Mención de otros personajes de Disney a lo largo del fic. Modern AU. Helsa.
Disclaimer: Lastimosamente nada de esto es mío, solo mi cada vez más alocada imaginación.
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Epílogo
Primera Parte
Impaciente y con el corazón estrujado dentro del pecho, Elsa levantó la prueba de embarazo que acababa de practicarse y la miró con atención. Sintió que se derrumbaba al contemplar el resultado. Positiva. Había salido positiva. La señorita responsabilidad que siempre pensaba con la cabeza fría y jamás actuaba por impulso, había obtenido un embarazo no planeado a mitad de su quinto semestre en la Facultad de Letras. Simplemente perfecto.
La muchacha comenzó a hiperventilarse. ¿Y ahora qué se suponía que fuera a hacer? ¿Cómo demonios iba a lidiar con aquello?
—Elsa, ¡sal ya! ¿Qué dice?—la voz de Anna afuera del baño la sacó abruptamente de sus dudas.
Se encontraban dentro de la pequeña vivienda de la pelirroja, aprovechando que sus padres habían salido a hacer la compra. Si algo necesitaban era privacidad. Desde que la rubia había comenzado a sentir náuseas y mareos, Anna había sido la primera en sugerir que fueran a la farmacia a por un test para confirmar sus peores sospechas.
Las cuales habían resultado ser realidad. Iba a ser madre a los veintiún años; ni siquiera había terminado la carrera y ya se había buscado tamaña responsabilidad. Bien hecho Elsa, pensó con amargura, al tiempo que se subía los pantalones y salía del baño.
—¿Qué pasa, amiga? Estás más pálida que de costumbre, ¿todo bien?—Anna la miró con preocupación.
—Estoy… estoy embarazada—anunció ella con voz temblorosa, alzando la prueba y mirando como la pecosa abría los ojos como platos.
—¡Oh, vaya!—Anna contempló la pequeña probeta que mostraba dos líneas rojas.
—Embarazada—Elsa repitió la palabra como si fuera una sentencia a muerte—, ¿cómo fue que ocurrió esto?
—Bueno, ambas sabemos bien como ocurrió, parece que tú y Hans hicieron bien la tarea ¿eh? ¿Eh?—Anna soltó una risita y le dio con el codo juguetonamente, haciendo que la platinada la mirara con incredulidad.
—¡¿Pero tienes idea de lo que esto significa?! ¡Tengo solo veintiún años! ¡¿Qué le voy a decir a Hans?! ¡¿A mi madre?! ¡Mi carrera! ¡Dios, ¿cómo pude ser tan irresponsable?!—chilló alterada.
—Oh vamos Els, no es tan malo—la pelirroja le acarició conciliadoramente la espalda para que se relajara, en balde—, no eres la primera chica que se embaraza a esta edad ni serás la última. Sabes bien que lo de los estudios puede arreglarse. Y no es por nada, pero tu madre tampoco creo que tenga mucho que reclamarte si recordamos como fue su situación, je je je…
—¡Es que eso no es excusa!—exclamó la platinada histéricamente—¡¿Cómo pasó esto?! ¡¿Con qué cara le voy a decir a Hans que yo… que yo… que nosotros…?!
Volvió a hiperventilarse y se derrumbó contra la pared. Realmente había sido una descuidada.
Hasta ese momento, tomar la píldora anticonceptiva había sido una costumbre habitual en ella debido a los múltiples encuentros que tenía con el pelirrojo. Su relación había florecido rápidamente con el paso del tiempo, hasta convertirse en algo sólido y más serio de lo que jamás imaginaron.
Si bien habían tenido varias discusiones y sus problemas como cualquier pareja, ellos siempre terminaban reconciliándose, ya que nadie podía negar el mutuo amor que se tenían. Un sentimiento que cada vez se hacía más fuerte.
Sin mencionar que el sexo era increíble.
No podía evitarlo, simplemente se derretía y se volvía como una muñeca de trapo cuando Hans la tocaba, inclusive las veces que estaban enojados. El pelirrojo era un amante dedicado y ella también había aprendido lo suyo. Tenían tanto deseo el uno por el otro, que lo habían hecho en los lugares más impensables. Los baños del supermercado, la encimera de la cocina, el auto del colorado, su auto; una vez en un viaje a París para visitar a sus abuelos, inclusive se habían encerrado en el servicio del avión para hacerlo, adoptando unas posiciones que… por Dios, enrojecía solo de recordarlo.
¿Cuándo exactamente había dejado que sucediera el embarazo?
Ah claro, debió ser en aquella ocasión en que Hans la había metido en su cuarto de baño para darse una ducha juntos, aprovechando que no estaban sus padres. Y ella como siempre, simplemente se había dejado hacer como la chiquilla sin fuerza de voluntad que era apenas él le ponía las manos encima.
En aquella ocasión habían estado particularmente emocionados. Por alguna extraña razón, el muchacho se había animado a probar algo de la hierba que le había obsequiado Eugene; la había convencido de dar también unas cuantas caladas al pitillo y lo siguiente que recordaba, era sentirse como flotando mientras el agua caliente caía encima de ellos. Ese había sido un episodio sexual memorable, de los mejores que habían tenido, aunque cabía decir que también había sido la única vez que se animaron a fumar de aquello.
Terminó tan desorientada que se había olvidado de tomar la píldora. Se había olvidado como una tonta y ahora estaba embarazada.
¿Por qué esas cosas tenían que ocurrirle a ella?
—¿A qué te refieres con eso? Hans entenderá—la voz de Anna volvió a traerla de vuelta a la realidad—, no es tan imbécil. ¡Si lo es le voy a patear el culo!—amenazó.
Elsa gimió desconsolada y se dejó caer al suelo.
—Vamos, vamos amiga, es broma—la pecosa se arrodilló a su lado y la abrazó—. Ya en serio, estoy segura de que él no te reprochará nada. Es más, te tratará como un príncipe, recuerda que eres la única que puede sacar a relucir su lado más encantador. Él te ama Elsa, llevan casi tres años juntos y jamás ha dejado de quererte, ¿por qué no habrían de poder con esto juntos?
—Yo, es que… es que no sé si yo estoy lista. No me lo esperaba.
—Bueno, nadie está realmente listo para estas cosas. Ya es algo que sucedió, a menos que estés pensando en…
—¡No!—Elsa se volvió hacia ella alarmada, adivinando lo que estaba a punto de insinuar y sintiéndose horrorizada—No, eso no. Ni soñarlo. Sabes que no lo haría, Anna.
—Bueno, pues me alegro, porque estoy segura de que tendrás un hermoso bebé. En serio, tus genes combinados con los de Hans deben ser como… ¡wow! Además, voy a ser tía—añadió con expresión soñadora.
Elsa suspiró.
—Ni siquiera quiero pensar en lo que van a decir nuestros padres. Ellos nos pidieron comportarnos adecuadamente para proseguir con lo nuestro y mira nada más.
—Oye, ustedes son adultos, ellos ya no les pueden decir que hacer y qué no. ¿Además que van a decir? Hans está a punto de terminar sus estudios y no es como si el dinero fuera un problema. Si su padre no quiere ayudar, tú todavía tienes tu herencia. ¿Pero sabes qué? Conozco al señor Adgar y sé que no les va a dar la espalda—la blonda recargó la cabeza en el hombro de Anna—. Ya amiga, relájate. Todo estará bien.
—Es que no debería ser así, este bebé será responsabilidad nuestra, no suya—Elsa suspiró—. Pero supongo que tienes razón.
—Claro que tengo razón. Y oye, en este momento lo más importante es darle la noticia a Hans. Se va a sorprender mucho cuando lo sepa.
La albina hizo un gesto de ansiedad al escucharla.
—Quisiera no tener que pensar en ese momento.
—Vamos Els, no seas fatalista. No ocurrirá nada malo. Puede que se lleve un susto como tú al principio, pero sé que se comportará a la altura y ya te dije, si no, le pateo el culo amiga. Le pateo el culo.
Sentada en la cama de su novio, Elsa ocultó la prueba de embarazo entre sus manos mientras pensaba una y otra vez en las palabras que había ensayado para informarle la buena nueva. Cada vez se sentía más incapaz de hacerlo. Tenía un nudo en el estómago. ¿Y si Hans reaccionaba mal? Ellos nunca habían hablado de tener hijos, eran todavía demasiado jóvenes y había tanto que querían hacer.
¿Y si no soportaba la presión y la dejaba? Si eso ocurría definitivamente no sabría que hacer. No podía imaginarse estando con alguien más que no fuera él, lo quería tanto…
La puerta del dormitorio se abrió, dejando paso al dueño de sus pensamientos.
Hans dejó su bolso en el suelo y le sonrió al verla esperándolo. Se quitó la chaqueta de cuero marrón y la colocó también sobre el respaldo de la silla antes de avanzar hacia ella.
—Hola, gatita—la saludó inclinándose para besar su frente y luego le dio un beso en los labios—. Se me hizo tarde hablando con un profesor, esto de la tesis se está complicando.
La rubia apenas y fue consciente de como la levantaba para colocarla encima de su regazo.
—¿Tienes hambre? ¿Quieres que hagamos algo para cenar?
