Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.

Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.


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35

Duele tu ausencia


Las calles de París eran mucho más hermosas de lo que había visto en libros y películas. El encanto de las casas que flanqueaban las calles, los barrios llenos de artistas y elegantes cafés, los paisajes que se confundían con la sofisticación de las antiguas construcciones… todo eso y más conformaba una visión magnífica para Elsa, quien observaba la ciudad desde los cristales tintados del auto en el que viajaba con sus abuelos.

Aun así nada de aquello era suficiente para consolar su ánimo. Nada de eso significaba mucho sin tener a alguien especial con quien compartirlo.

"Me haces falta", pensó, odiándose por no poder desprenderse de la imagen de cierto muchacho de cabellos rojos. ¿Cómo se suponía que fuera a olvidarlo de ahora en adelante? ¿Por qué el tiempo transcurría tan lento?

El vehículo se internó en un barrio lleno de residencias y finalmente, atravesó las verjas de hierro de una mansión de dos pisos, muy amplia y con un enorme jardín. Los enormes ventanales y la elegante fachada encajaban perfectamente con el lado más tradicional de la ciudad luz.

La rubia suspiró y salió del carro junto con Kai y Gerda, quienes le indicaron al chófer que bajara sus equipajes para que pudieran ser llevados a sus habitaciones.

La anciana le rodeó los hombros con un brazo.

—Ven cariño, vamos adentro. Te mostraré cual será tu habitación—juntas ingresaron a la vivienda, en donde lo primero que vio fue un enorme vestíbulo—, espero que te guste, tiene un enorme balcón que da hacia el jardín y la vista es muy bonita, ya lo verás…

Elsa dejó que continuara hablando, cada vez más perdida en sus pensamientos. Cierto era que durante todo el viaje en avión los ancianos habían tratado de levantarle el ánimo, pero era inútil. A cada segundo que transcurría, más se preguntaba si había tomado una buena decisión al marcharse de casa.

Pero luego recordaba lo enojada que estaba con su madre y se decía que tenía que mantenerse firme.

Gerda se detuvo en frente de una puerta blanca y la abrió. Aquella habitación era considerablemente más grande que la que tenía en casa y gritaba Chanel por todas partes. Las paredes eran de un bonito color crema que reflejaba la luz natural que entraba por los miradores del balcón y en el interior, había muebles de madera oscura y una cama con dosel blanco, además de otros accesorios de decoración en colores neutros. Sus maletas ya habían sido puestas en una esquina.

—¿Te gusta?—le preguntó su abuela, dejándola para que recorriera el dormitorio.

—Es lindo—respondió ella de manera ausente, posando una mano encima de la cómoda más cercana.

Comparada con aquella estancia, su habitación en Oslo parecía casi infantil, por lo que supuso que le vendría bien el cambio. O al menos trató de convencerse de eso.

—Podemos cambiar lo que tú quieras si hay algo que no te guste—le dijo Gerda—, o cambiarte de habitación si lo prefieres. Hay muchas que no ocupamos y…

—Está bien así—la joven se esforzó por mirarla y esbozar una sonrisa, que más bien pareció una mueca desanimada—, todo está perfecto.

En ese momento, Kai entró y las miró sonriendo.

—¿Qué te parece la casa, Elsa? ¿Te gusta?—inquirió.

—Sí—dijo ella asintiendo—, es muy linda.

—Ah y eso que todavía no la conoces completa, te va a gustar más cuando sepas en donde está cada cosa—dijo su esposa imitando su gesto alegre—, y también el vecindario y la ciudad. Sabemos que no pudiste traer todas tus cosas contigo, pero no te preocupes, porque ya comparemos todo lo que te haga falta. Esta misma tarde si quieres, podemos ir a…

—En realidad—la blonda la interrumpió suavemente—, estoy un poco cansada por el viaje. Me gustaría mucho quedarme a descansar.

Los ancianos intercambiaron una mirada y luego Kai le dio un asentimiento.

—Por supuesto que sí, querida. Hay mucho tiempo para todo lo demás—se dirigió con su mujer a la salida—, ponte cómoda. ¿Necesitas que alguien te ayude a desempacar?

—No, yo me encargo.

—Bien.

—Te llamaremos cuando la cena esté lista, cariño—le dijo Gerda—. Si necesitas cualquier cosa, avísanos.

Cerraron la puerta dejándola sola y entonces, se derrumbó en una silla cercana y volvió a suspirar tristemente. Ni todas las cosas de las que iba a disfrutar allí se comparaban con lo mucho que extrañaba su hogar, a sus amigos, a Hans…

Levantó su muñeca derecha dejando ver el brazalete que le había regalado tiempo atrás y del que le había resultado imposible desprenderse. El pequeño corazón de cristal resplandeció cuando la luz le dio por completo. Tenía que haberse dado cuenta antes de que lo que ambos tenían no iba a durar mucho tiempo.

Dejando las maletas de lado, fue hacia la cama y sollozó contra la almohada hasta quedarse dormida.

En sus sueños, vio de nuevo al pelirrojo asegurándole que siempre estarían juntos.

Unos toques a su puerta la sacaron de su ensueño. El cielo había oscurecido y la habitación se hallaba en penumbra.

—Elsa cariño, ¿estás ahí?—la voz de su abuela se hizo escuchar afuera.

—Sí—musitó incorporándose en la cama.

—La cena ya está lista, ¿quieres bajar?

—Iré en un momento—respondió y luego oyó los pasos de la mujer alejándose.

Rápidamente se incorporó y entró a un baño adjunto en el dormitorio, encendiendo la luz. Había una bañera y otros muebles lujosos dentro y estaba tan bien decorado como su alcoba, pero apenas y prestó atención a esos detalles.

En lugar de eso se enjuagó el rostro, hinchado por haber llorado y trató de hacer algo con su trenza desarreglada. Era un desastre.

Una vez que estuvo presentable salió de su habitación y bajo a reunirse con sus abuelos, guiándose por las voces que se escuchaban al otro lado del vestíbulo. En el amplio comedor habían sido dispuestos lugares para tres personas y Kai estaba sentado a la cabecera, con su esposa a un lado. Ambos la recibieron sonrientes.

Elsa se ubicó a un lado de su abuelo, en el momento en el que una mujer regordeta y de cabellos blancos salía de la cocina.

—Ella es nuestra cocinera, la señora Potts—la presentó su abuela—, le pedimos que preparara una cena especial para recibirte. Hizo todos tus platos favoritos, ¿sabes?

—Es un placer conocerla señorita, bienvenida—la mujer le sonrió bondadosamente, hablándole en un perfecto francés que por suerte, pudo reconocer—. Espero que se sienta como en casa.

—Muchas gracias, lo intentaré—le respondió ella en el mismo idioma, ganándose una mirada satisfecha de Kai.

La cena fue servida aunque la muchacha no se sintió con mucho apetito a pesar del delicioso aspecto y olor de cada uno de los platillos, varios de ellos muy populares en Noruega. Se notaba que los ancianos estaban haciendo su mejor esfuerzo para levantarle el ánimo, por lo que no quería ser desagradecida.

En silencio, permitió que su abuela le sirviera un poco de todo y trató de poner su mejor cara para conversar, aunque la mayor parte de la plática transcurrió con ambos hablando de los lugares a los que tenían planeado llevarla y demás. Su abuela le habló de ir al Louvre, sabiendo lo mucho que le gustaba el arte y su abuelo sugirió que fuera a conocer el negocio con él al día siguiente, mencionando lo mucho que le encantaría probar todos los chocolates que tenían en el establecimiento y demás.

En el fondo, la platinada sintió una mezcla de pena y sorpresa por ambos. Se notaba que se sentían un poco solos desde la muerte de su hijo y que realmente querían ganarse su confianza.

La velada transcurrió tranquilamente hasta que escucharon como la puerta se abría a lo lejos y luego pasos que se acercaban al comedor. Un joven alto de largos cabellos dorados agarrados en una coleta informal y penetrantes ojos azules, hizo acto de aparición. Llevaba una chaqueta colgada del hombro y aspecto de cansancio.

—Abuelo, tenemos que hablar sobre la media de producción en la empresa, creo que… —el muchacho se detuvo al percatarse de la presencia de la albina.

Elsa se tensó en su lugar. Aquellos orbes azules, más profundos que los suyos, la analizaron con detenimiento, adquiriendo una expresión fría y severa. Fue Kai quien se atrevió a hablar para romper el silencio que se había formado.

—Adam, me alegra que estés de vuelta, creíamos que no ibas a llegar a tiempo para cenar con nosotros. Siéntate, hijo.

—¿Y esto qué significa?—repuso él volviéndose al anciano. Su voz era serena y moderada, pero debajo de aquel tono se podía intuir fácilmente un estado de ánimo muy agitado. Aquello no le gustó a la chica.

—Bueno, sucede que tenemos visitas muy especiales hoy.

—Tu hermana ha venido a pasar una temporada con nosotros, Adam—dijo Gerda sonriendo con suavidad—. Va a estar viviendo aquí para que convivamos como familia. Sería bueno que ustedes dos…

—Basta—Adam levantó una mano y la acalló de modo imperativo—. Creí que ustedes solo iban a ir a verla. No dijeron que la traerían aquí—volvió a mirar a Elsa con descontento y ella le sostuvo la vista con recelo.

