Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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36
Vidas paralelas
El sonido de la videollamada por Skype no tardó en llenar la habitación de Elsa, ya enfundada en un elegante camisón de lana y recostada contra los muchos almohadones de la cabecera de su cama, con el iPad en su regazo. La muchacha se arregló un poco el cabello con las manos antes de que la pantalla mostrara a una chica pelirroja que la saludó desde donde estaba.
—¡Elsaaaaa!—la chillona voz de Anna la hizo soltar una pequeña risa. Como extrañaba el entusiasmo de la pecosa—¡¿Cómo estás?! ¿Has hecho nuevos amigos? ¿Te gusta tu nueva escuela?—ni siquiera le dio tiempo a contestarle el saludo cuando ya se encontraba haciendo preguntas.
—Es linda, aunque a veces me pierdo con el idioma. Todos aquí hablan muy deprisa—contestó la platinada sonriendo ligeramente—. Por ahora solo tengo una amiga, Bella. Es muy amable conmigo.
—¿Ah sí?—Anna levantó una ceja inquisitivamente.
—Te caería bien. Es muy gentil y le encanta leer, ya hemos empezado un nuevo libro juntas—tomó de la mesita de noche un ejemplar de poemas de Bécquer—, este. Es muy bonito.
—¿Hablas en serio? ¿Leer?—Anna respingó—¡Como se nota que no es tan divertida como yo! ¡Adivina quien se vengó del profesor de Deportes en un juego de quemados!
—Tú—Elsa volvió a reír y devolvió el libro a su lugar—, no tienes remedio, Anna.
—¡Lo hice por ti! Ese sujeto nunca más volverá a ponernos a jugar así en su clase. Aunque debo admitir que extrañaré golpear al resto, no había nadie que me pudiera ganar—se señaló a si misma orgullosa.
—Eres una pequeña alborotadora—una voz masculina se escuchó tras la cobriza y Elsa ladeó la cabeza, intentando ver más allá de su mejor amiga.
—¿Kristoff está contigo?
—¡Saludos!—dijo el aludido desde alguna parte, antes de que Anna se acercara más a la cámara.
—¡Muéstrame tu habitación! Debes vivir en una casa preciosa—le pidió con emoción.
La rubia movió el iPad para enfocar todo su dormitorio, escuchando la exclamación asombrada de la cobriza.
—¡Es hermoso!—Elsa volvió a apuntar la tableta hacia sí—Que suerte tienes, ¿por qué no subes más fotos a Instagram? ¡Quiero conocerlo todo! Desde tu casa hasta las calles de París.
—Lo haré a partir de mañana—le prometió ella.
—¡Genial! Y pasando a otros asuntos de mayor importancia, debo decirte que no me pude resistir y busqué por Facebook a tu hermano, ¡qué hombre!—Elsa hizo una mueca al escucharla. Se le había salido el nombre del joven en una conversación por Whatsapp y debió darse cuenta de que Anna no se quedaría con la curiosidad. La pelirroja se acercó más a la cámara y puso una mano al lado de su boca, como si le fuera a confiar un secreto—Aquí entre nos, eso es lo que yo llamo todo un bistec. Con sus ojos azules y su pelo largo—suspiró—, ahora ya entiendo que lo guapo debe venir de familia, ¿eh?
—Anna, estoy a tu lado y puedo escuchar todo lo que dices—la voz de Kristoff volvió a hacerse oír, esta vez más cerca de la aludida.
—¡Está como quiere! Vi unas fotos en donde se le ve el trasero ¡y wow!—prosiguió ella, ya sin disimular.
—¡Anna!—le reclamó el blondo.
—Claro que nunca será tan impresionante como el trasero de mi amadísimo Krissy—repuso la colorada sonriendo inocentemente y mirando a su costado al mencionado, aún fuera de cámara—, sus pompas son como dos perfectas rocas circulares y firmes en las que podría sentarme todo el tiempo… ¡ay!—se quejó cuando una mano masculina tiró de sus orejeras de panda hacia abajo, provocando que le cubrieran la cara hasta la nariz.
—No me llames Krissy, ya te dije que odio ese estúpido sobrenombre—replicó Kristoff, alejando la laptop para que esta vez la cámara los enfocara a los dos—, hey.
—Hola—Elsa le sonrió—. ¿Cómo están todos por allá?
—Extrañándote, especialmente esta fierecilla—Anna se acomodó sus orejeras solo para ver despeinado su flequillo por una de las manos de su novio—, pero las cosas han ido bastante bien. ¿Pueder crees que esta vez Anna pasó todas sus materias con un promedio de ocho?
—¿De verdad?—Elsa parpadeó sorprendida; aquello era un logro considerable para la muchacha, quien volvió a sonreír vanidosamente—¡Muy bien hecho, An! Estoy orgullosa de ti.
—Ese cascarrabias de Weselton me amenazó con hacerme repetir año si no subía mis calificaciones. Además de que necesitaba un promedio decente para entrar a la escuela de periodismo, así que bueno… me apliqué un poco.
—¿Periodismo?—inquirió la albina con curiosidad.
Hasta ese entonces, Anna nunca había dado muestras de saber que es lo que quería hacer en la vida.
—No digas que te sorprende, con lo chismosa que es—bromeó Kristoff—, ¡ouch!—la chica le dio un golpe en el antebrazo.
—¡Me da mucho gusto por ti, Anna!
La cobriza esbozó una sonrisa malévola.
—Eso no fue lo único en lo que me apliqué en todo este tiempo—jaló su mochila y buscó algo en el interior. Luego alzó entre su índice y su pulgar algo peludo y gris.
—¿Eso es…?—Elsa miró el objeto con incredulidad.
—¡El peluquín del viejo! ¡Te dije que lo robaría algún día!—los tres estallaron en carcajadas.
Elsa se sujetó el estómago sintiendo que le dolía por la risa. Como había echado de menos esas conversaciones espontáneas. En momentos como ese, daba gracias por contar con tanta tecnología.
—¡Anna, eres terrible!—la regañó, aunque sin dejar de mostrar una enorme sonrisa—¡Pobre viejecito! Seguro que se ha vuelto loco buscándolo.
—Y sí, ya lleva tres días amenazando a todo el mundo. Creo que sospecha de mí, pero no tiene pruebas.
—Deberías devolvérselo, sabes bien que no puede vivir sin esa cosa.
—Mañana lo dejaré en su despacho. Creerá que se lo dejó ahí el muy tonto, je je je je.
—Hazlo por favor, eso huele como mi perro cuando está mojado—atajó Kristoff.
Anna le acercó el peluquín a la cara y él lo apartó de un manotazo. Los dos se dieron de empujones con el postizo en medio y Elsa volvió a reír.
—¿Y qué tal van las cosas con tu nuevo hermano, Elsa? ¿Todo bien?—preguntó el rubio, después de haberle arrebatado la peluca a la chica y arrojarla por ahí.
El rostro de la blonda se ensombreció y luego se encogió de hombros.
—¿Qué te digo? La verdad es que no me dio el más cálido recibimiento.
—¡¿Por qué?! ¿Qué te hizo ese?—Anna adoptó una expresión fiera a través de la pantalla—¡Le voy a patear el culo!—chilló, olvidando que hace unos instantes estaba alabando su belleza.
—Anna, ni siquiera lo conoces—le dijo Kristoff.
—¡¿Y eso qué?! ¡Puedo mandarle insultos por Facebook! Moveré mis influencias para que le hagan bullying en su perfil—la chica se volvió hacia Elsa de nuevo—, ¡¿qué te hizo?!
La rubia suspiró.
—No es nada Anna, en serio. Solo que… tú sabes lo que ocurrió entre nuestros padres y es obvio que no me iba a recibir precisamente con los brazos abiertos. Pero estoy bien, de verdad, solo nos ignoramos y listo. Mis abuelos y el resto de la gente son muy buenos conmigo—sonrió, tratando de tranquilizar a la pecosa.
—Lamento escuchar eso, Elsa—dijo Kristoff—, ojalá no tengan problemas.
—Sí, porque si te causa problemas, voy a mandarle un mensajito que no se le va a olvidar—Anna entrecerró sus ojos.
—En serio, todo está bien, no se preocupen por mí. Mejor díganme, ¿cómo están los demás? Me enteré de que Olaf tuvo una cita.
—¡Ah sí! ¡Oh Elsa, se veían tan tiernos juntos! Una muchacha de la clase de arte lo invitó a salir y fueron al cine. Pero creo que él solo la ve como amiga, ¿tú crees que sea gay?
—Anna—Kristoff le llamó la atención mientras Elsa ponía una cara de póquer.
—¿Qué? No tendría nada de malo, si es así podemos conseguirle un chico lindo.
—Creo que él puede hacerse perfectamente cargo de sus relaciones—repuso el rubio—. De quien no estoy tan seguro es de Punzie, desde que se toma más en serio su relación con el señorito Hollywood ha estado descarriándose mucho. ¿Sabes que la otra vez pase a su casa y los encontré en ropa interior en pleno jardín? Me preocupa de veras.
—No sé si eso debería sorprenderme o no—musitó Elsa arqueando una ceja.
—En serio, esos dos necesitan controlarse un poco. Ayer pasé a la farmacia y le compré un paquete de preservativos para que los usara, porque uno nunca sabe.
—Dime que no hiciste eso de verdad—Anna se palmeó la frente.
—Los embarazos no deseados son cosa seria, Anna. No quiero que mi amiga pasé por algo así, ya sabes que Punz no mide el peligro.
—Por Dios, ¿quién eres? ¿Su padre?
—Alguien tiene que enseñarle a cuidarse, sus padres nunca están en casa y su tía está loca. Y además ese tipo, Eugene, no es el más precavido. Todos sabemos que fuma hierba aunque se la pase negándolo, deberían hacerle una intervención.
—¿Sabes, Kristoff? A veces te escuchó hablar como un anciano y me preguntó porque me gustas. Ah sí, fue por esto—Anna apretó uno de sus bíceps con sus dedos—, tienes suerte de ser tan lindo, porque de veras que te hace falta divertirte.
