Preludio.
Permítanme por favor, ser solo una fiel servidora de estos curiosos lectores. Y relatarles desde la mirada de una moza de temperamento frugal, el cómo ocurrieron los hechos desde un comienzo. Mi nombre es Alya Césaire. Pero soy más conocida como "RenaFurtive". Un apodo rimbombante de tono hilarante, dedicado a mi más afanoso intento de ser escritora de corazón y chismosa por mero placer. Abstemia para los amigos y una indiscreta sociópata de lo invisible a los ojos naturales del placer. De mi les hablaré luego. Puesto que no soy el sujeto de interés para el oyente. Y he de advertir desde ya, que no suelo endiosar la realidad con palabras hermosas, disfrazadas de módicos augurios.
Prudencia y astucia, son mis reales apellidos. Mi lengua es tan afilada como la punta de mi pluma y mi tinta, es mi espada en el campo de batalla literario. Cada quien, ha encontrado formas de refugiarse en las sombras. La mía sin duda, hará temblar desde el más enajenado caballero, hasta al hipócrita pastor de iglesia. Realmente, tengo muchísimo que contar.
Seguro muchos pensarán que la Francia del siglo XVI es una de las más pacíficas y atosigadas de transiciones lentas, como las estaciones. Pero detrás de una sociedad mitigada por el oscurantismo, los pecados de una religión predominantemente católica y la avaricia de los hombres por su sed de poder, estábamos nosotras; Las mujeres. Las mujeres no teníamos muchas opciones para huir de las garras de lo inconsecuente. Transitábamos por los recovecos de grandes casonas, palacios y fiestas en ceñidos atuendos castrantes. Sin derecho a emitir juicios de opinión ni mucho menos decidir por nuestro propio destino. Atadas, no de manos, si no de pensamientos. En una cultura limitante, machista y arcaica.
Y a pesar de lo tétrico que pueda sonar el panorama para muchos, siempre supimos como salirnos con lo nuestro. Incluso si teníamos que recurrir a siniestros planes que aminoraran un poco los látigos de la injusticia más carente y necesitada de la era. Debíamos actuar con lógica y psicología inversa. En muchos casos, haciéndole creer al resto que tenían dominio sobre nosotras. Algunas cayeron, sucumbiendo a las reglas de sus familias por cuestiones de honor. Sin embargo, hubo un puñado de ellas, que ni por asomo bajaron la cabeza; en medio de una tormenta.
Esto lo que me lleva a decidir, no contarles de esa clase de muchachas pueriles e ingenuas. Quiero hablarles, para mi más deleite agrado, la de una en particular. La de mi mejor amiga, si así me permiten llamarle. Su nombre era Marinette.
Nada más alejado a lo veraz, Marinette era una doncella rupturista, vehemente y sagaz. Alguien que gozaba de la potestad infalible de doblegar a sus padres. De cambiar de paradigma a estúpidos clérigos. Alguien que era capaz de callar hasta al mas insolente pescador del puerto y al capataz iletrado de un fundo. Todo, con tal de hacerse respetar, oír y ver. Siempre buscó ser reconocida en igualdad. Y luchó cuanto pudo durante muchos años, por ello. Desde pequeña, no se conformó jamás con menos. A los 8 años ya montaba a caballo como los varones, a pies separados. A los 12, fue la primera de nosotras en terminar de leer Los ensayos de Edén y Las flores del Mal. Dos libros altamente cuestionados en la socialité. No era lectura para chicas, decían. Eran ideas demasiado revolucionarias para mujeres. A los 16, comenzó a mostrar dotes de ambición por la medicina. Y de alguna forma, logró estudiarlos en casa, solapada por sus padres que, de cierta manera, nunca se quejaron por sus ideales revolucionarios.
Para nosotras, su círculo de amigas, Marinette lo era todo. No era mayor que yo. Rondábamos las mismas primaveras, con sus lunas y sus atardeceres. Pero sin duda fue un símbolo de inspiración y la única que me alentó a incursionar en la escritura. Ella se mantuvo estoica, virgen y alejada de los muchos intentos por convencerla de contraer matrimonio como era de costumbre para alguien de su edad.
Se estarán preguntando. ¿Por qué demonios estoy hablando en pasado? Bueno, si bien mi narración dicta como fecha el invierno de 1720, en la provincia de Orleans. Marinette para hoy tendría 20 años. De no ser…porque ella falleció.
Antes de que saquen conclusiones apresuradas a un fatídico desenlace, permítanme cambiar de tinta. Se acaba de sacar esta.
—Joder —rezonga Alya, abriendo un bote distinto. Es hora de pasar la página— ¿En qué me quedé?
Ah. Si. Marinette murió. ¿Suena lógico? No lo sé a ciencia cierta. Marinette era muchas cosas, se los digo yo. Pero siempre gozó de una exquisita salud física y una increíble salud mental por lo demás. Nadie entendió bien qué demonios ocurrió esa noche. Recuerdo que llovía a cantaros. Un monzón de aquellos que no se da mucho por esta zona. Era como si el mismo dios estuviera derramando lagrimas aquejumbrado por su perdida. Al igual que a mi y a las chicas, la noticia nos devastó. Sobre todo, porque a mi me pilló en un momento de vulnerabilidad máxima, por salir del anonimato.
Como curiosidad anexa a los acontecimientos, deseo comentarles que habíamos fundado un mini secreto club de lectura, en la biblioteca de su casona. Amparados por la señora Sabine, su madre. Nuestro caballito de batalla. La única, que nos permitía darnos una segunda chance de escapar de la ignorancia. Ella solía tener un lema: "Una mujer ilustrada, no solo debe parecer, si no también ser".
Lo cual cobraba muchísimo sentido para mí, a la hora de estudiar toda clase de textos. La señora Dupain-Cheng era un muy culta. Era descendiente de una dinastía antigua en el sur de China, en Asia. Otra civilización tan patriarcal. Pero que, al casarse con el Duque, Tom Dupain, todo descuello de actitud incivilizada abandonó sus preceptos. Se lo que quiso decir con eso. La mayoría de las aristócratas de la corte "parecían" inteligentes y cultas, pero no lo eran. Estaban más huecas que una nuez podrida. Y conforme eran moldeadas a los ideales de otros, se adaptaban, fingiendo poder mantener una plática decente con algún buen muchacho. Al final del día, todas terminaban siendo manipuladas o laceradas por el silencio que debían mantener por "respeto" a la imagen del varón.
La noche que me enteré del deceso de mi querida amiga, nuestra última lección fue: "No todo lo que brilla es oro. Ni todo lo que es oro, es valioso". Otras de sus tantas metáforas extrañas que con esfuerzo me costaba entender. Pero que logré con éxito comprender. Debíamos hacernos ver valiosas, porque lo éramos. Tanto o igual que cualquier otro ser humano. Y siempre reclamar, nuestro peso en diamantes, de ser posible.
La historia daría un cambio en el rumbo de su consumación, cuando Marinette dejó este mundo. Aun sigo triste ¿Saben? Aun sigo sin superar lo ocurrido. Pensé en dejar de escribir y tirar todo a la mierda. Pero hubiera sido egoísta de mi parte no honrar su memoria con tales dotes.
