo familiar, aunque no supo discernir de donde…
—¡Sorpresa!—el fuerte gritó que resonó por todo el lugar la sobresaltó, apenas la venda fue retirada de sus ojos.
El Lucky Cat café se encontraba decorado de una manera por demás festiva, con varias lámparas de colores que colgaban del techo y copos de nieve de papel plateado esparcidos en todas partes. Las mesas también habían sido adornadas con centros de mesa de motivos invernales y en la barra se podía apreciar un enorme pastel de chocolate, junto con unos cuantos bocadillos y sodas.
—¡Feliz cumpleaños, amiga!—Anna apareció en frente suyo y le dio un fuerte abrazo que interrumpió su contemplación—¡Ya eres mayor de edad! ¿No estás emocionada?
—A-Anna… me estás asfixiando—musitó la rubia entrecortadamente.
—¡Oh! Ups, je je je je je—la colorada aflojó sus brazos y la dejó nuevamente en el suelo, de donde había logrado levantarla unos cuantos centímetros—, ¡lo siento!
Definitivamente esa muchachita nunca iba a dejar de sorprenderla con su enorme fuerza.
—Sé que no te gustan mucho las celebraciones, pero este era un día demasiado especial como para seguir ignorándolo, ¡así que te hicimos una fiesta!—prosiguió la pecosa sonriendo inocentemente—Solo cumples dieciocho años una vez en la vida.
—Así es, Barbie. Así que más te vale que no vayas a renegar y que lo disfrutes, ¡o voy a meterte este pastel por ese pálido culo que tienes!—exclamó Mérida desde detrás de la barra, ocasionando las risas de todos y recibiendo una mirada fulminante de Anna.
Elsa sonrió y volvió a mirar alrededor, reparando en cada una de las personas que se encontraban ahí.
—No sé qué decir, nunca antes me habían hecho una fiesta sorpresa—dijo—, muchas gracias a todos.
—No tienes nada que agradecer—le dijo Kristoff—, en todo caso, agradécele a Anna, ella fue quien tuvo la idea de organizar todo esto—extendió una de sus manazas y despeinó a la cobriza, quien lo miró sonriente.
—Creo que la cumpleañera tiene que probar su pastel—Tadashi fue hasta la barra y tomó el postre, que curiosamente estaba adornado con unas cuantas cerezas, virutas de chocolate blanco y crema que formaban la cara de un muñeco de nieve—, Punzie nos hizo el favor de hornearlo y decorarlo. Es una artista.
—Je je je je, ¡me sonrojas!—exclamó la castaña.
—Pues algo de provecho tenía que poder hacer, aparte de andar descalza por ahí con ese hippie—dijo el pelirrojo con cizaña, haciendo que Eugene tomara un servilletero cercano y se lo lanzara a la cabeza.
Hiro surgió de un rincón del café llevando unas cuantas velitas y colocándolas en el pastel. El chiquillo le sonrió a la rubia y ella le correspondió el gesto.
—Bueno, tienes que pedir un deseo Elsa—le dijo Olaf poniéndose de pie a un lado de la festejada, mientras tomaba asiento frente al postre y Anna se ubicaba a su otro costado—, ya sabes como es esto.
La platinada se quedó contemplando las velitas que eran encendidas lentamente por Tadashi, pensando en que se suponía que podría desear. Para ella, todo en su vida por fin estaba en orden y tomando el curso que debía tomar. Tenía más amigos de los que en un principio se imaginaba, una familia más grande y maravillosa y por sobre todas las cosas, el cariño de un muchacho que aunque tenía sus defectos, también era la persona más fascinante a la que conocía.
Por primera vez sentía que no le hacía falta nada.
"Desearía que las cosas fuesen siempre así", pensó, al tiempo que soplaba sobre las velitas apagándolas y recibiendo aplausos de todos.
Elsa frunció el ceño al mirar como la última de las velas permanecía encendida y sopló de nuevo con fuerza, sin conseguir que se apagara.
—¡Ja! Vela de broma, Els. Deberías ver tu cara en este instante—le dijo Eugene apuntándola con su cámara, mientras Hiro reía a su lado—, no es como si no la fueras a ver después de todos modos. ¿Unas palabras de la cumpleañera?
—Ay Flynn, que malo—lo regañó Rapunzel.
El castaño recibió una colleja del colorado.
—¡Ya te enseñaré a hacerle bromas a mi chica, pelmazo!
La platinada se ruborizó intensamente al escucharlo. Aunque ya todos supieran de lo suyo, aún debía acostumbrarse a ser tratada como su novia enfrente de los demás. Quien lo hubiera dicho.
Anna retiró la última vela y le pasó un cuchillo para que cortara una rebanada de pastel, siempre sonriente. Elsa le devolvió el gesto y comenzó a servir unas cuantas porciones.
—¡Apúrense con eso, muñequitas de plástico! Tengo hambre—escuchó rugir a Mérida.
Alguien puso música y una animada canción comenzó a sonar. En menos de un minuto, la reunión en el café pasó a convertirse en una fiesta no tan alocada como la última en la que habían estado, pero sí bastante ruidosa.
