Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


Advertencia: Momento lime casi al final del capítulo.


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34

Caminos separados


La tensión que se había apoderado de la sala de estar era más que palpable. De un momento a otro, un incómodo silencio se había formado entre las seis personas que se encontraban sentadas, las unas frente a las otras, sin que nadie se animara a seguir hablando. Sus inesperados visitantes, al igual que Idun, parecían estar pensando en las palabras adecuadas para expresar todos los sentimientos que se adivinaban en sus semblantes. Sorpresa, decepción, ansiedad…

Hans miró a los ancianos con algo de recelo, sin dejar de apretar la pequeña mano de la rubia, a quien sentía cada vez más incómoda a su lado. Algo en esa visita no le daba buena espina. ¿No se suponía que su madrastra era el único familiar de Elsa?

Por otro lado, la muchacha no dejaba de mirar alternativamente a su madre y a sus recién descubiertos abuelos, que tampoco le quitaban la vista de encima. Gerda especialmente, parecía estar luchando contra el llanto y las ganas de acercarse más a ella, siendo retenida por el agarre que su esposo mantenía en torno a sus hombros, tratando de reconfortarla.

—¿Les gustaría tomar algo?—preguntó Adgar, en un intento por suavizar la situación—Puedo preparar un poco de té…

Gerda fijo por un momento sus ojos en él, nerviosa y luego los volvió a dirigir hacia su nieta, quien solo le devolvió la mirada con confusión e incomodidad; frunciendo levemente el ceño.

—Una taza de té nos haría muy bien, gracias—dijo Kai, volviendo a apretar una de las manos de su mujer.

Adgar se levantó y salió en silencio a la cocina para preparar la mencionada infusión. Eso no hizo que Idun tomara el asiento que había desocupado sino que por el contrario, permaneció estática en donde se encontraba, con la mano apretada cerca de los labios y un gesto de frustración y miedo en sus grandes ojos azules.

—Todo esto debe ser muy sorpresivo para ti, Elsa—Kai tomó la palabra de nuevo, dirigiéndose hacia la mencionada—. Tu madre nos ha dicho que esta es la primera vez que sabes de nosotros.

Por toda respuesta, la blonda solo asintió con la cabeza, seriamente.

—Llevamos mucho tiempo esperando conocerte, ¿sabes? Creíamos que no íbamos a dar contigo nunca—prosiguió el hombre.

—¿Ustedes querían conocerme?—preguntó la platinada de manera fría.

—Desde luego que sí—Kai le sonrió cálidamente—, estuvimos buscándote por varios años, no fue cosa sencilla. Te pareces bastante a tu padre, ¿sabes? Tienes su pelo y su forma de mirar. Él siempre parecía saber como dominar a las personas con una sola mirada.

—Y también tienes su porte—habló Gerda, con la voz ligeramente temblorosa—. Aren siempre era tan elegante al caminar y se mantenía tan firme… como un rey…

—Eso no me interesa—la cortó la joven gélidamente—, lo que me gustaría saber es que hacen aquí.

Los ancianos la miraron con sorpresa, impresionados ante sus fríos modales.

—¿Dónde está él?—inquirió Elsa—Imagino que no vino con ustedes, ya que nunca se preocupó por nosotras. Entonces, ¿qué hacen aquí? ¿Él los ha mandado? ¿O han venido por cuenta propia?

Kai y Gerda se miraron con consternación y entonces los ojos de la mujer se aguaron.

—Tu padre falleció, Elsa—le informó, dejando a la chica anonadada—, hace tres meses. Tenía un tumor cancerígeno en etapa terminal… no pudimos hacer nada por él—sollozó incontrolablemente, hundiendo el rostro en una de sus manos.

Kai la reconfortó atrayéndola más hacia él. Idun los observó con un poco de sorpresa y por primera vez, pareció experimentar algo parecido a la pena.

—Nuestro hijo llevaba dos años luchando con esa enfermedad, le vino de manera repentina—explicó Kai con tristeza—. Estaba tratando de encontrarte tanto como nosotros, pero la enfermedad se lo llevó antes. Lo último que nos pidió es que diéramos contigo, para que pudiéramos darte lo que te corresponde de su herencia.

—¿Herencia? ¿De qué están hablando?—la platinada miró a su madre como pidiéndole una explicación—¿A qué se refieren con que estaba tratando de encontrarme?

—Nuestra familia es dueña de una empresa dedicada a la producción de chocolates y otros confites. No es demasiado grande, pero da lo suyo—le respondió Kai con cierto orgullo—, mi padre fue quien la fundó hace años. Ha crecido bastante y como podrás darte cuenta, nos ha permitido una buena calidad de vida.

—¿Esa empresa está aquí?

—No, está en Francia. Allí es donde vivimos, en París—esta vez fue Gerda quien le contestó, reponiéndose lo mejor que pudo de su acceso de llanto y extrayendo un pañuelo de su bolso para limpiarse las lágrimas.

—Mi padre era comerciante y emigró desde Noruega para asentarse en la capital francesa. Le fue muy bien—dijo Kai—, pero no era una persona que se olvidara de sus raíces. Así que de tanto en tanto volvíamos a Namsos, donde él había nacido. Fue allí donde conocí a tu abuela—miró a Gerda con cariño—y eventualmente, nos casamos y volvió conmigo a Francia. Tu padre nació allá.

—Aren era un hombre muy trabajador, siempre se preocupaba por su familia—recordó Gerda con melancolía.

—No… no entiendo—musitó Elsa—. Mamá dice que él nos abandonó…

—Creo que lo mejor será empezar esta historia desde el principio—habló su abuelo—, hay muchas cosas que tenemos que explicar… los tres—miró de soslayo a Idun, quien finalmente accedió a sentarse en el sillón donde minutos antes había estado su marido, emitiendo un pesado suspiro.

Hans tuvo ganas de ir hasta ella para reconfortarla, se veía que la estaba pasando muy mal con todo aquello.

—Cuando tus padres se conocieron Elsa, tu madre era muy joven—relató el anciano—, apenas una jovencita un par de años mayor que tú. Nosotros estábamos pasando un verano en Forde, un pueblecito de las montañas en donde teníamos una casa. Éramos yo, tu abuela y tu padre.

—¿Es eso cierto?—preguntó la blonda a Idun, como esperando una confirmación.

—Sí, es cierto—respondió ella con voz cansada, casi resignada—, era demasiado joven. Yo vivía allí con mi padre. Realmente era un pueblo pequeño, apenas unos cientos de personas. Papá solía trabajar como chófer por temporadas para tus abuelos… fue así como conocí a tu padre.

—Pasamos una larga temporada allí, Elsa. Tus padres se involucraron el uno con el otro—continúo Kai—, sin que nosotros lo supiéramos. No me enorgullece mucho admitir que Aren se dejaba llevar a menudo por sus impulsos.

—Estaba casado—comentó Gerda—, con una muchacha a la que conoció desde siempre en el colegio. Tuvieron un hijo pequeño pero aquella vez, ninguno de los dos nos pudo acompañar. Mi nuera no era muy entusiasta del clima de este país.

Elsa abrió los ojos con estupefacción. ¿Un hijo? ¿Su padre había tenido otro hijo y además estaba casado? ¿Tenía un hermano de verdad? Volvió a ver a su madre con desesperación pero ella parecía enfrascada en sus propios recuerdos. Ahora su cara estaba crispada en un gesto de dolor y frustración.

—Tu padre era considerablemente mayor que tu madre, debió parecerle fácil contar con su compañía—dijo Kai con suavidad—, actúo sin pensar en ella o en la familia que lo esperaba. Y como podrás imaginar, el resto es historia. Tu madre quedó embarazada de ti.

—Entonces, él la engañó—afirmó Elsa con indignación—. Se aprovechó de ella y después salió huyendo como un cobarde. Y ustedes no hicieron nada para impedirlo…

—No, Elsa—la cortó la castaña con el ceño fruncido y sus ojos azules a punto de rebalsarse de lágrimas—. Tu padre no me engañó, siempre supe que tenía una familia. Pero me enamoré tan profundamente de él, que creí que sería capaz de dejarlos solo para estar conmigo—la rubia la observó con incredulidad—, era muy ingenua Elsa y muy ambiciosa. Desde el primer momento me quede deslumbrada con él, con su aspecto, con todo lo que poseía… tu abuelo y yo teníamos muy poco, siempre estábamos pasando por dificultades económicas. Incluso tuve que pedir un préstamo para poder ingresar a la universidad y buscar trabajos temporales. Además, mi padre era muy duro, estaba ansiosa por librarme de esa vida. Aren siempre me dejó en claro que no tendríamos ningún compromiso, que ante todo estaba su familia… así que decidí embarazarme de él—confesó—, creí que sería suficiente para atarlo y que los dejará a ellos por mí. Fui tan estúpida—suspiró—, no funcionó. Tu padre dijo que no quería verme más.

Idun se limpió con rabia las lágrimas que escaparon de sus ojos, visiblemente afectada por el recuerdo. Elsa sintió como si algo le atravesara el corazón. ¿En serio su madre había sido capaz de hacer algo así, de querer separar a una familia? ¿La había tenido solo por conveniencia?

—Tu madre acudió con nosotros—dijo Gerda—, nos contó lo que sucedía y nos dijo que tendríamos que hacernos cargo de ustedes. Aún tenía la esperanza de casarse con Aren.

—Pero él no se iba a separar de su esposa, ni abandonar a su hijo. Así que llegamos a un acuerdo—dijo Kai—, la asistiríamos durante el embarazo hasta que el bebé naciera y entonces, nosotros nos quedaríamos con él y nos haríamos cargo de su educación.

—Convencimos a Aren de que era lo mejor, a pesar de que tendría que explicárselo a su esposa. Y entonces él aceptó. Incluso empezó a mostrarse feliz con la noticia.

—Idun nos pidió una compensación económica para después de dar a luz… por los inconvenientes que nuestro hijo le había causado—agregó su abuelo, con algo de incomodidad.

Elsa clavó sus pupilas en la mencionada, sintiendo cada vez más dolor e indignación.

—Sí—admitió su madre con seriedad—, lo hice.

El silencio volvió a hacer mella en la habitación. En ese momento, Adgar entró cargando una bandeja con una tetera y tazas que colocó sobre la mesa y sin decir una palabra, comenzó a servir algunas de ellas.

La primera se la extendió a Gerda, quien la tomó con manos temblorosas después de murmurar un agradecimiento, mientras que la segunda fue a parar a manos de su esposo.

Sirvió otra que trató de hacerle tomar a Idun, pero esta solo negó con la cabeza.

—Era demasiado joven—habló la morena sin mirar a nadie en especial—, estaba a mitad de la carrera, sin posibilidades de sostener a un bebé, prácticamente sola, papá nunca lo habría aprobado. Y no me veía siendo madre soltera tan pronto, yo todavía quería vivir para mi misma… de modo que decidí que sería lo mejor arreglar las cosas de esa manera. Pero entonces mi padre se enteró antes de tiempo y se puso furioso. Casi me mata. Tuve que salir huyendo de casa y tomé un tren a la ciudad más cercana. No podía recurrir a nadie. Solo tenía el cheque con el adelanto que me habían brindado tus abuelos, así que desaparecí. Quería estar lejos hasta que las cosas se calmaran y luego del parto, ya los buscaría.