—No sé porque te sorprende tanto, sabías que esa era una posibilidad—dijo Kai tranquilamente—, al fin y al cabo, esta casa es tan suya como de cualquiera de nosotros. Y somos una familia. Sería apropiado que empezáramos a comportarnos como una.

—Familia—el rubio masculló la palabra como un insulto—, ¿desde cuándo le llamas familia a una equivocación? ¿Ya se te olvidó lo que hizo mi padre? ¿Lo que le hizo a mi madre?

—Cálmate y siéntate, querido—le dijo Gerda.

—¡No! ¡No voy a sentarme en la misma mesa que ella!—exclamó él perdiendo los papeles—¡¿Qué demonios les pasa?! ¡¿Por qué me insultan de esta manera?! ¡¿Cómo se atreven a traerla aquí?! ¡No tiene nada que hacer en este sitio! ¡Con su madre es con quien tiene que estar, con esa maldita mujer!

Elsa apartó la mirada y la clavó en su plato con los dientes apretados, sus ojos cristalizándose de rabia y tristeza. A su lado, su abuelo le tomó una mano con la suya y se la apretó gentilmente.

—Elsa es parte de nuestra familia y no será insultada—dijo de modo autoritario—, lo que concierne a sus padres es un caso aparte y no volveremos a mencionarlo aquí. ¿Me has entendido?

—¡Qué fácil es para ti! ¡Eres igual que mi padre, solo miras lo que te conviene!—Adam les dirigió una mirada rabiosa a los tres—¡No voy a formar parte de esta maldita farsa! ¿¡Les ha quedado claro?!

—Cariño, Elsa es tu hermana… —intentó decir Gerda.

—¡No es mi hermana! ¡Nunca será nada mío!—replicó él elevando la voz y clavando sus ojos con rencor en la mencionada—¿No lo ves? ¡Ni siquiera nos parecemos, no somos iguales! ¡Yo vengo de una mujer decente!

—¡Basta!—Kai se levantó de su asiento con estrépito—¡He dicho que no mencionaremos este asunto más! Elsa es tu hermana, te guste o no. Si no estás dispuesto a comportarte como una persona civilizada, no tiene caso que compartas nuestra mesa. Retírate ahora mismo.

—¡Por supuesto que me voy a retirar! ¡Jamás aceptaré a esta… equivocación, maldita sea!—vociferó el joven—Me decepcionas mucho, abuelo. ¡Me decepcionan mucho ambos!

Furibundo, se alejó en dirección a la escalera maldiciendo y azotando cosas en su camino. Elsa temblaba en su asiento. Una lágrima traicionera abandonó sus ojos. Kai le acarició afectuosamente la cabeza y le puso una mano en el hombro.

—No hagas caso de nada de lo que dice, cariño. Necesita tiempo para adaptarse—le dijo—, en el fondo es un buen chico. Es solo… que ha sufrido mucho.

—Tu hermano no es tan malo, Elsa—le dijo Gerda, tratando de excusar a su nieto—, con el tiempo te darás cuenta de que es una persona gentil. Te aceptará, ya lo verás.

La aludida no dijo nada. Se sentía terriblemente mal, como si fuera un deshecho al que nadie necesitaba. ¿Para eso se había alejado tanto de casa? ¿Para ser tratada así? ¿Era que siempre tendría que cargar con las acciones de su madre?

Comenzaba a arrepentirse de haberse ido de casa.


Sentada al islote de la enorme cocina con gabinetes de caoba y cristal, Elsa bufó con aire melancólico. Empezaba ya su segundo día en París y no encontraba nada que hacer. Sus abuelos habían salido a arreglar unos asuntos, no sin antes prometerle que pasarían juntos toda la tarde y que mientras tanto, podía ir adonde quisiera dentro de la casa. Pero a ella no le apetecía mucho ponerse a explorar un lugar que cada vez se le antojaba más vacío.

La señora Potts colocó una taza de chocolate humeante frente a ella.

—Aquí tienes querida, espero que te guste—le dijo cálidamente.

Unos cuantos malvaviscos flotaban en la superficie del líquido espumoso. No era muy adepta a ellos, pero no se iba a poner especial cuando la mujer había sido tan amable. Sopló encima de la taza y la probó.

—Le falta vainilla—musitó en voz baja, casi para si misma.

Cada vez que Hans le preparaba chocolate en casa, le ponía una pizca de vainilla y desde entonces no había querido tomar ningún cacao diferente. Maldijo para sus adentros, ¿es qué todo tenía que recordarle a él?

—¿Pasa algo, cariño?—la cocinera la miró con inquietud.

—No, no es nada. Hablaba conmigo misma.

—Puedo volverte a preparar otra taza si quieres.

—No, no se moleste—se apresuró a decir—, está muy bien así. Gracias.

Tomó en silencio unos cuantos sorbos de la taza mientras la señora Potts se entretenía en tararear una canción en francés y preparar lo que parecía ser un estofado para el almuerzo. Sus ojos azules se quedaron fijos en una ventana, nublada por la escarcha. Los inviernos en París eran un poco menos fríos que en Noruega, pero en esos momentos, ni ver la nieve la podía animar.

Como echaba de menos pasear en trineo con sus amigos.

—Hola—una vocecita infantil la distrajo de sus pensamientos.

Miró hacia abajo y se encontró con dos ojos curiosos de color celeste. Un niñito de unos siete u ocho años la miraba con atención. Ella se mostró sorprendida.

—¿Tú quién eres?—antes de que pudiera contestar, el pequeño había hablado de nuevo.

—Ella es la señorita Elsa, es nieta de los señores Solberg—respondió la cocinera detrás de ambos, volviéndose para hablarle al niño—. Te acuerdas que te hablaron de ella, ¿verdad?

—Oh, ¡sí!—el chiquillo pareció recordar algo de pronto y amplió su sonrisa—Ya recuerdo. Yo me llamo Chip.

—¿Chip?—la blonda arqueó ambas cejas, extrañada ante el nombre del niño.

—Así es como le gusta que le llamen, en realidad su nombre es Louis—explicó la señora Potts volviendo junto a ella para empezar a cortar unas verduras y mirando con una sonrisa al pequeño—, cosas de niños.

Elsa asintió con la cabeza y volvió su atención al aludido, que se había sentado frente a ella y sostenía en sus manos un muñeco de acción al que reconoció como el Capitán América, uno de los amores platónicos de Anna. La pelirroja siempre había sentido fascinación por los superhéroes.

—¿Te gusta mi nuevo muñeco?—preguntó Chip amistosamente—Es súper poderoso, tiene un escudo de verdad.

La albina ensanchó un poco su sonrisa al ver como le mostraba el juguete moviendo sus brazos y el mencionado accesorio.

—Es muy lindo—le respondió, sorbiendo un poco más de chocolate.

—Adam me lo regaló, siempre me compra todo lo que yo le pido—dijo el niño con orgullo, sin percatarse de como el semblante de la muchacha se tornaba serio—. ¿Tú eres hermana suya?—inquirió, observándola de nuevo atentamente.

—Se supone que sí—respondió Elsa secamente, pensando para sus adentros cuan desafortunado era aquello.

Ese sujeto y ella podían tener la misma sangre, pero estaba claro que nunca tendrían nada en común. Ni siquiera Hans había sido tan odioso como él cuando había llegado a vivir con ella. Y de nuevo sus pensamientos iban hacia el colorado.

—¡Él también es como mi hermano! A veces sale a jugar conmigo y me lleva al cine o a comer helado. ¿Tú haces esas cosas con él?—Chip la miró inquisitivamente y entonces pudo percibir un atisbo de celos que casi la hizo echarse a reír.

En lo que a su hermano postizo se refería, el pequeño podía quedarse tranquilo. Después de la escena de anoche, Elsa no tenía el menor interés en convivir con él, sin importar lo que dijeran sus abuelos.

—No—respondió, viendo por el rabillo del ojo como la señora Potts había vuelto para echar los vegetales en la cazuela y la revolvía mientras tarareaba—. Nosotros… no nos llevamos muy bien.

—¿Por qué no?

Elsa tuvo ganas de suspirar. Había olvidado lo difícil que podía ser tratar con niños.

—Porque… no. Él no es… muy amistoso.

—Eso no es verdad, ¡Adam es muy bueno! Aunque a veces se enoje un poco. Pero conmigo nunca se ha enojado—lo defendió el pequeño—. ¡Él es el mejor hermano mayor del mundo! Y no me gusta que hablen mal de él.

La rubia parpadeó asombrada al ver como Chip defendía al mencionado con uñas y dientes. Le parecía imposible que una persona como él pudiera mostrarse tan amable con el chico.

—Cariño, deja de molestar a la señorita Elsa—la cocinera le llamó la atención y volvió junto a ellos—, ella ha tenido un largo viaje y aún está cansada. ¿Por qué no sales a jugar en la nieve con tu muñeco de acción?

A Chip se le iluminaron los ojos al oír la sugerencia.

—¡Oh, haré una avalancha enorme de nieve!—gritó con entusiasmo.

—Pero no olvides ponerte bufanda y guantes.

—¡Sí, mami!—el niño saltó de la silla y salió corriendo, sin ver como la muchacha se volteaba aún más impresionada a ver a la mujer.

La cocinera, intuyendo lo que estaba pensando, le sonrió y se sentó a pelar unas patatas.

