Author's notes: Well and here it is, the first chapter of 'En nombre del Amor' please give this adaptation a chance, it's good and cute.

I think you should know that the prologue takes part about 10 years AFTER the events that are about to unfold in the next 10 to 12 chapters, from this chapter on this is like a very long flashback. I just like to be a bit ambiguous con las fechas. So without further ado...

Forgive me it took me so long to update, but like I've said in the prologue la historia esta lista completita, completita, solo que me gustaria leer cada chapter antes de publicarlo porque quiero tratar de ver algun typo como llamar alguno de los characters por nombre o sexo equivocado.

Disclaimer: I do NOT own Mahou Shoujo Lyrical Nanoha and its characters, nor do I own the plot, the plot belongs to Nicholas Sparks and MSLN belongs to Masaki Tsuzuki.


Chapter 1

May 20-

—Dime otra vez Testarossa cómo es posible que haya accedido a echarte una mano con esto.

Signum, con la cara sofocada y sin dejar de refunfuñar, continuaba empujando el jacuzzi hacia el enorme hoyo rectangular recién excavado en la otra punta de la terraza. Le patinaban los pies; podía notar que le resbalaban las gotas de sudor por la frente hasta encarrilarse por las comisuras de los ojos, y que le provocaban un intenso escozor. Hacía calor, un calor espantoso, aunque fuera a principios de mayo. Un excesivo y horroroso calor, para estar allí realizando aquel trabajo, de eso no le cabía la menor duda. Incluso Zafira, el perro de Fate, había buscado cobijo a la sombra y no dejaba de jadear, con un palmo de lengua fuera.

Fate Testarossa, que empujaba la gigantesca caja junto a ella, se encogió de hombros como pudo.

—Porque pensaste que sería divertido —apuntó. Bajó el hombro y propinó otro empujón; el jacuzzi (que debía de pesar unos ciento ochenta kilos) apenas se movió unos centímetros. A ese paso, estaría colocado en su sitio algún día de la semana siguiente.

—Esto es ridículo —protestó Signum, sumando su peso al de la caja; pensó que lo que realmente necesitaban ahora era un par de mulas.

El dolor en la espalda era insoportable. Por un momento, visualizó sus orejas explotando a ambos lados de la cabeza a causa de la gran tensión, y después saliendo disparadas como cohetes de botella, esos petardos que ella y Fate solían lanzar cuando eran niñas.

—Eso ya lo habías dicho antes.

—Y no es para nada divertido Testarossa —gruñó Signum.

—Eso también lo habías dicho.

—Y no será nada fácil instalar este trasto.

—¡Qué va, mujer! —la animó Fate. Se detuvo y señaló el texto impreso en la caja—. ¿Lo ves? Aquí dice: «Fácil de instalar».

Desde su lugar privilegiado a la sombra del árbol, Zafira—un husky de pura raza— ladró como si pretendiera mostrar su conformidad, y Fate sonrió abiertamente, visiblemente henchida de satisfacción.

Signum esbozó una mueca de fastidio al tiempo que intentaba recuperar el aliento. Detestaba ese gesto engreído de su amiga. Bueno, no siempre. A decir verdad, casi siempre le encantaba el entusiasmo desinhibido de Fate. Pero en esos momentos no. Definitivamente no.

Signum sacó el enorme pañuelo que guardaba en el bolsillo de la parte de atrás del pantalón. La tela, empapada de sudor, le había dejado una enorme mancha en los pantalones. Se secó la cara y retorció el pañuelo con un rápido movimiento. Mil gotas de sudor se estrellaron contra su zapato, como caídas de un grifo mal cerrado. Ella contempló la visión, ensimismada, antes de notar que las gotas se filtraban por la fina malla de su calzado. Acto seguido, sintió una agradable sensación pegajosa en los dedos del pie. Genial. No se podía pedir más.

—Si no recuerdo mal, dijiste que Chrono y Hayate vendrían a ayudarnos con tu «pequeño proyecto», y que Amy y Rein prepararían unas hamburguesas, y que también habría cerveza. ¡Ah! ¡Y que, como máximo, sólo tardaríamos un par de horas en instalar este cacharro!

—Están a punto de llegar —apuntó Fate.

—Eso mismo dijiste hace cuatro horas.

—Se están retrasando un poco, eso es todo.

—O quizás es que ni siquiera los has llamado.

—Claro que los he llamado. Y traerán a los niños, también. Te lo prometo.

—¿Cuándo?

—Muy pronto.

—¡Ja! —espetó Signum. Embutió el enorme pañuelo arrugado nuevamente en el bolsillo—.

Y por cierto, suponiendo que no lleguen pronto, dime: ¿cómo diantre esperas que nosotras dos solas metamos este trasto en el agujero?

Fate mostró su despreocupación con un leve movimiento de la mano, y acto seguido se giró hacia la caja.

—Ya veremos. De momento, piensa en lo bien que lo estamos haciendo. Ya casi estamos a mitad del camino.

Signum volvió a torcer el gesto. Era sábado. ¡Sábado! Su día de descanso, su oportunidad para escapar al yugo de las obligaciones semanales, la merecida tregua que se había «ganado» después de cinco días trabajando en el banco, la clase de día que «necesitaba». ¡Era cajera, por el amor de Dios! Se suponía que tenía que ensuciarse las manos con papeles, ¡y no con una maldita bañera para hidromasaje! ¡Podría haberse pasado el día repanchigada viendo un partido de béisbol de los Braves contra los Dodgers! ¡Podría haber ido a jugar al golf! ¡Podría haber ido a la playa! Podría haberse quedado haciendo el remolón en la cama con Shamal, antes de ir a casa de los padres de ella, como solían hacer cada sábado, en vez de levantarse al alba para realizar un tremendo esfuerzo físico durante ocho horas seguidas bajo aquel sol abrasador...

Se quedó un momento pensativa. ¿A quién pretendía engañar? De no estar allí, seguramente habría pasado el día con los padres de Shamal, lo cual era, sin lugar a dudas, el motivo principal por el que había aceptado la petición de Fate. Pero ésa no era la cuestión. La cuestión era que no le encontraba sentido a lo que estaba haciendo. Ni loca.

—¡Mira, me niego a seguir! —dijo, visiblemente exasperada—. ¡De verdad, paso!

Fate reaccionó como si no la hubiera oído. Emplazó las manos nuevamente en la caja y se colocó en posición para empujar.

—¿Estás lista?

Signum bajó el hombro, enojada. Le temblaban las piernas. ¡Sí, le temblaban! En esos momentos ya sabía que a la mañana siguiente tendría que recurrir a una doble dosis de antiinflamatorio para aliviar el espantoso dolor muscular. A diferencia de Fate, no se ejercitaba en el gimnasio cuatro días por semana, ni jugaba al pádel, ni salía a correr un rato cada día, ni se escapaba a Aruba a practicar submarinismo, ni a Bali a hacer surf, ni a Vail a esquiar, ni ninguna actividad similar a las que su amiga solía dedicarse.

—No es divertido Testarossa, ¿sabes?

Fate le guiñó el ojo.

—Eso ya lo habías dicho antes, ¿recuerdas?


—¡Ahí va! —exclamó Chrono, enarcando una ceja mientras daba una vuelta lentamente alrededor de la bañera para hidromasaje.