'Viví unos meses yendo de una ciudad a otra, trabajando de lo que podía. El dinero con el que contaba alcanzaba para sostenerme por un buen tiempo, pero no quería despilfarrarlo todo. No podía ni regresar a la universidad, así que di por perdido el semestre. Estaba tan deprimida, que no podía pensar ni en retomar los estudios'.

'Al final llegué a Oslo y alquilé un pequeño departamento. Conocí a una pareja joven que vivía en el mismo edificio y fue muy buena conmigo, me apoyaron en todo, se preocuparon por mí. Hasta el final del embarazo, seguía decidida a contactar a tus abuelos y cumplir con el trato que teníamos para seguir como si nada hubiera ocurrido, pero entonces di a luz… y cuando te vi, supe que no podía separarme de ti nunca más, Elsa. Cambiaste por completo mi mundo, mis prioridades—Idun sollozó y enterró el rostro entre sus manos, sintiendo la caricia que su marido le daba en la espalda—, no quise renunciar a ti. Entonces tuve miedo, tuve mucho miedo de que tu padre me encontrara y me obligara a hacerlo. Después de todo, yo ya había tomado parte de su dinero y estaba sola…'

'Así que recurrí a los únicos amigos que tenía en ese entonces, mis vecinos. Ambos me ayudaron a ingresar en una universidad privada para terminar con mis estudios, en la que gasté los últimos ahorros con los que contaba. Fueron muy amables al ocuparse de ti cuando tenía que enfocarme en estudiar, éramos como una familia—la mujer alzó la cara y sonrió tristemente—, lamenté mucho que se mudaran a Suecia más tarde, te habría encantado conocerlos. Te querían mucho. Pero lo importante es, que salimos adelante'.

'Tendrías unos tres años cuando me gradué y por suerte conseguí un buen empleo. Hacía tiempo que usaba mi apellido materno para evitar problemas. Tu padre no sabía muchas cosas sobre mí, pero no quería tentar a la suerte, sabía que tenía recursos para dar con nosotras si lo intentaba. No sabes cuantas noches me costó dormir pensando en eso. Pero el tiempo pasó y las cosas se estabilizaron, así que di por hecho que había perdido el interés. Después de todo, él ya tenía a su familia y yo te tenía a ti. Nunca quise hablarte de Aren porque para mí, era una equivocación que se había quedado en el pasado. Creía que con suerte, nunca tendrías que enterarte de nada de esto—Idun volvió a suspirar y la miró con tristeza—, he cometido muchos errores pero siempre quise lo mejor para ti'.

—Si eso fuera cierto me habrías dicho la verdad desde el principio—le reclamó Elsa con enojo.

Idun se sobresaltó con su manera de hablarle, nunca antes su hija se había dirigido a ella con tanta frialdad.

—No tiene mucho caso pensar en ello, las cosas son como son—dijo Kai serenamente—, lo importante ahora, Elsa, es centrarnos en el presente. Hay cuestiones que tenemos que atender. Como te dijimos, tu padre ha dejado una herencia y una parte te corresponde a ti.

—Aren tenía una parte mayoritaria dentro de la empresa que es nuestra—explicó Gerda—, ha dejado todo para sus hijos. Por ahora, tu medio hermano es quien se está haciendo cargo de que las cosas funcionen como deben. Pero está claro que vamos a respetar tu parte.

—Yo… no entiendo que esperan que haga—dijo la muchacha.

—Bueno—Kai se enderezó en su lugar—, esperábamos que pasaras con nosotros una temporada en París para que conozcas a fondo la empresa y decidieras si te gustaría colaborar en ella en el futuro. Si no es así, seguirías percibiendo tu parte de las ganancias como debe de ser. Pero quizá sería bueno que conocieras el lugar… si tú y tu madre aceptan, claro está.

—Ella no tiene que aceptar nada—dijo Elsa cortantemente, ignorando la expresión angustiada que ahora le dirigía la castaña.

A su lado, Hans, que había permanecido en silencio todo el tiempo, sintió como el estómago le daba un vuelco. ¿Irse a París? ¿Así nada más? ¿Por cuánto tiempo? Miró alarmado a la jovencita, que se mantenía tensa en su lugar. Parecía haberse olvidado por completo de su presencia y a juzgar por su mirada, también que iba a echarse a llorar en cualquier momento. Siempre trataba de hacerse la fuerte.

—Tenemos una casa muy agradable en el centro de la ciudad, cerca de la empresa—dijo Gerda, sonriendo ligeramente por primera vez—. Estoy segura de que te encantaría… incluso nos tomamos la molestia de arreglar una habitación para ti, por si algún día podías volver con nosotros…

—No comprendo—repitió la platinada—, ¿cómo fue que dieron nosotras? ¿Por qué nadie me dijo nada de esto antes?

—Las cosas se pusieron muy complicadas cuando tu madre desapareció, Elsa—le dijo su abuelo—, tratamos de encontrarla, pero se fue tan repentinamente que no pudimos hacer demasiado. Además, aún teníamos la esperanza de que se pusiera en contacto con nosotros. Y también estaba la esposa de Aren; como era de esperarse, quedó devastada con la noticia, su matrimonio se derrumbó. Si bien no se separó de tu padre, las cosas entre ambos no volvieron a ser iguales. Él tuvo que acceder a no seguir buscándolas para que ella se quedara tranquila.

—No creo que le haga mucha gracia saber que me han encontrado—espetó ella con amargura.

Kai y Gerda intercambiaron miradas de tristeza.

—Ella murió hace varios años, Elsa—le dijo su abuela—, en un accidente automovilístico. Fue un golpe muy furo para todos.

—Recién entonces emprendimos la búsqueda de nuevo, pero era difícil, les habíamos perdido la pista por tantos años. Y luego tuvimos que enfrentarnos con la enfermedad de tu padre. El cáncer consumió todas sus fuerzas, pero él siempre quiso reunirse contigo. Habría estado muy feliz si decidieras darte la oportunidad de conocer todo lo que ha construido.

—Si de verdad hubiera querido eso, no habría dejado de buscarla nunca—habló el pelirrojo agresivamente, sorprendiendo a todos—. Elsa no puede irse con ustedes, ella tiene su vida aquí, nosotros somos su familia.

Los ancianos fijaron su vista en él con desconcierto.

—Esto es algo que ella tiene que decidir, joven. Y es un asunto que solo nos compete a nosotros—dijo Kai con seriedad.

—Pero… —la réplica de Hans se vio cortada cuando su padre le hizo un gesto con la mano para que dejara de hablar.

No podía evitarlo; estaba tan angustiado. Elsa no aceptaría irse a ningún sitio, ¿o sí?

—No tienes que sentirte obligada a nada, Elsa—habló Gerda comprensivamente—, entenderemos si decides quedarte, después de todo, esto es muy repentino. Pero las puertas de nuestra casa siempre estarán abiertas para ti.

La albina la observó sintiendo conmoción. Sentía muy sinceras las palabras que acababa de decirle y de repente, entre el torbellino de emociones que estaba sintiendo, no pudo evitar la curiosidad que empezaba a apoderarse de ella. Pero todo estaba pasando tan rápido…

—Yo… no sé…

—Sabemos que no puedes irte así como así, tendrás muchas cosas de las que hacerte cargo aquí, empezando por la escuela—dijo Kai—, no queremos interferir con tu vida.

—Eso es lo último que queremos.

—Pero vamos a pasar unos cuantos días en Oslo por si quieres pensarlo—el hombre extrajo una elegante tarjeta de su bolsillo y se puso de pie para entregársela—, puedes llamarnos para reunirte con nosotros cuando quieras. Entendemos que tendrás muchas preguntas.

—Estamos hospedándonos en el Hotel Bondeheimen, por si quisieras visitarnos.

Apenas hubo tomado la tarjeta, Elsa sintió otra presencia a su lado. Su madre se había levantado de su lugar y miraba a la pareja con sus ojos hinchados por llorar, pero desafiantes.

—Vamos a discutirlo las dos y entonces ella se pondrá en contacto con ustedes—dijo imperativamente, con la frente en alto—. Todavía tenemos que hablar.

—Yo no quiero hablar contigo—le dijo la blonda despectivamente, sin siquiera mirarla.

El semblante de Idun se mostró dolido, antes de volver a endurecerse.

—Vas a escucharme lo quieras o no—dijo con firmeza—, tenemos que hablar las dos. A solas—se volvió duramente hacia la pareja.

Gerda la miraba con recelo, pero Kai mantuvo su compostura y asintió educadamente.

—Buenas tardes a todos—se despidió, siendo únicamente correspondido por Adgar y dirigiéndose hacia la salida.

Se detuvo en la entrada del salón de estar para esperar a su esposa, que se demoró un poco más al acercarse a la rubia dubitativamente.

—Hasta pronto, Elsa. Por favor, no olvides llamarnos—le pidió, poniéndole una mano momentáneamente en el hombro ante la mirada impasible de su madre.

Los ancianos fueron acompañados hasta la salida por Adgar, en tanto el resto permanecía en la estancia en medio de otro silencio incómodo.

—Vamos Elsa, tenemos que hablar—le dijo su madre indicándole que la acompañara a su habitación.

—¡No! ¡No quiero hablar contigo!—exclamó ella con furia—¡Mentirosa!

El labio inferior de Idun tembló.

—¡Dijiste que mi padre nos había abandonado!

—Si me dejaras explicarte…

—¡¿Para qué?! ¡¿Para qué me digas más mentiras?!—estalló su hija, con la voz entrecortada y los ojos empañados—¡¿Cómo pudiste ser capaz de tanto?! ¡Prácticamente me vendiste!

La castaña palideció, aguantando de nuevo las ganas de llorar. Se la veía tan asustada.

—Tienes que escuchar lo que tu madre tiene que decirte, Elsa—Adgar volvió a entrar en la habitación—, no es justo que la juzgues sin saber.

—¡Tú no te metas!—le gritó la aludida—¡No quiero hablar contigo! ¡No quiero ni verte!—chilló a su madre, con el rostro enrojecido por la fuerza de su indignación.

La expresión de Idun se desencajo, indicando que rompería a sollozar en cualquier momento. Pero en lugar, aferró con fuerza la muñeca de la muchacha, la hizo ponerse de pie y la llevo a rastras escaleras arriba.

Hans se quedó mirando desde su lugar, impotente, con esa opresión en el pecho que no lo dejaba en paz desde que esas personas se habían presentado para complicar las cosas.

No le gustaba nada la situación.

Elsa todavía se sentía temblar de rabia cuando su madre, que jamás le había puesto una mano encima, entró en su dormitorio tirando de ella y cerró la puerta tras de sí fuertemente. Idun también temblaba pero a diferencia de ella, sus ojos mostraban tanto miedo como frustración.

—Las cosas no son como tú piensas—le dijo apenas estuvieron a solas.

—¡¿Y entonces cómo son?!—chilló la blonda—¡Dime, mamá! ¡¿Cómo son?! ¡Ibas a deshacerte de mí! ¡Te embarazaste de mi padre solo para chantajearlo!