—Sé lo que está a punto de decirme señorita, soy muy vieja para tener a un chico tan pequeño—Elsa se ruborizó pero ella siguió hablando antes de que pudiera excusarse—. En realidad lo adopté hace pocos años, la madre de Chip era una amiga mía, muy joven, que lamentablemente murió en un accidente. Como no tenía a nadie me dejó la custodia, ya ve. Afortunadamente sus abuelos lo quieren mucho y el joven Adam también—puso las cascaras de papa en un plato—. Hasta su difunto padre llegó a encariñarse con él, antes de que su enfermedad se lo llevara. Pobre hombre, era reservado pero buena persona.

Elsa soltó un pequeño suspiro.

—Es raro que ayer no notara a su hijo, creí que aquí no vivían más que mis abuelos y sus empleados.

—Oh, Chip se la pasa correteando en el jardín de atrás cuando no va a la escuela. Ayer usted estaba tan fatigada que de seguro ni lo escuchó. Y bueno, imaginé que sus abuelos y usted querrían tener una cena más íntima, así que lo mandé a dormir un poco más temprano. Aunque es raro que se esté quieto.

—Parece que quiere mucho a Adam.

—Ah sí y él también lo quiere, eso me alivia pues el joven no es muy abierto. Tiene su carácter, creo que ya lo notó—la platinada hizo una mueca—. En el fondo es un excelente muchacho, se lo prometo. Solo tiene que darle tiempo para acostumbrarse. No suele ser muy sociable con la gente y además, le afectó mucho la situación de sus padres. Pero estoy segura de que a usted la va a querer con el tiempo—Elsa frunció el ceño—, confíe en mí, señorita.

—No me interesa que me quiera ni nada—replicó ella orgullosamente—, vine aquí para estar con mis abuelos.

—Ah, ya veo que es usted igual de terca. Los dos lo sacaron de su padre—la señora Potts rió y empezó a picar sus patatas—, supongo que hay que darle tiempo al tiempo—dijo más para si misma.

La rubia alzó su nariz con dignidad y se tomó el resto del chocolate, haciendo a un lado tal posibilidad.

—¿Tienen wi-fi aquí? Me gustaría comunicarme con mi amiga—dijo al terminar con su bebida.

—La clave está en la biblioteca, querida. Vaya y póngase cómoda.

Elsa se dirigió al mencionado lugar, asomándose con curiosidad a todas las estancias que encontró en su camino. La mansión de sus abuelos era en verdad muy grande, más que su casa en Oslo, que también era bastante lujosa. La biblioteca también superaba por mucho a la que compartía con su familia. Todas las paredes, excepto el ventanal que daba al jardín, estaban llenas de libros de pies a cabeza; aquello debía ser el paraíso para toda amante de las historias como ella, no obstante descubrió que por el momento ni siquiera eso la animaba un poco.

Suspiró de nuevo y fue hasta la iMac ubicada en un escritorio central, donde rápidamente localizo la clave de la conexión a Internet. Después de configurarla en su teléfono, le mandó un mensaje a Anna y otro a Olaf, avisándoles que estaba bien. No le contestaron; la diferencia horaria y el hecho de que debían estar aprovechando al máximo sus últimos días de vacaciones debían tenerlos algo ocupados.

Recorrió los contactos de Whatsapp y se detuvo en el de cierto pelirrojo, que le sonreía con altanería desde su foto de perfil. El corazón le latió con fuerza. Después de dudar si debía escribirle algo o no, optó por salir de la aplicación y guardar su teléfono.

Nunca había tenido madera de masoquista y no iba a empezar.

En lugar de eso escogió un libro con cuentos (Guy de Maupassant era el autor) y decidió buscar un buen lugar para leer. Aquello sería bueno para practicar un poco más con el francés.

Recorrió la planta baja hasta dar con una estancia retirada que parecía agradable; era como un saloncito de estar que había sido decorado con muy buen gusto pero estaba cerrado. Se encogió de hombros y entró para sentarse en un sofá. Notó en una repisa un retrato familiar y sintió algo amargo en el pecho. La imagen mostraba a su padre, un apuesto hombre de pelo rubio, al lado de una mujer de cabellos rubios dorados y un niño que tendría once o doce años. El hombre mostraba una sonrisa que parecía forzada, mientras que su esposa se mostraba con una expresión neutral en el rostro y los ojos de su hijo parecían tristes.

Al lado de la foto había un retrato de mayor tamaño en el que aparecía solo la mujer, esta vez sonriendo con sinceridad. Lo tomó entre sus manos y lo examinó con cuidado. La esposa de su padre había sido realmente una mujer atractiva, con el mismo pelo y los azules eléctricos que le había heredado a su medio hermano. Por un instante se sintió mal. Parecía buena persona al sonreír de aquel modo.

Estaba claro que la única que había arruinado las cosas, era su madre. ¿Cómo había podido vivir tanto tiempo con esa mujer sin saber cómo era realmente?

—¿Qué estás haciendo aquí?—la voz repleta de frialdad que se escuchó detrás de ella la dejó paralizada.

Elsa miró por encima de su hombro, antes de ver como algo se dirigía a toda prisa hasta donde estaba y le arrebataba la fotografía con violencia. Ella dio un par de pasos atrás sobresaltada.

—¡¿Cómo entraste aquí?! ¡¿Y qué estabas haciendo con esto?! ¡Dime!—Adam parecía tan furioso como la noche anterior.

No tenía idea de que se encontrara en casa, creía que también se había ido al trabajo.

—Y-yo…

—¡No puedes entrar aquí! ¡Este lugar está prohibido para ti, ¿me oyes?!

—Mi abuelo me dijo que yo podía entrar adonde quisiera—Elsa recuperó rápidamente la compostura y lo encaró con determinación—. Tú no eres nadie para prohibirme nada.

—¡Aquí no puedes entrar!—el rubio se inclinó para hablarle entrecortadamente, como si quisiera amedrentarla con su diferencia de altura—Esta era la estancia personal de mi madre.

El súbito dolor que acompañó a sus palabras la tomó por sorpresa.

—Yo… no lo sabía.

—Ahora lo sabes y tú más que nadie tienes prohibido estar aquí—le espetó él, mientras la hacía a un lado y volvía a colocar el portarretrato en donde estaba—. ¡Más te vale que te mantengas alejada de esta habitación!

—¿Cuál es tu problema? ¡Ya sé que estás enojado, pero yo no tengo la culpa de esta situación!—le reclamó ella exaltada—. ¡Ni siquiera iba a quedarme en la estúpida habitación! Solo estaba mirando.

Adam la miró con desdén.

—¿Qué haces aquí?—le preguntó—¿A qué viniste? ¿Te enteraste de la herencia y no quisiste demorarte en reclamar tu parte? Seguro que tu madre recibió encantada la noticia.

—¡No metas a mi madre en esto!—chilló Elsa—¡Ella no tiene nada que ver en este asunto! ¡Y a mí no podría interesarme menos! ¿Con quién crees que estás hablando?

—Por favor, no quieras hacerte la digna conmigo—le dijo Adam cruelmente—, sé bien la clase de persona que es esa mujer. ¿Por qué habrías de ser diferente a ella? Después de todo, el dinero es lo único que siempre les ha importado a las personas como ustedes, ¿estoy equivocado?

—¡Tú no sabes nada sobre mí, ni sobre mi madre! ¡No tienes derecho a hablarme de esta forma!

—¡Tengo todo el derecho de decir la verdad! ¡Ustedes destruyeron esta familia!—gritó Adam; perdía los papeles con mucha facilidad al parecer—¡Y si crees que vas a estar a tus anchas aquí, lamento romper tus estúpidas ilusiones!

Dio la vuelta como un león enjaulado por toda la estancia y tiró al suelo las cosas que estaban en una cómoda.

—¡Puede que mis abuelos te hayan recibido con los brazos abiertos, pero por mi parte, que te quede claro que no eres bienvenida en esta casa ni lo serás nunca! ¡Si no fuera por ellos, ni tú ni tu madre pondrían un pie aquí!

—¡A mi madre no le interesa nada de esto! ¡Y a mí tampoco! ¡Lo único que quería era conocer a mi familia!—bramó Elsa—¡No necesitamos nada de lo que ustedes tienen!

—Eso no detuvo a esa mujer de tomar su dinero en un principio, ¿no?—señaló él con cruel ironía.

—Quien parece preocupado por el dinero eres tú, lo cual tiene sentido—contraatacó la blonda con saña—, ni siquiera querías a papá. ¡Qué alivio has de haber sentido cuando se marchó! Veo que te das buena vida con todo lo que te ha dejado, ¿no es así?

Los ojos del muchacho resplandecieron con odio puro.

—No te atrevas a hablar de mí de esa manera—le advirtió caminando hacia ella amenazadoramente—, yo soy el hijo legítimo. Tú solo eres un error, un inconveniente, la pobre niñita a la que nadie esperaba—Elsa sintió como si algo le oprimiera el corazón al escucharlo—, eres producto de una sucia aventura. Deberías avergonzarte, así como mi padre debió avergonzarse de si mismo. Traicionar a una buena mujer por una cualquiera—escupió con desprecio—, darle la espalda a una familia decente por esa prostituta. Porque eso es lo que tu madre es, una mujer baja, sin valor. Lo mejor que pudo hacer fue esconderse. Y no importa lo que hagas o adonde vayas, nunca dejarás de ser la hija de una prostituta. Recuérdalo la próxima vez que quieras recriminarme por algo.