Por entonces, el sol ya había iniciado su lento descenso, y los rayos dorados se reflejaban en la bahía. A lo lejos, una garza alzó el vuelo entre los árboles y sobrevoló la superficie con elegancia, dispersando la luz. Chrono y Amy habían llegado unos minutos antes con Hayate y Rein, y con los niños a rastras, y Fate les estaba mostrando su nueva adquisición.

—¡Es fantástico! ¿Y ustedes han hecho todo este trabajo hoy?

Fate asintió, con una cerveza en la mano.

—¡Bah! ¡Tampoco ha sido para tanto! —dijo—. Incluso diría que Signum se lo ha pasado bien.

Chrono echó un vistazo a Signum. La pobre estaba derrumbada en una tumbona en un extremo de la terraza, con la cabeza cubierta con un paño frío. Incluso su vientre —Signum siempre había sido bastante rolliza— parecía hundida.

—Ya veo.

—¿Pesaba mucho?

—¡Como un sarcófago egipcio! —masculló Signum—. ¡Uno de esos de oro macizo que sólo se pueden mover con una grúa!

Chrono se puso a reír.

—¿Se pueden meter los niños?

—Todavía no. Acabo de llenarlo, y hay que esperar un rato hasta que el agua se caliente. El sol ayudará a caldearla.

—¡Este sol abrasador la calentará en sólo unos minutos! —gimoteó Signum—. ¡Mejor dicho, en segundos!

Chrono sonrió burlonamente. Hayate y las otras tres se conocían desde el jardín de infancia.

—Un día duro, ¿eh, Signum?

Signum se apartó el paño de la frente y miró a Chrono con cara de pocos amigos.

—Ni te lo puedes llegar a imaginar Harlaown. ¡Ah! Por cierto, gracias por venir a la hora convenida.

—Fate me dijo que viniéramos a las cinco. Si hubiera sabido que necesitaban ayuda, habría venido antes.

Signum desvió su mirada furibunda hacia Fate. Realmente, a veces odiaba a su amiga.

—¿Cómo está Liera? —preguntó Fate, cambiando de tema—. ¿Amy ya puede dormir por la noche?

Amy estaba charlando animadamente con Rein en la mesa que había en el otro extremo de la terraza, y Chrono la observó unos instantes antes de contestar:

—Más o menos. Liera ya no tose y vuelve a dormir toda la noche de un tirón, pero a veces creo que es Amy la que tiene problemas para conciliar el sueño. Al menos desde que nació Liera. A veces se levanta incluso cuando la niña no ha dicho ni pío. Es como si el silencio la despertara.

—Es una buena mamá —aseveró Fate—. Siempre lo ha sido.

Chrono se giró hacia Signum y le preguntó:

—¿Y Shamal?

—Está por llegar—contestó su amiga, con una voz de ultratumba—. Ha pasado el día con sus padres.

—Qué bien —comentó Chrono.

—Vamos, no te pases; son buenas personas.

—Si no recuerdo mal, hace poco me dijiste que si tenías que sentarte otra vez a escuchar las batallitas de tu suegro sobre su cáncer de próstata o a tu suegra lamentándose de que, por favor, no echaran a Agito otra vez del trabajo (aunque la culpa no fuera de ella) meterías la cabeza en el horno.

Signum hizo un esfuerzo por incorporarse.

—¡Yo nunca dije eso!

—Sí que lo hiciste. —Chrono le guiñó el ojo, al tiempo que Shamal, la esposa de Signum, aparecía por la esquina con la pequeña Vita delante de ella, bamboleándose con los pasos inseguros propios de un bebé—. Pero no te preocupes. No diré ni una sola palabra.

Los ojos de Signum se desplazaron nerviosamente de Shamal a Chrono, y de nuevo a Shamal para constatar si ella los había oído.

—¡Hola a todos! —exclamó Shamal, saludando con el brazo, distendidamente, guiando a la pequeña Vita con la otra mano. Se abrió paso directamente hacia Amy y Rein. Vita se zafó de su mano y, bamboleándose, se dirigió hacia los otros niños que jugaban en la terraza.

Chrono vio que Signum suspiraba aliviada. Esbozó una sonrisita y bajó la voz.

—Así que... los suegros de Signum, ¿eh? ¿Es así como la convenciste para que te echara una mano?

—Es posible que comentara algo al respecto. —Fate sonrió socarronamente.

Chrono se echó a reír.

—¡Eh, ustedes dos! Testarossa! Harlaown! ¿Se puede saber de qué estan hablando? —los exhortó Signum, con recelo.

—Nada —respondieron al mismo tiempo.

Más tarde, con el sol ya muy bajo y la cena acabada, Zafira se acurrucó a los pies de Fate.

Mientras escuchaba a los niños chapotear en el jacuzzi, Fate se sintió plenamente satisfecha. Era su clase de atardecer favorito, en que el tiempo transcurría perezosamente entre el sonido de risas compartidas y de bromas inofensivas. Rein podía estar hablando relajadamente con Chrono, y al cabo de unos minutos estar charlando con Shamal, y después con Hayate o con Signum; y el resto de sus amigos se mostraban igual de relajados, sentados alrededor de la mesa en la terraza. Sin apariencias forzadas, sin fanfarronerías, sin burlas para ridiculizarse los unos a los otros.

A veces pensaba que su vida se asemejaba a la de un anuncio de cerveza y, en general, se sentía complacida simplemente dejándose llevar por la corriente de buenos sentimientos.

De vez en cuando, una de las chicas se levantaba para ir a ver cómo estaban los niños. Hayate, Chrono y Signum, por otro lado, se limitaban a ejercer sus deberes 'paternos' en tales ocasiones alzando aveces la voz con el deseo de apaciguar a los niños o evitar peleas o accidentes fortuitos.

Lo más habitual era que uno de los pequeños pillara alguna rabieta, pero la mayoría de los problemas se resolvían con un rápido beso sobre el rasguño de la rodilla o un abrazo que era tan tierno de presenciar a distancia como lo debía de ser para el niño que lo recibía.

Fate contempló a sus compañeras, encantada de que sus amigos de infancia no sólo se hubieran convertido en unas buenas esposas y madres, sino que además siguieran formando parte de su vida. No siempre sucedía así. A los 27 años, sabía que la vida a veces podía ser como una tómbola, y ella había sobrevivido a un excesivo número de accidentes y de tropiezos, incluso a algunos que deberían haberle dejado más secuelas de lo que en realidad habían hecho.

Pero no se trataba únicamente de eso. La vida era impredecible. Algunas de las personas que había conocido a lo largo de su vida habían fallecido en accidentes de tráfico, se habían casado y divorciado, se habían vuelto adictos a las drogas o al alcohol, o simplemente se habían marchado de aquella pequeña localidad, por lo que sus caras empezaban a desdibujarse en su mente.

¿Cuáles eran las probabilidades de que ellos cuatro —que se conocían desde la más tierna infancia— continuaran a los venti tantos años compartiendo los fines de semana? «Escasas»,pensó. Pero, de algún modo, después de haber pasado juntos el acné de la pubertad, los primeros desencantos amorosos y la presión de sus padres en la adolescencia, para después separarse e ir a estudiar a diferentes universidades con distintos objetivos para sus vidas, al final, uno a uno, habían regresado a Beaufort. Más que un grupo de amigos, parecían una familia bien avenida, hasta el punto de compartir unos guiños y unas experiencias que cualquier persona ajena al grupo sería incapaz de comprender por completo.

