Sé que lo estoy haciendo al último minuto pero apenas tengo internet. Ni siquiera tengo línea de teléfono :'L


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Bad joke

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Harleen Frances Quinnzel era una estrella... estrella hablando esquemáticamente. Ella se encontraba en el pentágono central y los picos eran el resto de su vida para conformarla como un entero. Psiquiatría. Gimnasia. Estilo. Quejarse de su familia. Y Yo, en la punta, si me doy el gusto de presumir.

Después del asalto al Banco de Midland esa estrella que brillaba con fulgor se quebró, y el pentágono donde estaba Harley empezó a girar y girar como si no tuviera eje.

Pero primero habrá de empezarse por saber —aunque bastante fama tiene ya— quién era, y es, el Joker, aquel que la separó de mi lado.

En sus inicios su caso más conocido a nivel nacional fue una broma de mal gusto a unas oficinas gubernamentales donde envió por paquetería galletas escarchadas y cartas con talco de bebé con advertencias de estar infectadas con ántrax.

Después de lo que hizo en su camino a Midland pasó a otro nivel, de leyenda urbana pasó a caso para todas las agencias de investigación.

Sus crímenes le ganaron el señalamiento público desde el Capitolio a Metrópolis, de Ciudad Gótica a Ciudad Central, y una jugosa recompensa fue lanzada para atraparlo que sin embargo nadie consiguió cobrar por los rumores que corrían sobre él.

Para cada historia había un trasfondo escabroso, ya fuera una broma, una cicatriz, un par de cadáveres.

Si eras seguidor del Joker quizás podrías estar bajo su protección un rato, pero pediría continuas muestras de lealtad como apuñalarse entre amigos, incendiar una gasolinera por diversión, patear un perro… Una vez consiguió meter ardillas rabiosas a la congregación de una iglesia porque se negaron a venderle un segundo pastel después de comprar uno y lanzarlo a un feligrés. Le preguntaron para qué pagaba en lugar de solo tomar lo que quería, pero él era conocido por ser impredecible. Un día lanzaba billetes al aire, al siguiente rompía el aparador de una joyería por un reloj o cadena que le gustara, y al otro solo quería contagiar a alguien de rabia por no venderle un pastel.

La policía lo buscaba sin muchos ánimos de encontrarlo. El maniaco atrapó al sheriff de un condado vecino camino a Midland, lo empaló en el asta de la alcaldía dejándolo morir lentamente a vista de los aterrorizados pobladores, y al interior con ocho policías desmembrados hizo un extraño acomodo ritual para asustar a la prensa, y no conforme con ello había metido explosivos en el torso de los cuerpos programados para explotar en cuanto calculó los peritos llegarían a limpiar. Como resultado se sumó a la lista de heridos cuatro personas más del departamento forense y otro policía muerto.

El mundo estaba tan loco y la televisión era tan amarillista que para nosotros, pese a creer lo que sucedía, era demasiado bizarra su leyenda sobre asesinatos y extravagancias como lo era aún más que cómo criminal tuviera groupies cual rock star, y encima que se atrevieran estas a vencer su miedo por un polvo con el criminal de moda. Era excéntrico y absurdo, quizás más de la cuenta.

Harley se reía explicándome sobre su reprimida sexualidad para llevarlas a ese comportamiento, habló de Edipos, rebeldía, y no sé qué tantas cosas sobre síndromes y disociación para explicarme este fenómeno.

Debí haberla escuchado más atentamente cuando me hablaba de ello. Realmente debí haber puesto atención.

—Mira esas tontas enamoradas de ese sujeto, tan patéticas y deslumbradas—decía llenándose la boca de rosetas de maíz dulce en nuestras conversaciones de visita al cinema—. Buscan probarse algo a sí mismas…

Mi rubia compañera hablaba de lo mucho que los chicos lo admiraban y el deseo que producía en las féminas. Los niños le temían, los más audaces lo admiraban un poco también. Los adultos tenían miedo, pero para los adolescentes gamberros del cerebro como el de todo buen, estúpido y saludable adolescente, él era símbolo, un maremoto de rebeldía, sexo y demás tontería y media.