—Hans, hay algo que debo decirte—consiguió murmurar, cada vez más insegura con su decisión.
—¿Qué pasa?—el pelirrojo la miró extrañado—¿Te sientes bien? No me asustes.
Lo había dicho en tono de broma, pero la preocupación que se leía en su mirada era sincera.
—Estás pálida, ¿te sientes bien?—el joven puso una mano en su frente para verificar que no tuviera fiebre.
Siempre estaba al tanto de su salud. El invierno pasado, cuando había adquirido un resfriado (cosa rara en ella), prácticamente no se había despegado de su lado ni aunque se pasara todo el día en cama. Realmente apreciaba ese lado considerado que solo se hacía evidente cuando estaban juntos.
—Hans, ¿recuerdas la vez en que nos bañamos juntos? Cuando fumamos de eso…
—¿Y cómo olvidarlo?—el aludido esbozó una sonrisa torcida—Fuiste una fiera esa noche, copo de nieve—se acercó a su oído y mordisqueó su lóbulo—. Es algo que tenemos que repetir un día de estos, ¿sabes?
Elsa contuvo un gemido, tratando de mantenerse enfocada en la situación.
—Incluso puedo ver si ese hippie de Eugene sigue teniendo un poco más de esa hierba… ¿quién diría que serviría de algo? Ahora entiendo porque la fuma todo el tiempo, condenado cabrón…
—Hans—lo interrumpió ella tímidamente—, no estás entendiendo, yo… me olvidé de tomar la píldora esa vez.
—Oh—el colorado se puso serio y la miro a los ojos.
—Sí, yo… fue solo esa vez, me olvidé por completo y bueno… —desvío la mirada como una niña avergonzada—, tú sabes que nunca se me pasa por alto. Pero es que ocurrió todo tan rápido y yo… el punto es… el punto es que…
—¿Qué pasa, Elsa?
La platinada levantó la prueba de embarazo, revelando su resultado ante los orbes verdes del cobrizo.
—Estoy embarazada—confesó.
Hans se quedó paralizado.
—¿Cómo dices?—lo escuchó murmurar con incredulidad. De repente se había puesto tan pálido como ella al principio.
La rubia no pudo soportarlo más y se echó a llorar agachando la cabeza y cubriéndose la boca con una mano. Sintió como él le quitaba con suavidad la prueba de embarazo de la otra para comprobar el resultado con sus propios ojos, repentinamente tenso.
Elsa se sintió como una tonta. Lo había echado todo a perder. Sollozo más fuerte.
—Hey, hey, calma copito, shhh—el bermejo la estrechó entre sus brazos con fuerza y la arrulló—. No llores por favor, sabes que odio verte así.
—¿Y cómo no quieres que llore?—hipó Elsa—Lo arruiné todo. Somos tan jóvenes para esto… tú apenas vas a terminar tu carrera y yo… yo no… oh, ¡fui tan tonta!
—Oye, no digas eso. Hasta donde sé esto lo hicimos los dos—Hans besó una de sus sienes—, todo estará bien, copo de nieve.
—¿Cómo sabes? ¡Nosotros no podemos lidiar con algo así!
—¿Y quién dice que no? Mírame—le levantó la barbilla para que lo mirara a la cara—, te prometo que todo va a estar bien.
—¿No estás molesto?—Elsa parpadeó y lo miró con confusión.
—¿Y cómo podría? Estoy… sorprendido, no te negaré que no me imaginaba algo así—Hans suspiró y volvió a besarla—, está bien, Elsa. No te preocupes. Ya no hay más que hacer así que nos haremos cargo. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
—Quedarnos atados por mera obligación.
—¿De verdad crees que vaya a pasar eso?
La blonda negó con la cabeza. Al menos de su parte, estaba segura de que Hans era el hombre de su vida. Lo amaba con todo su corazón.
—Pues yo tampoco—dijo él con determinación—. Te amo, Elsa. Quiero estar toda la vida contigo. Y puedes estar segura de que a este bebé no le va a faltar nada—el colorado posó su mano encima de su vientre, aún plano—. Voy a cuidarte y a él.
—¡Oh, Hans!—la chica le rodeó el cuello con los brazos aliviada, mientras un par de lágrimas volvían a abandonar sus ojos.
Había tenido tanto miedo de que quisiera dejarla, que de pronto el cúmulo de emociones le hizo sentirse mareada.
—¿Sabes en que he estado pensando estas últimas semanas?—prosiguió él, acariciándole en círculos la espalda para que se desahogara—Ya que estoy a punto de terminar con mis estudios y todo eso, me había gustado la idea de alquilar un departamento, juntos. Para no tener que reprimirnos más en frente de nuestros padres. Ya es tiempo de abandonar el nido, ¿no crees?
Elsa lo miró sorprendida.
—Creo que después de saber esto, definitivamente no tendremos opción—Hans sonrió de lado y le retiró un mechón rubio de la frente—, puedo pedirle a papá un puesto administrativo en la empresa. No era lo que tenía pensado para después de la universidad, pero funcionará para empezar.
La muchacha asintió con la cabeza. Sabía que él odiaba depender de Adgar para todo y que lo único que quería era tener una empresa propia; pero al menos contarían con algo seguro si trabajaba en la de la familia. Y si no era posible, todavía les quedaba la parte que su propio padre le había dejado de herencia. El negocio de sus abuelos daba muy buenas ganancias y sabía bien que a ellos y a su hermano les alegraría la noticia de un nuevo bebé.
Con todo esto en mente comenzó a relajarse, a la vez que Hans continuaba acariciando su espalda. Las cosas no estaban tan mal pero aún la ponía nerviosa el hecho de tener que comunicar todo aquello a sus padres.
Iban a pensar que eran unos irresponsables.
—¿Cómo vamos a decirle esto a nuestros padres?—inquirió apesadumbrada.
—¿Te preocupan ellos? Ya deberías saber siempre se toman las cosas con más calma de lo que imaginamos—en eso tenía que darle la razón. Hans le besó la punta de la nariz—. Yo hablaré con ambos y luego le pediré trabajo a papá. No quiero que te preocupes por nada.
—Deberíamos decírselos juntos. Después de todo fue un descuido mío.
—No te eches más la culpa. Sé que a veces te instigó demasiado para tener intimidad. Debería controlarme, pero no puedo.
Elsa soltó una risita ahogada.
—Yo se los diré, recuerda que sé como manejarlos—eso era verdad; las dotes de manipulación de Hans podían ser muy útiles hasta con los adultos. Hubo una pausa antes de que una sonrisa esperanzada se dibujara en los labios masculinos—. Vamos a ser padres—musitó, dándose cuenta de lo terrible y maravilloso que sonaba a la vez—. Vamos a ser padres.
Elsa rió en voz más alta y aceptó el beso que depositó en sus labios, sintiéndose también repentinamente feliz con la noticia.
A pesar de todo, tenía el presentimiento de que iban a ser muy dichosos.
Por días estuvieron pensando en el momento más apropiado para hablar con sus padres sobre el estado de Elsa. A pesar de todo, debían admitir que el hecho les ponía bastante nerviosos; especialmente al pelirrojo, que seguía insistiendo en hacerse cargo de todo. Decidieron esperar a que se graduara por completo, cosa que ocurrió un par de semanas después y con excelentes notas.
Consiguieron permiso de sus progenitores para hacer una pequeña fiesta para celebrar el recibimiento de Hans como administrador y relajarse antes de soltar la bomba; la cual no resultó ser tan pequeña al final.
Varios de los amigos del joven en la universidad habían asistido para volver de la casa un desastre, además de la gente a la que ya conocían.
La música resonaba por cada rincón de la planta baja y tanto en el interior como en el jardín podían observarse a montones de jóvenes bailando, riendo, bebiendo y mezclándose con la decoración de vivos colores que imperaba en el lugar.
Agitada, Elsa entró en la cocina y se sirvió un vaso de agua. Había hecho un buen trabajo toda la noche evitando los tragos que le ofrecían; eso con ayuda de Anna, que hasta el momento era la única de sus amigos que sabía sobre su condición. De la pelirroja sin embargo, no podía decir lo mismo.
La colorada había estado consumiendo tacos y shots de tequila en la mesa dispuesta en el jardín como si no hubiera un mañana, y ya el alcohol se le había subido a la cabeza.
Esa chica nunca aprendería.
—Aquí estás—la voz masculina que se escuchó tras ella la sobresaltó y enseguida sintió unos fuertes brazos rodeándola—, me preguntaba donde podías haberte metido, copo de nieve. ¿Qué haces aquí?
—Vine a buscar un poco de agua, allá afuera el ambiente se está poniendo un poco extraño y me siento cansada—la rubia se dio la vuelta para encontrarse de frente con Hans, quien al instante la miró preocupado.
—¿Te sientes bien? Podemos ir a tu habitación si quieres—le dijo, buscando en su rostro algún signo de malestar—, ¿tienes fiebre? Te ves algo sonrojada…
—Estoy bien—Elsa rió enternecida por su preocupación; desde que sabía lo de su embarazo, su novio había estado un poco paranoico y la sobreprotegía—, eso es solo por la fiesta, Anna se ha puesto un poco desquiciada, no sabe controlar la bebida—suspiró—, ¿por qué pensamos que una noche al estilo mexicano iba a ser buena idea?