Retomando el relato inicial y derrotada al universo, asistimos a su funeral. Fue algo muy bonito, la verdad. "Bonito" es una extravagante palabra para definir la muerte. Y si bien no soy creyente en ninguna religión ni mucho menos profeso confiar en Dios, sé que hay una fuerza natural que nos rige por sobre todas las cosas. Algo que nos motiva día a día y nos da energía para levantarnos por la mañana a enfrentar la legitimidad de nuestra certeza. Así que si, fue bonito. Porque había flores. Muchísimas flores. Fue una ceremonia solemne, provista de la tristeza de dos pobre progenitores que, entre lágrimas, despedían a su pequeño diamante en bruto.
Ver a mi compañera de vida dentro de ese cajón abierto, con un ramo de tulipanes entre los dedos, sin signos vitales, paliducha, me removió las entrañas. Va a sonar una locura, pero ella parecía sonreír. Hasta el día de hoy, no sé qué clase de tratamiento mortuorio le dieron a su cuerpo, lo que la hizo parecer…dormida. Eso era para nosotras. Marinette estaba en un placido sueño, de camino a descansar en brazos del irrefutable Morfeo mismo.
Una de las amigas, Rose Levillant. Ella…recuerdo haberla escuchado acercarse al señor Dupain para encontrar respuestas a preguntas inquietantes sobre su accidentado devenir. Pero tanto el, como Sabine no tenían la más mínima idea de que ocurría. Él dijo.
—No lo sabemos. Marinette era una muchacha sana y jovial. Nunca enfermó.
Su madre, agregó angustiada.
—Amaneció así esta mañana. Anoche nos fuimos a dormir y hoy…simplemente no despertó más.
Nadie muere a los 20 años, así como así. Sin más. No había signos ni rastros de contusiones en el cuerpo. Ni si quiera indicios de envenenamiento o de alguna especie de convulsión interna. Lo sé, porque algo aprendimos de esos increíbles libros de medicina. ¿Su alma había tan solo abandonado su cuerpo y ya? Creo en las almas. Creo en la reencarnación. Creo en cosas, que la iglesia me tendría en su lista número #1 para ser quemada en la hoguera. Pero es todo tan secreto como mis sentimientos más profundos, por no tenerla conmigo ya.
Mas confundidos que otra cosa, el velatorio acabó a eso de las 22:20PM. Uno de los doctores de la corte, se nos acercó para cerciorarse de que el cadáver estuviera en buen estado, preparándole a portas de ser sepultada. El, de manera muy profesional emitió un certificado de defunción con la hora y el testimonio de su fe de erratas para llevar a cabo un entierro católico. Se supone que así era como debía ser.
Hasta que…
Un milagro del cielo, tocó nuestra puerta. El universo actúa de formas tan misteriosas como banales. Y en muchas ocasiones, de cierto modo ridículo. Si. Creo que, se estaban burlando de nosotros. Aunque ahora que lo veo con más templanza, creo que fue la misma Marinette quien burló a la muerte misma.
Pues en el mismísimo instante en que iban a cerrar el sarcófago y todos nos retirábamos hacia la puerta…Marinette…revivió.
¿Quieren reírse? Yo me reiría ahora. Pero no porque me esté embromando de esto. Si no más bien de las reacciones de los asistentes. Es que, demonios. ¡Los hubieran visto! Rose, se petrificó del espanto. Juleka, a duras penas aguantó el susto. Mylene quien era otra de nuestras amigas, acabó desmayada en medio del salón. Tom y Sabine, se abrazaron. Cada quien pegó un grito, como cuando ves un muerto levantarse de la tumba. Y yo. Bueno…yo, me quería morir. ¡Pero de la alegría! No era un fantasma. No era brujería ni mucho menos magia negra. Simplemente, era Marinette.
—¿Qué rayos pasó? —exhala Marinette, sentada sobre el ataúd de madera.
Vi como hizo un paneo rápido a la escena y automáticamente, enrojeció como un tomate maduro de la vergüenza. No, más bien…del bochorno. Es que vamos, así como yo tenía mi sentido del humor. Ella…no se quedaba atrás.
—Es joda ¿Verdad? —murmura la ojiazul, examinando sus manos, anonadada— ¿Me morí…?
—Oh…chica —gesticula Alya, bosquejando una sonrisa grácil— Esta mierda está fuerte.
Quise correr a abrazarla, pero sus padres me ganaron la carrera. Se que estaban felices de verla con vida de nuevo. Pero había cierto dejo de incredulidad en su mirada, que me quedó dando vueltas. Menos mal que el médico de la familia no se había ido aún. Y MENOS MAL que no era miembro honorifico de la inquisición. Porque como lo haya sido, seguro la chamuscan viva en medio de una plaza cívica. Pobre, hubieran visto la cara que puso. Se quería cortar el pito.
—¿Cómo es esto posible? —exclama el doctor— Yo mismo te examiné —agrega, pasmado— No tenías…pulso…
—¿Qué está pasando, doctor? —inquiere Tom, más asustado que tranquilo— Todos nosotros lo vimos. Mi hija estaba muerta.
—Lo estaba. Estoy seguro…—inquiere el especialista, echando una última ojeada rápida a su "zombi" paciente— Pero…—hace una pausa, boquiabierto— No. No puede ser. ¿Es posible?
—¿Qué? —interviene Sabine, besando la nuca de su pequeña hija— ¿Qué es, doctor? Por favor, hable. No nos deje con la inquietud en la garganta.
—Esto solo lo leí en textos antiguos —advierte el varón, tocándose el bigote con asombro— No pensé que tendría la oportunidad en vida de presenciarlo. Es…un caso muy único. Muy, muy, raro. Y créanme cuando les digo, que no es normal. Pero se da…
—¿Es brujería…? —recula su madre, aterrada.
—No, nada de eso señores. Por favor, no se alarmen —agrega— Les pediré mucha discreción con este asunto, pero debemos tomarlo con sabiduría. ¿Sí? —extrae un cuadernillo desde el interior de su morral y se los enseña— Estudié un poco de esto en el sur del Imperio Otomano. Los árabes lo llaman: La muerte blanca.
—¿La muerte blanca? —interviene Alya, sin ánimos de ofender a nadie— Disculpen. Pero estoy tan estupefacta como ustedes. ¿Es que acaso mi amiga sufre de algo?
—Es un caso curioso, en donde el cuerpo entra en una especie de estado suspendido, similar al coma. Hay signos vitales, pero más bien…son imperceptibles para el oído humano —relata, frunciendo el ceño el médico— Las pulsaciones de la diástole del corazón se reducen a 0.1 de pálpitos y la sangre comprime su máxima capacidad de irrigación a la más mínima expresión. Lo que permite que el paciente esté consciente cerebralmente, pero no cardiacamente. ¿Me explico?
—¿Es acaso una enfermedad? —pregunta más atrás, una pobre Rose regresando en sí.
—Me temo que sí, señorita —revela el galeno— Los antiguos griegos lo apodaron: "Katapl". Mejor conocida como…—sentencia— Cataplejía. Estado que se caracteriza por debilidad transitoria o parálisis de la musculatura somática, que se desencadena por un estímulo emocional o por un ejercicio físico.
—¿Estimulo emocional? —sisea Tom, observando a su pequeña con dolor— Esto…es mi culpa…
—¿Qué dice, señor? —balbucea Juleka, confundida— ¿Cómo que es su culpa?
