II. NUVOLE BIANCHE.
1
— ¿Nos hemos visto anteriormente?
Tooru Oikawa entornó los ojos despacio con un aire meditabundo a la vez que seleccionaba cuidadosamente sus palabras. Finalmente movió su cabeza en negativa. A saber, tenía el rostro en un rictus fascinante e indescriptible.
—De ser así, no lo habría olvidado.
—Debí confundirlo, entonces —dijo Hajime Iwaizumi cortésmente; no obstante lo miró con recelo durante un tris cortísimo.
El interlocutor advirtió esa mirada. Por algún motivo parecía obstinado con cierto asunto del que luego desistió. Hubo un silencio mientras el camarero colocaba el café de Tooru Oikawa en la mesita y que aprovechó para probar el suyo.
—Dígame —continuó mientras miraba al camarero retirarse—, ¿va, usted, a ese tipo de eventos con frecuencia?
El mancebo dejó la tacita sobre el platillo y se quedó cavilando como haciendo memoria.
—Lo hago cuando tengo la oportunidad —se sonrió cautelosamente. Hajime Iwaizumi lo admiró con sorpresa y le hizo un ademán suave con las manos instándolo a proseguir—. Ayer por ejemplo, tuve una grata experiencia con el sonido minimalista: algo que me resulta hondamente curioso. Uno esperaría un espectáculo por demás extravagante, por el único hecho de tratarse de un género con el que no se está habituado y por carecer, —además— de lo que llamamos « el estilo clásico ». Pero eso, quizá, también es nuestro problema.
El interlocutor abrió los ojos con ávido asombro mientras se erguía un rictus de manifiesto gusto en su rostro. Dirigió una mirada resueltamente hacia la mesita, carraspeó y observó a Tooru Oikawa con los ojos enardecidos.
— ¿Y cuál dice usted que es nuestro problema?
—El tradicionalismo; si no es que el prejuicio también —resolvió el muchacho seguro y perentoriamente, cruzándose de piernas.
Hajime Iwaizumi asintió un par de veces como un gesto sistemático que no necesariamente dejaba de manifiesto estar en concordia.
— ¿No es algo joven para expresarse de esa manera? ¿Tendrá usted unos veinte años, quizás?
—Veintidós.
— ¿Estudia, usted?
—No en este momento —acotó secamente y con algo de brusquedad, Tooru Oikawa.
Si bien el interlocutor se había levantado levemente de la silla producto de la emoción, volvió a acomodarse en su lugar con palpable decepción.
—Es una lástima. Tengo estudiantes que rondan su misma edad y aspiran a un futuro prometedor, y yo lo he percibido como a uno de ellos.
Después el muchacho se sumió en sus pensamientos y observó a Hajime Iwaizumi tomar el café con parsimonia y naturalidad. Clavó los ojos en el tablero ocultando un profundo desdén como si hubiese resultado gravemente ofendido y luego de esto, se sintió más torpe y tosco aún, al creerlo socialmente inalcanzable.
Hajime Iwaizumi mientras tanto, admiraba con suma atención a un militar de porte robusto, ceñido en el uniforme típico de nuestras fuerzas armadas y al volver los ojos hacia Tooru Oikawa, su rostro reflejó, momentáneamente, genuina angustia.
— ¿Sabía usted, que el 56% de los franceses perciben al islam como una amenaza? —el mancebo asintió lánguidamente—. Entonces, ¿puedo preguntarle su posición al respecto? —se apresuró a interpelar con tono de preocupación o poco menos.
— ¿Mi posición?
—Así es, caballero. Su posición.
Tooru Oikawa se pasó la mano por el filo de la mandíbula mientras cavilaba. Tenía una mueca de impaciencia en la boca. Luego se removió en su asiento con cierto nerviosismo que Hajime Iwaizumi pudo advertir, una mirada rigurosa lo ponía en evidencia.
—Puesto que es un asunto que no se puede tomar a la ligera, me abstengo de tomar un partido concreto —hizo un silencio breve—. Puedo dejarle en claro; sin embargo, que no estoy a favor de la islamofobia.
— ¿Está diciendo que no ha determinado sus propias convicciones? ¿Es eso? —repitió Hajime Iwaizumi con escepticismo, no obstante, después de una pausa larga.
El interlocutor asintió nuevamente evitando la mirada del hombre inercialmente, a saber: avergonzado e irritado consigo mismo.
—Déjeme ver: usted afirma no ser partidario de una ideología en especial; pero al mismo tiempo rechaza la islamofobia. ¿Fue así como usted lo llamó, no? Bien, permítame decirle que desde ese momento usted ha hecho una elección. En efecto, usted ya tiene un pensamiento preconcebido; pero teme decirlo o no está completamente convencido de ello.
— No, no es así. Usted tergiversa, hasta cierto punto, mi idea.
— ¿Tergiversar? —preguntó Hajime Iwaizumi con una sonrisa irónica.
—Exactamente.
—Me parece que he dicho con precisión sus mismas palabras; aunque sí ha resultado ofendido con mi comentario, le pido disculpas. Sólo quiero decirle que si nuestros papeles hubiesen intercambiado y si hubiese sido usted quien extendiera tal pregunta, mi respuesta —al contrario de la suya— habría sido rotunda y contundente —señaló con voz condescendiente y añadió en seguida—. Ahora, sé que no ha pedido mi opinión; pero de todas formas se la diré: no vaya a creer usted en ese chantaje cultural. La islamofobia es un término creado por fascistas que pretenden censurar la libertad de expresión y crítica. Ello equivale a estar de acuerdo con cualquier comportamiento hostil, o en palabras simples: usted se convierte automáticamente, en patrocinador del terrorismo.
Cuando terminó su discurso Hajime Iwaizumi tenía el cuerpo entero vuelto hacia el interlocutor, rígido y con un cariz severo. Tooru Oikawa lo admiraba, absorto, inmóvil como la primera vez que le había escuchado. A propósito de eso, hay personas que en esencia causan asombro o que tienen algo en sus rostros que resulta magnético y Hajime Iwaizumi era un hombre que había aprendido a hacer valer su presencia.
— ¿Es usted catedrático? —preguntó sin la intranquilidad de antes, el mancebo.