Elsa tomó un sorbo de su soda de manzana y fue a encontrarse con su hermanastro, que se encontraba de pie cerca de la barra, sosteniendo un plato con un trozo de pastel. Durante la última media hora se había dedicado a observar como era felicitada y abrazada por todos de un rincón a otro.
Hans la sonrió arrogantemente.
—¿Te estás divirtiendo, princesita?
—Sí, mucho—admitió ella—. No me esperaba algo como esto.
—Ya sé que no eres de fiestas, pero la enana insistió y tuvimos que seguirle la corriente—Hans se encogió de hombros—, me dijo hasta el cansancio que tenía que arreglármelas para traerte hasta aquí. Entre ella y el grandote hicieron todos los preparativos. Ese nerd les prestó el lugar y la hippie lo decoró todo, cuando quiere hace bien las cosas—se llevó un bocado de tarta a la boca—, como este pastel, que por cierto, me extraña que no te estés devorando como lo hace esa hobbit—señaló a Anna, que al otro del local comía de su propia porción como si no hubiera probado bocado en días.
—Está delicioso, pero después de todo lo que preparaste tú, no creo tener espacio para nada más—Elsa tomó una servilleta de la barra y le limpió la comisura de la boca, manchada con chocolate—. De veras la estoy pasando muy bien—le confesó, sonriéndole de manera dulce.
—Me alegro y se va a poner mejor—el cobrizo se inclinó hacia ella y le retiró un mechón rubio del rostro—, ven, quiero mostrarte una cosa.
La tomó de la mano y la guio hasta la pequeña cocina del local, que estaba completamente en penumbras. Elsa levantó una de sus delicadas cejas y sonrió de lado.
—¿Aquí? ¿Por qué tanto misterio?—se puso frente a él y se pegó a su cuerpo con una expresión traviesa—¿Acaso quieres portarte mal?
Hans la recibió gustoso cuando se paró en las puntas de sus pies para besarlo, rodeándole la cintura con los brazos y respondiéndole con intensidad. El sonido de sus labios chocando inundó por completo la solitaria estancia, sobre el eco de la música proveniente del café.
Cada vez que la tomaba de esa manera se le hacía más difícil controlar sus hormonas y todas las reacciones que le provocaba.
—Dios, eres increíble—musitó el bermejo con la voz ligeramente enronquecida al separarse—, pero tranquilízate, no te traje aquí para eso. Esas cosas pueden esperar.
—Que sorpresa que tú digas eso—ronroneó Elsa acariciándole el cabello con las manos y haciéndole experimentar un escalofrío.
—Tengo en mente algo más especial para ese momento—murmuró él acariciándole una mejilla—, pero ahora… —se apartó suavemente y buscó algo debajo de un anaquel, al tiempo que encendía una luz.
Elsa lo vio sacar un paquete alargado y cuidadosamente envuelto en papel de fantasía de color azul, que le extendió.
—Feliz cumpleaños, copo de nieve—le deseo, mientras ella tomaba el regalo.
—¿Un obsequio? ¿Después de todo lo que hiciste hoy? Hans, no debiste…
—Déjate de cosas y ábrelo, gatita. Lo escogí especialmente para ti.
Elsa se apresuró a abrir el paquete, topándose con una caja de cartón. La abrió y ahogó una exclamación de asombro al ver lo que había en el interior. Una caja rectangular de color azul pálido, con una rosa dorada tallada en la tapa y detalles del mismo metal en las esquinas. La extrajo para verla de cerca.
—¿Un alhajero?
—Una caja de música—le explicó el pelirrojo extendiendo una mano y abriéndola, para dejar salir una dulce melodía—. No me preguntes por qué, pero en cuanto la vi supe que te gustaría.
—Me encanta, es muy linda—Elsa acarició los bordes de la caja con fascinación–, ¿dónde la conseguiste?
—La tienda de antigüedades del centro comercial. El encargado me dijo que supuestamente la habían traído de Dinamarca, al parecer la encontraron en un castillo o algo así… qué se yo, no hago mucho caso de esas cosas.
—Debió costarte muchísimo.
—No, no demasiado. Además—la tomó de la barbilla y le alzó la cara con delicadeza—, nada es suficiente para alguien como tú.
—Oh, Hans—la joven lo miró con ojos brillantes, dejándose llevar por la melodía que emanaba de su regalo.
Era tan dulce…
—Wow, no me digan que van a tener relaciones aquí o algo por el estilo. Nunca más volvería a comer nada en este café—la voz que se escuchó desde el umbral de la puerta los sobresaltó. Mérida estaba de pie allí con su teléfono en mano—, ¿qué crees, Barbie? Lars ha llamado para desearte un feliz cumpleaños, no querrás hacerlo esperar.
Elsa tomó con sorpresa el celular y contestó.
—¿Hola?
—¡Hey, hermanita! ¿Cómo va todo? ¡Bienvenida a la mayoría de edad!—se escuchó al otro lado de la línea—¿Estás lista para descontrolarte?
La rubia rió ligeramente.
