Author's notes: Despues del mal sabor que estoy segura que les dejo el previous chapter, les dejo este, les garantizo que les va a gustar mucho aunque be advised you are going to get very confused. Ali-chan is back in this chapter. Yay! (n_n)/ And she is funny as ever.
Disclaimer: I do NOT own Mahou Shoujo Lyrical Nanoha and its characters, nor do I own the plot, the plot belongs to Nicholas Sparks and MSLN belongs to Masaki Tsuzuki.
Chapter 15
February of the year 20-
This is where the epilogue left of...
Fate intentó apartar de la mente aquellos recuerdos de lo que había pasado hacía casi once años, preguntándose por qué habían emergido con tanta claridad. ¿Se trataba quizá de que ahora era lo bastante madura como para comprender lo inusual que era enamorarse con tanta rapidez? ¿O simplemente porque echaba de menos la intimidad de aquellos días? No lo sabía.
Últimamente, tenía la impresión de que no sabía muchas cosas. Había gente que afirmaba tener todas las respuestas, o por lo menos las respuestas a las preguntas fundamentales en la vida, pero Fate nunca los había creído. Había algo en la seguridad con que hablaban o escribían que le hacía pensar que tenían la necesidad de justificarse ante sí mismos. Pero si realmente existía una persona que pudiera responder cualquier pregunta, la pregunta de Fate sería: ¿hasta dónde se debería llegar en nombre del amor verdadero?
Podía proponer la pregunta a cien individuos y obtener cien respuestas diferentes. La mayoría eran obvias: una persona debería sacrificarse, o aceptar, o perdonar, o incluso luchar si era necesario..., la lista era inacabable. Sin embargo, a pesar de que sabía que todas aquellas respuestas eran válidas, ninguna le servía en esos momentos. No era posible comprender ciertas cosas. Al echar la vista atrás, rememoraba situaciones que deseaba poder cambiar, lágrimas que quería que nunca se hubieran derramado, momentos a los que podría haber sacado más jugo y frustraciones que debería haber desechado. La vida, por lo visto, estaba llena de contriciones, y anheló poder retroceder en el tiempo para poder vivir determinados momentos de su vida de nuevo. De una cosa estaba segura: debería haber sido mejor esposa. Y mientras consideraba la pregunta de hasta dónde se debería llegar en nombre del amor, supo cuál sería su respuesta. A veces significaba que una persona tenía incluso que mentir.
Y pronto, muy pronto, debería tomar una decisión que implicaba precisamente eso: mentir.
Las luces fluorescentes y los azulejos blancos resaltaban aún más el ambiente aséptico del hospital. Fate avanzó despacio por el pasillo, con la seguridad de que, a pesar de que había visto a Nanoha un poco antes, Nanoha no la había visto. Vaciló, procurando cobrar ánimo antes de ir a hablar con ella. A eso iba, después de todo, pero la procesión de los recuerdos tan vividos la había dejado extenuada. Se detuvo, consciente de que unos minutos más para ordenar sus pensamientos no alteraría la situación en absoluto.
Se refugió en una pequeña sala de espera y se sentó. Observando el movimiento constante y rítmico en el pasillo, se dio cuenta de que, a pesar de que las urgencias nunca se acababan, el personal mantenía una rutina, del mismo modo que Fate tenía las suyas en casa. Era inevitable que la gente intentara mantener una sensación de normalidad en un lugar donde nada era normal.
Ayudaba a soportar mejor el día, si se añadía una sensación predecible a una vida que era inherentemente impredecible. Sus mañanas eran un claro ejemplo, y suponía que para todo el mundo era lo mismo. La alarma a las seis y cuarto; un minuto para levantarse de la cama y nueve minutos en la ducha, otros cuatros minutos para lavarse los dientes, y siete minutos para vestirse. Un desconocido podría saber qué hora era con tan sólo seguir la sombra de sus movimientos a través de la ventana. Después, bajaba rápidamente las escaleras para servirse un tazón con cereales; revisaba las carteras para ver que sus hijas no se habían olvidado los deberes y preparaba unos bocadillos con mantequilla de cacahuete y mermelada para la hora de comer mientras sus hijas todavía medio adormiladas se tomaban el desayuno.
