Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
Canciones recomendadas para la lectura: Always de Bon Jovi (reencuentro), Because you loved me de Celine Dion (baile). La tía Frozen es una sentimental :'(
» • » Bajo El Mismo Techo « • «
38
El largo camino a casa
El bullicio de las calles de París no se comparaba mucho con las de Oslo. La capital francesa parecía tener un no sé qué especial, que hacía que cada esquina, cada puerta, cada persona que iba con prisa de un lado a otro, tuviera un encanto único y peligroso. En uno de los edificios cercanos a la Île de Sant-Louis, las puertas que conducían a la recepción se abrieron, dejando salir a tres personas ansiosas.
—¡Oh, qué bello es todo esto!—Rapunzel miró a su alrededor con una sonrisa y dio una vuelta—Hace tanto que no venía a París, ¡estamos en la capital del arte, muchachos! Arte es lo que se respira en este lugar.
La falda recta de su vestido apenas y se movió cuando giro como una bailarina. Con la chaqueta estilo Chanel, el pañuelo que se había colocado en la cabeza y sus enormes gafas de sol, parecía salida de alguna película de los años dorados de Hollywood.
—Mírate nada más, florecita. Luces como una de esas actrices clásicas del cine.
—¡Pues claro, Flynn! Esto es París, hay que vestirnos con estilo—repuso ella sonriendo y posando para él.
—Aún no puedo creer que convencieras al amigo de tu padre de traernos con tanta facilidad—dijo Eugene, con su videocámara en mano apuntando a todos lados—, ni que tu madre nos dejara quedarnos en su apartamento. Esto es lo que yo llamo una escapada perfecta.
—¡Es tan emocionante estar juntos en París! ¡Tenemos que ir al Museo de Louvre a ver todas las obras de arte! Y a los Campos Eliseos y a Montmartre para ver a los artistas… ¡oh! ¡Y subirnos a la Torre Eiffel!
—Voy a tener mucho material que grabar por estos lares, ¡nunca antes había estado en París! ¿Y sabes qué? Nos veremos geniales mientras recorremos la ciudad.
—¡Ya lo creo que sí, Flynn! Somos como Humphrey Boggart e Ingrid Bergman* en una de tus películas gay.
—Hey, les recuerdo que esto no es un ningún viaje de placer—Hans frunció el entrecejo y los miró seriamente—. No viajé desde tan lejos para pasármela tonteando con ustedes. Estamos aquí por una razón.
—¡Cierto!—la castaña adoptó una pose decidida—Primero es lo primero. Hay que encontrar a Elsa. ¡Estará tan feliz de vernos! Ya quiero presenciar el reencuentro.
—Sigo pensando que debí avisarle que vendría, no tiene idea de que estamos aquí—dijo el pelirrojo.
—¿Y arruinar la sorpresa? ¡Eso no sería para nada romántico, Hans!—se quejó Rapunzel.
—¿Y cómo se supone que la sorprenda si ni siquiera sé dónde está su casa? Ni el negocio de sus abuelos… voy a tener que llamarle.
—¡De ninguna manera!—la chica lo detuvo cuando estuvo a punto de sacar su teléfono—¡Para eso están las redes sociales! Un minuto—sus acompañantes la miraron sacar su propio móvil y buscar algo rápidamente, antes de hacer un sonido de exclamación triunfal—¡Ajá! Aquí está. Elsa acaba de subir una foto desde le Jardin du Vert-Gálant—dijo con una excelente pronunciación—y eso fue… hace cinco minutos. Me parece que hemos encontrado a nuestro objetivo. ¡Gracias Instagram! ¡Vamos!—los tres bajaron rápidamente los escalones de entrada del edificio residencial y se dirigieron a una avenida, en la que Rapunzel hizo a una seña a un taxi para detenerlo.
Abordaron el vehículo, con la muchacha en medio de los dos y bastante prisa. El colorado sentía que el corazón le latía fuertemente. Apenas y podía creer que estuviera a punto de reencontrarse con su hermanastra.
Con la persona que más amaba en el mundo.
—Demonios viejo, es bueno verte sonreír al fin—dijo Eugene con alivio, señalando el gesto que inconscientemente se había formado en sus labios—. Parece que fueron años desde que te vi hacerlo por última vez. No me mires así, idiota. Sabes que digo la verdad.
—Y dentro de unos minutos será mejor—Rapunzel se dirigió al conductor del taxi—. ¡Wilfred, a l'Île de la Cité! ¡Rápido, deprisa!—ordenó en un perfecto francés, haciendo que el hombre se volviera a ella con gesto hosco.
—Mi nombre no es Wilfred, niña. Y hay reglas de tránsito aquí, por si no lo sabes.
La castaña abrió un cierre de su bolso y extrajo un par de billetes de considerable denominación, extendiéndoselos al sujeto.
—Ya veo—el chófer los tomó con una ceja alzada—. Île de la Cité, enseguida—arrancó y se puso en marcha con rapidez.
—Punzie, no deberías estar regalando tu dinero de esa manera—la regañó Eugene—, si alguien ve que llevas tanto encima, van a terminar asaltándote.
—¡¿Cómo crees?! La gente en París es súper amable.
—Claro que no. ¿No has visto Taken*? También pasan cosas en esta ciudad. Por otro lado, no sabía que pudieras hablar francés, je. Y yo creí que tendríamos que comunicarnos aquí por medio de señas como esos turistas americanos torpes.
—Oh sí, mis padres me hicieron llevar muchas clases de idiomas desde niña. Francés, inglés, italiano, ¡viajábamos a todas partes! Será divertido recorrer un poco si nos da tiempo después de encontrar a Elsa—dijo la trigueña alegremente—, y hablando de eso, ¿ya sabes qué es lo que le vas a decir una vez que estén juntos de nuevo, Hans?—inquirió con emoción.
—¿Qué?—el mencionado la miró confundido.
Los dos castaños lo miraban expectantes.
—Yo… bueno, no sé, la verdad es que no me he detenido a pensar mucho en eso—repuso él llevándose una mano a la nuca—. Yo… supongo que le diré que la he echado de menos y… no sé, decirle que fui un tonto. Lo que sea para hacer que me acepte de nuevo.
—Aguanta ahí viejo, no puedes llegar simplemente y decirle esas cosas—dijo replicó Eugene—, tienes que tener más clase, más romanticismo. Como Clark Gable en una película clásica.
—¡Sí! Primero que nada, no puedes llegar con las manos vacías—añadió Rapunzel—, ¡Wilfred! ¡Busca un puesto de flores o algo!—el auto viró bruscamente en una calle a la orden de la castaña, haciendo que todos se inclinaran hacia la derecha—Cuando te encuentres con ella, abrázala y dile que lo sientes. Tiene que ver que estás arrepentido.
—Pero no demasiado, amigo. Date a desear, hombre. A nadie le gustan los blandengues.
—Sé tierno. Y considerado también. Deja que lea lo que sientes en tus ojos.
—Pero nada de humillarse, ¿eh? Recuerda que un hombre tiene que mantener su dignidad.
Hans bufó cansinamente. Entre los consejos de esos dos iba a acabar perdiendo el poco valor que había reunido. Lo único que quería era estar cerca de Elsa y decirle que lo sentía y lo mucho que la quería.
Aunque no sabía si ella querría darle otra oportunidad, tenía que hacerlo.
El taxi se detuvo frente a un puesto callejero de flores y Eugene bajó la ventanilla.
—¡Esas! Las rosas blancas, o las rojas… o no, mejor las nomeolvides, ¡son azules! Aunque las violetas tampoco están mal—habló Rapunzel aceleradamente—, ¡oh, qué demonios! Llevémoslas todas. Haga un ramo con un poco de cada una para mi amigo, buen hombre. Necesita reconquistar a una bella señorita—la castaña palmeó el hombro de Hans y el vendedor colocó los mencionadas flores en un colorido y abundante ramo que les pasó por la ventana, recibiendo a cambio un pago excelente—. ¡Gracias! ¡Quédese con el cambio!
—Bonne chance*—escucharon que les deseaba el anciano con una sonrisa, antes de que volvieran a alejarse a gran velocidad.
Hans recibió el enorme ramo de manos de la chica un poco aturdido, aunque sin replicar como era su costumbre. Aquel sería un buen detalle para llegar con su rubia.
—Mira, te voy a pagar cuando volvamos a Oslo, ¿sí?—le dijo incómodo.
No llevaban ni media hora en París y ya la joven debía haber gastado más de cien euros en su viajecito relámpago.
—Hey, nada de eso. Lo que quiero que hagas es que vayas con Elsa y la convenzas de que aún pueden estar juntos, ¡por qué no nos vamos a ir de aquí sin que se hayan reconciliado! ¿Me oyes?
—Sí viejo, no viajamos desde Noruega para que te de calabazas. Más te vale quedar bien con ella o yo mismo tendré que patearte las bolas—dijo Eugene a modo de broma.
—Creo que puedo conseguir que no me rechace—el pelirrojo miró las flores con dubitación—. O al menos intentaré.
—Bien, eso está genial.
—Y si no, tenemos un plan B—Rapunzel abrió su bolso y extrajo de él un enorme saco de lona que ocupaba todo el interior, ante los ojos incrédulos de sus acompañantes—. Escucha, sí se pone difícil, la metes aquí ¿sí? ¡Y salimos corriendo como alma que lleva el diablo! Acordemos una señal desde ahora, un parpadeo para indicar que todo está bien y dos para decir que tenemos que escapar…
—Punzie, ¿de dónde sacaste eso?—la interrumpió Eugene arrugando la frente—¡No vamos a secuestrar a nadie! Esa cosa no se ve muy resistente, además.
—Por Dios, ¡claro que sí! No creo que se rompa, Elsa debe pesar lo mismo que un French Poodle, ¿has visto lo flaca que está?
—Óyeme mujer, de ninguna manera vas a llevar eso cargando por allí—dijo el moreno—. Pareces una roba chicos de la alta sociedad o algo así, suéltalo.
El taxi se detuvo repentinamente.
—Île de la Cité—anunció el conductor, haciendo que se apearan con rapidez en un lugar flanqueado por enormes casas y desde donde podían ver el río Sena en todo su esplendor.
Se dirigieron inmediatamente hacia el Jardin du Vert-Gálant, una preciosa área verde rodeada por las aguas del Sena y flaqueada por los extremos de un enorme puente, llena de árboles y coronada por un pequeño sauce llorón en la punta que daba hacia el río. Definitivamente el sitio perfecto para ir de picnic o contemplar el paisaje y desde luego, para una reconciliación.