—Abogado especializado en derecho penal —corrigió rápidamente mientras observaba su reloj con impaciencia.
Después se puso de pie. Tomó un maletín pequeño de cuero negro que tenía una hebilla dorada, con el rostro en un rictus ligero.
— ¿Tooru Oikawa, verdad? Como un buen consejo, le recomiendo que proyecte con más convicción sus propias percepciones —hizo una pausa y añadió—. Un hombre debe conservar y ante todo, ser fiel a sus ideales.
El muchacho se quedó cejijunto cavilando en ello, luego se sonrió a la vez que admiraba a Hajime Iwaizumi, no obstante como si hubiese concebido una idea diabólica y perversa que intentaba ocultar. Tooru Oikawa en despecho del desengaño y el orgullo propio herido, habíase dado cuenta de su posición. El justo medio: que no era listo, ni bobo. Sin embargo si perspicaz y silente cual serpiente. Finalmente el abogado le alargó la palma y él la estrechó con un movimiento aletargado.
—Fue un placer debatir con usted, caballero. Me agradaría verlo nuevamente. Au revoir.
E hizo una reverencia a medias y se marchó sin esperar una respuesta.
2
El lector recordará perfectamente la leve mención que ya he hecho sobre Hajime Iwaizumi en circunstancias ulteriores y bien, en este preciso instante, serán recapitulados ciertos datos a la biografía de este hombre. He aquí, anunciada de ante mano su tendida importancia para mi historia, la verdad sea dicha sin más ambages.
En el seno de una familia de clase media —no obstante acomodada a ciertos lujos de los que muchos concernientes del mismo estrato social no pueden gozar— Hajime Iwaizumi había nacido cual haz de luz esperanzador con un propósito marcado, adrede, y muy claro. Finalidad importantemente peculiar, desde luego, otorgada aún antes de su engendramiento, la cual era; perpetuar una sucesión sanguínea de magistrados, a decir verdad, por añadidura, insólita y sagrada. Su padre, hombre harto modesto —ahora jubilado— había desempeñado el oficio de juez durante largos, extenuantes treinta años.
Tenía un sentido de ecuanimidad bastante elevado para muchos, una idea del ser humano sólida, además de una creencia inmutable en la redención del hombre. Su vida entera la dedicó a su labor, a veces con fanatismo en lugar de consagración, haciendo de ello su única providencia y culto. No obstante no era un hombre convencional. Desde que era un infante, proyectó en Hajime Iwaizumi todos sus ideales, fielmente, con el fin de hacer emerger en él dotes tanto respetables como honorables y de contagiarle su misma ambición y perspectiva.
A los doce años le percibía —al púbero— cual proeza sobrehumana de la que se sentía inequívocamente orgulloso y al que pronto hizo conocedor de todas aquellas magnas expectativas, una vez que inició los estudios secundarios. Haciendo uso de su amplio círculo de conocidos, le dio a Hajime Iwaizumi el honor de ingresar a uno de esos institutos selectos y de renombre de París.
Ahí recibió un adiestramiento loable y se vio rodeado de muchachos de su misma categoría; algunos con talantes misántropos, otros jóvenes habituados a las extravagancias y a andar con picardías siempre por delante. Él sin embargo, era un buen muchacho. Su comportamiento fue perenemente excepcional sin causar malas impresiones o cosa alguna que luego pudiese ser aludida en las habladurías de la gente. En los años en los que fue un interno, contó con el beneplácito de sus educadores; pedagogos que le tenían como un muchacho altamente calificado y formal del que se esperaba un porvenir portentoso a veces hasta fantasioso. Sus condiscípulos aunque le dirigían pocas palabras, lo respetaban. Hajime Iwaizumi los trataba con gentileza, no obstante sin ser empalagoso o lisonjero. Evitaba especialmente las escaramuzas, por ende estimaba en demasía la soledad que consideraba más bien, una virtud y cuando estaba en desacuerdo con alguno, prefería enmudecer y oír antes que crear una polémica. De esto, me atrevo a aseverar, que nació su tedio por los alegatos sin pies ni cabeza y por los oradores impulsivos.
Recibió, al concluir el colegio, recomendaciones espléndidas para ingresar a una universidad preponderante. Así que decidió sistemáticamente seguir los pasos de su padre, tal vez porque en ese momento sentía que aquello era lo único que le atraía o porque había vivido el sueño de su progenitor en lugar del propio, —sin embargo no tenía uno tampoco— o porque los demás esperaban de él lo que no esperaban de otros.
Realizados sus estudios en la universidad de Panthéon-Sorbonne de París, a sus veintisiete años tuvo su primer matrimonio con la hija menor de un hostelero. Era una mujer agraciada, de buen parecer y sobre todo harta apreciada en la alta sociedad, por añadidura era también inteligente además de entusiasta. Su matrimonio, sin embargo duró solo tres años y según se decía la muchacha lo había pasado muy mal con él por su falta de interés, amén de su codicia y asuntos excesivamente delicados. ¡Qué si el marido padecía de largas meditaciones: iban las querellas! ¡Qué si el marido profanaba la convivencia conyugal: venían de nuevo! La muchacha no lo pudo tolerar, al parecer, y su último recurso: la separación, lo exigió al final del tercer año de casados, más o menos.
Hajime Iwaizumi no lloró mucho y hasta podría decirse que engendró cierta pasión en el oficio, de la que carecía. Su carrera ascendió de nivel, ipso facto, y un día le extendieron la oferta de fungir como profesor distinguido de derecho, en laPanthéon-Sorbonne. Así, a sus treinta y cuatro años, Hajime Iwaizumi era un hombre o más bien un pensador, distinguido por su notable deber cívico y una propensión sumamente peculiar de pensar en la Marsellesa como el grito triunfal de un pueblo mancillado, no obstante ahora redimido.
En su primer año siendo educador tuvo bajo su tutela a Tobio Kageyama a quien se consideraba un legítimo astro: uno de esos prodigios innatos que escasean en pleno siglo XXI y que centellean con un brillo distinguible o bien pululan entre la podredumbre y nunca son descubiertos. El muchacho se convirtió pronto en su predilecto y en una imagen intocable. Era inflexible con él, lo trataba con una severidad especial a la par que le otorgaba un voto de confianza y le reconocía cada vez que su accionar satisfacía las expectativas generales y sobre todo las propias. El favoritismo que sentía por el muchacho se debía, creo, a las afinidades que vio de sí mismo en él conjuntamente por su laya innegable de genio.