—¡Ya sé que me equivoqué!—exclamó la mujer con desesperación—¡Ya sé que hice todo mal! No tienes idea de lo difícil que ha sido vivir con esto, con miedo de que nos encontraran, de que te enteraras de todo lo que hice… —el discurso de Idun se vio cortado por un lastimero sollozo, que la hizo apoyarse en la cómoda más cercana, como si se fuera a derrumbar en cualquier momento—¡Era muy joven, Elsa! Tú no tienes idea de todo lo que tuve que pasar, sin nadie que me apoyara. ¡Mi padre jamás fue comprensivo conmigo!

—Eso no te impidió meterte con un hombre casado—le espetó la muchacha, acercándose para mirarla con severidad—, destruiste a una familia y tomaste su dinero. ¿Qué clase de monstruo eres?

La castaña abrió sus ojos con sorpresa y luego volvió a bajar la mirada.

—Yo solo quería una vida mejor. No sabes lo duro que era vivir con alguien como tu abuelo… y estaba enamorada. Elsa, tú no sabes lo que es querer a una persona al punto de hacerlo todo por estar a su lado, incluso lo que nunca te imaginaste capaz de hacer.

La platinada apretó los dientes con rabia. Por supuesto que lo sabía, ¡ella también estaba enamorada y jamás sería capaz de hacer algo tan bajo! Apenas y podía creer que la mujer frente a ella fuera en realidad una desconocida.

—Fui muy tonta, Elsa. Y muy egoísta. Yo también me he recriminado todo este tiempo por lo que hice, pero sí cambié fue únicamente por ti—Idun volvió a clavar su vista en la de ella—, todo lo que he hecho ha sido siempre por ti.

—Ibas a deshacerte de mí como si fuera una cosa a la que pudieras vender—la increpó la rubia con dolor—, como si fuera mercancía. Solo querías tenerme por dinero.

—Elsa, eso fue mucho antes de tenerte—su madre hipo—, yo era demasiado joven, no sabía nada de la vida, no tenía idea de como haría para mantenerte. Tus abuelos lo tenían todo, simplemente pensé que estarías mejor con ellos. ¿Qué iba a hacer yo con un bebé a mi edad, fuera de casa, sin tener a dónde ir?—se cubrió el rostro con ambas manos—Pero aun así cambié de parecer, ya lo sabes. Desde que naciste, no ha habido un solo día en el que no hiciera nada para cuidar de ti.

Idun colocó sus manos juntas y las miró, como si estuviera observando algo diminuto entre ellas.

—El día en que naciste sentí tanto miedo y desesperación. Pero entonces te vi y te convertiste en lo más precioso del mundo. Eras tan hermosa, tan pequeña—dijo—, te amé como no te imaginas. En ese momento dejó de importarme el dinero, tu padre, todo; porque por primera vez tenía algo de lo que me sentía orgullosa. Te tenía a ti y eso me dio las fuerzas para seguir adelante. No quise compartirte con nadie más, aunque tuviera que desgastarme trabajando para dártelo todo. Y lo hice, a partir de ese momento viví solo para ti. ¿Es que acaso eso no significa nada para ti?

—Dijiste que papá nos había abandonado—repitió la joven gélidamente—, ¿tienes idea tú de cuantas veces me sentí mal por ello? Creí que nos odiaba y terminé odiándolo… y ahora resulta que todo eran mentiras tuyas—la voz se le quebró—, ni siquiera pude conocerlo…

—Tu padre—Idun escupió las palabras con el más puro resentimiento—, él también era muy consciente de sus acciones en el momento en que se metió conmigo, a pesar de su familia. Siempre mostrándose encantador, dándome esperanzas… ¿y para qué? ¡De todos modos no quiso ayudarnos!—se acercó a Elsa con determinación—¡Él nunca estuvo a tu lado para verte crecer, para reconfortarte cuando no podías dormir en las noches! No se desveló las veces que te enfermaste, ni trabajó para pagar las clases de patinaje que tanto amabas. ¡No hizo nada por ti! ¡Yo fui quien se encargó de todo! ¡Yo fui quien siempre estuvo ahí para ti y lo seguiré estando!—acunó con una mano la mejilla de la chica—A pesar de todo lo que hice, sabes que me he esforzado por ser una buena madre para ti.

—¡No me toques!—Elsa apartó su palma, como si su solo contacto lo repugnara—¡No quiero seguir recibiendo nada de ti! ¡Eres una horrible persona!

—Elsa… —la mujer trató de acercarse a ella de nuevo.

—¡No! ¡Ya basta!—la blonda retrocedió y se dirigió a ella con furia—¡Ahora escúchame tú a mí! ¡Yo nunca sería capaz de caer tan bajo como tú! ¡No importa lo enamorada o lo sola que pueda llegar a estar! ¡Jamás lo haría!

Idun apretó uno de sus puños cerca del corazón, sintiendo como si algo le atravesara el pecho.

—¡Todas esas veces que te preguntaba por mi padre y decías que nos había dejado, me hacías sentir como una basura!

—¡Yo no quería lastimarte!—se excusó su madre—¡No quería que le dieras una importancia que no se merece! ¡Me tenías a mí! ¡Siempre me has tenido a mí! ¡Siempre te dije que yo te querría por los dos! ¡Creí que eso era suficiente!

—Pues no fue suficiente—los ojos de Elsa estaban llenos de lágrimas—, te desconozco, mamá.

—Hija…

—Nunca creí que fueras capaz de llegar a tanto, para mí eras una persona intachable, te admiraba por sobre todas las cosas. Pero no eres más que una mujer hipócrita e interesada. Me avergüenzo de ti. Yo… no quiero estar más contigo.

Idun se abrazó a si misma y se puso a sollozar.

—Iré a buscar a mis abuelos. Hablaré con ellos y después… tomaré una decisión.

El delicado rostro de Idun se contorsionó en un gesto de pánico.

—¡Elsa, no!—le suplicó con angustia—¡No me dejes! Te lo suplico hija, no te vayas. Yo… lo siento, perdóname—se retorció las manos con desesperación—, yo no quería causarte daño, ¡te juro que no quería causarte daño! ¡Eres lo que más amo en este mundo!

Elsa la esquivó cuando intentó rodearla con sus brazos.

—¡Perdóname hija, perdóname! ¡Ya sé que hice mal!—se lamentó—¡Haré todo lo que quieras para reparar mi error, lo que tú me pidas! Entiendo si no quieres hablarme, si estás molesta, si estás decepcionada… pero no te vayas, por favor mi cielo, no sabría que hacer sin ti—se puso a llorar, de una manera en que nunca antes lo había hecho.

A la muchacha se le estrujó el corazón.

—Siempre hemos estado juntas Elsa, nadie te quiere más que yo—trató de persuadirla Idun—, siempre te he cuidado, ¿no he hecho todo por ti? Dime que no haría por ti, mi vida—le tomó una mano entre las suyas y la acercó a sus labios—, no me hagas esto, hijita.

—Suéltame—le pidió ella desviando la mirada.

—No me dejes mi niña, por favor no me dejes…

—¡He dicho que me sueltes!—Elsa se zafó con violencia de su agarre—¡No quiero verte! ¡No quiero estar cerca de ti! ¡Mentirosa!

Antes de que pudiera detenerla, abrió la puerta de su habitación y salió corriendo a encerrarse en la suya, escuchando como el llanto de su madre empeoraba y gritaba su nombre, como si se hubiera perdido.

Si tan solo pudiera entender que así era exactamente como se sentía.

Elsa cerró su puerta con estrépito y se derrumbó en la cama, en medio de los espasmos que le provocaban las lágrimas. Todo era una mierda, se sentía tan mal…

Marshmallow subió con cautela a la cama y acercó su rostro con suavidad al suyo, ronroneando. Ella apenas y lo notó. Lo único que quería hacer era aislarse de todos, olvidarse de las súplicas hipócritas de su madre.

Alguien tocó a su puerta.

—¡Largo!—gritó, alzando su rostro de la almohada.

Hubo una pausa al otro lado.

—Elsa, soy yo—escuchó decir a su hermanastro.

Después de dudar un par de segundos, la chica se levantó y abrió la puerta encontrándose con la alta figura del pelirrojo, contra la cual inmediatamente se arrojó para seguir llorando, Hans la rodeó con sus brazos y la apretó contra él, ingresando y cerrando la puerta. Nunca antes había sentido tanto el impulso de protegerla.

—¿Por qué me mintió tanto todo este tiempo?

—No lo sé—respondió él, no había mucho que pudiera decir—. No te preocupes, Elsa. Todo va a estar bien.

Ambos se derrumbaron contra la puerta hasta quedar sentados en el suelo, con ella sollozando suavemente en su pecho y él acunándola con todo el cuidado que le era posible. Acarició su cabello con una de sus manos.

—Me siento como una basura—musitó Elsa, con la voz ahogada por su cuerpo.

Tristemente le recordó a él mismo, cuando se había deprimido al recordar el incidente con sus hermanos. Aún en momentos como esos, no dejaban de parecerse.

—No tienes porque sentirte así, no tienes la culpa de nada. Tu madre… se equivocó, eso es todo—murmuró, depositando un beso en su coronilla—. Todo esto va a pasar, Elsa.

La chica hipó.

—No quiero volver a verla, no quiero estar cerca de ella—liberó otra serie de sollozos.

—Shhh—Hans la arrulló—, está bien, no pienses en eso. Yo estoy aquí.

Elsa soltó un largo suspiró, sintiendo como el llanto amainaba poco a poco. Solo él tenía la habilidad de tranquilizarla.

—Siempre voy a estar aquí, mi amor.

Anhelaba que al menos eso fuera verdad.


A partir de tantas revelaciones, las cosas en la casa no pudieron estar más tensas. Elsa no se dejaba llevar por las miradas lastimeras que le daba su madre o los pequeños gestos con los que intentaba contentarla, que iban desde hacer su desayuno favorito hasta dejarle pequeños chocolates o libros en su habitación. Ninguno de esos gestos bastaría para arreglar las cosas, estaba tan dolida que dudaba que algún día las cosas pudieran ser iguales entre ambas.

A los siguientes tres días también le había dados vueltas al asunto de sus abuelos. No se había atrevido a llamar a ninguno aún y ellos tampoco se habían vuelto a presentar de nuevo. Tenía tantas preguntas que hacer, pero al mismo tiempo se preguntaba si era lo correcto. Después de todo realmente no los conocía.

La única manera de llegar al fondo del asunto y tomar una decisión, era reuniéndose con ambos.

—Y ahora vamos a verter la salsa aquí… ¿Elsa? Elsa—la voz de su novio la sacó de sus pensamientos.

Ambos se encontraban en la cocina preparando la cena de esa noche. El colorado había intentado de todas las formas posibles distraerla del mal momento que estaba pasando y esa tarde, le estaba enseñando a preparar lasaña.

Lástima que en esos instantes ni su talento con la cocina fuera suficiente para hacerla sentir mejor.

—Disculpa, ¿qué decías?—inquirió, mirándolo desanimada.

—Has estado divagando todo este rato—le dijo Hans dejando en la cacerola el cucharón que estaba usando y levantándole la barbilla con una mano—, ¿qué pasa?

Elsa dio un respingo, dudando de si debía contestarle. No quería preocuparlo más.

—Sigues inquieta por todo ese asunto de tu madre y tus abuelos… no te sientas mal por ello, Elsa. Todo pasará pronto, ellos regresarán y todo podrá ser como antes…

—Es que ya nada puede ser como antes—la blonda movió la cabeza para zafarse de su agarre y suspiró—, ¿no lo entiendes? Yo ya no puedo confiar en ella.

