Author's notes: Bueno no se que decir...I just don't want to give away any spoilers, lo unico que puedo decirles es que el distanciamento de ellas no es por nada de lo que nos imaginabamos, so please do enjoy this chapter and please do not hit me at the end of this chapter. *laughs*
Disclaimer: I do NOT own Mahou Shoujo Lyrical Nanoha and its characters, nor do I own the plot, the plot belongs to Nicholas Sparks and MSLN belongs to Masaki Tsuzuki.
Chapter 16
—Hola Fate —la saludó una voz desde el umbral de la puerta—. Pensé que te encontraría aquí.
El joven doctor Acous, de unos treinta años, se dedicaba a hacer rondas cada mañana. Con el paso de los años, él y su esposa se habían convertido en buenos amigos de Nanoha y de Fate, y el verano previo los cuatro se habían ido juntos de vacaciones a Orlando, con los niños a cuestas.
—¿Más flores?
Fate asintió, notando la rigidez en la espalda.
Acous titubeó unos instantes sin moverse de la puerta de la sala de espera.
—Supongo que eso significa que todavía no la has visto.
—Bueno, la vi hace un rato, pero...
Cuando no acabó la frase, Acous la terminó por ella.
—¿Necesitabas estar un rato sola? —Entró en la sala y se sentó al lado de Fate—. Es una reacción normal.
—Pues yo no me siento nada normal. Nada de esto me parece normal.
—No, supongo que no.
Fate cogió nuevamente las flores, intentando apartar esos pensamientos que tanto la atormentaban, consciente de que había ciertas cosas de las que no podía hablar.
—No sé qué hacer —admitió finalmente.
Acous le puso la mano en el hombro.
—Cómo me gustaría poder ayudarte.
Fate se giró hacia él.
—¿Qué harías tú en mi lugar?
Acous permaneció en silencio durante un largo momento.
—¿Si estuviera en tu posición? —Frunció los labios, considerando las cuestiones, con un aspecto mucho más viejo de la edad que realmente tenía—. Sinceramente, no lo sé.
Fate asintió. No había esperado que Acous le diera una respuesta.
—Sólo quiero obrar de forma correcta.
Acous entrelazó las manos.
—Eso es lo que todos pretendemos.
Cuando Acous se marchó, Fate empezó a removerse nerviosa en la silla, consciente de los papeles que llevaba en el bolsillo. A pesar de que hasta hacía poco los había guardado en el escritorio, ahora le parecía imposible seguir adelante con su día a día sin tenerlos cerca, aunque anunciaran el final de lo que ella más quería.
El viejo notario que los había redactado no pareció encontrar nada inusual en la petición de Nanoha y Fate. Tenía el pequeño bufete familiar en Morehead City, lo bastante cerca del hospital donde trabajaba Nanoha como para poder ver el edificio desde las ventanas y divisar las paredes cubiertas con paneles de madera de la sala de conferencias. El encuentro no había durado demasiado; el notario les había explicado los estatutos relevantes y les había contado varias anécdotas personales; más tarde, Fate sólo podía recordar la languidez con que el anciano le había estrechado la mano de camino a la puerta.
Le parecía extraño que aquellos papeles pudieran marcar el final oficial de su matrimonio. Eran palabras codificadas, nada más, pero el poder que ahora contenían parecía casi malévolo. ¿Dónde estaba la humanidad en aquellas frases? ¿Dónde estaba la emoción administrada por aquellas leyes? ¿Dónde estaba el reconocimiento de la vida que habían compartido, hasta que todo se torció? ¿Y por qué, en nombre de Dios, había querido Nanoha redactarlos?
Su historia no debería acabar de aquel modo, y desde luego no era una posibilidad que Fate hubiera contemplado cuando se declaró a su mujer. Recordó el viaje en otoño a Nueva York; mientras que Nanoha se estaba dejando mimar en el balneario del hotel con un masaje y un servicio de pedicura, Fate se había escabullido hasta la calle 47 Oeste, donde había comprado el anillo de compromiso. Después de cenar en el conocido restaurante Tavern on the Green, habían disfrutado de un paseo por Central Park en una carroza tirada por caballos. Y bajo un cielo nublado y con luna llena, Fate le había pedido que se casara con ella, y lo cierto es que se quedó sorprendida por el modo apasionado en que ella la rodeó con sus brazos mientras le susurraba que sí una y otra vez.