A Tobio Kageyama no obstante, le agradaba ser el centro de nuestro universo o al menos la yema a propósito de Hajime Iwaizumi. Sentía una admiración excesiva por él hasta el punto de medir sus acciones, aspirando su beneplácito y su voluntad y cuando su denuedo era insuficiente, se sentía harto furibundo y de cierta manera inepto.
Después se sumó a la disciplina: Koshi Sugawara, a quien Hajime Iwaizumi había llamado una vez con tanta afición y como una forma de halago también « abogado de manual ». El muchacho era un entusiasta y a caso tenía retazos del talento inherente o del potencial de Tobio Kageyama.
Hajime Iwaizumi descubrió que él podía secundar sin problemas al genio, por añadidura se beneficiaba de su presencia a fin de acrecentar la competitividad del predilecto o bien pudríamos llamarle « su muchacho número uno ». Empero Tobio Kageyama se sentía intimidado a veces hasta en las cosas más vanas; a la verdad, sentía más temor por ser despojado de su título de favorito que no ser reclutado por el bufete del docente —objetivo por unanimidad primordial—.
Bueno, ¿y eso qué? Esa misma mañana después de ver a Tooru Oikawa, Hajime Iwaizumi impartió la cátedra de abogacía, naturalmente y al darla por acabada se quedó observando curioso y tendidamente al genio. Sus discípulos comenzaron a desplegarse. Y el muchacho se aproximó alargándole la mano.
—Tobio Kageyama, quiero saber... Dime, ¿qué piensas del minimalismo musical? ¿Acaso te agrada?
—Solo conozco el término en cuestiones de pintura y escultura, Monsieur. Pero podría gustarme, si lo intentara —respondió el muchacho sino después de largo silencio.
El docente le estrechó la palma calurosamente. Mientras cavilaba recorrió los objetos sobre el escritorio con una mirada curiosa. El mancebo se inclinó cortésmente; pero Hajime Iwaizumi lo volvió a retener con otra interrogante.
—Y ¿qué opinas de la islamofobia?
Tobio Kageyama se le quedó viendo con ávido asombro. Parpadeó perplejo, un sonido al aclararse la garganta fue la señal para hablar.
—Es inevitable —dijo el muchacho perentoriamente—. Aunque la migración es una opción si no están satisfechos. Francia es para los franceses.
El interlocutor quiso agregar algo más; pero en conclusión, se frenó el mismo. Se sonrió con una sonrisa entre complacida y confusa.
—Es así —dijo Hajime Iwaizumi.
Le alargó la mano, después murmuró esos mismos vocablos con gravedad, preocupación, desilusión, agachando la cabeza solemnemente, y cavilando al tanto. Tobio Kageyama estaba frente a él, a tres pasos entre el escritorio y el abogado, mirándolo serenamente, tranquilo, por añadidura, apacible. Estrechó su mano remisamente y esperó que surgiera otra palabra del mentor; pero el silencio de éste le hizo meditar en su última declaración. Se preguntó si había sido conveniente hablar como lo había hecho y si no era esa la respuesta anhelada, ¿cuál era entonces?
3
Los sucesos que voy a relatar en pos, se sitúan dos meses después aproximadamente, en los cuales nuestro hidalgo se hubo relacionado con Tooru Oikawa a través de tertulias «dilatadas además de lucrativas» o en otras ocasiones chácharas superfluas aunque igual de líricas e interesantes. En el segundo coloquio le había hablado del retroceso económico en Francia, amén de los proyectos peligrososde Le Pen y las reformas retrógradas propuestas por Fillon. Une catastrophe!
En el tercero le habló de Tobio Kageyama, a quien describió con ardorosa complacencia, como un muchacho «aberrantemente sapiente». Tooru Oikawa lo escuchaba con esmerada atención y al mismo tiempo, se edificaba con sus conocimientos, asimismo de su erudición: era igual que un podenco desvalido que se alimentaba de cualesquiera desperdicios y por un tiempo no estuvo en disconformidad con ello. Pero en su interior de pronto comenzó anhelar del pedagogo, el beneplácito otorgado a Tobio Kageyama, no porque fuese cosa menester para engrandecer su espíritu sino porque rebuscaba en él los galardones que no había recibido nunca de su progenitor.
Hajime Iwaizumi le escribía irrisorias veces; no obstante, en comparación con ello, le hacía llamadas con más frecuencia, ocasionalmente hasta dos en una misma semana. Los llamamientos eran lacónicos y frívolos o poco menos; sin embargo parecía de cierta forma, que se habituaba al mancebo de manera diligente y caprichosa al mismo tiempo. Siempre le había tenido por joven prudente, de buen juicio, con un vasto entendimiento cual hombre de mundo por consiguiente, asimismo, suponía que provenía de parentela acaudalada con motivo de sus exquisitos modales, amén de su singular gusto por atavíos refinados. Había sido cosa curiosa el asentimiento abarrotado, pleno y hasta candoroso con que había admitido a Tooru Oikawa. Era de algún modo como su adquisición, por cuanto vio vigor y aptitudes espléndidas en él, podía amoldarlo a diestra y siniestra.
En el mes de abril, mes en el que se puede apreciar la estación de primavera en su máximo auge, siendo un sábado al rededor de Les quatorze heures, cuando viajaba en su coche, tropezó con Tooru Oikawa en un barrio de L'avenue de Wagram. Mientras el mancebo caminaba sobre el andén, —inequívocamente esperando un automóvil alquilado— le hizo seña con la mano y detuvo el coche. Tooru Oikawa le contó después, que estaba de camino a una sastrería ubicada en La Rue François premier, por supuesto, luego de que el abogado consultase con particular interés cual era su destino. Se ofreció muy encarecidamente a llevarlo para así de paso, gozarse con «el placer de su compañía». El muchacho comenzó a sacar billetes de la cartera cuando se subió al auto, lo que produjo un rictus de afectuosidad y temor en Hajime Iwaizumi.