Nosotras éramos una fantasía recurrente entre los chicos de la escuela, una pelirroja y una rubia ardientes. Qué tonalidades tan hermosas para hacer contraste. Pero el Joker acabó con nuestra moda para hacerse tendencia.

Los profesores te mandaban a detención si te encontraban un J en el cuaderno. Y a la palabra F se le agregó la J. Cuando hacías algo malo con malicia y una oscura perversidad se decía que habías hecho una J.

Así lo escuchamos de una chica o chico desconocido que se atrevió a poner polvos pica pica en los tampones del baño de chicas. Esa fue una gran F "J", y da una buena excusa para llevar tus propios tampones en lugar de usar los de los baños públicos.

Cuando nos decían halagos y otras grosería Harley a veces les levantaba el dedo sin importarle la edad del imbécil, yo me burlaba con un chiste fino, pero Harley tuvo la mejor idea cuando me dio un beso un día frente a ellos y los marcó tanto al mismo tiempo que los encendió que cuando volteamos a verlos y descubrimos una erección en uno de los más cretinos no pudimos evitar señalarlo públicamente destornilladas de risa.

Nuestras bromas también eran pesadas.

Los viernes solíamos ir al cine como cualquier chica normal, la plaza comercial, helados, pizza y películas una o dos veces a la semana. Los padres de Harley la miraban cómo bicho raro cuando llegaba a casa con ejemplares como Helter Skelter o Saving Normal en lugar de aparecer con maquillaje y ebria a las puertas de su casa como otra adolescente.

Es decir, sí hacíamos eso pero tampoco nos daba la gana todos los días. Y comprábamos como locas tanto ropa como zapatos y libros.

Nosotras tomábamos cuando celebrábamos algo, fumábamos de vez en cuando, follábamos cuando en verdad nos gustaba un chico, pero noviazgos o distracciones fatuas no eran lo nuestro.

Mi mundo eran mis plantas, el verde vivo respirando a mi alrededor, la vida sana y exquisita.

Para Harley su mundo era la intrincada psique humana y sus misterios.

Yo me distraía con las nuevas variedades híbridas de mis flores, iba en la quinta generación de mis orquídeas.

A veces mientras abonaba mis matorrales ella me leía lo que encontraba en sus libros.

—¿Sabes que la fobia a los ombligos se le llama Omfalofobia Ivy?

Oh sí. Desde que mis frijoles germinaron en elemental y le encontré el gusto a la jardinería Harley me empezó a llamar Ivy.

—Que interesante querida, alguien que odiaría las playeras ombligueras a muerte

—Ajam

Yo me entretenía escuchándola poniendo música para mis plantas en mis propios estudios sobre el ritmo influyendo el crecimiento de mis enredederas exponiendo a dos helechos distintos a diferentes géneros de música con fines de investigación.

—Demonios, escucha esto. La fobia al color blanco se llama Leucofobia, como la raíz de la palabra misma

Harls era una chica inquietante. No le tenía miedo a las alturas como muchos de nosotros, al menos no a las alturas que nos deberían dar miedo, y quizás se debía a su entrenamiento de gimnasia en la que aún si se caía podía contorsionarse para rodar y no salir muy herida en el impacto.

Mi rubia solía colgarse de la viga del techo del porche a leerme, o de las del ático, abría su libro entrenando sus ojos para leer al revés tanto como practicaba con sus dedos ejercicios para aumentar su destreza mental y resolvía crucigramas.

Mi familia era tolerante con mis plantas y mis intereses, la familia Quinnzel con su hija no.

Para sus hijas su madre las había arrastrado por certámenes de belleza infantil durante años hasta que Harley dijo que necesitaba gafas para ver el pizarrón de la escuela y dejó de arreglarse el cabello haciendo que su desalineada apariencia desesperara a su madre dejando de llevarla a concursos al mostrarse con una actitud patosa que no sé si haya fingido o no.

