Author's notes: So I wanted to update this story because I'm mean and evil *laughs evilly* Mwahahahahahahahahahaha...*cough, cough* just kidding, I am so sorry for this, pero no se desanimen, sigan leyendo que nos espera a tod s una bonita sorpresa al final. Como siempre no les puedo decir si esto tiene un happy ending or not without giving away any spoilers, just bear it with me for just a few more chapters.

Warning: Sad very sad stuff ahead, so grab your Kleenex box and try not to cry too much, you will need those tears for the coming chapters. *sobs*

Attention: Si buscaron la "photo" de our beloved NanoFate, se ven tan lindas in their wedding photo.

Disclaimer: I do NOT own Mahou Shoujo Lyrical Nanoha and its characters, nor do I own the plot, the plot belongs to Nicholas Sparks and MSLN belongs to Masaki Tsuzuki.


Chapter 18

La casa que erigieron era la clase de hogar en el que Fate podía imaginarse pasando el resto de su vida. A pesar de que la construcción era absolutamente nueva, desde el momento en que se mudaron adoptó un aire íntimo y acogedor. Ella lo atribuía a que Nanoha se había esforzado mucho en crear un espacio en el que todas se sintieran cómodos tan pronto como abrían la puerta.

Nanoha fue la que supervisó todos los detalles que conferían esa cualidad hogareña. Mientras que Fate concebía la estructura en términos de metros cuadrados y materiales de construcción resistentes a los efectos corrosivos de la sal del mar y los veranos húmedos, Nanoha introdujo elementos eclécticos que a ella nunca se le habrían ocurrido. Una vez, mientras estaban construyendo la casa, pasaron en coche por delante de una granja en ruinas que llevaba mucho tiempo abandonada y Nanoha insistió en que Fate parase el coche. En aquella época, Fate ya se había acostumbrado a las impulsivas corazonadas de su esposa. Se burló de ella, pero al cabo de unos instantes estaban atravesando lo que antaño había sido una puerta. Pasearon por los suelos cubiertos de escombros y sortearon las plantas trepadoras que habían ido ganando terreno a través de las ventanas rotas y los huecos en las paredes. En la pared del fondo, sin embargo, se erigía la chimenea, llena de mugre, y Fate recordó haber tenido la impresión de que ella sabía que estaba allí. Nanoha se dirigió hacia la chimenea y pasó la mano por ambos lados y por debajo de la repisa.

—¿Lo ves? Creo que está hecha con un mosaico pintado a mano —comentó—. Debe de haber cientos de piezas, quizá más. ¿Puedes imaginar lo bonita que era? —Ilusionada, Nanoha le cogió la mano a Fate—. Deberíamos hacer algo parecido.

Poco a poco, la casa fue tomando unos acentos que ella nunca habría imaginado. No se limitaron únicamente a copiar el estilo de la chimenea; Nanoha encontró a los dueños de la granja en ruinas, se presentó un día en su casa y los convenció para que le vendieran la chimenea completa por menos de lo que costaba limpiarla. Ella quería unas enormes vigas de roble y un techo abovedado de pino en el comedor, lo cual parecía hacer juego con el tejado a dos aguas. Las paredes estaban escayoladas o con ladrillos o cubiertas con texturas de vivos colores, algunas que simulaban piel, y todas en general parecían obras de arte. Nanoha se pasó muchas horas durante innumerables fines de semana comprando muebles antiguos y baratijas, y a veces Fate tenía la impresión de que la propia casa sabía lo que ella intentaba conseguir. Cuando descubría un punto en el suelo de madera que crujía, pasaba mil veces por encima, con cara de absoluta concentración, para asegurarse de que no se lo estaba imaginando. Le encantaban las alfombras, cuanto más colorido tuvieran mejor, y había varias esparcidas por la casa con un generoso abandono.