—Y tú tendrías que preocuparte por divertirte menos.
—Oigan, ¿y cómo está Hans?—la pregunta de Elsa los hizo mirarla con sorpresa y luego intercambiar miradas de preocupación, lo que alarmó a la platinada—¿Pasó algo?
—Él está bien, Elsa. Dentro de lo que cabe—respondió Anna, quien de pronto parecía molesta—, claro que eso no le quita que sea un imbécil. No deberías preocuparte tanto por él.
—¿Cómo me dices eso? Claro que me preocupo… después de todo, es parte de mi familia—dijo ella melancólicamente.
—¿Sí? Pues la familia no siempre es tan buena, ya sabes lo que dicen, uno no escoge a sus parientes. Tenías razón al decir que solo te iba a causar problemas, no sé ni en lo que estaba pensando cuando te decía que ustedes dos podrían tener algo, mereces a alguien mucho mejor.
Elsa frunció el ceño y luego miro al rubio inquisitivamente. Kristoff suspiró.
—Hans ha estado saliendo con otras personas, Elsa—le reveló él, como si odiara decirle aquello—. Lo hemos visto… bueno, con dos o tres chicas por ahí.
Elsa sintió como si algo le oprimiera el corazón. De pronto su mirada estaba consternada, dolida.
—¡Pues vaya, tarado! Es obvio que solo lo está haciendo porque está despechado—explotó Anna—, ¡todas eran rubias! Es tan estúpidamente obvio. Ayer pasó con una por la heladería y no me aguante, ¡le di un buen golpe en la nariz! ¡Por ridículo y resentido!
Elsa se alarmó y luego adquirió una expresión fría.
—Pues no debiste hacer eso—le dijo glacialmente—. Hans es libre de salir con quiera. Él y yo terminamos—agregó, tratando de mantener la coraza de hielo que siempre usaba para encubrir sus verdaderos sentimientos—. Lo que hace no tiene nada de malo. Me alegro por él.
—¡¿Estás hablando en serio?!—Anna la miró con indignación—¡Elsa, es un estúpido! ¡Todo mundo sabía que lo que tenían ustedes era real! ¡Era amor de verdad! ¡Y ahora él sale con esto! ¡Debería haberle pateado bien las bolas!
—Déjalo, Anna—insistió ella—. De verdad estoy bien. Quiero que retome su vida amorosa y todo, no quiero ser un estorbo en su vida. Yo… intentaré hacer lo mismo.
—Puede que sea lo mejor, Elsa—comentó Kristoff, aunque lo cierto era que él tampoco se veía muy convencido.
Anna se cruzó de brazos inconforme y farfulló lo que parecían ser insultos contra el pelirrojo.
—Bueno, pues ya que estás en eso, deberías empezar de una buena vez—le dijo acomedidamente—, buscar a un francesito que esté mucho mejor que él. ¡A ver si eso le gusta! Y vaya que tienes material para escoger, si todos allá son como tu hermano, seguro que te conseguirás un culo muy bueno o dos.
—¡Anna!—gruñó Kristoff.
Elsa levantó una de las comisuras de sus labios, sonriendo tristemente.
—Ya veremos, en realidad ahora estoy enfocándome en estudiar y todo eso. Debo irme, acá ya se ha hecho muy tarde, ¿saben? Hablamos después.
Antes de que los dos pudieran despedirse, Elsa finalizó la videollamada y escribió unas palabras en Skype para desearles buenas noches. Después hizo a un lado el iPad y se arrebujó entre las sábanas de su cama, que de pronto le parecía demasiado grande y solitaria.
Hundió la cara en una almohada y se echó a llorar.
—Que pinta tan buena tienes hoy, principito—Hans bufó y levantó su vista esmeralda hasta la pelirroja de rizos sentada frente a él, con una sonrisa socarrona—, nada como una nariz hinchada para atraer a las chicas. Adivino, ¿la enana?
El pelirrojo volvió a resoplar y clavó la vista en el emparedado que estaba frente a él, sin mucha hambre en realidad.
Últimamente sentía que su vida era una mierda, no podía concentrarse en clases y las citas que había tenido habían sido un desesperado fracaso para olvidarse de Elsa, saliendo con tipas que no se le comparaban, porque lo admiraban por su físico o su dinero. Ninguna era como ella.
La extrañaba demasiado. Le hacía falta su risa, la mirada fulgurante de sus ojos azules cuando se enojaba y cuando lo veía con amor, sus labios rosas, el toque de sus manos…
Se había dado por vencido. Necesitaba desahogarse con alguien, pero solo había una persona que estaba segura de que lo escucharía y le hablaría con sinceridad, sin sentir lástima por él ni toda esa mierda de la que ya había tenido suficiente.
Mérida revolvió los hielos en su refresco de cola y le miró expectante. Habían acordado reunirse en el Lucky Cat para hablar, ya que él no tenía ganas de estar en casa. Desde que Elsa se había marchado, el ambiente allí estaba para llorar.
Ahora los dos se hallaban sentados en la mesa más cercana a la entrada, él con la correa de Maximus enrollada en la mano y el perro echado obedientemente a sus pies. Era una suerte que nadie le pusiera trabas para entrar con el animal, porque ni loco lo dejaba afuera.
—¿Quieres que vaya y hable con ella para que se calme un poco?—Mérida crujió sus nudillos amenazadoramente.
—No, déjala—dijo Hans—, de todas maneras tiene razón. Soy patético. No sé en que estaba pensando.
—¿Patético? Nadie más que yo puede llamarte así, ¿entendido?—la colorada le dio una enorme mordida a una de sus tiras de pollo—Ya, suéltalo. ¿Qué te pasa?—masculló con la boca llena.
—¿Qué me pasa? Me siento como una mierda, no puedo ni siquiera estar en casa sin que todo me recuerde a ella y ni siquiera he tenido valor para contestarle un mensaje—Hans habló con frustración y tomó una papa frita de su plato, inapetente. Luego lo pensó mejor y bajo la mano para ofrecérsela a su perro, quien la olisqueó y la engulló con gusto—, la extraño demasiado.
—Corta el rollo, playboy. No quiero que esta se convierta en una conversación en donde solo hables de cuanto te hace falta tu novia y termine conmigo consolándote, no voy a hacer eso—dijo Mérida con desagrado—. Solo escríbele un puñetero mensaje y ya, no es tan difícil. No entiendo porque lo hacen tan complicado.
Hans descargó una violenta palmada sobre la mesa.
—¡Tú no entiendes! Antes de que se fuera le dije cosas horribles, ahora ni siquiera me siento digno de escribirle un saludo. Si lo hago, solo recordaré lo mucho que la echo de menos, que los dos terminamos… y tengo miedo de que me responda y me diga que está sufriendo por mi culpa.
—¿No sería eso algo bueno? Significaría que también te extraña. Que la puedes convencer de volver.
—No me interesa que vuelva, ¿no te das cuenta? Después de todo lo que hice, sería demasiado que quisiera volver conmigo—Hans agachó la cabeza con tristeza—. No me la merezco.
El sonido de la campanilla de la puerta al abrirse impidió que su amiga le replicara. Por ella, dos castaños ingresaron tomados de la mano de manera algo estrepitosa.
—¡Hola!—saludó Rapunzel con entusiasmo—Que coincidencia encontrarlos aquí. ¿Alguna vez se habían percatado de lo brillantes que son los colores de este lugar? ¿No? ¡Pues lo son!
Hans y Mérida la miraron con el ceño fruncido.
—Mi florecita se despertó muy enérgica hoy—dijo Eugene con una sonrisa nerviosa.
—¿Qué les pasa a ustedes dos? ¿No ven que estamos en medio de una conversación seria? ¿Y por qué Picasso viene más tonta que de costumbre?—Mérida miró a la trigueña con una ceja alzada, al ver como liberaba una risita estúpida.
—¡Qué cosas tan graciosas dices, Mérida! ¿Te he dicho ya lo mucho que amo tu cabello? Es como una nube esponjosa de fuego en la que podría recostarme por siempre—Rapunzel tomó uno de los mechones rojizos de la aludida y esta la apartó de un manotazo—. Amigos, ¡les juro que traigo tremenda nota! Eugene y yo estuvimos conectando con la naturaleza en mi jardín, caminando descalzos, mirando los fascinantes cambios de color de mi camaleón y todo eso. Probé de la hierba que consiguió y por Dios del cielo, no sé como había vivido hasta ahora sin eso, ¡está increíble! Ahora entiendo porque los hippies siempre se ven tan contentos—volvió a tener otro ataque de risa que provocó que se apoyara con una mano en su mesa.
Hans apartó su bebida de ella sin el menor disimulo.
—Punzie, ya cálmate, esto está yendo demasiado lejos—Eugene la tomó de los hombros y la enderezó—. ¡Ni siquiera te di tanto! Ya está, no vamos a volver a fumar nada de nuevo, ahora sí va en serio. Una calada y mira como te pones, por Dios. No entiendo…
—Ay Eugene, que tonto eres. Cuando te distrajiste saqué el porro de tu morral y me lo fumé todo, ¡tienes que aprender a compartir más conmigo! Soy tu novia, por el amor de Dios.
Una expresión de perplejidad cruzó por las facciones del castaño, que acto seguido abrió su bolso y comenzó a buscar algo frenéticamente. En el suelo, Maximus le gruñó.
—Viejos, esto está mal, esto está muy, muy mal—dijo el muchacho alarmado, después de no encontrar lo que buscaba. Tomó a la morena de un brazo y la miró—. ¿Cómo estás? ¿Te sientes bien?
—Me siento fantástica, ¡me siento mejor que nunca!—Rapunzel se puso las manos en la cintura—¿No les parece que hace un día precioso hoy? ¡Jamás me había sentido tan inspirada! Siento que podría pintar sobre el lienzo más grande del mundo.
—Felicidades, ya eres una drogadicta—le espetó Hans con sarcasmo—. Ahora podrán irse a vivir debajo de un puente.