—Fue idea de ese hippie lameculos, a mí ni siquiera me gustan los tacos—Hans bufó—, en fin, como si no supiéramos que esa enana va en camino de ser una consumada alcohólica. Es decir, solo hay que verla.
La rubia le dio un golpe en el hombro.
—Anna no es alcohólica, solo es festiva.
—Sí, especialmente festiva cuando tiene una botella de tequila cerca. ¿A quién le importa?—Hans la tomó de las caderas y la pegó a él—Me he estado muriendo de ganas la noche entera por estar contigo—murmuró, mirándola de manera predadora.
Elsa sintió que se estremecía de la cabeza a los pies.
—Aquí no, podrían vernos—susurró, mirando hacia ambos lados. Aun así le paso los brazos por el cuello y lo miró pícaramente—, es tu fiesta de graduación, deberías estar disfrutando con los demás.
—Con la única que quiero disfrutar es contigo—el cobrizo mordisqueó el lóbulo de su oreja y luego su cuello, provocándole un gemido—, estoy seguro de que a este pequeño no le importará—añadió, acariciando con la palma abierta su vientre todavía delgado pero que en poco tiempo no tardaría en comenzar a mostrar los primeros indicios de la gestación.
Elsa sonrió con ternura.
—También podría ser una pequeña—dijo, rozando su respingada nariz contra la del muchacho.
—Y apuesto a que sería hermosa como su madre—Hans la besó rápidamente en los labios—, pero en este momento, lo único que me importa es lo bien que se te ve ese vestido, aunque estaría mejor en el suelo.
Sus ojos verdes se pasearon con lujuria por la esbelta silueta de su amada, que estaba resplandeciente con ese corto vestido sin mangas de color negro, que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, resaltando su piel blanca y suave.
—No tienes remedio, Hans.
—Hagámoslo rápido, aquí mismo.
Elsa contuvo un gemido de sorpresa cuando sintió como una mano se colaba bajo su falda.
—Pero… la fiesta…
—La fiesta puede seguir sin nosotros un rato—la misma mano la palpó sobre su ropa interior y ella se mordió el labio, sintiéndose humedecer—, quiero estar contigo… voy a tocarte… voy a hacerte temblar…
—Oh—la muchacha suspiró y ocultó la cara en el cuello del bermejo asiéndose con más fuerza a sus hombros. Sintiendo como sus dedos se introducían en ella y comenzaban a hacer estragos en su femineidad lentamente, masajeándola sin piedad. Cualquier persona podía entrar en ese momento pero no quería que se detuviera, aquello era tan excitante—, mmm… ah… ugh—apenas y podía disimular sus propios sonidos de placer.
Por Dios que ese hombre sí que sabía como hacer que perdiera el control.
—Joder, te has puesto tan húmeda. Y eso que no me tienes aún dentro de ti. Se me está poniendo dura de solo pensarlo, amor.
—Demonios—musitó ella mandando al carajo la poca cordura que le quedaba. Sus labios se precipitaron contra los de Hans violentamente, metiendo su lengua en la boca masculina y frotándose contra la mano que el mantenía entre sus piernas.
Era increíble que bastaran unas pocas palabras y acciones de su parte para convertirla en una zorra en celo.
Bruscamente se movieron hacia la alacena, casi cayendo en el interior cuando Elsa buscó desesperadamente la manija y la aferró para que entraran, mientras los dedos de su amante aumentaban el ritmo en su clítoris. Allí se encerraron, ella quedando violentamente atrapada entre la pared y el duro cuerpo de Hans, al tiempo que sus bocas se besaban con fiereza. De pronto estaba tan caliente.
El pelirrojo se despegó de su boca haciendo un ruido de succión.
—Voy a follarte, copo de nieve—le dijo, inclinándose para morderle el cuello.
Ella se mordió el labio con más fuerza. Le encantaba cuando le hablaba sin decoro. Rápidamente, sus manos se dirigieron hacia la parte baja de los jeans masculinos y una de ellas acarició su virilidad por encima de la ropa, apretando ligeramente y haciendo que su respiración se agitara.
—Vaya, pues sí que la tienes dura—murmuró de manera felina, mientras en sus labios de color carmín se dibujaba una sonrisa perversa—, eres un tipo sucio, ¿lo sabías?
—Todavía no has visto cuan sucio puedo ser cuando se trata de ti, gatita—Hans extrajo su mano de su femineidad después de hacerla llegar al orgasmo y se llevó sus dedos húmedos a los labios.
Elsa le devolvió una mirada hambrienta, tratando de regular su respiración.
—Pues espera lo mismo de mí porque voy a dejarte seco—tras hacer semejante advertencia, la chica lo empujó hasta hacerlo chocar contra la pared opuesta de la pequeña estancia y luego se arrodilló, comenzando a desabrocharle el cinturón de manera salvaje.
Lo sentía temblar de anticipación por lo que estaba a punto de hacer. Ella también temblaba. El sexo con su pelirrojo era increíble. Prácticamente no tenían inhibiciones y aunque no pareciera, a ella también le encantaba complacerlo. Sintió que se humedecía una vez más con solo pensar en probarlo y se relamió los labios.
Sus dedos desabrocharon el botón del jean y bajaron la bragueta…
—¡Oh, mierda!—el grito que se escuchó detrás de sí la hizo incorporarse como si fuera un resorte, con el rostro ardiendo de vergüenza.
Hans se acomodó la bragueta sobresaltado y miró con ira y apocamiento hacia la puerta de la alacena, que acababa de ser abierta sin previo aviso. Allí, un terriblemente incómodo Kristoff desviaba la mirada hacia el techo y los anaqueles repletos de comida enlatada y otros alimentos, con el rostro completamente rojo.
—¡Maldición chicos! ¡¿Es en serio?!—exclamó escandalizado.
—¡Oye, idiota! ¡¿Por qué te metes así?! ¡¿Cuál es tu maldito problema?!—Hans se abrochó la bragueta con el rostro tan rojo como el de su novia.
—¡Oh, pues perdona por no tocar la puerta de tu jodida alacena!—respondió el rubio con sarcasmo, finalmente animándose a verlo a la cara—Mierda, creí que sus habitaciones estaban arriba. Ya saben, no es como si tuvieran que ir a buscar un hotel ni nada de eso.
—¡Es nuestra maldita casa, imbécil! ¡Hacemos lo que nos viene en gana!
—No me jodas principillo, ustedes comen estas cosas. ¡Sus padres comen estas cosas! No puede ser que… ugh—Kristoff hizo una mueca de desagrado y se apretó el puente de la nariz—, demonios, nunca más aceptaré nada de lo que me ofrezcas aquí, Elsa.
—Ay ya, tampoco es para tanto—repuso ella encarándolo con un rubor que se negaba a desaparecer en sus mejillas y arreglándose su despeinada trenza—, para que lo sepas es la primera vez que lo hacemos aquí. No actúes como un frígido.
—Sí, sí claro—el blondo la miró irónicamente.
—¿Q-qué haces aquí de todas formas?—Elsa se cruzó de brazos apenada—¿No deberías estar afuera con los demás? Embriagándote… o algo…
—Vine a buscar algo para los mareos, Anna no se encuentra bien—respondió él frunciendo el ceño—, como no estabas cerca me puse a buscar en las gavetas y en fin… mira, ella no está bien ¿sí?
Hans masculló algo enfadado. Esa enana siempre tenía que arruinar su diversión, solo quería abrir un hoyo en la tierra y meter su cara pecosa en él hasta que dejara de romperle las bolas.
—Ay Anna—su amiga negó con la cabeza en un gesto de resignación y luego se puso a buscar en una repisa cercana, de la que extrajo un pequeño frasco con medicina para el mareo—, esto le va a ayudar. Vamos a hacerle un café también. Bien cargado.
—Buena idea—Kristoff aceptó el medicamento y luego volvió a mirarlos—, oigan…
Dos pares de ojos zafiros y esmeraldas lo vieron con interrogación.
—Son unos cerdos—los rostros de Elsa y Hans volvieron a enrojecer.
—Agh, vete a la mierda, idiota—respondió el colorado de mala gana.
Bonita manera de interrumpir, pensó para sus adentros. Justo cuando Elsa estaba por poner en acción esos preciosos labios suyos ese oxigenado tenía que interrumpir, eso le mataba la pasión a cualquiera. De nuevo su zona baja estaba más dormida que antes de meterse en la alacena.
Como le urgía un momento a solas con la platinada.
Antes de que Kristoff pudiera responder al insulto, dos personas hicieron acto de aparición al lado de él.
—¡Heeeeey amigoooooosssss!—una muy ebria Anna con un sombrero de mariachi en la cabeza se tambaleó mientras era sujetada por Olaf—¡Aquí están! ¡Hans, desgraciado hijo de perra! ¡Justo el hombre al que buscaba! ¡¿A qué no sabesssss?!
Hans la miró con el ceño fruncido.
—Eugene tiene preparada una enorme sorpresa para tiiiiiii, está allá afuera. ¡Tienes que verla!—chilló con emoción.
—Dile a ese hippie que se puede meter su sorpresa bien adentro del culo.
