Ningún personaje aquí nombrado me pertenece. Son propiedad de Conan Dyle y de Nancy Springer. Así como la serie Sherlock es propiedad de la BBC.


05

― ¿Estás diciendo que me ayudaras, pero no puedo participar? ¿Qué clase de basura es esa?

Enola miro a Sherlock fijamente mientras este se levantaba y arreglaba el saco, sonriendo torcido al ver a su hermanita tan enfadada. Ella había acudido a él para que le ayudara con su caso, un caso importante. Estaba a la búsqueda de Tom, un viejo amigo de la familia, por el cual se pedía un rescate que podía sonar ridículo. Claro, Enola, la pequeña hermana de Sherlock, no le dijo toda la información porque sabía que iba a hacerle algo como eso. Enfadada, tomo su mapa y evidencia, para empujarla en su bolso.

Sherlock la miró hacer, frunciendo el ceño, comprendiendo que la chiquilla había evitado darle más información, y gruñó cuando sintió la muy divertida risa de Mycroft, que se puso de pie con lentitud, con su pesadez usual, para apoyar su peso en el paraguas que tenía en manos.

―No por nada es hermana nuestra, Sherlock.

―Cierra la maldita boca, Mycroft, ¿no hay algún pastel que este huyendo de ti?

La mirada asesina del mayor de los Holmes fue su despedida mientras se giraba sobre sus tobillos y se iba, dejando el tenso ambiente en la sala de estar de Sherlock, que miro a su hermana. John presencio un interesante duelo de miradas que haría que cualquiera se sintiera incomodó, por lo que fijo los ojos en su té, meciendo la taza.

El duelo se alargó hasta que Enola, frustrada por no poder sostener la mirada apropiadamente, refunfuño y se levantó tomando sus cosas apresuradamente, poniendo la bufanda de dos colores sobre su cuello, anudándola rápidamente, enfadada, y hablando en un curioso idioma para John.

― ¿Qué…?

―Es romaní, ¿lo has aprendido de mamá? ― Enola fulmino a su hermano con la mirada y se puso los guantes.

―Es mi caso, Sherlock. He resuelto casos, he encontrado cosas que en tu vida podrías encontrar. No te necesito para encontrar a Tom, no te necesito para nada. Jamás te he necesito. ― Espetó, y luego miro a John, quien vio algo que Sherlock no. Quien comprendió algo que Sherlock no. ―Buenas noches, doctor Watson, ojalá se aleje de él antes de que le rompa el corazón.

La chica paso como sombra entre ellos, no perturbo nada. No afecto nada. John trato de seguirla con la mirada, pero no fue así, Enola era demasiado rápida, y finalmente volvió los ojos a Sherlock que acababa de soltar una maldición con todas sus fuerzas, haciendo que él se sorprendiera aún más.

Enola Holmes había entrado a la vida de ellos dos con una rapidez asombrosa, y con esa misma velocidad se había ido, azotando la puerta al salir. Sin mayor ruido que ese, sin mayor escándalo que ese. Salvo por que John notó algo, algo en ese par de ojos azules que le daban una seria advertencia cuando decía aquellas lúgubres palabras. Y aunque quiso hablar de eso con Sherlock, este le ignoró, el caso que tenía en manos, era más importante.

Esa noche Sherlock trabajo sin moverse de su sitió, en su palacio mental. La señora Hudson les llevo algo de té más tarde, para saber cómo estaban y espero ver a la chica, pero cuando supo que ya se había ido, suspiro profundamente, realmente preocupada por ella. Era joven y estaba sola, y John no pudo evitar pensar cuan cierto era aquello que esa mujer mayor decía.

Dos días. Pasaron dos días en los que Sherlock estuvo ensimismado intentando relacionar las cosas, con un gran letrero de TOM pegado a la pared, la nota del periódico del cadáver y un par de notas sueltas, buscando una relación que se escapaba de sus dedos como un pececillo en pleno estanque. En esos dos días, John fue a trabajar a la clínica, compro vivieres, incluso salió a dar una caminata y visito a su terapeuta… pero esos dos días estuvo pensando en Enola Holmes y sus ojos grandes y azules.

La noche del segundo día sin saber de ella, mientras estaba revisando su correo electrónico, se sorprendió de recibir un mensaje de una tal Hiedra, desconocía de que se trataba. No tenía asunto, ni nada particular, pero aun así lo abrió sin borrarlo, y vio unas letras negras que dictaban una dirección y una hora. Si decidía acudir, tenía al menos una hora para llegar, pensó arqueando una ceja. Pero lo que más le convenció de que era importante que fuera, fue la nota al final.

