Author's notes: *Hides* Hey guys I am so terribly sorry, but the universe has been conspiring against me, I have been terrible and oddly busy *sigh* But without further ado the epilogue...
Disclaimer: I do NOT own Mahou Shoujo Lyrical Nanoha and its characters, nor do I own the plot, the plot belongs to Nicholas Sparks and MSLN belongs to Masaki Tsuzuki.
Epilogue
June 20-
El paisaje apagado de invierno había dado paso a una explosión de colores al final de la primavera, y mientras Fate permanecía sentada en el porche de la parte trasera de la casa, podía oír el canto de los pájaros. Docenas, quizá cientos de ellos, trinaban sin parar, y de vez en cuando una bandada de estorninos alzaba el vuelo desde los árboles, volando en formaciones que casi parecían coreografiadas.
Era un sábado por la tarde y Vivio y Alice todavía estaban jugando en el columpio que su Fate-mama les había montado con una rueda y una cuerda que había atado a un árbol la semana previa.
La intención de Fate había sido montarles uno que fuera diferente a los columpios normales, que les permitiera a sus hijas columpiarse formando un amplio arco, por eso había cortado algunas de las ramas más bajas del árbol antes de asegurar la cuerda en una de las ramas más elevadas.
Aquella mañana se había pasado una hora columpiándolas y escuchando cómo sus hijas gritaban y reían entusiasmadas; cuando se dijo que ya no podía más, tenía la camiseta empapada de sudor y pegada a la espalda. Las niñas todavía le pedían que continuara columpiándolas.
—Me parece que Fate-mama necesita unos minutos de descanso —jadeó ella—. Fate-mama está cansada. ¿Por qué no se columpian un ratito ustedes solitas? Una se monta y la otra empuja, y luego al revés.
El desánimo, patente en sus caritas y en la forma en que dejaron caer desmayadamente los hombros, duró sólo unos momentos. Al cabo de unos minutos ya volvían a chillar entusiasmadas.
Fate las contempló mientras se columpiaban y su boca se curvó en una leve sonrisa. Le encantaba el sonido musical de sus carcajadas y se le henchía el pecho al verlas jugar tan bien juntas. Esperaba que siempre siguieran tan unidas como entonces. Le gustaba creer que si seguían los pasos de Alicia y los suyos, a medida que pasaran los años aún se harían más amigas. Por lo menos, ésa era su esperanza. Había aprendido que la esperanza era a veces todo lo que una persona tenía y, en los últimos cuatro meses, había aprendido a convivir con ella.
Desde que había tomado aquella decisión, su vida había vuelto gradualmente a una especie de normalidad. O, por lo menos, a un estado similar. Había ido a ver media docena de residencias con Alicia. Antes de aquellas visitas, Fate pensaba que todas las residencias eran unos tugurios oscuros y malolientes donde los pacientes, desorientados y sin parar de gimotear, deambulaban por los pasillos en plena noche o estaban a todas horas vigilados por enfermeras medio psicóticas.
Sin embargo, descubrió que ninguno de esos prejuicios era cierto. Por lo menos, no en las residencias que Alicia y ella visitaron.
En vez de eso, se encontró con que la mayoría disponía de unas instalaciones luminosas y ventiladas, dirigidas por profesionales de mediana edad, hombres o mujeres sensatos y serios, que se esforzaban hasta límites dolorosos para demostrar que sus instalaciones eran más higiénicas que la mayoría de las casas y que el personal era cordial, humanitario y profesional. Mientras que Fate se pasaba todo el rato que duraba la visita preguntándose si Nanoha se sentiría feliz en un espacio como aquél o si sería la paciente más joven en la residencia, Alicia se encargaba de realizar las preguntas más delicadas. Se interesaba por la experiencia previa de los empleados y por los procedimientos de emergencia que seguían, se preguntaba en voz alta con qué rapidez resolvían las quejas y, mientras recorría los pasillos, dejaba claro que estaba bien informada de todas las normas y regulaciones recogidas por la ley. Planteaba situaciones hipotéticas que podían suceder y preguntaba cómo las afrontarían el personal y el director; preguntaba cuántas veces cambiarían a Nanoha de posición durante el día, para prevenir que se le llagara la piel. A veces, Fate tenía la impresión de que su hermana era como un fiscal que intentaba declarar a alguien culpable de un delito y, a pesar de que logró incomodar a más de un director, Fate le estaba agradecida por su actitud perseverante y supervisora. Ella se sentía tan desbordada que apenas era capaz de pensar, pero al menos se daba cuenta de que Alicia estaba realizando todas las preguntas pertinentes.