Y portentosamente, las esposas también se llevaban bien. Provenían de diferentes ámbitos y lugares del estado, pero el matrimonio, la maternidad y el típico cotilleo inmanente en las pequeñas localidades eran motivos de suficiente peso para que se llamaran a menudo por teléfono y para estrechar los lazos entre ellas. Hayate había sido la primera en casarse —ella y Rein habían pasado por la vicaría el verano después de licenciarse en la Universidad de Wake Forest—.Chrono y Amy recorrieron el camino hacia el altar un año después, tras enamorarse durante el último curso en la Universidad de Carolina del Norte. Signum, que había estudiado en la Universidad de Duke, conoció a Shamal en Beaufort, y un año después ya estaban casadas. Fate había sido la madrina en las tres bodas.

Algunas cosas habían cambiado en los últimos años, por supuesto, básicamente a causa de los nuevos miembros de las familias. Hayate ya no estaba siempre disponible a cualquier hora para salir con la bici de montaña; Chrono tampoco podía irse a esquiar con Fate a Colorado improvisadamente, como antes solía hacer; y al final Signum había desistido de intentar seguir el ritmo de su amiga en prácticamente todas las actividades. Pero no se quejaba. Sus amigos aún le dedicaban un poco de su tiempo, y entre los tres —y con suficiente planificación— todavía era capaz de sacar el máximo partido a los fines de semana.

Perdida en sus pensamientos, Fate no se había dado cuenta de que todos se habían quedado callados.

—¿Me he perdido algo?

—Te he preguntado si has hablado con Kyrie últimamente —dijo Amy, con un tono de voz que dejaba entrever que Fate estaba en apuros.

Fate pensó que sus seis amigos mostraban un interés excesivo en su vida amorosa. Lo malo de la gente casada era que creía que todo el mundo al que conocían debería casarse. Por consiguiente, cada mujer con la que Fate salía era irremediablemente sometida a una sutil evaluación, si bien inflexible, sobre todo por parte de Amy. Normalmente ella se erigía en la cabecilla del grupo, siempre dispuesta a descubrir qué era lo que a Fate más le atraía de las mujeres.

Y Fate, por supuesto, disfrutaba de lo lindo provocándola.

—No, últimamente no —contestó ella.

—¿Por qué no? Si es muy simpática.

«Sí, y está desquiciada del todo», pensó Fate, pero ésa era otra cuestión.

—Rompió conmigo, ¿recuerdas?

—¿Y qué? Eso no significa que no quiera que la llames.

—Pensé que «eso» era ni más ni menos lo que significaba.

Amy, Rein y Shamal la observaron fijamente, como si fuera una pobre pazguata. Sus tres amigos, como de costumbre, parecían estarlo pasando en grande. Su vida sentimental se había convertido en un tema recurrente en aquellas veladas.

—Pero se pelearon, ¿no?

—¿Y qué?

—¿No se te ha ocurrido pensar que igual ella sólo rompió contigo porque estaba enfadada?

—Yo también estaba enfadada.

—¿Por qué?

—Porque quería convencerme para que fuera a ver a un terapeuta.

—Y... A ver si lo adivino... Tú le contestaste que no necesitabas ningún terapeuta.

—Mira, el día que aparezca con un pantalon de payaso y un gorrito con puntillas, entonces sí que necesitaré la ayuda de un terapeuta.

Chrono y Hayate se rieron a mandíbula batiente, pero Amy esbozó una mueca de fastidio. Amy, como todos sabían, no se perdía ni un solo programa de Oprah Winfrey, la inefable reina de las entrevistas televisivas.

—¿Me estás diciendo que no crees que las personas puedan necesitar la ayuda de un terapeuta?

—Sé que yo no la necesito.

—Pero en general...

—No soy una general..., así que no sé qué contestarte.

Amy se recostó en la silla.

—Pues yo creo que Kyrie reaccionó así por algún motivo. Si quieres conocer mi opinión, creo que tienes miedo a comprometerte formalmente con una chica.

—No te preocupes; no quiero tu opinión.

Amy se inclinó hacia delante.

—Veamos, ¿cuándo ha sido la vez que más has durado con una chica? ¿Dos meses? ¿Cuatro meses?

Fate ponderó la pregunta.

—Salí con Ginga casi un año.

—No creo que Amy se esté refiriendo a los años en el instituto —intervino Hayate. A veces era obvio que a sus amigas les gustaba echar leña al fuego.

—Muchas gracias, Hayate—le recriminó Fate.

—¿Para qué están los amigas?

—No cambies de tema —lo reprendió Amy.

Fate empezó a darse unos golpecitos rítmicos con los dedos en la pierna.

—Supongo que no me queda más remedio que aceptar que..., no me acuerdo.

—En otras palabras, no lo bastante como para recordarlo, ¿eh?

—¿Y qué quieres que te diga? Todavía no he encontrado a una mujer que esté a la altura de una de ustedes.

A pesar de la creciente oscuridad, Fate adivinó que a Amy le había complacido su comentario. Hacía mucho tiempo que había aprendido que las palabras lisonjeras eran la mejor defensa en momentos como aquél, especialmente cuando éstas eran sinceras. Amy, Shamal y Rein eran fantásticas. Unas mujeres de gran corazón, leales y con un ponderable sentido común.

—Pues para que te enteres, a mí me gusta —espetó ella.

—Ya, pero es que a ti te gustan todas las mujeres con las que salgo.

—Eso no es verdad. No me gustó Aria.

A ninguna de ellas les había gustado Aria. A Signum, Hayate y Chrono, por otro lado, no les había importado en absoluto su compañía, especialmente cuando iba en bikini. Realmente era muy guapa, y a pesar de que no fuera la clase de chica con la que soñaba casarse, lo habían pasado muy bien mientras duró su historia de amor.

—Sólo digo que creo que deberías llamarla —insistió ella.

—Vale, lo pensaré —contestó Fate, aunque sabía que no lo haría. Se levantó de la mesa, buscando una vía de escape—. ¿A quién le apetece otra cerveza?

Chrono y Hayate alzaron sus botellas al mismo tiempo; los otros sacudieron la cabeza. Fate se encaminó hacia la nevera portátil sin vacilar; estaba situada al lado de la puerta corredera de cristal, por la que se accedía al comedor. La atravesó rápidamente y cambió el CD; acto seguido, escuchó unos instantes cómo las notas de la nueva canción se filtraban por la puerta y se expandían por la terraza mientras regresaba a la mesa con las cervezas. Por entonces, Amy, Rein y Shamal estaban enzarzadas en una conversación sobre Lotte, su peluquera. Lotte siempre estaba al tanto de los chismes más interesantes, la mayoría de ellos sobre las inclinaciones ilícitas de los habitantes de la localidad.

Fate estrujó la botella de cerveza en silencio, con la mirada fija en el agua.

—¿En qué piensas? —se interesó Hayate.

—Oh, en nada importante.

—Vamos, dime, ¿de qué se trata?

Fate se giró hacia ella.

—¿Te has fijado en que algunos colores se usan como apellidos y en cambio otros no?

—¿De qué estás hablando?

—White y Black. Como el señor White, el dueño del garaje de coches. Y el señor Black, nuestro profesor en primaria. O incluso el señor Green, en el juego del Cluedo. Pero en cambio jamás habrás oído a nadie que se llame señor Orange o señor Yellow. Es como si algunos colores quedasen bien, y en cambio otros sonaran mal como apellidos. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

—La verdad es que nunca había pensado en esa cuestión.