—No se moleste. Haga el favor de guardar eso —miró con presteza al interlocutor e ipso facto, fijó los ojos en la calle—. No me debe absolutamente nada, en primer lugar fui yo quien quiso llevarlo.
Tooru Oikawa sin embargo arrugó la frente y se quedó impertérrito.
—Le aseguro que puedo costear mi propio combustible —añadió entonces, Hajime Iwaizumi con un poco más de alegría.
Guardaron silencio un momento y de repente el abogado sonrió como si hubiese recordado algo que hace tiempo deseaba rememorar. Tooru Oikawa lo miraba de reojo.
— ¿Le he hablado ya, de Tobio Kageyama?
—Usted me habla de muchas cosas.
—Es cierto.
—Lo es.
—Pero, ¿alguna vez le revelé su verdadera naturaleza?
— ¿Verdadera naturaleza? —preguntó el muchacho, al parecer sin entenderlo.
—Es un prodigio —miró con presteza al interlocutor—. Por supuesto hasta este momento, nadie lo había instruido correctamente; pero ¿sabe qué? Bajo mi tutela puede convertirse en un legista mirífico, un benemérito. Nadie más lo puede logra sino él.
Tooru Oikawa se quedó callado.
— ¿No son todas esas pretensiones extremistas? —dijo después, sistemáticamente.
El abogado lo miró con severidad.
— ¿Está sugiriendo que estoy equivocado?
—Eso lo ha sugerido usted mismo. ¿Siquiera contempló la posibilidad de que el muchacho no pudiese alcanzar tales expectativas?
—El lo hará —respondió calmado, sosegadamente orgulloso—. Vea: cuando talento y determinación coinciden, puede significar la diferencia entre el éxito o la decepción.
— ¿Y él tiene ambas?
Hajime Iwaizumi esbozó una sonrisa inequívoca. El mancebo se pasó los dedos por el marco de la boca y se encogió de hombros.
—Entonces no hay más que decir —observó Tooru Oikawa con voz amable pero con una mirada displicente.
El interlocutor paseó los ojos en el camino, distraído como si no viese en realidad, la mano izquierda tamborileaba sobre el volante. Frunció el entrecejo, oprimió su sien derecha y un rictus pequeñísimo afloró en su rostro.
— ¿No cree usted que es curioso, como algunas parecen usar una máscara? —dijo el abogado y observó el retrovisor con especial cuidado, después puso los ojos en el rostro desencajado de estupor del mancebo. No obstante no hubo una respuesta pronta, Tooru Oikawa se sobrepuso resueltamente de aquella mueca vergonzosa.
—Sí. Lo es —respondió desalentado. Hizo un silencio y añadió con más brío—. Desde luego todos hemos usado una; no hay ninguno que pueda decir: de este vaso no bebí, porque ése sería insincero.
El muchacho se sonrió ante la mirada suspicaz de Hajime Iwaizumi, sin apartar los ojos de él igual que un depredador sanguinario.
—Y no puede tener menos razón usted —el abogado intercambió una mirada fugaz con el interlocutor—… Pero hay también, quienes encuentran una afección por las dobles identidades.
Entonces se volvieron a quedar callados.
—Desde algún tiempo me he dado cuenta que usted es una de esas personas —aquí Hajime Iwaizumi ensanchó la boca en un rictus extraño y jubiloso—; sin embargo no logro entender, aún, con qué fin se acercó a mí.
Esta vez no hubo la turbación de antes; sino que el mancebo se rió con sosiego y hasta con algo de altivez.
—Y se lo diré… pero en otra ocasión. Por ahora, puede dejarme aquí.
En efecto, habían llegado ya a La Rue François 1er. El abogado lo miró tendida y recelosamente como quien advierte una estafa con premeditación. Le dio su consentimiento inclinando la cabeza, detuvo el Maserati despaciosamente e ipso facto, alzó la mirada hacia un edificio enladrillado y sumamente antiguo. En la parte frontal tenía dos ventanales diáfanos de cristal, por añadidura, en el dintel de la entrada había un toldo extendido típico de los establecimientos franceses.
—Balmain —leyó con suavidad Hajime Iwaizumi.
Soltó un silbido seguidamente y se apeó del coche tras el mancebo, diciendo sistemáticamente:
—Voy a acompañarlo si no le molesta.
Y en cuanto puso un pie dentro del emplazamiento —instalación en extremo exquisita, amén de refinada, por cierto— observó a sus anchas maravillado: el inmaculado salón principal interrumpido por una escalinata anchísima, maniquíes disfrazados, poltronas de gamuza escarlata, y los bustos y columnas de mármol detallados con precisión. Esto es una descripción a pequeños rasgos.
Después, mientras Tooru Oikawa era medido, el abogado lo admiró fijamente, reticente y si cabe la expresión: « con los nervios en punta».
—Por cierto —rompió el silencio Hajime Iwaizumi—, se ve usted diferente, ¿Lo sabía? Bueno, si no lo sabía permítame decirle que tiene una apariencia extraña el día de hoy, ¿ha tenido vacaciones o algo por el estilo?
El mancebo, que se encontraba sobre una plataforma radial de metal, fijó los ojos con jovialidad en el viejo que tomaba la longitud de su brazo y consecutivamente en el legista.
—Todo lo contrario —se apresuró a reír—. Sí, he tenido que viajar; pero sólo por razones meramente laborales.
El interlocutor se quedó cavilando.
— ¿Y su trabajo también le permite costear prendas—me refiero al frac à la mesure— de esta laya?
Cuando terminó de hablar, Hajime Iwaizumi imaginó un rictus ladino e infantil, no obstante apabullante también, en el rostro de Tooru Oikawa. Sin embargo tal figuración se hallaba más lejos de la realidad.
El muchacho tardó en contestar esta vez. Esperó que el viejo finiquitara su labor y se marchara para volver el rostro al abogado, quien estaba sentado y cruzado de piernas en una poltrona ubicada delante de él.
—Verá —dijo Tooru Oikawa con un visaje en la boca ininteligible—, el aspecto físico es parte esencial en mi trabajo, así como la jurisprudencia en el suyo.