Elsa respiró con dificultad, los ojos le escocían y la opresión en su pecho había aumentado. Temblando, se encontró carente de respuesta para las crueles palabras del joven. Lo miró con resentimiento, con más resentimiento del que le había tenido a nadie… y entonces, lo empujó y salió corriendo de allí.

Adam frunció el ceño y clavó su vista en la alfombra, tratando de ignorar el sentimiento de culpa que empezaba a apoderarse de él. Siempre cometía el error de dejarse llevar por sus impulsos.

Fuera de la habitación, la albina se dirigió a prisa y volvió a encerrarse en la biblioteca para encogerse en un rincón a llorar, rodeándose las rodillas con los brazos y ocultando el rostro entre ellas. Nunca antes se había sentido tan poca cosa.

En ese momento, odio a su madre más que nunca, a su padre y a ella misma. Pero sobretodo a ese arrogante imbécil que era su medio hermano. ¿Por qué tenía que recordarle lo que ya sabía?

Ella no tenía la culpa de lo que estaba pasando. Solo quería desaparecer.

Ojalá nunca se hubiera enterado de la verdad.

Sus sollozos aumentaron de volumen, no dejándole escuchar como la puerta se abría ni los pasos que se acercaban en su dirección. Solo cuando sintió una mano tocándole el hombro con suavidad, fue capaz de levantar su cabeza, con algo de sobresalto. Frente a ella, un par de ojos avellanas le devolvieron la mirada con preocupación.

—¿Te encuentras bien?—le preguntó la recién llegada, una chica que parecía de su misma edad y llevaba unas delgadas gafas sobre el puente de su pequeña nariz.

Era muy guapa. Tenía la piel clara y el pelo castaño recogido en una coleta, lo que acentuaba aún más sus finas facciones. Sus grandes orbes del color de la miel transmitían una sincera inquietud. Elsa contuvo otro sollozo y se limpió las lágrimas bruscamente.

—¿Quién eres tú?—preguntó, de una forma más ruda de lo que en realidad pretendía.

La otra muchacha no pareció molestarse, sino que sonrió y dejó a un lado el par de libros que llevaba bajo el brazo, para buscar algo en el bolsillo de sus vaqueros.

—Ten, sécate—le ofreció amablemente un pañuelo, que ella tomó con algo de reticencia—. Me llamo Bella Dupond, ¿puedo preguntarte lo mismo?

Ella le respondió y entonces la castaña arqueó sus cejas en señal de comprensión.

—Ah, así que tú eres la nieta de los señores Solberg. No sabía que vendrías de visita.

—Sí, al parecer nadie se lo esperaba—dijo la rubia con ironía.

—Pues no, de un tiempo a acá ellos hablaban mucho de ti y de ir a conocerte, pero no se veían muy esperanzados de que quisieras venir. Qué bueno que lo hiciste, se nota que les hacía ilusión—Bella se puso de pie y le ofreció una mano para ayudarla a hacer lo mismo, la cual aceptó—. ¿Por qué llorabas?

—No es nada, es una tontería—repuso Elsa rehuyendo su mirada y cruzándose de brazos, en actitud defensiva.

—Nadie llora por una tontería, algo te pasa—replicó la chica con suavidad, agachándose una vez más para recoger sus libros y comenzando a caminar frente a las estanterías, como si buscara un sitio para ponerlos—. ¿No te gusta estar aquí?

Elsa hizo un sonido nasal y terminó de limpiarse los ojos.

—¿Tú eres algo de mis abuelos?—inquirió, tanto por cambiar el tema como por extrañeza. Al parecer esa casa estaba cada vez menos sola de lo que pensaba.

—No, pero mi padre trabaja para ellos, se encarga de arreglar las máquinas que hacen chocolates y todo eso. Bueno, después de todo él las inventó—rió un poco—, es un hombre excéntrico. Los señores Solberg me dejan venir aquí a veces para tomar prestados libros, son muchos y nadie los lee—agregó, colocando los volúmenes que traía con ella en un hueco y agarrando otro de considerable tamaño—. Justo acabo de finalizar esos dos. Soy un ratón de biblioteca, lo sé.

Elsa sonrió de lado y liberó una pequeña risa ahogada. La muchacha le caía bien, aunque solo llevaran un minuto de conocerse. No conocía a ninguna otra chica de su edad que disfrutara de la lectura tanto como ella; normalmente las otras jóvenes la consideraban rara o aburrida si llegaban a enterarse.

—Eres de Noruega, ¿verdad?—Bella volvió a acercarse a ella y la examinó brevemente—Ya la señora Gerda me había comentado que iban a viajar para buscarte.

—Sí, de Oslo—la platinada dobló su pañuelo cuidadosamente y se lo devolvió—, me cayeron de sorpresa.

—Ya. ¿Y extrañas mucho tu casa? ¿Por eso estás así?

—Echo mucho de menos a mis amigos, pero no lloraba por eso—le contestó. La expresión paciente de la joven era como una invitación en desahogarse—. Es que… al parecer no a todo el mundo le agrada que esté aquí—murmuró con desánimo.

—Hablas de Adam, ¿verdad? ¿Qué te dijo?—la afirmación de su visitante la tomó por sorpresa—Vamos, es obvio que hablas de él. Mira, no eres la única con quien tiene problemas, él es malo con casi todo el mundo. Deberías ver como se desquita con sus empleados a veces. No le hagas caso, así es su modo de ser, creo que ni él mismo se soporta—añadió con cierto sarcasmo.

—Hablas como si lo conocieras bien.

—Y sí, tengo el "honor". Una vez, tu abuela me había invitado a tomar el té con ella, pero tuvo una emergencia y me dijo que me pusiera cómoda mientras salía. Entre en una habitación para leer en silencio y se puso como loco cuando me vio allí. Jesús, creí que me iba a arrancar la cabeza—Bella rió con humor—. Pobre, no sabe controlar su carácter. Parece una bestia. Un día de estos le va a dar una úlcera si sigue enojándose así.

Elsa se le unió, ya con más ánimo.

—Me temo que conmigo sí tiene razones para sentirse molesto. Es… difícil de explicar—musitó, desviando sus ojos para clavarlos en el ventanal con tristeza.

—No imagino cuales pueden ser si ustedes apenas se conocen. Nadie debería ser tratado tan mal cuando está tan lejos de casa—Bella la miró un momento, como si estuviera pensando y luego la mirada se le iluminó—. ¡Ya sé! ¿Por qué no sales un rato conmigo? Te invito a comer a mi casa—le ofreció—, no es tan grande como aquí pero a mi padre y a mí se nos da bastante bien cocinar. Te agradará conocerlo, es un tipo divertido. Y si quieres, después te puedo presentar a unos amigos. ¿Vamos?

La blonda dudó un poco pero al ver la cálida sonrisa que adornaba el fino rostro de la morena, se sintió un poco mejor y decidió que no tenía nada que perder. Después de todo, si pasaba un segundo más en aquella casa terminaría asfixiándose.

—Está bien. Le mandaré un mensaje a mi abuelo.

—Genial, alcánzame en la entrada. Traje mi bici, no te molesta que vayamos en ella, ¿no?

—No… —sin quererlo, Elsa recordó aquel día en el parque en el que había salido a pasear en bicicleta con Hans y su mascota.

Lo habían pasado tan bien. Solo pensar en él dolía como jamás nada la había herido.

—… no, está bien.

—Pues bien, te espero.

Bella salió con andar refinado del lugar, en tanto ella volvía a tomar su teléfono para hablar con su abuelo, tratando de ignorar el creciente malestar que se había apoderado de si misma.


Kai pareció ponerse contento al saber que había hecho una nueva amiga. De inmediato le dio permiso para que saliera con la señorita Dupond, "pues era una chica muy confiable y educada". Le dijo que se tardara el tiempo que quisiera y que al final mandaría al chófer a buscarla.

Minutos después se vio sentada en la parte trasera de la bicicleta de Bella, un bonito vehículo turquesa de aspecto vintage, mientras la castaña le decía que se aferrara a su cintura y comenzaba a pedalear. Pasaron varias calles hasta llegar a un barrio más modesto que el de sus abuelos, pero con casas encantadoras y bien cuidadas. La muchacha vivía con su padre en una pequeña y acogedora vivienda con el jardín lleno de flores.

El señor Maurice era un hombrecillo tan excéntrico como lo había descrito su hija, de baja estatura, cabello cano y temperamento nervioso pero sin duda tan alegre como ella. Su casa parecía estar llena de piezas y artilugios por todos los rincones, todos ellos parte de los inventos que había hecho él; era un ingeniero que amaba su trabajo y a su hija.

Para alivio suyo, se puso muy feliz al recibirlas a ambas en casa.

Entre los dos consiguieron hacerla reír en varias ocasiones, contándole anécdotas que le habían ocurrido al señor Dupond en la pequeña fábrica de sus abuelos o en su propia casa, al estar inventando algo; mientras disfrutaban una cazuela de Ratatouille, una comida bastante habitual en Francia.

