Hola. Me siento muy agradecida por cómo ha ido la historia. Nunca imaginé que fuera tan bien recibida, sólo quería compartir con ustedes lo que suele rondar mi cabeza y en algunas ocasiones las teclas de mi computadora.
Les agradezco infinitamente los rev y el que este historia se considerada de sus favoritas.
Sé que este capítulo es muy corto. Pero no encontraba la manera de escribirlo junto con el otro sin que me gustara lo suficiente. Así que subiré hoy dos.
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Los preparativos para ir a la isla Kioshi no se hicieron esperar y Katara vació su mente en esa nueva ocupación. Una de las ventajas de haber viajado con el avatar durante tanto tiempo, era que podía viajar con relativamente pocas cosas. No obstante, esta vez iría a un lugar estable, donde no tendría que viajar todo el tiempo. Así que podía permitirse llevar más de una maleta.
Una punzada de culpabilidad atravesó su pecho cuando le informó a los niños que entrenaba como maestros agua, que se tendría que marchar. En su lugar, impartiría clases Kale, un maestro agua proveniente del polo sur.
Tan sólo tenía dos alumnos pequeños. De cuatro y seis años respectivamente. Hali y Mudy, niños bastante traviesos y que solían ver las clases como lo máximo, de la misma forma que miraban a su maestra.
¡Sifu Katara! ¡No nos abandone! –exclamaron varias veces los pequeños.
Ambos niños lloraron a lágrima suelta y Katara se unió a ellos sin poder resistirse. Con la convivencia de los niños, a la maestra agua, le había dado un poco de añoranza el poder ser madre y compartir su amor con una criatura a la que protegería y amaría siempre. Al ver que esos pensamientos le dolían, no los sacaba a flote por el temor a que doliera más.
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Esa tarde, pasó por el muelle mirando el horizonte nuevamente con más tristeza que esperanza. Ninguna figura, a excepción de las nubes, aparecía en el cielo. Ningún bisonte llegaba. Ningún maestro aire hacía su aparición. Ningún avatar. No Aang.
Aun cuando la noche había caído y las estrellas iluminaban el firmamento. Katara miraba casi sin parpadear el cielo.
Sólo cuando el frío fue insoportable, la maestra agua se levantó de su habitual asiento en una banca y derramando una sola lagrima, se encaminó a su casa.
Esa fue la última tarde que esperó sentada en aquel muelle a su maestro aire.
¿Qué les pareció? ¿Merece su tiempo para dejar un rev?