¿Y después? «La vida», pensó Fate. Entre los turnos de Nanoha en el hospital, ella planeó la boda: a pesar de que sus amigos le aconsejaron que se dejara llevar por la corriente, Fate deseaba intervenir en el proceso. La ayudó a elegir las invitaciones, las flores y el pastel; se sentó a su lado mientras Nanoha hojeaba un gran número de álbumes en las tiendas de fotos en la zona comercial, esperando encontrar el fotógrafo adecuado que inmortalizara el día. Al final, invitaron a ochenta personas a una pequeña y ajada capilla en Cumberland Island la primavera de 20-; se fueron a Cancún de luna de miel, un lugar que acabó por ser una decisión idílica para ambos. Nanoha deseaba un sitio tranquilo, y se pasaron horas tumbadas bajo el sol, disfrutando de la buena comida; Fate quería un poco más de aventura, así que Nanoha se animó a bucear y también fue con ella a una excursión de un día para ver las ruinas aztecas cercanas al hotel.
El toma y daca durante la luna de miel estableció el tono del matrimonio. Erigieron la casa de sus sueños no sin la correspondiente dosis de estrés, y ésta estuvo acabada justo cuando se cumplía su primer aniversario de boda; cuando Nanoha pasó el dedo por el borde de su copa de champán y se preguntó en voz alta si había llegado el momento de empezar a pensar en formar una familia, la idea le pareció a Fate no sólo razonable, sino algo que ella deseaba desesperadamente. Al cabo de un par de meses, Nanoha estaba embarazada, un embarazo desprovisto de complicaciones o incluso de demasiadas molestias. Después de que naciera Vivio, Nanoha redujo las horas de trabajo en el hospital y juntas organizaron un horario para conseguir que una de ellas siempre estuviera en casa con el bebé. Cuando Alice nació dos años más tarde, ninguna de ellas notó demasiado la diferencia en sus vidas, a no ser por el hecho de que aquel nacimiento añadió más alegría y entusiasmo al hogar.
Las Navidades y los cumpleaños llegaban y se iban, las niñas crecían tanto que la ropa se les quedaba pequeña de una temporada a otra. Disfrutaban de vacaciones familiares, pero Fate y Nanoha también intentaban pasar algunos ratos solas, para que la llama de su amor no se apagara.
Max acabó por retirarse, y dejó a Fate al cargo de la clínica veterinaria; Nanoha limitó las horas incluso más, y aún sacó tiempo para dedicarse a labores de voluntariado en la escuela de sus hijas.
En su cuarto aniversario de boda, fueron a Italia y a Grecia; en su sexto aniversario, se fueron de safari a África una semana. En su séptimo aniversario, Fate le construyó a Nanoha una pérgola en el jardín para que ella pudiera sentarse a leer y solazarse con la relajante panorámica del sol reflejándose en el agua. Fate le enseñó a sus hijas esquí náutico y wakeboard cuando cada una de ellas cumplió cinco años; hizo de entrenadora en sus equipos de fútbol en otoño. En las pocas ocasiones en que ella se paraba a reflexionar sobre su vida, se preguntaba si había alguien en el mundo entero que se sintiera tan afortunada como ella.
Y no era que todo fuera perfecto. Unos años antes, Ella y Nanoha habían atravesado una etapa difícil. Los motivos le parecían ridículos ahora, con el efecto balsámico del paso del tiempo, pero incluso en aquellos momentos, nunca hubo un instante en que ella verdaderamente pensara que su matrimonio estaba en peligro. Y tenía la impresión de que Nanoha pensaba igual. De una forma intuitiva, cada una de ellas había llegado a la conclusión de que el matrimonio consistía en un compromiso y también en saber perdonar. Se trataba de hallar un equilibrio, en el que una persona complementaba a la otra. Ella y Nanoha habían gozado de ese estado durante años, y Fate deseaba que pudieran volver a tenerlo. Pero en esos momentos no era así. Deseaba hallar cualquier posibilidad para restablecer aquel delicado equilibrio que hubo entre los dos.
Fate sabía que no podía demorar la espera por más tiempo, y se levantó de la silla.