—Eso creo. Gracias por acordarte.
—Mientras Facebook este allí para recordarnos lo que es importante, recibirás mis llamadas. Y no te preocupes, enviaré tu regalo en un par de días; estuve buscando como loco.
—Ay, no tenías que hacerlo, de verdad.
—No, no, no, en serio Elsie, somos de la familia, ¿no? ¿Cómo está el pequeño Hansy? ¿Todo bien por allá?
La blonda volvió a soltar una risa y miró a sus acompañantes.
—Disculpen—dijo, antes de retirarse un poco para seguir hablando. Presentía que esa conversación se iba a explayar un poco.
El colorado la siguió con la mirada.
—Quita esa cara de borrego muriéndose, principillo. Pareces un idiota—se burló Mérida.
—Al menos lo nuestro no se basa en darnos palizas el uno al otro, como tú haces con mi hermano, pequeña bestia.
—Eso dices tú, no sé que mañas tengan ustedes. Ay, el amor—la pelirroja se recargó desenfadadamente contra uno de los gabinetes—, esa mierda funciona de maneras extrañas, ¿no crees?
Al mirar a lo lejos como su novia sonreía y se paseaba de un lado a otro con el teléfono en la mano. Hans no pudo evitar estar de acuerdo.
La mañana del veinticinco de Diciembre se anunció fría y en medio de canticos navideños. Como ya era costumbre en casa, todos bajaron a la sala de estar para abrir los regalos que se encontraban debajo del árbol. Un montón de paquetes de todos los tamaños envueltos en papel de diversos colores yacía esparcido sobre la alfombra; que pronto se vio llena de envolturas.
Las exclamaciones de sorpresa y agradecimientos fueron todo lo que se escuchó en la estancia por un buen rato, en el que la familia completa se sentó aún con sus ropas de dormir para disfrutar del momento.
Sentada en flor de loto cerca del árbol como lo hiciera hace un año y todavía envuelta en su bata de color azul, Elsa tomó una caja adornada con papel plateado. Era el único obsequio que le faltaba por abrir y la etiqueta con su nombre prolijamente escrito, le indicaba claramente de parte de quien era.
Tratando de evitar ruborizando y con el corazón latiéndole fuertemente, quitó cuidadosamente en envoltorio de fantasía y abrió la caja que había debajo, descubriendo en el interior un par de patines nuevos para el hielo.
—¡Oh, cielos!—exclamó con fascinación, sacándolos del paquete para examinarlos.
Nunca en su vida había tenido unos tan bonitos. Cada detalle denotaba elegancia y calidad. Las navajas en la parte inferior relucieron cuando los alzó para verlos mejor.
—¡Oh hija, son preciosos!—detrás de ella, su madre también se quedó admirada con el presente—Si pudiera haberte comprado unos así antes… que lindos que son…
La rubia dibujo una sonrisa radiante en su rostro y lo alzó para mirar a su hermanastro, que estaba sentado en silencio sobre el sillón cercano a la chimenea. Sus ojos brillaron al mirarlo.
—Muchas gracias, Hans—le dijo—. Son hermosos.
Por toda respuesta, el pelirrojo le devolvió la sonrisa cálidamente, mientras ambos se observaban con embeleso. Fueron obligados a romper el contacto visual gracias al carraspeo que Eugene, apostado al otro lado del árbol, hizo para que no levantaran sospechas ante sus padres.
La albina volvió a bajar la vista ruborizada y se dedicó a seguir admirando su obsequio.
No volvió a mirar a Hans sino hasta que los mayores se hubieron retirado a preparar el desayuno y recién entonces, se dio el chance de ir hasta él y plantar un beso en su mejilla con ternura.
—¡Gracias! ¡Están preciosos!
—Los escogí especialmente para ti, gatita.
—Y a mí solo me regalaste un par de jerseys, ¡que tacaño, viejo!
—Mejor di que te di algo, hippie. Porque me has estado rompiendo tanto las bolas este año, que estuve tentado a no comprarte nada—le tono de voz del pelirrojo cambio drásticamente del suave que empleaba para con ella, al sarcástico que siempre reservaba para Eugene.
—Bah, te encanta mi presencia, no lo niegues—el castaño recogió algunos de sus obsequios y se aprestó a salir de la habitación—. Mejor me voy a dar un baño, aún tengo que ir a buscar a Punzie para darle su obsequio—se detuvo en el umbral y se volteó para mirarlos con picardía—, no vayan a portarse mal hoy, tortolitos. No voy a andar cerca para vigilarlos.
Soltó una risa y desapareció rumbo a su dormitorio.
Elsa se volvió de nuevo hacia su novio y, aprovechando que estaban solos, lo beso rápidamente en los labios.
—Tengo algo especial para ti—anunció.
—¿Algo más? Creí que con el libro y esta bufanda que me diste era suficiente—el cobrizo se arregló alrededor del cuello la prenda de color azul marino sin dejar de mostrar su sonrisa arrogante.
—Esos son obsequios simples. Yo quiero darte algo mejor.