Al final, trasladaron a Nanoha en ambulancia a una residencia dirigida por un hombre que se llamaba Griffith Lowran , a tan sólo un par de manzanas del hospital. Griffth no sólo había impresionado a Fate, sino también a Alicia, y ésta había rellenado casi todo el papeleo en el despacho del director. Alicia había insinuado —Fate no sabía si era cierto— que conocía a gente influyente en el cuerpo legislativo del estado y consiguió que a Nanoha le dieran una bonita habitación privada con vistas a un parque. Cuando Fate iba a verla, arrastraba la cama hasta la ventana y le alzaba las almohadas para que ella quedara un poco incorporada. Imaginaba que su esposa disfrutaba de los sonidos provenientes del parque, donde los amigos y los familiares se congregaban bajo la agradable luz del sol. Una vez Nanoha se lo había dicho mientras ella le flexionaba la pierna. También le había dicho que comprendía y apreciaba su decisión. O, para ser más precisas, Fate había imaginado que ella se lo decía.
Después de ingresarla en la residencia y de pasar prácticamente otra semana más con ella mientras ambas se aclimataban a aquel nuevo espacio, Fate volvió al trabajo. Aceptó la sugerencia de Alicia y empezó a trabajar hasta primera hora de la tarde cuatro días a la semana; su padre la sustituía por la tarde. No se había dado cuenta de cuánto echaba de menos la interacción con otra gente y, el día en que finalmente almorzó con su padre, fue capaz de acabarse casi toda la comida. Por supuesto, trabajar cada día significaba que tenía que modificar su horario con Nanoha. Después de despedirse de sus hijas cuando se iban al colegio, iba a la residencia y se pasaba una hora allí; después del trabajo, pasaba otra hora con Nanoha antes de que las niñas volvieran a casa. Los viernes, se quedaba en la residencia prácticamente todo del día, y durante los fines de semana, habitualmente iba a verla unas horas, en función de los planes de sus hijas, que sabía que era lo que Nanoha habría deseado que hiciera. A veces, algunos fines de semana ellas querían ir a la residencia con ella, pero casi siempre se negaban o no les quedaba tiempo porque tenían partido de fútbol o debían ir a alguna fiesta o a patinar. En cierto modo, ahora que Fate no sentía el asfixiante peso de tener que asumir la decisión sobre si Nanoha debía vivir o morir, estar separada de ella ya no le importaba tanto como antes. Sus hijas estaban haciendo lo necesario con el fin de recuperarse y seguir adelante, igual que ella. Había vivido lo suficiente como para saber que todo el mundo lidiaba con sus penas de diferentes modos, y poco a poco, cada uno de ellos parecía aceptar su nueva vida. Entonces, una tarde, cuando ya habían transcurrido nueve semanas desde su ingreso en la residencia, la paloma apareció en la ventana de Nanoha.
Al principio, Fate no podía creerlo. Para ser absolutamente sinceras, tampoco estaba segura de si se trataba del mismo pájaro. ¿Quién podía saberlo? Grises, blancas y negras con unos ojos pequeños, redondos y oscuros —y, había que admitirlo, como en casi todos los pueblos y ciudades, una verdadera plaga—, todas las palomas eran muy parecidas. Sin embargo, al observarla con más atención..., Fate supo que era el mismo pájaro. Tenía que serlo. La paloma continuó paseándose de un lado a otro de la repisa sin mostrar ningún temor hacia Fate cuando éste se acercó al cristal y, su arrullo le pareció..., en cierta manera familiar. Seguramente todos le dirían que estaba loca, y en parte ella reconocería que tenían razón, pero, sin embargo... Era la misma paloma, por más insólito que pareciera.