Sosteniendo las flores, empezó a recorrer el pasillo, sintiéndose casi incorpórea. Vio que varias enfermeras la miraban, y a pesar de que a veces se cuestionaba qué debían pensar, nunca lo había considerado detenidamente. En vez de eso, reunió coraje. Le temblaban las piernas y podía notar el inicio de un dolor de cabeza, unas incipientes punzadas justo sobre la nuca. Sabía que si cerraba los ojos, podría dormir durante horas. Se sentía completamente exhausta, lo cual carecía de sentido. Tenía treinta y dos años, y no setenta y tres, y a pesar de que últimamente comía muy poco, todavía se imponía a sí misma la obligación de ir al gimnasio: «No puedes dejar de hacer ejercicio —insistía su padre—, porque si no, acabarás por volverte loca». Había perdido ocho kilos en las últimas doce semanas, y en el espejo podía ver que se le habían hundido las mejillas. Agarró el tirador de la puerta y la abrió, y al verla, esbozó una sonrisa forzada.
—Hola, cielo.
Fate esperó a que Nanoha se moviera, esperó ver cualquier señal que le confirmara que las cosas estaban volviendo a la normalidad. Pero no pasó nada, y en el largo y vacío silencio que siguió, sintió una intensa punzada de sufrimiento en el corazón, como un dolor físico. Siempre sucedía lo mismo. Entró en la habitación y continuó con los ojos fijos en Nanoha, como si intentara memorizar todos sus rasgos, a pesar de que sabía que era un ejercicio infructuoso. Conocía aquella cara mejor que la suya propia.
Avanzó hasta la ventana y subió la persiana para permitir que la luz del sol se extendiera por la estancia. La vista no era muy interesante; la habitación daba a una autovía que partía el pueblo en dos. Los coches pasaban despacio por delante de los restaurantes de comida rápida, y Fate se imaginó a los conductores escuchando música o la radio, o hablando por el teléfono móvil, o dirigiéndose al trabajo, o realizando encargos, o simplemente dando una vuelta, o de camino a casa de algún amigo. Personas que seguían su rutina, personas sumidas en sus propias preocupaciones, todas ellas ajenas a lo que sucedía dentro de las paredes de aquel hospital. Una vez ella había sido una de esas personas, y sintió pena por no haber valorado más su vida previa.
Depositó las flores en la repisa de la ventana, y se arrepintió de no haberse acordado de traer un jarrón. Había elegido un ramo de flores de invierno, y los colores naranja tostado y violeta parecían apagados, casi melancólicos. El florista se consideraba a sí mismo un artista con grandes dotes de creación, y en todos los años que Fate había recurrido a él, jamás había salido decepcionada de la floristería. El florista era un buen hombre, un tipo afable, y a veces Fate se preguntaba cuántos detalles sabía sobre su matrimonio. En el transcurso de los años, había comprado ramos de flores para cumpleaños y aniversarios; también para pedir disculpas o simplemente movida por un impulso, como una sorpresa romántica. Cada vez, le había dictado al florista lo que quería que escribiera en la tarjeta. A veces había recitado un poema que había encontrado en un libro o que había escrito ella misma; otras veces, se había plantado delante del mostrador y simplemente había soltado lo que le pasaba por la mente. Nanoha guardaba todas aquellas tarjetas en una pequeña pila, atadas con una goma. Constituían en cierto modo la historia de la vida de Fate y Nanoha juntas, descrita en pequeños trozos de papel.
Se sentó en la silla junto a la cama y le cogió la mano. Nanoha tenía la piel pálida, casi como la cera, su cuerpo parecía más pequeño, y se fijó en las finísimas líneas que se le habían empezado a formar en las comisuras de los ojos. Sin embargo, seguía pareciéndole tan especial como la primera vez que la vio. Se sorprendía al pensar que hacía casi once años que la conocía. No porque fuera mucho tiempo, sino porque aquellos años parecían contener más... «vida» que los primeros 22 años sin ella. Ese era el motivo por Fate que había ido al hospital ese día; era la razón por la que iba al hospital cada día. Era la única decisión viable. Y no porque fuera lo que se suponía que tenía que hacer —a pesar de que eso también era cierto—, sino porque no podía imaginarse pasar el día en ningún otro sitio. Pasaban muchas horas juntas, pero por la noche dormían separadas. Irónicamente, no le quedaba más remedio, porque no podía dejar a sus hijas solas.