Luego de eso, Bella la llevó a dar una vuelta por los alrededores, entraron a su café favorito y le presentó a dos de sus amigos que trabajaban allí como camareros. El más alto de los dos, un tipo muy flaco y de cabello rubio atado en una pequeña coleta al que llamaban Lumiere, intentó coquetear con ella al tomarle la orden. Y el otro, un muchacho castaño y regordete al que apodaban Ding-Dong y que atendía el mostrador, apenas y le prestó atención afortunadamente. Parecía más preocupado por reprender a su compañero y tratar de mantener un orden obsesivo en las mesas.

Para el final de la tarde, Elsa se sentía lo bastante cómoda como para hablar con ella y contarle lo que había estado viviendo en los últimos días. Las cosas habían cambiado tanto, que necesitaba desesperadamente desahogarse con alguien.

Bella era buena escuchando. No le hizo muchas preguntas al contarle la discusión que había tenido con su madre y como había decidido viajar a París para estar con sus abuelos.

En cambio, fue capaz de animarla cuando supo el enfrentamiento que había tenido con su recién descubierto hermano y porque parecía que ellos nunca podrían llevarse bien. A pesar de todo, Elsa seguía teniendo un enorme sentimiento de culpa con el que odiaba cargar.

—No deberías sentirte de esa manera, no eres responsable por nada de lo que hicieron tus padres—le dijo tomando un sorbo de su capuchino—. Adam tendrá que terminar por entenderlo también. Es necio pero no tanto.

—No digo que quiera que me acepte, sé muy bien porque no lo hace. Es solo que… me siento terrible al saber lo que mi madre le hizo a su familia—Elsa suspiró con tristeza y fijó la mirada en su frapuchino.

—Sí, él está muy afectado por ese asunto hasta donde sé, nunca pudo perdonar a su padre. Incluso hasta ahora solo ha utilizado su apellido materno—Bella cortó un trozo del brownie de chocolate que compartían y se lo llevó a la boca—. Pero te diré algo, él no puede quedarse viviendo en el pasado para siempre, un día va a tener que superarlo. Y ahora que lo sabes tú también—comió otro pedazo y volvió a hablar con cautela—, y si me permites decírtelo, creo que tampoco deberías ser tan dura con tu madre. Ella se equivocó pero por lo que me cuentas, se nota que ha tenido mucho tiempo para cambiar.

—¿Y cómo no puedo pensar lo peor de ella? ¿Sabes el dolor que sentí al enterarme de lo que pensaba hacer conmigo?—la albina agachó la mirada con renovada rabia—Tú no entiendes lo que se siente que tu propia madre haya pensado en deshacerse de ti.

—Pero no lo hizo—atajó Bella con neutralidad—. Entiendo que estés molesta, yo también lo estaría. Y también creo que hiciste bien en poner distancia entre las dos, ambas necesitan espacio para pensar. Pero no deberías olvidar que ella te ha dado todo. Ser padre soltero es muy difícil, cuando mamá murió mi padre también tuvo que esforzarse el doble. El que tu madre haya decidido conservarte y trabajar para ti demuestra que te ama sinceramente.

La platinada frunció el ceño y se quedó mirando su vaso con enojo.

—Ya sé que no soy nadie para meterme en tu vida, pero bueno, pareces estar algo confundida. Solo quiero ayudar, pareces una buena chica—le dijo la castaña—. Y la verdad es que nuestros padres no son perfectos, ningún adulto lo es. Y seamos realistas, cuando una mujer tiene un hijo, no toda la responsabilidad es de ella.

—Ella lo planeó todo…

—Tal vez, pero no es precisamente como si tu padre hubiera sido obligado a nada, ¿no?

Elsa permaneció en silencio, enfurruñada en su asiento pero admitiendo para sus adentros que tenía razón. Aún así resultaba tan difícil dejar la rabia de lado.

—No voy a insistir con esto, creo que necesitas tiempo para ver las cosas diferente—Bella extendió una mano y le palmeó la suya cariñosamente—. Es bueno que estés aquí, creo que tomaste una buena decisión al venir a conocer a tu familia. Pero estoy segura de que tarde o temprano terminarás regresando.

Elsa levantó la mirada.

—No estoy tan segura de eso.

—Ah, lo harás, créeme. Mientras tanto vamos a pasar tiempo juntas, ¿te parece?—la trigueña le sonrió—Seremos muy buenas amigas, ¿sí?

La albina volvió a sonreír y asintió con la cabeza. Bella no era tan entusiasta y chispeante como Anna, pero tenía una serenidad que la tranquilizaba al instante y le gustaba su sinceridad. Se alegraba de contar al menos con una amiga allí.

—Tú no estás mal solamente por lo que ocurre con tu familia, extrañas a alguien más—Elsa parpadeó, sorprendida de la habilidad de la muchacha para leerla con tanta facilidad—. ¿Es tu hermanastro? Lo mencionaste varias veces.

La platinada se sonrojó. Había tratado de omitir muchos detalles respecto a Hans, pero sus propias reacciones físicas la traicionaban cuando se trataba del pelirrojo.

—La relación con él es complicada.

—Me imagino que sí.

—Es el tipo más arrogante, molesto y vano con el que te puedas encontrar.

—¿En serio?—Bella la observó con atención.

Elsa soltó un largo suspiro y entonces la castaña le volvió a sonreír comprensivamente. Sabía que lo echaba demasiado de menos, más que a cualquier otra persona.

—¿Por qué no intentas comunicarte con él? Seguro que querrá saber que te encuentras bien.

—No—musitó Elsa—. Estaba muy molesto conmigo cuando le dije que me iba. Discutimos.

—No te desanimes, él no habría actuado así si no te quisiera lo suficiente. Así pasa con las personas que nos aman—le dijo Bella—. Debe sentirse tan mal como tú, pero dale tiempo. Entenderá porque tuviste que irte.

—¿Y qué más da? De todas formas nosotros no funcionamos juntos—replicó la blonda tratando de convencerse a si misma—, quizá sea mejor así. Peleábamos más de lo que nos gustaba estar juntos.

—¿De verdad?

—No—suspiró nuevamente y apoyó la frente contra la palma de su mano.

Bella volvió a tocar su mano restante para darle un apretoncito.

—Solo dale tiempo. Estoy segura de que te va a esperar.

—¿Cómo lo sabes?

—Si te quiere tanto como creo que lo hace, lo hará. No se olvidará de ti.

—Lo extraño demasiado. Lo echo tanto de menos que duele.

—Lo sé, descuida. Dale tiempo al tiempo—repitió la morena—, eso es lo que dice mi padre cuando las cosas no salen como se espera.

Elsa se quedó pensando, esperando en sus adentros que ella tuviera razón. De repente se sentía un poco mejor.


—¡Dale a ese! ¡A ese!—Hans apretó los dientes el escuchar otro de los estruendosos alaridos de Anna, jurando para sus adentros que si no se callaba, iba a perder la paciencia y a terminar colgándola de las trenzas en algún sitio.

No importaba que ese gorila rubio que tenía por novio estuviera sentado justo a su lado.

De alguna extraña manera, los dos habían terminado sentados en el suelo de su habitación, jugando en la consola de videojuegos a la que él, recostado en la cama, ni siquiera le prestaba atención.

Visitas para levantar el ánimo, había dicho la colorada. Como si necesitara que alguien hiciera alguna maldita cosa para levantarle el ánimo.

Estaba jodido. Habían pasado solo dos días desde que Elsa decidiera largarse y la casa no podía sentirse más vacía. Su madre estaba decaída, la había escuchado llorar repetidas veces, sin que las palabras cariñosas de su padre pudieran hacer nada por ella. Hasta esa cosa peluda que era su gato parecía echarla de menos.

Y él… él se sentía destrozado por dentro. Nunca nadie lo había decepcionado tanto, ni se había sentido más vacío. Las noches eran insoportables sin el calor que hasta entonces le había estado proporcionando la pequeña figura de la muchacha. Sin ver la traviesa mirada que le dirigían sus ojos azules cuando estaban a solas. Sin besar esos labios sin los que ya no podía vivir.

Elsa le hacía falta en todos y cada uno de sus sentidos. Y lo que más lo lastimaba, era que se hubiera marchado sin mirar atrás. Ni siquiera había tenido el valor de mandarle un mensaje; pero sí que lo había hecho con sus amiguitos.

¿Por qué había creído que podían tener algo juntos? Estaba claro desde el principio que ambos encajaban tan mal como el agua y el aceite.

—¡Ah, maldito! ¡Me destrozaste la cara!—Anna chilló cuando su personaje en la pantalla recibió un disparo en pleno rostro—¡Hijo de tu tal por cual!—se exaltaba mucho cuando jugaba videojuegos.

Kristoff emitió una risa seca a su lado y ella se volvió hacia atrás para mirar al cobrizo.

—¿Quieres ahora jugar tú una partida, Hans?—le propuso la chica con una sonrisa—No has dicho nada desde que empezamos el juego.

—¿Y qué se supone que tengo que decir?—espetó él, dándose la vuelta en la cama para darle la espalda a la muchacha groseramente.

Kristoff lo miró de reojo con fastidio.

—¡Oh vamos, Hans! Anímate, este juego te encanta. ¡No hay nada que te haga sentir tan bien como dispararle en la cara a tus contrincantes! ¿Eh? ¿Eh?

El pelirrojo no le contestó.

—Anna, deberíamos irnos. Te dije que esto no era tan buena idea… —empezó a decirle su novio, pero ella lo acalló con una mano.