La observó sorprendida, extasiada, y al día siguiente, llevó consigo unas rebanadas de pan y esparció migas por la repisa. A partir de entonces, miraba con frecuencia hacia la ventana, esperando que volviera a aparecer la paloma, pero nunca lo hizo. En los días que siguieron a aquella única aparición, Fate se sintió deprimida por su ausencia. A veces, en momentos en que dejaba volar la imaginación, le gustaba pensar que la paloma había venido simplemente para saber cómo estaban y para confirmar que Fate todavía cuidaba de Nanoha. Se decía que, o bien ése era el motivo, o bien había acudido para anunciarle que no perdiera la esperanza; que, al final, su decisión había sido correcta.
Sentada en el porche, recordando aquel momento, se maravilló de tener todavía la capacidad de contemplar a sus hijas felices y de poder experimentar tanta alegría ella misma. Ya casi no reconocía aquella sensación de bienestar, de sentir que todo iba bien en el mundo. ¿Acaso la aparición de la paloma había sido una premonición de los cambios que se avecinaban en sus vidas? Supuso que era absolutamente comprensible preguntarse tales cosas y pensó que se pasaría el resto de su vida contando el resto de la historia.
Lo que sucedió fue lo siguiente: un día, a media mañana, transcurridos seis días después de la aparición de la paloma, Fate estaba trabajando en la clínica veterinaria. En una sala había un gato enfermo; en otra, un cachorro de doberman que necesitaba una vacuna. En la tercera sala, Fate estaba cosiendo a un perro —un cruce entre labrador y golden retriever— que se había hecho un corte profundo al cruzar una alambrada. Acabó de darle el último punto de sutura, hizo el nudo y se disponía a explicarle al dueño los cuidados que debía seguir para evitar que la herida se infectara cuando una empleada entró en la sala sin llamar a la puerta. Fate se giró sorprendida ante tal interrupción.
—Es Griffith Lowran —anunció ella—. Dice que necesita hablar con usted.
—¿Puedes tomar nota del mensaje? —le pidió Fate, mirando al perro y a su dueño.
—Dice que no puede esperar. Es urgente.
Fate se disculpó con el cliente y le pidió a la empleada que acabara de atenderlos. Se dirigió hacia su despacho y cerró la puerta. En el teléfono destacaba una luz intermitente que indicaba que Lowran permanecía a la espera.
Ahora, rememorando aquel instante, Fate recordó que no estaba segura de qué esperaba oír.
Sintió, sin embargo, un siniestro presagio mientras se llevaba el auricular a la oreja. Era la primera vez —y la última— que Griffith Lowran la llamaba a la clínica. Intentó mantener la calma, entonces pulsó el botón.
—Hola, soy Fate Testarossa —dijo.
—Doctora Testarossa, soy Griffith Lowran —dijo el director. Su voz era sosegada y no denotaba ningún estado anímico en particular—. Creo que será mejor que venga ahora mismo a la residencia.
En el corto silencio que siguió, un millón de pensamientos atravesaron la mente de Fate: que Nanoha había dejado de respirar, que su estado había empeorado, que ya no quedaba esperanza.
En aquel instante, agarró el teléfono con los dedos crispados, como si intentara prepararse para lo que le iban a comunicar a continuación.
—¿Está bien Nanoha? —preguntó, con la voz entrecortada.
Hubo otra pausa, probablemente sólo un segundo o dos. Una pausa insignificante para cualquiera y, sin embargo, una eternidad para ella; así describiría después aquella pausa, pero al oír las dos palabras que sonaron a continuación, el teléfono se le cayó de las manos.
Estaba completamente serena cuando salió del despacho. Por lo menos, eso es lo que los empleados le dirían más tarde: que su semblante no transmitía ninguna pista de lo que había sucedido. Le dijeron que la vieron abrirse paso hasta el mostrador del vestíbulo y que era evidente que no se daba cuenta de que todos la estaban mirando. Todo el mundo, desde el personal de la clínica veterinaria hasta los dueños que habían llevado sus animales a la clínica, sabía que la esposa de Fate estaba en la residencia. Caro Ru Lushe, que tenía dieciocho años y trabajaba de recepcionista, se la quedó mirando con los ojos abiertos como un par de naranjas cuando ella se le acercó. En aquel momento, casi todo el mundo en la clínica sabía que había recibido una llamada desde la residencia. En ese tipo de pequeñas localidades, las noticias corren de forma casi instantánea.