—Sabes que cualquier cosa que tú me des es especial, copito.
No obstante, Elsa alzó una de las comisuras de sus labios y sacó algo del bolsillo de su bata.
—¿Es eso un USB?
—Una grabación, la hice en el centro comercial—la platinada le puso el pequeño dispositivo en la mano—, ¿quieres escucharla? La hice especialmente para ti.
Con curiosidad, el bermejo le extendió la otra mano y ella la tomó para subir juntos hasta su habitación, en donde él conectó la memoria a su laptop para poder escuchar la única pista de MP3 que había dentro.
Una versión de Stairway to heaven comenzó a hacer eco a través de los altavoces, entonada por la melodiosa voz de la muchacha. Hans escuchó con fascinación como la canción que tanto le gustaba, sonaba perfecta en boca de la rubia. La primera vez que la había escuchado cantar, también se había quedado maravillado.
—Eres tú—musitó, emocionado y sorprendido al mismo tiempo.
Elsa rió por lo bajo.
—Sé lo mucho que te gusta esa canción y desde que me la mostraste no me la he podido quitar de la cabeza. Quería cantarla para ti.
—Es hermoso. Cantas como un ángel.
La chica bajo la mirada sonriendo con timidez.
—Ahora esta canción me gusta más—sintió al colorado acercarse por un costado y tomarla de la cintura—, pero lo que deberíamos hacer ahora, es ir a que pruebes esos patines. Estoy ansioso por verte en el hielo.
Elsa volvió a mirarlo con ansias.
—¡Claro que sí!
Su novio rió al ver la emoción que aquello le provocaba. Parecía una niña pequeña cuando se trataba del patinaje.
Una hora más tarde se encontraban en el centro comercial, encaminándose a la pista de hielo y con la chica llevando orgullosamente sus patines en el bolso. No podía esperar a usarlos en el hielo.
Se detuvieron a mirar el escaparate de una tienda de música, justo cuando dos muchachas salían de la misma. Una de ellas miró en su dirección y sonrió.
—¡Elsa, hola!—el colorado se tensó al escuchar esa voz.
No otra vez, suplicó para sus adentros.
La platinada volteó y pareció experimentar la misma reacción, antes de contestar educadamente.
—Hola… feliz Navidad—deseó con algo de duda en su voz.
—Feliz Navidad, no pongan esas caras, hasta parece que no les da gusto verme—Aurora rió secundada por la chica que la acompañaba, una guapa rubia de ojos azules a quien traía tomada de la mano.
Al parecer las rubias eran lo suyo.
—¿Cómo estás Hans? Veo que te encuentras mucho mejor desde la última vez que nos vimos, ¿recibiste mis galletas?
—Estaban asquerosas. Me enfermé del estómago por probar esa porquería.
—Que mal, las había hecho con la mejor intención, tal vez me pasé con la canela—miró a su acompañante y ambas volvieron a reír traviesamente, haciendo el joven las fulminara con la mirada—, pero no me veas así, te juro que no hice nada. ¿Todavía desconfías de mí? ¿Qué no ves que traigo compañía?—señaló a su pareja, cuya blonda cabellera era de un tono menos intenso que la suya—Ella es Ella, mi novia.
—Hola—saludó la mencionada, sonriendo animadamente.
—Y ella es Elsa, la chica de la que te hablé antes y su… hermanastro—dijo Aurora sin quitar su sonrisita socarrona ni sentirse intimidada por como la asesinaban los ojos de jade que tenía en frente.
—Hermanastro, yo sé de eso, tengo dos en casa—el gesto alegre de Ella se transformó en uno de desdén—. Perras.
—Sí, son unas jodidas brujas, hay que darles una lección—coincidió su pareja—. ¿No te apetece acompañarnos, Elsa? Podría ser divertido—la invitó, disfrutando de como la molestia del cobrizo se hacía más evidente con ello.
—¡Oye! ¿Qué te dije de acercarte a ella, maldita oxigenada?—protestó Hans.
—¿Qué? Solo le hice una invitación—Aurora pestañeó inocentemente—, no tiene nada de malo. Si quieres hasta tú puedes venir, por si las cosas se ponen interesantes. ¿Te lo imaginas? Un trío entre rubias, hasta te dejaríamos ver y todo—le guiñó un ojo—, ¿a poco no te da morbo?
Aurora y su novia volvieron a reír, esta vez con menos decoro, mientras la platinada solamente enrojecía y desviaba su mirada incómoda.
—Agh, en serio eres una golfa—espetó Hans desagradablemente.
—Bueno ya, era una broma principillo, tienes que enseñarle a tu hombre a no tomarse las cosas tan a pecho, Els. Cada día está más amargado.
—Es una lástima, con lo guapo que es—dijo Ella y entonces ambas rieron una vez más, como si alguien les hubiera contado un chiste que solo ellas podían entender.
El cobrizo puso los ojos en blanco y Elsa frunció el ceño, ¿es que esas dos no tenían nada mejor que hacer?
—En fin, ya nos vamos, tenemos muchas cosas que hacer. Pero que conste que mi oferta sigue en pie, por si algún día les apetece—bromeó Aurora.