A Harley le funcionó el juego porque volvió a usar escotes hasta que los pechos le crecieron y pasaron diez meses de su primera regla, justo a tiempo para nuestra primera incursión al centro comercial para comprar bragas y panties que hicieran juego con nuestra personalidad y de las cuales robamos las de encaje.

Un conjunto verde con florecillas para mí, uno negro y rojo para Harley con diamantes amarillos del que se enamoró al instante.

Sí. Ambas robamos una segunda vez después de eso. Ocultamos unas bragas en nuestro brasier en otra ocasión porque en verdad lucían increíbles y no teníamos efectivo para comprarlas sin ver afectadas nuestras actividades destinadas con antelación para nuestra mesada, otra vez…

Lo único que la Señora Quinnzel aún le comandó a Harley para apoyar en la casa si no gustaba de cuidar a sus hermanos o ayudar con las tareas del hogar, o participar en los certámenes de belleza para ganar el dinero del primer lugar, fue delegarle la tarea de pagar las cuentas sin robarse el dinero como su hermana.

Harley entornaba los ojos pero no se quejaba mucho al acompañarla al banco. Casi siempre después de pagar me encontraba con ella y salíamos a divertirnos el resto de la tarde.

Así fue nuestra rutina el fatídico día que la perdí para siempre, como uno normal de fin de semana donde iríamos por helado, pizza y quizás a jugar bolos.

Ese… ese fue el día en que el Joker llegó a Midland Town y decidió asaltar el banco de la ciudad.

Harley llevaba zapatillas, shorts a los muslos, un top, encima una camisa de franela abierta y el cabello recogido en dos colitas cómo le gustaba peinarse. Debió haberse entretenido haciendo bombas con la goma de mascar como hacía siempre que estaba aburrida con el libro en las manos haciendo la tarea atrasada de literatura con su ejemplar de Romeo y Julieta abierto y audífonos puestos escuchando la radio de su walkman o alguna de sus cintas. Iba formada para la fila de las cajas. Bastante campirano su aspecto esa ocasión.

Harley tenía quince años entonces y empezaba a despuntar que pese a que iría a crecer más no sería muy alta, como la mayoría de las gimnastas lo son, y nada de eso importaba porque estaba perfectamente proporcionada.

Ella debía estar tranquilamente quizás leyendo la muerte de Mercucio según me había dicho donde se había quedado de la obra, cuando un Impala de llamas verdes a los costados se detuvo frente al banco de Midland Town y de él bajaron cuatro sujetos con metralletas usando máscaras de payaso y trajes falsos de policías, ellos liderados por un sujeto muy blanco con el cabello pintado de verde vestido en una extraña mezcla de un criminal de cuello alto y un vagabundo. Y además, llevaba una pistola de plata en la mano.

Era el mismísimo Joker.

Entraron con estrépito provocando gritos, Harley escuchó los disparos más fuerte que la música de sus audífonos e instintivamente como los demás debió haberse agachado.

El Joker entró al banco con un desplante de orgullo y emoción.

—Bienvenidos al peor día de sus vidas perras —les dijo con una sonrisa autosuficiente, jocosa, mientras disparaba al techo haciendo que la gente se tirara al piso empezando a rezar por sus vidas.

Ese día caluroso de junio, en aquella visita al banco donde su madre la dejó en la fila mientras ella buscaba un teléfono público afuera para hablarle a su esposo sobre pasar a comprar guisantes y papel sanitario al supermercado de regreso a casa, en un solo descuido, su hija se volvió rehén en un asalto con metralletas ante el criminal nacional más buscado.

Por todo lo que habíamos oído Harley no iba a sobrevivir, no habría manera de que hubiera salido con vida de aquello. Pero lo hizo.

Y así fue cómo todo comenzó.

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