3. No tienes remedio.
Siete.
Siete es el número mágico más poderoso, pero también son los días que él lleva fuera. No tiene con quién hablar y duda que Ginny pueda entender la complejidad de sus sentimientos.
Ha invertido toda la mañana en la biblioteca buscando algún libro que valiera la pena leer, algo que la mantenga ocupada, algo que le permita no pensar. No ha sido acertado, después de todo, escuchar detrás de la puerta junto a Harry y Ron la conversación entre el señor y la señora Weasley la mañana pasada. Aparentemente los posibles mortífagos habían salido a divertirse a costa de una familia muggle y alguien habría intentado detenerlos, para cuando llegaron los aurors la casa había sido destrozada, un mortífago estaba inconsciente y los muggles habían sido afectados por fuertes contusiones y leves fracturas.
Pero no había rastros de Sirius ni del bebé del matrimonio.
Vuelve a la habitación de los muchachos y se deja caer junto a Harry.
— ¿Dónde estará? — pregunta molesto.
Hermione no necesita que le aclare nada porque ella se hace esa misma pregunta, no entiende porqué Sirius no le ha dicho nada y comienza a preguntarse si volverá a verlo alguna vez.
Está por contestarle que no lo sabe, pero que está segura de que no le ha ocurrido nada — aunque le cueste trabajo creerlo —, cuando oyen la puerta de la calle abrirse en el piso inferior. Como todas las veces que los visitantes aparecen, se quedan en silencio y se ponen de pie. El corazón se le acelera y debe controlarse para no salir corriendo antes de Harry.
— ¡Oh, Sirius! Han visto la casa destrozada y temíamos que tú… — chilla la señora Weasley.
— Lo sé, Molly, he logrado sal… — alcanza a oírle hablar antes de que los gritos comiencen.
— ¡TÚ ENGENDRO, HIJO DE LA COCHAMBRE, VERGÜENZA DE MI FAMILIA…!
Harry se tropieza con la colcha y sale corriendo escaleras abajo, seguido por Hermione y Ron. Está vivo. El corazón le late dolorosamente y siente un nudo en la garganta que le impide respirar con normalidad. Harry frena en el descanso de las escaleras, junto a la primera cabeza de elfos y observa a Sirius cerrar con fuerza la cortina que oculta a su madre, Hermione no logra detenerse a tiempo y choca contra él.
Harry lo abraza cálidamente y Sirius le palmea la espalda.
— No habrás pensado que no vendría a despedirme de ti antes de que te marches, ¿verdad? — bromea al separarse y Hermione no puede resistir abrazarlo también.
— Me alegra que estés vivo, Sirius — le dice y su corazón bombea con fuerza cuando él le devuelve el gesto. Sabe que la señora Weasley está allí, como también sus amigos, pero no le importa.
— Ya, Hermione, que lo asfixiaras — suelta Ron y ella se desprende coloreada.
— Lo siento, es que con los chicos oímos que las cosas no habían salido bien y temíamos…
La señora Weasley le pasa un brazo por los hombros y la atrae en un gesto maternal.
— Está bien, Hermione, todos nos preocupamos. Ahora, suban a su habitación que Dumbledore llegará en cualquier momento para una reunión, Sirius, deberé pedirte que bajes a la cocina, orden de Albus.
— Yo también quiero saber qué ocurrió — dice Harry, pero por alguna extraña razón Sirius frunce el ceño.
— Vete arriba, Harry, ya te contaré todo más tarde.
Y aunque la señora Weasley hace un gesto de desaprobación no dice nada y Harry se relaja.
— Estaremos esperándote.
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Cumple, porque no le queda otra alternativa, y les cuenta a los muchachos lo ocurrido. Hermione se ve más calmada y Harry tiene el mismo brillo de fascinación que tenía James cuando le contó cómo había mandado al demonio a su padre y se había ido. Contesta sus preguntas y se marcha, porque está destrozado y le duele todo el cuerpo.
— Buen día, pensé que no despertarías jamás — bromea Tonks con una taza en mano y El Profeta vespertino en la otra. — Molly te ha dejado un poco del almuerzo sobre la mesada.
Perfecto. Coge el plato y se mete una porción inmensa de tarta cuando entran los muchachos.