—Oh, sería estupendo. Tu amiguita es tan adorable—dijo Ella con descaro, recorriendo rápidamente a la albina con la mirada.
Elsa sintió como le subían de nuevo los colores al rostro, al tiempo que las observaba alejarse abrazadas y en medio de risas. A veces le parecía que ese mundo moderno iba demasiado deprisa para ella.
—Que par de zorras—masculló su novio volviendo a mirar la vitrina con el ceño fruncido, donde un vinilo de música rock había llamado su atención con anterioridad.
—No les hagas caso, vamos a patinar—Elsa se colgó de su brazo y prosiguieron hacia su destino.
La pista de patinaje, sorprendentemente y para tratarse del día de Navidad, no se encontraba tan abarrotada como de costumbre. Alrededor del lugar podía observarse a personas de todas las edades que patinaban (o al menos lo intentaban) con bastante alegría.
Elsa terminó de atarse sus patines nuevos para el hielo, mirando con ilusión como le calzaban. Eran por mucho, los más bonitos que había tenido jamás.
—Te quedan bien—la alentó su novio, sentado frente a ella y mirándola con una sonrisa de lado—. Te ves linda.
—Son preciosos—dijo la rubia, alzando uno de sus pies y observándolo con aprobación—y se sienten genial. Debieron costarte una fortuna.
—Eso no importa, copito. Tú te mereces solamente lo mejor, además—Hans ensanchó su sonrisa con presunción—, a mí también me gusta como te quedan. Tienes unos pies muy bonitos, ¿lo sabes?
La muchacha soltó una risita y se levantó de donde estaba para ir hacia él y tenderle una mano.
—Bueno, es hora de probarlos. ¡Vamos a la pista!
—Aguanta un minuto, gatita. No estoy seguro de esto, nunca he patinado—el pelirrojo frunció un poco el ceño y miró hacia sus propios patines, que había rentado en el lugar y se había puesto sin mucha seguridad—, mejor ve y yo te miro desde aquí.
—Vamos Hans, ya los pagaste, tienes que intentarlo—la chica le tomó una mano y trató de tirar de él para hacer que se levantara—, ¡será divertido!
—¿Qué tal si me caigo ahí enfrente de todos?
—No serías el único—comentó Elsa con una risita, que hizo que él la mirara con una ceja arqueada—. Anda, te prometo que no te dejaré caer—se inclinó para hablarle de cerca, con esa sonrisita a la que sabía que no se podía resistir.
Sin más, se levantó y salieron tomados de la mano a la pista, en donde tan pronto como la joven sintió el hielo bajo sus pies hizo ademán de ir más rápido, pero después se vio restringida por el fuerte apretón que le dio su acompañante.
—¡Woah! ¡No tan rápido, sabandija! Recuerda que yo nunca he hecho esto—Hans se aferró a su mano mientras que con la otra se agarraba de una de las paredes que rodeaban el lugar.
—¿Nunca?
—No—respondió él arrugando el entrecejo y mirando con desconfianza alrededor.
Aunque algunos de sus hermanos mayores habían jugado hockey o patinado sobre hielo, a él siempre le había dado miedo caerse y bueno… tampoco era como si alguno de ellos le hubiera querido enseñar alguna vez.
—No te preocupes, es fácil. Suéltate de ahí—Elsa lo hizo soltar la pared con algo de reticencia y le tomó ambas manos entre las suyas—, ven, sígueme. Mueve tus pies despacio, como si caminaras. Eso es.
Hans hizo lo que le indicaba, sintiéndose más ligero poco a poco. El hielo bajo sus patines se sentía resbaloso, pero el agarre que la blonda tenía sobre él lo hacía sentirse completamente seguro.
Después de todo, había visto como ella patinaba cientos de veces y el hielo parecía ser su elemento. Era fantástica cuando se desplazaba sobre él.
—¿Quieres que vayamos un poco más rápido?
—Está bien—Elsa volvió a halar de él y juntos dieron una vuelta, riendo.
El joven jamás se había imaginado que algo tan simple como patinar pudiera sentirse tan bien. Bueno, tenía que serlo cuando contaba con la ayuda de tan linda compañera de patinaje.
—¿Lo ves? Es muy sencillo—la chica volvió a girar arrastrándolo con ella y le soltó una mano.
—¡No me sueltes!—exclamó él con algo de inquietud.
Todavía no se sentía listo para intentarlo solo.
—Relájate, todo está bien—Elsa le sonrió dulcemente—. No puedes aprender si no te caes unas cuantas veces.
—No quiero caerme, no me vayas a soltar—repuso Hans con seriedad.
Siguiendo el ejemplo de tantas otras parejas, patinaron dándole varias vueltas a la pista, siempre tomados de la mano. El colorado clavó sus ojos esmeraldas en la platinada, dejándose llevar por ella. Se fijó en su cabello que se agitaba con la velocidad a la que iba, dejando que los mechones que escapaban de su trenza le acariciaran el rostro, en su perfil que mostraba una sonrisa infantil y preciosa, en cada uno de los detalles que no se cansaba de observar día a día; su pequeña y respingada nariz, las diminutas pecas que le poblaban los pómulos, su pequeña boca rosada y sus espesas pestañas… cuanto la amaba.