Anna se rió estrepitosamente, su cara estaba tan colorada como su pelo por la cantidad de licor que había ingerido. Luego una expresión de malestar cruzó por su rostro y se llevó una mano a la frente.
—Awww Dios mío, no me siento muy bien. Creo que esos tacos me revolvieron el estómago—se dobló sobre sí misma, sujetándose el abdomen.
—Comías como una desquiciada en medio de un banquete mexicano, An—dijo Olaf burlonamente.
—No debí mezclar tequila con ese porro que me dio Rapunzel… yo… yo… —se desvaneció, sobresaltando a todos.
—¡Anna!—Elsa se precipitó hacia ella asustada, mientras la chica era sostenida por su novio y su mejor amigo.
Angustiada, la rubia la sacudió sin recibir respuesta. Hans se puso enfrente de la inconsciente joven y le abofeteó el rostro, no con mucha fuerza, pero si de una manera que la hizo reaccionar y gritar escandalosamente.
—Dios, siempre quise hacer eso—el bermejo sonrió ampliamente.
—¡Imbécil! ¡Era una broma! No me desmayé de verdad, debieron ver sus caras—Kristoff la ayudó a incorporarse y ella rió ebriamente—, pero ya en serio, sí quiero algo para el mareo.
—No saldremos a ninguna fiesta por lo menos en dos meses—la amenazó su novio.
—Hagamos ese café—dijo Elsa y todos asintieron mientras sentaban a la risueña pecosa en una silla.
Tan solo esperaba que después de tener a su bebé su vida no tuviera tantos sobresaltos.
Con un suspiro satisfecho, Hans terminó de guardar el documento de Excel en el ordenador de su oficina, un lugar pequeño pero muy limpio que compartía por turnos con otros dos administradores de Isles Corp. Su nuevo trabajo demandaba mucho de él y no podía permitirse cometer errores, así que siempre se cuidaba de guardar suficientes copias de seguridad.
Después de haber revelado por fin el embarazo de su novia y en vista de las circunstancias, su padre lo había empleado rápidamente en la empresa. Hablar con él y con su esposa no había sido del todo sencillo.
A pesar de que ninguno de los dos se molestó al saber sobre el pequeño que venía en camino, si se mostraron muy sorprendidos por lo ocurrido al igual que sus amigos. Nadie negaba que eran demasiado jóvenes como para adquirir tamaña responsabilidad pero con todo y eso, y como había dicho Adgar, tendrían que hacerse cargo como un par de adultos.
Lo primero que había hecho el hombre fue conseguir un apartamento para ambos en el centro de la ciudad, algo que no había sido bien visto por Idun. La castaña insistía en que en la casa había espacio de sobra para todos. Inclusive se había mostrado muy ilusionada por remodelar el dormitorio de Elsa completamente para el bebé, mencionando que ella y su hijastro podrían trasladarse a la habitación de este último.
No quería separarse de su hija ahora que sabía de su estado.
Pero su marido tenía razón y si querían hacer las cosas bien desde el principio, tendrían que empezar a vérselas por su cuenta en ciertos aspectos.
Vivir solos no estaba mal, de hecho. Comenzando porque ahora no tenían que limitar sus muestras de afecto a cada instante por temor a incomodar a sus padres. Además, se sentía feliz de llegar a casa y saber que Elsa estaría esperándolo. La platinada se había tomado muy en serio la tarea de convertir el elegante departamento en un hogar. Cuando no estaba en clases se encontraba llevando a casa nuevos adornos o plantas, cambiando la distribución de las cosas o haciendo listas de compra para llenar la cocina.
Lo último que había hecho, había sido colocar cojines en la cuna de madera que habían ido a comprar el fin de semana, así como como montar un móvil en la parte superior y un poste para que su gato pudiera rascar en el pasillo.
El edificio donde vivían no tenía jardín ni espacio suficiente como para que Maximus pudiera trasladarse con ellos, así que lo había tenido que dejar con sus padres, pero la joven se había mostrado determinada a llevar a Marshmallow a su nuevo hogar. Y a ella nunca podía negarle nada.
El bostezo que Eugene soltó frente a él lo sacó de sus pensamientos y le hizo fruncir el ceño. El castaño se había tumbado desfachatadamente en el sofá frente al escritorio para tomar una siesta.
De nuevo se encontraba trabajando como mensajero en la empresa, a fin de ahorrar dinero para realizar su siguiente cortometraje, uno que pensaba postular para un importante festival de cine. Aunque el que había grabado años atrás había resultado ganador, la carrera que había escogido demandaba mucha inversión.
Y el muy idiota se hacía el digno cuando sus suegros le ofrecían financiarlo.
—Oye hippie, baja tus pies de ahí. Esto no es un puto motel—dijo Hans frunciendo el ceño.
—Demonios Hansy, el trabajo sí que te pone irritable ¿eh?—Eugene se estiró perezosamente—La responsabilidad te sienta muy mal hermano, ya te digo.
—Solo quiero terminar con esto de una vez para ir con Elsa, ha sido una semana larga—masculló el pelirrojo empezando a apagar la computadora.
—Ah claro, la querida Elsie. Ustedes dos van a pasar una tarde muy movida el día de hoy—apuntó el pardo adquiriendo una expresión maliciosa.
—¿De qué hablas?—Hans lo miró con recelo.
—Oh, de nada viejo, de nada. Solo digo, quiero decir, eso es lo que ustedes hacen ¿no? Aprovechar su nueva independencia—rectificó Eugene mostrando una sonrisa inocente que para nada le dio buena espina.
Estaba seguro de que algo se traía entre manos, pero no iba a quedarse a averiguarlo. Era viernes, estaba cansado y lo único que tenía ganas de hacer era de estar en su apartamento con Elsa. Pedirían una pizza o algo, verían alguna película en Netflix y se relajarían antes de que la llevara a su habitación para hacer el amor, sintiendo en todo momento los movimientos del bebé debajo de su ya crecida barriga de cinco meses.
Con esto en mente, tomó su chaqueta y su portafolio y se encaminó hacia la salida, no sin antes darle a Eugene una sonora colleja que le hizo soltar una grosería.
Ah sí, la vida era buena cuando uno se tomaba el tiempo de disfrutar cada pequeño detalle.
Elsa clicó sobre el botón de enviar y sintió gran alivio cuando su ensayo se puso en camino hacia el correo del profesor. Con lo mucho que había crecido su vientre en el último par de meses, las clases se le habían dificultado un poco pero por suerte sus maestros no tenían problema en aceptar que entregara prácticamente todo online. En cuanto naciera el bebé tendría que hacer el semestre de la misma forma en lugar de acudir a la universidad, ya que estaría vuelta loca entre pañales, estrictos horarios de alimentación y llantos interminables.
Aun así no podía esperar a tenerlo en sus brazos. Desde que se enterara de su embarazo había tenido tiempo de sobra para encariñarse con la pequeña criatura que crecía en su interior. Y su familia completa también.
Checó un par de correos en su ordenador portátil de color azul y después, se levantó a la cocina para poner en la olla un poco de pasta y darle de comer a Marshmallow. Hans no tardaría en regresar del trabajo y era mejor tener algo preparado, porque seguro estaría hambriento.
Mientras los espaguetis se cocían, volvió a la computadora y se metió en Amazon a mirar las cosas de maternidad. Últimamente los paquetes del famoso portal de ventas no habían parado de llegar al apartamento. Comprar allí era como una adicción y aunque le avergonzaba un poco decirlo, la holgada cantidad que sus abuelos le depositaban en el banco mes con mes estaba permitiéndole solventarla.
Tendría que moderarse un poco más o lo despilfarraría todo, pero es que los artículos de bebé eran tan lindos.
Estaba mirando un corral con dibujos de gatitos cuando escuchó que la puerta se abría.
Elsa levantó la cabeza y sonrió cálidamente cuando su novio ingresó, colgando las llaves en un ganchito cercano junto con su chaqueta. Su cabello pelirrojo levemente despeinado y su camisa arremangada denotaban que venía cansado, pero lo hacían ver más apuesto que nunca. De inmediato se levantó de donde estaba y fue a recibirlo con un beso en los labios que él no tardó en profundizar.
No perdía esa costumbre de querer hacerla perder el control.
—¿Cómo te fue en el trabajo?—le preguntó, apenas le concedió un respiro. Sintió sus manos grandes sosteniéndola firmemente del talle.
—Igual que siempre, Eugene jode mucho—la platinada rió ante la mención de su amigo—, pero todo está en orden. Papá ha estado muy satisfecho con el funcionamiento de las cosas, eso me satisface.
—Me alegro—Elsa se puso de puntitas y le besó la comisura de la boca—. ¿Tienes hambre? Hice un poco de pasta—sin esperar a que respondiera, lo tomó de la mano y tiró de él hacia la cocina de estilo minimalista que se apreciaba entre la barra que dividía la sala de estar y esa estancia—, solo hay que agregarle un poco de queso y va a… ¡oh no!—exclamó, al ver que el vapor se desprendía excesivamente de la olla con el mencionado alimento.
Rápidamente apagó la estufa pero era tarde. Apenas abrió la cacerola vio que los espaguetis se habían puesto negros. La muchacha hizo un puchero que a Hans le pareció adorable y no pudo evitar reír.