Nanoha también era una mujer muy práctica. La cocina, los cuartos de baño y las habitaciones eran amplios y luminosos y destacadamente modernos, con enormes ventanales que enmarcaban las impresionantes vistas. La habitación de matrimonio tenía una bañera con cuatro patas en forma de garra y una ducha espaciosa con las paredes de cristal. Ella quería un garaje amplio, con mucho espacio para Fate. Puesto que suponía que pasarían muchas horas en el porche, insistió en comprar una hamaca y unas mecedoras a juego, junto con una barbacoa para el exterior y una zona donde pudieran sentarse al resguardo de la lluvia. El efecto final obtenido fue que cualquier persona no sabía si estaba más cómoda dentro o fuera de la casa; era la clase de hogar en el que alguien podía entrar con los zapatos llenos de barro sin que por ello recibiera una reprimenda. Y en la primera noche que pasaron en su nueva casa, mientras se hallaban tumbadas en la cama con dosel, Nanoha se giró hacia Fate con una expresión de absoluta felicidad y con una voz que era casi un susurro le dijo:

—Este lugar, contigo a mi lado, es donde siempre quiero estar.

Últimamente sus hijas estaban atravesando una fase difícil, a pesar de que Fate no se lo había mencionado a Nanoha.

No era sorprendente, por supuesto, pero en la mayoría de las ocasiones, Fate no sabía qué hacer. Vivio le había preguntado en más de una ocasión si Nanoha-mama regresaría a casa y, aunque ella le había asegurado que sí, la niña la miraba con cara insegura, probablemente porque Fate no estaba segura de si ella misma lo creía. Los niños eran muy sensibles a esa clase de situaciones y, a los ocho años, su hija había llegado a una edad en la que sabía que el mundo no era tan simple como había imaginado cuando era más pequeña.

Era una niña adorable con unos enormes ojos bicolores a la que le encantaba lucir cintas en el pelo. Siempre ponía esmero en que su habitación estuviera limpia y ordenada y no quería ponerse ropa que no fuera de conjunto. No pillaba rabietas cuando las cosas no salían bien; en vez de eso, era la clase de niña que ordenaba sus juguetes o elegía un par de zapatos nuevos. Pero desde el accidente se frustraba con facilidad, y las rabietas se habían convertido ahora en la norma general.

Su familia, incluida Alicia, le había recomendado que la llevara a un psicólogo y, tanto Vivio como Alice iban dos veces por semana, pero las rabietas parecían ir a peor. Y la noche previa, cuando Vivio se acostó, la habitación estaba completamente desordenada.

Alice, que siempre había sido bajita para su edad, tenía el pelo del mismo color que Fate y los ojos igual del azules que los de Nanoha y una disposición generalmente alegre y pizpireta. Tenía una mantita que llevaba a todas partes y seguía a Vivio por toda la casa como si fuera su perrito faldero. Pegaba adhesivos en todas sus carpetas y normalmente siempre llevaba a casa los trabajos que realizaban en la escuela con notas de la profesora felicitándola por lo bien que lo había hecho. Sin embargo, hacía bastante tiempo que lloraba cada vez que se iba a dormir. Desde el piso inferior, Fate podía oírla llorar a través del monitor y tenía que pellizcarse el puente de la nariz varias veces para evitar ponerse ella también a llorar. En esas noches, subía las escaleras para ir a la habitación de sus hijas —desde el accidente, otro cambio era que ahora querían dormir en la misma habitación— y Fate se tumbaba a su lado, acariciándole el pelo mientras oía cómo ella susurraba: «Quiero estar con mi Nanoha-mama» una y otra vez, las palabras más tristes que Fate jamás había oído. Con un nudo en la garganta que le impedía hablar, a duras penas le contestaba: «Lo sé. Yo también».

No podía empezar a usurpar el sitio de Nanoha y no lo intentó; lo que eso dejó, sin embargo, fue un agujero que Nanoha ocupaba, una sensación de vacío que ella no sabía cómo llenar. Al igual que la mayoría de los madres, cada una de ellas había ido perfilando unos dominios de experiencia en lo que concernía al cuidado de sus hijas. Fate ahora se daba cuenta de que Nanoha había asumido una mayor parte de responsabilidad que ella. Había muchas cosas que ella no sabía cómo hacer, cosas que a Nanoha probablemente le parecían muy fáciles. Pequeñas cosas. Podía peinar a sus hijas, pero cuando tenía que hacerles trenzas, no conseguía hacerlas bien. No sabía a qué clase de yogur se refería Alice cuando le decía que quería «el del plátano azul». Cuando se resfriaban, se quedaba de pie indecisa plantada delante del mostrador de la farmacia sin saber qué jarabe para la tos debía pedir. Vivio nunca se ponía la ropa que ella le elegía. Y no tenía ni idea de que a Alice le gustara llevar zapatos de charol los viernes. Cayó en la cuenta de que, antes del accidente, ni tan sólo sabía el nombre de sus maestras ni tampoco dónde estaban exactamente ubicadas sus clases en el edificio de la escuela.

