Los días pasaron y con ellos el cumpleaños de Katara. Una sencilla fiesta para conmemorar las dos décadas de vida de la maestra agua nativa del polo sur.

Sokka llegó ese día por la mañana y despertó a su hermana cantando desafinadamente "pero con sentimientos" alegaba Suki con ojos de amor.

Un paquete llegó justo cuando se estaba partiendo un pastel con formas de ola, regalo del avatar. Los ojos de la morena se empañaron un poco al notar que eso significaba que no llegaría a esa fecha.

La sencilla caja de madera estaba decorado con un moño dorado y una nota pegada a él "Para la más hermosa maestra agua. Del avatar". Cuando le pidieron que lo abriera, ella negó con la cabeza. Los pocos invitados la miraron un tanto extrañados, con excepción de su hermano, que entrecerraba los ojos mirando la caja.

La celebración siguió, entre anécdotas y risas. El pastel terminó siendo devorado por Sokka y Hadoka. Todos trataban de hacer sentir bien a la maestra agua. Sokka con sus bromas, Hadoka con sus anécdotas y Zuki contándole historias sobre sus momentos siendo guerrera Kioshi. En cierta forma, lograban hacerla sentir mejor, pero por alguna extraña razón, su felicidad no estuvo completa.

La velada pasó amena y su hermano y cuñada decidieron quedarse un par de días en el polo sur. Y como todas las tardes, ella salió al muelle, a esperar en vano a su maestro aire.

En la privacidad de su habitación, Katara abrió la caja de madera. Desató el moño dorado y con un suspiró observó una sobre dentro. Con manos temblorosas lo destapó y encontró un pergamino de esos originario de la tribu agua del norte. Lo abrió y miró movimientos bastante avanzados, algunos los conocía, otros no.

Cansada, dejó el pergamino en una mesa junto a su cama y procedió a dormir o al menos intentar hacerlo.

El sueño llegó tarde.

Katara se encontraba arriba de Apa y sobrevolaba por un inmenso mar. El viento ondeaba su cabello y una cantarina risa salía de sus labios. Aang iba delante, conduciendo a su bisonte y todo parecía feliz.

De pronto, Aang desapareció, quedó ella en el bisonte y luego éste también se esfumó, dejando caer a la maestra agua. Gritó tanto que la garganta le dolió. Pero su caída no tenía fin. Seguía cayendo, cayendo, cayendo a una oscuridad abrumadora que lo único que podía sentir era miedo. Cuando finalmente se detuvo, estaba flotando y el silencio era tal que enloquecía. Entonces volvió a caer en un eterno abismo.

Cuando despertó, el cielo ya estaba clareando. Su respiración era agitada y no parecía volver a poder dormir.

Se levantó y ni si quiera se molestó en verse en el espejo para saber que tenía unas prominentes ojeras. Preparó el desayuno y para cuando todos bajaron, ya tenía todo listo.

Ninguno de sus parientes comentó algo mientras comían en un tranquilo silencio mañanero.

-He tomado una decisión. –les comentó Katara finalmente, dejando de comer. Las otras tres personas en la mesa la miraron un tanto extraños. Se imaginaban a qué rumbo giraba todo eso. –Necesito despejarme. –suspiró. –Así que quiero ir con ustedes a la isla Kioshi. –sentenció con una mirada decidida.

Después de un minuto, Sokka aplaudió y sonrió. –Excelente hermanita. Necesitamos quién pinte la casa. –bromeó y Suki sacudió la cabeza.

-No te desharás de tus responsabilidades. –lo reprendió su esposa y luego le dedicó una cálida sonrisa a su cuñada. –Serás bienvenida en nuestra casa. Ahora que no puedo entrenar, me estoy muy aburrida. Podríamos hacer varias cosas.

Katara asintió decidida y se enfrascaron en una conversación de lo que les gustaría hacer.

Hadoka se levantó de la mesa dirigiéndose a la cocina, con el pretexto de dejar su plato. La morena, un tanto avergonzada, se levantó y lo siguió. De igual manera, dejó su plato en el fregador y comenzó a lavarlos.

-Lo siento. Pero necesito otros aires. –se disculpó Katara con cierta culpabilidad por dejarlo solo, con tantas responsabilidades como jefe de la tribu.

-Comprendo que necesites salir, pero no me agrada el motivo. –sacudió la cabeza con cierta reprobación. –No deberías alejarte de tu casa por la decepción de un muchacho. –se detuvo un momento, para ver si ella comprendía sus palabras. – ¿Sabes? Él tiene muchas responsabilidades y espero que cómpredas eso. Pero también quiero que comprendas que como padre, quiero que tengas una vida feliz y normal. Aunque eso signifique hacerte a la idea de que no volverá y rehacer tu vida sin esperarlo. –terminó dudando un poco.

Ella dejó lo que estaba haciendo y se volteó a su padre, aún con las manos enjabonadas. –Aang siempre estará en mi corazón. –tragó saliva. Últimamente le costaba decir su nombre. –Y no estaré con nadie que no sea él. –bajó la mirada, un tanto avergonzada. –Pero no lo esperaré más. –mordió su labio inferior tratando de contener las lágrimas.

Hadoka le pasó un brazo por los hombros, abrazándola. –Te comprendo y apoyo. –comentó después de un momento. –Yo tampoco olvidaré a tu madre. Ella siempre estará en mi corazón y no habrá nadie ahí en modo romántico.

Katara miró a su padre y le regaló una pequeña sonrisa. Después se estiró de puntitas y le dio un beso en la mejilla. –Gracias por dejarme ir.

El jefe de la tribu le sonrió y besó la frente de su pequeña. –A veces necesitamos seguir nuestros propios caminos. –finalizó él y prosiguió a secar los trastes que su hija tenía listos.

Ella continuó con una sonrisa y sus pensamientos girando a muchas direcciones diferentes. En su corazón siempre estaría Aang, pero era verdad lo que su padre decía, necesitaba seguir su propio camino.