Es aquí, cuando me atrevo a confesar que la historia recién podría tomar matices de algo interesante para contar. ¿Pueden creerlo? Marinette no está muerta. Pero esa noche descubrimos que sufre de una enfermedad irreversible, desconocida, rara, no hereditaria por el momento, pero sin duda muy endógena. Es crónico. Absurdo para la mirada irascible de un mundo no apto para afrontarla. Cataplejía. Una forma de denominar un trauma o un posible exceso de reacción física.
Tom se estaba haciendo responsable de su estado. ¿La razón? Nos dimos con un balde de agua fría por la razón. Las chicas se habían ido, con la esperanza de darles las nuevas por la mañana. Pero yo me quedé para ser fiel oyente de lo relatado.
—¿Cómo es que no me enteré? —refuta Sabine, ofuscada. Tiene en sus manos una carta, con el sello real— ¿Esto cuando llegó?
—Perdóname, cherie —manifiesta el Duque, abatido— A mí también me tomó de sorpresa. Creí que si lo hablaba con Marinette…
—¡Tienes que hablarlo primero conmigo! —brama la mujer.
—¡Lo sé! ¡Pero es que-…! —aprieta los labios de golpe, desviando la mirada— No sabía cómo tomarlo.
—¿Puedo preguntar qué está pasando? —consulta Césaire, inquieta— Lamento si sueno entrometida, pero Marinette es mi mejor amiga —aclara, sentándose a su lado para tomar sus manos— Y esto, no fue para menor…
—Esto no es culpa de papá ¿Sí? —aclara Marinette, cabizbaja— Es mía. Es una tontería. Yo no debí-…
—No. No digas eso, cariño —espeta su progenitora— No es una menudencia. Esto es importante.
—¿Que contiene es escrito? —examina Alya, liada— ¿Cómo es posible que una simple carta haya desencadenado en esto?
—Es la reina —revela el señor Dupain— La reina…ha convocado a todas las jóvenes de la corte para una audiencia.
—¿Audiencia? —repite la morena, involucrada— ¿Para qué o qué?
—Querida…—el Duque la observa con pesarosa angustia— Léela…por favor. Quizás, así entiendan que pasa.
—Lo haré. Pero…insisto —redunda Sabine, decepcionada— Primero debiste hablarlo conmigo, Tom —despliega el papel, leyendo su contenido.
"Estimados Duques, señores Dupain-Cheng.
Me complace en anunciar que su majestad, la reina María Leszczyńska. Su altísima soberana consorte, heredera de los dominios de su consagrado Luis XV de Francia, se encuentra en búsqueda de una nueva consejera para la corona.
Es imperativo que toda moza de la corte asista al proceso de selección. Como requisito, su exquisita magnífica presente, exige solo un menester. Contraer matrimonio conforme a la ley que la designa su posición en el paraje.
De rehusarse, los bienes de sus familias serán confiscados y serán repartidos por el reino y su pueblo que supura penurias. La desolada situación nos pone en imperativos movimientos de mucha hambruna y necesidades.
Todo dicho sea dispuesto, a los juegos florales. Los esperamos con ansias y que dios nos ampare.
Vive la France"
—Firmado…Luis XV.
Ahora entiendo todo. Ahora…más que nunca, es cuando debo recurrir a mis habilidades de disuasión. Marinette acaba de ser convocada dentro de muchas otras (Que no es mi caso) a casarse por obligación. De no hacerlo, su familia…
—No es necesario —refuta Marinette, con actitud soberbia— No soy la única. A otras más les llegó la misma carta.
—Espera…esto es…—la madre hace una pausa, tomándose el rostro.
—No funciona así, Hija —explica grandulón de su padre, devastado— Las otras familias no están pasando por la misma situación económica que nosotros.
—¿Qué estás diciendo, papá? —cuestiona la menor.
—Tom, aguarda —advierte Sabine— No creo qu-…
—No. Ya basta, mi amor. Es hora…—El duque mira a su hija— Es hora de que ella se entere de cómo estamos realmente. Nuestra situación.
—¿Qué estás diciendo, papá? —la menor de los Dupain-Cheng se levanta de la silla, pidiendo explicaciones obvias— ¿Qué insinúas?
—Marinette. Mi niña…—Tom acaricia sus manitas, afligido— Si. Estamos en quiebra…
—¿Qué dices…? —se aterra.
—Calma, amiga —Alya la sostiene de los hombros, evitando que caiga nuevamente un estado que no quiere volver a ver en su jodida vida— Hey. Tranquila. Espera. No te desesperes…
—Por favor, evitemos malos ratos ¿Sí? —adiciona la señora Cheng, uniéndose a la contienda de Alya para aminorar el pánico de su hija— Marinette, nos acaban de decir que padeces de una enfermedad terrible para nosotros. No te estoy endosando la culpa ¿Ok? Solo quiero que entiendas…que, tanto para ti como para nosotros, no es sano que "te mueras" a cada rato —ironiza— Yo rezaré a todos mis dioses, para que esto no vuelva a suceder. Quiero lo mejor para ti…
—Si quieres lo mejor para mí, no me obligarás a elegir un esposo entonces —reniega la peliazul, fulminándolos a ambos con la mirada— ¿O sí? Mamá…yo no quiero…
—¿Qué opciones tenemos? —balbucea Tom, descalabrado.
—¡Buscaremos una forma! —suplica la ojiazul, entre lágrimas— Se los suplico. Yo no…
—Está bien —determina su progenitor, levantándose del sofá— ¿Nos vamos entonces? —sugiere— Digan lo que quieran de mí, pero no arriesgaré la salud de mi hija de nuevo. No así. Ahora que sabemos de su enfermedad. Solo quiero que viva en paz.
—Tom, yo no-…—espeta su cónyuge.
—Un momento —interviene Alya Césaire, en medio del caos familiar— Por favor, permítanme hablar con mi amiga Marinette. ¿Sí?
No se lo tomaron bien. Ni si quiera la misma Marinette. Pero si de algo quería aportar a esto, era su felicidad y asegurar sus ideales. No soy ninguna vendida a la corona ni mucho menos a obligaciones que no me corresponden. Ya les he relatado, que odio esto. Va en contra de todos mis principios. Pero no me imagino a la chica que adoro por la vida, repleta de penurias y hambruna que no le corresponden. ¿Huir? ¿Escapar del reino? ¿A dónde irá? Marinette tiene que permanecer en Francia. Y ser inteligente, como ella misma me enseñó. Además, no tiene por qué pagar por los platos rotos de las malas inversiones de sus padres ¿Sí? Solo intento…hacerla entrar en razón.
Le he apartado en otro cuarto, para poder hablar. Marinette está inquieta. Se desplaza de un lugar a otro por el cuarto. Me mira de vez en cuando como una enemiga. Pero no lo soy. Juro…que no lo soy.
—Chica, no me-…
—¿De qué lado estas? —refunfuña Marinette, increpándola— ¿De mi familia o de la corona?
—Del tuyo —revela Alya, tomando sus hombros— Solo del tuyo, amiga.
—Ya me conoces, Alya —se suelta de su agarre— No pretendo casarme por obligación —berrea Dupain-Cheng.