—Tu madre te mintió pero lo hizo para protegerte—el muchacho se encogió de hombros y siguió acomodando la lasaña en el recipiente que iba a meter al horno—, estoy seguro de que está realmente arrepentida.

—¿Y todo lo que me estuvo ocultando qué? ¿De qué me sirve su arrepentimiento?—Elsa arrugó el ceño con indignación—No sabes lo difícil que es todo esto para mí.

—Bueno, ¿y entonces que pretendes hacer? No es como si tú pudieras cambiar algo.

—Voy a hablar con mis abuelos—dijo ella con determinación—, tengo muchas preguntas que hacerles. Necesito tomar una decisión.

Hans se detuvo en lo que estaba haciendo, poniéndose repentinamente tenso. Sus ojos verdes se clavaron en la chica de manera agresiva.

—¿A qué te refieres con tomar una decisión?—preguntó a la defensiva—No estarás considerando en serio ir con ellos.

—No lo sé… hay mucho que tengo que pensar, mucho que quiero saber… en este momento no quiero estar cerca de mi madre…

—¡No conoces a esas personas, Elsa! ¡Tú no sabes como son!—el cobrizo resopló tratando de contenerse, no le gustaba para nada el rumbo que iba tomando esa conversación—¿Qué esperas exactamente obtener con esto?

—Pues, saberlo todo—contestó ella—, yo nunca tuve una familia de verdad, me gustaría conocerla… saber más de mi padre…

—Tu familia somos nosotros. Nunca quisiste saber de tu padre y él ya no está de todas formas, ¿por qué insistir con ello?

—¡Pues porque quiero saber de donde vengo! ¡Tú no entiendes!—exclamó la platinada—Siempre que le preguntaba a mi madre acerca de él, cambiaba el tema o me recordaba que nos había abandonado. No era que lo hiciera muy a menudo, yo no quería hacerla sentir mal… pero después de todo, creo que en el fondo nunca me conformé con saber tan poco.

—¿Y eso significa que te quieres ir a París?—preguntó Hans, cada vez más alterado con aquella posibilidad.

—Quizá… si tuviera que hacerlo…

—¡Pero no tienes que hacerlo! Elsa, ¡reacciona! ¡No puedes dejar así a tu madre! ¡Ella está muy mal!

—Ella me mintió…

—Se equivocó, ¡sí! Pero nunca hizo nada a propósito para lastimarte, siempre se ha preocupado por ti. Ella fue quien estuvo todo el tiempo para cuidar de ti, ¡no ellos!—replicó el tratando de hacerla entrar en razón—¡Idun te lo ha dado todo, siempre ha estado ahí para ti! Lo único que ha hecho es protegerte, ¿por qué quieres darle la espalda?

Elsa abrió sus ojos con incredulidad que luego se convirtió en indignación.

—¿Tienes idea de lo mucho que me ha dolido enterarme de todo esto? ¿Alguna vez te has parado a pensar que yo también puedo estar afectada, sentir curiosidad por la familia que no sabía que tenía? ¡Creí que tú mejor que nadie comprenderías eso!

—¿Comprenderlo? ¿Y por qué iba a comprenderlo? Casi toda mi familia es una mierda—espetó él—, ni mi madre que es una buena persona pudo hacer nada para impedir que mis hermanos me arruinaran la vida. Mi padre mucho menos; al menos Idun siempre ha estado dispuesta a protegerte, aunque fuera con mentiras.

—Ahora te estás poniendo de su parte—musitó la albina con resentimiento.

—No me estoy poniendo de parte de nadie, ¿no ves lo que sucede aquí?—los orbes esmeraldas del muchacho adoptaron una expresión suplicante—Tengo miedo de que me dejes.

Ella sintió como se desarmaba.

—Hans…

—Dijiste que siempre ibas a estar a mi lado, que podía contar contigo. ¿Qué yo no cuento? ¿No te importa lo que tenemos?

—Sí me importa, pero en este momento están pasando demasiadas cosas. Hay cosas que debo saber…

—¿Por qué, Elsa? ¿Por qué tienes que insistir en saberlo? Eso no cambia nada, yo estoy aquí.

—¡Es que esto es algo que necesito hacer! Entiéndeme…

—Entonces te vas, es eso lo que quieres decir—la interrumpió Hans duramente—, te quieres largar con ellos.

—Yo no sé lo que voy a hacer—respondió la muchacha cortantemente—, necesito tiempo. Tiempo para tomar una decisión, para saber con que voy a hacer con mamá… y para pensar lo nuestro.

—¿Qué demonios es lo que tienes que pensar?—Hans la miró enojado—¿No me quieres?

—Más que a nada en el mundo.

—¡¿Entonces qué carajos tienes que pensar?! Elsa, no hay tiempo para que te pongas a dudar como una niñita que no sabe lo que quiere. Dime si te vas a quedar conmigo o no. Olvídate de tu madre, olvídate de su pasado—se acercó a ella para encararla—, en este momento soy yo o esas personas. ¿A quién vas a elegir?

Los ojos cerúleos de la aludida se abrieron con sorpresa.

—¡No puedes pedirme que decida! ¡Tú no sabes lo que estoy sintiendo!—le reclamó enojada.

—Te lo estoy pidiendo ahora. Puedes olvidarte de este asunto y quedarte aquí conmigo a tratar de que las cosas se solucionen. O irte con una familia que no conoces a complicarlo todo.

—¿No lo entiendes? ¡Nada se va a solucionar!—exclamó Elsa—¡Nada de esta mierda se va a solucionar! ¡Si de verdad entendieras como me estoy sintiendo no me obligarías a elegir entre dos cosas que me importan!

El semblante de Hans se mostró sorprendido por un segundo. Hacía mucho tiempo que ella no le hablaba así. Luego, volvió a ser tan frío como antes.

—Yo solo te digo que si decides irte con ellos, olvídate de lo nuestro.

La blonda se alarmó.

—¿Qué es lo que quieres decir?—preguntó, sintiendo como la voz se le quebraba un poco tan solo de pensar en dicha posibilidad—Hablas como si me fuera a ir para siempre, Hans las cosas no son así…

—¿Y según tú por cuánto tiempo van a ser como tú dices?—el pelirrojo la fulminó con la mirada.

—No sé… no tengo idea, pero, por favor, compréndeme, necesito un tiempo lejos…

—¡Entonces lárgate!—bramó Hans exaltado. Le aterraba demasiado la idea de estar un solo segundo sin ella, le dolía como nunca nadie lo había lastimado—¡Vete a averiguar todo lo que quieras! ¡Resuelve tus asuntos con tu nueva familia, ya que esta no te importa para nada!—agregó sarcásticamente—Pero si lo haces, no quieras pretender que seguiremos teniendo algo. Yo no puedo esperarte.

—¿Por qué no?—Elsa lo contempló con los ojos llenos de lágrimas.

—Porque ya estoy demasiado acostumbrado a que la gente que me rodea me decepcione—Hans le devolvió la vista, con sus ojos igualmente cristalizados—, así que, da igual. Supongo que esto no debería sorprenderme.

Los dos se quedaron enfrentándose en silencio, callando tantas cosas que se querían decir. Pero que en ese instante no hubieran servido de nada.

—Es tu decisión—murmuró Elsa con aparente calma—, yo no voy a dejar que mi vida sea condicionada por nadie… ni siquiera por ti.

Hans pareció herido.

—De todas formas, esto se iba a tener que acabar un día ¿no?—prosiguió ella, aguantando las ganas de sollozar—¿A dónde queríamos llegar? Dos hermanastros, dos personas que apenas y se soportan… ni nuestros padres lo habrían aprobado.

—Tú no sabes… no sabes nada…

—Exacto Hans, no lo sé, no puedo estar segura de nada—la chica se secó las lágrimas con furia—, la vida es así, las circunstancias cambian, la gente cambia. No puedes esperar a que alguien te prometa que va a estar allí siempre, ni exigirle que te siga a todas partes. No puedes esperar que todo se mantenga de la misma manera. Pero creo que te importa un carajo lo que me suceda mientras no te afecte a ti—se quitó el delantal que traía puesto, con enojo y lo arrojó sobre el mesón—, pues bueno, al demonio con lo nuestro. ¡Al demonio con todo!

Se marchó antes de que él pudiera decirle nada, directo a encerrarse en su habitación. Hans se quedó allí de pie, inmóvil, sin ánimos para ir detrás de ella.

Luego se apoyó en la isla con la cabeza entre sus manos y se lamentó en silencio.


De pie frente al elegante Hotel Bodenheim, Elsa suspiró. Había llamado a Kai con anterioridad para ver si podían reunirse y hablar y de inmediato, el anciano le había comunicado que estarían felices de recibirla en la habitación donde se hospedaban. Ahora que estaba allí no se sentía tan segura. ¿Qué ocurriría si se enteraba de algo todavía más desagradable? ¿Y si ellos también le estaban mintiendo? Después de todo ella no conocía a esas personas.

La discusión que había tenido con Hans tampoco estaba ayudando a que se sintiera mejor. Las crueles palabras del cobrizo aún resonaban en su cabeza y le hacían sentir como si algo le hubiera atravesado el corazón

Pero esto era algo que debía hacer, Tenía que seguir adelante.

—Elsa, ¿entramos?—a su lado, Anna la miró con dubitación.

Su amiga ya estaba al tanto de todo lo ocurrido y después de hablar, había coincidido con ella en que lo mejor sería tener una plática con sus abuelos para aclarar varias cosas. Incluso la había acompañado para que no se sintiera tan sola.

La rubia asintió con la cabeza e ingresaron al hotel, donde fueron recibidas por un elegante vestíbulo.

En la recepción preguntaron por Kai y Gerda y después de hacer una llamada, el encargado les indicó un elevador por el que podían subir. Ambos ancianos estaban esperando en una de las suites.

Hacía allí se dirigieron, a uno de los pisos más altos del lugar. Doblaron por un pasillo y Elsa tocó a la elegante puerta de roble de una de las estancias.

Su abuela le abrió acompañada por su esposo. Ambos la miraron con profunda calidez.

—Elsa, viniste—musitó la anciana, observándola con el mismo anhelo que la primera vez que se encontraron. La platinada jugueteó con su trenza, incómoda.

—Ella es mi amiga Anna, me acompañó para que no estuviera sola.

Los ancianos miraron a la pelirroja y sonrieron con amabilidad. Anna les devolvió el gesto con nerviosismo y se llevó una mano a la nuca.

—¡Hola! ¡Soy Anna! Oh, creo que eso ya lo mencionaron, je je… en fin… creo que iré a pasear por allí para que hablen solos, ¡mándame un mensaje cuando estés lista para marcharnos, Els!—dijo, y antes de que pudiera detenerla, se marchó saltando por el pasillo.

"Muchas gracias, Anna", pensó la platinada con ironía, al tiempo que era invitada a pasar por la pareja.

La suite era pequeña pero muy elegante. Había un par de habitaciones en el interior, una de las cuales era el dormitorio principal y la otra conformada por una pequeña sala de estar, además del baño y algo que parecía ser un vestidor. Se sentaron en la estancia y Gerda haló un carrito en el que se encontraba un juego de té y algunas pastas.