Exactamente a las siete y cuarto, salía con ellas por la puerta y esperaba en la acera a que llegara el autocar escolar, conducido por un hombre de aspecto zafio que le recordaba a Shrek.
Cuando sus hijas se habían acomodado en sus asientos, Fate les sonreía y les decía adiós con la mano, tal y como se suponía que tenían que hacer las madres. Alice y Vivio tenían seis y ocho años respectivamente, y mientras observaba cómo se encaraban a un nuevo día, a menudo sentía una leve opresión en el pecho. Quizás eso era normal —la gente siempre decía que ser madre significaba estar todo el tiempo preocupada—, pero últimamente sus inquietudes se habían pronunciado aún más. Reflexionaba acerca de cuestiones en las que nunca antes había pensado.
Pequeños detalles. Detalles ridículos. ¿Se reía Alice tanto con los dibujos animados como solía hacer antes? ¿Estaba Vivio más deprimida que de costumbre? A veces, mientras el autocar se alejaba, no podía evitar revivir minuciosamente cada minuto de aquella mañana, buscando pistas que denotaran si sus hijas eran felices. La jornada anterior, Fate se había pasado la mitad del día preguntándose si Alice la había puesto a prueba al pedirle que le atara los cordones de los zapatos en vez de hacerlo ella, o si simplemente era que estaba cansada. A pesar de que sabía que rozaba el preocupante límite de la obsesión, al entrar sigilosamente en sus habitaciones la noche previa para cubrirlas bien con las mantas, no había podido evitar preguntarse si aquel estado de agitación que las dos mostraban por la noche era nuevo o era algo en lo que antes no había reparado.
No debería ser así. Nanoha debería estar con Fate; Nanoha debería ser la que les atara los cordones de los zapatos y las tapara bien con las mantas. Se le daban muy bien esas tareas, tal y como ella había estado segura que sería desde el principio. Recordó que en los días que siguieron a su primer fin de semana juntas, no podía evitar quedarse mirando a Nanoha, ensimismada, con la certeza de que aunque se pasara el resto de su vida buscando, no encontraría otra madre mejor ni un complemento más perfecto para ella. Esa verdad a menudo la asaltaba en los lugares más insólitos —mientras empujaba el carrito por la sección de la fruta en el supermercado o mientras estaba haciendo cola en el cine para comprar las entradas para ver una película—, pero siempre que le pasaba, hacía que algo tan simple como estrecharle la mano a Nanoha se convirtiera en un placer exquisito, algo tanto momentáneo como gratificante.
Su noviazgo no había estado exento de complicaciones para ella. Nanoha era la que se debatía entre dos personas que suspiraban por su amor.
«Un pequeño inconveniente», era como Fate lo describía en las fiestas, pero a menudo se preguntaba en qué momento exacto los sentimientos de Nanoha por Fate habían superado a lo que Nanoha creía que sentía por Yuuno. ¿Fue cuando se hallaban sentadas, la una junto a la otra, contemplando el cielo nocturno, y, sosegadamente, Nanoha empezó a nombrar las constelaciones que reconocía? ¿O fue al día siguiente, cuando Nanoha la abrazó mientras iban en moto antes de la comida campestre? ¿O fue más tarde, aquella noche, cuando Fate la estrechó entre sus brazos?
No estaba segura; capturar un instante específico de ese modo no resultaba menos complicado que encontrar una gota de agua concreta en el océano. Pero la cuestión era que fue Nanoha la que tuvo que explicarle la situación a Yuuno. Fate podía recordar la expresión de angustia en su cara cuando Nanoha se enteró de que Yuuno llegaría aquel día. Se acababa la certeza que las había guiado durante los días previos; en su lugar surgía la cruda realidad de lo que tenía delante. Nanoha apenas había probado bocado durante el desayuno y cuando Fate le dio un beso de despedida, Nanoha respondió con una leve sonrisa. Las horas se hicieron eternas, y Fate intentó mantenerse todo el rato ocupada en el trabajo y también hizo varias llamadas para encontrar familias que quisieran adoptar a los cachorros, pues sabía que eso era sumamente importante para Nanoha. Al final, después del trabajo, Fate fue a ver cómo estaba Arf. Como si la perrita supiera que más tarde la necesitarían, no regresó al garaje cuando Fate le abrió la puerta. En vez de eso, se tumbó en la hierba crecida que demarcaba la propiedad de Nanoha y clavó la vista en la calle mientras el sol iniciaba su lento descenso en el cielo.