—Bueno, si no quieres jugar, podemos salir a algún lado. Kristoff y yo estábamos pensando en ir a ver una película, ¿vamos?

El muchacho frunció el ceño y se incorporó para sentarse en la orilla de la cama, desde donde le lanzó una mirada envenenada a la pecosa. ¿Qué demonios era lo que pretendía? Fastidiándolo en su propia casa si tan siquiera dejarlo estar a gusto con su miseria, con esa actitud optimista de mierda que le apretaba las bolas.

—¿De qué se trata todo esto?—preguntó de mal talante—Vienen a invadir mi casa como si nada, se sientan a armar un escándalo y luego tú me sales con esa porquería de plan, como si fuera a sentirme bien con tu lástima. Carajo, ¿no ves que estoy mal?

—Oye, tranquilo imbécil—lo atajó Kristoff volviéndose también para él—, Anna solo está tratando de ayudarte. Quedarte en cama como un jodido emo no suena mucho mejor.

—Vete al carajo, idiota—replicó Hans—y tú—señaló a la pelirroja—, basta con esta mierda, ¿me oyes? ¿Qué tiene uno que hacer para que lo dejen en paz, maldita sea?

—Al demonio con este—el blondo se puso de pie con evidente molestia—, Anna, vámonos.

—No.

—Anna…

—Espera—la joven se puso de pie también y miró a Hans con el ceño fruncido—, ¿cuál es tu problema, idiota? Ya sé que la extrañas, pero por si no lo has notado, no eres el único que la está pasando mal con esta situación.

Hans arqueó una de sus cejas rojizas.

—¿Alguna vez te has parado a pensar en que todos nosotros extrañamos a Elsa? ¿En que ella también echa de menos su casa? Está en un lugar desconocido y todo lo que sabe es que su novio, la persona que supuestamente la quería más que nadie, la detesta—dijo Anna con indignación—, ni siquiera tuviste la consideración de ir al aeropuerto a despedirla, toda su familia estaba allí. ¿Sabes lo mucho que le daba miedo marcharse?

—Eso no le impidió largarse de aquí—siseó el pelirrojo con desprecio.

—Claro que lo hizo, tarado. ¡Quería conocer a su familia!—exclamó ella perdiendo la paciencia—¡Tú también habrías hecho lo mismo si de repente te enteraras que tienes abuelos y que tu propia madre quiso venderte! ¿Cómo esperabas que se quedara aquí, después de saber semejante cosa? ¡¿Qué pasa contigo, Hans?!

—¡Su madre no es una persona perfecta! ¿Y qué?—bramó él levantándose y encarando a la bermeja—¡Cometió una equivocación! ¡¿Y qué hay de todos los años que la crio, que se mató trabajando para ella?! ¡Es que eso no cuenta! ¡Maldición Anna, todos la conocemos y sabes muy bien que no es el monstruo que ella dice que es!—gritó—¡¿Pero acaso eso le importa?! ¡No!¡No tuvo ningún problema en marcharse para darnos la espalda a todos! ¡Esa desconsiderada!

—¿Desconsiderada por qué? ¿Por querer conocer de dónde viene? ¡¿Y tú que habrías hecho, patán?!—la discusión iba incrementando su tono peligrosamente.

—¡Me hubiera quedado con las personas a las que sé que les importó!—chilló Hans—¡¿Cuál es tu problema?! ¡Ni siquiera pareces afectada por esto! ¡Es tu mejor amiga, maldición!

—¡¿Y tú cómo sabes que no me afecta?!—los ojos de Anna se cristalizaron y la voz se le quebró—¡¿Tienes idea de lo mucho que la extrañó?! ¡Hemos estado muy unidas desde niñas y ahora ni siquiera podremos graduarnos juntas! ¿Sabes cómo me hace sentir eso?

Hans la miró, turbado. Frente a ellos, Kristoff se frotaba la nuca con incomodidad.

—Daría lo que fuera porque Elsa jamás se hubiera ido. Cada vez que me acuerdo de ella, me doy cuenta de la falta que me hace y es como si estuviera incompleta. Es la mejor amiga que tendré jamás—se limpió una lágrima traicionera con la manga de su campera con la cara de un Pokémon—, pero a diferencia de ti, yo no me creo con propiedad sobre ella y quiero que sea feliz. Y si eso significa que tendrá que irse por un tiempo, por su bien, ¡pues le dejo que lo haga, maldita sea!

Kristoff la miró preocupado e hizo ademán de acercarse cuando contuvo un sollozo, pero entonces ella volvió a hablar.

—No eres más que un maldito egoísta, Hans. Solo piensas en ti—le dijo con indignación—, nunca te paraste a considerar sus sentimientos, sus ganas de saber. Cuando ella lo hizo todo por ayudarte cuando tuviste problemas. ¡Te acompañó a encarar a tus hermanos y te hizo sentirte mejor cuando ellos solo se trataban como basura!

El labio inferior del aludido tembló. Percatarse de que tenía razón era un golpe sumamente bajo.

—Te dio una oportunidad aún después de todas las cosas malas que le hiciste, quiso estar contigo aunque al principio no hicieras más que fastidiarla. ¿Y así es cómo le pagas? ¿Recriminándole apenas las cosas se ponen mal? ¿Diciéndole que no la vas a esperar? ¡¿Qué mierda tienes en la cabeza?!

Hans apretó los dientes y bajó la mirada, sintiendo que los ojos le escocían también.

—¡Elsa no se merecía nada de eso! Ella no ha hecho más que soportarte y comprenderte y tú en cambio, le das la espalda apenas tienes oportunidad. Pero claro que ibas a hacerlo, cuando la situación no se trata de ti solo te haces a un lado.

—Tú no sabes nada… —musitó el colorado con furia y tristeza a partes iguales.

—¡Y te diré otra cosa!—Anna prosiguió como si no lo hubiera escuchado—Quizá su madre se equivocó y no sea una mala persona; todos sabemos lo mucho que la ama y cuanto se ha esforzado por ella. Pero no puede ocultarle una cosa como la que hizo durante años y pretender que la perdone tan fácilmente. ¡Hasta ella tiene que darse cuenta de que algo así tiene consecuencias! Y si eso va a seguir haciendo sufrir a Elsa, ¡espero que no vuelva nunca!—agregó, ya sin poder contener sus lágrimas—¡Por qué ella merece ser feliz aunque sea lejos de todos nosotros! Y sobretodo lejos de ti, que no has demostrado comprenderla en absoluto. Le fallaste, ¡le fallaste después de todo lo que hizo por ti!

Los dos colorados se quedaron de pie el uno al otro, devolviéndose la mirada con rencor y con las lágrimas brillando en sus orbes verdosas.

—¡Vete a la mierda!—le espetó Hans.

—No, ¡tú vete a la mierda!—respondió Anna—¡No eres más que un egoísta e imbécil! Ni siquiera sé porque me molesto en querer ayudarte; supongo que es lo que a Elsa le habría gustado, porque estoy segura de que ella sigue pensando en ti. ¿Pero sabes qué? Es obvio que todo esto te importa un carajo. No te la mereces.

—Anna, vamos—le dijo Kristoff caminando hacia la puerta—, no vale la pena—miró de soslayo al otro muchacho con seriedad.

—¡La próxima vez que quieras volver a hablar de ella como si no le importaras, solo recuerda las cosas que hizo por ti!—exclamó la pecosa—¡Y cómo tú solo la dejaste ir con el corazón roto, cuando se supone que la querías!

Hans desvió la mirada con enojo.

—Eres un jodido egoísta, ¡eso es lo que eres!—Anna se encaminó al lado de su novio—¡Vámonos, Kristoff! Antes de que le rompa la nariz a este imbécil.

La chica se alejó dando tumbos por el pasillo y antes de seguirla, el rubio solo le dirigió una mirada de decepción a Hans que mostraba cuanto estaba de acuerdo.

Se marcharon y el colorado se derrumbó contra la pared, sintiéndose aún peor que antes. ¿Qué había hecho? Odiaba admitir que esa chiquilla escandalosa pudiera tener razón, pero era verdad. Elsa siempre había estado con él, lo había ayudado a superar todos los problemas que había tenido con su familia.

¿Y qué le había dado a cambio? No había hecho ni el mínimo esfuerzo por entenderla. Pero es que tenía tanto miedo de quedarse solo, tanto miedo de perderla…

"No sabes cuanta falta me haces, Elsa".


La chocolatería Solberg Factory resultó ser mucho más grande de lo que sus abuelos modestamente le habían dicho. El establecimiento se encontraba en el centro de París y la parte delantera estaba ocupada por un local con elegantes ventanales y vitrinas, en donde se exponían todo tipo de confites. Kai la llevó a hacer un pequeño recorrido por la fábrica, donde pudo ver como el delicioso chocolate era mezclado en fábricas y luego tratado artesanalmente para formar todo tipo de dulces.

Un sabroso aroma a cacao inundaba el ambiente, mientras caminaban alrededor de empleados ataviados con guantes, cubrebocas y gorros para el cabello, y unas batas rojas con el elegante logo de la marca, que en su haber contaba ya con varias sucursales a lo largo de toda Francia.

Sabiendo eso no era de extrañar que los ancianos pudieran llevar una vida tan cómoda.

—Ah, prueba estos querida—Kai le señaló la bandeja que uno de los trabajadores acababa de traer, con unas cuantas muestras de lo que parecían ser trufas—, son una de nuestras últimas creaciones. Chocolate amargo y crema de avellanas. Te van a encantar.