—Yo tampoco. Hasta hace un minuto, quiero decir. Pero es un poco extraño, ¿no te parece?

—Sí —convino finalmente Hayate.

Las dos amigas permanecieron unos instantes en silencio.

—Ya te dije que no era nada importante.

—Ya.

—¿Y acaso no tenía razón?

—Sí.

Cuando la pequeña Lily pilló su segundo berrinche en un intervalo inferior a quince minutos — eran ya casi las nueve de la noche—, Rein la arropó entre sus brazos y miró a Hayate con «esa mirada» que indicaba que había llegado la hora de marcharse para meter a los niños en la cama.

Hayate no opuso resistencia, así que cuando se levantó de la mesa, Amy miró a Chrono, Shamal asintió al tiempo que miraba a Signum, y Fate supo que la velada tocaba a su fin. Siempre pasaba lo mismo: los 'padres' creían que eran ellas las que mandaban, pero al final eran los niños los que imponían las reglas.

Fate supuso que tal vez podría haber insistido para que una de sus amigas se quedara, y quizás alguno de ellas habría accedido, pero ya hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de que las vidas de sus amigos discurrían con unos horarios diferentes a los suyos. Además, tenía la corazonada de que Alicia, su hermana mayor, pasaría a verla un poco más tarde. Venía de La Universidad de Chapel Hill, donde estaba estudiando un posgrado en Bioquímica. A pesar de que siempre se quedaba en casa de sus padres, normalmente llegaba exhausta después de conducir tantas horas y con ganas de hablar un rato, y a esas horas sus padres ya estaban normalmente en la cama.

Amy, Chrono y Shamal se levantaron y empezaron a recoger la mesa, pero Fate no los dejó continuar.

—Ya lo haré yo dentro de un rato. No se preocupen.

Transcurridos unos minutos, los niños ya se encontraban en los todoterrenos y un monovolumen. Fate permaneció de pie en el porche de la entrada y se despidió con la mano mientras sus amigos ponían los coches en marcha.

Cuando los hubo perdido de vista, enfiló nuevamente hacia el equipo de música, rebuscó entre la pila de los CD otra vez y eligió Tattoo You, de los Rolling Stones; acto seguido, subió el volumen.

Sacó otra cerveza de camino hacia su silla en la terraza, apoyó los pies sobre la mesa y se recostó cómodamente. Zafirase sentó a su lado.

—Solos tú y yo, por un rato —suspiró—. ¿A qué hora crees que llegará Alicia?

Zafira le dio la espalda. A menos que Fate pronunciara las palabras mágicas «paseo» o «pelota» o «ve a por el hueso», el perro no se mostraba entusiasmado con nada de lo que ella le decía.

—¿Crees que debería llamarla para confirmar si ya está de camino?

Zafira continuó impasible.

—Ya, eso mismo pensaba yo. Cuando llegue, llegará.

Permaneció sentada, bebiendo cerveza y con la vista fija en el agua. A su espalda, el perro resopló.

—¡Anda! ¡Ve a buscar la pelota! —dijo finalmente.

Zafirase incorporó tan deprisa que casi derribó la silla.


Ella pensó que era la música lo que había colmado el vaso de lo que había sido una de las semanas más horribles de su vida. Una música estridente. De acuerdo, tampoco se podía decir que a las nueve de la noche de un sábado eso fuera totalmente inaceptable, especialmente dado que era obvio que ella tenía compañía, y a las diez de la noche tampoco era tan grave. Pero ¿a las once de la noche? ¿Cuándo estaba sola y jugando con su perro?

Desde la terraza trasera de su casa, podía verla sentada tranquilamente, con los mismos pantalones cortos que había llevado todo el día, con los pies apoyados sobre la mesa, lanzando la pelota y contemplando el río. ¿En qué diantre debía de estar pensando? Quizá no tendría que ser tan dura con ella; simplemente debería ignorarla y punto. Después de todo, ella estaba en su casa, ¿no? Era dueña y señora de su casa, así que podía hacer lo que le viniera en gana. Pero ése no era el problema. El problema era que ella tenía vecinos, incluida ella, y ella también era la dueña y señora de su casa, y se suponía que los vecinos debían mostrar consideración entre ellos. Y era innegable que ella se había pasado de la raya. No sólo por la música.

En realidad le gustaba la música que estaba escuchando, y normalmente no le importaba que el volumen estuviera demasiado alto o que se pasara muchas horas con la música. El problema era su perro, Tafira, o como se llamara ese chucho. Más específicamente, lo que su perro le había hecho a su perra. Sin lugar a dudas, Arfestaba preñada. Arf, su bonita y dulce collie de pura raza, con pedigrí de campeones —el primer regalo que se hizo a sí misma tras concluir sus primeras guardias rotativas como asistente médica en la Universidad de Medicina de Virginia Oriental, y la clase de perrita que siempre había anhelado tener— se había puesto considerablemente más gordita durante las dos últimas semanas. Y lo másalarmante era que Nanoha se había fijado en que los pezones de Arfparecían estar aumentando de tamaño. Podía palparlos cada vez que la perra se ponía panza arriba para que le rascara la barriga. Además, se movía más despacio. Todos esos indicios sumados apuntaban hacia una clara conclusión: indudablemente, Arf iba a alumbrar unos cachorros que nadie querría adoptar. ¿Un perro-lobo y una collie? Inconscientemente, torció el gesto mientras intentaba imaginar qué apariencia tendrían los cachorros antes de que consiguiera borrar la desagradable imagen de su mente.

Tenía que ser el chucho de esa persona. Seguro. Cuando Arf estaba en celo, ese perro había puesto su casa bajo vigilancia, como un detective privado, y era el único perro que había visto merodear por el vecindario durante semanas. Pero ¿accedería su vecina a vallar su jardín? ¿O a tener al perro encerrado en casa o en un espacio cercado? No. Por supuesto que no. Su lema parecía ser: «¡Mi perro ha de ser libre!». No le sorprendía en absoluto. Ella parecía vivir su propia vida fiel al mismo principio irresponsable. De camino al trabajo, siempre la veía haciendo aerobismo, y cuando regresaba, ella estaba por ahí con su bicicleta o en kayak o con patines o jugando al baloncesto en plena calle con un grupo de chiquillos del vecindario. Un mes antes, había botado su barca en el agua, y ahora también practicaba esa variante del esquí náutico de moda que llamaban «wakeboard». ¡Como si no estuviera ya lo bastante activa! Seguro que no hacía ni un minuto extra en su empresa, y sabía que no trabajaba los viernes. Además, ¿qué clase de trabajo podía realizar, que le permitiera salir de casa cada día vestida con unos pantalones vaqueros y una camiseta? No tenía ni idea, pero sospechaba —con una especie de satisfacción contenida— que debía de ser un trabajo que requería un delantal y una chapa identificativa con su nombre.

De acuerdo, quizá no estaba siendo demasiado justa. Probablemente era una chica encantadora. Sus amigos —con pinta de ser gente normal y corriente, y además con hijos— parecían disfrutar de su compañía y pasaban a visitarla muy a menudo. Pensó que incluso le parecía haber visto a unpar de ellos en la consulta, con sus hijos, a causa de algún catarro o una otitis. Pero ¿y Arf? Su perra estaba ahora sentada cerca de la puerta, dando coletazos contra el suelo, y Nanoha se pusonerviosa al pensar en el futuro. A Arfno le pasaría nada, pero ¿y los cachorros? ¿Qué pasaría con ellos? ¿Y si nadie quería adoptarlos? No podía imaginar la idea de llevarlos a la perrera municipal o a la protectora de animales. Simplemente no podía hacerlo. No lo haría. No iba a permitir que los sacrificaran con una de esas inyecciones letales.