—¿Debajo de un puente? Dios, eso es tan triste. Maldición, me muero de hambre—la chica tomó una tira de pollo del plato de Mérida y unas cuantas papas fritas del de Hans, que se zampó de un bocado—, ¿saben que deberíamos hacer todos?—dijo mientras masticaba—Deberíamos rentar una combi, ¿sí? E irnos a viajar por el mundo. Sin ropa. Solo nosotros, nuestra desnudez y un montón de hierba, buenos amigos descubriendo el mundo tal y como Dios los trajo a él, ¿qué les parece? ¿No piensas que esa sería una fantástica idea, Mérida?
—Preferiría ponerme pinzas en los pezones y hacerme arrastrar de los pechos antes que hacer algo así—le respondió ella con su habitual ironía.
—Ja ja ja ja ja ja ja—Rapunzel tuvo otro acceso de risa descontrolada—, ¡amo a esta chica! Es tan mala con todos.
—Punzie, estamos llamando mucho la atención—le advirtió su novio.
—Ah ah, no, antier estábamos llamando la atención. Eugene y yo nos quedamos en ropa interior y practicamos yoga en el jardín. Kristoff se escandalizó al vernos, creyó que íbamos a tener relaciones, ja ja ja ja ja, ¡que despistado!
—Punz, no creo que ellos quieran escuchar…
—… es obvio que si fuéramos a tener sexo no lo haríamos en el jardín. Lo haríamos en el jacuzzi de la habitación de mis padres, o en el sótano porque allí hay muchos muebles que nadie usa…
—¿Por qué estamos escuchando esto?—masculló Hans con molestia.
—No sé, ¡carajo, cállate ya!—Mérida miró a la muchacha con desagrado.
—… pero aun así Kristoff me compró una caja de preservativos. Y me enseñó a poner uno.
—Punz, ya fue sufic-¡¿cómo que te enseñó a usar un preservativo?! ¡¿Cómo está eso?!—reclamó Eugene.
—Sip, con una banana. Aún la tengo por allí, se ve tan chistosa, je je je. Voy a tomarle una foto para subirla a Facebook.
—¿Pero qué le pasa a ese tipo?—se quejó el moreno.
—Kristoff solo se preocupa, es como un padre para mí, je je je je. Los voy a tirar.
—No, no, guárdalos. Por si las dudas. Pero que sea la última vez que tu amiguito te compra eso, ¿sí? Es muy raro.
Mérida se palmeó la frente, sin poder creer lo estúpido de la situación.
—Ay, tu perro es tan suavecito—Rapunzel se arrodilló junto al can recostado bajo la mesa y le rodeó el cuello con los brazos, frotando su rostro contra el pelaje del animal. Maximus movió la cola y la recibió con gusto—, que rico que es…
—Muy bien, ¡se acabó!—Mérida tomó su tenedor y lo blandió para amenazar a la pareja—¡Márchense, hippies! ¡Fuera! ¡A molestar a otro lado!
—Woah, ¡cálmate amiga!
—¡Cálmate tú y ve a buscarle algo de comer a tu novia! Por Dios, mira que cuadro, necesita tranquilizarse ya.
—¡Sí! ¡Quiero papas!
—Bah, que amargada—Eugene miró con aburrimiento a la pelirroja antes de tomar a la castaña del brazo y levantarla para irse a sentar a otra mesa.
—¿Cómo permiten que esos dos sigan saliendo a la calle? Alguien debería meterlos a rehabilitación—Mérida se sentó de nuevo refunfuñando—, eso para que veas, sí es deprimente. Deberías dejar de compadecerte a ti mismo y llamar a esa Barbie. ¿Por qué dices que no la mereces? Eres alguien difícil de soportar y ella se las arreglaba muy bien, ¿qué más prueba necesitas que eso?
Hans apretó la mandíbula, tensándose. Por el rabillo del ojo vio como Tadashi se acercaba a la pareja de castaños un par de mesas más allá, sorprendiéndose ante el extraño parloteo de Rapunzel.
—Porque Elsa siempre fue demasiado buena para mí—respondió con desánimo—, siempre me ayudó con todo. Me dio una oportunidad cuando yo solo la traté con la punta del pie, demostrándole mi inmadurez. Me hizo superar lo que había pasado con mi familia, ¿y yo qué hice a cambio? La dejé ir sin tratar de entenderla. Le fallé. Solo pensé en mí mismo cuando ella estaba sufriendo. No la supe comprender—suspiró—, ella se merece a alguien mejor que yo. Alguien que la pueda hacer feliz sin pagarle como yo lo hice. Soy un estúpido.
—Sí que lo eres—Mérida puso una mano sobre la tuya—, pero no digas que no mereces que Elsa te quiera. Ella te amaba mucho y estoy segura de que lo sigue haciendo. Van a superar esto.
—No, no quiero fallarle de nuevo. Quiero que sea feliz. Elsa es demasiado buena para estar con alguien como yo, siempre termino lastimando a la gente.
—Mira que eres necio, hombre. En serio es duro tratar contigo—le pelirroja retiró su mano y suspiró—, ¿qué tengo que hacer para que salgas de esta espiral de autocompasión y le mandes un mensaje? Ya sabes que este tipo de pláticas no se me dan, principito.
Por el rabillo del ojo, vio como Tadashi salía de la cocina y ponía un plato repleto de papas a la francesa en la mesa de los castaños que Rapunzel se puso a devorar con avidez, como si no hubiera comido en meses.
—¿Te digo algo? Si al menos quieres reparar tu error al discutir con ella antes de que se marchara, deberías llamarle y decirle que lo sientes—Mérida tomó un sorbo de soda—, mírame, ya parezco una jodida consejera sentimental. Odio eso. En fin, ustedes tienen que hablar en serio, para que sepa que la estás apoyando sin importar que estén juntos o no. Porque como quiera siguen siendo parte de la misma familia, ¿no crees que al menos merece saber que vas a estar allí para ella? ¿O seguirás haciéndola a un lado?
Hans pareció reflexionarlo.
—No, por supuesto que no—contestó—, yo haría lo que fuera por ella. Aunque no vuelva conmigo.
—Ajá, ok. Pues deja de portarte como una adolescente hormonal con su período y díselo. ¡Rayos! Tengo que decírtelo todo, hombre—Mérida le robó una papa frita y se la metió a la boca antes de voltear a un lado y fruncir el ceño.
Rapunzel se había atragantado con su comida y ahora tosía y el rostro se le estaba poniendo morado. Eugene se levantó de su asiento y comenzó a pedir ayuda histéricamente, haciendo que los otros comensales los observaran alarmados.
—Por Dios, ese par siempre tiene que liarla—la pelirroja continúo comiendo y mirando la escena impávida.
Tadashi volvió a salir de la cocina y entre los dos empezaron a palmearle a la espalda a la chica con desesperación.
—¿Qué hago si Elsa no quiere hablar conmigo? Después de las cosas que le dije… —Mérida volvió su atención al colorado.
—Lo hará, Hans. Créeme, la princesita es tan sentimental como tú. Te apuesto a que está igual de deprimida aunque esté rodeada de croissants y todo eso. Agh, ustedes en serio que son unos cursis, que bueno que Lars no es así.
En otro rincón del café, Rapunzel era alzada de su asiento y tumbada en el suelo por los jóvenes que la auxiliaban, ya ambos entrando en pánico y provocando murmullos alterados entre la gente del lugar.
—¡¿Qué hacen, idiotas?! ¡Así no! ¡La van a matar! ¡Dios, que retrasados!—gritó Mérida.
La muchacha saltó de su propio asiento y fue hasta allí para levantar a la trigueña del suelo y comenzar a hacerle la maniobra de Heimlich, ante los gritos de un asustado Eugene.
Hans dejó de prestar atención y miró el mensaje sin contestar que tenía en su teléfono.
[ Elsa Sorensen: ¿Cómo estás? El clima en París es frío. Te he echado de menos. Recibido 2:07 ]
"Extrañándote", había querido escribirle, "echándote aún más de menos, muriéndome sin ti". Pero era tan cobarde, tan poca cosa al lado de ella. Tenía tanto miedo, primero de perderla y ahora de terminar lastimándola más de lo que ya estaba, porque si algo había aprendido era que tarde o temprano, todo lo que amaba terminaba mal.
No quería que pasara lo mismo con ella, pero le hacía demasiada falta.
Distraído, escuchó a Rapunzel darle las gracias a una fastidiada Mérida por salvarle la vida, quien le respondió gritándole que más valía que se le quitara de encima, quejándose de un abrazo al que Eugene no tardó en unirse, los dos aprisionándola al estilo de un sándwich.
—¡Suéltenme, estúpidos! ¡Maldición, huelen a jardín botánico!
Hans miró por la ventana.
"Ojalá nunca te hubieras ido, Elsa".
Tratando de disimular su semblante decaído lo mejor que podía, Elsa se acomodó la boina de terciopelo negro sobre su cabello suelto y se miró al espejo de su habitación. No era como si estuviera de ánimos para salir, pero en su situación era lo mejor que podía hacer, con tal de no seguir pensando en cierto pelirrojo. Además, era una pena que su abuela hubiera gastado tanto en ropa de marca como para no ir a lucirla a alguna parte.
Suspiró. ¿A quién quería engañar? Era obvio que lo enamorada no se le iba a pasar de la noche a la mañana.
Un sonido proveniente de su iPad la sobresaltó. Estaba recibiendo una videollamada. Rápidamente se dirigió a la cama para tomar la tableta entre sus manos y el corazón le dio un vuelco al ver quien se había conectado. Era Hans.
Nerviosa, atinó a acomodarse mejor el cabello y aceptó la llamada con una mano temblorosa. Sus latidos se aceleraron apenas vio como el muchacho aparecía al otro lado de la pantalla, sentado ante la computadora de su habitación y aparentemente, tan nervioso como ella.
Elsa sintió que algo cálido le inundaba el pecho. Cuantas semanas habían pasado sin verlo; mirarlo de nuevo era maravilloso.