Ya había oscurecido cuando Nanoha aparcó el coche al lado de su casa. Fate recordaba la seriedad con que la miró cuando se apeó del auto. Sin una palabra, ella se sentó a su lado en los peldaños del porche. Arf se le acercó y empezó a hacerle carantoñas con el hocico. Nanoha le pasó la mano por el pelaje, acariciándola distraídamente.
—Hola —la saludó Fate, rompiendo el silencio.
—Hola. —Su voz sonaba fatigada.
—Creo que he encontrado familias para todos los cachorros.
—¿Sí?
Fate asintió, y las dos se quedaron sentadas juntas sin hablar, como dos personas a las que no se les ocurría ningún tema de conversación.
—Siempre te amaré —confesó Fatel, buscando sin éxito las palabras adecuadas para animarla.
—Te creo —susurró Nanoha. Enlazó el brazo con el de Fate y apoyó la cabeza en su hombro—. Por eso estoy aquí.
A Fate nunca le habían gustado los hospitales. A diferencia de la clínica veterinaria, que cerraba sus puertas por la noche, le daba la impresión de que el Hospital General Carteret siempre estaba vertiginosamente en funcionamiento, como una noria que nunca se detenía, con pacientes y empleados montándose y apeándose cada minuto de cada día. Desde su posición en la silla de la pequeña sala de espera, podía ver a las enfermeras entrando y saliendo de las habitaciones, o arracimándose alrededor de la sección reservada al personal al final del pasillo. Algunas parecían agotadas, mientras que otras parecían aburridas; y lo mismo se podía decir de los médicos. En otras plantas, Fate sabía que había mujeres dando a luz y ancianos que exhalaban su último suspiro, un microcosmos del mundo. A pesar de que todo aquello le parecía opresivo, Nanoha se había sentido muy bien trabajando allí, llena de energía por el ajetreo de la actividad constante.
Unos meses antes, había encontrado una carta en el buzón de casa, de parte de la Oficina de Administración, en la que les anunciaban que el hospital planeaba conmemorar los diez años que Nanoha había trabajado en el hospital. La carta no hacía alusión a nada específico que Nanoha hubiera conseguido; se trataba de una carta estándar, igual que la que sin duda habían enviado a una docena de otros empleados que habían empezado a trabajar allí más o menos por la misma época que Nanoha. La carta prometía que iban a colgar una pequeña placa conmemorativa en uno de los pasillos, en la que figuraría el nombre de Nanoha junto con el de otros homenajeados, a pesar de que el acto todavía no se había celebrado.
Fate no creía que a Nanoha le importara. Nanoha había aceptado el trabajo en el hospital no por la posibilidad de que algún día su nombre apareciera en una placa, sino porque no le había quedado más remedio. A pesar de que Nanoha había aludido a ciertos problemas en la clínica pediátrica durante su primer fin de semana juntas, no había sido muy específica. Fate no había insistido para que se lo contara, pero incluso entonces sabía que el problema simplemente no iba a desaparecer.
Al final, acabó por contárselo. Lo hizo al final de un largo día. La noche previa lo habían avisado desde el centro ecuestre, y cuando se personó se encontró con un caballo árabe sudoroso que pateaba furiosamente contra el suelo, y tras palparle el estómago constató que tenía fuertes dolores de vientre. Los signos clásicos de un cólico equino, aunque con un poco de suerte, no pensaba que tuviera que intervenirlo quirúrgicamente. Sin embargo, dado que los dueños del animal tenían más de setenta años, Fate no se sentía cómoda con la idea de pedirles que sacaran a pasear al caballo durante quince minutos cada hora, por si el caballo se ponía más nervioso o su estado empeoraba. En vez de eso, decidió quedarse ella a vigilar el caballo, y a pesar de que el animal gradualmente mejoró a medida que el día daba paso a la tarde, cuando Fate finalmente se marchó del centro ecuestre se sentía exhausta.