Aquellos días, el destino se encargaba de tomar todas las decisiones por ella.
Salvo una.
Habían transcurrido ochenta y cuatro días desde el accidente y había llegado el momento de tomar una decisión.
Todavía no tenía ni idea de lo que iba a hacer. Últimamente había estado buscando la respuesta en la Biblia y en los escritos de santo Tomás de Aquino y san Agustín. A veces, encontraba un pasaje que la conmovía, pero nada más que eso; cerraba la tapa del libro y se quedaba con la vista perdida en la ventana, con la mente en blanco, como si esperase encontrar la solución en algún punto del cielo.
Casi nunca regresaba a casa directamente desde el hospital. En vez de eso, conducía hasta el otro lado del puente y luego paseaba por las playas de Atlantic Beach. Se quitaba los zapatos y escuchaba el ruido de las olas al estrellarse contra la orilla. Sabía que sus hijas estaban tan afligidas como ella y, después de sus visitas al hospital, necesitaba tiempo para recomponerse. Sería injusto someterlas a su estado de desesperación. Para Fate sus hijas eran una válvula de escape necesaria. Cuando se centraba en ellas, no pensaba en sí misma, y la alegría de sus hijas todavía rezumaba una pureza no adulterada. Todavía tenían la habilidad de concentrar todas sus energías en el juego, y el sonido de sus risitas conseguía que Fate deseara reír y llorar al mismo tiempo. A veces, mientras las observaba, se quedaba sorprendida de lo mucho que se parecían a su Nanoha-mama.
Siempre le preguntaban por su Nanoha-mama, pero normalmente Fate no sabía qué contestarles. Eran lo bastante maduras como para comprender que su mami no estaba bien y que tenía que quedarse en el hospital; lo comprendían cuando cada vez que iban a visitarla veían que mami estaba dormida. Pero Fate no conseguía reunir las fuerzas necesarias para confesarles la verdad. En vez de eso, se acurrucaba con ellas en el sofá y les contaba con qué ilusión había vivido Nanoha los dos embarazos, o les recordaba aquel día en que la familia se había pasado toda la tarde jugando con unos surtidores. Normalmente, sin embargo, ojeaban los álbumes de fotos que Nanoha había ido montando con tanto esmero. En ese aspecto estaba chapada a la antigua, y las fotos siempre conseguían arrancarles una sonrisa. Fate les contaba anécdotas asociadas a cada instantánea y, mientras contemplaba la cara radiante de Nanoha en las fotos, se le formaba un nudo en la garganta al pensar que nunca había visto a nadie más bello.
Para escapar de la tristeza que se apoderaba de ella en tales momentos, a veces alzaba la vista del álbum y la clavaba en la foto ampliada y enmarcada que se habían hecho en la playa el verano anterior. Las cuatro iban vestidas con pantalones de color beige y camisetas blancas con cuello abotonado y estaban sentadas entre la hierba de las dunas. Era el típico retrato de familia en Beaufort y, sin embargo, a Fate le daba la impresión de que era completamente único. No sólo porque se tratara de su familia, sino porque estaba segura de que incluso un desconocido se sentiría lleno de esperanza y optimismo ante tal imagen, ya que las cuatro protagonistas de la foto posaban como debería hacerlo una familia feliz.
Más tarde, cuando sus hijas ya se habían acostado, Fate guardaba los álbumes. Una cosa era estudiarlos con sus hijas y contarles anécdotas en un intento de mantenerles el ánimo bien alto, pero otra cosa distinta era ojear esas fotos sola. No podía hacerlo. En vez de eso, se quedaba sentada sola en el sofá, abatida por la tristeza que sentía en su interior. A veces Alicia la llamaba. La charla siempre giraba en torno a las típicas trivialidades, pero en cierto modo se notaba que no era una conversación natural, ya que Fate sabía que Alicia quería que Fate se perdonara a sí misma. A pesar de sus comentarios poco serios y sus bromas eventuales, Fate sabía que lo que ella realmente le estaba diciendo era que nadie le echaba la culpa de lo sucedido, que no era culpa suya. Que ella y los demás estaban preocupados por Fate. Adelantándose a los ánimos que Alicia pretendía infundirle, ella siempre le decía que estaba bien, aunque eso no era cierto, porque sabía que ella no quería escuchar la verdad: no sólo dudaba de que alguna vez consiguiera recuperarse de aquel golpe, sino que ni tan sólo estaba segura de si quería recuperarse.