— Oye, ¿Recuerdas a Mary, la chica que entregó tus papeles en el ministerio cuando te declararon inocente? Me ha mandado a decir que si el sábado no tienes planes pases por su departamento a cenar. — le dice y vuelve la vista al periódico — Al parecer has sido bastante agradable en tus últimas visitas. Le he dicho que probablemente estarías más interesado en su madre que en ella.
No puede evitar mirar a Hermione y entiende que está en un gran problema, porque frunce los labios y alza la barbilla con orgullo antes de marcharse de allí. Justo lo que necesito.
— Gracias. — suspira y finge no oír las risitas de Ron y Harry.
Tonks sonríe y se encoge de hombros.
— No hay de qué. — se queda en silencio y luego algo parece causarle gracia — Eres muy popular, primo.
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Golpea tres veces su puerta y espera. Ella abre de un tirón, muy seria y cautelosa.
— ¿En qué puedo ayudarte? — pregunta con fingida indiferencia y Sirius sonríe de modo insolente, tal como lo haría de tener dieciséis años intentando conseguir una cita.
— Me preguntaba si serías tan amable de ayudarme, Hermione. — repone con voz jovial y los ojos grises brillando. Por supuesto que puede, la pregunta es si se le dan las malditas ganas.
Lo mira con declarado fastidio y se cruza de brazos. ¿Quién demonios se cree que es? Ella puede ser muy joven, muy inexperta y estar enamorada como una idiota de él, pero eso queda absurdamente obsoleto contra su orgullo femenino y amor propio. Se siente realmente ridícula, creyendo que el amor es lo que lo impulsa a besarla aunque esté mal, arriesgándolo todo por él, soportando las miradas de Remus Lupin y enfrentando a sus propios padres. Pero al parecer él no es más que Padfoot, el muchacho arrogante e irresponsable que recuerda el profesor Snape, alguien capaz de morrearse con una niña por la emoción de transgredir las reglas sociales.
Pero está allí, recostado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y sonriendo peligrosamente. Esa aura arrebatadora innata de los Black brilla en su mayor esplendor, y no hace más que enviar — de cierto modo — su inexorable decisión de apartarse a tomar sol.
Está furiosa, no necesita que se lo diga, basta con echarle una mirada y él se siente más que nunca Padfoot, sonriéndole como lo haría antes de llevársela a la cama. No tiene en claro porqué ha ido a buscarla, pero el merodeador que lleva dentro se encarga de la situación.
— ¿Y bien? Sólo te tomará un minuto — agrega divertido.
Hermione le dedica una mirada de abierta hostilidad.
— De acuerdo. — contesta presa de los celos. Y Sirius sabe lo son capaces de hacer en una mujer, sin importar edad.
Le sonríe de lado y gira sobre los talones, siente el corazón marcar un ritmo seguro y ansioso. La escucha seguirle hasta su habitación como un animal al matadero y entra en ella con la barbilla en alto, frunciendo los labios. Sirius, no lo hagas.
Cierra la puerta con cuidado y se recuesta sobre ella. Hermione lo mira un momento, es sólo una fracción de segundo, pero eso basta para que él entienda que tan complicada es su situación. Ella frunce levemente las cejas, no en un gesto de enfado, sino de rendición y afloja la presión de los labios; de todos modos son sus ojos los que hacen la diferencia. Se abren, como lo haría un reloj al marcar las doce, exponiéndolo todo, y Sirius está seguro que la inmensidad del universo podría entrar en aquellos ojos marrones. No necesita que ella le diga absolutamente nada, lo descubre por su cuenta, como lo ha hecho toda la vida.
Hermione traga en grueso y los ojos se le humedecen.
— No tengo tiempo, Sirius, ¿Qué es lo que necesitas?
Él se acerca a ella y la toma por los brazos con cuidado. Hermione rehúye su mirada y respira con dificultad.
— ¿Sabes lo que es ser libre después de catorce años de prisión? ¿Tienes idea de lo que se siente poder entrar al ministerio como un hombre libre? — pregunta.