—¿Quieres algo de tomar, Elsa? ¿Tienes hambre?—le preguntó cariñosamente, algo que la hizo sentirse aún más fuera de lugar.

—N-no, gracias… en realidad, solo vine a hablar con ustedes.

—Sabíamos que terminarías buscándonos. ¿Me aceptas una taza de té?

La chica asintió con la cabeza y la anciana se puso a servir tres tazas con la infusión.

—Debes tener todavía varias preguntas—dijo Kai—, hablaste con tu madre, ¿verdad?

Los ojos de la muchacha se endurecieron.

—Sí—contestó con frialdad—. Me está costando algo de trabajo asimilar lo que ella es capaz de hacer. Nunca pensé que fuera tan interesada.

Los ancianos se miraron con preocupación.

—Elsa, nosotros entendemos que lo que sucedió no fue solo culpa suya. No queríamos ocasionarte ningún problema con tu madre.

—Creo que ya es algo tarde para decir eso—objetó ella con sarcasmo, a la vez que aceptaba la taza que le extendía Gerda.

—¿Quieres leche? ¿Azúcar?

—Una nube de leche y dos cucharadas de azúcar—la mujer agregó a su taza los ingredientes y ella los revolvió en silencio, antes de decidirse a hablar nuevamente—, ¿mi padre de verdad quería reunirse conmigo?

—Quería, sí. Empleó todas sus últimas fuerzas en encontrarte para conocerte—Kai tomó un sorbo de su propio té—, Aren nunca se quedó tranquilo desde que tu madre desapareció. Con lo mal que iba su matrimonio y los fallidos intentos por arreglar a su relación, creo que reunirse algún día contigo fue lo único que lo motivo a seguir adelante.

—Aun así iba a abandonar a mi madre al principio—murmuró ella gélidamente, soplando encima de su taza de té.

—Sí, Aren era muy orgulloso e impulsivo, siempre tuvo problemas cuando alguien intentaba imponerle una responsabilidad que no se hubiera buscado él solo—aceptó Gerda—, hizo muy mal en tener una aventura. Pero al final se ilusionó mucho con el nuevo embarazo. Estoy segura de que de haberte conocido te habría adorado—sonrió—, ustedes se habrían llevado muy bien.

—Yo no estoy segura de eso—Elsa bebió un sorbo de su té y luego lo dejó encima de la mesita—. Dijeron que tenía un hijo.

—Adam, tiene veintitrés años y vive con nosotros en París—la sonrisa de Gerda se ensanchó hasta transformarse en un gesto repleto de orgullo—. Ahora es él quien está llevando la dirección de la empresa, realmente es un joven muy tenaz. En eso se parecen los tres.

Elsa miró a Kai interrogativamente.

—Realmente el único parecido evidente que tienen es su carácter, él también se parece más a su madre—el viejo se levantó y extrajo de un cajón un pequeño camafeo que le extendió a la joven, en cuyo interior había guardada una imagen—. Tú sacaste su pelo y él sus ojos. Y ambos tienen su porte.

Elsa miró la fotografía con atención, desde la que un hombre apuesto y de cabellos platinados pareció devolverle la mirada, que era de un azul más intenso que el de ella. Tenía la expresión autoritaria y confiada de un rey.

—¿Se llevaba bien con su hijo?—preguntó, alzando la vista.

—No—Kai pareció entristecerse—, la relación entre ambos era casi inexistente. Adam no acudió a verlo sino hasta los últimos días en los que estuvo agonizando en el hospital. Siempre le recriminó haber engañado a su madre, la situación entre ambos durante el tiempo en que ella estuvo con vida le afectó mucho.

—Discutían bastante y él no lo soportaba—Gerda soltó un suspiro—, es triste decir que mi nieto no sentía mucho afecto por Aren.

—Genial—Elsa cerró el camafeo con otro gruñido irónico y se lo devolvió a su propietario—, supongo que tampoco le hará mucha gracia saber que existo.

—Tu hermano es una persona muy noble, Elsa. Le ha tocado vivir muchas cosas tristes—se apresuró a decir su abuela—y es reservado, pero en el fondo es un excelente muchacho. Si se conocieran estoy segura de que se llevarían muy bien.

Ella lo dudó bastante.

—Bueno Gerda, la chica aún no ha decidido nada, es normal que sienta curiosidad—la atajó su esposo—, imaginó que no querrá despegarse de su madre…

—De hecho—lo interrumpió ella, volviendo a atraer la atención de los dos ancianos—, eso es algo que estoy considerando. Yo no… no sé si pueda seguir estando más con mamá. Me duele mucho lo que ella hizo.

Bajo la mirada, intentando no recordar la manera en la que Idun le suplicaba que no se fuera. Como si fuera tan sencillo quedarse.

—Oh, pequeña—Gerda se levantó impulsivamente de su asiento y fue hasta ella para envolverla entre sus brazos. Elsa se quedó paralizada, sintiendo el suave abrazo de la mujer. Olía a una fragancia de flores y a algo más que de pronto, la hicieron sentirse como si estuviera en un lugar cálido—, no tienes que sentirte mal por ello. Lo importante es que ahora nos tienes a nosotros. Hemos querido conocerte por tanto tiempo. Ahora que te tenemos aquí, te queremos como si fueras parte de la familia desde siempre.

Elsa le devolvió la mirada y luego miró a su abuelo, que también observaba conmovido la escena. Le pareció que eran sinceros. Se sintió muy extraña.

—Podrían… ¿podrían hablarme un poco de mi padre?—pidió, decidiendo que era momento de saciar toda esa curiosidad que había sentido durante años, por lealtad a su madre que le había mentido—Solo eso quisiera. Quiero saber quien es. Creo que en el fondo, siempre tuve el deseo de conocerlo… aunque él no quisiera saber de mí.

—Tu padre te amaba mucho Elsa, pensaba en ti todo el tiempo—Gerda acarició lentamente el cabello de su coronilla y por primera vez desde que estaba allí, ella no se sintió tan incómoda.

—Creo que esta será una larga conversación. Hay muchas cosas que contar—Kai se sirvió una segunda taza de té y su esposa fue a sentarse a su lado.

De un momento a otro, la tensión que había en la habitación comenzó a desaparecer con la plática de ambos ancianos. Elsa hizo varias preguntas que fueron debidamente contestando y se sorprendió escuchando con atención todo lo que ellos tenían que contar. Anécdotas y cosas que tenían que ver con la forma de ser de su hijo, desde la manera en la que tomaba el té hasta el como solía reaccionar ante determinadas situaciones, y lo mucho que había trabajado para levantar la empresa familiar de una momentánea racha de pérdidas.

Con todo, la muchacha no pudo evitar sentir cierta empatía hacia el hombre que nunca había conocido, por su manera de tomarse las cosas y la forma en la que se enfocaba en su trabajo. Incluso se permitió reír unas cuantas veces con sus abuelos, cuando se pusieron a recordar los momentos graciosos que habían pasado en familia.

Realmente eran personas agradables.

—¡Oh, por Dios!—exclamó alarmada al mirar un reloj de pared y darse cuenta de la hora—Es muy tarde, ¡Anna!—se acordó de su amiga y se levantó de su asiento—Lo siento mucho, tengo que irme, no me di cuenta de la hora.

—¿Te vas tan pronto?—Gerda pareció un poco decepcionada.

—Sí, tengo que llevar a mi amiga a casa—Elsa tomó su bolso y se lo colgó al hombro, mirando a ambos ancianos con algo de apuro—, pero yo… me gustaría mucho volver a hablar con ustedes. ¿Puedo venir mañana?

—Puedes venir las veces que quieras, Elsa—le dijo su abuelo.

—Pasaremos aquí el año nuevo—añadió su esposa—, tal vez te gustaría cenar con nosotros para pasarlo juntos.

—Sí, me gustaría.

La mujer sonrió una vez más y ahora, ella le correspondió con sinceridad. Siempre se había preguntado como sería tener una familia de verdad, además de su madre.

Comenzaba a pensar que se había estado perdiendo de mucho.


Durante los días siguientes, Elsa se acostumbró a pasar casi todo el tiempo en compañía de Gerda y Kai. La última noche del año cenaron juntos en el hotel y ellos le hablaron acerca de su casa en París, las cosas que solían hacer en la ciudad y la empresa, y por supuesto, le contaron más acerca de su padre, a quien ya lamentaba no haber podido conocer.

Sin embargo ellos estaban allí para hacerla sentir como si por fin fuera parte de su familia. Disfrutaba enormemente estar con ambos.

Las cosas en casa se habían vuelto insoportables, entre la indiferencia que guardaba para con su madre y la misma reacción que Hans tenía hacia ella, como si pretendiera castigarla. Eso la estaba matando por dentro pero como la chica orgullosa que era, se negaba a derrumbarse por ello.

Él ya había tomado una decisión. Y después de pensarlo hasta el cansancio, Elsa también.

—Entonces… ¿te vas a ir?—Anna la miró entristecida.

Ambas estaban sentadas en una de las mesas afuera de la heladería. Ese día no les tocaba trabajar, pero habían decidido pasar a tomarse algo, a pesar del frío que estaba haciendo. Las dos amaban los postres helados de Oaken.

Elsa hundió su cuchara en la tarta de helado de chocolate que compartían y asintió, incómoda.

—Esto es algo que tengo que hacer; ya no me siento bien en casa y bueno… lo he pensado. Quiero conocer mejor a mis abuelos, saber más de mi padre, estar en donde creció—le devolvió la mirada a la pelirroja con pena—, no es como si no fuéramos a mantener el contacto, podemos hablar por Internet. Mis abuelos conocen una escuela donde están seguros que me pueden matricular para terminar la preparatoria y luego entrar a la universidad y bueno… no soy tan mala con el idioma y…

—Pero eso significa que ya no nos graduaremos juntas—los ojos de Anna se cristalizaron.

—Oh, Anna…

La colorada se limpió la mirada con el dorso de la manga y negó con la cabeza.

—No, haz lo que tengas que hacer Elsa—le sonrió tristemente—, sé como debes sentirte. Si tienes que ir voy a desearte suerte. Quiero que seas feliz, amiga.

—Ay, Anna—la rubia no pudo evitar sentir ganas de llorar ante sus palabras.

Se levantó de su asiento y la envolvió con sus brazos, siendo correspondida en su abrazo. Esa era una de las cosas más difíciles de tener que marcharse, separarse de su mejor amiga. Habían estado juntas desde niñas y Anna era como una hermana para ella.

—¿Cuándo te irás?—preguntó la pecosa, con la voz ahogada en su hombro y tratando de disimular lo quebrada que estaba.

—En un par de días, hay que estar allá pronto para arreglar lo de la escuela… ay Anna, te voy a extrañar tanto…

—Ya se lo has dicho a tu madre, ¿no?

Elsa suspiró.

—Se lo dije ayer. Ahora es ella quien no quiere hablarme… como si importara—se encogió de hombros, tratando de sonar indiferente.

Toda la situación la tenía terriblemente mal, de modo que cuanta más distancia hubiera, mejor.

—¿Y Hans?

La pregunta de su amiga hizo que sintiera una punzada en el corazón. El pelirrojo era un caso aparte.

Anna se separó de ella para mirarla a la cara, pero la albina solo agachó la mirada y se encogió de hombros, como si intentara restarle importancia. Bastaba con verla para saber que realmente estaba destrozada.