Hans se esforzó por esbozar una sonrisa incómoda.
—Hola—la saludó.
La rubia se demoró unos segundos para responder en voz baja.
—Hola.
Hans se mordió el labio, obviamente indeciso ante como seguir la conversación. Había pasado mucho desde la última vez que habían hablado y su despedida no había sido precisamente la mejor.
—Ha pasado tiempo—musitó.
—Sí… bastante tiempo.
Entre ambos se formó un silencio que buscaban como romper desesperadamente.
—Creí que nunca más ibas a hablarme—murmuró Elsa.
—¿Qué? No… yo solo… yo solo no estaba listo…
—Lo sé… te envíe un mensaje y nunca me respondiste.
—Todavía estoy haciéndome a la idea de que estés lejos—Hans la recorrió con los ojos y ella sufrió al reconocer la misma mirada de adoración que solía dedicarle antes, mezclada con tristeza—, quién lo diría, ¿no? Tanto que nos disgustaba la idea de vivir juntos al principio… y míranos.
—Eso era antes. Las cosas han cambiado mucho, Hans.
—¿Cómo estás? ¿La has pasado bien?—en su voz se percibía una auténtica nota de preocupación ante la que Elsa no pudo evitar enternecerse—¿Te tratan bien tus abuelos?
—Sí, son muy amables conmigo. Es como tener dos padres.
—Ya. ¿Y estás comiendo bien? Te veo más delgada…
Elsa soltó una pequeña risa que sirvió para romper el hielo.
—¿Qué dices? Si hasta creo que subí un poco de peso. La señora Potts nunca me deja pararme de la mesa sin que me haya terminado todo lo que hay en el plato, y suele preparar bastantes cosas—le dijo—. Ella es la cocinera.
—Pues qué bueno que sea así, porque en serio lo necesitas—Hans se quedó mirándola unos instantes más, como si quisiera grabar en su memoria ese momento. Ella se sintió ruborizar—. Te he extrañado—le dijo finalmente.
—Yo también—confesó Elsa.
—Todos te extrañan, tu madre especialmente. Idun te echa mucho de menos—la expresión de la albina se ensombreció al oír mencionar a su madre—, ¿sigues molesta con ella?
—No quiero hablar de esto—dijo Elsa cortantemente—, ¿tú cómo estás?
—Bien, dentro de lo que cabe—respondió el pelirrojo, optando por evadir también el tema—. Yo… lamento no haberte ido a despedir al aeropuerto.
Elsa se le quedó mirando con tristeza, recordando lo amargo que había sido ese momento. Le hacía tanta falta. Era tan terrible poder verse de esa manera y saberlo tan lejos.
—Yo… pensé que necesitábamos hablar—prosiguió Hans, inseguro—, te dije muchas cosas antes de que te fueras que en realidad no sentía. No debí…
—No importa—lo interrumpió la muchacha—, en serio Hans, ya pasó. Los dos nos dijimos cosas… y creo que no tiene caso hablar de eso, dadas las circunstancias.
—No, necesito disculparme—le dijo él sinceramente—, no debí tratarte de esa manera, debí esforzarme por entenderte. Es solo que… tenía tanto miedo de que te fueras… y yo no supe…
—Entiendo—Elsa lo volvió a interrumpir, sintiendo que si seguían por ese camino terminaría echándose a llorar de nuevo. No tenía caso, ellos ya no tenían nada—, no tienes que decir nada más. Acepto tus disculpas.
—Lo único que quiero que sepas es que, siempre voy a estar a tu lado Elsa—dijo el joven—, quiero protegerte. No importa si estás lejos o si regresas algún día… eres muy importante para mí.
La muchacha sintió como los latidos de su corazón se aceleraban de nuevo.
—Tú también eres muy importante para mí, Hans—le dijo—. Yo te…
Un toque a su puerta la interrumpió. En ese instante, escuchó afuera la voz de uno de los empleados que le avisaba que habían llegado por ella. Elsa respondió afirmativamente en francés y luego escuchó como sus pasos se alejaban.
—¿Vas a salir con alguien?—la pregunta acusadora de Hans la hizo volver a mirar al iPad, con el corazón encogido.
Los ojos verdes tenían una expresión dolida y disgustada. Elsa contuvo la respiración antes de responderle.
—Sí—dijo y luego su voz adquirió un tono lleno de frialdad—. Me enteré que tú también has estado saliendo con algunas chicas.
Hans se sorprendió y luego pareció culpable.
—No es lo que tú piensas—se apresuró a justificarse—, ellas no eran nada serio, solo… no sé… quería pasar el rato pero…
—No tienes que darme explicaciones—espetó Elsa, sin poder disimular del todo lo repentinamente molesta que estaba—. Me da gusto que te hayas recuperado tan pronto de lo nuestro. Veo que no has tardado en buscar a otras personas.
—No digas eso, Elsa. No sabes cuanto me equivoqué al hacerlo, yo no tengo nada con ninguna de esas chicas. Solo salimos porque…
—Me da gusto que estés tratando de seguir adelante—replicó ella, sin darle oportunidad a seguirse explicando—, es lo mejor. No tienes que avergonzarte por nada, Hans. Después de todo, los dos terminamos. Y yo voy a tratar de hacer lo mismo.
Los orbes verdes del mencionado brillaron con auténtica decepción.
—Espero que pronto encuentres a una buena chica.
Hans apretó los dientes conteniéndose de responderle lo que tenía en la punta de la lengua. ¿Encontrar a otra chica? ¿Cómo iba a encontrar a otra que fuera como ella? ¿Qué tuviera su personalidad, sus ojos dulces y su piel de porcelana? ¿Qué sacara a relucir lo mejor que había en él, (lo cual en su opinión, no era bastante)? ¿Cómo?
Él no quería estar con nadie más. Quería a Elsa. Quería esperarla, decirle que la amaba y que nunca iba a sentir lo mismo por nadie más…
Pero de nuevo estaba siendo egoísta y no podía permitirse tal cosa. Si Elsa había decidido seguir por otro camino, no era nadie para interponerse con el mismo. Ya le había hecho mucho daño y merecía la oportunidad de encontrar a alguien mejor, alguien que sí se la mereciera.
Aunque eso le destrozara el corazón.
—Yo también espero que encuentres a alguien digno de ti—terminó respondiéndole, sin darse cuenta del dolor que eso le causaba a Elsa—, te lo mereces. Nosotros… siempre seremos familia, ¿no?
A la joven se le hizo un nudo en la garganta.
¿Así de fácil la dejaba ir? ¿No iba a reclamarle por nada? ¿No iba a insinuar que tan siquiera podían guardar una esperanza? Que ilusa era, no sabía que era lo que esperaba después de aquello.
—Tengo que irme—dijo conteniendo las ganas de llorar—, ya me esperan… hablaremos en otra ocasión.
—Cuídate, Elsa—le deseó Hans tristemente.
Los dos se miraron una vez más a través de la pantalla antes de que ella susurrara una despedida y cortara la llamada, desconectándose.
La rubia se dejó caer contra las almohadas de su cabecera, conteniendo a toda costa sus lágrimas. Ya era tiempo de dejar de llorar e irse olvidando de su hermanastro. Si él estaba tan decidido a hacer lo mismo, no valía la pena seguir sintiéndose mal por ello.
Furiosa y dolida, se levantó de la cama y se echó un último vistazo al espejo, retocando su delineador. No era cuestión de que se estropeara el maquillaje y le hiciera sospechar algo a Bella, que la estaba esperando para salir a pasear juntas. Tratando de poner buena cara, tomó su bolsito de una percha y salió dispuesta a dejarlo todo atrás.
El sonido de la cafetera avisándole que su bebida estaba lista sacó a Hans de sus pensamientos. Lentamente, tomó la jarra del aparato y vertió el líquido humeante en su taza con el diseño infantil de un león enojado. El animal había sido pintado encima de la porcelana con pinturas especiales y trazos que mostraban al melenudo animal con las fauces abiertas y una mirada amenazante en sus ojos, representados por dos motitas verdes.
Elsa le había regalado esa taza. Ella misma había pintado el adorable león en su clase de arte y luego, había llegado muy animada de clases para obsequiarle su proyecto.
Podía acordarse de la escena como si hubiera pasado ayer.
—Tengo algo para ti—le había dicho ella traviesamente, todavía vestida con el uniforme del colegio y sosteniendo su regalo tras la espalda.
Hans había arqueado una ceja pelirroja al mirarla.
—Por esa cara, intuyó que no se trata de nada bueno.
La muchacha le había extendido entonces la taza, musitando un "es tuya" y aguardando pacientemente a que él terminara de examinarla.
—Ya—había dicho después de examinar el recipiente, deteniéndose con socarronería en el león que parecía haber sido pintado por una chiquilla—, no voy a cuestionar tus habilidades artísticas copito, ¿pero por qué un león enojado?
—Es gruñón como tú—le había respondido ella burlonamente—y se cree que es el rey de todo.
—¿Ahora soy un león gruñón?
—Y muy molesto también.
—¿Ah sí?—Hans había dejado la taza encima del mesón para mirarla con una sonrisa arrogante—Me sentiría ofendido si ese león no pareciera más bien un gato flacucho con exceso de pelo.
—Oye, hago lo mejor que puedo. No soy Rapunzel—Elsa se había colocado sus manos en las caderas, sin dejar de sonreír de la misma manera arrogante que tan bien había asimilado de él—, además, así tendrás algo más interesante en que tomar tu café que en esa horrible taza gris. ¡No tiene personalidad!
—¿Desde cuándo interesa que las tazas la tengan?—él se había aproximado para cubrir sus manos con las suyas, tomándola firmemente del talle—Y además, deberías saber muy bien una cosa…
—¿Qué?—Elsa había levantado su cabeza hasta sus narices quedaron rozándose.
—Que a los leones nos encanta comer presas más pequeñas—Hans le había mordisqueado el lóbulo de la oreja al hablarle—. Has hecho enfadar bastante al león, gatita.