Pero, entonces, ¿qué iba a hacer con los cachorros? Y todo por culpa de esa persona, que estaba sentada tan fresca en su terraza, con los pies sobre la mesa y con una actitud como si el mundo le importara un comino. Ése no había sido su sueño cuando vio aquella casa por primera vez un año antes. Aunque no estaba en Morehead City donde vivía Yuuno, su novio, se encontraba a un tiro de piedra al otro lado del puente. Era una casita edificada medio siglo antes, y necesitaba una buena rehabilitación, según las tendencias en Beaufort, pero la panorámica del río era espectacular, el jardín lo bastante amplio como para que Arf pudiera correr, y lo mejor de todo, podía pagarla. A duras penas, sí, con tantos préstamos como había solicitado para costearse los estudios universitarios, pero los bancos demostraban ser bastante comprensivos cuando se trataba de conceder préstamos a gente como ella. Gente profesional y con estudios.

No como «Doña mi-perro-ha-de-ser-libre y yo-no-trabajo-los-viernes». Suspiró hondo, repitiéndose por segunda vez que probablemente era una buena chica. Siempre la saludaba cuando la veía llegar en coche del trabajo, y aún recordaba vagamente el detalle de la cesta con queso y vino que ella le había dejado en señal de bienvenida al poco de instalarse en el vecindario un par de meses antes. Nanoha no estaba en casa, pero ella le había dejado la cesta en el porche, y ella se había prometido que le enviaría una nota de agradecimiento, aunque al final no había encontrado el momento para escribirla.

Inconscientemente, volvió a torcer el gesto. Menudo fallo para su sentimiento de superioridad moral. De acuerdo, tampoco ella era perfecta, pero no se trataba de una nota de agradecimiento olvidada. Se trataba de Arf y del perro tunante de esa mujer y de cachorros no deseados, y ahora era tan buen momento como cualquier otro para comentar la situación. Obviamente, ella todavía estaba despierta.


Nanoha salió de su jardín y se encaminó hacia la elevada hilera de setos que separaban su casa de la de su vecina. En parte deseaba que Yuuno estuviera con ella. Pero sabía que eso no era posible. No después de la disputa de aquella mañana, cuando ella mencionó con toda la naturalidad del mundo que su prima iba a casarse. Yuuno, concentrado en la sección de deportes del periódico, no había dicho ni una sola palabra como respuesta, como si pretendiera no haberla oído. Cualquier mención al matrimonio conseguía que se quedara más mudo que una piedra, especialmente en los últimos meses. Suponía que no debería sorprenderse; hacía casi dos años que salían (un año menos que su prima, había estado tentada a remarcarle), y si algo había aprendido de él en ese tiempo era que si Yuuno no se sentía cómodo con un tema, reaccionaba con un mutismo inquebrantable.

Sin embargo, Yuuno no era el problema. Ni tampoco el hecho de que últimamente ella tuviera la desagradable sensación de que su vida no era tal y como había imaginado que sería. Ni tampoco la terrible semana en la consulta, en la que, sólo el viernes, tres pacientes le habían vomitado encima

—¡sí, tres veces encima!—, lo cual batía el récord en la clínica pediátrica, por lo menos según las enfermeras, que ni se esforzaban por disimular sus burlas y repetían la historia con regocijo.

Tampoco estaba enfadada por lo de Vice Granscenic , el médico casado que trabajaba con ella y que se sobrepasaba cada vez que hablaban, hasta el punto de incomodarla. Seguro que tampoco se sentía enojada por el hecho de no haber sido capaz de pararle los pies ni una sola vez.

No, señor. La cuestión era que quería que «la reina de las fiestas» se comportara como un vecina responsable, demostrara estar a la altura de las circunstancias, como ella, y asumiera su parte de responsabilidad para hallar una solución al problema, igual que ella. Y de paso, mientras le expresaba su malestar, quizá también mencionaría que a esas horas no debería tener la música tan alta (a pesar de que a ella le gustara), sólo para demostrarle que hablaba en serio.

Mientras Nanoha caminaba por el césped, el rocío le humedeció la punta de los dedos de los pies a través de las sandalias. Intentando decidir cómo iba a empezar su discurso, apenas se fijó en los bellos reflejos que la luz de la luna lanzaba sobre la hierba, como si trazara senderos de plata. La cortesía dictaba que debería dirigirse hacia la puerta principal y llamar, pero con la música tan alta, dudaba de que ella oyera el timbre. Además, quería solucionar el problema de una vez por todas, ahora que todavía le duraba el enojo y se sentía con fuerzas para encararse con ella.

Un poco más lejos, avistó un hueco entre los setos y se encaminó hacia allí. Probablemente era el mismo que utilizaba Tafira para colarse en su casa y aprovecharse de la pobre y dulce Arf.

Nuevamente sintió una desapacible opresión en el pecho, y esta vez intentó aferrarse a ese sentimiento. Era una cuestión importante. Muy importante.

Concentrada como estaba en su misión, no se fijó en la pelota de tenis que llegaba volando directamente hacia ella en el preciso instante en que emergió al otro lado del hueco. Sí que le pareció oír, sin embargo, a cierta distancia, a un perro trotando hacia ella; la sensación de distancia duró apenas un segundo, antes de ser arrollada y derribada.

Tumbada en el suelo, Nanoha se fijó extrañada en que había demasiadas estrellas en un cielo tan brillante que se le antojaba desenfocado. Por un momento, se preguntó por qué le costaba tanto respirar, y entonces rápidamente se empezó a preocupar por el dolor que sentía en todo el cuerpo. No podía moverse. Lo único que podía hacer era seguir tumbada sobre la hierba y encogerse con cada nueva punzada de dolor.

Desde algún lugar lejano, oyó unos ruidos confusos, y el mundo que la rodeaba empezó a perfilarse nuevamente y poco a poco con más nitidez. Intentó concentrarse y se dio cuenta de que lo que oía no eran unos ruidos confusos, sino voces. O, más bien, una única voz, que parecía preguntarle si se encontraba bien.

En ese mismo momento, Nanoha fue gradualmente consciente de una sucesión de jadeos rítmicos, cálidos y apestosos junto a su mejilla. Pestañeó una vez más, movió la cabeza levemente y se encontró cara a cara con una enorme cabeza peluda. Medio aturdida, llegó a la conclusión de que era Tafira.

—Ooooouch.. —gimoteó, al tiempo que intentaba incorporarse. Cuando se movió, el perro le lamió la cara.

—¡Zafira! ¡Quieto! —gritó la voz, que ahora sonaba más cerca—. ¿Estás bien? Quizá sería mejor que continuaras un rato tumbada.

—Estoy bien —dijo ella, finalmente incorporándose hasta quedar sentada. Aspiró hondo un par de veces seguidas; la cabeza seguía dándole vueltas. «¡Menudo golpe!», pensó. En la oscuridad, notó que alguien se arrodillaba a su lado, aunque apenas podía ver sus facciones.

—¡Cuánto lo siento! —se disculpó la voz.

—¿Qué ha pasado?

—Zafira te ha derribado sin querer. Estaba persiguiendo la pelota y...