—Nadie está intentando casarte por obligación.
—Ah. ¿No? —le muestra la carta en su cara— ¿Y esto que es?
—Solo es una amenaza absurda —declara Césaire— Tus padres son adultos. Sabrán arreglársela.
—¿Qué quieres? —pregunta su camarada.
—¿Qué es lo que quieres tu? —cuestiona la morena.
—Ser libre.
—Lo eres —se encoge de hombros— Siempre lo has sido. Haces lo que quieres. Y estamos orgullosas de ti. Eres tan libre, que te has librado incluso de la muerte.
—No lo soy ahora —farfulle— No si me obligan a casarme.
—No te están obligando a casarte —musita su amiga, clavándole una mirada fija en el rostro— Solo a elegir.
—Elegir ¿Qué?
—Elegir si quieres vivir rodeada solo del amor de amigas, de familia o…—musita— si te gustaría conocer el otro lado del amor.
—¿Qué dices?
—Tú me enseñaste muchas cosas valiosas, Marinette —masculle Alya, sujetándole las mejillas con desazón. Esboza una sonrisa ahora mismo— Y estoy infinitamente agradecida con ello. Muchas cosas. Pero nos falta hablar de "otras" cosas.
—¿Qué otras?
—Del amor de pareja, por ejemplo —sentencia, Césaire.
—¿Qué tiene que ver eso ahora?
—Nunca hemos hablado de el —la suelta de sopetón, rehuyendo de su mirada con pesadumbres— ¿Qué pasa con él?
—¿Qué pasa con él?
—Yo creo en el…—revela su amiga, con sensitiva voz— ¿Tu no?
—Los hombres me parecen repulsivos —rechaza Marinette, escueta y agria en sus palabras— Son todos iguales.
—¿En serio piensas eso? —carcajea irónica su amiga. Camina hacia el mini bar y sirve dos tragos de vino. Uno para cada una— Se que no sueles beber más que en fiestas. Pero vamos a hablar sinceramente ahora ¿Te parece? Creo que, si te logro emborrachar un poco, te abres. Por favor, quisiera…que tu quisieras, hablar de esto ahora.
—…
Ella aceptó mi copa de vino y nos abrimos de corazón a dialogar de un tema, que prácticamente era tabú para todas. Incluso para ella. Mucho conocimiento de tanto, pero poco del amor…idílico, ese que anhelamos sentir por alguien. Y sin duda me preocupaba en demasía por ella. Cuando Marinette me dijo que los hombres le resultaban "repulsivos" supuse que ahí andaba algo mal. Y quise con sinceridad hacerla entender que el amor no tenía genero ni sexo. Ella era tan abierta de mente, que me entendió. Esa noche, platicamos del asunto hasta el amanecer. Habíamos bebido mucho. Y costó que se doblegara. Es muy terca y persistente. Pero a eso de las 06:20AM, me confesó algo que nunca creí que lo hiciera.
—He evitado por muchos años leer novelas de amor. Pero creo que fue un error…—confiesa la Duquesa— En realidad, solo estaba huyendo
—¿Huyendo de qué?
—No sé si en realidad me parezcan repulsivos los varones ¿Sabes? Creo…—añade, compungida y abochornada en el proceso— Creo que les tengo miedo.
—No todos los hombres son malos ¿Sabes? Ni todas las mujeres —contesta la morena, esbozando una mueca grácil— ¿A que le temes realmente?
Ella no supo que responderme. No tenía malas imágenes, secuelas, preceptos de imaginativos o constructos de lo que era el amor de pareja, pues sus padres demostraron todo lo bueno de lo que significaba, toda su vida; casarse. Sus propios progenitores le habían enseñado lo que era el amor. Y era un concepto tan hermoso, que costaba trabajo entender como una persona que creció con esos ideales, le tuviera miedo al amor. Pero yo no era quien para juzgarla. Cada quien sabe dónde le aprieta el zapato. Entendí que solo era miedo. Miedo a lo desconocido. Pues no importa cuánto te enseñe tu entorno, lo que importa es vivirlo tú mismo y experiméntalo. Solo así, podrías sacar tus propias conclusiones.
—Bien, Alya —esboza Marinette, bebiendo un último trago de su copa de vino— ¿Qué debo hacer entonces?
—No te cases si no quieres —reanuda la morena, sonriente— Pero date la oportunidad de elegir. ¿Sí? Eres Marinette Dupain-Cheng, joder. Determina tu. Que nadie te diga que hacer. Escoge. Y que el mejor, gane. Eres una joya en bruto. Deja que los mineros se la jueguen por tu tesoro.
—Hecho — asiente Marinette, un tanto ebria. Pero le da la razón.
Les prometo por mi vida, que si les pareció aburrido el relato hasta ahora. Se van a meter de lleno en esta historia. Porque válgame las entidades griegas, esto se viene potente. Mis queridos lectores. No declinen. No desesperen. No se vayan. Por favor, denle una oportunidad a este relato. Esta historia, se pondrá cada vez más buena. Esperen y verán.
[…]
"Los estorninos que elevan vuelo en la mañana, son a mi humilde asombro de incrédulo pesar, una bandada de decoro para nuestro reino. Damas y caballeros, por favor no mengüen ni renuncien a sus convicciones. De mi distinguida posición les pido clemencia para el reino de Francia.
Los ingleses nos diezman en el norte. Y los germanos en el sur. Mi incuestionable codicia de torcer a los enemigos me hace cada vez más dinámico y fuerte en las fronteras. Espero con ansias, que se alisten al ejecito de su majestad.
Vive la France"
Firmado: Luis XV.
—¿Está bien así, monsieur Bourgeois? —consulta un lozano muchacho de ojos azules.
—No lo sé. Su majestad no suele firmar tan flojamente —expone el varón, sacando la panza hacia afuera— Intenta otra cosa. Algo más lúdico.
—Bueno…—musita el muchacho, tocándose la mejilla con nerviosismo— Puedo modificarlo si gusta. ¿Qué tal algo más cursivo?
—¡Yo que sé, Luka! ¡Tu eres el experto! —André mira la hora en su reloj de bolsillo y se aterra— ¡Dios! ¡Es hora de las galletas! Y no acabes hasta que mejores esa firma, jovencito.
Les contaré. En el orden más empírico de llevar a cabo la odisea, para buscarle un consagrado esposo a Marinette, se encontraban dos candidatos potenciales. Y que, sin premuras, no pasaban desapercibidos por la corte ni de la sagaz mirada de otras muchachas. El primero en la lista, era Luka Couffaine. Y la verdad es que de Luka no había mucho que contar. Mas lo que el mismo dejaba a relucir. Era…un chico bastante transparente, si así se quiere explicar.
—Al diablo con todo. No me quedaré hasta tarde y perderme la cena —rezonga el peliazul, estampando una firma sosa y simplona sobre el papel— ¿Qué tanto se quejan? Ni son capaces de escribir ellos sus propias cartas.