Hans se detuvo frente a las verjas abiertas que daban acceso al jardín, contemplando a todas las personas que correteaban o tomaban el sol en el interior. Apretó fuertemente el ramo de flores con una mano y sintió que el corazón se le aceleraba una vez más.
—¿Qué esperas, viejo? Vamos a entrar—lo instó Eugene.
El colorado se volvió hacia él y Rapunzel con una mirada menos severa de las que solía dirigirles. Es más, de pronto su expresión parecía haberse suavizado.
—Oigan, sé que no suelo ser muy amable con ustedes a menudo. Que solo me refiero a ustedes como par de hippies desobligados, y lo son—dijo tocándose la nuca de nuevo—, pero a pesar de eso, no dudaron en ayudarme a venir hasta acá… lo que quiero decir es… yo quiero… bueno…
—Disculpa aceptada, Hansy—Eugene le sonrió socarronamente—. Vamos amigo, sería una completa pérdida de tiempo tomarnos en serio todo lo que dices, ¿no crees?
—Cierto Hans, eres un tipo de mierda a veces, pero es esa maldad interna lo que te hace único y así te queremos—Rapunzel esbozó una sonrisa simpática—. Todos. ¡Ahora entra y ve por ella!
El cobrizo les devolvió la sonrisa de manera torcida pero sincera y juntos, se apresuraron a entrar, buscando con la mirada entre todas las personas.
—No veo a nadie por aquí—dijo Hans frunciendo el ceño.
—¿Estás segura de que estaba aquí, Punz? ¿Por qué no vuelves a revisar tu Instagram? Tal vez se fue…
—¡Miren! ¡Allí!—la muchacha señaló un punto en medio de una de las glorietas cubiertas de césped.
Una pareja conformada por una chica de cabello largo y castaño y un joven de melena rubia, estaba sentada contra un árbol, al parecer entretenidos con un libro. Y cerca de ellos, un niño pequeño jugaba con alguien a quien de inmediato reconoció por su larga cabellera platinada y recogida en una trenza. Elsa estaba más preciosa que nunca, con una enorme sonrisa cruzando por su rostro y el vestido veraniego de un azul pálido que se pegaba con gracia a cada una de sus delicadas formas.
Las pupilas del colorado se ensancharon al observarla.
—¡Elsa!
La mencionada volteó sobresaltada, reconociendo también su voz al instante pero negándose a creer que la había escuchado. Sin embargo, sus orbes celestes se cruzaron con los de él y lo contempló, ahí, parado a unos cuantos metros de ella. Su cara era una mezcla de sorpresa y afán al mismo tiempo.
—¿Hans?—musitó, completamente anonadada.
Los acompañantes de la rubia alzaron la vista de inmediato y la posaron también en el alto muchacho de cabello rojo que la observaba, anhelante. El niño que estaba frente a la albina también miró en la misma dirección y frunció un poco el ceño, receloso.
—Elsa, ¿quién es él?—preguntó de manera poco discreta, halando la falda del vestido de la joven—¿Y por qué te mira? ¿Elsa?
La aludida no dio muestras de haber escuchado la pregunta. Simplemente se quedó en su lugar, mirando como el bermejo caminaba hasta ella con una expresión soñadora en el rostro y aquel enorme ramo de flores en el que reconoció todas aquellas que más le gustaban. Su corazón comenzó a latirle violentamente dentro del pecho.
—Hans, ¿qué…? ¿Qué haces aquí? Yo creí… —el murmullo de la blonda se vio interrumpido por el fuerte abrazo que recibió de Rapunzel, que se lanzó contra ella con emoción.
—¡Elsa! ¡Por fin te encontramos! ¡Es tan bueno verte! ¡Te hemos extrañado mucho, mucho!—exclamó, apretándola entre sus brazos.
—Woah florecita, déjala respirar. La pobre no sabe lo que ocurre. Oh, qué demonios—Eugene llegó por el otro lado y se unió al abrazo efusivamente—. ¡Cuánto tiempo sin verte, Els! ¿Es mi imaginación o has crecido?
Entre los dos la apretaron y ella, contrariada pero contenta, les devolvió el abrazo sonriendo ligeramente.
—Yo también los he echado de menos. A todos. ¿Pero qué hacen aquí?
—Oh, ¡esa es una larga historia! Créeme, muchos detalles que explicar. Pero mírate, te ves estupenda—los castaños la soltaron y Rapunzel la tomó de las manos—, ¡Anna estaría tan feliz de estar aquí también! Nos dijo que te diéramos sus saludos por cierto, no te imaginas cuando te sigue extrañando. Todos los días se acuerda de ti.
—Y yo de ella—Elsa ensanchó su sonrisa y pasó su mirada del uno al otro—, de todos en realidad. Me alegra mucho que estén aquí.
Repentinamente, Elsa vio acercarse a su hermano junto con Bella; con una cara de no entender lo que sucedía.
—¿Elsa? ¿Qué está pasando?—lo escuchó preguntar con confusión.
Antes de que ella pudiera responder a su pregunta, la morena de cabellos cortos y alborotados se adelantó y estrechó la mano de Adam enérgicamente.
—¡Hola! ¿Qué tal? Somos amigos de Elsa, mucho gusto. Yo soy Rapunzel Corona y ese de allí es mi novio, Flynn Rider. A lo mejor lo has visto en Youtube, ¡qué digo a lo mejor! ¡Seguro que sí! Si es súper famoso y yo salí en uno de sus últimos vídeos, je je je je—habló ella en un fluido francés, sin reparar en la cara de extrañeza que ponía el joven—. Creo que una vez mi padre hizo negocios con el tuyo, por allá del 2001. ¡Qué buenos chocolates que nos trajo! Ustedes los franceses sí que saben de eso.
—¿Elsa?—su hermano le dirigió una mirada consternada con la que parecía decirle "quítame a esta loca de encima"—¿Son amigos tuyos? ¿Qué hacen aquí?—le echó una ojeada a Eugene, que de nuevo estaba grabando con su cámara.
—¡Oh nada, nada! Estábamos de paso por la ciudad y se nos ocurrió venir a visitar a nuestra querida Elsa, ¡es qué la echamos tanto de menos!—la castaña soltó la mano de Adam mientras seguía parloteando en su idioma—Sobretodo su hermanastro, je je je. Son unos pillos. Aprovechando que ellos tienen que hablar, aquí entre nos, ¿conoces algún sitio confiable donde pueda comprar un poquito de hierba? A mi novio y a mí nos gustaría relajarnos un poco, si sabes a lo que me refiero—añadió, hablando en voz más baja y colocando una mano al lado de sus labios mientras guiñaba un ojo, como si estuviera hablando en confidencias.
—¡¿Qué?!—Adam la miró escandalizado.
—¡¿Qué?! ¡¿Qué?! ¡Es algo de lo más normal y para nada nocivo! ¡Así que no nos juzgues, rubio! —replicó Rapunzel a la defensiva—Además, investigué antes de venir aquí y sé que a ustedes también les encanta, entonces no seas tan mojigato. El tabaco y el alcohol te causan más daño que eso para que lo sepas, ¡y son legales!
—Bueno, eso es verdad. El cannabis tiene muchos beneficios medicinales comprobados, así que no deberías reaccionar así Adam—dijo Bella metiéndose en la conversación como si nada—. De hecho, una vez mi padre…
—¡Oye, no tengo idea de lo que están hablando!—exclamó él perdiendo la paciencia—Yo lo único que pregunté fue quienes eran estas personas. ¡Oye tú! ¿Podrías bajar esa cámara? ¡No me gusta que me graben!—resopló dirigiéndose a Eugene.
—Perdón amigo, yo no hablar francés—contestó este sin dejar de sostener el aparato y haciendo señas exageradas—. Yo. No. Hablar. Francés. Could you speak in English?—inquirió, con una pésima pronunciación.
Elsa se palmeó la frente. Estaba contenta de ver a sus amigos, pero siempre tenían que acabarla liando. Desvío su vista hacia el cobrizo, que había acabado tan distraído como ella por semejante escena. Sus ojos verdes le devolvieron una intensa mirada que la hizo ruborizar.
Cuanto lo había echado de menos.
—Elsa, ¿por qué no vas y hablas con tu… hermanastro?—Adam miró al colorado recelosamente—Creo que… tienes que hablarle en un lugar más privado.
Ella asintió con la cabeza y le indicó con la mirada tímidamente a Hans que la siguiera, por lo que se encaminaron hacia el extremo del jardín en completo silencio.
—¡Genial! Ahora, volviendo a la hierba… —eso fue lo último que alcanzó a escuchar de Rapunzel conforme se iban alejando, toda ella vuelta un manojo de nervios.
Había soñado tantas veces con reencontrarse con Hans, con decirle cuanto lo seguía queriendo, con verlo una vez más… y ahora que lo tenía al lado apenas y sabía como reaccionar. Lo miró de reojo y descubrió que él no dejaba de contemplarla con una sonrisa.
—¿Qué estás haciendo aquí?—le preguntó sin malicia, una vez que se detuvieron frente al sauce que se encontraba en la punta del parque, afortunadamente vacía.
La maravillosa visión del Sena los rodeaba por completo.
—Tenía que verte—le confesó Hans, dándole esa mirada en la que dejaba de lado toda su arrogancia para mostrarse tal cual era y que la hacía derretirse de pies a cabeza—. Elsa, hay tantas cosas que tengo que decirte… tanto, que ni siquiera sé por donde empezar.
La platinada sintió la boca seca y contuvo las ganas que tenía de rodearlo con sus brazos.
—Creo que deberías hacerlo por el principio—musitó con los ojos brillantes.
Hans dejó escapar una pequeña risa.
—Cierto. Para empezar—le extendió el ramo de flores—, toma. Las traje para ti.
Elsa las aceptó sintiendo que el color subía a sus mejillas. Una inocente sonrisa se formó en sus labios.
—Ya sé que no es mucho, pero supongo que es buen comienzo para pedirte perdón.
—¿Perdón?—la blonda parpadeó.
—Sí, tengo que hacerlo. Elsa, he sido un tonto—suspiró—, te dejé ir sin más, sin tratar de entenderte. Ni siquiera pensé en ti o en lo que pudieras estar sintiendo, porque tenía tanto miedo de perderte que al primer inconveniente simplemente me cerré sin querer hacer el intento. No sabes las veces que he pensado en ti, lo mucho que me has hecho falta aunque tú ya estuvieras haciendo tu vida lejos de mí.