—Demonios copo de nieve, tal parece que voy a tener que enseñarte lo básico de nuevo ¿no?
—¡No es mi culpa! Es que me puse a ver unas cosas en Amazon y no me di cuenta…
—En Amazon, ¿eh? ¿Qué compraste esta vez, rubita?—Hans acarició su mejilla con cariño—Si sigues así no le van a caber más cosas a la habitación del bebé. Ustedes las mujeres y las compras online no deberían congeniar tanto.
—Oh, solo compro lo necesario. Sabes que quiero que el bebé tenga de todo—se justificó Elsa frunciendo el ceño y removiendo el inútil contenido de la olla. Suspiró—. Cielos, ahí va nuestra cena.
—Creo que por ahora prefiero pasar directo al postre—el cobrizo la volvió a tomar entre sus brazos fuertemente y la acorraló contra un muro, pegando su cuerpo al de ella.
La blonda llevaba puesta únicamente una de sus camisas, que dejaba ver sus largas y desnudas piernas y se tensaba ligeramente contra lo redondo de su vientre. La besó profundamente de nuevo, metiendo su lengua en su boca y excitándose al escuchar su gemido. Sus manos se movieron raudas para desabotonar unos cuantos botones de la camisa, ingresando para acariciar la curva de su estómago y acunar sus pechos.
Elsa volvió a gemir cuando sintió como uno de sus pezones era apretado entre su pulgar y su índice, siendo estimulado con maestría. Los labios de su amante se deslizaron a lo largo de su cuello hasta llegar al inicio de sus pechos.
—Eres tan deliciosa—murmuró el pelirrojo con voz enronquecida—, me encantas…
Una oleada de excitación recorrió a Hans cuando sus palmas volvieron a recorrer los pálidos senos de la chica, más henchidos y apetecibles que nunca. El cuerpo de Elsa había tenido cambios fascinantes con el embarazo. Su delgada figura tenía curvas nuevas que le encantaba recorrer cada noche y su hermoso rostro estaba radiante, con la mirada resplandeciente y una sonrisa distinta a todas las que en ella había visto antes.
Era verdad lo que mencionaban, acerca de que la maternidad cambiaba a las mujeres. Su mujercita estaba encantadora y no podía esperar a tomarla de nuevo.
Elsa se arqueó y echó su cabeza hacia atrás cuando la boca del pelirrojo descendió más para atrapar uno de los capullos rosados que coronaban sus pechos. Su lengua trazó el contorno de la areola a la vez que sus manos recorrían su vientre y su trasero de manera suave y lenta. Debía ser cosa de las hormonas, porque lo cierto es que lejos de disminuir con el embarazo, su apetito sexual se había intensificado y juntos habían probado unas posiciones de lo más interesantes en su estado.
No aguantaba más. Quería que la llevara a su habitación y la tomara como solo él sabía hacer…
El sonido del timbre los sobresaltó por completo.
—¡Mierda!—exclamó Hans apartándose de ella, que de inmediato se cubrió con la camisa.
La vio ante él, con las mejillas rosas y los labios hinchados, levemente despeinada y sus ojos azules oscurecidos de ansia… oh, como la deseaba.
—Ve a la habitación y espérame, voy a deshacerme de quien quiera que esté allá afuera—le dijo con la voz aún ronca por la excitación, pasando la yema de un dedo por su blanca mejilla y comiéndosela con las pupilas.
Por Dios que estaba preciosa.
Elsa se encaminó hacia su dormitorio obedientemente, en tanto él acudía a ver quién tocaba. De seguro era otro paquete de Amazon. Despacharía rápidamente al cartero y después entraría en la alcoba para enredarse con la platinada hasta desfallecer.
La manera más gloriosa de empezar un fin de semana.
Abrió la puerta y sin previo aviso, un montón de personas entraron en medio de risas, exclamaciones y parloteo, quitándolo de en medio como quien pasa a su propia casa. El colorado les miró con incredulidad.
—¡Muy bien, chicas! Es hora de arreglar este lugar. Pongan el pastel en la barra y cuelguen los adornos en las ventanas, yo voy a acomodar los recuerditos aquí, ¡y no se olviden de la mesa de regalos!—Rapunzel comenzó a dar órdenes alegremente a sus acompañantes—Será mejor que empieces a preparar las piñas coladas de una buena vez, Oaks. Estas muchachas no se van a embriagar solas, pero recuerda, sin vodka para Elsie, ¿eh?
Anna soltó una risita estúpida y fue dando saltitos hasta el dormitorio donde lo esperaba Elsa, sin siquiera pedir permiso. Hans reconoció al tipo grande y rubio para el que su novia trabajaba antes (y que ahora era el único hombre en el apartamento aparte de él), yendo amaneradamente hasta la cocina.
—¿Q-qué demonios?—masculló, mirando con un enojo incipiente todo el movimiento que se había desatado en su propia vivienda.
Oaken había sacado la licuadora y unos cuantos ingredientes para preparar cócteles de una bolsa del supermercado que traía con él. En el pequeño comedor, Mérida acomodaba un montón de paquetes envueltos en papel de fantasía, mientras que Rapunzel ponía un pastel en forma de cigüeña en la barra de la cocina y vertía papas fritas y otros snacks en platitos que había sacado de las gavetas. Incluso las amigas de ese nerd de Tadashi habían venido; la coreana ruda y la jirafa con lentes que se la pasaban en el café con él y ahora colgaban adornos ridículos en las paredes.
Todos lo ignoraban por completo.
—¡¿Pero qué mierda?!—exclamó y luego se dirigió a quien parecía ser la responsable de ese desastre—¡A ver, hippie! ¡¿Qué significa todo esto?!
—¿Pues qué más? Estamos preparándolo todo.
—¡¿Para qué?!
—¡Para el baby shower, desde luego!—Rapunzel sonrió animadamente y su cabello se agitó cuando dio un saltito en su lugar.
Su melena había vuelto a crecer en esos últimos años hasta llegarle casi hasta la cintura y volvía a lucir su tono rubio dorado original. En esos momentos la tenía atada en una trenza floja y llena de flores de colores que le daban un aspecto extravagante.
—¿Cómo que baby shower? ¡Nadie me avisó de un maldito baby shower!
—¡Duuuuh!—Rapunzel terminó de vaciar el contenido de una bolsa de nachos y la arrojó al bote de basura, fallando—Obvio no, era un secreto. Quisimos sorprenderlos con una fiestecita para el bebé, ¿a poco no está de lujo? ¡Hasta Eugene me ayudó a hacer las decoraciones!
—Fiestecita mis cojones… un momento—Hans reaccionó al escuchar el nombre del castaño y de repente recordó lo que le había dicho en la oficina. Ese pusilánime hippie de mierda—, ¡hija de puta! ¡Planeaste todo esto con él!
—Je je je je je, ¡sí!—Rapunzel rió descaradamente.
Unas guirnaldas con estrellas azules habían quedado colgando de las paredes, y la mesa de café de la sala de estar ostentaba ahora tres enormes globos del mismo color en el centro.
—Vas a decirle a estas locas que se marchen y regresen otro día, ¡y tú también! ¡Qué demonios! Merezco estar tranquilo en mi propia casa. Elsa y yo ya teníamos planes para esta noche.
—Déjate de joder Hans, ni sueñes con que nos vas a echar—lo atajó Mérida amenazadoramente desde su lugar—, no me puse a envolver todos estos ridículos regalos para nada. No me importa si te urge cogerte a Barbie o lo que sea, ¡vamos a tener esta estúpida fiesta y punto, así que deja de ser un maldito hijo de perra!
Todas las chicas junto con Oaken dejaron escapar exclamaciones para mostrarse de acuerdo con la pelirroja.
—¡Váyanse al carajo, tontas!
Adiós a su noche de pasión con la rubia.
Y hablando de la reina de Roma… Elsa apareció en ese instante siendo arrastrada por Anna y se sorprendió al ver todo lo que sus inesperadas visitas habían preparado.
—Oh, cielos—musitó mirando hacia todos los rincones.
—¡Esto es para ti amiga! Le trajimos muchos regalitos al bebé—Anna sobó su pancita de manera cariñosa—, los chicos también te mandaron obsequios, ¡y tienes que ver lo que compramos entre todos! Hay muchos pañales esperando en la mesa.
—Oh, Anna—la mirada de la blonda se cristalizó, súbitamente emocionada. Las hormonas volvían a hacer de las suyas—, muchas gracias. No tenían porque molestarse…
—No es nada, amiga—la colorada la abrazó—, lo que sea por este pequeñín. ¿No es así, Hans?—le lanzó una mirada de advertencia al aludido que solo bufó.
—Creo que será mejor que vaya a cambiarme—dijo Elsa.
—Sí por favor, mírate nada más—Mérida la señaló con sorna, reparando en la camisa que apenas y cubría lo necesario y lo despeinado de su trenza—, ya ni disimulas que estuviste fornicando con el principito. Carajo, ustedes son como dos animales en celo, no aprenden nunca.
El apartamento se llenó de risas que hicieron enrojecer violentamente a la albina. Rápidamente se dio la vuelta y corrió a la seguridad de su dormitorio siendo seguida por Anna, quien antes de ir tras ella tomó uno de los paquetes de la mesa de regalos.