—¿Puedes llamar a mi padre y decirle que venga? —le pidió Fate—. Tengo que ir a la residencia.
—Sí, claro —contestó Caro. Luego titubeó—. ¿Va todo bien?
—¿Te importaría llevarme en coche? No creo que esté en condiciones de conducir.
—Claro —respondió ella, mirándola asustada—. Antes permítame que llame a su padre, ¿de acuerdo?
Mientras marcaba el número, Fate se quedó plantada delante de ella, paralizada. La sala de espera se había quedado en silencio; incluso parecía como si los animales se dieran cuenta de que pasaba algo. Fate oyó que Caro hablaba con su padre como si lo hiciera a distancia; de hecho, apenas era consciente de dónde estaba. Sólo cuando Caro colgó el teléfono y le dijo que su padre no tardaría en llegar, Fate pareció reconocer el lugar que la rodeaba. Vio el miedo en la cara de Caro. Quizá porque era joven y no sabía cómo debía comportarse ante tales circunstancias, se atrevió a hacer la pregunta que todo el mundo parecía querer formular.
—¿Qué ha pasado?
Fate detectó la preocupación y la angustia en todas las caras. Casi todos los que se hallaban presentes la conocían desde hacía muchos años; algunos desde que era una chiquilla. Unos pocos —la mayoría, empleados— conocían bien a Nanoha y, después del accidente, habían pasado un periodo que casi se podría definir de luto. No era de su incumbencia; no obstante, sí que sentían que les incumbía, porque las raíces de Fate estaban allí. Beaufort era el hogar de todos ellos y, al mirar a su alrededor, reconoció en la curiosidad de cada una de aquellas personas un acto de amistad y de consideración hacia ella. Sin embargo, no sabía qué decirles. Había imaginado aquel día miles de veces, pero ahora se había quedado completamente en blanco. Podía oír su propia respiración. Si se concentraba mucho, creía que incluso podría escuchar los latidos de su propio corazón; pero sus pensamientos eran demasiado inextricables para hurgar en ellos y aún menos para expresarlos con palabras. No estaba segura de qué pensar. Se preguntó si había oído correctamente lo que Lowran le había comunicado o si todo había sido un sueño; se preguntó si era posible que lo hubiera entendido mal. En su mente, volvió a repasar la conversación, buscando significados ocultos, intentando averiguar la realidad que se escondía detrás de las palabras, pero por más que lo intentaba, parecía incapaz de concentrarse durante el tiempo necesario como para incluso sentir la emoción que se suponía que debía sentir. El terror le paralizaba la mente por completo. Más tarde, describiría su estado como el de un robot diseñado para sentir la máxima felicidad en un extremo y la más terrible sensación de pérdida en el otro, que se había quedado encallada en el medio, con las piernas a ambos lados, pensando que un simple movimiento erróneo en cualquier dirección podría derribarla y hacerla rodar por los suelos.
En la clínica veterinaria, Fate apoyó la mano en el mostrador para mantenerse firme. Caro rodeó el mostrador con las llaves del coche tintineando en la mano. ella miró a las personas que llenaban la sala de espera, luego a Caro, y por último fijó la vista en el suelo.
Cuando alzó los ojos, sólo pudo repetir exactamente lo que había oído en el teléfono unos momentos antes:
—Ha despertado.
Doce minutos más tarde, después de cambiar de carril treinta veces y de pasarse tres semáforos en ámbar —o quizás incluso en rojo—, Caro detuvo el coche en seco delante de la entrada de la residencia. Fate no había abierto la boca en todo el trayecto, pero le sonrió en señal de agradecimiento mientras abría la puerta del coche.