Acto seguido, su agarre sobre su cintura se había afirmado para subirla en la isla contra la que estaban apoyados, quedando ella sentada y él entre sus piernas.
Elsa liberó una risa traviesa antes de que se inclinara para besarla y le rodeó el cuello.
Aún podía sentir el calor de ese abrazo y la suavidad de su boca moviéndose debajo de la suya. El suave gemido que ella había liberado cuando profundizó el contacto metiéndole la lengua, sus manos recorriendo ansiosas sus caderas sobre la falda escolar…
¿Cómo se suponía que fuera a olvidarla?
Volviendo al presente, Hans se contentó con mover su café con desánimo. Un roce en sus tobillos llamó la atención.
Desde el suelo, Marshmallow maulló quejumbrosamente.
—¿Y tú qué quieres, bola de pelos?—preguntó con tranquilidad.
El gato volvió a maullar y lo miró con insistencia.
—A ese hippie se le ha olvidado alimentarte de nuevo, ¿eh?—murmuró el pelirrojo yendo hasta la alacena y abriéndola—Que tipo.
En ausencia de Elsa, se suponía que Eugene fuera el encargado de darle de comer al minino y estar al pendiente de él, ya que a diferencia de Maximus el gato parecía haberle tomado afecto. Pero con lo olvidadizo que era el castaño estaba claro que aquella no había sido la mejor decisión.
El colorado sacó una lata de comida húmeda y la horadó sintiendo los insistentes toquecitos que el animal le daba con sus patas.
—Ya va, gato. Por Dios, cuanta impaciencia—Hans volcó el contenido de la lata dentro del platito azul del felino y lo vio acercarse a comer con voracidad—, ¿cuál es la prisa por comer, bola de pelos? No es como si lo necesitaras—su índice picoteó la barriga del animal y este lo miró fijamente, aunque sin el odio que le demostraba al principio.
En algún momento se habían acostumbrado a la presencia del otro y ahora que la rubia no estaba, debía admitir que ver a su mascota rondar por los rincones era en cierta forma, reconfortante.
No cabía duda de que las cosas podían cambiar bastante con el tiempo.
Marshmallow terminó con su ración en cuestión de unos minutos y Hans le sirvió un poco de leche que pronto se puso a lamer. Se sentó en el suelo junto a él.
—Jesús, que manera de comer que tienes. Es culpa de tu dueña que te ha malcriado tanto—le rascó una oreja—. ¿Sabes que ha estado preguntando por ti?
El gato emitió un maullido como respuesta.
—No a mí, por supuesto. Pero casi todos los días le manda mensajes al hippie, pidiéndole fotos tuyas. De eso ya debes haberte dado cuenta, ¿a que sí? Puedes apostar a que te extraña bastante.
Marshmallow lo miró de nuevo y movió sus bigotes.
—Tú también la extrañas, ¿no, bola de pelos?—murmuró y en respuesta, el animal parpadeó y frotó su cara contra su rodilla—Sí, yo también amigo. Yo también.
Genial, la ausencia de la joven lo estaba afectando tanto que ya hasta estaba hablando con su gato. Simplemente genial, pensó.
El animal se acercó más a él y permitió que le pasara una mano por el lomo. Estuvieron unos minutos así, disfrutando por primera vez de la compañía del otro hasta que de pronto, tuvo una idea.
Sacó su teléfono del bolsillo y colocó al minino en su regazo, sin que este pusiera resistencia. Al apuntar la cámara hacia ambos, se esforzó por esbozar una sonrisa tranquila. Si Elsa y él no podían estar juntos, al menos haría lo posible para demostrarle que podía contar con su apoyo y su cariño, que seguiría haciendo lo que fuera por verla feliz.
Aquella sería su primera ofrenda de paz. Envío la imagen por Whatsapp, tratando de imaginar la reacción que la blonda tendría al verla.
No se lo iba a poder creer.
Unos pasos en la cocina lo sobresaltaron. Miró como Idun entraba y reparaba en él, esbozando una triste sonrisa.
—¿Te molesto, cariño?
—No, estaba haciendo café—rápidamente se incorporó dejando a Marshmallow en el suelo, que de nuevo se volvió hacia su plato con leche—. ¿Te gustaría una taza?
—Creo que me caería muy bien una en estos momentos.
Su madrastra se acercó al mesón y él sirvió otra taza que colocó junto a la suya, aún caliente. Sacó de un gabinete cercano un tarro con azúcar y otro con crema para el café.
Los orbes azules de Idun se enfocaron en su taza.
—¿Y eso? Nunca me había fijado en ese dibujo—rió por lo bajo.
—Elsa lo hizo, en su clase de arte. Hace poco me la regaló—el pelirrojo giró un poco el recipiente para que pudiera apreciarlo mejor—, dijo que se parecía a mí.
La risa de la mujer aumentó un poco de volumen.
—¿Eso dijo? Que muchachita—musitó—, siempre ha sido una bromista en el fondo—su mirada se entristeció conforme agitaba su café—. No sabes cuanto la echo de menos.
—Todos la extrañamos—Hans le ofreció la azucarera y ella tomó un par de terrones.
—Yo más que nadie, cielo. Pero sé que no me va a perdonar con facilidad, si es que algún día lo hace—suspiró—. No la culpo, ¿sabes? Esperaba que nunca tuviera que saber todo esto… no sé en que estaba pensando hace años, al hacer todo lo que hice. Debes estar pensando que soy un monstruo.
—Nunca pensaría eso de ti—le dijo Hans con sinceridad—, eres una de las personas más buenas que conozco. Pero todos se equivocan a veces… créeme, yo lo sé.
Los dos se quedaron en silencio por un instante, mientras la castaña solo clavaba su mirada con remordimiento en el pozo oscuro que esa su taza de café.
—Era muy joven, ¿sabes? Sé que eso no debería ser excusa, pero en aquel momento yo no pensé con claridad. No sabía nada del mundo. Lo único que sabía es que tenía un padre que apenas y quería hacerse cargo de mí y ninguna posibilidad de ser alguien en la vida—Idun sopló sobre su bebida despacio—, vi una oportunidad y la tomé; creí que sería sencillo. Tenía tantas ganas de contar con alguien, de tener algo… que simplemente no quise pensar en todo el daño que provocaría. Fui terriblemente egoísta, pensaba que la vida no había sido muy justa conmigo—tomó un diminuto sorbo de café—, ahora me doy cuenta de que no es así. Pero como saberlo cuando no eres más que una muchacha sin nadie a quien recurrir.
Hans se quedó en silencio, escuchándola sin sentir aversión o el más mínimo enojo hacia ella. Especialmente porque varias veces se había sentido de la misma manera.
—Mi hija me hizo sentir por primera vez en la vida como si pudiera ser capaz de convertirme en una mejor persona—prosiguió ella—, verla nacer fue lo más maravilloso del mundo. Aún me acuerdo del momento, la manera en que lloraba, era así de pequeña—simuló con sus palmas el diminuto tamaño de un bebé—, me llenó de tanta alegría. Aquel fue el primer momento en meses en que me había sentido realmente feliz. La quise tanto desde el primer momento.
—Todos sabemos lo mucho que la quieres. Estoy seguro de que un día te perdonará—trató de animarla él—, tendrá que recordar todo lo que has hecho por ella estos años.
—Eso ya no me interesa. Una madre no hace las cosas que hace para obtener el agradecimiento de sus hijos, sino porque les quiere de verdad. Ella podría hacer todo eso a un lado fácilmente y yo seguiría amándola tanto como desde el primer día. En este momento lo único que quiero es que sea feliz, aunque me duela tanto que esté tan lejos. No quisiera obligarla a soportar mi presencia nunca más, si va a causarle tanto daño—la mirada azul de Idun se cristalizó—, siento tanto remordimiento. Nunca quise hacerla sentir mal, me duele tanto que sufra… soy una pésima madre.
—Si así fuera, te habrías deshecho de ella desde el primer momento—la consoló su hijastro—, hiciste todo cuanto pudiste para que fuera feliz. Te conozco bien y sé que no hay nadie en el mundo que se preocupe por Elsa tanto como lo haces tú.
"Casi nadie", pensó para sus adentros. Él mismo la amaba tanto o probablemente más de lo que Idun lo hacía.
La trigueña se limpió una lágrima de la mejilla y le apretó la mano.
—Significa mucho para mí que seas tú quien me diga eso. Sé lo mucho que la quieres.
—Por supuesto que sí. Yo… haría lo que fuera por ella—dijo sin pensar.
Idun lo observó cuidadosamente, como si hubiera algo que quisiera descifrar en su rostro.
—Ya veo cuanto la quieres—murmuró—. Ustedes tenían algo más que un simple cariño de hermanos, ¿no es así?
Hans abrió sus ojos con espanto y entonces, ella pareció comprenderlo todo. La escuchó suspirar y vio como simplemente, volvía a remover su café.
—Yo no… nosotros… —el muchacho se esforzó por moderar el repentino nerviosismo que se había apoderado de él—. No es lo que tú piensas.
—Cielo, no seré muy vieja todavía pero he vivido ya lo suficiente como para intuir cuando dos jovencitos tienen algo debajo de mis narices.
—Entonces, ¿ya lo sabías?—inquirió Hans en un murmullo.
—Tenía mis sospechas desde hace tiempo. No soy tan despistada como piensan, ¿sabes?—Idun bebió un poco más de su café e hizo un sonido reconfortante—Realmente necesitaba esto.
—¿Papá también?—la mujer se volvió hacia el colorado y lo encontró sinceramente consternado.
—Es posible, Adgar es más astuto que yo para darse cuenta de las cosas. Aunque si fue así, me extraña que nunca haya comentado nada en voz alta—contestó—. Supongo que no había razón para ello, en realidad nunca nos dieron un motivo por el cual reclamarles algo. Y ahora que lo pienso esta clase de cosas no se pueden evitar. Dos chiquillos sin ningún lazo de sangre, obligados a convivir bajo el mismo techo—soltó una risa irónica—, solo a nosotros se nos ocurre.