—Hans… —musitó, emocionada.
—No, déjame decir esto—la interrumpió él—, tengo que decirlo. Me equivoqué. Fui tan cobarde como para tirar todo lo que teníamos por la borda, pero lo más grave fue que te fallé. Tú siempre estuviste ahí para mí, Elsa. Me apoyaste cuando me sentía desplazado por mi familia, me ayudaste a dejar eso atrás. Y lo único que hice fue tratarte mal cuando más me necesitabas, ni me esforcé por entender lo que estabas pasando. Te fallé. Y lo siento.
El colorado extendió una mano para acunarle la mejilla y ella se sintió estremecer.
—Sé que no debería tener cara para decirte todas estas cosas—prosiguió—, pero el hecho de venir hasta acá fue porque necesitaba que supieras cuanto te sigo queriendo. No como a una hermana, ni porque ya seas parte de mi familia, sino porque sigo enamorado de ti. Nunca voy a dejar de estarlo, Elsa. Y aunque sé que he hecho mal y que probablemente no merezca ninguna oportunidad después de como te he tratado, necesito que me la des. Necesito que me dejes demostrarte que puedo cambiar por ti, porque realmente no sabes lo mucho que te quiero.
A la muchacha se le hizo un nudo en la garganta, los latidos de su corazón eran más fuertes que nunca.
—No soy perfecto, Elsa. Nunca lo seré. Y probablemente, esta no sea la primera vez en la que tengamos un problema, por mucho que odie hacerte llorar—dijo Hans mirándola profundamente—, soy un tonto, nunca me doy cuenta de las cosas sino hasta que es demasiado tarde. Tengo la mala costumbre de desquitarme con las personas que más me importan—su pulgar acarició la suave mejilla de la albina, provocándole un cosquilleo—y esta vez quien tuvo que pagar los platos rotos fuiste tú.
Elsa negó suavemente con la cabeza y contuvo las repentinas ganas de llorar.
—No fue tanto así… los dos nos dijimos cosas… yo no…
—Fue todo mi culpa, no te merezco—dijo él—y sin embargo, aquí me tienes. Pidiéndote otra oportunidad. Tengo muchos defectos, ya lo sabes, pero por ti sería capaz de corregir cada uno de ellos con tal de convertirme en la persona que te mereces… si aún me aceptas claro está—Hans soltó un hondo suspiro—. Pido mucho, ¿verdad?
—No digas eso…
—Lo hago. Si no te quisiera tanto, ni siquiera habría reunido el valor de venir hasta aquí.
—¿Viajaste a París solamente por mí?
—Por supuesto que sí, Elsa. Iría hasta el fin del mundo solamente por ti, copito de nieve.
La joven esbozó una dulce sonrisa al escuchar el sobrenombre. Lo amaba tanto, tanto…
—Hans, pst—ambos se volvieron ante el murmullo nada discreto que escucharon desde unos arbustos cercanos.
Allí, Rapunzel sostenía un enorme saco al que apuntaba con su dedo índice, como si tratara de decirle algo al pelirrojo. Su novio llegó a un lado para tomarla del brazo y alejarla volviendo a darles privacidad.
Elsa dejó escapar una risa y volvió a negar con la cabeza.
—¿Debería preguntar qué fue eso?—cuestionó de buen humor—Olvídalo, conociendo a esa chica podría tratarse de cualquier cosa. Aunque he de admitir que también empezaba a extrañar esta clase de locuras.
Su hermanastro la observaba sin dejar de lado su expresión anhelante.
—No sabes cuanto extrañaba escuchar tu risa—le dijo.
Elsa volvió a ruborizarse.
—No podía venir yo solo hasta acá, así que esos dos me echaron una mano… no son tan malos una vez que lo piensas bien.
—Me alegro de que lo hicieran—ambos se sonrieron levemente, absortos por la presencia del otro.
—Te amo, Elsa—le dijo Hans honestamente—, te amo mucho. Eres lo que más quiero en el mundo. Y si eso significa que tengo que sacrificarme un poco o demasiado, no me importará con tal de demostrártelo. Lo que quiero decir es que voy a esperarte el tiempo que haga falta. No importa si te quedas aquí o si te vas al otro lado del mundo… te voy a esperar hasta el día en que puedas volver a mi lado.
Una inmensa emoción invadió por completo a la chica. Había soñado tanto con escuchar esas palabras.
—Creo que la pregunta que debo hacer es, ¿estás dispuesta a perdonarme? ¿Quieres darme otra oportunidad y empezar de nuevo? Solo los dos, juntos—el colorado se acercó a ella y se atrevió a colocar las manos en su cintura para aproximarla a él, mirando con atención con atención sus ojos y luego sus labios—. Te prometo que esta vez todo será diferente. No voy a lastimarte. Nunca más voy a lastimarte de nuevo.
—Oh, Hans—sin poder reprimirse mucho más, ella se pegó al cuerpo masculino y apoyo una mano en su pecho mientras la otra sostenía sus flores—, no sabes cuanta falta me hiciste. Aún después de todo este tiempo, lo único en lo que podía pensar era en ti.
—¿Hablas en serio?—Hans pegó su frente con la suya, mirándola tiernamente—¿Eso quiere decir que dejaras que te espere?
—No—Elsa rozó sus labios con los suyos—, eso quiere decir que volveré a casa contigo. Te amo.
Los dos unieron sus bocas sin poder resistirse más al otro, saboreándose mutuamente u disfrutando de la sensación que llevaban tanto tiempo deseando. Él sintió cada una de las pequeñas curvas de la muchacha contra su torso endurecido, le metió la lengua, acarició su cintura y aspiró su perfume. No había droga más adictiva que el sabor de los labios de Elsa y su aroma inundando sus fosas nasales.
Se separaron y Hans dejó escapar un ronco sonido.
—No tienes idea de lo mucho que necesitaba esto—murmuró. Luego le acunó el rostro entre las manos y volvió a inclinarse sobre ella para hablarle—. ¿Estás segura de que quieres volver? ¿Qué hay de tu familia, de todo lo que has empezado aquí? No quiero presionarte. Cuando digo que te esperaré, es porque hablo muy en serio. Incluso yo podría…
Elsa rió por lo bajo.
—Agradezco mucho el sacrificio, pero no será necesario. Iba a volar pasado mañana hasta Noruega—Hans parpadeó sorprendido—, quería darles una sorpresa a todos. París es lindo, pero Oslo es mi hogar y allí es donde está la mayoría de la gente que quiero. Allí es donde estás tú—la albina se puso de puntitas una vez más para darle otro rápido beso en los labios—y de ahora en adelante, no me iré a ningún sitio como tú no estés para acompañarme. Vamos a estar juntos para siempre—dibujó una sonrisita maliciosa en sus delgados labios—, tú y yo estamos condenados a soportarnos, Westergaard.
El mencionado imitó su gesto.
—No esperaba menos de ti, sabandija.
Los dos rieron y volvieron a besarse, esta vez con más ternura que en su apasionado contacto anterior. Estaban juntos de nuevo y eso era lo único que importaba.
—¿Eso significa que esos hippies solo tienen un día para recorrer París?—Elsa arqueó una ceja al escuchar su pregunta—Están locos por ir a todas partes, Eugene nunca antes ha estado aquí. Creo que se lo merecen por haberme seguido en esta locura.
La platinada alzó las comisuras de sus labios cariñosamente.
—Por supuesto que sí—dijo ella—y tú también. Vamos a pasar una noche y un día de ensueño antes de volver a casa.
Elsa lo tomó de la mano para que volvieran junto a sus amigos.
—Después de todo, ¿cuántas veces tienes la oportunidad de estar aquí junto a las personas que quieres?
Hans la atrajo hacia él para besar su sien.
—Me hacías falta, gatita. Te adoro.
Ella le dedicó otra mirada llena de amor. No hacía falta decir mucho, cuando sus propias pupilas y gestos se encargaban de decirlo todo.
Al final, su amor había sido más fuerte que la distancia.
Las puertas del The Lucky Cat se abrieron estrepitosamente, dejando entrar a una muchacha pelirroja que tenía los ojos pegados a su teléfono móvil, y compañía. Anna miró ansiosamente la pantalla de su celular y luego dio un salto de emoción.
—¡Sí! ¡Bulbasaur!—gritó, bailoteando en su sitio—Je je je je je je je…
—¿Es qué todos están enajenados con esa aplicación de Nintendo? No entiendo que le ven, la verdad—dijo Tadashi desde la barra, mirando a la colorada con una ceja en alto.
—Es un juego de realidad virtual muy entretenido, hasta a Fred le gusta—le dijo Honey, apuntando al muchacho rubio con una gorra de lana que estaba sentado en su mesa, enajenado con su propio iPhone.
—¡Sí, viejo! Atrapas pokemones y te vuelves poderoso para poder tener batallas con tus adversarios y ser el mejor entrenador del mundo—agregó el aludido con entusiasmo.
A su lado, un joven de complexión robusta y apariencia afroamericana se empeñaba en acomodar las servilletas con una dedicación obsesiva.
—¡Sí! Y una vez que los atrapas a todos no hay nada ni nadie que pueda detenerte—Anna habló sonriendo y cerrando sus puñitos.
—Sigo sin ver que tiene de especial eso.
—Bueno Anna, al menos eso hace que te levantes del sofá y camines un poco. Estaba cansándome de ver como solo te quedabas ahí tirada atragantándote con cereal de frutas—le dijo Kristoff socarronamente, quien había entrado detrás de ella acompañado de Olaf.
Tadashi y su grupo de amigos soltaron una risa al escuchar al rubio, mientras la pecosa se volvía a él y saltaba para darle una colleja en la nuca que resonó fuertemente.
—¿Y quién es el amiguito que te acompaña hoy, Mérida? ¿De dónde lo sacaste?—inquirió el asiático volviéndose a la mencionada que sentada en la barra, sorbía un capuchino con pastas.
—Ah, se llama Angus—respondió ella mirando al hurón de color negro con manchas marrones y blancas que reposaba en su hombro, sujeto con una correa roja—, Lars me lo envío hace un par de días. Uno de sus amigos se lo regaló a él, pero no podía tenerlo por las alergias de su madre. Y ya tiene bastante tratando de contentarla asistiendo con ella a sus clases de baile de salón, así que… —se encogió de hombros.