El trayecto en automóvil no le había servido para aclarar las ideas. Se sentía completamente eufórica, desbordada de esperanza; sin embargo, al mismo tiempo, no podía zafarse de la sensación de que quizás había interpretado mal el mensaje. Quizá Nanoha se había despertado por un instante y ahora volvía a estar en coma; tal vez alguien había interpretado mal la información.
Puede que Lowran se hubiera referido a alguna condición médica oscura que regeneraba la función cerebral, en vez de lo que parecía más obvio. Cuando se encaminó hacia la entrada, la cabeza le daba vueltas vertiginosamente, vacilando entre la esperanza y la desesperación. Griffith Lowran la estaba esperando y parecía más sereno de lo que Fate podía llegar a imaginarse a sí misma el resto de su vida.
—Ya he llamado al médico y al neurólogo, y llegarán en cualquier momento. ¿Por qué no sube a la habitación?
—Nanoha está bien, ¿verdad?
Lowran, un hombre al que Fate apenas conocía, le puso la mano en el hombro y le dio un empujoncito hacia delante.
—Suba a verla —contestó—. No ha dejado de preguntar por usted.
Alguien abrió la puerta por ella —por más que lo intentaba, no conseguía recordar si había sido un hombre o una mujer— y Fate entró en el edificio. Las escaleras estaban al doblar la esquina, justo a la derecha de la puerta, y las subió a grandes zancadas, sintiéndose cada vez más mareada.
Al llegar al segundo piso, abrió la puerta y vio a una enfermera y a una empleada de la limpieza que parecían estar esperándola. A juzgar por sus expresiones emocionadas, Fate dedujo que debían de haberla visto llegar y querían contarle lo que sucedía, pero no se detuvo y la dejaron pasar. Al dar el siguiente paso, notó que le flaqueaban las piernas. Se apoyó un momento en la pared para recuperar la compostura, luego dio otro paso hacia la habitación de Nanoha.
Era la segunda habitación a la izquierda y la puerta estaba abierta. Cuando se acercó, oyó el murmullo de la gente que hablaba. En la puerta, vaciló un instante, deseando por lo menos haberse peinado, aunque sabía que ese detalle era irrelevante. Entró en la habitación, y la cara de Lindy se iluminó.
—Estaba en el hospital con el doctor cuando se lo han comunicado, y no he podido evitarlo... Tenía que venir a verla...
Fate apenas la oyó. En lugar de eso, únicamente podía concentrarse en la visión que se abría ante sus ojos: Nanoha, su esposa, estaba sentada en la cama del hospital, con el aspecto visiblemente debilitado. Parecía desorientada, pero su sonrisa al verla le expresó todo lo que necesitaba saber.
—Sé que tienen muchas cosas que contarse... —Lindy se retiró a un lado.
—¿Nanoha? —susurró Fate.
—Fate —carraspeó Nanoha. Su voz sonaba diferente, rasposa y ronca a causa de la falta de uso, pero, no obstante, era la voz de Nanoha.
Fate avanzó despacio hacia la cama, sin apartar los ojos de los de ella, sin darse cuenta de que Lindy había empezado a retroceder hasta que finalmente había cerrado la puerta tras ella.
—¿Nanoha? —repitió, todavía sin dar crédito a lo que veían sus ojos. En su sueño, o en lo que pensaba que era un sueño, vio que ella movía la mano desde la cama y la colocaba sobre su vientre, como si ese gesto requiriera todas las fuerzas que tenía.
Se sentó en la cama, a su lado.
—¿Dónde estabas? —le preguntó Nanoha con un tono acuoso, pero, sin lugar a dudas, cargado de amor y, sin lugar a dudas, lleno de vida. Un tono despierto—. No sabía dónde estabas.
—Ahora estoy aquí —dijo Fate, y en aquel instante se desmoronó y empezó a llorar, con unos incontrolables y potentes sollozos.
Se inclinó hacia ella, deseando que la abrazara y, cuando sintió su mano en la espalda, redobló su llanto. No estaba soñando. Nanoha la estaba abrazando; sabía quién era ella y lo mucho que ella significaba para Fate. Lo único que acertó a pensar fue: «Es real. Esta vez. Es real...».