Hermione enfrenta su mirada y se siente como una niña siendo regañado por su padre. Sirius la mira con tranquila seriedad y su tono de voz es de profunda paciencia. Ella niega, porque no sabe nada de lo que él le habla; no tiene treinta y seis años, no ha enfrentado a Voldemort más de una vez y no ha tenido que soportar perder a dos grandes amigos por una errónea conclusión suya. No puede imaginar sus pesares ni comprenderlo en lo más mínimo, porque no ha pagado doce años en compañía de mortífagos desquiciados y dementores a punto de perder la razón y consumida por el dolor. No sabe lo que él atraviesa, porque no le suceden cosas que no deberían ocurrirle con alguien que podría ser su hijo. Sólo tiene dieciséis años y ha tenido que batallar contra las artes oscuras desde que puso un pie en el castillo, ha tenido que soportar el desprecio de muchos por ser hija de muggles. Considera como algo más que un hermano, una parte de ella, a alguien que por una profecía está destinado a matar o morir y a veces no puede dormir por temor a perderlo. Tiene tantos miedos e inseguridades que siente que no merece ser una bruja y con dieciséis años ama, como jamás creyó que llegaría a hacerlo, a alguien que bien podría ser su padre.
— Es como volver a nacer y la alegría es tan inmensa que todo parece maravilloso, sin importar que no lo sea, y logra que resultes sugerente con alguna mujer, cuyo rostro no recuerdo, aunque no fuera tu intención.
Ella asiente en silencio.
Sirius le sostiene la barbilla con una mano y la obliga a mirarlo. Los ojos le brillan con la anticipación de lo inevitable y sabe que ella lo ha entendido. Sirius, tiene dieciséis años…
Inclina el rostro lo suficiente para quedar a centímetros y ella cierra los ojos. La besa y no le da tiempo a nada antes de lamerle los labios con imperiosa necesidad. Disfruta de su suavidad, besándole y cogiéndolo todo de ellos. La necesita como jamás ha necesitado a otra mujer y no elude provocarle con la lengua, regalándole su propio aroma y sabor.
Gime al sentir la vehemencia en sus caricias, las manos vagan sin restricción por su cuerpo y le cuesta trabajo razonar. Lo siente omnipresente en todos y cada uno de sus sentidos, y no puede evitar besarlo con hambre, porque vale la pena arriesgarlo todo por él si a cambio puede deleitarse con su sabor mentolado y bañarse en su aroma masculino e invasivo. Sirius ladea el rostro y lame todo a su paso, alterando sus hormonas y haciéndola desear cosas que no termina de comprender. Siente una de sus grandes manos subir por su abdomen, pasando la cintura, hasta llegar a la base de su seno y acariciarlo quitándole el aliento. Vuelve a gemir y se retuerce contra él, pidiendo más contacto y calor. Pero él la coge con suavidad de la cintura y la obliga a apartarse lo suficiente como para poder mover los labios con libertad.
— ¿Entiendes que eres libre de irte, Hermione? — pregunta. Debe hacerlo, necesita que ella entienda que ésta vez él no se detendrá, porque ha perdido los escrúpulos y por el momento le importa una mierda que ella sea menor de edad y el un degenerado. Ha estado cerca de morir tantas veces que lamentaría hacerlo sin haberla amado al menos una noche.
— Lo sé — contesta en un murmullo suave.
Pero insiste, nunca ha sido de dar rodeos y no empezará ahora. La mira con los ojos brillando y absoluta sinceridad.
— Te haré el amor y dudo poder detenerme luego. — declara con voz ronca y ella siente como el corazón amenaza con salirse del pecho y una sensación de vértigo que acaba en su intimidad.
No tiene palabras y le besa para hacerle entender que eso es justamente lo que desea.
Él ladea el rostro y se sumerge nuevamente entre sus labios, descubriendo nuevas maneras de volverla loca y revolucionar sus alertadas hormonas. Sus manos le recorren la espalda por debajo de la blusa, impidiéndole deliciosamente cualquier escape y Hermione entiende que aquella habilidad es algo que él lleva en la sangre. Lo busca, le acaricia el fuerte pecho y pasa los brazos por sus hombros, apegando aún más sus cuerpos. Él la embiste suave y rítmicamente, depositando, toque a toque, descargas eléctricas en su bajo vientre y acelerándole el ritmo cardíaco hasta sentir su entrepierna palpitante, deseándolo por completo.
Abandona sus labios porque siente el deseo imperioso de probar el sabor de su piel suave hasta embriagarse de su aroma dulce. Le acaricia el abdomen arrugando la blusa por debajo del pecho, mientras realiza un camino descendiente por su cuello, pasando la clavícula hasta llegar a la base de sus jóvenes y modestos senos. Vuelve a sus labios porque no quiere darle tiempo de avergonzarse y ella se remueve entre sus brazos otra vez, gimiendo suavemente su nombre y llevándolo a la locura.