—Ja, baile de salón—Anna se burló socarronamente—, eso es gay.
Una de las pastas del plato de Mérida salió disparada hacia su cabeza.
—¡Ay!
—¡No hables de mi hombre, enana de mierda! ¡Te patearé el culo!
—¡Siempre dices eso y nunca haces nada, al carajo!
—Escucha gnomo de jardín, ¡estás reventándome lenta y constantemente los ovarios! Hace mucho tiempo que estoy reservándote una paliza, ¡no me hagas ir a dártela en este instante!—vociferó Mérida apuntándola con el índice.
—¿Qué es esto? ¿Estás amenazándome? ¡¿Estás amenazándome acaso?!—Anna gesticuló exageradamente atrayendo la atención de todos, en especial los amigos de Tadashi, que ahora contemplaban la discusión con interés.
—¡Sí, estoy amenazándote, maldita pitufa!
—¡Tienes celos porque yo sí estoy con un hombre de verdad!—Anna palmeó fuertemente el trasero de Kristoff, haciendo que todos alrededor emitieran murmullos pícaros—¡Míralo bien, bruja! ¡Así es como luce un verdadero macho! No yendo a clasecitas de bailecito, ni nada así. ¡Mira esto!—chilló, apretando uno de sus bíceps.
El rubio suspiró fuertemente y se cubrió la cara con una mano, negando con la cabeza. Amaba a Anna pero siempre le hacía pasar las peores vergüenzas.
—¡Suficiente! ¡Me hartaste!—Mérida saltó de su taburete sobresaltando un poco a su hurón, quien se encogió en su hombro—¡Voy a estrangularte de una vez por todas con esas estúpidas trenzas que tienes, hobbit de cuarta!
—¡Pues ven y vamos a ver si puedes hacerlo, melenuda de mierda!
—Anna, tranquilízate—Kristoff la tomó por el hombro intentando calmarla en vano.
—¡No! ¡No! Esta zorra se lo está buscando y ya me hizo enfadar—dijo la pelinaranja—, ¿eso querías, greñuda? ¿Sacarme de mis casillas? ¿Pues adivina qué? ¡Lo has hecho! ¡Soy como una computadora sobrecalentada y acabas de hacer doble clic en la carpeta de las golpizas!
Los amigos de Tadashi dejaron escapar sendos sonidos de morbo y diversión, cada vez más interesados en el enfrentamiento. La única razón por la que el moreno no había intervenido, había sido porque había tenido que regresar a la cocina a por unas cuantas órdenes.
—"Carpeta de las golpizas", juro que el día en que escuche algo coherente saliendo de tu boca, los cerdos estarán volando.
—Anna—Kristoff la tomó por la capucha de su sudadera de unicornio, intentando impedir que avanzara hacia la otra pelirroja sin esforzarse mucho realmente, casi como si estuviera resignado a que aquello ocurriera.
—¡Aquí la única que habla mierda eres tú!
—Ya estuvo, sostén a mi hurón—Mérida le entregó el animal a Honey, quien lo recibió un poco sobresaltada—, voy a darle a esta enana lo que está pidiendo a gritos.
—¡Sí! ¡Pelea de pelirrojas!—Hiro surgió de nadie sabía donde y miro con entusiasmo a las muchachas, secundado por las exclamaciones animadas de los amigos de su hermano.
—¡No, no! ¡Nada de eso!—Tadashi salió en ese instante de la cocina y les gritó a las chicas con desaprobación.
—Esto va a ponerse bueno—dijo Gogo esbozando una sonrisa de lado, en tanto su amiga malabareaba con la mascota de Mérida en sus manos y alzaba su celular lista para grabar la pelea.
Hiro y los demás comenzaron a instar a las chicas a enfrentarse, palmeando las mesas con sus manos, riendo y echándoles porras, mientras ignoraban por completo a un exasperado Tadashi. Anna se arremangó su sudadera a la vez que Mérida hacía crujir sus nudillos.
—¡Maldición, Kristoff! Controla a tu chica—Tadashi se dirigió al blondo con el ceño fruncido.
—Oye, atrévete a pasar un día entero con ella y luego hablamos ¿sí?—le dijo él con descaro, aun sosteniendo la capucha de la mencionada aunque no por mucho tiempo—. Anna, quieta.
—¡No, no! ¡Al carajo!—la mencionada se desprendió de su sudadera rápidamente y alzó sus puños, siendo imitada por Mérida.
—¡Oigan! ¡Basta con eso, basta!—Tadashi tomó un cucharón y lo golpeó repetidas veces contra la pared—¡No me hagan ir ahí!
—¡Al carajo es a donde te vas a ir luego de que te arranque esas torpes trenzas!
—¡Hablas mucho y nunca haces nada, cabello de estropajo!
—¡No me hagan ir ahí!
—Solo prepárate, ¡estoy calentando para patearte el culo! Vas a llorar tanto, ¡que ni te van a quedar ganas de salir a jugar con esa app de porquería!
—¡Se llama Pokémon Go*, estúpida! Y quien va a acabar con el culo roto aquí eres tú. ¡Ya me debes varias, bruja!
—Con que sí, ¿eh?
—¡Sí!
—¡Pues ven y demuéstramelo!
—¡No! ¡Ven tú y demuéstramelo!
—¡Ya cállense y pónganse a pelear de una buena vez!—les espetó Gogo con impaciencia.
—Sí, lo único que hacen es amenazarse tontamente, queremos ver una buena pelea—añadió Hiro, siendo secundado por todos y recibiendo una mirada reprobatoria de su hermano.
Las pelirrojas se miraron entre sí con furia contenida, ambas avanzaron en posición defensiva, listas para tirar el primer golpe. Tadashi aferró el cucharón que tenía en la mano y salió de la barra dispuesto a intervenir… cuando la campanilla de la entrada volvió a sonar, indicando que alguien más había entrado.
—¡Elsa!—el rostro de Anna se iluminó al ver como su mejor amiga hacía acto de aparición en el lugar, seguida por Hans, Eugene y Rapunzel.
La pecosa se dejó de lado por completo su enfrentamiento con Mérida y corrió a abrazar a la platinada, que la recibió con los brazos abiertos, ambas dando vueltas y riendo como niñas pequeñas.
—¡Volviste! ¿Pero cómo?—Anna se separó de ella—¡No puedo creer que estés aquí! ¿Qué pasó? Creí que te ibas a quedar en París.
—Y así era, hasta que me di cuenta de lo mucho que echaba de menos a todo el mundo—la mirada azul de la rubia se paseó con cariño por el resto de sus amigos, que empezaron a acercarse también con sorpresa—y bueno… alguien fue a buscarme—añadió, mirando de reojo a Hans con una sonrisita.
Anna reparó en él también, con una ceja arqueada.
—¡Pues ya era la maldita hora, idiota! Así que, ¿se arreglaron?—preguntó mirando de nuevo a Elsa, en tanto el pelirrojo aprovechaba para mostrarle su dedo medio.
—Sí—respondió Elsa—, todo está bien ahora. Y he regresado para quedarme.
—¡Pues más vale que así sea, Barbie! Porque ni loca vuelvo a hacerme cargo de meter en cintura a ese idiota—Mérida señaló a Hans—, ese es tu trabajo.
Hubo una exclamación general de alegría.
—No se preocupen amigos, ¡es la última vez que nos despedimos de nuestra querida Elsie!—exclamó Rapunzel con entusiasmo—¿Y adivinen qué? ¡La pasamos muy bien en París antes de regresar! Tenemos muchas fotos que mostrarles y la amiga de Elsa también nos indicó muy amablemente donde podíamos comprar un poco de hierba para ambientarnos…
—Algo de lo cual no voy ni a preguntar porque Bella sabía tal cosa—murmuró la platinada seriamente.
—… ¡Flynn y yo regresamos bien abastecidos! Je je je je je je…
—¿Y cómo hicieron para pasar eso por el aeropuerto?—preguntó Kristoff con el ceño arrugado.
—Créanme, eso es algo que nadie quiere saber—respondió Hans con la misma expresión.
Todos dejaron escapar una risa. No había nada como presenciar ese momento.
—¡Me alegro mucho de que hayas regresado, Elsa!—dijo Anna con una enorme sonrisa—Estoy segura de que a partir de ahora todo irá fantástico.
—Te echábamos mucho de menos—le dijo Olaf.
—Yo también los extrañaba mucho a todos, no tienen idea. Creo que una no se da cuenta de la suerte que tiene, sino hasta que está lejos de casa.
—Awww—Anna volvió a rodearla con los brazos—, ¡te quiero, amiga!
Elsa rió y le devolvió el gesto, en tanto Olaf la abrazaba por el otro lado. Poco a poco, todos se fueron uniendo al abrazo haciéndola sentir más bienvenida que nunca. Tenía razón, era muy afortunada de contar con tantas personas que la querían a su manera.
—¿Qué? ¿No va a haber pelea?—Gogo refunfuñó desde su lugar junto al resto de sus compañeros—Los amigos de tu novio son tan cursis—le espetó a Honey.
La rubia ceniza solo sonrió y tomó una foto de la escena que tenían ante ellos.
Meses después…
Elsa cogió el delgado listón de un intenso color cobalto y lo anudó en torno al ramo de lilas decorado con brillantes de fantasía que reposaba en una mesita cercana. El detalle fue apenas imperceptible entre las hermosas flores violáceas y blancas que decoraban el accesorio, pero serviría bien. Gentilmente se lo extendió a su madre, que la observaba frente a si con una suave sonrisa en los labios.
Idun estaba más radiante que nunca, con el amplio vestido de novia estilo princesa que se ceñía en torno a su aún estrecha cintura y el escote de corazón que acentuaba ligeramente su pecho.
Por fin había decidido casarse en una ceremonia religiosa junto a su marido y ambos no habían podido poner más empeño en el evento.
La boda se realizaría en la imponente Catedral del Salvador de Oslo mientras que para la recepción, el lugar designado había sido un jardín a las afueras de la ciudad, con amplias áreas verdes en las que se extenderían carpas inmensas para contener a los invitados.
Estaba feliz de poder acompañar a su madre en un día tan importante.
—Aquí está, algo azul—dijo, mientras Idun tomaba su ramo con ilusión—, algo viejo—tocó con el índice el pequeño colgante de plata que la castaña usaba en el cuello—y algo nuevo—tomó la tiara que sostendría parte del elaborado moño de la novia.