—¿Quién es Zafira?

—Mi perro.

—Entonces, ¿quién es Tafira?

—¿Qué?

Nanoha se llevó la mano a la sien.

—Nada, no importa.

—¿Estás segura de que te encuentras bien?

—Sí —contestó ella, todavía medio aturdida, pero notando que el dolor se restringía ahora a unas leves punzadas.

Mientras empezaba a ponerse de pie, notó que su vecina emplazaba la mano bajo su brazo para ayudarla a levantarse. La situación le recordó a los bebés que atendía en la consulta durante las revisiones periódicas, y los enormes esfuerzos que hacían para mantenerse de pie sin perder el equilibrio. Cuando finalmente se sostuvo sin tambalearse, notó que ella le soltaba el brazo.

—Vaya bienvenida, ¿eh?

Su voz seguía sonando lejana, pero ella sabía que la percepción era errónea, y cuando se giró para mirarla, se dio cuenta de que estaba intentando enfocar la vista hacia una persona que sobrepasaba unos doce centímetros su metro setenta y tres de altura. No estaba acostumbrada a interlocutores tan altos, y mientras alzaba la barbilla para verla mejor, se fijó en su cara angulosa y despejada. Tenía el pelo rubio y lacio, con unos ondulados naturales que se le formaban en las puntas, y unos dientes increíblemente blancos. Así de cerca, era guapa —o mejor dicho, muuuuuy guapa—. y Nanoha sospechaba que ella era consciente de ello. Perdida en sus pensamientos, abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla al darse cuenta de que había olvidado la pregunta.

—Quiero decir que venías a visitarme y mi perro va y te embiste y te tira al suelo —continuó ella—. De veras, lo siento mucho. Normalmente Zafira presta más atención. Saluda, Zafira.

El perro estaba sentado sobre sus patas traseras, con cara de absoluta satisfacción, y entonces fue cuando ella, de repente, recordó el motivo de su visita. A su lado, Zafirale ofreció una pata a modo de saludo. «¡Vaya! Qué husky más mono», se dijo. Pero no iba a dejarse seducir tan fácilmente. Esa bestia no sólo la había derribado, sino que además se había aprovechado de Arf. Le iría mejor el nombre de Asaltador, o mejor aún: Pervertido.

—¿Estás segura de que te encuentras bien?

Ante su cortés insistencia, Nanoha se dio cuenta de que no era la clase de confrontación que ella había ensayado, e intentó recuperar el sentimiento de afrenta que la había invadido mientras se dirigía a su casa para hablar con ella.

—Estoy bien —contestó con un tono tajante.

Por un extraño momento, ambas se miraron sin hablar. Al final, Fate hizo un gesto con su dedo pulgar, señalando por encima del hombro.

—¿Qué tal si nos sentamos en la terraza? Estaba escuchando música y...

—¿Y qué te hace suponer que tengo ganas de sentarme contigo en tu terraza? —espetó ella, recuperando poco a poco el control.

Fate vaciló.

—¿Quizá porque venías a visitarme?

«Oh, claro, por eso», pensó Nanoha.

—Pero, bueno, supongo que podríamos quedarnos aquí, junto a los setos, si lo prefieres — continuó Fate.

Nanoha alzó las manos para indicarle que se callara, impaciente por acabar con aquella situación.

—Venía a verte porque quería hablar contigo...

Fate no la dejó continuar. La atajó propinándole una suave palmadita en el brazo.

—Yo también —se adelantó Fate, antes de que Nanoha pudiera retomar el hilo de su monólogo ensayado—. Hace días que tenía la intención de pasar a verte para darte oficialmente la bienvenida al vecindario. ¿Te gustó la cesta?

Nanoha oyó un zumbido cerca de la oreja y movió bruscamente la mano para alejar al insecto.

—Sí. Muchas gracias —contestó, un poco distraída—. Pero lo que realmente quería comentarte...

Hizo una pausa al darse cuenta de que Fate no le estaba prestando atención. En lugar de eso, se había puesto a espantar con ambas manos los insectos que revoloteaban entre ellas.

—¿Estás segura de que no quieres que vayamos a la terraza? —insistió—. Aquí hay un montón de mosquitos.

—Lo que quería decirte es que...

—Tienes uno en el lóbulo de la oreja —volvió a interrumpirla, señalando con el dedo índice.

Nanoha se asestó un golpe a sí misma, instintivamente.

—No, en la otra oreja.

Se dio otra palmada, y cuando retiró la mano vio un poquito de sangre en los dedos.

«Fantástico», pensó.

—Tienes otro en la mejilla.

Nanoha movió la mano varias veces seguidas para espantar la nube de insectos.

—Pero ¿qué pasa?

—Ya te lo he dicho, son los setos. Siempre están encharcados, y eso atrae a los mosquitos...

—De acuerdo —cedió Nanoha—. Vamos a la terraza.

Un momento después, las dos se alejaban de los setos con rapidez.

—Odio los mosquitos; por eso siempre tengo varias velas de citronela en la mesa. Con eso basta para mantenerlos alejados. Y en verano aún es peor. —Fate dejó suficiente espacio entre ellas para que no chocaran accidentalmente—. Por cierto, creo que no nos hemos presentado formalmente. Me llamo Fate Testarossa.

Nanoha notó una desapacible sensación. Después de todo, no estaba allí para confraternizar con ella, pero la educación estaba por encima de todo, así que las palabras emergieron de su boca antes de que pudiera remediarlo:

—Yo soy Nanoha, Takamachi Nanoha.

—Encantada.

—Lo mismo digo —respondió Nanoha. Quiso cruzarse de brazos mientras pronunciaba esas últimas palabras, pero inconscientemente se llevó la mano hacia las costillas, donde todavía notaba unos pinchazos de dolor. Luego la movió hasta su oreja, que empezaba a escocerle.


A juzgar por su semblante —el rictus tenso en la boca y la mirada incisiva que había visto en varias ocasiones en sus ex novias— a Fate no le cabía ninguna duda de que estaba enfadada.

Estaba segura de que ella era el causante de su exasperación, aunque desconocía el motivo. A no ser por el hecho de haber sido derribada por su perro. Pero Fate tenía la impresión de que había algo más. Recordó la expresión por la que Alicia, su hermana, era famosa: esa mueca que indicaba un resentimiento inquietante. Pues el semblante de Nanoha era el mismo, como si estuviera muy enojada. Pero allí terminaban las similitudes con su hermana. Mientras que Alicia se había convertido en una mujercita de indudable belleza, Nanoha era atractiva de un modo similar, pero no perfecto. Sus ojos azules estaban demasiado oscuros que parecian violetas —aunque no excesivamente—, su nariz era demasiado pequeña —aunque no demasiado—, y su melena pelirroja parecía imposible de dominar. Sin embargo, esas imperfecciones imprimían un aire de vulnerabilidad a su belleza natural, algo que seguramente la mayoría de los hombres o ciertas mujeres debían de encontrar irresistible.

En el silencio reinante, Nanoha intentó ordenar sus pensamientos.

—Venía a verte porque...

—Espera —la interrumpió Fate—. Antes de que sigas, ¿por qué no te sientas? Enseguida vuelvo.

—Enfiló hacia la nevera portátil, pero se dio la vuelta a mitad del camino—. ¿Te apetece una cerveza?