Familia Couffaine:
Los padres de Luka se habían "auto" divorciado, sin el consentimiento de ninguna iglesia y en medio de un escandalo deslenguado por parte de una bochornosa escena que protagonizó el progenitor; una noche de juerga. Jagged, era trovador. Su trabajo consistía en ir de boda en boda y de bautizo a funerales, enardeciendo el ambiente en compañía de su fiel mandolina. Por razones clasificadas que nadie sabe y espero no sea obra de los extraterrestres, acabó ebrio en medio del estacionamiento de una de las ceremonias. El relata hasta el día de hoy, que fue un error de cálculos. El plan era subirse a su carruaje y volver a casa como de costumbre. Sin embargo, a veces la ficción, supera la misma realidad. Pues Jagged, terminó subiéndose a un carruaje repleto de a lo menos 5 cortesanas.
—¡Aaahhh! —chilla una de las muchachas— ¡¿Quién eres tú?!
—¡Uwah! ¡Señorita! —expresa el musico, tambaleándose hacia un lado— ¿Quién es usted?
—¡Es lo que yo pregunté, tonto! —protesta de vuelta.
—¿Disculpa? —frunce el ceño, hipando.
—¡Ah! Con que aquí estabas —farfulle una de las trabajadoras— Llevamos mas de media hora esperándote. Es el colmo.
—¿A-a mi…? —parpadea, confundido.
—Eres Jaime ¿No? El cochero.
—¿Soy Jaime el cochero? —no entendía nada. Pero dado el impulso del momento ¿Para qué negarlo? — ¡Si! ¡Claro! Soy yo. Jaime, el cochero.
—Mhm…espera un momento —se alza otra de las mujeres, con actitud suspicaz. Y tras echarle una ojeada de pies a cabeza, revela— Tú no eres Jaime.
—¿Cómo que no soy él? —gesticula ofendido el varón.
—Es verdad —adiciona otra, abanicándose— Jaime tiene un bigote.
—Y es mucho más feo —relata una pelirroja.
—Deben de estar confundiéndome con otro Jaime. Yo tenía un bigote, pero me afeité esta mañana —carcajea Jagged, montándose en el asiento delantero para agarrar las riendas— ¡Vamos! ¡No teman! ¡Las llevaré a donde gusten esta noche!
—Hey, Colette —susurra una fémina rubia, con los pechos casi al aire a una de sus camaradas— ¿Estás segura de que si es Jaime?
—Pues no sé si sea Jaime o Pedrito —sisea la mayor de todas, sonriendo sagaz; cual lince en plena cacería— Pero este tipo no está nada de mal. ¿Ya viste sus brazos?
—Pero…
—¡Por favor, no me miren así! —Jagged saca su instrumento desde la espalda y rasga algunas cuerdas, en una melodía bastante atractiva— Habrá música y alcohol en el viaje. ¿No quieren divertirse un poco más?
No le costó mucho trabajo al señor Stone de convencerlas. Tenia su encanto, he de admitirlo. Además, a las mujeres les encantaban los músicos. Aparte de tener fama de bohemios, su sentido jocoso del humor los volvía un imán de entretenimiento poco común en la época. Algo, con lo cual huirías de una reunión borrica. Mas, si eres una trabajadora sexual. Fue así como para el final del día, literalmente secuestró el carro en dirección a una velada memorable, que finalmente…le costaría la furia de su mujer.
A la mañana siguiente, un humilde campesino le encontró en su granero, semi desnudo y rodeado de todas esas libertinas chicas. Sin un ápice de vergüenza, no le quedó de otra que confesar todo, dejando al descubierto su vividora forma de ser. Y la nula empatía por el que diría su familia.
Anarka, su esposa, solicitó de inmediato la desunión al rey; apelando al adulterio como enmienda. Todo esto, luego de echarle la ropa por la ventana de la casona, a vista y paciencia de medio Orleans. Si bien la humillación y el impreciso decoro era motivo suficiente para tirarle la careta de esposo fiel, no lo fue para la corona. Le habían denegado la petición de separación. Algo normal en una época en donde el divorcio no se daba. Con un matrimonio irremediablemente roto, Jagged se fue de casa. Y Anarka asumió con diligencia la crianza de sus dos hijos mellizos.
Una sola condición: El pago innegable de manutención hasta que alguno de los dos, se casara.
Se preguntarán ¿Pero como diablos se todo esto y con tanto detalle? Bueno, ya les he dicho antes ¿No? Yo todo lo sé. Y lo que no, lo averiguo. Aunque vamos, un follón de esta envergadura es sencillo de conocer. Todos en la ciudad estábamos al tanto del historial furtivo de Jagged. Afortunadamente no éramos tan tozudas o prejuiciosas como para quedarnos con una imagen errónea del muchacho. Luka, no se parecía en nada a su padre. Trabajaba como escriba para la corona, en el puesto de secretario segundo al mando del ministro Bourgeois. Su misión era escribir cartas, traducir textos del ingles al francés y latín, asistiendo a cumpleaños también como trovador. Y de vez en cuando, ayudaba en la tienda de su madre en el distrito de Chatelet. Pues Luka, había perfeccionado el exquisito arte de confeccionar instrumentos musicales, convirtiéndose en un famoso Lutier a temprana edad.
El, tenía lo suyo. Si a mí me lo preguntasen, no había mejor partido que él. Era guapo, divertido, talentoso y muy fiel. Sin contar el hecho de que con Marinette habían construido una amistad muy sana en base a un lazo sincero de amor por la música.
—Papá vino esta mañana y nos dejó esto —murmura tímidamente Juleka, depositando una canasta sobre la mesa— Dijo que era un regalo para la tienda.
—¿Qué no estaba de gira por Paris? —farfulle Anarka, con expresión recelosa tras notar el cesto— ¿Cuándo llegó?
—Esta mañana.
—¿Qué es? —examina su hermano— ¡Son cuerdas nuevas! ¡Justo lo que necesitaba!
—Tu padre aun no entiende que no puede llegar y venir a casa, si no estoy yo presente ¿Sabes? —su madre chasquea la lengua— Le diré de inmediato a la servidumbre que no le deje entrar más.
—Dios santo, mamá —exhala Luka, abatido— Entiendo a la perfección que lo odies. Pero…
—No lo odio —se encoge de hombros— Solo me da asco.
—¿Es lo mismo? —rueda los ojos— De igual forma, independientemente de los problemas que tengan ustedes, no puedes mezclar las cosas. Sigue siendo nuestro papá.
—Cariño —la señora Couffaine gesticula una sonrisa apática— Hay muchas cosas que aún no entiendes sobre el matrimonio. Algún día, comprenderás de lo que hablo.
—Tal vez nunca me haya casado —suspira el peliazul— Pero de "matrimonio" es lo que mas he estado leyendo esta semana ¿Sabes? Es de lo único que me hacen escribir últimamente.
—¿Ya te has enterado? —incursiona su hermana, curiosa— La reina está buscando nuevas consejeras para la corte.
—Lo sé, Jul. He escrito varias de esas misivas ya —Couffaine regresa a degustar sus alimentos sobre el plato— Redacté tantas…que ya perdí la cuenta. Aunque admito que no fue mucho de mi agrado —añade— No estoy de acuerdo en que obliguen a las mujeres a casarse y menos como requisito para el puesto.
—¿Quién te dijo que solo están buscando mujeres? —Anarka arquea una ceja, con suspicacia. Acto seguido, extrae un sobre debajo de su plato— Los hombres no están exentos tampoco.
—¿Qué es eso…? —pestañea, absorto.