Momentos después, la futura y joven madre salía de allí luciendo un favorecedor vestido de maternidad nuevo, regalo de su mejor amiga.
Hans la analizó con sus ojos de pies a cabeza, deleitándose con la manera en que la prenda de color esmeralda parecía abrazar cada una de sus nuevas curvas. Suspiró por lo bajo. Lo que daría por quedarse a solas con ella para arrancársela de encima.
Vio como sus amigas la hacían sentarse en el mullido sofá de estilo moderno y se levantó de donde estaba. Esa era su señal para salir.
—¿A dónde vas?—le preguntó Anna, a la vez que su novia lo miraba con curiosidad.
—Por una cerveza o algo, no me voy a quedar aquí a ver toda esta locura. Pasaré a visitar a mi perro o a ver qué.
—Oh, ¡pero si el baby shower también es para el padre!—exclamó Rapunzel, siendo secundada nuevamente por las demás.
—¡Oigan, esto ya es bastante! Van a tener su fiestecita marica, pero ni sueñen con que me voy a quedar para verlas hacer el ridículo. ¡Esto es cosa de mujeres! Y si alguna piensa que voy a permanecer para mirar como se vuelven locas, está muy equivocada. ¡No, no y definitivamente no!
—¡Qué te calles y te sientes, estúpido!—Mérida tomó uno de los adornos que reposaban en la mesita de café y se lo lanzó a la cabeza después de gritarle, haciéndole soltar un alarido.
Las risas se desataron de nuevo.
Hans se sobó la cabeza con los dientes apretados y antes de que pudiera hacer nada, sintió las fuertes manos de Oaken en sus hombros obligándolo a ir junto a Elsa y sentarse, cual matón profesional.
Luego colocó frente a todos una bandeja llena de piñas coladas, que las muchachas no se demoraron en tomar.
—¡Pues que empiece el baby shower!—exclamó Anna con esa vocecita que le reventaba los tímpanos.
Jamás se acostumbraría a los chillidos de esa enana. Las demás emitieron exclamaciones de alegría y el cobrizo se preparó para esa pesadilla que prometía extenderse por horas.
A su lado, Elsa le sonrió. Solo por ella valía la pena aguantar ciertas cosas.
Tomada de la mano de su novio y sintiendo como la otra la conducía desde su espalda baja, Elsa ingresó a The Lucky Cat cuidadosamente. Con siete meses de embarazo no se podía mover igual que antes; su vientre se había hinchado considerablemente y pese a que amaba saber que su bebé estaba creciendo fuerte y sano, la verdad era que con eso venían varias incomodidades.
Pero todo eso valía la pena solo por el bienestar de su pequeño.
—Siéntate aquí, amor. Iré a la barra a pedirte algo—Hans la ayudó a ocupar un asiento junto a la ventana—, ya deben estar haciendo tu chocolate.
—¿Para qué crees que Rapunzel nos haya citado a todos aquí?—inquirió ella con curiosidad.
—Conociendo a esa hippie, podría tratarse de cualquier estupidez—respondió él con sarcasmo.
Elsa sonrió y negó con la cabeza. Sabía que el muchacho solo hablaba así por costumbre, pero en el fondo apreciaba a todos y cada uno de sus amigos tanto como ella. Especialmente a Eugene y Rapunzel por haberlos ayudado a reencontrarse años atrás. Era un alivio que ellos lo supieran también.
—Joder, ¡odio estar en mi período!—una atronadora voz se escuchó desde la entrada.
Mérida acababa de entrar junto con Lars, que había estado de visita en su casa. La expresión en los redondeados rasgos de la chica era más amenazante que nunca.
—Entre mi madre y este dolor de ovarios me van a volver loca, ¡y tú tienes la culpa de eso!—enterró el dedo índice en el pecho de su pareja.
—¿Yo? ¿Yo que tengo que ver con tu período? ¡Auch!—la joven lo golpeó en el hombro.
—Cállate, ve a buscarme un capuchino—Mérida se sentó frente a Elsa sin saludar y desfachatadamente, como era su costumbre—y también panquecitos de arándano. Maldición, esto es como tener una masacre en mi vagina. Tienes suerte de estar preñada Barbie, al menos tú no has tenido que desangrarte en meses por entre las piernas. Dios, ¡qué pesadilla!
—Tan gráfica como siempre, eres el vivo retrato de la femineidad—dijo Hans con sarcasmo.
La pelirroja le arrojó un salero a la cabeza.
Anna, Kristoff y Olaf atravesaron en ese momento las puertas. La chica de trenzas se dirigió a su mesa con entusiasmo.
—¡¿Qué creen que nos quiera decir Rapunzel?! ¡Me dijo por mensaje que tenía una noticia emocionante que darnos! Oh Dios, ¿estará embarazada como tú, Els? Porque si es así tendremos que organizar otra fiestecita, je je je je.
—Yo tengo una pregunta, ¿ustedes son uno de esos raros grupos que mantiene relaciones entre tres? Porque siempre están juntos y eso es súper extraño—Mérida la señaló junto a sus acompañantes con obvias intenciones de molestar.
—Yo tengo una pregunta mejor, ¿tu madre te dejó caer de pequeña? Porque siempre que abres la boca solo sale mierda y eso, bueno eso no es extraño para nada la verdad—dijo Anna socarronamente.
Su rival gruñó e hizo ademán de levantarse para presuntamente golpearla, siendo contenida a tiempo por Lars.
Tadashi se acercó a tomarles las órdenes y de paso, hizo la misma pregunta que todos se estaban haciendo. Sin embargo nadie parecía tener ni una pista del motivo de tan inesperada reunión.
En ese momento, Rapunzel y Eugene entraron tomados de la mano y más animados que de costumbre. La ojiverde parecía especialmente emocionada.
—¡Amigos, qué bueno que están aquí! ¡Tenemos la más maravillosa noticia que darles!—anunció dando saltitos en su lugar.
—¿Estás embarazada?—inquirió Anna.
—¡No!—Eugene respondió por ella escandalizado y luego se volvió a la rubia con nerviosismo—¡Punzie, dile que no es eso! ¿O sí?—de pronto parecía muy asustado.
—No, no, no, tranquilo, je je, tú ya sabes porque estamos aquí—la chica le tomó una mano y se la palmoteó—, respira. ¡Qué susto! Je je je.
—Uff, sentí que se me bajó el azúcar, mujer. En serio Punz, si alguna vez quisieras darme esa clase de sorpresa, está claro que esta no sería la manera indicada. Pero que digo, nosotros no somos tan estúpidos como para tener un bebé a estas alturas, ¿te imaginas? Seríamos unos ineptos, je je—Elsa y Hans lo miraron de manera asesina—, no que ustedes sean unos ineptos, bueno, tú no Elsie… lo que quiero decir es… es…
—¡Ya deja de balbucear y dígannos porque estamos aquí!—reclamó Mérida.
—¡Cierto! No lo van a creer muchachos, pero un cineasta alemán se puso en contacto con Flynn después de ver su último cortometraje. Miró también los vídeos de su canal ¡y ahora quiere que escriba un guion para una de sus películas! ¡Este es un gran paso para cumplir su sueño de ser un gran director algún día!
Todos dejaron escapar exclamaciones de alegría y emoción, muchos de ellos felicitando al castaño.
—Sí y eso no es todo, ¡Flynn y yo nos vamos de viaje relámpago a Alemania para conocerlo! Y tal vez pasemos por unas cervezas—canturreó Rapunzel con alegría.
—Eso es genial Eugene, estoy muy feliz por ti—le dijo Elsa sonriendo de manera sincera.
Otra ronda de felicitaciones se hizo escuchar para el pardo.
—Se los agradezco a todos, viejos. Estoy muy emocionado. Caray, siento… siento una emoción aquí en el pecho…
—No te pongas a llorar, idiota—le dijo Hans.
—Sí viejo, no seas marica. Mejor vamos a celebrar—añadió Lars—, ¿saben qué? Pónganse cómodos, ¡yo invito una ronda de cervezas!
—Eh, aquí no vendemos alcohol—Tadashi lo miró con el ceño fruncido.
—Pues entonces que sean cafés, ¡y trae panquecitos para todos!
Un grito general de alegría se hizo escuchar y a continuación juntaron varias mesas para sentarse y conocer más detalles acerca del inesperado viaje que emprendería Eugene mientras festejaban. Nadie dudaba que le iba a ir muy bien.
Su peculiar celebración se prolongó por horas, eran buenos amigos conviviendo a pesar de sus diferencias.
—Bien amigos, fue genial compartir esto con ustedes, pero Punzie y yo tenemos que irnos o se nos hará tarde para nuestra terapia en grupo. Ya llevamos tres días limpios, viejos. ¿Pueden creerlo?
—Odio esa sensación y odio esa estúpida terapia de grupo, ¡todo es tan aburrido! Esa gente reprime mi creatividad y también la tuya, ¡y lo sabes!—Rapunzel miró ceñuda a su novio.
—Vamos, vamos florecita, no necesitamos fumar nada para ser creativos. Sabes que le prometí a mi tío que asistiría a la terapia o no dejará que vaya a Alemania de nuevo, ¡no puedo hacerlo yo solo!