Ella había optado por llevar un delicado velo a juego con su esplendoroso traje blanco con pedrería bordada en la parte delantera. El resto de los detalles que acompañaban su vestimenta y la decoración de la boda eran violetas, el color favorito de la mujer.
—Te ves muy linda, mamá—le dijo Elsa con sinceridad.
—Muchas gracias, mi cielo. Tú también te ves hermosa—la halagó ella con sus ojos brillantes de emoción.
Como dama de honor que era, la muchacha había elegido un vestido largo tonalidad morada y escote strapless, que se estrechaba en el talle y luego caía delicadamente hasta el suelo. Las ondas de su melena platinada habían sido especialmente acentuadas para la ocasión, cayendo por sus hombros y espalda sin más adorno que la corona de lilas y hojas verdes que llevaba en la cabeza.
Parecía toda una ninfa del bosque.
—Estoy tan feliz de que estés aquí, Elsa—su madre le levantó la barbilla delicadamente con una mano y la miró con cariño—. Gracias por esta segunda oportunidad, mi amor.
La rubia sacudió levemente la cabeza.
—Siempre trataste de hacer lo mejor para mí. Sé que a pesar de todo lo que pasó me quieres de verdad.
—Por supuesto que te quiero. Eres lo más importante en este mundo para mí, Elsa—le recordó Idun—, te amo, mi niña.
—Y yo a ti, mamá—Elsa le devolvió el abrazo cuando la mujer le envolvió afectuosamente entre sus brazos, besándole la frente.
Ambas se quedaron así un momento y ella pudo sentir de nuevo cuan sinceros eran los sentimientos de su madre. Sus abuelos tenían razón, nadie en el planeta era perfecto pero cuando se querían reparar los errores del pasado, lo único que importaba eran el ahora y el después.
—Oh cielos, será mejor que paremos aquí—Idun se despegó de ella suavemente y limpió un par de lágrimas traicioneras que escaparon de sus ojos—o nuestro maquillaje será un desastre—rió ligeramente—. ¿Estás lista, cielo?
—Sí. ¿Y tú?
—Estoy muy nerviosa—Idun aferró el ramo de novia con emoción—, más que en la boda civil. Tendrás que sostenerme fuerte para asegurarte de que no me desmaye antes de llegar al altar.
Elsa rió también por lo bajo.
—Descuida, mamá. Yo estaré allí. Y no te dejaré caer.
A unos cuantos kilómetros de su hogar y ya en la catedral que había sido dispuesta para la boda, los invitados comenzaban a llegar y se acercaban para saludar al novio, que se había apostado en la entrada para recibir a la gente antes de que entraran a ocupar sus lugares.
Cerca del altar, tres jóvenes observaban todo el movimiento que poco a poco empezaba a notarse en el lugar.
—Joder, odio vestirme de esta manera—se quejó Eugene, tirando de la pajarita oscura que decoraba el cuello de su camisa—. No puedo esperar a que la ceremonia acabe para desprenderme de esto—miró con el ceño fruncido el saco de su elegante esmoquin negro, que pese a sentarle de maravilla le incomodaba bastante.
—¿Qué palabras son esas, señorito? Estamos en la iglesia—Lars lo atajó con una socarrona sonrisa, también ataviado con un traje muy similar al de él y su pelirrojo cabello relamido hacia atrás.
—Ah, chúpamela—le respondió el castaño con el mismo gesto lleno de picardía—. Al menos yo no soy el padrino—agregó echándole un vistazo a Hans, quien lucía un sofisticado traje pingüino de color negro, con un chaleco gris y camisa blanca debajo.
La corbata y el pañuelo del bolsillo eran de un tono violáceo, a juego con el ramo de la novia y el vestido de su pareja, quienes no tardarían en llegar al santuario.
—Di lo que quieras, hippie. Me veo mejor que tú y lo sabes—dijo él con arrogancia, acomodándose las solapas de su vestimenta y levantando una de las comisuras de sus labios.
—Eso te gustaría, viejo. Sabes que esa corbata es bastante gay, ¿no?—bromeó Eugene—Demonios, me estoy muriendo de hambre. Espero que esto no se demore mucho porque no puedo esperar a llegar al banquete.
—Hombre, deja de quejarte. Ya sabes que fumar esa cosa hace que se te abra el apetito, no trates de engañarme, so tonto—le dijo Lars dándole una pequeña colleja—, en serio amigo, eres un desastre. Hey Hansy, ¿estás nervioso, hermanito?—preguntó, apoyando un brazo en el hombro del mencionado.
—No, no realmente.
—Trajiste los anillos, ¿no?—Hans sacó una caja de su bolsillo y le mostró las dos relucientes argollas de plata.
—Bien, estupendo. Todo irá a pedir de boca, muchachos—repuso Lars con su habitual buen humor—, ¿y saben qué? Mérida va a venir hoy con toda su familia. No sé que me pone más nervioso, si verla otra vez con vestido o conocer a sus padres.
—Yo me preocuparía por los hermanitos—Hans lo miró de manera burlona mientras se volvía a guardar los anillos.
—Sí viejo, esos pequeños son como pequeñas bestias. No me gustaría ser cuñado de esas tres cosas, créeme.
—Yo creo que podré manejarlo bien… digo, son solo niños ¿no?—dijo Lars, aunque no se veía muy convencido. Su hermano y el moreno intercambiaron miradas sarcásticas—Ah, papá ya viene hacia aquí, eso significa que su esposa no tarda en llegar. Hay que ir a sentarse con mamá—revolvió levemente la cabellera de Hans con su mano—, suerte enano. No lo eches a perder.
El colorado bufó y se arregló la melena lo mejor que pudo, mientras veía como su hermano y Eugene se alejaban para ocupar sus respectivos asientos.
Adgar avanzó por el pasillo central de la iglesia hasta llegar al altar para esperar a su esposa y le dirigió una sonrisa a su hijo, que fue correspondida de manera sincera. Era increíble pensar en lo mucho que habían cambiado las cosas, no solo en el ámbito amoroso, sino también con respecto a su propia familia. Se sentía más cercano a su papá que en meses anteriores y había aprendido a valorar más a las personas que siempre se habían preocupado por él.
Sentada en la primera fila de las bancas de la catedral, su madre le sonrió también y entonces se sintió más dichoso que nunca. Todo había vuelto a tomar su lugar.
Desde algún punto del recinto, una pequeña orquesta de violines comenzó a tocar la melodía de Canon, anunciando la llegada de la novia. Idun apareció en las puertas del templo, preciosa en su amplio vestido de diseñador y con una sonrisa resplandeciente en el rostro, que había sido acentuado con un maquillaje sofisticado y ligeramente marcado en la mirada. La cola de su vestimenta la seguía de manera majestuosa mientras caminaba hacia el altar con los ojos refulgentes de emoción.
Sin embargo, los orbes verdes de su hijastro no repararon en ella más que un par de segundos para luego desviarse hacia la dama de honor, que caminaba al lado de la castaña de manera elegante.
Ataviada con aquel largo vestido violeta y con la corona de flores que reposaba en sus cabellos platinados, Elsa le pareció la criatura más hermosa en la que jamás había posado sus ojos. Su cara, arreglada con toques de maquillaje más ligeros que los de su madre, mostraba un cutis sonrosado y natural que contrastaba con sus labios brillantes y las sombras rosadas de sus ojos.
Era realmente un ángel.
Elsa entregó a su madre a su esposo con una tierna sonrisa y la castaña se inclinó para besarla en la mejilla, antes de que ocupara su lugar a un lado de la pareja. Sus pupilas cerúleas se cruzaron con las de Hans, ubicado frente a ella y los dos compartieron una larga y profunda mirada antes de prestar atención a la ceremonia.
El sacerdote a cargo del casamiento pronto comenzó a hablar de pasajes bíblicos y asuntos de vida en pareja, a los que apenas si prestaron atención.
A lo largo de aquella hora, todo fue un ir y venir de sonrisas tímidas, gestos imperceptibles y más miradas significativas entre el padrino y la dama de honor, que seguro alguna persona fue capaz de notar si prestaba la suficiente atención.
El colorado apenas y pudo reaccionar cuando le llegó la hora de entregar las argollas, que fueron deslizadas en los dedos de cada novio al tiempo que recitaban sus votos.
Cuando finalmente dijeron 'acepto' delante de la concurrencia y sellaron su nuevo compromiso con un largo beso, los invitados prorrumpieron en aplausos y la orquesta volvió a tocar una balada alegre que acompaño a los recién casados hasta la salida, donde un auto de estilo clásico les aguardaba para trasladarlos al jardín donde tendrían su recepción.
Ya toda la gente comenzaba a salir, dispuesta a abrazar y felicitar a los esposos.
Sintiéndose inmensamente feliz por su madre, Elsa bajó los escalones del altar y fue detrás de la pareja, siendo secundada por cierto bermejo que no le quitaba los ojos de encima.
—Bien copo de nieve, parece que tu madre se salió con la suya al final. No harás una escena por esto, ¿verdad?
La rubia rió cubriéndose la boca delicadamente con la mano.
—¿Y tú? ¿Estás seguro de que no escondes nada bajo la manga, señor embustero?
—Definitivamente no. Estoy muy feliz por ambos—alzó una mano y le acomodó un mechón aperlado detrás de la oreja, rozando las hojas de su corona floral—. Quien quita y algún día terminamos en lo mismo, ¿no te parece?
—Aún falta mucho tiempo para eso—Elsa sonrió—, pero quien dice que no será así, ¿verdad?
Hans la tomó de la mano para dirigirse con los demás a la celebración.
El lugar de la recepción había sido decorado como un jardín de ensueño, salido directamente de un cuento de hadas. Por todo el lugar se extendían carpas elegantes y mesas circulares, con vistosos centros de mesa de apariencia vintage.
En la decoración predominaba una mezcla de blanco, negro y gris, con vistosos toques de color violetas y púrpuras, que se notaban sobretodo en las flores que habían sido repartidas por cada rincón. En la carpa central se había dispuesto una improvisada pista para bailar y un sitio desde la cual la misma orquesta de la iglesia tocaba melodías suaves. Más tarde, un DJ se encargaría de poner canciones más animadas.
Adjunto al sitio había un enorme caserón de estilo rústico, en el que los empleados contratados se encargaban de preparar la comida y en cuyas habitaciones superiores, Idun y Adgar pasarían la noche antes de partir de luna de miel hacia las islas griegas, un viaje que a la castaña le hacía mucha emoción y que él llevaba tiempo prometiéndole.