Elsa extendió su mano para tomar uno de los dulces y lo llevó hasta su boca, soltando un sonido de agrado al sentirlo en su lengua. A Anna sin duda le encantaría estar en ese lugar. Todo lo que había probado era delicioso.

—¿Y bien?

—Está muy rico, abuelo—le sonrió al hombre—, ahora entiendo porque estabas tan orgulloso de este lugar.

—A tu padre le encantaba venir y probar las cosas él mismo, antes de que salieran a la venta. Siempre tuvo un paladar muy exigente—habló mientras continuaban caminando hacia las enormes cocinas—, creo que gracias a eso nuestras ventas se incrementaron. La gente adora los dulces que hacemos aquí.

Hubo una pausa entre los dos, mientras Elsa observaba con curiosidad como los cocineros vertían el chocolate en moldes para mezclarlo con otros ingredientes o darle las refinadas formas que podían apreciarse en la tienda.

—Dime Elsa, ¿te has sentido bien en casa? ¿Te gusta la ciudad?—le preguntó Kai—Sé que has estado un poco desanimada, pero…

—La ciudad es maravillosa—se apresuró a contestar ella—y la casa está bien… dentro de la que cabe. Tú, mi abuela y los empleados han sido muy buenos conmigo. Estoy segura que dentro de poco me acostumbraré a estar aquí.

Kai asintió con la cabeza, sin parecer muy convencido pero optando por dejar el tema de lado.

—He notado que te has hecho muy buena amiga de la señorita Dupond. Es una buena compañía para ti, Elsa, asiste al mismo colegio al que tú vas a ir; le conseguimos una beca hace años y es una de las más sobresalientes de su clase—dijo él con orgullo—y ya arreglamos todo para que tú también asistas cuanto antes. Hablaremos con el consejero escolar para que pueda asesorarte con tu entrada a la universidad…

La rubia se alegró de saber aquello. Estaba nerviosa por empezar de nuevo en un sitio diferente, aunque aquel fuera a ser su último semestre. Sus amigos le iban a hacer mucha falta, pero contar con una cara conocida en clases la aliviaba.

En silencio, permitió que su abuelo siguiera hablándole sobre los planes que tenían en lo que respectaba a la escuela, asintiendo de vez en cuando o dándole una respuesta corta.

Esa misma tarde recorrió con Gerda el centro parisino, dejando que la anciana le arrastrara por múltiples tiendas y la llenara de regalos. No le emocionaban mucho pero se notaba que la mujer se sentía realmente feliz de llenarla de atenciones. Como si tratara de compensar todos los años que habían pasado sin conocerse.

Al regresar a casa repleta de compras, aprovechó para enviarles unos cuantos mensajes más a sus amigos. Anna no había dejado de responderle por Whatsapp desde la noche del día anterior.

Ardía en deseos de preguntarle sobre cierto pelirrojo en el que no dejaba de pensar, pero ni siquiera se atrevía al recordar el dolor que la invadía desde su separación.

Los días fueron pasando para ella, en una lenta sucesión de experiencias que cada vez se le antojaban más rutinarias. Poco a poco se acostumbraba al idioma y las costumbres de los franceses, especialmente desde que entro al costoso colegio en donde la habían matriculado sus abuelos y en el cual no podía sentirse más fuera de lugar. Su consejero se había encargado de que todos sus maestros fueran amables con ella y aunque Bella se encargaba de ayudarla con sus tareas y de aclararle las cosas que no entendía en sus clases, no podía evitar echar de menos su anterior institución, con las risas de sus amigos, las materias que le gustaban, sus patios y cada uno de sus rincones.

Hasta echaba de menos a Weselton y la clase de deportes con su estúpido juego de quemados.

Durante las siguientes semanas habló varias veces con su padrastro, quien se encargaba de decirle como se encontraba su madre, aunque ella jamás se lo preguntara. Muy en el fondo, agradecía que al menos él estuviera allí para cuidarla.

Comunicarse con sus amigos era otra cosa. Ellos eran quienes se encargaban de alegrarle los días a distancia, de contarle lo que sucedía a menudo y de decirle cuanto la extrañaban. Fue así como se enteró de que el cortometraje de Eugene se hallaba entre los finalistas del concurso de cine independiente, de que Anna había vuelto a ganarse una detención por arrojarle un balón al profesor de deportes en plena clase y que a Olaf lo había invitado a salir una chica de la clase de arte.

Como deseó haber podido presenciar todo eso en persona.

No era tan malo vivir con sus abuelos. Kai y Gerda se desvivían en atenciones para con ella y ya la habían llevado a conocer muchos fascinantes rincones de la ciudad. En casa la servidumbre también era muy atenta y lo más que tenía que soportar, era la indiferencia y las miradas de desdén que Adam solía enviarle, algo a lo que ya se había acostumbrado.

El joven no iba a dar su brazo a torcer y ciertamente, Elsa tampoco, pero podía vivir con eso.

Un buen día y después de mucho pensarlo, se decidió por fin a enviarle un mensaje a Hans. Los dos podían haber terminado pero a final de cuentas seguían siendo hermanastros. Algún día, muy lejano probablemente, tendrían que volver a verse y no podían estar resentidos el uno con el otro.

Aunque cada noche lo único en lo que pensara fuera en él y la manera en que la había acariciado y besado antes de irse. La manera en que la había hecho suspirar y sentirse más deseosa que nunca.

Así que tomando valor, le escribió con dedos temblorosos.

[ Elsa Sorensen: ¿Cómo estás? El clima en París es frío. Te he echado de menos. Recibido 2:07 ]

Esperó expectante. Sabía por su estado en Whatsapp que estaba conectado. Las señales al lado de su mensaje no tardaron en volverse azules, indicando que ya había sido leído. Pero no recibió ninguna respuesta.

Sintió que los ojos le escocían y arrojó el teléfono al suelo de la habitación. No sabía ni para que se molestaba.

—Tienes que darle tiempo, Elsa—fue lo que Bella le dijo esa misma tarde, mientras las dos se encontraban en la biblioteca aprovechando para terminar una tarea en equipo y después de que la rubia le hubiera contado lo sucedido con desánimo—, si está tan dolido como dices, es comprensible que tome esa actitud. No es la más madura pero bueno—recortó una imagen de una revista y la pegó sobre el cartel que elaboraban—, si te hace sentir mejor, esa es una clara muestra de que no se ha olvidado de ti. Sé que suena contradictorio, pero ¿si no por qué actuaría de esa forma?

—¿Y cuánto tiempo necesita? ¡Ya han pasado semanas! Yo lo único que quiero es que estemos bien—refunfuñó la blonda escribiendo en su libreta con enojo—, ¡ni siquiera le pedí que me esperara! ¡Ya ni siquiera espero nada de él! Solo… solo quiero que nos llevemos cordialmente, es lo mínimo después de todo lo que ha pasado. No quisiera tener que volver al principio y actuar como si fuéramos los peores enemigos del mundo—cerró su cuaderno de golpe—. ¡Pero no! ¡Hans siempre lo hace tan difícil! ¡Es un idiota, egoísta, desalmado que no ve por nadie más que si mismo! ¡Es un… es un…!—apretó los dientes, sintiendo la familiar y amarga sensación de las lágrimas en sus ojos.

No lloraría. Ya no lloraría por él.

—Oye—Bella le tomó una mano para tranquilizarla—, no te tortures más con este asunto. Estoy segura de que Hans piensa en ti tanto como tú en él.

Elsa le envío una mirada lastimera y estaba a punto de contestarle que no le importaba si el pelirrojo pensaba en ella o no, (una gran mentira por supuesto), cuando las puertas de la habitación se abrieron.

Adam entró con cara de pocos amigos, (una expresión que ya se había acostumbrado a ver en él) y se dirigió a la platinada con su habitual hostilidad.

—Tú—le espetó, nunca le hablaba por su nombre—, mi abuelo quiere que vayas con él ahora. Al parecer tiene algo que mostrarte.

—¿No puede esperar? Estoy algo ocupada aquí…

—Ahora es ahora, mocosa. No voy a andar de mandadero solo porque no sabes escuchar—fue hasta ella y la tomó bruscamente por la manga del suéter para obligarla a que se parara—, ¡así que levántate y ve, con un demonio!

—¡Oye!—la muchacha se quejó y se zafó bruscamente de su agarre—¡No eres nadie para tratarme así! ¡No me toques!

—¡Tú no me levantes la voz! ¿Qué es esto? ¿Ahora vas a empezar a hablarme como si fuéramos iguales?—los ojos azules de su medio hermano la fulminaron amenazadoramente—No se te olvide que aquí eres un estorbo, ni siquiera sé porque sigues en esta casa—masculló—. Lo que deberías hacer es marcharte de una buena vez al lugar de donde saliste.

Elsa apretó los labios y le lanzó una mirada furiosa y dolida, antes de irse a pasos agigantados y azotando la puerta. A veces tenía la impresión de que se le iba a acabar la paciencia con ese sujeto.

Adam se quedó mirando la puerta cerrada por la que había salido con su permanente expresión de menosprecio, hasta que una vocecita le llamó la atención.

—¡¿Qué demonios pasa contigo?!—Bella se levantó de donde estaba y lo miró molesta, con las manos con la cintura.