Puesto que Fate no quería separarse de Nanoha, su padre la sustituyó en la clínica durante los siguientes días. En los últimos tiempos había retomado un horario que se podía considerar ya prácticamente de jornada completa y, en momentos como aquél, con sus hijas correteando y riendo a carcajadas en el patio y Nanoha en la cocina, no podía evitar quedarse ensimismada rememorando los detalles del último año. El recuerdo de los días que había pasado en el hospital empezaba a difuminarse, cada vez más borroso, como si apenas hubiera estado un poco más consciente que su mujer.
Nanoha no había salido de su estado de coma completamente ilesa, por supuesto. Había perdido mucho peso, sus músculos se habían atrofiado y, le había quedado un desagradable hormigueo en toda la parte izquierda del cuerpo. Todavía tuvieron que pasar bastantes días antes de que pudiera sostenerse de pie sola, sin ayuda. La terapia resultaba excesivamente lenta; incluso ahora, pasaba un par de horas cada día con el fisioterapeuta y, al principio, solía mostrar su frustración al no poder hacer cosas sencillas que antes del accidente daba por sentado. Odiaba su aspecto desgarbado en el espejo y en más de una ocasión comentó que parecía que hubiera envejecido quince años. En esos momentos, Fate siempre le aseguraba que estaba tan guapa como siempre, y que nunca había estado más segura de ello.
Vivio y Alice necesitaron un tiempo para adaptarse. La tarde en que Nanoha despertó, Fate le pidió a Griffith Lowran que llamara a su madre para que fuera a recoger a las niñas a la escuela. La familia se reunió una hora más tarde, pero cuando entraron en la habitación, ni Vivio ni Alice quisieron acercarse a su madre. En vez de eso, se escondieron detrás de Fate y ofrecieron respuestas monosilábicas a todas las preguntas que Nanoha les hizo. Tuvo que pasar media hora antes de que Alice finalmente se encaramase a la cama y se acurrucara junto a su madre. Vivio no se relajó hasta el día siguiente, e incluso entonces mantuvo sus sentimientos a raya, como si acabara de conocer a Nanoha. Aquella noche, después de que la trasladaran de nuevo al hospital y Fate llevara a sus hijas a casa, Vivio le preguntó «si Nanoha-mama ya se había puesto buena del todo, o si se volvería a quedar dormida». A pesar de que los médicos le aseguraron que tenían casi la absoluta certeza de que no se volvería a dormir, no podían estar totalmente seguros, por lo menos durante los primeros días. Los temores de Vivio reflejaban los suyos y cuando Fate encontraba a Nanoha durmiendo o simplemente descansando después de una intensiva sesión de terapia, notaba una creciente angustia en el pecho. Empezaba a respirar nerviosa y la sacudía con cuidado, mientras su pánico iba en aumento al ver que ella no abría los ojos. Y cuando finalmente ella se movía, no podía ocultar su alivio y gratitud. A pesar de que al principio Nanoha aceptó sus inquietudes —ahora admitía que ella también estaba asustada—, el nerviosismo que mostraba Fate en tales situaciones la sacaba de quicio. La semana previa, con una maravillosa luna llena que brillaba en el cielo y los grillos cantando sin parar, Fate empezó a zarandearla por el brazo mientras ella estaba tumbada a su lado. Nanoha abrió los ojos y al fijarlos en el despertador vio que apenas eran las tres de la madrugada. Un momento más tarde, se sentó en la cama y se la quedó mirando con el ceño fruncido.
—¡Tienes que parar con esta manía! ¡Necesito dormir! ¡Unas horas seguidas, sin que me molesten! ¡Como cualquier persona en el mundo! ¡Estoy exhausta! ¿No lo comprendes? ¡Me niego a pasarme el resto de mi vida soportando que me despiertes a cada hora!