—No, gracias —repuso Nanoha, deseando acabar con esa historia de una vez por todas. Negándose a tomar asiento, se dio la vuelta con la esperanza de confrontarla de inmediato cuando regresara.

Pero con una pasmosa celeridad, Fate pasó por delante de ella y se dejó caer en la silla, se reclinó cómodamente, y puso los pies sobre la mesa.

Sorprendida, continuó observándola, de pie. Era obvio que el encuentro no estaba saliendo tal y como había planeado. Fate abrió la botella y tomó un pequeño sorbo.

—¿No vas a sentarte? —le preguntó tranquilamente.

—Prefiero quedarme de pie, gracias.

Fate achicó los ojos como un par de rendijas y se puso las manos en la frente a modo de visera antes de protestar:

—Pero es que apenas puedo verte. Las luces del porche a tu espalda me deslumbran.

—Mira, he venido porque quería decirte que...

—¿Podrías moverte sólo unos pasos hacia un lado? —le pidió cortésmente.

Nanoha resopló con impaciencia y se desplazó unos pasos.

—¿Mejor?

—No, todavía no.

Un paso más y chocaría inevitablemente contra la mesa. Nanoha alzó los brazos con exasperación.

—Quizá será mejor que te sientes —sugirió Fate.

—¡Vale! —exclamó, cansada. Retiró una silla y se sentó. Fate estaba tirando por tierra todo su plan—. He venido porque quería hablar contigo... —empezó otra vez, preguntándose si debía empezar por el problema de Fateo por lo que significaba ser un buena vecina.

Fate enarcó una ceja.

—Eso ya lo habías dicho antes.

—¡Ya lo sé! ¡Es lo que intento decirte, pero tú no paras de interrumpirme!

Fate se fijó en su porte desafiante, tan similar al de su hermana, pero todavía no tenía ni idea de por qué estaba tan furiosa. Tras unos segundos, Nanoha empezó a hablar, primero con suspicacia, como si esperase que ella fuera a interrumpirla de un momento a otro. Pero Fate no la interrumpió, y entonces pareció encontrar su ritmo y las palabras empezaron a fluir cada vez más y más deprisa. Le habló sobre la ilusión que había sentido al encontrar esa casa, y que tener una casa propia había sido su sueño durante mucho tiempo, antes de que el tema se desviara hacia Arf y sus pezones, que estaban aumentando de tamaño. Al principio, Fate no sabía quién era Arf —lo cual confirió a esa parte del monólogo una increíble dosis de surrealismo—, pero a medida que Nanoha continuaba hablando, ella comprendió que era su perrita collie, a la que alguna vez había visto cuando ella la sacaba a pasear. A continuación, se puso a hablar de cachorros feos y de tener que sacrificarlos y, para acabar de rematarla, de algo relacionado con un «doctor-metemano», que no tenía nada que ver con lo mal que se sentía, ni tampoco los vómitos de los pacientes... Lo cierto era que nada tenía sentido hasta que empezó a señalar a Zafira. Eso le permitió encajar algunas piezas del rompecabezas, hasta que al final adivinó que ella creía que su perro era el responsable de que Arf estuviera preñada.

Fate quería decirle que no había sido Zafira, pero la vio tan exaltada que pensó que era mejor no protestar y dejar que se desahogara. En esos momentos, sus quejas habían virado hacia otrosderroteros. Retales de su vida seguían emergiendo de repente, pequeñas anécdotas que parecían no ensayadas y sin conexión entre sí, junto con momentáneas explosiones de rabia dirigidas hacia ella. A Fate le pareció que Nanoha se había pasado más de veinte minutos hablando sin parar, pero pensó que no podía haber sido tanto rato. De todos modos, estar en esa incómoda posición, como receptora de toda aquella lluvia de acusaciones por parte de una desconocida airada sobre sus errores como vecina no resultaba exactamente fácil, por decirlo de algún modo, ni tampoco le gustaba el modo en que ella criticaba a Zafira. Para ella, era el perro más perfecto que existía sobre la faz de la Tierra.

A veces Nanoha se tomaba un respiro, y en esos momentos, Fate intentaba replicar infructuosamente. No servía de nada, pues Nanoha volvía a la carga de inmediato. Al final, decidió quedarse callada y escuchar, y —al menos en aquellos momentos en los que ella no se dedicaba a insultarla a ella o a su perro— percibió indicios de desesperación, incluso de cierta confusión, respecto a su vida en general. Lo ocurrido con su perrita, a pesar de que ella no se diera cuenta,era sólo una pequeña excusa de lo que en realidad la agobiaba. Fate sintió una impulsiva compasión hacia ella, y de pronto se encontró asintiendo con la cabeza, sólo para darle a entender que la estaba escuchando. De vez en cuando, Nanoha lanzaba una pregunta, pero antes de que pudiera contestar, ella la contestaba por ella.

—¿Acaso no se supone que los vecinos han de asumir la responsabilidad de sus acciones?

—Sí, evidentemente que sí... —había empezado a contestar, pero ella la atajó sin clemencia.

—¡Pues claro que sí! —exclamó, y Fate volvió a asentir con la cabeza.

Cuando finalmente concluyó su sermón, Nanoha acabó con la vista fija en el suelo, exhausta. A pesar de que su boca seguía tensa en una fina línea recta, a Fate le pareció verla llorar, y se preguntó si debería ofrecerle un pañuelo. Cayó en la cuenta de que los pañuelos los tenía dentro de casa —demasiado lejos—, pero entonces se acordó de las servilletas de papel cerca de la barbacoa. Se levantó rápidamente, asió unas cuantas y se las llevó. Le ofreció una, y tras debatirse unos instantes, ella la aceptó.

Nanoha se secó los ojos. Ahora que se había calmado, Fate pensó que era más guapa de lo que le había parecido al principio.

Nanoha suspiró visiblemente nerviosa.

—La cuestión es: ¿qué piensas hacer? —preguntó al final.

Fate titubeó, intentando dilucidar a qué se refería.

—¿Sobre qué?

—¡Los cachorros!

Fate podía notar la rabia que empezaba a aflorar nuevamente en ella, y alzó las manos con intención de tranquilizarla.

—Veamos, empecemos por el principio. ¿Estás segura de que está preñada?

—¡Pues claro que estoy segura! ¿Es que no has oído nada de lo que te he dicho o qué?

—¿La has llevado al veterinario?

—Soy asistente médica. Me he pasado dos años y medio en la Facultad de Ciencias Experimentales y de la Salud y otro año de prácticas. ¡Sé cuándo una mujer está embarazada!

—Con las mujeres no lo dudo, pero con los perros es diferente.

—¿Y cómo lo sabes?

—Tengo mucha experiencia con los perros. De hecho, soy...

«Ya, claro», pensó Nanoha, atajándola con un brusco movimiento con la mano.

—Se mueve muy despacio, tiene los pezones hinchados, y últimamente está muy rara. ¿Qué otra cosa podría ser? —Le parecía increíble que cada persona que había conocido creyera que, por el mero hecho de haber tenido un perro de pequeños, era unos expertos en cuestiones caninas.

—¿Y si tiene una infección? Eso podría causarle la hinchazón. Y si la infección es seria, también podría originarle dolor, lo cual explicaría su comportamiento extraño.