Las Navidades fueron lo peor, ya que siempre habían sido las fiestas favoritas de Nanoha. Le encantaba todo lo relacionado con la Navidad: elegir el árbol, decorarlo, hornear galletas e incluso realizar todas las compras. Normalmente Fate se quedaba sorprendida al ver la capacidad de su esposa por mantener el buen humor mientras se abría paso entre el hervidero frenético de gente que inundaba los centros comerciales, pero, por la noche, después de que las niñas se hubieran ido a dormir, Nanoha sacaba sigilosamente los regalos con una risita y una satisfacción propias de una colegiala y las dos juntas envolvían todas las cosas que había comprado. Más tarde, Fate escondía los paquetes en la buhardilla.

En cambio, las últimas Navidades no habían sido alegres. Fate se había esforzado todo lo que había podido, procurando animar el ambiente cuando era evidente que no había alegría. Intentó hacer todo lo que Nanoha hacía, pero el esfuerzo de mantener un semblante feliz resultaba agotador, especialmente porque ni Vivio ni Alice se lo ponían fácil. No era culpa de ellas, pero lo cierto era que Fate no sabía cómo responder cuando en la primera línea de la carta para Papá Noel leyó la petición de que su Nanoha-mama se pusiera buena. Tampoco era que pudiera reemplazarla por una Nintendo DS o por una casa de muñecas.

En las últimas dos semanas, las cosas habían mejorado. Por lo menos un poco. Vivio todavía pillaba sus rabietas y Alice seguía llorando por las noches, pero se habían adaptado a la vida en la casa sin Nanoha-mama. Cuando llegaban a casa después de la escuela, ya no la llamaban; cuando caían y se arañaban los codos, automáticamente recurrían a ella para que les pusiera una tirita. En un dibujo de la familia que Alice dibujó en la escuela, Fate sólo vio tres imágenes; se le cortó la respiración al ver que había otra imagen horizontal en una esquina, una que parecía añadida como en el último momento. Dejaron de preguntar por Nanoha-mama con tanta insistencia y ya casi no iban a visitarla. Les resultaba muy duro ir al hospital, porque no sabían qué decir ni cómo comportarse. Fate lo comprendía e intentaba allanar el terreno.

—Sólo tienen que hablarle —les decía, y ellas lo intentaban, pero pronto se quedaban sin palabras al ver que no recibían ninguna respuesta.

Normalmente, cuando iban a verla, Fate hacía que le llevaran cosas —piedras bonitas que habían encontrado en el jardín, hojas de los árboles que habían pegado en un trozo de papel, tarjetas hechas a mano y decoradas con purpurina—. Pero incluso el acto de llevarle regalos no se libraba del peso de la incertidumbre. Alice depositaba el regalo sobre el estomago de Nanoha y retrocedía; un momento más tarde, lo colocaba en la mano de Nanoha para, al cabo de un rato, recogerlo y dejarlo en la mesita. Vivio, por otro lado, no paraba de moverse inquieta. Se sentaba en la cama y luego se acercaba a la ventana, escrutaba atentamente la cara de su madre y, en todas las ocasiones en que lo hacía, jamás decía ni una sola palabra.

—¿Qué has hecho hoy en la escuela? —le preguntó Fate la última vez que su hija estuvo allí—. Estoy segura de que a Nanoha-mama le gustará oírlo.

En lugar de contestar, Vivio se giró hacia ella.

—¿Por qué? —preguntó, con un tono de tristeza desafiante—. Sabes que no puede oírme.

En la planta baja del hospital había una cafetería y Fate se pasaba por allí prácticamente todos los días, más que nada para escuchar otras voces que no fueran la suya. Normalmente, iba a la hora de comer y, en las últimas semanas, había llegado a familiarizarse con los clientes habituales.