Por todas partes, los camareros ofrecían copas de champaña y canapés de toda clase, ataviados en sus trajes de blanco y negro.
La fiesta transcurrió sin mayores inconvenientes.
Elsa le dio un cálido abrazo a su madre y a su padrastro para felicitarlos, compartió un breve baile con este último y miró como sus amigos se atragantaban con camarones y alcohol, sentados a una de las mesas primorosamente arregladas.
Los hermanos mayores de Hans habían acudido también a la boda, con la obvia excepción de los gemelos y a los que había conocido en Drammen, para su gran alivio. Lo último que había sabido respecto a ellos era que Jorgen continuaba yendo a sus terapias de rehabilitación, mientras el resto estaban teniendo que vérselas por si solos.
Era obvio que no les quedaban ni ganas de acudir a la celebración de su padre.
El hermano más viejo de Hans contaba ya con esposa e hijos, y estaba en la treintena. Él mismo se encargó de presentarla con todos, quienes los trataron con cordialidad, aunque era notorio que entre ellos y el muchacho no había mucha cercanía.
De cualquier forma era preferible eso, a que fueran como quienes le habían causado tantas dificultades.
Cuando la noche cayó, el lugar se vio iluminado por elegantes guirnaldas de luces que atravesaban de un lado a otro por los jardines, resaltando el aspecto de bosque encantado que rodeaba a los invitados.
Elsa miró enternecida como su madre y Adgar bailaban en el centro de la pista una melodía interpretada por los violines de los músicos, los dos mirándose como si fueran un par de adolescentes enamorados. A su alrededor, unas cuantas parejas se les habían unido. Reconoció a Lars bailando con Mérida, que se había enfundado en un precioso vestido de color azul rey para la ocasión (seguramente obligada por su madre) y traía sus rizos recogidos en un moño alto. La muchacha seguía con algo de torpeza el baile liderado por su pareja, pero se notaba divertida.
Notó movimiento en la mesa de los postres, donde ya había dado buena cuenta de varios chocolates. Anna se servía su segunda ración de helado de coco y ron bañado con salsa de cacao y a juzgar por el color en sus mejillas y su expresión risueña, el licor le estaba haciendo efecto. En un rato tendría que hacer que se sentara o algo, pues a su lado, Kristoff no parecía estar en mejores condiciones.
¿Qué más daba? Si había un día para dejar de preocuparse y relajarse al máximo, ese era aquel.
—¿Qué haces aquí tan solita, eh? La fiesta es allá—Hans llegó a su lado y la miró, con su acostumbrado semblante lleno de arrogancia.
Elsa sonrió y se volvió hacia él, encogiéndose de hombros.
—Tan solo estaba pensando.
—¿En qué?
—En las vueltas que da la vida—respondió con simpleza—, hace un año me habría puesto mal solo de pensar en esto—señaló con la cabeza a sus padres, que continuaban bailando ajenos a todo—, la boda civil no fue tan pomposa y no tienes idea de lo mal que lo pase. No entendía para nada a mamá. Pero ahora… estoy contenta de que ella sea feliz. Y de que tú estés aquí—levantó una mano para acariciar cariñosamente su mejilla recién afeitada—, no hay otro lugar en el que quisiera estar, ni con ninguna otra persona.
El cobrizo entrelazó una palma con la de ella.
—Es bueno saberlo, porque nunca más pienso dejarte ir. Lo sabes, ¿no?
Repentinamente se vieron apuntados por la lente de una cámara muy conocida.
—Que tiernos, son tan dulces cuando no se están queriendo estrangular el uno al otro, pero a veces extraño esas épocas ¿saben?—se burló Eugene; se había quitado completamente la pajarita y el saco y ahora, estaba en mangas de camisa—, ¿unas palabras para los recién casados?
—De director amateur y fracasado a camarógrafo de bodas, yo diría que es un cambio apropiado para ti—replicó Hans con una sonrisa prepotente.
—Amigo, ¿tú qué sabes? En cualquier momento me llaman del concurso independiente para decir que mi cortometraje ha ganado. Entonces me presentaré en mi primer festival y tendrás que meterte tus palabras por el culo—la advirtió el castaño efusivamente—, por otra parte, es obvio que nadie más podía hacerse cargo de grabar la boda. ¿Quién sabe más de planos y ángulos de cámara que yo? Hacer esto es un arte, viejos.
—¿Y sabes que es un arte también? Bailar. Pero creo que tu novia no lo ha captado muy bien—Elsa sonrió sarcásticamente y apunto hacia la pista de baile.
Rapunzel, tomada de una de las manos de Olaf, daba vueltas y vueltas mientras el chico, en su esmoquin azul oscuro, la mirada con cada de no entender. La falda con vuelo del vestido verde botella que se ceñía al delgado cuerpo de la morena se bamboleaba con cada movimiento.
—Desde que esa hippie comparte tus gustos no hay quien la pare, ni siquiera tú te pones tan tonto.
—Hace rato la vi sacar una extraña pipa de su bolso, deberías darle algo de comer.
Eugene suspiró y cerró su cámara.
—Esa mujer me preocupa a veces. ¡He creado un monstruo!—se alejó en dirección a ella para llevarla hacia la mesa de pastas y ensaladas, a ver si con eso se tranquilizaba.
Una canción lenta comenzó a sonar desde la consola del DJ y Hans dibujó otra sonrisa torcida en su boca.
—Qué canción más marica—murmuró irónicamente, sin embargo, le extendió una mano hacia ella a modo de invitación—, ¿bailamos?
Elsa colocó su pequeña palma encima, dejando que los cálidos dedos de su novio la envolvieran.
—Encantada.
Los dos se dirigieron hacia la pista, donde él le tomó la cintura entre sus manos y ella le rodeó el cuello para empezar a moverse armónicamente con la música. Hans inclinó su rostro y rozó su nariz con la respingada de la blonda, en un gesto cariñoso.
—¿Sabes que estoy ansioso porque empiece la luna de miel? Vamos a tener la casa toda para nosotros.
—Pero ya sabes que no podemos hacer nada indebido, tu papá nos lo advirtió ya—respondió ella, riendo por lo bajo.
A esas alturas, ya para nadie era un secreto que ambos mantenían una relación. Después de volver de Francia habían tenido que ser muy claros con sus padres, quienes no se impactaron tanto como desde un principio habían pensado que lo harían. Aunque sí se habían mostrado sorprendidos al confirmar sus sospechas, Adgar en especial.
El hombre había tenido una seria conversación con ambos después del incómodo momento de la revelación. Había sido muy claro con los dos. Ni él ni Idun se iban a oponer a lo que tenían, pues estaba claro que sería inútil. Pero por supuesto, tendrían que comportarse mientras estuvieran bajo su techo. Eso implicaba limitar sus muestras de afecto en presencia de los adultos, cuidarse de hacer cualquier cosa irresponsable y sobretodo, actuar con madurez, pues ocurriera lo que ocurriera en el futuro, siempre serían familia, al menos políticamente.
Y ellos no podían pedir más.
—De lo que no se enteren no les hará daño—murmuró Hans maliciosamente, haciéndola reír para luego besar la punta de su nariz y enseguida sus labios.
Sus padres estarían ausentes dos meses completos, recorriendo la geografía griega en un crucero de lujo y como era obvio, ellos quedarían completamente a cargo de la casa en su ausencia (y de Eugene, que pese a ser mayor que ambos obviamente no lo era en edad mental).
Hans había planeado ya un par de cosas para pasar el tiempo con su adorado copo de nieve y estaba de más decir, que las ansias se lo comían por dentro.
—Siendo así, no puedo esperar—Elsa lo observó con la misma malicia y una sonrisa traviesa en su boca tentadora.
La besó de nuevo, acariciando con su lengua su belfo inferior y deleitándose con el sabor del champán que hace poco, la muchacha había estado bebiendo. Elsa le respondió moviendo suavemente su labio y haciendo que ahogara un sonido ronco.
Realmente no podía aguardar mucho más a que estuvieran a solas. Iban a ser unos meses muy entretenidos.
La canción que tocaba se terminó para abrir paso a la tonada de Linger, que reconocieron al instante. El pelirrojo le dio una vuelta grácilmente y la tela morada de su vestido trazó un círculo perfecto cuando separaron fugazmente sus cuerpos, solo para que Elsa se viera atrapada de nuevo entre sus brazos.
—Te quiero—Hans volvió a apoyar su frente contra la suya—, más que a nada en el mundo. Que nunca se te olvide, ¿vale?
Ella alzó más su cabeza, volviendo a rozar tentativamente su boca con la suya.
—Eso no ocurrirá—dijo—, en tanto usted se mantenga cerca para recordármelo, Monsieur—murmuró casi en un ronroneo.
—Veo que no te sentó mal estar estos meses en París. Quizá deberíamos volver un día de estos.
—Vamos a hacerlo. Les prometí a mis abuelos y a mi hermano que no dejaría de visitarlos, y la próxima vez, tú irás conmigo.
—¿Crees que tus abuelos me acepten?
Elsa le dio un breve pico en sus labios.
—Estoy segura de que sí.
Bajo las luces que los rodeaban, bailaron, captando sin darse cuenta la atención de todas las personas a su alrededor que los miraban con admiración, incluidos sus propios padres. Era notable cuan perfectamente encajaban el uno con el otro, cuanto se amaban.
La música se detuvo y un elegante pastel cubierto con fondant blanco y negro fue traído por los camareros, listo para ser partido por los recién casados.
Luego del corte tradicional, sendas rebanadas del postre fueron repartidas entre los asistentes a la boda.
Al final la novia llamó a todas las mujeres para que se reunieran delante de ella y cumplir con la tradición de lanzar el ramo, por lo cual el extremo delantero de la pista fue ocupado por varias chicas divertidas, Elsa incluida.
El ramo de lilas pasó volando por encima de varias cabezas y manos ansiosas de recibirlo, yendo a parar justo en las de una pelirroja que bailaba apartada con su novio, ajena a todo el escándalo que las demás armaban. Mérida parpadeó un par de veces, al ver lo que había atrapado en un acto reflejo. El color se apoderó de sus mejillas.
—¡Tienes que estar bromeando!—exclamó con indignación, escuchando las risas y exclamaciones de sus amigas y las otras invitadas.
Lars sonreía de manera socarrona.
—Bueno fierecilla, tal parece que el destino nos quiere juntos a como dé lugar. ¿Cómo vas a querer tu vestido de novia?
Aquello le ganó un golpe en el hombro.