Hans se quedó en silencio, sin saber que decir.
—Así que, terminaron enamorándose. ¿Cuándo fue que ocurrió algo así? Hasta donde sabía Elsa no te soportaba. Y estoy segura de que tú también debiste cansarte de su actitud malcriada, aunque te comportaras como un perfecto caballero—la castaña sonrió con melancolía—, mi niña es muy obstinada a veces.
El bermejo suspiró pesadamente y se encogió de hombros.
—Sí, realmente es una chica de cuidado, ¿no?—se rascó la nuca—No sé… yo… simplemente pasó y cuando menos me di cuenta… estábamos metidos en esto.
—Cuantas cosas no deben haber hecho a nuestras espaldas, ¿eh?—bromeó.
Hans la miró alarmado.
—Yo te juro que nunca hice nada indebido con ella, no…
—Lo sé—lo interrumpió ella—, siempre intuí que cuidarías de Elsa a toda costa. Quizá por eso nunca quise darle importancia a mis sospechas. Sé que ambos son buenos chicos—dijo convencida—, la extrañas, ¿verdad?
Hans sintió como se le hacía un nudo en la garganta. De repente fue como si todas las emociones que se había estado esforzando por contener salieran a la superficie nuevamente.
—Me hace mucha falta, mucha… —musitó—, y le dije tantas cosas antes de que se fuera. Yo no quería que se marchara, tenía mucho miedo de perderla… y yo… —se apoyó en el mesón cubriéndose los ojos con las manos—, no me la merezco, es demasiado buena para mí. ¡Pero la extraño tanto! ¡Tanto!
—Oh, cariño…
Idun soltó su taza de café y lo abrazó fuertemente.
Elsa dejó a un lado la limonada que estaba tomando y atendió su teléfono, en el que había reconocido el sonido de una notificación en Whatsapp. Estaba sentada en la terraza de un pequeño café en el barrio de Montmartre, conocido por estar rodeado de artistas. Por un instante tuvo que desconectarse de lo que le decía Bella, sentada frente a ella. La castaña le hablaba de una manera bastante entusiasta sobre la última novela que había comenzado hacia tres días; una de Stephen King que involucraba a una enfermera psicótica o algo por el estilo* y que había empezado hacia tres días.
Y la rubia que pensaba que jamás encontraría a alguien que amara los libros más que ella. Era increíble la pasión que la muchacha mostraba por la lectura; tanto así que ya le había comentado el interés que tenía de convertirse en editora algún día.
La platinada sonrió de lado y negó levemente con la cabeza, dejándola ser mientras le hablaba de uno de sus personajes preferidos.
Deslizó un dedo por la pantalla de su teléfono y abrió los ojos con sorpresa antes de ensanchar su sonrisa. Tenía que verlo para creerlo. Hans la miraba desde el aparato, luciendo una leve sonrisa de lado y sosteniendo en sus manos a Marshmallow, que increíblemente se miraba tranquilo.
Si aquello no era una prueba de que los milagros existían, entonces un rayo tendría que caerle en la cabeza.
Bella se detuvo en su plática y estiró la cabeza para tratar de ver su teléfono.
—¿Y se puede saber que es más interesante que el cautiverio de un escritor a manos de una enferma mental?—inquirió con curiosidad. La albina cedió y le pasó el aparato para que observara—. ¡Qué precioso! Me encantan los gatos, que lástima que no podamos tener uno en casa por la alergia de papá, el tuyo es tan bonito—dijo, mirando al animal y luego al colorado—. ¿Y él? No me digas, es Hans. Basta con ver como te brillan los ojos con solo mirar esta imagen—la vio con picardía y luego volvió a observar el celular—, no está nada mal, por cierto.
—Es increíble que haya cargado a Marshmallow, no se soportaban—Elsa miró con ternura la fotografía en cuanto tuvo su móvil de vuelta—. Siempre dijo que era una molesta bola de pelos—rió.
—Bueno, se nota que hizo el sacrificio por ti. Debe quererte mucho.
La sonrisa de Elsa se esfumó y se encogió de hombros.
—Como hermana tal vez, quedamos en buenos términos, se supone—dijo—. Ha estado viendo a otras chicas.
—Ah, así que por eso estabas tan desanimada hace rato, ¿no? Ya decía yo.
—Está bien, después de todo ya no tenemos nada. Hasta le dije que yo haría lo mismo.
—Y podrías empezar ya, varios chicos te han echado el ojo en la escuela pero tú no les haces el menor caso—Bella se enderezó sus gafas y bebió un sorbo de su té helado—, siempre estás pensando en tu pelirrojo.
—Ya me voy a olvidar de él.
—No deberías castigarte tanto, Elsa. Ya te dije que algún día regresarás y quien sabe si ustedes dos puedan darse una segunda oportunidad, ¿no?
Elsa suspiró y prefirió no contestar. Realmente no estaba de ánimos para discutir ese asunto de nuevo. Lo mejor que podía hacer era dejar pasar el tiempo.
—Yo a ti no te he conocido a nadie especial—dijo, para desviar el tema.
—No. Ya te dije que soy un ratón de biblioteca—Bella rió de buen ánimo con su propio chiste—, a los chicos no les interesa alguien que todo el tiempo se la pasa hablando de libros y esas cosas. Y a mí tampoco me interesa estar con alguno. A menos que sea lo bastante inteligente como para escuchar dos frases de lo que le hablo sin aburrirse y eso, es muy difícil de encontrar.
—Pero bien que me he dado cuenta de como miras a Adam cuando crees que nadie te ve.
La castaña se atragantó con su té provocándole a Elsa un acceso de risa. No podía dejar de notar como las mejillas de su amiga se habían tornado rosas.
—¡¿Pero qué dices?!
—¿Qué? Es la verdad, se nota a leguas que te gusta, con mal genio y todo—Elsa se encogió de hombros—. Tranquila, no voy a juzgarte.
—¿De qué estás hablando? ¿Dices qué yo… qué yo…?—Bella recuperó el aliento y se enderezó en su silla—¿Es en serio? ¡Oye, pero si es una bestia!—se ruborizó violentamente.
—Esas cosas no importan cuando una empieza a querer a alguien. Créeme, lo sé—la blonda volvió a reír de manera amarga, recordando como le había sucedido a ella con Hans.
La reacción de su amiga le hacía pensar en si misma cada vez que alguien insinuaba que entre los dos había algo al principio.
—No, ¡qué demonios!—Bella se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y trató de esbozar una sonrisa socarrona—¿Te imaginas? Él y yo… acabaría enterrada en una zanja cualquier día de estos o a saber qué. Con el mal genio que tiene, ¡nunca se sabe cuando va a perder la cabeza!
—Eso sí, aunque yo creo que tú sabes controlarlo muy bien. Parece que te respeta un poco.
—Pues sí, eso es porque él no me intimida, con su actitud de "nadie me merece y seré un animal con todo el mundo"—Bella rodó los ojos—. Domar a la bestia, eso es lo que todos deberían aprender. Tú también, para que deje de fastidiarte.
—Bella, creo que eres la única que podría domar a ese sujeto—Elsa soltó otro suspiró y revolvió los hielos en su limonada.
—Nah, cualquiera podría, si tan solo no se dejasen impresionar por esa mezquina forma de ser. En serio, no sé porque a casi todos les cuesta decirle que cierre la boca, no es tan difícil una vez que te acostumbras a sus gritos y esa mirada con la que parece que quisiera atravesarte. Pff, desequilibrado—sorbió de la pajilla de su té helado, todavía un poco ruborizada y de repente, sus ojos se abrieron con espanto al notar algo a las espaldas de su compañera—. Oh, mierda—murmuró.
—¿Qué?—Elsa frunció el ceño.
—¡Es él! No voltees—miró hacia su teléfono aparentando estar ocupada y tirando de su gorro de lana hacia abajo para ocultar su rostro, al tiempo que la rubia parpadeaba confundida.
—¿Adam?
—No, es…
—Bella, preciosa, que sorpresa encontrarte aquí—antes de que la castaña pudiera terminar de hablar, un chico alto y de cabello negro había llegado junto a ella y se había inclinado apoyando un brazo en la mesa.
—Hola Gastón—la aludida lo saludó con fastidio.
Elsa se fijó en que el recién llegado tenía una larga melena atada en una cola de caballo, (al parecer, a los parisinos les encantaba ese estilo), brillantes ojos azules y una prominente barbilla, además de notarse ejercitado. Era apuesto pero no le daba buena espina. Por la manera en que se comportaba parecía muy engreído.
—No has respondido a ninguno de mis mensajes—dijo él con un tono resentido oculto en la voz, como si le estuviera reclamando a Bella.
—No. Cuando una persona no te contesta, es porque no tiene nada que decirte—replicó la morena cortantemente.
—Ahí vamos de nuevo. ¿Sabes que me encanta cuando te comportas así?—el pelinegro le habló al oído y Bella hizo una mueca de desagrado y se alejó cuanto pudo—Es excitante.
Elsa frunció levemente el ceño, como se notaba que ese tipo era un acosador.
—¡Agh! ¡Aléjate!—Bella lo empujó con la mano—¡Dios, ¿no sabes lo que es el espacio personal?! Estoy ocupada, por si no te has dado cuenta.
Gastón arqueó una ceja y volteó a ver a la platinada, reparando por primera vez en su presencia y esbozando una sonrisa falsa y galante.
—Y sí, ya veo que tienes compañía. ¿Quién es este pastelito?—inquirió, haciendo que Elsa frunciera aún más su entrecejo—No me dijiste que tenías esas preferencias, muñeca. Eso es tan sexy…
—¡No seas idiota!—Bella explotó y miró de mala manera al tipo—¡Ella es mi amiga! Y su nombre es Elsa, no pastelito. Déjanos en paz, Gastón.
—¿Sabes qué? Estoy empezando a hartarme de esa maldita actitud—el mencionado se enderezó y miró a Bella con superioridad—, ¿qué carajos te pasa que no puedes apreciar la atención que invierto en ti? ¿Sabes cuántas chicas se morirían por tener esto?—se señaló a si mismo con las manos—No voy a estar rogándote para que te comportes como una jodida frígida.