—Llegó esta tarde junto con la correspondencia semanal —se la extiende a su retoño.
—¿Qué? ¿Acaso a mi también me convocaron? —Juleka se retrae atemorizada en su asiento.
—No, mi cielo. Mas bien…a otro en particular —gira los ojos hacia su primogénito— ¿Por qué pones esa cara? ¿Acaso no dijiste que tu mismo redactaste las cartas?
—Estas…no las escribí yo, lo juro —Luka traga saliva, leyendo el contenido. Apenas puede creerlo— De seguro lo hizo otro departamento distinto al mío. Está firmado por otro escriba.
—Es un acontecimiento importante. Es natural que no te lo hayan informado directamente, si estas involucrado —chista Anarka, bebiendo un sorbo de vino— No puedes saberlo todo tampoco.
—Cielos…—Juleka relaja el semblante, pero a la vez se preocupa por el tema— ¿Eso quiere decir que…mi hermano también tendrá que elegir a una doncella?
—¿Elegir? —carcajea su madre, limpiándose la comisura de los labios con una servilleta de genero— Me temo que es al revés, mi niña. Están buscando muchachas. Y el aviso también llegó a las familias de varones solteros, como un consejo de que están disponibles ahora.
—¿Disponibles? —Luka frunce el ceño, abnegado— Hablas como si fueran un bien material para adquirir.
—Dios mío eres tan melodramático como tu padre —esboza la señora Couffaine, levantándose de la mesa tras finalizado el postre— No seas tan ingenuo, cariño. A veces casarse es algo mucho mas sencillo de lo que crees. Tómalo como una cuestión de negocios, más que de honor.
—Mamá —el varón se levanta de la silla, ofuscado— No estoy de acuerdo. No considero que-…
—Luka —sentencia Anarka, fulminándolo con la mirada— Si bien nuestro pasar económico no es precario. Por culpa de las desviaciones del idiota de tu padre, tampoco damos abasto para los gastos. He tenido que hacer malabares para llegar a fin de mes y tu mejor que nadie lo sabe. Has estado ahí —agrega— Francia se encuentra en guerra por ambos frentes. Son tiempos difíciles. Es nuestra oportunidad para encontrar un buen arreglo con una jovencita de bien. Si logras contraer nupcias, no solo dejarás de ser un simple secretario que escribe porquerías. Tendrás un lugar privilegiado en la corte. Y los reyes financiarán tu porvenir.
—Pero yo no necesito un lugar predilecto en ningún lado, mamá —niega derrotado el menor— Quisiera al menos poder darme la oportunidad a algo como eso, con amor.
—Tu quizás no. Pero nosotros si —Anarka observa a su hija también, quien es cómplice y participe activa del asunto— No sigas los pasos egoístas de tu padre ¿Quieres? Vele el lado positivo. Podrás practicar tus dotes de poeta ahora mas que nunca. Y quien sabe, seguro conquistas el corazón de una hermosa niña que te haga feliz —se va.
Si. Es como les dije. Los Couffaine tenían sus propios fantasmas rondando el quiebre de la familia a portas de una pobreza inminente. Pero tampoco pretendo dormir en los laureles y quedarme solo con su desgraciada vida. Pues les comenté que hay otro candidato en juego. Y créanme cuando les digo esto…
Este, es lo mas similar a un gatito mojado bajo la lluvia. No es el revolucionario Luka Couffaine, quien no teme expresar lo que siente o piensa. Para su malograda existencia, este pobre chico, simplemente no conoce la palabra "no".
[…]
—Mamá ¿Todas las mujeres son igual de buenas y lindas como Julieta? —consulta el rubio, de mirada esmeralda encendida— Ella se sacrificó por Romeo…
—Eso es algo que debes averiguar por ti mismo, hijo —ríe su progenitora. Deposita un beso casto en su frente, cerrando el texto que le leía hace un momento— Lo importante es no confundir la realidad de la ficción.
—Me gustan los libros que he leído últimamente —confiesa, ruborizado— Pero no puedo sacarme de la cabeza la idea de que si lo son…
—Adrien. Emilie —interrumpe Gabriel, en la habitación— Vamos al salón por favor. Tenemos que hablar de algo.
El, es Adrien Agreste. El único hijo de Emilie y Gabriel Agreste. Siendo muy veraz en la información que manejo, por más escueta que sea, confieso que no sé mucho sobre la historia de Emilie. Tengo entendido que viene de una importante familia inglesa, al norte de Inglaterra. Los Graham de Vanily. Y sé que, tras casarse con su esposo, renunció a su apellido y estatus, por amor. De Gabriel, hay muchísimo que contar. Papá suele decir que es un hombre de pocas palabras y mirada directa. De esos, que ocultan recelosos detalles de su pasado. Las malas lenguas insinúan que Gabriel provenía de una familia pobre, al sur de Nantes. Campesinos, mas bien. Productores de queso y otras materias primas. Pero aburrido de la miserable vida que llevaba, como el típico hombre promedio de autoestima mediocre, encontró el amor en una joven y hermosa muchacha de desplante único; a la cual hizo su mujer tras un año de relación clandestina.
Sus primeros años en Paris los ejerció como sastre, para una renombrada familia de la zona. Sin embargo, demostró tener tal talento refinado para el buen gusto del vestir, que acabó construyendo su propio imperio con el logotipo de una marca propia. Ahora, instalados en Orleans, esta familia es una de las 3 mas poderosas en el mundillo de la moda. Y este…es otro partido del cual vale la pena mencionar.
Familia Agreste:
—Vaya —comenta Emilie, anonadada con la noticia— He de admitir que esto es algo que se da mucho en Inglaterra. Pero no creí que acá también lo hicieran.
—Es imperativo que lo tomemos en consideración, cariño —revela Gabriel, bebiendo un sorbo de una taza de té— Adrien acaba de cumplir los 20 años. Está en edad de casarse.
—Espera —advierte la rubia, mientras observa preocupada a su hijo— ¿Pero no deberíamos primero consultarlo con él?
—¿De que hablas? —murmura jovial el peliblanco— Adrien estará encantado con la idea. ¿No es así, hijo? —intercepta al menor.
—¿Ah? ¿Qué? Eh…yo…—Adrien no sabe que mierda decir. Ambos lo miran con actitud templada, esperando que sin duda alguna acepte. Asiente, sin más. Ni si quiera se lo ha cuestionado— Cla-Claro… ¿Por qué no? Me parece una buena idea.
—¿Ya ves? —el hombre se encoge de hombros.
—Mi amor —su madre acaricia su mejilla derecha, con ternura— ¿Estás seguro de esto? El matrimonio es algo muy serio. Ya lo hemos hablado antes.
—Lo sé, mamá —asiente el menor, sonriente como de costumbre— Pero no tiene nada de malo ¿O sí? Ustedes están casados y son felices. No veo al matrimonio como algo feo o malo.
—Mh…si, pero…—Emilie aprieta los labios, haciendo una pausa prolongada. Acto seguido, mira a su esposo— Adrien, cariño. ¿Me das un momento a solas con tu padre? Quisiera hablar una cosita con él.
—Claro, mami —Adrien se levanta, saliendo del salón.
—¿Qué estás haciendo? —le interpela su mujer.