El aludido se volvió hacia ella y rodó los ojos con desagrado.

—Agh, no tú—espetó, como si recién reparara en la presencia de la castaña—, ¡no te metas en esto!—exclamó autoritariamente.

Lo último que necesitaba era escuchar otro de los sermones de esa molesta jovencita con cuyas visitas ya tenía bastante. No tenía nada personal en contra de Bella, pero a veces la chica podía ser realmente fastidiosa aunque se veía linda cuando hacía ese mohín de disgusto con su boca y sus ojos avellanas despedían chispas de enojo.

Justo como ahora.

—Pues sí me meto—replicó ella desafiantemente, odiaba que fuera una de las únicas personas con el valor para hablarle así—, ¿en serio tienes que ser tan desagradable? Por Dios, ¡Elsa no te ha hecho nada! ¿Cuál es tu problema?

—¡¿Cuál es mi problema?! ¡Como si no tuviera suficiente con saber de la pequeña aventura de mi padre, todavía tengo que soportarla en mi propia maldita casa! ¡¿En qué estaban pensando mis abuelos al traerla aquí?!—contestó Adam perdiendo la paciencia—¡¿Sabes lo que es tener que verla todos los días y acordarme de todo lo que hizo ese hombre?! ¡¿De todo lo que le hizo a mi madre?! ¡Maldición, si hasta tú conoces la historia!

—¡Elsa no tiene la culpa de nada, idiota! ¡Es tan víctima como tú!—objetó Bella defendiendo a su amiga y haciéndolo enfadar más, si es que eso era posible. Siempre tenía esa jodida costumbre de hablarle sin el menor respeto, la muy imberbe—¿Crees que vas a arreglar algo tratándola de esa manera? ¡Ella vino aquí esperando conocer a la familia que nunca tuvo y tú no haces más que tratarla de esa manera desconsiderada! ¡Madura ya!

—¡A conocer a su familia, como no! ¡No ha hecho más que darse la buena vida con todo lo que gastan mis abuelos en ella!

—¡Cómo si tú no lo hicieras, cretino!

—¡Ese no es el punto! ¡Mierda!—el rostro del muchacho se había puesto rojo de furia—¡Es solo que no me gusta que esté aquí! ¡Me hace recordar demasiadas cosas, ¿sí?! Esa maldita forma de comportarse, como si nadie la mereciera. Se parece… ¡se parece demasiado a él!

Bella parpadeó un par de veces y luego volvió a fruncir el ceño.

—¿Estás hablando en serio?—se cruzó de brazos con indignación—¿Comportarse como si nadie la mereciera? ¡Ni siquiera te has tomado la molestia de hablar con ella decentemente! ¡Tú eres quien se comporta así! ¡Tú!

—¡Oye! ¡En serio estás hartándome con esta mierda!

—Mira—la trigueña soltó un pesado suspiro y luego se sujetó el puente de la nariz, debajo de sus finas gafas—, ya sé que eres un poco, no, que eres bastante bestia en lo que a tratar a la gente se refiere—dijo haciéndose énfasis en el desagradable adjetivo—. Pero en serio tienes que cambiar tu actitud, Elsa no tiene la culpa de tu pésimo carácter, ni de lo que su padre hizo. ¿Sabes lo mal que se siente después de enterarse de todo lo que pasó? Está muy molesta con su madre, mucho.

—Eso no me interesa—espetó Adam con frialdad.

—No, ya sé que no te interesa, principito mimado y egoísta—prosiguió la joven—, pero si al menos te tomaras la molestia de conocerla un poco mejor, te darías cuenta de que no tienes por que tratarla así. Lo de sus padres está en el pasado, no puedes hacer nada al respecto. Tienes que mirar hacia adelante y darte cuenta de que puedes llevarte bien con tu hermana…

—Esa niñata no es nada mío—dijo él con obstinación.

—Sí lo es—insistió Bella rodando los ojos—y ya la has fastidiado bastante con esos arrebatos tuyos. ¿No has pensado en buscar ayuda profesional para controlar mejor tu carácter? Juro que eso no puede ser saludable, por Dios…

El rubio dio un par de pasos hacia adelante hasta quedar a no más de un par de centímetros de ella. Bella se sorprendió pero alzo la cabeza para sostenerle la mirada. Adam de Forestier podía intimidar a muchas personas, pero la castaña no se contaba entre ellas.

—Tú no entiendes nada—masculló con resentimiento—, hago esto por mi madre. Ella sufrió mucho… por su culpa.

La expresión de los ojos de la morena pareció suavizarse un poco y entonces lo miró con lástima. Odiaba eso.

—Entiendo como te sientes—le dijo de modo más amable—y sé que esto debe ser difícil para ti también. Pero, si tan solo intentaras darle una oportunidad. Sé que aun recuerdas con pena a tu madre, pero…

—¿Y tú como puedes entender lo que siento?—la cortó él bruscamente—Ni siquiera conociste a la tuya.

El rostro de Bella se contorsionó en una mueca de sorpresa que luego, pasó a estar profundamente triste.

—No, tienes razón—musitó con un tono de voz tan frío como el suyo—, supongo que nadie puede entender. No sé ni para que me molesto.

Se dio la vuelta y se marchó, dejándolo con la espantosa sensación del remordimiento que últimamente lo asaltaba más a menudo que antes. Lo peor era la manera en que sus palabras seguían haciendo eco en su cabeza, haciéndolo replantearse con reticencia, su manera de ver las cosas.

¿Podía ser que tuviera razón y necesitara cambiar?


Nota de autor:

Hello calabacitas, ¿cómo están en este endemoniado lunes? :3 *Alguien le lanza un tomate que se estrella en la pared, justo al lado de su cabeza*.

Antes que nada, me gustaría disculparme por el flujo de emociones que causó el capítulo anterior. xD Créanme, no quería causarles depresión, ustedes saben que el Helsa es mi vida. Nuestros gatitos solo están pasando por un mal momento. Sin embargo me siento un poco halagada por todas esas reacciones, jajaja, no es que disfrute de su sufrimiento pero si les llegó tanto quiere decir que como escritora hay algo que estoy haciendo bien, ¿no? ¿No? *Le vuelven a lanzar cosas*

Mejor coméntemos las cosas que han sucedido el día de hoy. Ay, han pasado tantas. Sé que han de sufrir por la separación de mis queridos Helsa, mis niños, son tan orgullosos. Y Elsa no se la ha estado pasando tan bien en París, creo que ya se esperaban ese recibimiento por parte del hermano. D:

Creo que ya he comentado que La bella y la bestia es una de mis películas favoritas, de hecho está en mi Top 3 junto con Frozen y La princesa y el sapo. xD Así que tenía que invitar a jugar a los personajes también. Bella y Adam son como un Helsa al estilo francés. xD Recuerdo que de niña me encantaba esa relación tan tensa que llevaban al principio y el mal genio de él y como ven, aquí no habrá mucha diferencia. El resto de los personajes pues los conocimos muy por encima, pero espero que les hayan traído buenos recuerdos; obviamente me tomé unas cuantas licencias por ahí para hacer que todo fuera más realista.

Sobre Hans: Hay mucho en lo que tiene que pensar. Creo que Anna tuvo razón al decirle que estaba siendo muy egoísta, porque Elsa hizo muchas cosas por él. Pero nuestro pelirrojo es así y es lo que nos gusta de su personalidad. Ahora es cuando comienza a arrepentirse de su reacción, ¿pero quién lo culpa?

Anonymous time!

Ari: Ay sí, mucho drama en el capítulo anterior, Idun se equivocó pero era natural que Elsa reaccionara así. Necesitan tiempo separadas para pensar y recuperar su relación. Y mi pobre Hansy no se queda atrás; estarán separados pero recuerda que esto aún no se termina. ;) Y sí, el tatuaje de Elsa debe ser espectacular, jojojo.

J. Marshmallow: Es malo que Elsa no pudiera conocer a su padre, pero prometo que las cosas mejorarán para ella. Hubo mucho sufrimiento en este capítulo pero ya me conocen, primero la hago llorar un poco y después le doy felicidad. xD

SamanTha: Mucho drama, mucho, mucho drama. Son tiempos difíciles para nuestros niños. Kai y Gerda quieren lo mejor para Elsa, aunque a muchos les parecerá que se están aprovechando pero más adelante quizá cambien de opinión. ;) Y bueno, ya viste que el encuentro entre hermanos no fue el mejor. LOL Pobre Hans, de verdad le dolió mucho la partida de la rubia, ¿cómo no iban a discutir? Obvio aún así tuvo una gran despedida, empezando por ese sexy tatuaje, te aseguro que al pelirrojo le encantaría. ;) ¿Y la despedida Helsa? Ufff, hace calor aquí. Agradezco que comentes que la historia de Idun ha sido realista, cuantas madres solteras no habrán pasado por algo así. Ahora, a seguir leyendo con muchas ansias hasta el final porque aún me quedan sorpresas bajo la manga (no tristes ni desagradables, lo prometo). Y claro que la ía Frozen les enseña a portarse mal, es lo que mejor sabe hacer. ;D

En el próximo capítulo: una seria conversación entre Elsa y Adam (¡chan chan chan!), locuras por Skype y el primero colocón de Punzie por fumar hierba. ¿Alguna otra idea de lo que vendrá a continuación?

¡Pasen una feliz semana! :D