—Bien, en ese caso, ve y sal con alguna de esas chicas. Estoy segura de que ellas sí sabrán valorar "esto"—Bella habló con sarcasmo y movió la mano de arriba hacia abajo para señalar el cuerpo del joven, que hizo una mueca.
—Vamos Bella, no hay necesidad de ponernos tan molestos, amor—dijo él volviendo a usar un tono conciliador—. Realmente estoy feliz de verte. ¿Por qué no me acompañas a dar una vuelta? Traje mi moto y podemos dar un paseo—volvió a acercarse para hablarle al oído con lascivia, por lo que la castaña lo empujó de nuevo.
—Oye, ella no quiere ir—intervino Elsa esperando ayudar a su amiga.
Ese sujeto realmente era pedante y por lo visto, un machista de primera.
—Preciosura, espera tu turno, estoy hablando con Bella—la rubia abrió la boca indignada—. Vamos Bella, una vuelta, prometo que te gustará—su mano se cerró como una garra en torno a la muñeca de la muchacha, quien se tensó.
—¡Que no! ¡Que no quiero!—ella trató de resistirse cuando Gastón intentó ponerla de pie.
Elsa miró alrededor con preocupación, esperando localizar a alguien que pudiera ayudarles a librarse de ese tipo. Tal vez debía llamar a un mesero.
—¡Ella ha dicho que no quiere ir contigo, idiota! ¿Acaso no la escuchaste?—los tres se sobresaltaron ante la voz que rugió aquellas palabras.
Elsa miró por encima de su hombro y se sorprendió al ver a Adam a unos cuantos pasos de su mesa, fulminando con la mirada al azabache. Al parecer no eran las únicas que habían decidido dar un paseo.
—¿Y quién demonios es este sujeto? ¡¿Estás saliendo con él o algo así?!—Gastón encaró a la trigueña con enfado.
—¡Ya, suéltame!—ella se zafó violentamente de su agarre y lo asesinó con los ojos—¡No tengo porque darte explicaciones de nada! ¡Déjame tranquila!
—¡Al parecer no, puesto que ya estás con otro! Así que por esto es por lo que me ignorabas, ¿no?
—Bien deducido imbécil, ¿qué te parece si te vas largando de aquí antes de que te rompa la cara?
Gastón esbozó una sonrisa petulante al enfrentarlo de nuevo.
—Debí saber que se trataba de eso; tanto tiempo haciéndose la mustia para que al final acabara enredándose con otro. Quién diría que fueras tan fácil, ma chérie.
De un momento a otro las cosas se salieron de control. Adam se adelantó y descargó un puñetazo contra la mandíbula del moreno, que se derrumbó contra una mesa cercana. Aquello fue tan solo el inicio de una pelea que no tardó en alarmar al resto de los comensales, quienes se pusieron a gritar y murmurar al ver a los dos jóvenes enfrascados en una pelea a puños y patadas, donde el rubio parecía llevar las de ganar. Y estaba decidido a acabar con su contrincante, a pesar de los gritos asustados de Bella que le pedía que parara.
Elsa se quedó mirando sin saber como reaccionar. Sabía muy bien lo explosivo que era el muchacho, pero jamás se había imaginado que fuera capaz de moler a golpes a una persona, (aunque siendo justos, ese tal Gastón se lo merecía).
Al parecer su hermano tenía muchos más problemas de lo que se imaginaba.
Unos cuantos meseros no tardaron en llegar para separarlos, seguidos por el gerente que les pidió de manera autoritaria que se marcharan de allí.
—¡Me las pagarás, idiota!—la amenaza del pelinegro se hizo escuchar por todo el café antes de que se dirigiera a pasos agigantados a su motocicleta estacionada en una esquina de la calle, con un ojo morado y otra contusión en la mejilla.
Adam respiraba entrecortadamente y no dio muchas señales de escuchar cuando el gerente volvió a ordenarle que se retirara del lugar. Aunque no había quedado tan mal como su rival, tenía un labio roto y se sujetaba un costado.
—¡Eres un idiota!—la exclamación furiosa de Bella fue la que finalmente lo sacó de su ensimismamiento, pues la miró con una mezcla de confusión y enojo—¡¿Por qué siempre tienes que solucionar las cosas de esta manera?! ¡¿Tienes idea de la vergüenza que acabas de hacerme pasar?!—sus mejillas estaban rojas por el enfado—¡No! ¡¿Sabes qué?! ¡No me digas nada! ¡Eres una bestia! ¡Me largo!
—¡Bella, espera!—Elsa trató de detenerla en vano, pero la vio correr a la calle y parar a un taxi que pasaba por ahí.
Adam hizo ademán de ir tras ella, pero fue detenido del brazo por la rubia.
—¡No! Déjala, está muy molesta.
—¡Suéltame!—el joven se soltó de su agarre bruscamente, recibiendo una mirada de hielo a cambio—¡Maldición! ¿Es así como me agradece? ¡Me partí el culo por ella!
—¡No entiendes nada!—ambos se miraron desafiantemente y el gerente volvió a dirigirse a Adam.
—Señor, si no se marcha de aquí llamaré a la policía de inmediato.
Elsa bufó y tomó su bolso.
—Vámonos, tenemos que ir a curarte eso—dijo de mala gana.
—¿Qué te hace pensar que necesito de tu ayuda?—espetó él agriamente.
—La necesitarás si no quieres darle explicaciones de esto al abuelo—respondió ella con la cabeza en alto—, ¿o qué? ¿Acaso tienes ganas de discutir con él también?
Adam la miró furioso por un momento antes de gruñir e indicarle que la siguiera al auto, fulminando con la mirada a todos los clientes que seguían mirándolo con recelo.
Elsa soltó un largo suspiro y fue tras él.
Entrar en la casa sin que nadie se diera cuenta no fue problema, con los empleados ensimismados en sus ocupaciones y sus abuelos que no volverían sino hasta la hora de cenar, para la cual no faltaba demasiado. De mala gana, Adam se sentó en uno de los sillones de la biblioteca refunfuñando. Aún sentía que la sangre le hervía por lo sucedido y encima esa chiquilla queriendo darle órdenes.
Era tan difícil ser él.
Elsa entró discretamente llevando con ella un pequeño bolso y un botiquín de primeros auxilios. Sin decir una palabra, colocó las cosas en una mesa cercana y se puso a mojar un trozo de algodón con desinfectante.
—No es necesario que hagas esto, puedo arreglármelas solo—le dijo él cortantemente.
Ella solo rodó los ojos.
—Con esas maneras, no creo que seas capaz ni de ponerte un curita sin perder la paciencia—le respondió—. Deja de ser tan orgulloso, no es para tanto.
Acercó el algodón a su labio y el muchacho soltó un alarido.
—¡Mierda! ¡Eso duele!—apartó su mano bruscamente—¡¿Qué demonios tratas de hacer?!
—Demonios, Bella tiene razón, deberías controlar mejor tu mal genio—Elsa se puso las manos en la cintura y lo observó como si hablara con un chiquillo—. ¿Por qué siempre tienes que reaccionar así por todo? ¿Qué te pasa?
—¡¿Qué me pasa?! ¡Me parto el culo por esa desagradecida y así es como reacciona! ¡Ni siquiera me dio las gracias!—bramó Adam—¡Ustedes las mujeres con todas unas…!
—¿Unas qué?—Elsa se cruzó de brazos y le lanzó una mirada amenazante.
—¡Bah! No vale la pena—se quejó el blondo—, solo terminemos con esto, ¿quieres?
—¿Sabes cuál es tu problema?—Elsa se inclinó a curarle el labio partido, viendo como el joven se tensaba y mascullaba una palabrota en francés al aguantar el dolor—Eres demasiado negativo, siempre te quejas por todo y piensas que las cosas se resuelven gritando o en este caso, golpeando a la gente. Eres un desadaptado.
—Vete a la mierda, mocosa.
—Sí, de eso es de lo que hablo. No puedes tener esa actitud y esperar que las cosas salgan como quieres—dijo Elsa sin inmutarse—. Empezando por Bella. Yo sé bien que quieres llamar su atención.
—¿Pero qué carajos estás diciendo? ¿Qué es esa estupidez?—Adam se irguió con una mueca de superioridad—¡Por supuesto que no quiero llamar su atención! ¡¿Por qué demonios intentaría algo así?!
Elsa contuvo las ganas de poner los ojos en blanco de nuevo. De verdad esos dos eran todo un caso; ahora comprendía la frustración de Anna y otras personas con ella y con Hans.
Era bastante obvio lo mucho que se esforzaban en negar su mutua atracción.
—Vamos a ahorrarnos esta discusión y pasar directo al punto, ¿quieres? He estado lo suficiente en este lugar como para darme cuenta de que se gustan. Pero como no saben expresarlo, se la pasan peleando. Créeme, yo sé muy bien de eso.
—¿Qué vas a saber tú?—espetó Adam apretando los dientes cuando terminó de limpiarle la herida que tenía sobre una ceja—Carajo, ¡cuidado con eso! No sé ni que hago hablando aquí contigo—murmuró—, tú no eres nada mío.
Elsa se detuvo un momento, dolida en el fondo por sus palabras. No era como si esperaba que su hermano la quisiera; después de todo comprendía su punto de vista. Pero cada vez que se comportaba así con ella, era malo tener que recordar la razón de su odio y el por qué había decidido estar lejos de casa.
—Ya sé que no me consideras de tu familia, no tienes que recordármelo a cada momento. No voy a culparte por eso—desvió la mirada con tristeza—, yo haría lo mismo en tu lugar.
—Agh, ¿en serio? ¿Ahora vas a recurrir a darme lástima? Por favor, hasta tú eres mejor que eso.
—No necesito darle lástima a nadie y mucho menos a ti—repuso ella con frialdad—, lo único que digo es que comprendo tu punto de vista. Pero eso no significa que quiera tu aprecio. No eres el centro del universo, tengo muchas personas con las que puedo contar.