—Estoy asegurando el futuro de nuestro hijo, es todo —se encoge de hombros.
—¿Su futuro o el tuyo?
—El de todos, cherie —Gabriel se sienta a su lado, tomando sus manos— Anda, no me mires así. Tu y yo sabemos que Adrien ya está en edad para estas cosas. No pretenderás que viva con nosotros toda la vida ¿O sí? Toca dejar el nido.
—Si. Lo tengo mas que claro. Pero no sé si sea de esta forma que deseo hacerlo —esboza nostálgica la británica— Gabriel, Adrien es un niño.
—Solo porque tu así lo has querido, mi amor —exhala frustrado el varón— No lo es. Es un hombre ya. Debes dejar de infantilizarlo.
—Adrien no sabe lo que es el amor de pareja.
—Porque tu no se lo has permitido experimentar —confiesa el Agreste, entusiasmado— Debería hacerlo ahora. Esta, es su oportunidad. Su mejor chance. No puedes seguir leyéndole cuentos de hadas. Necesita conocer lo que es una mujer de verdad —adiciona— Basarse solo en nuestro matrimonio como una idea placentera…creo que no es correcto.
—Tengo mis aprensiones ¿Ok? —desvía la mirada, alejándose de sus manos para abrazarse así misma— Temo…que lo lastimen.
—Es parte del proceso —manifiesta templado el francés, tomando su mentón para mirarla de frente— Pero ¿Ya viste su rostro? Está entusiasmado con la idea. El si quiere hacerlo.
—Imagino que, si lo estás metiendo en esto, le darás las herramientas necesarias para llevarlo a cabo ¿No? —le increpa.
—¿Te parece que sea un hombre experto en coqueteos? —Gabriel se rasca la nuca, nervioso.
—Bueno, a mi me coqueteabas bastante bien, te diré —bromea.
—No es lo mismo. Adrien no es igual a mí.
—No creas mucho…—Emilie besa su mejilla— si se parecen mas de lo que crees. Sobre todo, en lo intenso. Pero…bueno…supongo que…—suspira, derrotada— tienes razón. Si es momento para dejar que lo intente con alguna chica.
—Hay un montón de candidatas, cariño —el sastre se levanta, mostrándole la lista en la carta— Tengo a algunas en mente. ¿Qué me dices de ella?
—"Chloé Bourgeois" —cita su esposa, gesticulando una mueca nauseabunda— ¿Estás seguro?
—¿Por qué no? —el hombre se pasea por el cuarto, muy seguro de si mismo— Con los Bourgeois tenemos muy buena relación. Audrey lo apoyaría. Y además André tiene un excelente puesto en la corte.
—Chloé es una chica muy caprichosa y mal intencionada, Gabi —advierte, preocupada— No lo abalo. Y lo digo porque se conocen de pequeños.
—¿Y entonces que sugieres?
—Hay otras mas aquí —lee la lista, apuntando un par— Ya encontraremos a la indicada. Al menos…déjalo que el decida. ¿Sí?
—Vale. Puedo con eso —expresa satisfecho con su sugerencia— De igual forma, le ayudaremos…
—La reina a convocado un baile real en el palacio este sábado —narra Emilie Agreste, pensativa— Irán muchos jovencitos y jovencitas. Será mejor ir pensando en esa instancia primero, para dar el paso.
Si. El es Adrien Agreste. Y esa, es la familia Agreste. Aun hay mucho que relatar, queridos lectores. Pues como ya anuncié en un comienzo, esto está solo…empezando.
Había otras familias más involucradas en la contienda. Otras mujeres y otros hombres también. Me he dedicado a resaltar solo los mas llamativos. Pero los demás no estarían exentos de polémicas. También estaban los Levillant, los Kurtzberg, los Lahiffe, los Le-Chien, los Anciel, los Bruel, y los Haprele, entre tantos. No obstante, a ello, solo una pareja llegaría al final de la primicia. ¿Cuál será el dúo dinámico rupturista que logre llegar al puesto? ¿Alguno de los ya mencionados? La vida es una rueda y nunca sabes, cuando y donde va a parar y saltar.
[…]
—Un poco mas apretado y este corpiño termina sacándome las tetas del pecho —expresa agobiada Marinette, casi perdiendo el aliento— Mierda…apenas puedo respirar ¡Cof! —tose.
—Te ves radiante, amiga —halaga Alya, junto a las demás chicas del salón— ¡Animo! Estamos casi todas aquí…en la misma batalla.
—Si, pero mis costillas no dicen lo mismo, Alya —refunfuña una angustiada francesa— ¡Me quiero matar!
Durante la fiesta, los monarcas franceses se mostraron bastante poco si me permito indicar. Y esto lo hago como una critica a la hipocresía que muestran al momento de pedir ayuda a sus súbditos. Lo natural es que al menos se quedaran para el postre. Pero ni eso. Pasada las 22:30 de la noche, su majestad el rey se retiró a sus aposentos. Y solo dejó a cargo del baile a su dócil esposa. Aunque tenia buenos consejeros, la pobre tampoco podía opinar mucho. Así que solo se limitó a exigir que, por favor, lo pasaran bien. Y que los juegos, la bebida, la música y la comida no cesaran hasta el amanecer. Era la instancia perfecta para que todos los partidarios al puesto se conocieran con naturalidad.
Marinette no ha parado de quejarse de su atuendo. Es un vestido ceñido, pero que casi no le permite probar bocado alguno. Dice que, si come, se caga encima. La entiendo, me siento igual.
Todos asistieron a la festividad. Y cuando digo "todos" en realidad solo hago amago de dos en particular, Adrien Agreste y Luka Couffaine. Para displicencia de quienes conocíamos la relación de este ultimo con mi amiga, fue casi como una tertulia de verano; desarrollándose con total normalidad. Su amistad, los acaecía desde hace años. Así que ninguno de los dos, se mostró incomodo con la solemnidad del momento.
—¿Bailamos? —sugiere Luka.
—Claro —asiente Dupain-Cheng, a gusto.
Los vi danzar en la pista de baile. Estaba muy concentrada en sus movimientos, por muy vagos que fueran. Pero en algún punto, Nino Lahiffe logró sacarme de mi excursión espía y tan pronto me robó la atención, perdí contacto visual con la pareja. Mierda. Ya no sé qué hablaron…
—Este corpiño me está matando —revela Marinette, desplazándose por la baldosa de mármol, al compás de la música— En cualquier momento, eructo.
—¡Jajaja! No pasa nada, ya lo has hecho antes —exclama Luka, jovial. Aprieta su cintura con suavidad— ¿Recuerdas cuando me invitaste a probar la nueva receta de croissant con la que estabas experimentando? Esa tarde eructaste mucho.
—Tienes una memoria increíble, te lo concedo —ni ella se acordaba. Pero ríe en respuesta, sin incomodarse para nada con su comentario— ¿Por qué estás aquí, Luka?
—Supongo que por la misma razón que tu ¿No?
—No viniste de trovador ¿Verdad?
—No, claro que no —revela el peliazul, dándole un giro suave por la pista— Recibí "la carta".
—Ah…si —esboza, ligeramente liada— La famosa "carta".
—Tómalo con calma ¿Sí? —sugiere, sereno— La mayoría de los que han asistido esta noche, la recibieron. No hace falta que nos volvamos locos. Tampoco es de vida o muerte.