Las dos se quedaron en silencio por unos segundos.

—Bueno—Anna se levantó e intentó componer una amplia sonrisa—, eso significa que no debemos perder el tiempo. ¡Antes de que te vayas tenemos que divertirnos como nunca!—exclamó con repentino entusiasmo—¡No puedes marcharte sin que te demos la despedida que mereces!

—¿Anna?—Elsa parpadeó—¿A qué te refieres?

—Aún tenemos mucho tiempo libre Elsa y podemos aprovechar el tiempo que queda para que te vayas—la cobriza la tomó de las manos—, así que hay que olvidarnos por ahora de despedidas y hacer todo lo que tengamos ganas de hacer. Tenemos que pasarla bien, ¿qué dices?

La blonda sonrió y asintió con la cabeza. En ese momento, era lo único que necesitaba.

La bermeja le llamó a Olaf y los tres acordaron pasarla como nunca antes de que ella se fuera. Lo primero que hicieron fue acudir juntos a un parque para deslizarse sobre la nieve con su trineo, como si fueran tres niños pequeños. Armaron hombrecillos con la nevisca y tuvieron una guerra lanzándose bolas entre ellos, como hacía mucho tiempo que no lo hacían.

Luego fueron al cine, donde se atiborraron de palomitas y bocadillos y más tarde, acudieron a la pista de patinaje junto con Kristoff para deslizarse en el hielo.

La platinada lamentó mucho no haber llevado los patines que había recibido en Navidad, pero no iba a pasarse por casa para recogerlos, solo para toparse con las miradas recriminatorias de Hans y con su madre dando lástima por los rincones… no, esos últimos días serían enteros para ella y como su amiga le había dicho, prefería vivirlos al máximo que andar lamentándose.

Juntos, los amigos salieron de la pista de patinaje después de un par de horas en las que estuvieron deslizándose como nunca y se encaminaron hacia la tienda de tatuajes. El mostrador, Rapunzel se hallaba inmersa en hacer un nuevo dibujo de su bloc mientras a su lado, Eugene le hablaba sobre algo que según lo que pudieron captar, tenía que ver con su videocámara y una tanga masculina... nada de lo que quisieran enterarse realmente.

—¡Hola, muchachos! ¿Cómo están el día de hoy?—los saludó la morena animadamente, cerrando su cuaderno de bocetos y mostrando una enorme sonrisa.

—¡Vinimos a patinar todos juntos! Hoy la pista de hielo estaba más entretenida que nunca—respondió Anna devolviéndole el gesto.

—¡Qué bien! Un día de estos tenemos que ir tú y yo juntos, Eugene. Podemos ponernos a patinar como esas parejitas que se toman de la mano, o bueno a intentarlo, porque yo no sé muy bien, je je je.

—No te preocupes preciosa, para eso está tu novio que te puede enseñar… después de que tome unas clases.

—¿Novio?—Elsa pasó con curiosidad su mirada azul de uno a otro, y notó como la trigueña sonreía tímidamente y se ruborizaba antes de desviar la mirada.

—Así es amigos, por fin después de súplicas y súplicas y muchas más súplicas, le dije a Punzie que sí quería ser su novio—el estruendo de la colleja que la aludida le dio al muchacho resonó en todo el local—. Ok, yo fui quien le rogó—rectificó, sobándose la nuca.

—¡Muchas felicidades!—exclamó Anna de manera entusiasta—¡Oh, se ven tan lindos juntos! Ahora podremos salir en citas dobles de parejas, ¿verdad, Kristoff?

—Sí, lo que sea—masculló el rubio.

—¡Gracias! Aún estoy acostumbrándome al cambio, todo esto del compromiso y las etiquetas es algo nuevo para mi espíritu libre—dijo Rapunzel haciendo aspavientos con sus manos—, pero bueno, ¿los puedo ayudar en algo?

—En realidad sí. Estamos pasando tiempo con Elsa antes de que se vaya a Francia y ella decidió que quiere intentar algo nuevo—habló Olaf.

—Ah, entonces sí te vas a París después de todo—dijo Eugene con una voz repentinamente desanimada.

Intercambió una mirada con su novia y de repente, los dos castaños parecieron entristecerse.

—¡Oigan, oigan! Quiten esas caras largas, nuestra Elsa no se va a desaparecer así como así. Seguro que sus abuelos la dejarán regresar de vez en cuando—repuso Anna con su habitual alegría—, ¡además podemos tener videoconferencias grupales en Skype! Será como si nunca se hubiera ido.

—¡Pues más vale que así sea! Porque si no, yo misma tendré que ir a verte para asegurarme de que no se te olvide ¡y no me importa si tengo que usar mi sartén!—la amenazó Rapunzel.

Todos soltaron una risa y la blonda negó con la cabeza. Realmente iba a extrañarlos a todos.

—Lo recordaré para no estar más de lo debido—dijo—, ahora quisiera que me ayudaras con otra cosa.

—¡Tú dirás!

—Verás… me gustaría hacerme un tatuaje—reveló Elsa, haciendo que los pardos mostraran caras de sorpresa—, quiero llevarme un recuerdo de aquí para tenerlo siempre conmigo… y en fin… —se encogió de hombros, algo apenada por su repentino atrevimiento.

Rapunzel dejó escapar un chillido de emoción.

—¡Pues claro que sí! Oh, ¡esto va a ser tan sensacional!—dio un par de saltitos en su sitio—¿Qué te gustaría tatuarte? ¿Una frase, un animal? ¿Algo en tercera dimensión? ¡Oh, iré por los papeles!—desapareció como un ráfaga en las trastienda antes de darle tiempo a responder.

—¿Estás segura de esto, Elsa? Será algo permanente—le dijo Kristoff dudando.

Ella asintió con la cabeza.

—Estoy a punto de vivir una nueva experiencia, así que ¿por qué no? Nunca me he atrevido a hacer cosas.

—¡Así se habla, amiga!—exclamó Anna—¡Verás que va a quedar muy bien!

La trigueña volvió con unos papeles en la mano y después de firmarlos como era debido y permitirle su reciente identificación, todos pasaron al saloncito de tatuado, que por suerte seguía tan limpio como ella lo recordaba.

—¡Pasa y siéntate, Elsa! ¿Dónde vas a querer el tatuaje?

La albina se dio la vuelta y señaló su espalda baja.

—¡Wow! Sí que va a ser muy sexy, ¿y qué te gustaría tatuarte?

—Un copo de nieve—la rubia alzó una de las comisuras de sus labios—, que sea de color azul.

—Je je, claro, tiene sentido—Rapunzel le pasó otro cuaderno de bocetos mientras los demás curioseaban alrededor—, aquí hay unos que quizá te gusten. Vamos a elegir la forma y el color y en unos minutos comenzaremos.

Elsa tragó saliva con nerviosismo y optó por hojear el catálogo. Cuando hubo escogido el copo que quería y los tonos de azul que llevaría, siguió las instrucciones de la morena para colocarse boca abajo en la silla, que fue inclinada hasta quedar en forma casi horizontal. A continuación sintió como Rapunzel levantaba su chaqueta y su suéter para exponer el sitio donde la tatuaría y se ruborizó un poco, pues todos estaban mirando.

—¡Esto va a ser tan genial! Siempre quise hacerte un tatuaje, tu piel es tan blanca y lisa, ¡es como un lienzo nuevo en donde pintar!—dijo con felicidad.

—Que bonitas bragas traes puestas, Els—dijo Eugene socarronamente.

La mencionada enrojeció y trató automáticamente de subirse un poco el pantalón. En buen momento se le había ocurrido hacer aquello.

—¡Oye! ¿Tú qué crees que estás mirando?—Rapunzel le llamó la atención y le pegó en el hombro—¡Tus ojos aquí arriba, aquí arriba! ¡Voltéate y vete al rincón!

—Pero quiero ayudarte, cariño… ¡auch!—la castaña le dio otro golpecito.

—¡Nada! ¡Al rincón dije!—demandó ella y Eugene no tuvo más remedio que retirarse a una esquina de la habitación para darles la espalda, como si fuera un chiquillo castigado.

Todos rieron sin disimular y Elsa solo se llevó la mano a la frente. Sintió algo frío en la espalda y supo que la estaban desinfectando. Escuchó el zumbido de un instrumento y se tensó.

—Anna… —gimoteó, buscando la mirada de la pelirroja.

—Tranquila amiga, todo estará bien—le dijo ella tranquilizadoramente.

—¿Estás lista?—escuchó que le preguntaba Rapunzel.

—No.

—Bien, ¡aquí vamos!

Anna le ofreció su mano para que la tomara y ella la agarró con fuerza. La aguja con la tinta se acercó a su piel y lo siguiente que se escuchó, fue su grito de dolor y sorpresa haciendo eco en la habitación.


Sentada en un rincón de la biblioteca, Elsa se encogió en un rincón del sofá y miró por la ventana hacia el cielo, que todavía estaba oscuro. Los días habían transcurrido con demasiada prisa y dentro de un par de horas, estaría tomando un vuelo a París con sus abuelos para no volver en mucho tiempo… ¿cuándo era que las cosas habían cambiado tanto?

Sentía tanta tristeza y a la vez tenía tantas expectativas. Quería despedirse del sitio que por meses se había transformado en su hogar y en donde había pasado tantos momentos buenos y malos.

Esa habitación llena de libros había sido su refugio muchas veces.

Suspiró, levantó las rodillas y escondió su rostro en ellas, preguntándose si algún día sería capaz de perdonar a su madre. Seguro se sentiría mejor una vez que estuviera en el avión…

El sonido de la puerta abriéndose la sobresaltó y entonces alzó la cabeza.

Desde el umbral de la habitación, un par de ojos verdes la lanzó una mirada profunda y oscura. Elsa se sintió estremecer por dentro.

En la penumbra, murmuró el nombre de su hermanastro pero el pelirrojo no pareció darse por enterado. En lugar de eso, cerró la puerta detrás de sí y se aproximó contemplándola de la misma manera extraña que la ponía a temblar como si fuera una chiquilla.

Nunca antes la había mirado de un modo tan intenso.

—Estás lista para irte.

La rubia asintió con la cabeza, arrepentida del distanciamiento que tenían. Habría sido todo tan sencillo si no hubieran peleado. Quería decirle tantas cosas en ese momento, lo mucho que lamentaba irse, lo mucho que lo quería, lo mucho que ya lo extrañaba sin haberse marchado.

—Hans, yo… —pero lo que fuera que tenía en mente desapareció por completo de su cabeza, cuando impulsivamente el muchacho se inclinó sobre ella y la beso de un modo hambriento, acallando todas sus palabras.

La joven dejó escapar un gemido de sorpresa y luego le correspondió, rodeándole el cuello con sus brazos y moviendo su cabeza para profundizar el beso.

Si iban a separarse por tiempo indefinido, quizá para siempre, no se iba a ir sin sentir por última vez como era capaz de hacerla volar con un solo roce de sus labios. Quería disfrutar por última vez de la cálida sensación de sus besos y su cuerpo rodeando al de ella.

Hans le mordió el labio inferior y la apretó contra él, provocando que gimiera de un modo más audible. Esos días sin él se habían sentido como una eternidad.

—Maldita sea—lo escuchó murmurar contra sus labios—, voy a echarte tanto de menos… ¿por qué tienes que ser tan orgullosa?