Hasta allí llegó su comentario airado; ni tan sólo podía calificarse de pelea, puesto que ella no tuvo tiempo de responder antes de que Nanoha se volviera a tumbar y le diera la espalda, murmurando algo para sí misma, pero a Fate le pareció tan... genuino de Nanoha que soltó un suspiro de alivio. Si a Nanoha ya no le preocupaba volver a caer en estado de coma otra vez —y le había asegurado que no—, entonces a ella tampoco debería preocuparle. O, como mínimo, la dejaría dormir. Si era sincera consigo misma, se preguntaba si aquel temor acabaría alguna vez por desaparecer completamente. Pero en ese momento, en plena noche, se limitó a escucharla respirar y, cuando percibió diferencias en su pauta respiratoria, finalmente fue capaz de darse vuelta y volverse a dormir.
Todos se estaban ajustando y Fate sabía que eso requeriría tiempo. Mucho tiempo. Todavía tenían que hablar de su decisión de no haber respetado su voluntad, tal y como se especificaba en el testamento, y se preguntó si algún día serían capaces de abordar ese tema. Aún tenía que contarle con todo detalle las conversaciones imaginarias que Nanoha había mantenido con ella mientras estaba en el hospital, y en cambio Nanoha no tenía mucho que contar sobre su estado en coma. No recordaba nada: ni los aromas, ni los sonidos de la televisión, ni las caricias de Fate.
—Es como si el tiempo simplemente se hubiera... «desvanecido».
Pero no pasaba nada. Todo era exactamente tal y como debería ser. A su espalda, Fate oyó el chirrido de la puerta que se abría y se dio la vuelta. A lo lejos, podía ver a Arf tumbada sobre la hierba crecida, a un lado de la casa; Zafira, que ahora ya estaba muy viejo, dormía plácidamente en un rincón. Fate sonrió mientras Nanoha espiaba a sus hijas, al ver su expresión satisfecha. Mientras Vivio empujaba a Alice en el columpio de la rueda, las dos se reían sin parar. Nanoha tomó asiento en la mecedora, al lado de Fate.
—La comida ya está lista —anunció—. Aunque creo que las dejaré jugar unos minutos más. Lo están pasando tan bien...
—Sí. Han conseguido acabar con todas mis fuerzas.
—¿Te apetece que más tarde, quizá cuando venga Alicia, vayamos todas juntas al acuario? ¿Y a comer una pizza después? Me muero de ganas de comer pizza.
Fate sonrió, pensando que le gustaría que ese momento durara para siempre.
—Me parece una idea genial. Ah, sí, y eso me recuerda... Había olvidado decirte que tu madre ha llamado antes, mientras te estabas duchando.
—Ya la llamaré después. Y tengo que hacer otra llamada para que vengan a arreglar la bomba de calor. Anoche no refrigeraba bien el cuarto de las niñas.
—Quizá yo pueda arreglarlo.
—Será mejor que no. La última vez que intentaste arreglarla, tuvimos que comprar una nueva unidad entera, ¿recuerdas?
—Recuerdo que no me diste bastante tiempo.
—Sí, claro —bromeó Nanoha. Luego le guiñó el ojo—. ¿Quieres que comamos dentro o fuera?
Fate fingió que se debatía entre el sí y el no, aunque sabía que eso no era relevante. Aquí o allí, las cuatro comerían juntas. Fate estaba con la mujer y con las hijas que amaba, ¿quién podía necesitar o desear nada más? El sol brillaba en el cielo, las plantas florecían y el día pasaría con el tacto de una caricia que habría sido imposible imaginar el invierno anterior. Sólo era un día normal y corriente, un día más. Pero, por encima de todo, era un día en que todo era exactamente tal y como debería ser.
THE END
Especial thanks to those who stayed with me from the very beginning, to all who gave me a review and to all who took of their time to read this adaptation.
Gracias muchas a Ishtar4-chan, NekoHatsuneTakamachi-chan, Ki-chan, Kano chan, Aili.w-chan, Shirei-kan, Maho-san, Guest, raquesofi, sachikovirtual, Aria.T, angelitosolo, celi, soloangel, Mk, fatelove, Mittchan21 and Ki-chan's cousin XD y a todos aquellos que de seguro me he olvidado nombrar en la lista.
Mi plan era postear like a little sample from my next story that is going to be mine, pero como he estado tan ocupada no he tenido tiempo de revisar y corregirla entonces por el momento no se puede, esperen my next story is going to be up soon very soon.
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