—¡Lo sé, lo sé!—Rapunzel suspiró y dejó caer su frente contra la mesa—Tu tío es tan cuadrado, a mis padres ni siquiera les importó. Hasta me confesaron que en algunos viajes de negocios han hecho lo mismo, que pillines.
—Sí Punz, pero tus padres están locos. Te dejaban con tu tía cuando eras niña y mira como está esa mujer—dijo Kristoff.
—¡Da igual! No tiene nada de malo relajarse de vez en cuando.
—Sí, de vez en cuando, no todos los días cada media hora—agregó el blondo dándole una colleja.
Todos volvieron a reír haciendo que la muchacha dibujara un puchero. Alguien le arrojó una servilleta hecha bolita a la cabeza y volvió a estrellar su cabeza contra la mesa.
—Andando Punz, sabíamos que esto no duraría para siempre. Debes superar ese vicio.
—¡Tú me metiste en ese vicio!
—Y ahora te voy a sacar de él, lo juro. ¡Vamos, preciosa!
—Maldición, como amo a este hombre. Las cosas que me haces hacer por ti Flynn, francamente.
La rubia tomó la mano del castaño y se despidieron para encaminarse a la salida.
—¡Vamos muchachos, ustedes pueden! Díganle no a la hierba—Anna los animó hasta que cruzaron las puertas del local—, pobre Punzie, realmente la va a echar de menos ¿eh?
Los demás volvieron a reír.
—¡La habitación del bebé va a quedar preciosísima en cuanto terminemos con todas las decoraciones! Me encantan las cosas que has comprado por Internet, amiga—Anna parloteaba como era su costumbre, mientras desenvolvía otro paquete de Amazon y sacaba varios juguetes—. Caray, no sabía que se vendiera tanto de esto en esa página. Un momento, todo esto es para que lo use un niño de dos años.
Sentada en la mecedora que se balanceaba en un rincón, Elsa se encogió de hombros y jugueteó con su trenza.
—Es que quiero que tenga de todo para cuando vaya creciendo—se justificó.
Sabía ahora más que nunca que debía ponerle un límite a las compras online.
—¡Esto es tan adorable! Hasta le compraste un libro de cuentos—Anna abrió un volumen ilustrado justo en la página donde comenzaba el relato de La Reina de las Nieves, que mostraba a una mujer pálida, hermosa y con una corona de hielo en medio de una nevisca—, vas a volverlo un adicto a la lectura como tú. ¿Escuchaste eso, bebé?—se acercó a la barriga de la rubia, ya de nueve meses y más abultada que nunca—Tu mamá te leerá todas las noches antes de dormir.
Elsa rió y acarició su vientre junto a la pelirroja.
—¡Dio una patada!—exclamó Anna con alegría.
Cuanto iban a querer a ese pequeño.
—Oye Anna, no es por ser aguafiestas ni nada, pero ya sabes, sería genial que me echaras una mano por aquí en vez de estar desenvolviendo cosas—desde el otro lado de la habitación, Eugene terminaba de ensamblar un moisés que no se veía muy estable.
Hacía poco que él y Rapunzel habían vuelto de su viaje a Alemania y a pesar de que todo había ido a pedir de boca, él se empeñaba en mantener los detalles del guion cinematográfico que le habían encargado en completo secreto, que no se desvelaría sino hasta el estreno de la película.
En ese instante estaba ayudando a llevar a cabo los últimos preparativos de la habitación del bebé. Tanto el castaño como la pelirroja se habían presentado allí esa mañana para hacerlo, ya que no tenían nada mejor que hacer.
—Meh, tú puedes con eso—la colorada hizo un gesto despreocupado con la mano—, mira, ya casi logras que se sostenga. Anda, esfuérzate un poco más, no hagas que mi amiga se arrepienta de haberte escogido como el padrino de este pedacito de amor—palmeó la barriga de Elsa cariñosamente.
—"Pedacito de amor", demonios chica, a veces tu forma de hablar me da un poco de escalofríos—el joven arqueó una ceja—, además tú vas a ser la madrina, no te haría daño mover un poco el trasero.
—¡Eso hago!
—Ricitos tiene razón mujer, eres demasiado holgazana. ¿Quieres sostener esto? Estoy seguro de que falta una pieza…
Anna fue hasta donde se encontraba y sostuvo el moisés que parecía estar a punto de caerse en cualquier momento.
—Maldición Eugene, ¿qué es esto? ¡El bebé se va a caer si lo ponemos aquí! ¿No leíste las instrucciones?
—¡Pues no sé leer coreano! Es el problema de comprarlo todo por Internet, todos los instructivos están en idiomas de los que nadie sabe nada.
—Excepto los coreanos.
—Como sea, no entiendo una mierda de lo que dice aquí.
—¡No sueltes palabrotas! Te va a escuchar el bebé.
—¿Es en serio, Anna?
La cobriza le arrebató el folleto instructivo y le dio una colleja con él, haciendo que se sobara la nuca con un gruñido.
—Joder, no puedo leer nada de esto—dijo al echarle un vistazo, dándole la razón al pardo.
—¿Por qué no le llamas a Ricitos? Se ve que él es más de trabajo manual y todo eso.
—Debería, Kristoff sabe muy bien como arreglar estas cosas. Mi hombre sí que sabe como construir de todo y también tiene muchos talentos adicionales, si saben a lo que me refiero—Anna movió las cejas sugestivamente con una sonrisita perversa, que hizo que sus acompañantes rodaran los ojos.
Elsa sintió una humedad empapándola bajo la falda de su vestido blanco con bordados amarillos y miró alarmada hacia el suelo, en donde un gran charco de líquido comenzaba a extenderse.
—Creo que ese tornillo va por aquí, así—Anna cogió una pequeña pieza, ignorante de lo que ocurría con la rubia y lo colocó al azar en un punto bajo la cunita que estaban haciendo.
—¿Cómo crees que va a ir allí? No encaja para nada, mujer.
—¿Y quién dice que no?
—¡Lo dice en el diagrama!
—¡Dijiste que no sabías leer coreano!
—¿Qué hay que leer? ¡Es un maldito dibujo!
—Chicos… —Elsa trató de llamar su atención, sintiendo como una contracción repentina la paralizaba de la cintura hacia abajo.
—¡Pues al carajo! Ni sé porque tuvimos que comprar esta cuna rara, ¿a quién se le ocurrió?
—A Punzie, la vio en Ebay.
—Bueno, pues de seguro otra vez estaba fumándose algo que tú le diste, porque esta cosa no va a funcionar, no señor—Anna negó con su dedo índice y luego recibió un tironcito en una de sus trenzas.
—Oye, muestra más respeto hacia mi chica. Tú no eres precisamente un ejemplo de seriedad, más bien pareces un hobbit que se queja demasiado.
—¡Hey, hey! Cuidado con mi cabello, hippie—la pelirroja le tironeó de la barba y ambos empezaron a empujarse infantilmente.
Elsa tuvo ganas de suspirar y llevarse una mano a la frente.
—¡Oigan!—bramó, en medio de otra contracción.
—¡¿Qué?!—ambos voltearon a verla de nuevo.
Elsa se sostuvo el vientre con ambas manos y comenzó a respirar entrecortadamente.
—Mi bebé va a nacer—anunció con el rostro más pálido de lo normal.
Basto con decir aquellas palabras para que las expresiones de sus amigos se descompusieran. Rápidamente se incorporaron del suelo y se pusieron a andar con nerviosismo por toda la habitación, que estaba llena de cosas.
—¡Es hora, es hora! ¡Ay, por Dios! Amiga respira, ¡respira!—Anna corrió a su lado poniéndose más ansiosa de lo que ella estaba—¿Estás bien? Recuerda los ejercicios que practicamos en esa clase para embarazadas, te acuerdas ¿no?
Elsa asintió con la cabeza controlando su respiración, en tanto Eugene se paraba en frente y miraba el derrame de su fuente que había empapado la alfombra.
—¡Oh mierda! Mierda, mierda, mierda, mierda, ¡¿qué pasa?! ¡Es la primera vez que me ocurre esto! ¡¿Qué vamos a hacer ahora?! ¡¿Qué vamos a hacer?!
—Deberíamos llamar a Hans—sugirió Anna.
—¡Cálmate mujer! ¡Cálmate!—exclamó el castaño histéricamente, haciendo que las dos lo observaran con los ojos abiertos como platos—Ok, ok, tranquilos, tranquilos todos. ¿Q-qué hacemos ahora?
—¿Ir al hospital?—dijo la bermeja.
—¡Claro!—entre los dos tomaron a Elsa de cada mano y la ayudaron a incorporarse, la pecosa había empezado a reír nerviosamente—Rápido Anna, toma esa bolsa de maricas y salgamos de aquí.
La pelirroja tomó con rapidez la enorme pañalera de Hello Kitty a la que se refería el muchacho y se la colgó al hombro. Ambos tomaron a Elsa en brazos para levantarla del suelo sobresaltándola.
—Esto no es necesario—chillo, sosteniéndose con fuerza del cuello de cada uno.
—No te preocupes amiga, ¡vamos a tener a ese bebé!
—Sí Elsa, ya cálmate, ¡no entres en pánico, por el amor de Dios!