Elsa no pudo contestarle. La boca del colorado había vuelto a capturar la suya, dominante, desesperada. Se sintió desfallecer.

Lentamente, su hermanastro la recostó encima del sofá y se posicionó encima con decisión, seguro de lo que iba a hacer a continuación. Y ella no lo detendría. No tenía fuerzas para hacerlo, ni voluntad. Un extraño cosquilleo se había apoderado de su cuerpo.

Hans la besaba de manera frenética, con violencia y con dulzura al mismo tiempo, casi como si tuviera miedo de separarse de su cuerpo. Y Elsa simplemente se dejaba hacer.

No lo detuvo cuando sus manos fueron hasta el nudo de la bata que llevaba puesta y la abrieron, dejando expuesto el camisón de invierno con el que dormía cada noche. Ni siquiera protestó cuando esas mismas manos, más atrevidas que nunca, se deslizaron por su cintura y sus costados, acariciándola encima de la ropa y haciendo que se arqueara ligeramente.

Las yemas de sus dedos eran como llamas ardientes sobre su piel cubierta.

Cerró los ojos y lo escuchó murmurar su nombre. Una mano masculina se metió por debajo del camisón acariciando sus piernas y enviando un delicioso escalofrío por toda su espina dorsal. Cuanto se moría de ganas por estar con él.

Los labios de Hans descendieron a lo largo de su cuello, besaron su clavícula y se detuvieron en el inicio de sus senos, cubierto por el detalle de encaje de su camisón de mangas largas. Aquella siempre le había parecido una prenda muy inocente, igual que la rubia; pero en ese instante lo único que quería era arrancárselo del cuerpo.

No lo pensó. Subió su mano libre y desató el delicado listón que cerraba aquella parte, casi con furia, abriendo los pliegues de encaje y exponiendo la piel blanca y suave del pecho de la blonda.

Elsa dejó escapar otro gemido, esta vez entremezclado con sorpresa y sintió que el cosquilleó se incrementaba entre sus piernas y en los pechos.

Debajo del camisón no llevaba más que un par de bragas blancas. Siempre había querido que Hans la mirara de aquella manera, sin nada encima, en un momento especial… ahora no sabía si el momento era el adecuado, o si debían hacerlo así, enojados como estaban el uno con el otro, pero no importaba, porque las caricias del pelirrojo se sentían tan bien…

Elsa emitió otro sonido ahogado cuando sintió como ahora sus manos se movían debajo del camisón. La que se lo había abierto por adelante aferró un pecho pálido y pequeño entre sus dedos, y entonces ella se sintió estallar de placer.

Nunca había sido tocada de esa manera tan íntima, tan única. El bermejo sabía bien lo que hacía, sus dedos se movían en círculos alrededor de la areola, pellizcaban el capullo rosado y abarcaban el seno completo en su mano, transmitiéndole una calidez que, oh Dios, se sentía mucho mejor de lo que había imaginado cuando en las noches, soñaba que los dos yacían en la cama haciendo algo más que dormir.

La mano restante ascendió entre sus piernas y se frotó insistentemente contra su intimidad, haciéndola morderse el labio inferior y apretar los muslos para intensificar el roce. Aquello era tan maravillosamente estupendo.

Pero ella no quería quedarse atrás. Sus manos, que hasta entonces se habían mantenido tensas en torno a los hombros del muchacho, bajaron hasta los botones de la camisa de su pijama y empezaron a desabrocharlos torpemente, colándose al interior apenas hubo bastante piel expuesta como para calmar sus ansias.

Hans tenía un torso duro y de piel tersa, en el que cada músculo marcaba contornos que ella estaba deseosa de recorrer con sus dedos. Quería aprenderse de memoria cada parte de su cuerpo, cada peca y cicatriz existentes en la geografía del joven al que amaba.

—Elsa—susurró él con la voz enronquecida—, te necesito tanto, tanto…

Sus labios volvieron a besarla. Le metió la lengua. Movió la suya para enredarla con la de él, respirando entrecortadamente mientras sus manos le tocaban los senos y rozaban su ropa interior.

De repente fue consciente de algo entrando en su interior. Hans había introducido un dedo. Se movía de forma lenta, cadenciosa, deliciosamente torturadora. Gimió dentro del beso, pidiendo por más. Un segundo dedo fue introducido entre los suaves pliegues de su carne y la tensión se hizo insoportable. Sintió algo duro contra su muslo y entonces, mordió su labio de nuevo, presa de la excitación.

Hans se despegó de ella y su boca descendió sobre uno de sus senos. La lengua trazó el contorno de la areola lentamente, después sus dientes mordisquearon el pezón. El masaje en su intimidad incrementó su ritmo, esta vez él empleaba casi todos sus dedos y aquello le producía cosquillas de una manera deliciosa.

Gimió incontrolablemente, cuando esos dedos fueron acercándose a un punto secreto que no sabía que tenía y los labios calientes de su hermanastro abandonaron su seno para devorar el otro.

Sus propias manos se movieron por el torso y la espalda del pelirrojo, arañándolo.

Hans subió una mano hasta su boca y acalló los sonidos de placer que habían incrementado en volumen. No les convenía que los descubrieran así, en su despedida personal. Y el cielo sabía lo mucho que necesitaba hacer aquello, antes de perderla indefinidamente, aunque no la perdonara por dejarlo tan solo.

Después de todo lo que habían pasado juntos, de todo lo que había hecho para demostrar lo distinto que podía ser por ella, por quererla.

Elsa era suya. No podía irse sin saberlo, sin saber que adonde quiera que fuera o lo que quiera que hiciera, él siempre estaría persiguiéndola, en sus pensamientos y a partir de ahora en su cuerpo. Siempre sería suya.

La albina suspiró de manera sonora contra su mano, arqueándose todo lo posible para disfrutar del roce de sus dedos. Su femineidad ahora estaba húmeda y palpitante, ansiosa por recibirlo dentro de sí. Encima de ella, vio como el colorado comenzaba a respirar entrecortadamente, casi jadeante, sin despegar su mirada verde de la de ella. Y entonces lo intuyó todo.

Apartó suavemente la mano de su boca para susurrarle algo que él no comprendió, perdido como estaba en darle placer. Luego, una mano pequeña aferró el elástico de su pantalón y comprendió.

—Elsa… —trató de decirle algo, no sabía que, pero todo pensamiento coherente abandonó su cabeza en cuanto aquella misma mano se introdujo en su ropa interior, aferrando su virilidad. El solo contacto de la palma suave de su hermanastra le hizo ahogar un gemido.

La piel suave y fría de la muchacha contrastaba con la rigidez caliente de su miembro, de un modo extraordinariamente placentero. Mucho mejor de lo que había imaginado antes.

Elsa lo acarició a consciencia y luego, lentamente, sacó su hombría de los pantalones, erecta ya en toda su longitud y apenas visible con la luz de luna que se colaba por la ventana. Sus ojos azules se clavaron con miedo y fascinación en él, mientras Hans analizaba su reacción. Estaba tan hinchado y era tan grande… mucho más grande de lo que se había imaginado tantas veces, y el solo pensar en tenerlo dentro de sí la llenaba de escalofríos pero también de impaciencia.

Lo acarició una vez más, dejándose guiar por su instinto para estimularlo y esta vez, el pelirrojo gimió en voz alta y se reprendió mentalmente por no controlarse. No era cuestión de que alguien y los encontrara dando semejante escena.

Así que volvió a inclinarse sobre Elsa y los dos se besaron con fervor, siempre explorando la intimidad del otro, acariciándose, mientras el brazo libre de la rubia rodeaba el cuello del bermejo para mantenerlo pegado a ella y la mano libre de Hans le apretaba los pechos, ya tan endurecidos como su propia masculinidad. Ardía en deseos de poseerla y sin embargo…

Jadeando, apartó su boca de los labios femeninos quedando ambos unidos por apenas un diminuto rastro de saliva. El rostro de Elsa estaba más arrebolado que nunca y con los ojos brillantes. Se veía tan preciosa. Nunca quería dejar de mirarla así.

—Voy a terminar—le murmuró y en respuesta ella se arqueó inocentemente, separando las piernas bajo el camisón que él le había subido hasta las caderas y lista para recibirlo, aunque sin dejar de temblar.

Hans negó con la cabeza y tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no embestirla de un golpe ahí mismo.

Elsa fue la primera en alcanzar el orgasmo, en medio de un suspiro ahogado que retumbó en las paredes de la biblioteca. El muchacho extrajo su mano, húmeda por el masaje previo a su amante y se la llevó a sus labios, limpiando sin rastro de recelo la esencia que le había entregado la blonda, ante los ojos sorprendidos y nublados de places de ella.

La mano femenina continuaba estimulándolo, constante pero a un ritmo menor. Hans se acercó hasta rozarle el muslo y por un instante ella lo soltó y se preparó para recibirlo… pero entonces, lo único que hizo él fue liberar un hondo suspiro y correrse de manera copiosa, derramándose sobre sus piernas y la superficie de cuero del sofá. Ganándose una mirada confundida de la blonda, a la que solo respondió con indiferencia.

La sola expresión de su rostro le caló a Elsa más de lo que lo había hecho toda su frialdad en los últimos días y sus reclamos. Y entonces comprendió que no iba a tomarla esa noche. Ni esa. Ni tal vez ninguna. Pero le había brindado el mayor placer que había soportado jamás.

Tratando de recuperar la respiración, los dos se sostuvieron la mirada, Hans desafiándola, ella con dolor.

Sin decir una palabra, Elsa se acomodó el camisón y la bata, se puso de pie y huyó corriendo descalza hasta su habitación. Hans creyó escuchar como ahogaba un sollozo pero solo se quedó en donde estaba, inmóvil y vacío.

Más vacío que nunca.

Espero en silencio hasta que el cielo empezó a aclarar y luego se dispuso a ponerlo todo en orden, borrando cualquier huella de su encuentro de manera mecánica, como un autómata. Subió también a su habitación y se puso unos vaqueros y un jersey, se calzó los zapatos deportivos y salió de casa en silencio, a emprender una larga caminata.

No quería estar allí cuando Elsa tuviera que salir al aeropuerto y empezaras las insoportables despedidas. No quería tener que decirle adiós. Volvería cuando ya ella se encontrara en un avión camino a París y con suerte, se haría a la tarea de olvidarse de sus sentimientos para continuar como siempre.

Él nunca había necesitado a nadie de todos modos. En el jardín, Maximus salió a su encuentro intuyendo que había despertado y lo acompañó a perderse antes de que todos en casa despertaran.


Pasajeros con destino a París, favor de abordar su vuelo en el ala este—Elsa sintió como el corazón le daba un vuelco al escuchar el llamado por el altavoz del aeropuerto.

Sus abuelos, que habían estado sentados pacientemente en la sala de espera más próxima, se levantaron y le dieron una mirada para esperar a que los siguiera. La rubia se volvió hacia atrás, donde su familia le esperaba para despedirse de ella.

Anna se había aparecido intempestivamente esa mañana en casa para acompañarla al aeropuerto. No había tenido suficiente con el adiós que se habían dado el día anterior, con el resto de sus amigos. Todos se habían reunido en el Lucky Cat para desearle buena suerte y darle algunos obsequios. Inclusive Mérida había estado allí y aunque no parecía muy conforme con su decisión, no le recriminó nada cuando se acercó para despedirse, dándole un apretón inmenso que por poco le rompía la mano y le hizo morderse el labio para no gritar. Había sido la despedida más extraña que había tenido.