— ¿Y qué clase de trabajo es ese? ¿Acaso se dedica al modelaje?
El mancebo comenzó a reírse y se acercó al abogado parsimoniosamente.
—Debo desilusionarlo y decirle que me aterran las cámaras; no obstante creo que fue una deducción sumamente creativa. Y ya que se encuentra tan interesado en el asunto, se lo diré todo; pero antes déjeme preguntarle algo.
—Adelante, pregunte —dijo perentoriamente Hajime Iwaizumi con la cara en un rictus y la frente arrugada.
Tooru Oikawa miró sobre ambos hombros verificando que se encontraran a solas y continuó.
— ¿Cree usted qué es posible, que un hombre experimente y tome como oficio las actividades que acostumbran las furcias?
— ¿Está hablando usted de prostitución?
—Así es, así es —habló con rapidez el muchacho—. ¿Cree qué es concebible tal cosa?
En el semblante desconcertado de Hajime Iwaizumi se plantó, por fin, una inquieta curiosidad que le hizo estremecerse en el mismo asiento. Se apretó el puente de la nariz mientras un suspiro decadente se escapaba de su boca y fijó los ojos en el mancebo.
—Sí, creo que es posible. Sin embargo no comprendo qué importancia tiene su pregunta en todo esto.
— La tiene —dijo Tooru Oikawa con asomo de sonrisa—. Porque en esa misma pregunta, le he respondido ya, todo lo que deseaba saber.
El interlocutor se puso de pie en un salto, el entrecejo comenzó a dilatársele y la boca a encorvarse en un rictus de incredulidad.
—Entonces —Hajime Iwaizumi carraspeó—, ¿debo entender qué usted acepta dinero de mujeres con las que termina inmiscuyéndose sexualmente?
Tooru Oikawa hizo una ojeada a todo el salón, se sonrió y asintió asimismo observando el talente jocoso y amable del abogado.
— ¿Y todas sus extravagancias, caprichos e incluso ese traje que ha dejado en encargo, son patrocinados por dicha clientela? ¿Realmente espera que crea eso?
—Precisamente —apuntó con frialdad, el mancebo—. No le mentiría a usted en eso.
Hajime Iwaizumi se quedó en silencio, cerró los ojos del cansancio, escuchó la voz de alguien más y al abrirlos nuevamente miró el talante impertérrito del muchacho. « En verdad no bromea, usted» fue lo único que le dijo recurriendo a un timbre de voz firme y seco.
Después salieron del emplazamiento, enmudecidos aún por la conmoción. Tooru Oikawa, no obstante había temido la indiferencia del abogado desde el momento de su silencio y su ensimismamiento repentino, y ahora lo aceptaba como si fuese cosa lícita. Empero Hajime Iwaizumi lo había asimilado todo —aunque no quiere decir que sin dificultad—, sopesando que quizá, una compañía de esa laya, era precisamente lo que él necesitaba, amén de que, había cuestionado anticipadamente y más de una vez la perfección de Tooru Oikawa.
Hajime Iwaizumi se detuvo antes de subir a su coche y al mancebo, le dijo sin chistar:
—Es usted un hombre interesante y estoy seguro de que aún no conoce cuál es su verdadero potencial. Potencial que desde luego, está desperdiciando en este oficio. Tal vez este sea el momento de su vida en el que necesita detenerse y tomar una decisión seria. Lo veré pronto.
4
Otro día, más tarde, Tobio Kageyama esperaba impaciente en el soportal del auditorio a su mentor, hacía cinco minutos tras la cátedra de cada viernes. Estaba en demasía azorado, se le podía percibir en el rostro: la frente fruncida y en la boca un mohín o una mueca torcida, contraída. La pierna derecha la hacía estremecer contra el suelo con un desaire inusual que causaba una intranquilidad momentánea en quien, pasaba al lado suyo. Pero antes de dar rienda suelta a los inmediatos sucesos, he aquí detalles referentes a nuestro genio. Era un mancebo de veinte años, mediano de estatura, ceñudo y con un talante senil similar al de los hombres rusos de la década de los cuarenta. Si bien era un muchacho harto capaz también, era, con la misma vehemencia un inmodesto; esto es que hallaba regocijo en ser ensalzado por sus condiscípulos. Tenía un carácter ponderado al par que misántropo, y es necesario subrayar acaparador. Razones suficientes para hacerse odiar por todos; sin embargo la aversión de los demás no se debía a ello sino a su orgullo.
Era ya de tarde cuando vio salir a Hajime Iwaizumi y salió al trote, persiguiéndolo afanoso.
—En el debate de hoy, Monsieur... —dijo yendo tras él. El interlocutor lo miró de soslayo resueltamente y soltó un resoplido estrepitoso.
—Usted perdió. Eso es todo.
—Fue un descuido tonto.
Nuestro genio apretaba los puños mientras decía aquello con un tono de voz inequívoco y firme. Hajime Iwaizumi lo miró con ojos altivamente severos de pies a coronilla e ipso facto, dijo con menos dureza:
—Yo no lo llamaría con tanta seguridad: un descuido, señor Kageyama. Koshi Sugawara lo acorraló y usted perdió. Si se hubiese tratado de un caso real, el desenlace habría sido vergonzoso.
—Lo lamento... —pero al punto, el interlocutor hizo aspavientos a guisa de frenar la verborrea.
—A la verdad —dijo mientras caminaba—, no fue del todo su culpa. Tiene que aceptar que Sugawara ha estado mejorando. ¿Quiere mi consejo? Sea más astuto que él, desacredítelo, ni siquiera le dé una oportunidad.
—Entiendo... Lo haré.
Hajime Iwaizumi aminoró el trote y lo miró.
—Por ahora continúa siendo mi primera opción —mi número uno—; pero que eso no se le suba a la cabeza. Recuerde: no estoy interesado en segundos lugares.
El abogado se detuvo. Para ese entonces habían llegado al aparcamiento y se encontraban muy cerca de su coche y a escasos pasos de este, Tooru Oikawa esperaba, paciente, quieto, con un cariz de beatitud irrefrenable o eso le pareció. Después miró a Tobio Kageyama. Él estaba cavilando serio aunque debo añadir que un ligero velo de preocupación revestía su rostro y su semblante circunspecto.