Elsa volteó a verlo con los ojos brillándole de alegría y sintió como su corazón latía rápidamente.
—¿La estás pasando bien?—le preguntó.
—Mucho—contestó Hans, volviendo a esbozar una sonrisa embobada al contemplarla—, eres asombrosa patinando. Podría mirarte todo el día.
La muchacha se ruborizó y bajó la mirada, sin dejar de sonreír.
—Los patines que me regalaste son excelentes, me muero por venir a usarlos todas las vacaciones—le confesó—, unos días más y estarán listos para hacer piruetas con ellos.
—¿No puedes hacerlas ahora?
Elsa rió por lo bajo.
—No, primero tengo que ablandarlos un poco o podría lastimarme. Cosas del patinaje.
—Sabes bastante de esto—le dijo él con admiración—, no sé porque no continuaste nunca con tus competencias. Pareces un ángel sobre el hielo.
—Es lo más bonito que me han dicho cuando estoy patinando—dijo Elsa—. Patinar en serio es algo muy exigente y no sé… no estoy segura de haber podido manejarlo con la escuela y todo eso. Prefiero disfrutarlo como una actividad que hago para relajarme.
—Y no hay nadie que lo haga mejor tú, princesa. Eres maravillosa.
El color en las mejillas de la aludida aumentó, pero se le notaba más que agradecida por el cumplido.
—Cuando aprendas a patinar bien, podremos hacer muchas cosas juntos.
—No creo que pueda aprender a hacerlo igual de bien que tú—Hans rió con algo de ironía—, pero para mí siempre estarán las bancas. Desde allí podré mirarte bien.
—Vamos, al menos trata. Eres atlético, no hay ninguna razón para que no puedas aprender una o dos cosas.
El bermejo hizo un gesto engreído al escucharla. Tal vez le tomara la palabra.
—Creo que ya le agarraste el truco. ¿Quieres intentarlo tú solo?
Hans lo pensó un momento, antes de asentir. Disminuyeron la velocidad y la chica lo soltó lentamente, permitiendo que patinara solo. Así lo miró andar, con la mirada fija en sus patines y un gesto de concentración.
—¡Mírame!—exclamó con orgullo.
—¡Lo estás haciendo!—Elsa dio una vuelta y se colocó frente a él, patinando hacia atrás con soltura y contemplándolo con felicidad.
—Esto no es tan difícil—dijo él, yendo un poco más rápido.
—Te lo dije, yo… ¡cuidado!—la rubia se lanzó hacia él justo cuando lo vio resbalar para tratar de detenerlo, pero solo consiguió chocar contra su duro abdomen y verse arrastrada al suelo a su lado.
Hans liberó un aullido de dolor al sentir su costado y su codo golpeándose contra el hielo, pero luego su atención se enfocó en su novia, que había caído encima suyo. Había tratado instintivamente de colocarse debajo para amortiguar su caída.
—¿Estás bien? ¿Te lastimaste?—inquirió preocupado.
En torno a ellos, la gente seguía pasando como si nada hubiera ocurrido, algunos mirándolos con curiosidad y un par esbozando sonrisitas burlonas y pasando de lado.
Elsa alzó la cabeza y le dedicó una sonrisa tranquilizadora, aunque por su semblante se adivinaba que también la caída le había dolido un poco. La vio sacudir su cabeza y acomodarse mejor el gorro de lana azul sobre su melena aperlada.
—No te preocupes, no ha sido nada—le dijo—. Hacía mucho que no me caía sobre el hielo… desde aquella vez cuando fuimos a acampar al fiordo.
Ambos rieron acordándose del accidente. En ese entonces, todavía no se soportaban.
—Lo siento—se disculpó Hans.
—No te apures. Ya aprenderás. Vamos a venir a practicar seguido.
—No estoy seguro de que me agrade esa idea.
—Pues tenemos que, pienso gastarme estos patines y tú me vas a ayudar a hacerlo—Elsa se inclinó para darle un beso en la punta de la nariz—, no dejarás que venga yo sola.
—Si haces eso cada vez que me caiga, me lo pensaré. Necesito algo para soportar el dolor.
La sonrisa de la adolescente se ensanchó hasta volverse un gesto lleno de malicia y picardía y, sin importarle que estuvieran estorbando a media pista, se volvió a acercar para besarlo de manera más intensa en los labios.
Hans le correspondió y le colocó una mano en la nuca para intensificar el contacto, mandando a la mierda las miradas indiscretas que pudieran recibir.
No había nada mejor que aquello.
Regresaron a casa observando la caída de la nieve a través de las ventanas del auto de Elsa, mientras la alegre versión rockera de un villancico hacía eco en la radio y más felices de los que les había parecido sentirse en días. El pelirrojo alternaba su mirada de jade entre el paisaje nevado y su novia, que conducía con toda la precaución que le era posible de camino a casa.