Posee sus labios con dominante destreza y comienza un camino ascendente con las manos sobre sus costados, descubriendo poco a poco la sensible piel oculta por la blusa, hasta quitársela por la cabeza. La observa por un momento y siente las mejillas ardiendo. Vuelve a sus labios arrebatándole el aire y Hermione descubre que de algún modo han terminado contra la pared. Él la avasalla y la acaricia con manos hábiles, demostrándole porqué bien podría ser padre. Con manos débiles tira del borde de la sudadera y se la quita despeinándole el cabello negro, descubriendo su pecho fuerte.
Vuelve a sus brazos y lo siente latente entre sus piernas, embistiéndola con deliciosa maestría. ¿Cómo jamás podría sentir deseos de intimidad con otra persona después de pasar por él? Tiene treinta y seis años y por primera vez se alegra de ello, porque aunque no tiene experiencia para compararlo está segura que nadie de veinte años podría moverse, acariciar y besar como él lo hace. Abandona sus labios y baja por su cuello hasta sus senos. Con una caricia lo libera de su prisión y lo roza lánguidamente, Hermione suelta un gemido y le coge con fuerza del cabello.
Ella mueve las caderas con impaciencia y él sonríe contra la blanquecina piel. No es que no esté relamiéndose como un perro, o que su dolorosa erección no le esté apurando, pero ante todo es un caballero y ella es por obviedad virgen y si cabe la posibilidad de evitarle dolor lo hará, aunque eso le cueste las bolas, porque es lo que corresponde ¿verdad? Lo que corresponde es que dejes de meterle mano, pero aparentemente te importa una mierda.
Sube lentamente hasta llegar a la piel más oscura y la rodea con la lengua. Hermione sabe mucho mejor que cualquier otra mujer con la que se haya liado antes, y eso que lo has hecho, tú, perro eternamente alzado. Con deliberada rapidez, la despoja de su pantalón y el perro se relame al verla así, despeinada, sonrojada y prácticamente desnuda. Gime su nombre cuando le coge el pezón con los labios y pone su control a prueba, porque ningún hombre puede conservar la cordura después de oírla nombrarle de ese modo. Besa con pericia sus pechos y comienza a descender por su abdomen hasta alcanzar el comienzo de sus delineadas piernas. Ella suspira y le desprende del pantalón, dejándolo en ropa interior.
Ni lenta ni perezosa libera su erección, que sale como un resorte a presión, y lo coge con ambas manos, tirando hacia atrás la extra sensible piel que lo recubre.
Es como coger a mano limpia ese bicho raro muggle que James alguna vez le hizo tocar. Una energía fuerte le recorre todo el cuerpo y pierde el control por un momento, cuando ella vuelve a tirar en dirección contraria. No puede evitarlo, a mitad de camino hacia sus labios le muerde el cuello y cierra los ojos con fuerza.
Su piel le arde, presa del fuego de sus caricias y duda resistir a Sirius.
Él ataca sus labios con vehemencia y la muerde en un arrebato de pasión desmedida. Siente sus manos tocarle un seno y acariciarle la parte interna del muslo hasta internarse entre sus pliegues, reduciéndola a un manojo de placer a punto de estallar, al tiempo que cuela dos dedos dentro de ella. El corazón le aletea dolorosamente y no puede contenerse más.
— Te amo, Sirius — gime.
Él la mira con los ojos oscurecidos y vuelve a besarla, con más ahínco de ser posible. La coge en brazos hasta llegar a la cama y la deposita allí. Con manos decididas le quita el sostén y su última prenda íntima.
Y puede ser un absoluto degenerado, pero allí la tiene, cumpliendo sus fantasías. Completamente desnuda, con los epicúreos pechos rebosando hacia un costado y su exquisito exceso de peso acumulado en las caderas. Se sonroja y eso la hace aún más apetecible.
Como un perro acechando a su presa se acomoda entre sus piernas y apoya su erección en la intimidad palpitante y húmeda de Hermione. Se mantiene allí, moviéndose casi imperceptiblemente y observando todos sus gestos, cada depresión en su ceño y labios; llevándola hasta el máximo su deseo.
Hermione exclama su nombre casi sin fuerza y es el momento. Con un movimiento fluido se sumerge en ella, rompiendo su última barrera impetuosamente.
No pierde ni un detalle de como cierra los ojos y frunce el rostro en una mueca de placer incontenible.