—Otra cosa; no creo que él bromee cuando dice que tendrá su puesto —dijo Hajime Iwaizumi esporádicamente.
No hubo respuesta del genio; pero lo siguió como si anhelara suplicar por un perdón innecesario y sin objeto. Salió entonces al encuentro, Tooru Oikawa con un rictus alelado en la boca. Había algo que no comprendía al enterarse de la presencia del prodigio.
—Bonsoir, Monsieur —dirigió la mirada hacia Hajime Iwaizumi y éste volvió los ojos hacia su discípulo, hondamente alborozado.
—Señor Kageyama, que bueno que se encuentra todavía aquí. Quiero aprovechar la oportunidad para presentarle a Tooru Oikawa.
El susodicho se sonrió con un rictus repelente, le alargó la mano y Tobio Kageyama al tomarla, no vio la mirada penetrante al par que desdeñosa, que se extendía en su cara. Tooru Oikawa se desasió de su palma al poco tiempo a tal extremo de histeria de no lograr disimular completamente la hipersensibilidad circunstancial. Se restregaba las manos cuando hablaba con él y alagaba lisonjeramente el reconocimiento que le hacía en cuanta oportunidad tenía, Hajime Iwaizumi. Que fue él también quien le habló de un alumno genio, que era competente para una infinidad de sagacidades. Así aconteció todo, con la misma adulación nauseabunda y desmedida, que he descrito. Al terminar de hablar con él, miró los ojos aprobatorios del abogado, le volvió la espalda, horrorizado consigo mismo y fue incapaz de volver a ver tras de sí hasta que Hajime Iwaizumi anunció la partida del genio.
Se sintió enfurecido por ello, sin razón, durante tiempo desmedido.
5
La impresión causada en Tooru Oikawa por la aparición del genio, quien habría sido renombrado en cuantitativas ocasiones por el abogado —abiertamente y harto ufano—, le dejó en demasía inquieto al par que irritado y si cabe decir envidioso también.
Había pasado semanas tras el encuentro con él, sin embargo había resuelto prontamente que el muchacho le repugnaba sin haberse ganado los méritos de ello, y aunque, por el contrario se hubo mostrado en frente suyo cortés y hasta con aire servil, creía que el prodigio conspiraba en su contra con el fin de eclipsarlo. Parecía en ese entonces, que le abrumaba ser pesado en la misma balanza junto a Tobio Kageyama y ser hallado falto en intelecto o ingenio. Se ponía a veces excesivamente paranoico al ocupar el seso en monomanías hostiles para con el muchacho so temor de un día desencajar en las relaciones de Hajime Iwaizumi y acabar desdeñado por él.
Una noche cavilando en ello, recibió una visita enigmática e inesperada. Sucedió así: estaba repantingado en el sofá de línea Volage en su aposento principal, con la mirada clavada en un rincón del salón esperando vislumbrar un objeto intangible y fantasmagórico. Las luces de la sala se hallaban apagadas, los ventanales abiertos cediendo el brillo de las callejuelas. El dueño del hogar, en un estado de letargo profundo: tenía en los ojos una mirada hierática y perturbadora, el entrecejo contraído y la boca desfigurada en una mueca de repulsión.
De pronto dirigió los ojos hacia la pared de donde pendía un reloj arábigo de cópula prominente, saetillas de bronce e inscripciones en números romanos.
Eran las seis y media cuando empezó a emperifollarse con un cambio de talante radical. Luego las siete cuando atravesó el zaguán ávidamente apresurado.
Tooru Oikawa salió a la calleja y antes de cerrar la puerta reconoció a un hombre al lado del umbral, el cual tenía al parecer, media hora de esperarlo.
La noche era borrascosa, no obstante templada; pero el caballero estaba ceñido en un sobretodo luengo de paño grueso, en tono plomizo, zapatillas de la línea John Lobb e indumentaria irreprochable. Este caballero era Ushijima Wakatoshi viejo conciudadano suyo en Belcastel con quien no congeniaba demasiado. Brevemente haré una introductoria a este hombre: era un muchacho que rozaba los veintitrés años, de talla alta y ojos claros. Había habitado en Belcastel toda su vida y al cumplir la mayoría de edad se marchó a la capital donde se formó como economista.
Tooru Oikawa le echó una mirada resuelta y siguió comportándose con la misma serenidad tal cual si no le hubiese percibido. Todo acababa siendo desasosiego, exasperación en su presencia; pero en esa ocasión, hizo nobles esfuerzos para apaciguar la conmoción del encuentro.
—Sabía que vendrías —dijo Tooru Oikawa una vez cerrada la puerta—. ¿Qué quieres conmigo?
—Conversemos.
El interlocutor miró el reloj de pulsera cejijunto.
— Ahora es imposible —y empezó a andar.
Ushijima Wakatoshi lo examinó tranquilamente; pero con especial cuidado su atuendo. Luego se alejó del umbral caminando unos pasos tras él y se detuvo.
—Estoy aquí debido a tu padre —puntualizó afablemente, por añadidura con un tono de gravedad en la voz.
El rostro de Tooru Oikawa se desencajó de angustia por un momento, no obstante hizo un esfuerzo por sosegarse. Se quedó inmóvil aproximadamente por dos segundos, después se volvió al hombre.
—Diez minutos.
—No necesito tanto —dijo Ushijima Wakatoshi casi al instante. Hizo un silencio mientras el interlocutor se acercaba y prosiguió solemnemente—. Hace unos días recibí una carta —estuvo a punto de añadir algo más pero se frenó, al parecer, esperando la reacción de Tooru Oikawa.
— ¿Y? —preguntó el mancebo con un tono de impaciencia.
Sus ojos iban y venían de la figura del hombre rigurosamente, en santiamenes conteniendo la respiración en los pulmones. Por fin Ushijima Wakatoshi le alargó un sobre que segundos antes había sacado del bolsillo de su gabán, diciendo:
—No está dirigida a mí.
Se miraron intensamente esta vez.
— ¿Quien es el remitente? —interpeló Tooru Oikawa absteniéndose de tomar el papel.