Lo último que la colorada vio fue a su madre levantándose de una mesa cercana y abrazándola, como si aquello fuera un augurio de buena suerte por el que llevaba esperando toda su vida.
Tal y como lo esperaban, apenas sus padres se hubieron marchado a disfrutar de su muy merecida luna de miel, la convivencia en casa se tornó más liberal. Los meses pasados habían tenido que contener bastante sus impulsos, primero a escondidas y luego bajo los ojos vigilantes de sus progenitores. Pero ahora no había nadie que les pusiera límites. Y ellos tampoco querían tenerlos.
Un par de noches después de que comenzara su tan ansiada libertad, Hans preparó una cena muy especial para ambos, para celebrar que estaban juntos. Como de costumbre, se cuidó de preparar todos los detalles, arreglando la mesita baja de la biblioteca y preparando todas las cosas que su rubia adoraba.
Cenaron escuchando Stairway to Heaven y otras canciones a las que se habían vuelto adeptos.
Elsa elogió como siempre la comida y se relamió los labios con el postre, una copa de frutos rojos con natilla de chocolate que le fascinó desde el primer bocado. En lugar de concentrarse en su propio aperitivo, el bermejo no pudo dejar de observar la manera en la que se llevaba una fresa a la boca, la mordía y la lamía de una manera que se le antojó de lo más sugestiva.
Últimamente todo lo que hacía le resultaba de ese modo.
Cuando él se acercó y besó el lóbulo de su oreja, la rubia temblaba por dentro. Una mezcla de miedo y excitación la recorrió de pies a cabeza.
Las manos de Hans, grandes y cálidas, la aferraron por el talle y la tumbaron sobre la alfombra, en torno a la cual había apilado varios cojines al estilo oriental donde pudieran estar juntos. La besó de forma hambrienta en los labios, acariciando con su lengua la femenina y el cielo de su boca.
Una de sus manos la acarició por encima del vestido y ella gimió dentro de la humedad del beso. Los largos dedos del muchacho apretaron uno de sus senos a través de la tela y sintió un cosquilleo entre sus piernas.
Esta vez nada le impediría entregarse a él.
Hans se despegó de su boca con la respiración entrecortada y le lanzó una mirada cargada de deseo que la hizo estremecer.
—¿Estás lista para esto?—le preguntó, un poco inseguro detrás de la necesidad que asomaba en su mirada. Tenía un enorme miedo de lastimarla; llevaba demasiado tiempo conteniéndose.
Ella se elevó un poco para volver a darle un beso en los labios. En ese momento no quería pensar, solo ansiaba dejarse llevar, distraerse del propio nerviosismo que sentía.
Si iba a dejar su inocencia atrás por completo, quería fuera con él.
Tomando su gesto como una silenciosa aceptación, Hans movió sus belfos al ritmo de los de ella bajando por su barbilla, su mandíbula y su delicado cuello hasta llegar al inicio de sus pechos, insinuado apenas por el recatado escote de la prenda de algodón rojo que llevaba puesta. Otra mano masculina se coló debajo de faldas y acarició un muslo de alabastro, haciendo a la joven temblar.
Sus propias manos se colaron debajo de la camiseta del muchacho, acariciando su bien definido torso y deleitándose con lo tensos que estaban sus músculos. Ardía en deseos de verlos de nuevo, expuestos en todo su esplendor para ella.
Rápidamente, Elsa tomó el borde de la prenda y tiró de ella hacia arriba, sobresaltando a su pareja y haciéndolo reír.
—¿Impaciente, gatita?—lo escuchó preguntar cerca de su oído.
Por toda respuesta, ella volvió a tirar con más fuerza de la prenda y él se despegó momentáneamente para ayudarle con la labor de quitársela de encima. Tenía un cuerpo mucho mejor de lo que recordaba, tonificado y con la piel dorada ligeramente salpicada de pecas.
Era maravilloso.
Sin previo aviso, Elsa lo empujó para hacerlo rodar y ser ella quien estuviera encima, agachándose para besar cada rincón de su pecho desnudo y haciéndolo suspirar. Sabía que debajo de su faceta fría se ocultaba una jovencita apasionada, pero nunca antes la había visto ser tan atrevida. Eso le gustaba.
Mientras la platinada se entretenía con la tarea de trazar un camino de besos desde su cuello hasta su ombligo, Hans llevó sus dedos hasta los botones que sostenían el vestido en su espalda y con toda la calma que le fue posible, comenzó a desabrocharlos uno por uno, hasta poder deslizar por sus hombros los tirantes de la prenda y despojarla de ella completamente.
La visión que había debajo lo dejó completamente anonadado.
Elsa tenía que saber definitivamente que esa noche iba a ser definitiva para ambos o de lo contrario, no habría elegido el conjunto tan sensual que estaba portando en ese momento.
La rubia había elegido unas bragas pequeñísimas de encaje blanco, que se ajustaban gloriosamente a sus esbeltas caderas, y un sostén a juego tipo corsé que levantaba sus senos de manera primorosa e insinuante. La lencería era completada por un liguero del mismo material que aprisionaba suavemente su diminuta cintura y en la cual se sostenían las elegantes medias transparentes con puntillas del mismo color, que le llegaban a medio muslo.
Se veía exquisita.
—Dios, ¿de dónde sacaste esto?—inquirió Hans colocando sus manos a cada lado de su cintura, con la muchacha permaneciendo a horcajadas encima de él—No lo habrás comprado para nadie mientras estabas en París, ¿no?—añadió con un deje de celos.
—¡Qué cosas dices!—protestó Elsa, entre divertida e indignada.
Durante su estancia en la capital francesa, debía admitir que se había vuelto especialmente asidua a la ropa fina y sobretodo, a la hermosa lencería que vendían muchos establecimientos de moda, llenos de detalles, de encajes y transparencias.
Siempre se había considerado demasiado recatada como para vestir cosas atrevidas, pero la ropa interior era un caso aparte.
Nadie la vería e incluso en aquellos meses de incertidumbre, no había podido evitar hacer muchas de esas compras pensando exclusivamente en el pelirrojo. Y más cuando caía la noche y añoraba sus labios y sus manos encima de ella, tocándola de manera íntima.
Hans subió sus palmas y acunó cada uno de sus pechos por sobre las copas del sostén, sin quitarles la vista de encima.
—Maldición—gruñó—, eres tan perfecta…
Cerró suavemente sus manos, estrujando sus pechos y ella gimió, arqueándose contra sus dedos. Dedos que rápidamente viajaron de nuevo hasta su espalda, buscando con desesperación los corchetes que mantenían su sujetador en su lugar y liberándolos casi con violencia.
Cuando la prenda cayó, quedando olvidada en el sofá cercano, Elsa se sintió ruborizar ante la mirada cada vez más deseosa del cobrizo, quien ahora la miraba como si estuviera delante de su platillo predilecto.
Hans tiró de ella hacia abajo y la volvió a colocar debajo de él, sintiendo la piel suave de sus senos oprimirse contra la dureza de su propio cuerpo. Emitió otro sonido ronco y bajó la cabeza para mordisquear hábilmente el pezón rosado de uno de ellos, arrancándole otro ruido de placer que a sus oídos se escuchó celestial.
Una de sus manos se apresuró a masajear el pecho restante, en tanto su lengua trazaba el contorno de la areola del capullo rosado que estaba devorando. Sabía aún mejor de lo que recordaba.
Su mano libre se introdujo lentamente en las braguitas de Elsa y acarició su intimidad, haciendo que se retorciera de delectación.
—Joder, eres tan deliciosa—lo escuchó murmurar, mientras le revolvía el pelo rojo con sus manos, buscando que no parara de masajear sus pechos—, nunca tengo suficiente de ti, Elsa.
Lo sintió lamer el seno restante y cuando sus dedos separaron su femineidad, buscando su punto más sensible, una repentina humedad los envolvió por completo.
Lentamente lo miró separarse de pecho, dejando un rastro húmedo sobre cada pezón y resistiendo la urgencia de empujar su cabeza de nuevo para que continuara. Hans sacó la mano de su ropa interior y hundió los dedos en su boca, limpiando los rastros de su femineidad de una manera que la hizo palpitar entre las piernas.
Impulsivamente se incorporó de nuevo y lo beso, sintiendo el sabor peculiar que habían adquirido sus labios.
—Dios, estás tan mojada—murmuró él entre besos, volviendo a palparla encima de las bragas.
—Quiero que me lo hagas de nuevo—susurró ella, hablando encima de su boca con la respiración agitada.
Hans sonrió de esa manera torcida y arrogante que la volvía loca, y sin previo aviso, la tomó de las caderas para tumbarla boca abajo, recorriendo su espalda completa con los labios y las yemas de los dedos.
—¿Y esto?—preguntó, al toparse con el coqueto tatuaje que decoraba la zona baja antes de llegar al trasero.
Acarició el minucioso copo de nieve en tonos azules que contrastaba con la blancura de su piel, mirando con ternura cada detalle.
—¿Te gusta?—consiguió preguntar Elsa en medio del ansia que sentía—Me lo hice pensando en ti.
El colorado depositó un beso justo encima del diseño.
—Me encanta—musitó—. Eres tan hermosa… tan dulce… —desabrochó los breteles de su liguero y lo retiró de su cintura también.
Sus dedos tomaron el extremo de su prenda interior y la deslizaron hacia abajo en un movimiento rápido, que finalmente la dejó expuesta en toda su esplendorosa desnudez. Apreció excitado el pequeño y redondo trasero de la blonda, firme y dispuesto solo para él. Sus manos aferraron cada una de las nalgas, sintiendo la piel tierna debajo de sus palmas y abriendo levemente su intimidad hasta dejar a la vista el comienzo de sus labios inferiores, húmedos y palpitantes.
—Hans, ¿qué…? Ugh… ah… —la platinada gimió entrecortadamente, al sentir como la lengua de su amante comenzaba a hacer estragos dentro de ella, de modo cadencioso y torturador.
Por Dios que ese hombre sí que sabía exactamente lo que hacía, para ser su primera vez. Cuando la punta de su lengua se adentró más y tocó un punto sensible, supo que iba a desfallecer de placer. Hans comenzó a moverse rítmicamente, trazando círculos y lubricándola lo mejor posible hasta que empezó a derramarse sobre las sábanas de algodón egipcio que había dispuesto junto con los almohadones, para que estuvieran más cómodos (cortesía de la habitación de sus padres).