Author's notes part 2: *Sobs* Oh my goodness what happened to Nano-chan? Why is she in the hospital? And apparently she is in a coma *cries*
Ven lo que les dije no es lo que todos o todas creiamos, but still *sobs* Muy triste lo que le esta pasando a Fate-chan, now we hemos llegado a un punto en donde no les puedo prometer un happy ending. *hides under desk* and please refrain yourselves from throwing rocks, tomatoes or anything sharp at me, that's how the stories goes.
Friendly Reminder: The plot of this story is not mine, la story le pertenece a Nicholas Sparks, if you like this story please buy the book or the e-book, let's help the original authors, so they can create even more stories.
Not much to say, but if anyone of you wants to cry with me, you are more than welcome to join me in my little corner while a cry my heart out.
Mi historia recomendada para el dia de hoy es: "Enseñame que es el amor" escrita por Ojiitos Claroos
Bonus recommendation: "A snowflake in spring" by Celery Sticks an Elsanna story, non-incest Esa story realmente me ha sorprendido, muy buena, realmente muy buena and they even have amazing drawings on Tumblr, look for them under the same name, A snowflake in spring.
Y bueno la unica story que me gusta que incluye Elsanna and incest is "Feel, Don't Conceal" by Kurrent es tan linda que rapido se olvida que una incest story.
Ki-chan: Happy Belated Birthday! *hugs* Ah bueno, que bueno que de cumple te toco el chapter donde el ferret desaparecio de la story *giggles* pero no desaparecio de la manera que tod s esperabamos y este parte va para tod s "If I remember correctly in the next chapter the original author is going to explain what happened to them"
Aili.w-chan: Nano-chan es muy chistosa, but we still love her anyway, See the white devil tiene maneras extrañas de reaccionar XD *laughs until sides hurt* Ahora ya sabemos que fue lo que las "separo" is just...ummm, that I don't wanna give any spoilers yet. Awww Thanks. Ali-chan es uno de mis characters favoritos. I love her.
Kano chan: Yay! *winks* Yeah, I loved Frozen, but alguien que sigo en Tumblr sometime re-blogged an Elsanna pic and curiosity got the best of me and now I have a new ship but not so much in the incest kind of way, en este sitio hay muchas stories muy buenas que nada tienen con el incest.
Why am I your enemy? What did I do? *sobs* Oh, yeah, good ol' Magic or science babies. XD
I'm sorry but the original author wasn't very specific on that matter, se los dejo a su imaginacion.
Maho-san: Todavia falta alrededor de 7 chapters, so we still have lots to say, but now you know that Nano-chan is not mad with our beloved Fate-chan, the poor thing was in an accident *cries* Muchas gracias for all your support Maho-san!
Chapter 17 preview...
Fate oyó unos golpes en la puerta y vio que entraba Lindy. En el último mes, se había acostumbrado tanto a ella que no sabía si sobreviviría sin su ayuda. A diferencia de otras enfermeras, ella mantenía una inagotable esperanza de que Nanoha despertara de su coma completamente ilesa, y por eso la trataba como si estuviera consciente.
—Hola, Fate —la saludó animadamente—. Siento interrumpirte, pero tengo que cambiarle el suero.
Cuando Fate asintió, ella se acercó a Nanoha
—Supongo que debes de estar hambrienta, cielo —dijo Lindy—. En un segundo lo solucionaremos, ¿de acuerdo? Y luego las dejaré solas a Fate y a ti. Ya sabes que no me gusta nada interrumpir a un par de tortolitas como ustedes.
Lindy actuó con presteza, quitando una bolsa de suero y reemplazándola por otra, y mientras lo hacía, seguía hablando animadamente.
—Ya sé que estás entumecida por los ejercicios de esta mañana. Realmente nos hemos esforzado, ¿eh? Parecíamos esos tipos que salen en los espacios de publicidad. Ahora estiramos los músculos por aquí y ahora por allá. Estoy muy orgullosa de ti.