—Tu hermana.
— ¿Y eso qué?
— « ¿Y eso qué? », ¿Dices? —empezó a hablar de pronto, ora encolerizado, ora altamente entonado, Ushijima Wakatoshi.
El interlocutor sin importarle ya lo que pensara, le dio la espalda hondamente irritado y ofendido. Y se habría marchado de no ser, por las palabras del hombre dichas en vista de su presunta partida.
—Takeru... ¿Sabías que tienes un sobrino? Ese es su nombre —dijo poco más sereno.
Tooru Oikawa se volvió a él parsimoniosamente, clavó los ojos en el suelo, perplejo, y con una voz suave, preguntó:
—¿Qué has dicho?
—Debe decirlo todo aquí —Ushijima Wakatoshi alzó la carta al tiempo que hablaba y se crispó cuando el interlocutor clavó los ojos en el objeto con indecisión, casi repugnancia—. ¡Maldita sea, Tooru! Sólo tómala.
—Quita eso de mi vista, ¿no puedes ver que no deseo tenerla?
Permanecieron callados después de la última acotación observándose los rostros serios y desencajados de ira. A Ushijima Wakatoshi le pareció vislumbrar un ápice de tristeza que se ensanchó con el silencio, en el rostro del muchacho. Se quedó absorto debido a ello, por un intervalo, no obstante después cambió su mirada súbitamente como si hubiese tomado una decisión.
— ¿Es cierto lo que se rumorea de tu oficio? ¿Qué recibes unas cuantas monedas a cambio de cualquier clase de perversiones e inmoralidades? —el interlocutor se puso pálido mientras abría los ojos con ávido temor—. ¡Respóndeme, Tooru Oikawa!
En efecto el mancebo no había querido hablar. Evitó los ojos del hombre, poco más o menos, avergonzado, ipso facto, frunció el ceño.
Luego se enterró los incisivos en el canto de la boca, rabioso, aún sin decir nada, y se quedó cavilando por un minuto.
—Eres un desvergonzado, un ignorante y un canalla —dijo Ushijima Wakatoshi rápidamente con firmeza—. ¿Qué ha hecho el viejo para ganar tu maldito odio? No ha hecho sino procurar tu bienestar: el bienestar de un hijo que se ha mostrado en todo momento ingrato.
— ¡Basta! ¡Cállate! —vociferó, voz en cuello, Tooru Oikawa.
Lo tenía sujeto por el gabán con ambas manos. Ushijima Wakatoshi estaba impertérrito, aunque algo sobrecogido, tenía en el rostro una mirada —puesta en el muchacho— hierática y hasta me atrevo a decir: fría, calculadora. Las manos de Tooru Oikawa temblaba debido a la presión puesta en el aferre, tenía la vista difusa por la rabia, se le notaba incluso, que ya no meditaba y que era una marioneta del arrebatamiento.
—Quita tus manos de mí —musitó de pronto, Ushijima Wakatoshi, con irritación al ver que las miradas de los transeúntes comenzaban a emerger en él.
—Te juro que si vuelves de nuevo, soy capaz de matarte si es necesario.
El interlocutor lo miró con una sonrisa impalpable y extraña. Tooru Oikawa lo percibió como una mofa pero su deducción estaba más lejos de la realidad. Clavó los ojos en él por última vez antes de emanciparle y después se puso a andar, en esta ocasión, sin volver más.
A medio camino se le arrugó la frente y se le formó una mueca de rictus en la boca. Algo que nada tenía que ver con los transeúntes le había hecho contener una carcajada amarguísima, despechada y fuera de tono, mientras rememoraba con veraz lucidez la verbosidad de Ushijima Wakatoshi: expuesta sin tapujos, ambages o esmero. Se notaba en su rostro una impaciencia inusitada como de querer, en realidad no era de querer, sino de exigir batirse en duelo con cualquier desagraciado que tuviese por desventura encontrarlo. Su semblante después tomó un cariz de desconsuelo que fue poco más o menos incapaz de disimular.
Fue una noche atareada para Tooru Oikawa, debido a lo que, nombraremos « las circunstancias de la vida». Pero con el objetivo de no extender mi relato, me abstendré de hacer tendidas y minuciosas descripciones. Después de topar con Ushijima Wakatoshi —encuentro fortuito e indeseable que había supuesto un menoscabo al ánimo— tuvo la fatalidad de tropezarse con Kentaro Kyotani al cruzar la calle. Al momento él lo reconoció y no tuvo oportunidad de escabullirse del evidente deseo de su compañía. Fueron hasta la plazoleta cerca de la iglesia de Notre Dame y ahí efectuaron una riña descollante.
El porqué es a donde me dirijo: había dicho anteriormente que se encontraban en la glorieta, ahora bien, Kentaro Kyotani estaba aletargado por ciertos estupefacientes que había digerido a la víspera, ello había incentivado la contienda. Todo había sucedido al rededor de un cuarto de hora, si no es este dato equívoco, en medio de una reflexión un tanto incoherente e irrelevante. Presuntamente Tooru Oikawa le habría hecho una confesión, que en primera instancia le hubo parecido impensable, sobre todo por lo pintoresco y el laconismo con que fue revelada, no obstante con el lapso del tiempo, Kentaro Kyotani vislumbró la verdad y el horror en aquella confidencia. Tooru Oikawa le admitió haberse encamado con su progenitora y dicho sea de paso, su verídica ocupación, empero su intención con ello no era el sincerarse, o rogar la indulgencia de ese execrable pecado, sino la penitencia a manos del muchacho ultrajado.
El rostro de Kentaro Kyotani comenzó a deformarse rápidamente tras haber escuchado la noticia. Se le acercó tempestivamente y alzó su brazo, el más tonificado y pesado, y con una fuerza desmesurada, le asestó un golpe en el centro de la cara. El muchacho se bamboleó impetuosamente igual que el Goliat del que habla las escrituras, que fue vencido por un minúsculo jovenzuelo. Cuando pudo enderezarse se empezó a carcajear con dolor, voz en cuello, ante el insulto: « ¡Maldito cerdo, francés!» arrojado por Kentaro Kyotani. Hubo por cierto, el intento de una nueva puñada. Había alzado el brazo una vez más sin embargo se quedó petrificado debido a la risa disparatada de Tooru Oikawa, que se tocaba el surco naso labial, y luego se veía los dedos sanguinolentos sin dejar de carcajear. Decir que no le había temido al muchacho sería engañar al lector.