Hasta Honey se había aparecido por el lugar para acompañar a su novio y decirle que, aunque no la había llegado a conocer muy bien, esperaba que tuviera un buen viaje y que pudieran ser amigas a distancia, así como lo era con Tadashi. La platinada se descubrió prometiéndole que sí con la misma sinceridad.

Los brazos de Anna envolviéndola la devolvieron a la realidad. Elsa le devolvió el abrazo y se le hizo un nudo en la garganta cuando la escuchó sollozar. Sus ojos también se cristalizaron.

—¡Cuídate mucho, amiga!—le deseó con la voz quebrada—¡Promete que me vas a contactar desde París! ¡Por favor!

—Te lo prometo, Anna—la muchacha hundió su rostro en el cuello de la colorada—, cuídate mucho. Y no te metas en problemas, ¿quieres?

La aludida dejó escapar una risa y se separó de ella con los ojos hinchados. Ambas se observaron con tristeza antes de separarse.

—Te quiero—le dijo Anna.

—Y yo a ti—Elsa le apretó cariñosamente una mano antes de alejarse completamente.

La rubia se acercó a Eugene, que estaba de pie cerca de ahí esperando pacientemente a que se despidieran. El castaño la abrazó suavemente y ella le pasó los brazos por el torso, sintiéndose cada vez más melancólica. En los pocos meses que llevaban de conocerse y estar en la misma casa, prácticamente lo había llegado a considerar como un hermano mayor.

—Oye Els, no vayas a olvidarte de nosotros en París ¿quieres? Sé que allá es muy fácil con todo lo que te espera, pero hablo en serio. No nos hagas ir a buscarte demasiado pronto, ¿eh?—le dijo con su habitual tono bromista—Promete que estarás bien, ¿sí?

—Tú igual—musitó Elsa y se separó un poco de él—, y cuida también de Hans, por favor. Él… es más frágil de lo que parece—agregó tristemente.

Ni siquiera la había querido acompañar al aeropuerto para darle el último adiós, pero supuso que era de esperarse. Tendría que esforzarse por olvidarlo y un día, llegarían a verse con la indiferencia de dos personas que por accidente habían llegado a formar parte de la misma familia.

—Hey, del principito no te preocupes que ya me encargo yo. Ya sabes que entre tú y yo lo conocemos mejor que él mismo. Idiota orgulloso, ya verás como esto se le va a pasar—se separaron y Eugene se inclinó para darle un beso en la mejilla—. Que tengas suerte, Els.

Ella asintió con la cabeza, ya sin poder detener las lágrimas que bajaban por sus mejillas. El altavoz del aeropuerto hizo una segunda llamada y escuchó como sus abuelos la conminaban a darse prisa.

Tras darle una última mirada a Anna, que lloraba en silencio, tomó su bolso de viaje y vio como su madre y su padrastro se levantaban para seguirla.

Idun estaba más tensa que nunca, tenía el rostro pálido y parecía que en cualquier momento iba a echarse a llorar. Adgar por su parte, solo tomó el par de maletas que había empacado en casa con serenidad y entonces, ambos fueron tras ella y la pareja de ancianos.

Llegaron los cinco lo más lejos que se les permitía ir juntos, el pasillo de abordaje. Sus maletas fueron puestas en la transportadora de equipaje. Elsa se acercó a su padrastro y él la recibió con los brazos abiertos. La jovencita sollozó suavemente contra su pecho.

—Cuídate mucho, cariño. Y no te olvides de estar en contacto—Adgar le habló como si fuera un padre con su hija—, cualquier cosa que necesites, solo tienes que llamar.

—Adiós—se despidió la platinada—y perdón por haber sido tan grosera contigo—hipó—. Siempre fuiste muy bueno conmigo.

Adgar le sonrió de manera tranquilizadora y le acarició el pelo, antes de dejarla ir.

Elsa vio por el rabillo del ojo como su madre se le acercaba dubitativamente. No hizo afán de moverse o mirarla. Idun la encerró impulsivamente entre sus brazos, como si nunca quisiera dejarla marchar y sollozó amargamente en su hombro. La chica sintió como si algo agudo le atravesara el corazón.

—Mi niña, mi niña—la castaña la apretó con fuerza, pero ella no le correspondió el abrazo—, ay Elsa, perdóname. Nunca quise hacerte daño, nunca, nunca… —una de sus manos se enterró en su nuca y la mencionada sintió por última vez el perfume que tan bien conocía de su madre, esa mezcla de lilas que le había fascinado desde pequeña—, ojalá algún día comprendas que eres todo lo que más quiero en este mundo. Hijita mía.

Una tercera llamada a abordar se hizo oír por los altavoces.

—Elsa… —Kai la llamó dubitativamente. A su lado, su esposa contemplaba la escena con pena.

Idun se incorporó de repente y le arregló la chaqueta que llevaba puesta y los mechones que escapaban de su trenza. Dos gruesos caminos oscuros de lágrimas y maquillaje manchaban sus mejillas, enrojecidas por el llanto.

—Es hora de que te vayas—le dijo nerviosamente—, cuídate mucho. Y no dejes de comunicarte… aunque sea con Adgar—la besó en la frente y en las mejillas—, te amo Elsa. Te amo mucho, mi cielo. No lo olvides.

La joven se apartó tan pronto como la hubo dejado y le dio la espalda, sintiendo que ella también iba a romper a llorar de la misma forma en cualquier momento, como si volviera a ser la niñita que llamaba a su madre en las noches. Y no quería eso. Ella no lo merecía.

Su abuelo le rodeó los hombros con un brazo y se dirigieron al avión.

Aun mientras abordaba el vuelo y se ubicaba junto a los ancianos en sus asientos de primera clase, Elsa se sintió como si todo lo que la rodeaba fuera un sueño. No fue sino hasta que se tuvo que abrochar el cinturón de seguridad y el vehículo empezó a moverse, que tuvo consciencia de cuan real era todo.

De la importante etapa que estaba por iniciar en su vida. Se sintió asustada.

El avión emprendió el vuelo y ella se quedó mirando por la ventanilla como el aeropuerto de Oslo se iba haciendo cada vez más pequeño, hasta que no pudo distinguir nada más. Solo entonces enterró la cabeza en sus manos y se echó a llorar desconsoladamente. Echaba tanto de menos todo, a todos…

—Oh, cariño—Gerda la abrazó maternalmente desde su propio asiento y trató de consolarla—, ya, ya querida. No llores. Todo va a estar bien. Verás que en cuanto lleguemos haremos un montón de cosas, no tendrás tiempo de pensar en nada más. No te preocupes, corazón.

Ni las palabras de consuelo de la buena mujer, ni las miradas tranquilizadoras que le daba su esposo fueron suficientes para conseguir que se calmara. Sabía que de ahora en adelante tenía que ser fuerte.

Con enorme tristeza volvió a mirar hacia la ventanilla, despidiéndose mentalmente de todo.

"Adiós, Hans".


Nota de autor:

¡No me maten! D: Ok, sé que todo ha pasado demasiado rápido pero vamos, saben que no todo puede ser momentos calenturientos Helsa y bromas entre los personajes.

Uy y hablando de momentos subiditos de tono, ¿qué les pareció ese lime? No se lo esperaban ¿verdad? 7u7 Sí, yo tampoco, en serio, solo salió de no sé donde y dije bien, pongámoslo. Lástima que al final nuestra parejita no pudo consumar su amor, así que el verdadero instante lemmon sigue pendiente. Así de mala soy y así de mala me encanta ser *alguien le arroja una botella y ella se agacha para esquivarla*.

Por otra parte tenemos la historia del padre de Elsa y demás. Sé que tampoco se lo esperaban, pero ya ven que nuestra rubia y su madre también tienen un pasado. ¿Se imaginaban que Idun escondía algo así?¿Están molestos con ella? D: Yo la verdad espero que no, la pobre solo se equivocó bastante.

Espero que no hayan necesitado muchos pañuelos, entre las despedidas, la historia de Idun y sus disculpas, y demás. Sé que la separación de nuestros gatitos duele, pero esta es una etapa por la que Elsa necesita pasar, así que no me odien y confíen en mí. :) Aún hay varias cosas por leer.

Guest: Jijiji, sí, yo todo el mundo estaba apostando a que los descubrirían pero no, ya vieron lo que sucedió. Soy terrible, lo sé. :3

Ari: Sí, la verdad es que a Elsa le fue muy bien de regalos, tanto de Navidad como de cumpleaños, ¡quién fuera ella! xD Y bueno, pues ya vimos como acabó esa charla con Kai y Gerda, ¡drama everywhere! :D Tenía que poner el detallito de "Pasión de Invierno", creo que es un fic que ha significado mucho para todos y siempre estará en nuestros corazones. *-*

J. Marshmallow: Misterio desvelado, se pusieron buenas las cosas con la llegada de los abuelos. xD Sobre tu idea, es buena pero honestamente no sé si pueda llevarla a cabo, tengo ya un pequeño fic planeado para después de BEMT pero ando ocupadísima, así que probablemente este menos activa en el fandom después de esto (lo bueno es que me está ayudando otra maravillosa autora :3).

SamanTha: El Helsa se siente en el aire, efectivamente. n.n Anna no solo fingió haber tejido ese jersey, sino que Kristoff lo supo y fingió también con ella para no hacerla sentir mal. LOL Punzie y Flynn son un caso aparte, pero sí se quieren pelear de verdad, bien podrían pedirle lecciones a Hans y Elsa, sus discusiones eran aún más épicas. xD Hablando de nuestro pelirrojo, la verdad es que sí se lució; solo él puede ser un caballero y un sexy malvado al mismo tiempo. Jajajaja, me halagas de veras; es que ya sabes, los detalles son importantes en toda historia. :3 Y creo que estarás satisfecha de ver que te acercaste bastante con una de las posibilidades que mencionaste sobre Kai y Gerda, ahora nos esperan unas cuantas cositas más antes de despedirnos de BEMT y averiguar que pasa con nuestros pajaritos. ;)

Debo irme criaturas, pero antes me gustaría recomendarles un fic genial que me topé el otro día en el fandom de Tangled, (andaba con ganas de Eugenzel), se llama "Si fuera un cuento de Grimm", es un Modern AU interesantísimo que los atrapará tanto como a mí si aman a esta pareja, ¡pero solo tiene 3 reviews contando el mío! (O los tenía la última vez que estuve ahí). Es inaudito. Si les interesa, se los recomiendo y también que comenten aunque sea poquito, que ese fandom es muy pequeño y sería triste que la autora dejara la historia. :( Es de LadyEpona93 por cierto y pueden encontrarlo si le echan un vistazo a los favs de mi perfil. n.n

La tía Frozen se despide de nuevo, advirtiéndoles que esperen más drama y emociones, además de nuevos personajes que por la mención del hermano de Elsa y el lugar al que van, me imagino que ya saben quienes serán. x3 (Sí, a esta chica le encanta inventarse relaciones o parentescos entre personajes de Disney que no tienen nada que ver el uno con el otro, acostúmbrense, jejeje).

PD. Devuelvo reviews por la noche, que han sido días ocupados. ¡Pórtense mal! :P