Llegó a casa, sudando y llena de mugre, y encontró a Nanoha llorando desconsoladamente en la mesa de la cocina. Tuvieron que pasar unos minutos antes de que Nanoha fuera capaz de referirle lo que había sucedido: se había tenido que quedar hasta tarde con un paciente que estaba esperando una ambulancia por lo que ella creía que era una apendicitis; cuando al final llegó la ambulancia, la mayoría del personal ya se había ido a casa. El médico de guardia, Vice Granscenic, no se había marchado. Salieron juntos del edificio, y Nanoha no se dio cuenta de que Granscenic iba andando con ella hacia el aparcamiento hasta que fue demasiado tarde. Allí, él le puso la mano en el hombro y le dijo que si quería, podía acompañarla un tramo más, y que, de camino, la pondría al corriente del estado de uno de sus pacientes. Cuando ella esbozó una sonrisa forzada, él se inclinó para besarla.
Fue un movimiento torpe, que le recordó la época del instituto, y Nanoha retrocedió antes de que él pudiera acabar. Granscenic la miró fijamente, desconcertado: «Pensaba que esto era lo que querías».
En la mesa, Nanoha se estremeció.
—Lo dijo de una forma como si la culpa fuera mía.
—¿Había sucedido antes?
—No, no de este modo. Pero...
Cuando Nanoha no continuó, Fate se inclinó hacia delante y le cogió la mano.
—Vamos, soy yo. Puedes contármelo.
Nanoha permaneció con la vista fija en la superficie de la mesa, pero su tono era sosegado cuando le contó el comportamiento habitual de Granscenic con ella. Cuando terminó, Fate tenía las facciones tan crispadas que apenas podía contener la rabia.
—Yo lo arreglaré —dijo sin esperar respuesta.
Sólo tuvo que realizar dos llamadas telefónicas para averiguar dónde vivía Granscenic. En cuestión de minutos, las ruedas de su coche chirriaron cuando se detuvo delante de la casa de Granscenic. Su dedo insistente en el timbre de la puerta consiguió atraer al médico hasta la puerta de la entrada Granscenic apenas tuvo tiempo de mostrar su desconcierto antes de que Fate le asestara un puñetazo en la mandíbula. Una mujer que Fate dedujo que era la esposa de Granscenic se materializó justo en el instante en que Granscenic caía al suelo y sus chillidos resonaron en el pasillo.
Cuando la Policía llegó a la casa, arrestaron a Fate por primera y última vez en su vida. Se la llevaron a la comisaría, donde la mayoría de los agentes la trataron con un relajado respeto. Cada uno de ellos había llevado sus animales de compañía a la clínica y se mostraban claramente escépticos ante el alegato de la señora Granscenic de que «¡una psicópata ha agredido a mi marido!».
Cuando Fate llamó a su hermana, Alicia apareció con un semblante más divertido que preocupado. Encontró a Fate sentada en una celda, enzarzada en una intensa conversación con el sheriff; cuando Alicia se les acercó, se dio cuenta de que estaban hablando del gato del sheriff, al que le había salido una afección cutánea, que hacía que no pudiera dejar de rascarse.
—Qué lástima —se lamentó Alicia.
—¿Qué?
—¡Y yo que pensaba que iba a encontrarte embutida en una camisa de rayas!
—Siento haberte decepcionado.
—Quizá todavía estemos a tiempo. ¿Qué opina, sheriff?
El sheriff no sabía qué pensar; un momento más tarde, dejó a las dos hermanas solas.
—Gracias por tu colaboración —dijo Fate cuando el sheriff se hubo marchado—. Ahora probablemente está considerando tu sugerencia.
—A mí no me eches la culpa. Yo no soy quien anda por ahí atacando a médicos en la mismísima puerta de su casa.
—Se lo merecía.
—De eso no me cabe la menor duda.
Fate sonrió.
—Gracias por venir.