— ¡Oh, Sirius! — gime y él… él se siente finalmente en casa.
— Eres única, Hermione.
Vuelve a sumergirse en ella y todo cobra sentido.
De pronto no importan las edades o lo políticamente incorrecto.
Todo se resume a ella, extasiada y a él, feliz.
No tienes remedio, Padfoot.
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Tres golpes firmes llaman a su puerta y él apenas puede abrir los ojos. Como si perseguir a un mortífago por tres días, y luchar contra él no fuera suficiente, ha hecho el amor con Hermione toda la noche y apenas puede entender quién es y dónde se encuentra.
Pero el visitante insiste y esta vez sí sabe quién es, dónde está y qué ha hecho.
— ¡Sirius Black! — ruge contenido Moony al otro lado de la puerta — ¡Están buscando a Hermione por toda la maldita casa! ¡Despiértala antes de que Molly decida venir aquí, perro maníaco!
Está complicado, más que nunca, pero Hermione ha despertado y lo mira horrorizada, completamente desnuda y sosteniendo una media.
Se tapa el rostro con una mano, incrédulo.
— Dime que estás bromeando — dice y ella lo mira sin comprender — ¿Una media, entre todas tus prendas?
Hermione frunce el ceño y se pone de pie molesta.
— ¡Oh, lo siento! Disculpa que no tenga tanta experiencia como tú vistiéndome para abandonar la escena del crimen. — repone con mal genio.
Pero él lo encuentra divertido y la coge de un brazo sosteniendo en alto su sostén.
— Ven aquí — la atrae y le da un beso, mientras le coloca su prenda. — Ahora ésta sensual braga con huellitas de... gatos, no me llevo bien con ellos ¿sabes?
Se arrodilla y roza con los labios sus piernas. Hermione bufa con el ceño fruncido, tratando por todos los medios no rendirse a sus bromas.
— Deja de burlarte de mi ropa interior — le reprocha y Sirius le sonríe con un brillo juvenil en los ojos.
— Solo doy mi opinión de juez imparcial — repone y se encoge de hombros. Tiene el pelo revuelto y una postura arrogante de lo más seductora. — Supongo que esto ha de ser tu pantalón, jamás podría caber en algo tan pequeño.
Le estira la prenda y encuentra su ropa interior, se la coloca sin vergüenza y remueva las sábanas para descubrir su blusa blanca con bordado verde.
— Una palabra y buscaré a la señora Weasley ¿me oyes? — le advierte al ver la intención en sus ojos. Él reprime una sonrisa traviesa, digno de Padfoot y alza las manos.
Terminan de vestirse y él vuelve a besarle con verdadero ahínco, ladeando el rostro y alzándola en vilo.
— De acuerdo, vamos. — dice finalmente.
Abre la puerta y tira de Hermione hacia afuera.
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De entre todas las cosas que Sirius ha hecho en su vida, ésta es probablemente la peor.
Remus hace recuento y está seguro que el único que habría encontrado aquello algo digno de un premio habría sido Prongs, pero porque él siempre fue tan irreverente como Padfoot. En cambio a él le había tocado ser la voz de la razón para los dos, hasta que había aparecido Lily, quitándole un peso de encima.
Ahora lo tiene allí, con esa sonrisa brillante que provocó el amor de muchas jóvenes en su época de merodeador y la mirada renovada. Es obvio que ha tenido sexo hasta quedar agotado y duda que nadie más no lo note.
Sabe que Nyphadora lo está mirando con el ceño fruncido y sus palabras de la noche pasada resuenan en su mente "Sabrías de quién estoy enamorada si no estuvieras tan metido en sentir lástima de ti mismo", pero él tiene su propia cuota de merodeador y se siente como un lobo viejo en su compañía, porque mientras ella lo mira con amor y esperanza, él piensa la mejor manera de morir en alguna misión.
No quiere ni observar a Hermione, porque con sólo lanzarle una mirada a su cabello está seguro que ella ha tenido una noche tan movida como la de Sirius.
— Lo siento, me quedé dormida en la biblioteca — miente descaradísimamente.
— ¿Y cómo es que no te vi cuando busqué allí? — pregunta Ron escéptico.
Ella le lanza una mirada dubitativa.
— No lo sé, Ron, tal vez ya me había ido al baño.
Remus no piensa decir absolutamente nada, porque Molly tiene el ceño levemente fruncido y mira a Sirius con renovada desconfianza.