—Entonces, ¿por qué me ayudas?
Elsa se encogió de hombros.
—Supongo que quien siente lástima soy yo.
—¿Lástima de mí? Debería hacerte tragar esas palabras.
La chica bufó y alargó su mano para tomar el bolso, una vez que termino de limpiarle las heridas. Era imposible tratar con ese sujeto. Sacó de allí algunos cosméticos que el rubio miró con desconfianza.
—¿Qué mierda es eso?
—Maquillaje, para cubrir las cicatrices.
—¡¿Acaso piensas que soy marica?! ¡No voy a usar nada de eso!
—¡Bien!—Elsa puso de golpe la bolsa en la mesa de nuevo—¡Entonces explícale tú solo al abuelo porque tienes esos golpes cuando vuelva!
Adam gruñó una vez más y apretó sus manos en puños. Como odiaba no tener la razón.
—Maldita sea, ¡ponme esa mierda encima y acabemos con esto, ¿sí?!
La blonda frunció los labios y se dedicó al completar su tarea en silencio, tapando con polvos y corrector cada uno de los golpes en su rostro. No solía usar mucho maquillaje pero debía admitir que para no ser experta, al final había hecho un buen trabajo.
Las lesiones se habían disimulado bien.
—Está listo. No luce nada mal.
Adam sacó su teléfono del bolsillo y se miró en la pantalla, arqueando una ceja con leve sorpresa.
—Pues sí—aceptó de manera adusta—, vaya, al menos sirves para algo. Además de para vivir a costa de los demás, como tu madre.
Aquello fue un golpe bajo para la platinada.
—¡¿Por qué siempre tienes que arruinarlo todo?!—explotó Elsa—¡Ya entendí que me odias! ¡Ya sé que nací por equivocación! Yo… ¡lo siento, ¿sí?!—sin quererlo, su mirada se cristalizó—¡Siento lo que mi madre hizo! ¡Créeme, a mí también me duele saber que fue capaz de hacer algo tan bajo! ¡Quisiera hacer alguna cosa para remediarlo! Pero ¿sabes qué? ¡No puedo! ¡No puedo y me duele saber toda la verdad, porque antes de eso yo la quería como a nadie en el mundo!—se limpió los ojos con una manga, antes de que las lágrimas comenzaran a bajar por su rostro—¡Y ahora no sé qué pensar! Solo sé que soy un error, una maldita equivocación… ¡y me siento como una mierda!
Un leve remordimiento atravesó por los ojos del muchacho antes de que los clavara en el ventanal, lejos de ella.
—No vas a darme lástima—repitió en voz baja, más como si ahora estuviera hablando consigo mismo—. Tú tampoco sabes lo que yo he pasado.
Elsa lo observó con furia reprimida. De repente, aquellos orbes de un azul intenso volvían a estar en ella, acusadores y decididos.
—Mi padre me hizo mucho daño—dijo Adam—, saber lo que le hizo a mi madre y ver como todo el tiempo discutía con ella mataron todo el aprecio que le tenía. Está mal que lo diga, pero cuando se marchó yo sentí un enorme alivio… porque él es la persona más egoísta que he conocido jamás. No siento nada por él y no puedo perdonar lo que hizo.
—Lo sé muy bien. Yo también me siento de esa manera a veces. Cuando supe toda la verdad, primero sentí tristeza por no conocerlo pero ahora, sabiéndolo todo, pienso que quizá fue mejor no haberlo hecho… estoy muy molesta con él y con mi madre por la manera en que actuaron. No sé si algún día pueda perdonarlos—confesó Elsa—, es difícil darte cuenta de que estás aquí por accidente. Tú por lo menos fuiste un hijo deseado. En cambio yo, solo iba a ser usada como moneda de cambio. Saber que mamá era tan mala persona me hace sentir como si yo estuviera sucia. Y la verdad es que siento mucho lo que ocurrió con tu familia, la manera en que mi madre la destruyó. Pero al mismo tiempo no puedo evitar pensar en que no debería sentirme de esa manera. Yo no tengo la culpa de lo que pasó. Yo no pedí nada de esto, ni me siento orgullosa de mamá. La única razón por la que vine aquí es porque quería estar alejada de ella, pero no me sirve de mucho si a cada momento me estás recordando lo que ocurrió—bufó—. Supongo que eso es algo con lo que tendré que vivir de ahora en adelante, tú no me vas a dejar olvidarlo.
Recogió las cosas que había traído para salir de ahí.
—De todas maneras, deberías tener en cuenta que no estoy aquí para ser tu enemiga, ya estoy pasando por bastante como para querer algo así—se dirigió a la salida cuando la voz de Adam la detuvo.
—Entonces no sabías nada de esto hasta hace poco—dijo él seriamente—, ella nunca te contó nada.
Elsa miró por encima de su hombro.
—Mamá siempre dijo que mi padre nos había abandonado. Solía decir que no me preocupara por eso, porque ella se encargaría de mí… supongo que lo hizo honestamente, a pesar de todo. Por muchos años fuimos solo ella y ya hasta que se volvió a casar… eso ya no importa. No quiero saber de ella.
—Debes estar realmente dolida para pensar de esa manera.
—Como lo estás tú por tu madre, sí. Al menos tus razones son muy diferentes.
Adam exhaló pesadamente.
—Sí, realmente esto no nos va a llevar a nada, ¿no? Quizá… quizá no he estado actuando bien en todo este tiempo.
"No me digas", no pudo evitar pensar la rubia, aun dándole la espalda.
—Pero no puedes culparme por eso, después de todo lo que ha sucedido.
—Oye, ¿tratas de decirme algo?—Elsa se volvió a él con gesto receloso.
—Sí. Creo que estoy cansado de esta situación—el muchacho se levantó de donde estaba y se acercó a ella, todavía serio pero más relajado—. Ese idiota me pegó muy fuerte en el costado. ¿Quieres venir y ayudarme?
Elsa se quedó viéndolo con desconfianza, pero luego accedió a volver y volvió a poner sus cosas en la mesita cercana y lo ayudó a levantarse el jersey, haciendo una mueca al ver el enorme moratón que le cubría la piel.
—Demonios, es gigantesco. ¿Por qué ustedes los hombres siempre tienen que arreglarse a golpes?—subió su vista con el ceño fruncido y consternado.
—Es mejor liarse a golpes frente a frente que hablar a nuestras espaldas como hacen ustedes.
—Al menos mantenemos nuestra integridad física. Espero que no tengas nada roto—palpó el moretón obteniendo otro quejido del rubio—, pues parece que no, pero no soy doctora. Voy a tener que vendarte eso y después te vas directo con el doctor.
—Ya te pareces a la señora Potts. Siempre actúa como si fuera mi maldita madre—renegó Adam, pero no hizo ademán de detenerla cuando aplico una crema para detener la inflamación—. Tendrás que ponerme ese maquillaje todos los días hasta que esto desaparezca.
—Te enseñaré como hacerlo tú, no uso mucho estas cosas así que puedes tenerlas—Elsa se permitió sonreír socarronamente—. Te vas a ver muy lindo.
—Que graciosa.
—No te muevas.
Se quedaron en silencio por unos momentos, mientras Elsa revisaba que no tuviera más golpes y terminaba de cubrir el hematoma del costado.
—Gracias—masculló él por lo bajo—. No tenías porque hacer esto.
—No es nada—repuso la chica, mientras terminaba con su labor.
Algo acababa de cambiar entre ellos.
* Misery de Stephen King. Notarán que menciono mucho a este autor; sus historias son increíbles. xD
Nota de autor:
Otro lunes, otro capítulo. Otro día de Helsa. :3
Pues como ven nuestros pajaritos ya bajaron la guardia un poco y por fin pudieron hablar, pero todavía les queda orgullo que ay, como les hace daño. Eso le pasa a Hans por aplicarle el visto a copo de nieve en Whatsapp, ¡eso no se hace, por Dios! D:
Tuvimos un montón de cosas emocionantes, entre Punzie experimentando con hierba (no usen drogas, recuérdenlo xD) y Adam demostrando por fin que no solo es una bestia, él también tiene su corazoncito pero a veces (siempre) se le pasa la mano. Lo bueno es ya también él cedió un poco y parece que se va a llevar un poco mejor con Elsa, ya que tuvieron una plática corta pero reveladora. Cosas de familia.
Pasando a otras cosas, ¿qué les pareció la conversación de Hans con Idun? ¿Se sorprendieron? Apuesto a que sí, ja ja ja, para que vean que no es tan despistada la mujer. xD Vamos que lo del Helsa se notaba a la legua, estando todos en la misma casa, pero también se notaba que son el uno para el otro así que ya ven.
Ari: ¿Quién no ama "La Bella y la Bestia? :3 Sí, el capítulo anterior fue intenso y los siguen también, así que no hay que perdérselos. ;D Prepárate porque se vienen un montón de cosas antes del gran final.
SamanTha: Hans es el más sexy príncipe de Disney pero sí, Adam también tiene lo suyo. xD Créeme, envidio a Elsa no solo por tener al sensual pelirrojo, sino porque también me encantaría tener una habitación con balcón y todo en París, jajaja, me imaginé su dormitorio así súper fino. Bella y ella sí que tienen cosas en común, ambas son listas, les gusta leer y no se dejan llevar por sus impulsos. Lo que es bueno, pues ya con Anna tenemos suficiente. Lo de Hans enseñando a Elsa a ganar una pelea de insultos está pendiente, así como su reacción al ver el sexy tatuaje que se hizo. 7u7 LOL Yo también quiero trufas de la Solberg Factory, aunque sea una empresa que inventé. :( Me encanta el chocolate.
Criaturas del Helsa, manténganse pendientes porque estamos muy cerca del final ya, falta menos de lo que se imaginan. ;) ¿Lograrán nuestros amados Hans y Elsa ser felices?
¡No dejen de contarme sus locas teorías en los comentarios!