"Sherlock no debe saber esto, elimine completamente el mensaje"

Haciendo aquello, se puso de pie, y se acomodó la chaqueta. Aunque hubiera querido decirle a Sherlock que saldría, este ni siquiera lo hubiera notado aquello por estar encerrado en su mente, ideando posibles respuestas a por qué se habían llevado a Tom. John solo salió, hizo parar un taxi, y diez minutos antes de la cita, llego al lugar. Una tienda un poco particular, debía decir, disfrazada de vivienda. Jamás había visto tantos artículos para fumar, y no todos eran para tabaco, de eso estaba seguro.

Un sujeto de aspecto intimidante, grande y fornido, con un agujero gigante en el lóbulo derecho, le pregunto que a quien buscaba, con un fuerte acento escoses, haciendo que John se rascará suavemente la ceja derecha ante el sonido de las palabras. No es que tuviera problemas con él por ser escoses, es que… bueno, el acento era particular. Respondió simplemente por Hiedra, y se vio escoltado hasta el tercer piso del edificio, hasta una puerta con un numero 6 en ella, y fue donde la vio.

Enola Holmes estaba sentada en el suelo, con el negro cabello arreglado, una falda amplia pero que dejaba ver una de sus blancas piernas, así como un cargado maquillaje oscuro en los ojos, que hacía que su azul natural se viera aún más intenso. Tenía un gesto ido, y John solo se sentó delante de ella cuando el sujeto fornido se hubo ido. Frunció el ceño y se inclinó hacia Enola, considerando llamar una ambulancia debido a su gesto, pero entonces los ojos azules lo vieron fijamente.

―No se confunda, doctor Watson― La voz fue delicada, sutil. ―, no soy mi hermano. No fumo, ni consumo drogas, sin embargo, este es un buen lugar para esconderse. El dueño es muy amigo de unas amigas muy íntimas, casi tan intimas como usted de Sherlock.

―Entiendo.

John realmente no estaba muy seguro de a qué se refería con íntimo, pero prefirió no preguntar (suponía que, como todos, estaba insinuando que entre él y Sherlock pasaba algo más que amistad –cosa que era mentira–). Enola volvió a apartar la vista de John, pero tomo un vaso y lo lleno de wisky, lo supo por el aroma, y se lo puso delante al hombre. Este asintió, pero no bebió.

El silencio fue… relativamente incomodo, y aunque hubiera querido decir algo más, no tenía idea de que decir. Sherlock era comprensible, en cierto modo, para él. Mycroft era un hombre razonable, terco y probablemente prepotente, pero razonable. En cambio, Enola, con su cara de niña buena y sus ojos brillantes, con su sonrisa de diablillo, era todo un caso nuevo para el buen doctor, que apretó los labios frunciendo el ceño, intentando comprender que hacía ahí.

―Mycroft y él quisieron enviarme a un internado― Le dijo al final ella, cerrando fuertemente los ojos mientras movía el cuello, con un suave crujido por el estrés, y luego volvía la vista al médico militar que parecía bastante confundido. ―. Sherlock. Vera, nuestra madre, durante un tiempo, huyo de casa y se refugió con un grupo de gitanos romaní. Yo tenía en ese entonces catorce años, y busque que ellos cuidarán de mí. No me tome a mal, adoro a mi padre, pero… Bueno, igual que ellos, me parezco a mi madre… pero ellos no quisieron.

Enola guardo silencio. Jamás había dicho en voz alta que sus hermanos la habían rechazado de ese modo, jamás había comentado por que estaba tan enfadada con ese par, a nadie, salvo a John Watson, el hombre que era tan torpe que ni siquiera podía ponerle nombre a todas las emociones que cruzaban por su cara cada que veía a Sherlock, y finalmente suspiro, pero John asintió.

―Bien, ahora estas aquí. Realmente no entiendo la relación familiar de los Holmes, y realmente me asombra lo mucho que pueden odiarse ustedes tres, pero, si estás aquí es por algo, ¿por qué?

―Pues, es simple… Necesito su ayuda.

Se miraron a los ojos. Los grandes ojos de Enola a los pequeños y firmes ojos de John. Ahí estaba, en esos ojos oscuros, aquello que el hombre, que el perro guardián de Sherlock, ocultaba solo para sí. Por más enfadada que estuviera, se daba cuenta y se sentía feliz por Sherlock, y a la vez, sentía una pequeña punzada de celos.

―De acuerdo, entonces hablaré con él, Enola. Tendrá que ayudarte.

La pequeña risita de la chica decoró la sala. Ella estiro su mano, con las largas uñas pintadas de un color oscuro, y apretó la mano firme del doctor. Ese hombre era adorable, como un pequeño gatito, pensó ella. Ingenuamente adorable. Gustos peculiares que tenía su hermano.

―Sherlock es afortunado de tenerlo, Doctor Watson.