La conducta de Tooru Oikawa no dejaba ver ninguna contrición, era más bien, como un acceso de locura y rabia al mismo tiempo, una amalgama de conmiseraciones que dejaron perplejo a la vez que perturbado a Kentaro Kyotani. La agresión, si bien, no había pasado de un golpe acertado en el puente de la nariz del mancebo, le había engendrado un sangrado profuso.
Antes de irse Kentaro Kyotani farfulló unas cosas a cerca de su locura.
Después de batirse en duelo algo cambió drásticamente en el seso de Tooru Oikawa. Sea quizá su sonrisa sardónica cercenada por un cariz meditabundo; pero había adoptado una actitud extrañamente sombría, penumbrosa. Pensaba continuamente a intervalos en su padre y en Kentaro Kyotani, luego en Ushijima Wakatoshi y en el viejo de nuevo, con un tinte oliváceo en el rostro como a punto de sufrir un síncope. Tenía un sentir de culpabilidad al que había decidido no dar mientes a fin de no abatir su espíritu o desvariar en cuanto a su propio juicio.
—Por su cara, puedo especular que no ha tenido un buen día —le dijo Hajime Iwaizumi esa misma noche cuando se reunió con él en el bar del club. Lo admiró curiosa y tendidamente al redor de un minuto después de que él se sentara a su lado, inusitadamente mudo y sin dar reparos.
El interlocutor lo miró con fingida distracción, sin decir palabra.
—Ahora su silencio me lo confirma —murmuró y añadió resueltamente con gravedad—. ¿Puedo preguntar por qué tiene la nariz violácea?
Tooru Oikawa se restregó las manos en el pantalón con un aire impersonal como si no le hubiese escuchado; pero el abogado no se vejó con ello: lo miró cavilando y se sonrió grácilmente.
—Si se encuentra indispuesto, siéntase libre de marcharse, —puesto que fui yo quien insistió en verlo— de ninguna manera me sentiré ofendido por eso —y el mancebo movió la cabeza a guisa de negación, seguidamente pidió que le trajesen un benedictino.
Después se quedaron mudos. El muchacho estaba ensimismado, encorvada la espalda, la cabeza gacha y la mirada velada. En esa posición lo observó Hajime Iwaizumi poco más de tres minutos.
— ¿No desea hablar?
—No ahora —respondió el muchacho después de un silencio y hasta lánguidamente. Casi de un trago se bebió el licor que le habían servido.
—¿Acaso se encuentra frustrado?
—Non —masculló Tooru Oikawa con voz claudicante. No se había atrevido a alzar la cabeza cuando hablaba. Siempre respondía tardíamente y sin vehemencia. Hajime Iwaizumi clavó los ojos en el aire.
Hubo tendido silencio.
Después un viejo parroquiano pidió que fuese tocado el piano y cuando el ejecutante empezó, el abogado se quedó escuchando solícitamente la tonada.
—Erik Satie era un melómano alcohólico y misántropo. ¿Sabe? Tenía cerca de su edad cuando compuso la Gymnopédie —Hajime Iwaizumi le dirigió una mirada de embeleso y añadió—. Esa pieza es igual a usted.
El interlocutor se quedó meditabundo por un momento, después pareció sufrir un acceso de ira mientras se levantaba del asiento despaciosamente, con un semblante extraño en el rostro.
— ¿Se ríe de mí? —dijo entre dientes—. ¡Escúcheme bien! No es usted la primera, ni la última persona que cree conocerme. Es imposible que alguien lo haga, y ¿sabe porqué? Porque he llevado encima las cargas que otros no pueden aguantar y en mucho tiempo, ninguno ha intentado comprenderme. ¡Al diablo con usted! ¡Al diablo con la sociedad y con Francia misma! ¡Al diablo con todos!
—Joven, ¿acaso sufre de histeria? Usted necesita sosegarse —observó con gravedad Hajime Iwaizumi. En un arranque incontenible alargó la mano hacia la espalda de Tooru Oikawa y éste lo rechazó desabridamente, sin alzar el rostro, en silencio y tiritando de febricitante cólera. El muchacho, después, giró sobre sus tobillos.
—Con permiso —dijo con voz endeble y abandonó el club con un paso lánguido.
En el rostro de Hajime Iwaizumi, una vez que el mancebo se retirara y no obstante, en medio de un murmullo imperecedero o poco menos, un rictus casi impalpable empozó a aflorar en sus labios, como si en un acto de magia, estuviese realmente hipnotizado. « Tooru Oikawa, realmente es usted un hombre interesante»
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Lamento mucho la tardanza, pues en realidad este capítulo esta planeado para el 26 de diciembre -si muuuy retrasado- pero debido a factores época navideña, enfermedades, planeamientos tuve que aplazarlo. Ahora que tengo ordenadas la ideas, la historia constará de 5 capítulos, así que desde aquí, iremos avanzando más rápido. Este capítulo en especial creo que tiene temas algo delicados, así que espero que no ofenda a alguien o cosas así por el estilo.
Una pequeña aclaración: la gymnopédie de la que habla Iwaizumi es la no.1, espero que puedan escucharla.
Y otros datos importantes: El capítulo de esta semana como pudieron leer es NUVOLE BIANCHE, del cd Una mattina y también del compositor Ludovico Einaudi. Ojalá puedan escucharla, al igual que los otros temas: Divenire y The crane dance.
A Olmo-san:
¡Gracias por tu comentario! Y en verdad no me importa lo cliché que pueda sonar, me agrada que alguien espere una continuación jajaja. Si no es muy tarde, aquí la tienes. Agradezco también, que elogies la narrativa porque soy realmente quisquillosa con respecto a eso, en serio, yo podría arrancarme el cabello cuando no me gusta lo que escribo XD Tiendo a editar y editar y editar. Me gustaría que me dijeras que te pareció este capítulo y por supuesto, la música también. ¡Nos leemos!
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