—No me lo habría perdido por nada del mundo, Rocky. ¿O prefieres que te llame Apollo Creed?
—¿Qué tal si intentas sacarme de aquí en lugar de ponerme más apodos?
—Pero es que ponerte apodos es más divertido.
—Quizá debería haber llamado a papá.
—¡Ah! Pero no lo has hecho. Me has llamado a mí. Y te aseguro que no te arrepentirás de tu decisión. Ahora deja que vaya a hablar con el sheriff, ¿vale?
Más tarde, mientras Alicia estaba hablando con el sheriff, Vice Granscenic visitó a Fate.
Nunca antes había tenido ninguna relación con la veterinaria de la localidad y había exigido saber el motivo por el que ésta lo había asaltado. Aunque Fate nunca le confesó a Nanoha lo que le dijo, Vice Granscenic retiró rápidamente los cargos, a pesar de las protestas de la señora Granscenic. Al cabo de unos pocos días, Fate se enteró por medio del típico cotilleo que circulaba por la pequeña localidad que el doctor y la señora Granscenic habían ido a ver a un consejero matrimonial.
Sin embargo, a Nanoha le resultaba extremamente tenso ir a trabajar a la clínica pediátrica y, unas pocas semanas más tarde, el doctor Graham citó a Nanoha en su despacho y le sugirió que intentara buscarse otro trabajo.
—Sé que no es justo —le dijo el doctor Graham—. Y si te quedas, haremos lo que esté en nuestras manos con tal de zanjar el asunto. Pero tengo sesenta y seis años, y mi intención es retirarme el año que viene. El doctor Granscenic ha accedido a hacerse cargo de la consulta y dudo que él quiera que tú te quedes o que tú misma desees trabajar con él. Creo que sería más fácil y más conveniente que te tomes un tiempo para buscar otro trabajo donde te sientas más cómoda y puedas olvidar este desagradable episodio en tu vida. —Se encogió de hombros—. No digo que su comportamiento no sea reprobable; lo es. Pero aunque sea un desgraciado, es el mejor pediatra que se presentó para cubrir el puesto vacante y el único que mostró ganas de trabajar en una pequeña localidad como ésta. Si te marchas voluntariamente, no dudaré en redactar la mejor carta de recomendación que puedas imaginar. Estoy seguro de que encontrarás otro trabajo sin dificultad. No me cabe la menor duda.
Nanoha reconoció la manipulación a la que el doctor Graham la estaba sometiendo, y a pesar de que por dentro clamaba que se le hiciera justicia —tanto a ella como a todas las mujeres que habían sufrido acoso sexual—, su lado pragmático se puso en funcionamiento. Al final, aceptó un trabajo en el Departamento de Urgencias del hospital.
Sólo había habido un problema: cuando Nanoha se enteró de lo que Fate había hecho, se indignó.
Fue la primera pelea que tuvieron como pareja y Fate todavía podía recordar su porte afrentado cuando le exigió que le contestara si Fate creía que ella «no era lo bastante mayorcita como para lidiar con sus propios problemas», y que por qué había actuado como si ella fuera «una damisela tontita en apuros». Fate ni tan sólo intentó defenderse. En el fondo, sabía que no dudaría en actuar otra vez del mismo modo en las mismas circunstancias, pero intuitivamente mantuvo la boca cerrada.
A pesar de todas las muestras de contrariedad de Nanoha, Fate sospechaba que en cierto modo Nanoha había admirado lo que Fate había hecho. La simple lógica del acto —«¿Ese tipo ha abusado de ti? ¡Ya le daré yo!»— le había gustado, por más que Nanoha se hubiera puesto hecha una furia, ya que más tarde, aquella noche, mientras hacían el amor, se mostró particularmente apasionada. O por lo menos, así lo recordaba Fate. ¿Había pasado aquello esa noche? No estaba segura.