Elsa gimió de manera más audible, apretando la tela debajo de ella con sus manos y abandonándose al primer orgasmo. Se sentía como si estuviera tendida sobre una nube; su cuerpo aun teniendo ocasionales espasmos de placer.
Hans la sostuvo con firmeza y le dio la vuelta una vez más, atacando sus senos con fruición. La noche apenas empezaba y tenía planeado aprovecharla al máximo.
Las pequeñas manos de su novia aferraron el borde de su pantalón y se levantó un poco para facilitarle la tarea de desabrocharlo. Con mayor seguridad que en la ocasión anterior, Elsa le hizo despojarse de la prenda y aferró su masculinidad dentro del bóxer, haciendo que esta fuera él quien gimiera de forma gutural.
Le encantaba la sensación de poder que le hacía sentir aquello.
Intuitivamente movió su mano sobre la punta de su miembro viril, trazando círculos primero y después acariciándolo en toda su longitud, antes de comenzar a menearlo de manera rítmica.
Era tan grande y cálido. Ansiaba tenerlo dentro de ella.
Gradualmente, la respiración y los gemidos del bermejo se fueron haciendo más frenéticos. Él tomó su muñeca haciendo que se detuviera y se desprendió de su última prenda, posicionándose entre sus piernas.
El corazón de Elsa latió violentamente.
Hans le tomó ambas manos y las colocó a ambos lados de su cabeza, entrelazando sus dedos y besándola profundamente. Comenzaba a perderse en la calidez de su lengua cuando repentinamente, lo sintió abriéndose paso entre las paredes de su femineidad, hinchado y erecto.
La joven dejó escapar un lamento dentro de la boca del pelirrojo y se tensó. Estaba húmeda pero dolía. Dolía demasiado.
Hans apretó sus delicadas palmas entre las suyas, concentrándose en entrar de manera tan gentil como le fuera posible. Elsa era demasiado estrecha. Resultaba difícil no introducirse en ella de un solo golpe, como ardía en deseos de hacer. La sensación de sus paredes abrazándolo y el aroma de su piel eran demasiado tentadores como para no dejarse llevar.
De modo que la penetró lentamente, adecuándose a cada resquicio de su femineidad, cada rincón de su cuerpo. Sintiéndola como suya en cada aspecto posible.
Elsa le clavó las uñas en la espalda, ahogando un gemido de dolor. Nunca había imaginado que la primera vez fuera tan doloroso, pero en el fondo se alegraba de que fuera él quien le causara ese dolor. Por él, sería capaz de hacer cualquier cosa.
Se percató de como uno de los pulgares de Hans limpiaba una lágrima que había escapado de sus ojos. No se había dado cuenta de aquel detalle.
De pronto se sintió como una niñita.
—Lo siento, cariño—se disculpó él, mirándola con preocupación—, te prometo que pasará… solo déjame moverme un poco.
Elsa se quedó quieta por unos instantes, permitiéndose acostumbrarse a que su masculinidad la llenara por completo. Después, muy despacio, enredó sus piernas todavía envueltas en medias de seda (lo único que conservaba puesto) en sus fuertes caderas, autorizándolo a moverse a un ritmo cadencioso.
El pelirrojo comenzó a arremeterla lentamente y ella se mordió los labios, gimiendo.
Era doloroso pero poco a poco, la pena abría paso a una sensación excitante y desconocida que se moría por descubrir.
Movió la cadera, dejándose llevar por los movimientos que lideraba su hermanastro. Se sostuvo de sus hombros y volvieron a comerse a besos, devorando todo cuanto encontraban a su paso. Labios, mejillas, mandíbulas, el cuello del otro. Hans volvió a enterrar el rostro entre sus pechos y los mordió, haciendo sus embestidas más fuertes.
Para cuando lo sintió derramarse dentro de ella, había alcanzado el clímax de una manera gloriosa, no tardando en ser alcanzada por él.
Ahora comprendía porque ese tipo de intimidad entre dos personas era tan especial.
Aún le parecía sentirlo en cada uno de los poros de su cuerpo.
Se quedaron inmóviles por unos momentos, tan solo siendo conscientes de la respiración del otro. Hans encima de ella y sin salir de su interior, con la cabeza recostada entre sus pechos y sus cuerpos cubiertos por una leve capa de sudor.
Elsa se quedó con la vista fija en el techo y acarició la melena rojiza del joven. Nunca antes se había sentido tan mujer como en ese momento.
Él se movió y cambio un poco de posición para volver a quedar a la altura de su rostro, besando su frente, su nariz y luego sus labios. Movió con ternura un par de mechones platinados de su rostro y lo acunó entre sus manos.
—Eso fue asombroso. Te amo, copo de nieve.
Ella le sonrió y liberó un pequeño bostezo, amodorrada. De pronto se sentía muy cansada.
—Mierda—Hans suspiró pesadamente y frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—Estaba tan apresurado que me olvide de sacar la protección. Tenía el condón en el bolsillo.
Para su sorpresa, la rubia solo se limitó a reír.
—Estabas tan apurado que te olvidaste de otras cosas—movió una de sus piernas envueltas en medias para acariciar una de las suyas—, ni siquiera me desvestiste completa.
—Ni falta que hizo, me gusta como te ves así. Estás muy sexy—la apretó entre sus brazos, haciéndola que se recostara contra su pecho—. Pero lo otro…
—No te preocupes, tomé la píldora—Hans la miró con sorpresa y volvió a reír—. No eres el único que puede planear sus encuentros con anticipación.
—Demonios, no sé que haría sin ti—dijo él besando su coronilla—, siempre piensas en todo.
—Además, me encanta sentirte por completo—añadió Elsa, moviéndose para besar su barbilla y su cuello—. Así que no te preocupes de ahora en adelante. Ya me haré cargo de seguir tomándola.
—De ahora en adelante ¿eh? Eres una insaciable—Hans la besó profundamente y después salió de su cuerpo, muy gentilmente, notándola fatigada—. Será mejor que te lleve a tu habitación, estás exhausta.
—¿Por qué no nos quedamos aquí?—la chica se acurrucó contra él perezosamente—Me gusta como arreglaste todo.
—¿Ahora prefieres dormir en el piso que en un colchón? Eso es nuevo—el cobrizo rió y de todas formas, se levantó para poder tomarla en brazos, con su blonda cabeza recostada en su hombro—Vamos, que yo también necesito descansar.
Elsa no protestó, sino que se dejó llevar escaleras arriba mientras se entregaba a los brazos de Morfeo. Ya se ocuparían de limpiar el desastre que habían dejado más tarde.
Antes de quedarse dormida por completo, pensó una vez más en las vueltas que daba la vida. Un año atrás, los dos eran personas que no se soportaban pero ahora compartían más que un romance. Compartían los mismos sentimientos, el mismo cuerpo. Sentía que iban a estar juntos para toda la vida.
Definitivamente nunca se sabía que puertas usaba el amor para entrar.
* Humphrey Boggart e Ingrid Bergman. Protagonistas de Casablanca.
* Taken. Película con Liam Neeson.
* Bonne chance. Buena suerte.
* Pokémon Go. Creo que ya todos han escuchado bastante de esta condenada app. xD
Nota de autor:
¡El final está aquí! ¿Qué decirles, criaturos? :D Fue una historia llena de emociones, contratiempos y muchas risas, se siente raro verla llegar a su fin después de tanto tiempo. Este fic me trajo tantas alegrías y lágrimas como a ustedes, es impresionante la manera en que puede evolucionar la relación de estos dos. Y como marca el cliché, ¡hubo una boda en el último capítulo! ¿A qué no se lo esperaban? xD
Sé que ansiaban el reencuentro Helsa con muchas ganas y temían que los aviones se cruzaran en el camino, pero la tía Frozen piensa en todo y tengo que decir, que esa primera escena en París fue emocionante. Hans y Elsa son los mejores, ahora y siempre. *w*
Como ven, también llegó el tan esperado lemmon y solo puedo decir que me encanta escribir intimidad entre estos dos, son tan sensuales que es imposible no inspirarse con ambos.
Ahora yo quiero que me digan, ¿qué les pareció a ustedes? ¿Cumplieron con sus expectativas? ¿Cuál fue su escena favorita? ¿El lemmon les gustó?
VoodooHappy: No es tan difícil habilitar los MP's aquí, creo que solo tienes que marcar una opción en la página de tu perfil y listo, no te preocupes. n.n Pues como ves, los aviones no se cruzaron por un día, es lo bueno de que Hans haya recapacitado a tiempo, jajaja. Aunque lo del aeropuerto habría sido muy gracioso. xD Pues sí, aún habrá Helsa en español por mi parte; quizá no tan frecuente como hasta ahora pero sí que tengo un par de ideas que necesitan ser mostradas, pero de eso ya les hablaré más adelante. Me encanta la idea que tuviste para un OS, honestamente no me veo haciendo fics largos en un buen tiempo. x3 Pero me encantaría hacer un episodio con lo que describiste, ¡gracias por la inspiración!
Ari: Punzie y Flynn necesitan rehabilitación urgentemente. LOL ¿Qué puedo decir, Ari? Siempre cuento contigo para cada locura Helsa, jajajaja. Ha sido un placer leer tus pequeños pero preciosos reviews en cada capítulo y saber que disfrutas tanto. Espero que este final te haya gustado. ;D
Elsa: Sería muy gracioso, pero no creo que me de tiempo ya de agregar algo así. xD De cualquier manera, gracias por leer.
Guest: Pues ya ves que no se cruzaron los aviones y al final nuestros pajaritos se reencontraron y están juntos. ;) Respecto a tu petición, ya estoy trabajando en el epílogo y habrá mucha más miel Helsa y aventuras para cerrar con broche de oro esta historia. :3
SamanTha: El capítulo anterior también me pareció uno de los más hermosos pero este se ha convertido en mi favorito, y tal vez en el tuyo también. x3 Puedes apostar a que Elsa sabe hacer muchas más cosas que seducir a Hans, jojojo. Aunque esto último es su especialidad. ¡Por fin de reencontraron nuestros pajaritos! Sé que lo esperabas con ansias y sí, ya estoy en charlas en Walt Disney Company para hacer de la literatura Helsa una realidad, pero ese maldito ratón corporativo se resiste. D: Negociar con Mickey es más difícil que bañar a un gato, en especial cuando no eres dueña de una multinacional como él. T-T
Gracias a todos por leer y seguir de cerca las aventuras de este par de orgullosos. Nos vemos en el Epílogo. ;D