Nanoha abrió la boca para replicar, entonces la cerró cuando se dio cuenta de que no había ponderado esa posibilidad. Una infección podría provocarle la hinchazón de los pezones — mastitis, o algo similar— y, por un momento, se sintió invadida por una agradable sensación de alivio. Sin embargo, después de considerar el argumento con más detenimiento, se dio cuenta de que no podía ser. No era uno o dos, sino todos los pezones. Retorció la servilleta, deseando que ella hiciera el favor de escucharla.

—Está preñada, y tendrá cachorros. Y tú tendrás que ayudarme a encontrar familias que quieran adoptarlos, ya que no pienso llevarlos a la perrera municipal.

—Estoy segura de que no ha sido Zafira.

—¡Sabía que dirías eso!

—Pero es que, para que lo sepas...

Nanoha sacudió la cabeza enérgicamente. ¡La clásica reacción del que se cree sabelo-todo! Las responsabilidades ante un embarazo recaían siempre en los pobres dueños de la perrita. Se levantó de la silla expeditivamente.

—Mira, te guste o no, tendrás que asumir tu parte de responsabilidad. Y espero que te des cuenta de que no será fácil encontrar familias para esos cachorros.

—Pero...


—¿A qué se debía esa pelotera? —quiso saber Alicia.

Nanoha había desaparecido entre los setos; unos segundos más tarde, Fate la había visto atravesar la puerta de cristal y entrar en su casa. Fate todavía seguía sentada en la mesa, consternada por ese encuentro cargado de tensión, cuando avistó a su hermana, que se acercaba mirándola con estupefacción.

—¿Hacía mucho rato que estabas ahí?

—Sí, bastante rato —contestó ella. Vio la nevera portátil cerca de la puerta y sacó una cerveza—. Por unos segundos, pensé que esa chica te iba a pegar, después creí que iba a ponerse a llorar, y por último pensé que quería volverte a pegar.

—Lo mismo me ha parecido a mí —admitió Fate. Se frotó las sienes, intentando digerir la escenita.

—Ya veo que sigues saliendo con chicas entrañables.

—No es mi novia. Es mi vecina.

—Pues mejor todavía. —Alicia se arrellanó en una silla—. ¿Y cuánto tiempo hace que salen juntas?

—No estamos saliendo juntas. La verdad es que es la primera vez que hablo con ella.

—Impresionante —apuntó Alicia—. No sabía que tuvieras ese don.

—¿Qué don?

—Ya sabes, conseguir que alguien te odie a primera vista. Es un don inusual, sin duda.

Normalmente se supone que primero has de conocer bien a la persona.

—Muy graciosa.

—Sí, lo sé, no puedo remediarlo. Y Zafira... —Se giró hacia el perro y lo señaló con un dedo acusador—. Tú deberías ir con más cuidado, bribón.

Zafira movió la cola antes de incorporarse. Fue hacia ella y hundió el hocico en el regazo de Alicia. Ella intentó apartarlo empujándole la cabeza con suavidad, pero lo único que consiguió fue que Zafira hiciera más fuerza para permanecer pegado a ella.

—No lo retiro, eres un bribón.

—Zafira no es el culpable.

—Ya, eso es lo que le decías a tu vecina, aunque ella se negaba a escucharte. ¿Qué le pasa?

—Me parece que está un poco alterada.

—Eso es evidente. Me costó un poco entender de qué estaba hablando. Pero he de admitir que ha sido de lo más entretenido.

—Vamos, no seas tan mala.

—¡No soy mala! —Alicia se recostó en la silla, y examinó a su hermana detenidamente—. Es muy mona, ¿no te parece?

—No me he fijado.

—¡Anda ya! Estoy segura de que ha sido lo primero en lo que te has fijado. He visto cómo te la comías con los ojos.

—Vamos, vamos. Me parece que has venido un poco guerrera esta noche.

—Supongo que sí; el examen de esta tarde ha sido agotador.

—¿A qué te refieres? ¿Te has dejado alguna pregunta sin contestar?

—No, pero me he tenido que estrujar los sesos con algunas de ellas.

—¡Qué vida tan terrible la tuya!

—Así es. Y todavía me quedan tres exámenes más la semana que viene.

—¡Pobrecita mía! La vida de estudiante es mucho más dura que la de currante.

—¡Mira quién habla! Tú estuviste en la universidad más años que yo. Y eso me recuerda que... ¿Cómo crees que se lo tomarán papá y mamá si les digo que quiero continuar estudiando un par de años más para hacer el doctorado?

En casa de Nanoha se encendió una luz en la cocina. Distraída, Fate tardó unos momentos en contestar.

—Probablemente no te pondrán ninguna traba. Ya conoces a papá y mamá.

—Lo sé. Pero últimamente tengo la impresión de que quieren que encuentre pareja y que siente cabeza.

—Bienvenida al club. Hace años que tengo esa misma sensación.

—Ya, pero para mí es distinto. Soy mayor que tu. Mi reloj biológico no perdona.

La luz en la cocina de Nanoha se apagó; unos segundos más tarde, otra luz se encendió en la habitación. Fate se preguntó si Nanoha se iba ya a dormir.

—Recuerda que mamá se casó a los veintiún años —continuó Alicia—. Y que me tuvo a los veintitrés. —Esperó algún comentario por parte de su hermana, en vano—. Pero, claro, fíjate en lo mala chica que has salido. Quizá debería usar ese argumento como excusa.

Las palabras se filtraron despacio en la mente de Fate, y ella frunció el ceño cuando finalmente captó la indirecta.

—¿Debo tomármelo como un insulto?

—Efectivamente; ésa era mi intención —replicó ella con una risita burlona—. No, mujer. Sólo quería ver si me estabas escuchando, o si estabas pensando en tu nueva amiga, quiero decir, en tu vecina.

—No es mi amiga —espetó ella. Fate sabía que su tono había sido defensivo, pero no había podido remediarlo.

—De momento no —terció su hermana—. Pero tengo la extraña impresión de que pronto lo será.


Author's notes part 2:

And... finish, well the first chapter that is, pretty long isn't?

Ya saben por favor si encuentran algun error me dicen y yo tratare de corregirlo. Especialmente ese horrible error de llamar a Fate-chan 'él'

Que les parecio? Fue muy divertido escribir a Nanoha en su white devil mode XD and I'm sorry for making Yuuno Nanoha's boyfriend for now. But I promise we are not going to 'see' his ferret face very often in this story.

Poor Fate-chan she got yelled at by the white devil in full mode.

And Yay! Ali-chan is in this story.

Awwww Nanoha thinks that Fate-chan is very, veeeeeery attractive and Fate-chan thinks that Nano-chan is beautiful.

Ah I found a typo in the prologue well to be more exact in my author's notes I meant to say that this story is NOT futa, though I have nothing against it, for this story I don't think futa is going to work, so like Guest said their daughters are science babies. XD "Magic"

Checking for the last time this chapter, I've found some typos y le agregue otras, I love this Fate-chan she is so funny and cool.

Well moving on...

Mi historia recomendada de hoy es "Luz de luna" una historia que derrama miel y produce diabetes XD pero es muy tierna, adaptada por Ishtar4 tambien ahora que estoy recomendando a Ishtar4-chan les recomiendo que lean las historias que ella adapto son muy buenas.

Thank you very, very, much por sus reviews.

Las cosas si valen la pena revisarlas, estaba revisando este chapter y encontre varios errores, but I'm sure there are more typos somewhere around this chapter.

This story goes dedicated to NekoNatsuneTakamachi-chan for being my first reviewer ever. Also honorable mentions to sachikovirtual, YuriLover24 and guest.