— ¿Y tú, qué has hecho que te ves tan…? — comienza la mujer, sin encontrar la palabra adecuada para describirlo. Remus tiene un par, como extasiado, joven, feliz, arrogantemente satisfecho, pero es Dora quien sale a salvarle el pellejo pulgoso de su amigo.
— …agotado. — suelta y alza una ceja dando a entender que puede ser muy torpe, pero no por eso deja de tener un agudo ojo de auror. — Vamos, con Remus no hemos dormido y muero de hambre. ¿Molly por casualidad has horneado esos bollitos de pastelera que tanto me gustan?
— Si, querida, vamos. — contesta y ahuyenta algún pensamiento negando con la cabeza.
El desayuno está delicioso, como todo lo que Molly suele cocinar y Remus intenta por todos los medios evitar prestar demasiada atención a otra cosa que no sea su conversación sobre Fenrir Greyback con Sirius. Su amigo tiene el ceño fruncido y el cabello le cae naturalmente sobre los ojos grises. Ha recuperado esa postura altiva y arrogante, pero elegante.
Tonks deja de jugar con la comida y lo mira de ese modo que hace que todo le resulte más complicado.
— Oye, Remus, debo hablar contigo…
— Lo siento, Tonks, tengo cosas que hacer.
Se pone de pie y coge la capa de viaje. Sirius lo mira con el ceño fruncido y él quiere marcharse antes de que Moony tome las riendas del asunto.
Porque se ha enamorado y no es digno de ello.
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Odia las despedidas y por la situación en la que están, odia especialmente ésta.
— Estaré más cerca de lo que crees — le dice al oído de Harry.
Su ahijado lo mira con ilusión y él le guiña un ojo.
No necesita saludar a Hermione, ya lo ha hecho durante horas y no es que se sienta especialmente orgulloso, pero en los tiempos oscuros en los que están viviendo le alegra tener un recuerdo feliz al cual aferrarse cuando las maldiciones vuelven de lado a lado.
Espera con las manos en los bolsillos que el tren arranque y saluda a los muchachos antes de perderlos de vista. No quiere mirar a Hermione porque sus ojos enrojecidos no hacen más que dificultar la separación.
Y aunque ella no lo sepa, él cuidará de sus espaldas todo el año y la observará en silencio, esperando jamás tener que revelar su ubicación.
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No puede decir que no supiera que algo estaba ocurriendo, Harry había pasado corriendo a su lado como alma que lleva el diablo y al cabo de un momento había pasado de vuelta, se veía preocupado y emocionado a la vez. Por curiosidad lo siguió hasta verlo perderse en el despacho de Dumbledore.
Se llevará a Harry. Pensó tratando de no preocuparse.
Volvió a su zona de patrulla y su sorpresa fue enorme cuando encontró a Ron, Ginny y Neville montando guardia en la sala multipropósito. Debía poner sobre aviso a los demás y la más cercana era Tonks.
Con un demonio.
Hermione junto a otra muchacha montaban guardia frente al despacho de Snivellus.
Logró poner sobre aviso a Tonks y volvió sobre sus pasos. No fue hasta una hora más tarde cuando se desató el caos. Había mortífagos en el séptimo piso y no se podía ver absolutamente nada, lo que no impidió que lograra encontrar a Moony, Tonks y Bill junto a los chicos Weasley y Neville.
Pronto batallaban a la entrada de la torre de Astronomía contra más mortífagos de los que podían contener, Neville había caído, no encontraba a Hermione por ningún lado y temía mirar al piso, donde yacían varios cuerpos ocultos por la oscuridad.
Fue cuestión de tiempo hasta que Harry salió entre los escombros del techo, gritando que se apartaran de su camino y entonces los mortífagos comenzaron la huida.
Logró alcanzarlo pero ya era tarde, los mortífagos habían huido y Albus Dumbledore estaba muerto.
No podía entenderlo todo, pero sabía que la realidad que había conocido hasta entonces había llegado a su fin. Remus estaba enamorado, como él, de una mujer muy joven y se sentía indigno de ella, aunque Tonks estuviera totalmente dispuesta a aceptarle con sus virtudes y su maldición. Bill Weasley ya no volvería a sonreír con su atractivo rostro destrozado. Y Harry…
Él ya no encontraría paz hasta matar a Voldemort, porque había perdido más de lo que podría soportar.