La mayoría de ellos eran empleados del hospital, pero había una anciana que parecía estar allí perpetuamente, por lo menos, cada vez que ella entraba. A pesar de que no había hablado con ella, se enteró por Lindy de que su marido ya estaba en la Unidad de Cuidados Intensivos cuando ingresaron a Nanoha. Era algo relacionado con unas complicaciones por diabetes y, cada vez que veía a la anciana tomándose una taza de consomé, Fate pensaba en su marido en alguna de las habitaciones de los pisos superiores. Era fácil imaginar lo peor: un paciente enchufado a una docena de máquinas, inacabables intervenciones quirúrgicas, posiblemente con alguna amputación, un hombre que apenas seguía con vida. No era asunto suyo y tampoco estaba segura de si quería saber la verdadera historia, quizá porque notaba que no podría mostrar la pena que sabía que debería mostrar en dichos casos. Tenía la sensación de que su habilidad por sentir empatía se había evaporado.

Sin embargo, no podía evitar observarla, sintiendo curiosidad por lo que podría aprender de ella. Mientras que el nudo en su estómago nunca parecía aflojarse lo bastante como para permitirle ingerir más de unos pocos bocados de comida, la anciana no sólo comía todo lo que había en el plato, sino que además parecía saborear la comida. Mientras que a ella le parecía imposible concentrarse durante un largo rato en cualquier cosa que no fuera sus propias necesidades y la existencia diaria de sus hijas, ella leía novelas durante la hora de comer y, en más de una ocasión, la había visto reírse silenciosamente tras leer algún párrafo que le había hecho gracia. Y, a diferencia de ella, todavía mantenía la habilidad para sonreír y por eso siempre sonreía afablemente a todos aquellos que pasaban por delante de su mesa.

A veces, Fate creía detectar en aquella sonrisa un rastro de soledad, a pesar de que se regañaba a sí misma por imaginar algo que probablemente no era cierto. No podía evitar preguntarse cómo debía de haber sido su matrimonio. Porque a la edad de aquella anciana, ella suponía que ya debían de haber celebrado las bodas de plata o quizás incluso las de oro.

Seguramente tenían hijos, aunque ella no los había visto por el hospital. Pero aparte de eso, no podía intuir nada más. Se preguntó si habían sido felices juntos, porque ella parecía tomarse la enfermedad de su esposo con absoluta tranquilidad, mientras que ella recorría los pasillos del hospital como si un mal paso pudiera derribarla al suelo.

Se preguntó, por ejemplo, si su marido había plantado rosales para ella, algo que Fate había hecho para Nanoha cuando ella se quedó embarazada de Vivio. Fate recordaba su expresión mientras estaba sentada en el porche, con una mano sobre su vientre, y entonces mencionó que faltaban más flores en el patio. Mirándola fijamente mientras Nanoha hablaba, Fate tuvo la certeza de que le estaba pidiendo que lo hiciera y, a pesar de que tenía las manos llenas de arañazos y las puntas de los dedos enrojecidas cuando acabó de plantar los arbustos, las rosas estaban floreciendo el día que nació Vivio. Ella le llevó un ramo al hospital.

Fate se preguntó si su marido la había observado de soslayo tal y como Fate hacía con Nanoha cuando sus hijas se montaban en los columpios en el parque. Le encantaba ver cómo las facciones de Nanoha se iluminaban con orgullo. A menudo, le cogía la mano y sentía el impulso de permanecer así para siempre.

Se preguntó si su marido la encontraba hermosa cuando se despertaba, con el pelo revuelto, tal y como le pasaba a ella con Nanoha. A veces, a pesar del caos estructurado siempre asociado a las mañanas, simplemente se quedaban tumbadas juntas en la cama, la una en los brazos de la otra, durante unos pocos minutos más, como si pretendieran coger fuerzas para encararse al nuevo día.

Fate no sabía si su matrimonio había sido especialmente afortunado o si todos los matrimonios eran así. Lo único que sabía era que sin Nanoha estaba totalmente perdida, mientras que otros, incluyendo la anciana de la cafetería, hallaban en cierto modo la fuerza para seguir adelante. No sabía si admirarla o sentir pena por ella. Siempre se daba la vuelta antes de que ella la pillara mirándola descaradamente. A su espalda, una familia entró en la cafetería, charlando con animación y llevando varios globos de colores; en la caja registradora, se fijó en un joven que hundía las manos en los bolsillos en busca de monedas. Fate apartó la bandeja a un lado, sintiendo náuseas. Sólo se había comido la mitad del bocadillo. Se debatió entre subir el resto a la habitación o no, pero sabía que, aunque lo hiciera, no se lo acabaría. Se giró hacia la ventana.