—Ten cuidado, copito. El asfalto se puede poner muy resbaloso.
—Lo sé, descuida—la rubia negó con la cabeza y sonrió divertida.
A veces Hans se preocupaba demasiado cuando ella conducía. No era por nada pero se había vuelto muy buena al volante.
Ingresaron al jardín y dejaron estacionado el auto en el garaje, antes de apearse riendo y tomados de la mano. Antes de entrar al recibidor se miraron traviesamente y Hans se inclinó para besarla de manera larga e intensa; sus padres estaban adentro y seguramente querrían pasar esa tarde en familia, por lo que no iban a tener mucho tiempo a solas. Había que aprovechar.
El sonido de pasos aproximándose los hizo separarse apresuradamente y con las mejillas sonrojadas. La puerta de acceso se abrió e Idun apareció en el umbral con un semblante serio. Sus ojos denotaban más frialdad que nunca.
—Ya han llegado—dijo, sin la calidez que la caracterizaba—. Entren. Tenemos que hablar.
La manera tan escueta en que su madre se dirigió a ellos hizo que a Elsa se le fuera el color del rostro. ¿Acaso se habrían enterado de lo que sucedía entre ambos? ¿Iban a reclamarles por lo que tenían? ¿Cómo lo habían averiguado?
Antes de que pudiera decir nada, su madre se alejó en dirección a la sala de estar. Preocupada miró a su hermanastro, quien también tenía un gesto de consternación.
Hans le devolvió la mirada y asintió con la cabeza como tratando de decirle que todo estaría bien, al tiempo que le rodeaba los hombros con un brazo y la instaba a ir. Fuera lo que fuera lo que sus padres tuvieran que decirles, tendrían que defenderse con lo mejor que tuvieran.
Elsa nunca había estado más nerviosa. Se encontraba elucubrando una serie de explicaciones en su cabeza cuando entraron en la estancia y entonces, frunció el ceño.
Sus padres no se encontraban solos.
Adgar se encontraba sentado en el sillón individual cerca de la chimenea, mientras su esposa se recargaba en uno de los apoyabrazos, con la expresión más tensa que le había visto jamás. Al otro lado y ocupando el elegante sofá, una pareja de ancianos se volvió para mirarlos y concentró toda su atención en ella.
El hombre, de complexión rolliza y una prominente nariz, denotaba una calva con mechones de cabello rojizo a los costados y tenía la mirada verdosa. La mujer por otra parte, era más delgada y tenía su cabello grisáceo recogido en un elegante moño. Los dos vestían ropas de invierno que a juzgar por el aspecto, parecían ser bastante finas y no dejaban de mirarla. La anciana le susurró algo a su compañero, observándola con una especie de admiración que a ella le incómodo.
—Pasen, por favor—su padrastro les indicó que se acercaran—, siéntense.
Los jóvenes tomaron asiento juntos en el sillón, sin saber como reaccionar. Aparentemente lo suyo seguía siendo un secreto.
—Oh, Kai—la mujer volvió a hablar, esta vez en un tono más audible—, mírala. Tiene el mismo porte que él…
El aludido colocó una de sus gruesas manos sobre la de ella, quien parecía a punto de echarse a llorar. Elsa arrugó el ceño con mayor incomodidad y miró a su madre.
—Mamá, ¿qué pasa?—inquirió con inquietud.
Odiaba ser el centro de atención ante alguien que no conocía.
Idun le rehuyó la mirada por un momento, con uno de sus codos apoyado sobre la mano izquierda y la mano derecha cerca de su boca, en un ademán nervioso. Finalmente, sus ojos conectaron con los de la chica y suspiró.
—Tenemos que hablar, Elsa—repitió—. Hay algo que tengo que decirte.
La muchacha se encogió en su lugar, intranquila. Tenía un mal presentimiento de todo aquello.
—¿Quiénes son estas personas?—preguntó, volviendo a mirar con desconfianza a la pareja de ancianos, que ni por un segundo le habían quitado la vista de encima.
—¿Nunca le hablaste de nosotros?—la anciana se volvió a su madre con decepción.
La vio suspirar con tristeza y su mano volvió a ser apretada por la de su acompañante, que le dedicó una mirada tranquilizadora. Idun fijó su vista en ambos con expresión gélida.
—Nosotros somos Kai y Gerda—le respondió el hombre—. Somos tus abuelos paternos.
Los ojos cerúleos de la joven se abrieron con sorpresa. ¿Sus abuelos? ¿De qué estaba hablando ese desconocido? Hasta donde ella sabía, nunca había tenido más familia que su madre.
—Mamá… —Elsa se volvió hacia la castaña con el mismo gesto de una niña perdida, pero la reacción de esta última no la tranquilizó mucho.
Idun había fijado su propia mirada en un punto de la alfombra y tenía los brazos tan apretados en torno a su cuerpo, que ni siquiera la cercanía de su esposo; que siempre conseguía serenarla, parecía poder tranquilizarla.
—Es mejor que nos escuches, Elsa—dijo su madre finalmente—, los cuatro vamos a tener una larga conversación.