Últimamente, tenía la impresión de que de lo único que estaba segura era de la certeza de que no cambiaría esos años con Naonha por nada en el mundo. Sin ella, su vida no tenía sentido. Fate era una esposa provinciana con un trabajo en un pueblecito y sus preocupaciones no divergían de las del resto de los habitantes de aquella pequeña localidad. Nunca había sido ni una líder ni una seguidora, ni tampoco se había destacado por ser alguien a quien seguramente todos recordarían después de su muerte. Era la mujer más normal y corriente de todas las mujeres que poblaban la Tierra, con una única excepción: se había enamorado de una mujer que se llamaba Nanoha, y su amor por ella se había ido acrecentado a lo largo de los años que habían estado casadas. Pero el destino había conspirado para arruinar esa bella historia, y ahora Fate pasaba horas y horas, día tras día, preguntándose si era humanamente posible arreglar la situación entre ellas.
Author's Notes part 2: What the heck happened? What do you mean, if it is possible to fix things between them? What happened to our NanoFate? *sobs*
Are you as confused as I am? Let's see what is going on in the next chapter.
Goodbye ferret face...come one people sing with me.
Ding, dong, the witch is dead...
Ah! Me olvidaba esto no es una historia futa, you must be asking, so where did their daughters came from? Pero recuerden lo que les dije al principio ...MAGIC. Or science babies.
Ki-chan: Well I'm glad for you, I didn't like the last chapter *sigh* y por mi lado del mundo ya esta empezando a hacer frio and I'm very happy because of that, I love Autumn and Winter *happy grin* lastimosamente no puede modificar esta story para que a ferret face se lo coman los sharks *sigh* I'm actually reading your story from the very beginning so I can actually know what's going on y te pueda dar mis reivews.
Aili.w-chan: Bueno si Nano-chan hubiese dicho 'te amo' al ferret face con mas ganas hubiese ahorcado a Nano-chan, I love diabetes inducing stories XD , I'm no so much for angsty stuff, espero que te haya gustado este chapter.
Shisuki27-chan:Creo que todos sufrimos, darn you Nano-chan, but oh well like Aili.w said not everything has to be clouds and pink flowers, pero bue por lo menos Nano-chan made the right decision in this chapter.
Kano chan: Don't worry I know it was just a silly coincidence, but I'm glad to have someone from here following me in Tumblr XD and please whenever you can draw NanoFate I promise you, you are going to get loads of followers, well with NanoFate, Reinako, Elsanna and many others yuri pairings. Hehehehe I wanted to kick Nano-chan too but after this chapter, not anymore XD I'm too waiting for chapter 12 of Citrus and I'm also waiting for the release of the volume 3 of Citrus.
Maho-san: *puppy dog eyes* I'm sorry, but this is how the goes *sobs* espero que con este chapter pueda compensar un poco por el previous chapter y este chapter por lo menos es mas largo.
Gracias todos y todas por su apoyo. \(n_n)
Takamachi-chan & Ishtar4-chan: I still miss you guys. *Sobs*
Mi historia recomendada de dia hoy es: "Lejos de los ojos, lejos del corazon" escrito por Ceeles. Esta muy buena la historia, espero les guste como a mi me ha gustado.
Chapter 16 preview...
—Hola Fate —la saludó una voz desde el umbral de la puerta—. Pensé que te encontraría aquí.
El joven doctor Acous, de unos treinta años, se dedicaba a hacer rondas cada mañana. Con el paso de los años, él y su esposa se habían convertido en buenos amigos de Nanoha y de Fate, y el verano previo los cuatro se habían ido juntos de vacaciones a Orlando, con los niños a cuestas.
—¿Más flores?
Fate asintió, notando la rigidez en la espalda.
Acous titubeó unos instantes sin moverse de la puerta de la sala de espera.
—Supongo que eso significa que todavía no la has visto.
—Bueno, la vi hace un rato, pero...
Cuando no acabó la frase, Acous la terminó por ella.
—¿Necesitabas estar un rato sola? —Entró en la sala y se sentó al lado de Fate—. Es una reacción normal.
—Pues yo no me siento nada normal. Nada de esto me parece normal.
—No, supongo que no.
Fate cogió nuevamente las flores, intentando apartar esos pensamientos que tanto la atormentaban, consciente de que había ciertas cosas de las que no podía hablar.
—No sé qué hacer —admitió finalmente.