La cafetería daba a un pequeño parque y contempló el mundo cambiante en el exterior del recinto. Pronto llegaría la primavera y supuso que los pequeños capullos estaban ya floreciendo en los rosales plantados en los parterres. En los últimos tres meses había visto todas las posibles variantes del tiempo desde aquel mismo espacio. Había visto llover y también brillar el sol y había visto cómo los vientos huracanados de más de ochenta kilómetros por hora doblaban los pinos a lo lejos, casi hasta el punto de arrancarlos del suelo. Tres semanas antes, había visto cómo caía granizo del cielo, sólo para ser reemplazado unos minutos más tarde por un espectacular arco iris que enmarcaba las azaleas. Los colores, tan vividos que parecían casi dinámicos, le hicieron pensar que la naturaleza a veces nos envía señales, que es importante recordar que la alegría siempre puede ir seguida de la desesperación. Pero un momento más tarde, el arco iris se había desvanecido y volvió el granizo, y Fate se dio cuenta de que la alegría a veces no era más que una ilusión.


Author's notes part 2: Why do I have the feeling that I'm going to be crying loads with these chapters, poor Fate-chan and poor Vivio-chan and Alice-chan. Specially Alice-chan crying every single night for her Nanoha-mama. *sobs* y que tal that letter to Santa? *sobs again*
Please do not be mad at me, it's not my fault the story is going like is going. Maybe I am really evil. LOL!

Tienen todavia alguna idea de cual sea la decision que tiene que tomar Fate-chan?

Shirei-Kan: This chapter wasn't at all rainbows and lollipops, I'm sorry, *sobs* and yes, you are right vienen mas chapters tristes, y es una lastima total que tuviste que borrar tu adaptation, ne!? de que parte de Colombia eres?

Ki-chan: I'm sorry Ki-chan get well soon, no te deprimas, no puedo dar spoilers yet, but like I have said before, there is a nice surprise waiting for us at the end of this story.

Aria.T-chan: Helloooooooooooo *waves* Loooong time no see, perdon no quiero ser mala but this is how the story goes and please bear it with me a little bit more, Aria-chan extraño mucho tu story. T^T

Kano chan: Nope, I think...I'm just trying to be evil, that is all, LOL! I am a sucker for fluff stories, especially if that fluff story includes my beloved NanoFate and on top of that I love happy ending, veamos que va a pasar con esta story, *cowers in fear* please do not do anything to me, remember this is not my story is just an adaptation, I loved the ending for Akuma no Riddle, I'm waiting for the OVA that's coming this December I think.

Maho-san: Eh? Umm? Eh? *Tries to come up with a good excuse for Maho-san* Bueno aunque la story es muy triste, me parecio buena idea adaptarla porque tiene buen paralelo con la story canon from the original story, cuando Nano-chan se accidento y estuvo cierta cantidad de tiempo en coma, las cosas van a mejorar I promise you that.

Shisuki27: Será? Todavia no se sabe cual es esa decision, que tiene que tomar Fate-chan. Es bueno leerte de regreso, welcome back, and please keep reading things are going to get better.

Mi historia recomendada para el dia de hoy es: "Lyrical Magical Vaqueras Fate y Nanoha" por Kida Luna me hizo reir mucho.

Chapter 19 preview...

A media tarde, el cielo se estaba nublando y se acercaba la hora de iniciar la tabla de ejercicios con Nanoha. A pesar de que ella había completado los ejercicios rutinarios por la mañana y que una enfermera vendría al atardecer a realizar más ejercicios, Fate le había preguntado a Lindy si no le importaba que ella hiciera lo mismo por la tarde también.

—Creo que a ella le gustará —le había contestado.

La enfermera le enseñó todo el proceso, asegurándose de que ella entendía que cada músculo y cada articulación necesitaban atención. Mientras que Lindy y las otras enfermeras empezaban por los dedos de las manos, Fate empezaba por los de los pies. Apartó la sábana y le cogió el pie, a continuación empezó a flexionar uno de los dedos rosados hacia arriba y hacia abajo y después repitió el ejercicio antes de pasar a otro dedo.