La blonda se removió inquieta en su lugar, apenas sintiendo como Hans le tomaba una mano para tranquilizarla. Cada vez le gustaba menos aquello.
Sintió un vacío en el estómago.
Nota de autor:
Uy, uy, uy, esto se va a descontrolar. :3 Cliffhangers everywhere.
Es gracioso, todos suponían que lo que se avecinaba era el descubrimiento de la relación de nuestros pajaritos por sus padres pero no, en lugar de eso habrá una revelación muy distinta, una que como ya han de suponer, tiene que ver con el padre de Elsa. ¿Se imaginan de que se trata? :D Yo sé que no, muajajajajajaja.
Sin embargo tuvimos mucho Helsa love para compartir y una fiesta de cumpleaños muy especial, con momentos navideños, regalitos y todo. ¿Recuerdan cuando en la pasada Navidad nuestra bella parejita solo quería asesinarse y darse obsequios horribles? ¡Cómo pasa el tiempo! xD Y como les dije antes, tenía que hacer una escena con ellos patinando y el pelirrojo cayéndose. Parece que no todo te sale bien, ¿no, Hans? ;)
Se avecina un drama descomunal y un último giro argumental antes de despedirnos de BEMT, así que prepárense.
Por cierto, edito para agregar una cosita: ¿se les hizo familiar la caja de música que Hans la regaló a Elsa? :D No es coincidencia criaturas, es la misma que en "Pasión de Invierno", un guiño para todos quienes adoraron ese fic, jajajaja. En mi universo Helsa, es probable que ambos reencarnen y reencarnen en diferentes épocas para encontrarse una y otra vez hasta vivir varias historias de amor llenas de odio y pasión. (Disculpen, la tía Frozen fumó un poco de esa hierba que le dio Flynn.) LOL
nina: Todos tenemos la esperanza de que aún pongan Helsa en Frozen 2, o si no que tan siquiera rediman a Hans, ¡o si no que tan siquiera aparezca! D:
Guest: Fanfiction estuvo portándose muy mal hace días, pero por suerte se solucionó. Espero que hayas podido disfrutar del capítulo anterior. ;)
kristal: Gracias por comentar, mi pobre pelirrojo ha sufrido mucho pero por suerte tiene amigos que lo apoyan y todo. Me encanta poner en su lugar a Jack Frost, le da mucha comedia al asunto. xD
Ari: Civil War Westergaard al extremo, chérie. Creo que esa fue la discusión más intensa de todas en el fic, jajajaja.
J. Marshmallow: Muchas preguntas que responder. :3 Para empezar, no, no habrá más secretos y conspiración entre Hans y sus hermanos, no creo que les queden ganas de volver a meterse con mi gatito colorado después de verse descubiertos y como habrás notado, es hora de centrarnos un poco más en el pasado de Idun y Elsa, jojojo. ¿Qué si sus padres se enteraran de su relación? Sí, algún día lo harán. xD ¿Habrá más intrusos? Puede que sí, puede que no, en realidad nos quedan pocos capítulos y van a estar muy moviditos pero no lo descarto. ¿Olaf llegará a tener novia? Espero que sí. LOL Y bueno, solo Elsa puede comer tanto chocolate sin engordar al ser creada por un grupo de animadores que la hicieron hermosa y esbelta. :'( ¿Por qué no todos podemos ser creados por Disney?
SamanTha: Yo sí estoy emocionada por sobrepasar los 400 reviews, ¡ustedes son los mejores, ahora y siempre! Cierto que el Helsa es una fuerza que crece y se hace cada vez más indestructible. Nuestros gatitos de fuego y hielo definitivamente no pueden resistirse el uno al otro, son la pareja ideal. Y bueno, entre la escena con Jack Frost y la confrontación de hermanos creo que el anterior fue un capítulo lleno de emociones. :D Sin olvidarnos de la pillina de Mérida. Anotado lo de los insultos, Hans si debería darle lecciones a Elsa para agredir verbalmente a otros, ya que es tan bueno haciéndolo. x3 Sí, Fanfiction de verdad se emberrinchó estos últimos días; la semana pasada también duró como 3 días sin mostrar los nuevos reviews, parece que ahora está estable, por suerte. Y por supuesto que desde luego que habrá más Helsa después de BEMT, ya lo has dicho tú misma, ¡somos indestructibles! ¡Que se sienta el Helsa Power! :D Siempre habrá quienes critiquen a la parejita, no podemos evitarlo; lo que yo no entiendo es porque vienen o que esperan encontrar aquí, si tanto odio le tienen al ship deberían quedarse en su fandom y todos contentos. Pero en fin, cualquier troll puede seguir desperdiciando sus minutos en dejar un comentario que a mí me va a llevar solo un segundo borrar, así que meh.
En fin, es lunes (los odio) y no hay nada como empezar la semana con un poco de Helsa, así que espero que les haya gustado. Les pregunto, ¿qué piensan que ocurrirá en el siguiente capítulo? ¿Por qué estarán los abuelos de Elsa allí? Digan sus teorías. :D