—No entres tú en pánico—le dijo ella a Eugene con el ceño fruncido y luego gimió por otra contracción—, maldición, siento que voy a reventar en cualquier momento. Alguien llame a Hans.
—¡Le llamaremos en el camino! ¡Vamos!—con la blonda en volandas, Anna y Eugene salieron disparados hacia la salida del apartamento.
Precipitándose por las puertas de entrada del hospital, Hans irrumpió en la recepción preguntando por su novia. La encargada lo envió directamente a una pequeña sala de espera cerca del área donde se atendían sus partos, en la que encontró a sus padres con Eugene, Anna y el novio de esta última.
—¿Dónde está?—fue todo lo que pudo preguntar, respirando entrecortadamente.
Tan pronto como había recibido el escandaloso mensaje de voz de la pelirroja, había corrido a su auto y atravesado media ciudad tan rápido como le fue posible. Los nervios se lo comían completo.
—Ya ha entrado en labor de parto—Idun lo tomó del brazo y lo condujo hacia las puertas dobles donde lo aguardaba una enfermera—, es mejor que vayas querido. Ella te necesita.
No hizo falta que se lo repitiera dos veces. Tomó la bata esterilizada que le ofreció la enfermera e ingresaron a la sala en la que yacía Elsa, recostada en una camilla, respirando agitadamente y con una mueca de dolor cruzando por sus preciosas facciones. Como le dolía verla sufrir así.
—Hans, viniste… —murmuró con dificultad apenas lo hubo visto.
El cobrizo le tomó una mano y le besó la frente.
—No iba a perderme este momento por nada del mundo—le dijo tiernamente—, ¿estás bien?
Elsa hizo otra mueca de pena al enfrentarse con una nueva contracción.
—Lo estaré tan pronto acabe con esto… Dios mío, nunca imaginé que dolería tanto.
Hans volvió a besarle la coronilla, acariciando su pelo y apartando un par de mechones rubios de su frente, por la que comenzaban a surgir unas gotitas de sudor. Realmente había llegado la hora.
El doctor y sus asistentes se pusieron en posición y entonces, Elsa comenzó a pujar siguiendo sus instrucciones. Su pequeña mano apretó con fuerza la suya, soltando alaridos terribles.
Hacía tanto tiempo que Hans no se sentía tan impotente; viendo como su amada sufría sin poder hacer nada por calmarla. Una de las enfermeras le mencionó que no había querido tomar la epidural para calmar sus dolores.
Hasta cuando estaba a punto de convertirse en madre, la muchacha era una terca.
—Ya casi acabamos aquí, querida—escuchó decir al doctor como si estuviera a una distancia muy lejana, de repente todo aquello le parecía un sueño—, solo puja una vez más. Fuerte.
Elsa apretó los dientes y pujó poniendo todo su empeño, soltando el grito más terrible que le había escuchado hasta entonces.
El llanto atronador de un bebé rompió la tensión que se sentía en el lugar.
Rápidamente, el médico lo tomó en brazos y lo llevó al área de reconocimiento de la estancia, donde lo revisarían y le limpiarían los fluidos que cubrían su cuerpecito. Al escucharlo, Hans se sintió como si repentinamente el suelo desapareciera bajo sus pies.
Su hijo estaba llorando y era el sonido más maravilloso que había escuchado jamás.
Aturdido, volvió a besar la frente de Elsa y luego busco sus labios. La joven tenía el rostro aperlado de sudor y lucía exhausta, pero aun así no despegaba con ansias sus ojos azules del doctor y sus asistentes, buscando a su bebé.
—Hans… ¿él está bien?—preguntó, inquieta.
El aludido le acarició las mejillas, buscando tranquilizarla. Una enfermera se acercó para limpiar la cara de la rubia con un trapo humedecido y la ayudó a acomodarse en la camilla.
—Les felicitó a los dos, es un niño muy saludable—el doctor volvió a su lado con un pequeño bulto envuelto en mantas azules—, está en perfectas condiciones.
Elsa recibió a su bebé, ya limpio y más tranquilo, entre sus brazos, con una expresión conmocionada en el rostro. Su mirada azul se cristalizó al observar a la pequeña criatura que tenía entre sus brazos. Una capa muy fina y escasa de pelo rojizo le cubría la cabeza, mientras que dos ojitos nublados le devolvieron la mirada.
Su hijo era el ser más perfecto en el mundo.
—Oh, mi amor—sollozó, al tiempo que besaba su cabecita y él volvía a llorar—, ya estás aquí, ya estás con nosotros… te amo.
Hans miró con fascinación el rostro y las manitas del bebé que asomaban entre su frazada, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. Nunca antes había sentido una emoción tan grande como la que lo embargaba ahora.
Pensar que juntos habían hecho a esa personita tan hermosa y vulnerable lo llenaba de miedo y felicidad al mismo tiempo.
Elsa arrulló al pequeño contra su pecho y recargó su mejilla contra su cabeza.
—Míralo Hans—murmuró, con la voz quebrada—, es igual a ti. Mi pequeño príncipe.
El joven padre se agachó para besar al bebé y tomó una de sus frágiles manitas. Los diminutos deditos se cerraron con fuerza alrededor de su índice y entonces sonrió. No podía esperar a tomarlo en sus brazos, desvelarse por él en las noches, llevarlo a jugar al parque… había tanto que quería hacer por ese niño.
Y también había tantas dudas e inseguridades que de repente lo asaltaban, al recordar su propia infancia. Tenía un enorme miedo de equivocarse y terminarle fallando a su hijo.
Ahora tenía claro que amaba a su madre y lo amaba a él, que haría todo lo que estuviese en sus manos para protegerlo y darle todo lo que necesitaba sin repetir los propios errores de sus padres, pero observándolo con atención y reparando en lo pequeño que era, en cuan delicado se veía, no podía evitar preguntarse… ¿sería eso suficiente?
Continuará...
Nota de autor:
Hola, hola, calabacitas del Helsa. ¿Cómo están pasando la tarde? :D O noche, no sé a que hora lean esto. xD
Pues ya hemos llegado al maravilloso epílogo, el cual resultó estar cargado de sorpresas. ¡Y las que faltan! Había tanto que contar aún que decidí dividirlo en dos partes, por lo que el próximo lunes ya podremos despedirnos definitivamente de "Bajo el mismo techo". ¡Sentimientoooooooos! T-T
Miro hasta donde llegamos y no puedo creer como avanzaron las cosas, en especial si me pongo a leer los primeros capítulos. ¿Se acuerdan de como inició esta historia? Con Elsa y sus malos presentimientos, toda una adolescente amargada y ahora mírenla, ¡si ya hasta es mamá! (Y adicta a las compras por Amazon) :D Y ni que decir de nuestro suculento príncipe. Definitivamente ambos han pasado por mucho y han aprendido varias lecciones a lo largo del camino, ¿no creen? Y no solamente ellos.
Ari: Mi querida Ari, siempre gasta el final. :') Sí, no podía ser tan cruel como para hacer que los vuelos se cruzaran, fue un alivio que Hans recapacitara antes. xD Momentos de debilidad, ¿quién no los ama junto con un sabroso lemmon? 7u7 Soy muy mala por pervertir sus mentes (¡qué va! Esas ya estaban mal desde antes que me apareciera por aquí LOL). Me alegra mucho que el final haya cumplido con tus expectativas y créeme cuando te digo que también espero seguir leyendo tus hermosos reviews. :3
J. Marshmallow: Muchas gracias por tan halagadoras palabras, si hubiera Premios Helsa (así como los Óscares xD), yo también nominaría a muchas buenas historias y me sentiría honrada de recibir una estatuilla, jajaja. Muchas emociones que se vivieron en el gran final, empezando por el discurso romántico de Hans, si es un amor. *w* Por cierto, a mí me encanta Indiana Jones. Me imagino al pelirrojo todo sexy con un sombrero Fedora y un látigo y Elsa su valiente amante/némesis al estilo de Marion Ravenwood. Sería muy bueno. xD Si alguien se anima, ahí está la idea, jojojo.
SamanTha: Todos quisiéramos tener amigos como Punzie y Eugene, especialmente como Punzie si tienen mucho dinero. xD Pero ya en serio, amé escribir las aventuras de ese par de hippies, Tangled nunca me había llamado demasiado la atención, pero estoy empezando a querer mucho más a esta pareja después de escribir este Modern AU. Yo creo que muy en el fondo, Anna y Mérida son amigas, pero ya sabes, tienen que conservar las apariencias como chicas rudas que son. x3 El romanticismo estuvo a full con nuestros tortolitos en el capítulo anterior, en medio de miradas, bailes, besos, lemmon. 7u7 Agradezco el cumplido por cierto, no me considero experta en escribir ese tipo de cositas pero supongo que esta pareja saca el lado más perver de mí, jajaja. ¡Maldito Mickey! Se hace el difícil con el Helsa pero yo sé que al final dominaremos el mundo. :D
Pues nada gente, muchas gracias por mantenerse leyendo hasta estas instancias, de verdad que me animan un montón. Repito, no puedo creer que esto haya llegado tan lejos, ¡se suponía que iba a ser un fic más corto! xD
Nos vemos el lunes que viene para el final definitivo de esta historia. :')