—Es fácil para ti decirlo —espeta la fémina, con dejo de sarcasmo— Tu familia no depende de ti como la mía.
—En eso te equivocas —manifiesta Couffaine, ligeramente apenado— No eres la única con la soga al cuello.
—¿Qué? —parpadea, atónita con su revelación— ¿A ti también te obligaron? —vuelve a darse un giro en 360 sobre su posición.
—No hace falta tomarlo como una "obligación" —murmura el ojiazul, sonriendo sutil— Hagamos de esta velada una oportunidad para conocernos mas entre todos. ¿Te parece?
—Luka siempre sabe que decir en el momento preciso…—piensa Dupain-Cheng, obnubilada con sus respuestas— Ha decir verdad…nunca lo consideré como un posible marido. Pero entre tanta gente…yo-…
—¡¿Qué crees que haces, Sabrina?! —chilla Chloé, más allá— ¡Adrien Agreste bailará solo conmigo esta noche! ¡Apártate! —la empuja.
—¡Ouch! ¡Hey! —se queja la pelirroja, molesta— ¡El me invitó! ¡¿Yo que culpa tengo?!
—Chloé, no hagas un escandalo por favor —pide avergonzado el rubio, tras notar que varias miradas fisgonas recaen sobre el— Todos nos están mirando.
—Que no te importe, Adrikins —se le cuelga del cuello— Solo importamos nosotros esta noche. De seguro me vas a escoger a mi ¿No?
—¿Ves? Siempre podría ser peor —carcajea Luka, mirando la escena junto a su compañera con asombro— Pobre…Chloé es insoportable. Eso todo el mundo lo sabe.
—Si…supongo que si —sisea Marinette, siendo indiscutiblemente atraída por aquel muchacho rubio a lo lejos— ¿Adrien Agreste? Nunca lo vi antes…
—Nunca lo viste antes ¿Verdad? —redunda su camarada bailarín. Casi, como si le hubiera leído el pensamiento. Su amiga lo mira con asombro— Jajaja…tranquila, somos dos. Adrien no sale mucho de casa. Sus padres son muy estrictos con él. No es un chico muy popular.
—S-si…ya veo el por qué…—endosa la peliazul, confundida con lo que acaba de presenciar— Pero no se ve un mal chico…
La música se ha detenido. Incluso yo, que estaba bailando con Nino nos hemos sentido un tanto estafados. ¿Qué ha pasado? La reina aplaude complacida y nos invita a todos al patio trasero del castillo. Allí, a ideado un esparcimiento para los jóvenes. Es un laberinto de arbustos. Y el juego mas común de la época, es entrar en él.
—¡Que los chicos busquen a las chicas! —anuncia su majestad.
Marinette me mira y automáticamente corre hacia mí, Rose y Juleka. Entre las cuatro, echamos carrera al laberinto, junto con otras mozas a perdernos. Al cabo de unos minutos, los varones también se incorporan al recreo. Y a partir de ahora, solo puedo velar por mi misma. Puesto que mi mejor amiga, se ha separado de mí y el resto. En algún punto me dice que prefiere esconderse en uno de los matorrales. Mi misión es resguardar su seguridad. Pero me ha gustado muchísimo bailar con Nino. Es tan gracioso y lozano, que prefiero optar por el camino de ser encontrada por él, que seguir en mi disputa de cuidar su trasero. Es hora de que ella…juegue sus cartas.
El reloj marca las 23:50PM. Solo dios sabe, que nos depara el futuro. Luka es el primero en pillarme. Me mira y pregunta por Marinette. Ya sé a que apunta su cuestionamiento. Al parecer, está muy, muy interesado en ella y reclamar el lugar en la noche. Yo le señalo con el dedo índice mas al oeste del laberinto. Lo veo partir, en lo que Nino me encuentra y me abraza con total seguridad. Acabo de caer.
[…]
—Ok…—exclama Marinette, frotándose las manos con frío— Supongo que Luka vendrá por mí. Solo espero que las chicas estén bien…
Han pasado a lo menos 15 minutos desde que inicio el juego y Luka no aparece. Dupain-Cheng, declina de su idea. Ha corrido demasiado lejos. El laberinto es enorme y juega con la mente de los asistentes. Posiblemente se ha perdido. Pero ahora mismo, ella también se profesa extraviada. Ni si quiera sabe donde mierda está parada. Observa el cielo estrellado con nostalgia. Ensimismada en sus pensamientos mas intrusivos, se cuestiona la posibilidad de que, en definitiva, tendrá que volver sola a la salida. Así que camina de manera automática, apelando a su buen sentido de la orientación justo por donde creyó venir. Se topa con callejones sin salida en mas de una ocasión. Indiscutiblemente, entra en un estado de desesperación. Al parecer, no era lo suyo asociarse a derrochar el norte. Es mas torpe de lo que creía. Deambulando por los recovecos y pasillos de pastizales iluminados por candelabros que cuelgan de las esquinas, llega a un claro en medio de la nada.
Un sonido similar a unas ramas quebrajándose le alertan a lo lejos. Una silueta, se abalanza a ella con tranquilidad.
—¿Quién es? —cuestiona asustada la ojiazul— ¿Luka? ¿Eres tú?
—Lo siento…
—Es Adrien Agreste…—piensa, vislumbrando como la luz tenue de las lámparas de aceite le da en la anatomía— ¿Adrien?
—¿Marinette? —pregunta, trémulo también.
—¿Cómo sabes mi nombre? —inquiere la muchacha.
—¿Cómo sabes el mío? —responde.
Silencio sepulcral en el ambiente. Una brisa primaveral remueve los flequillos de ambos, en total mutis de una escena increíblemente atrapante. Los arbustos, se zarandean de un lado a otro, en la inmensidad de la penumbra. Solo para romper el hielo, el muchacho añade, de manera torpe.
—¿Buenas noches?
—¿Me está saludando? —parpadea, despabilando en el proceso. Responde— Hola…
—¿Te has perdido? —pregunta el rubio.
—No, para nada —miente— ¿Y tú?
—Si —declara con franqueza y aires de bochorno— Disculpa. Es la primera vez que juego a esto. Nunca entré a un laberinto antes y temo que no sé dónde está la salida.
—Que sincero…no se molesta en disfrazarlo —redunda en su mente la muchacha— ¿En verdad vino para conseguir esposa? Porque…no parece muy experto en la materia —asiente con la cabeza— Perdóname. Te mentí. Tampoco sé donde está la salida.
—¿Estabas esperando a alguien? —pregunta, tímidamente— ¿Te buscaban?
—Si. A Luka, pero…—Marinette niega con la cabeza— No. A nadie en específico. Solo…me perdí.
—Bueno —Adrien camina hacia ella a paso sereno— Somos dos. Nadie me buscaba tampoco. Pero…te encontré.
—Es verdad, jeje…—ríe, nerviosa y sonrojada.
—No conozco las reglas de este juego —confiesa melancólico el ojiverde— No sé como se gana. Pero…dado que nos perdimos los dos y nadie nos busca. ¿Te parece si averiguamos juntos la salida? Me da un poco de miedo la noche…
—¿Le da miedo la noche…? Cosita…—Marinette intenta con todas sus fuerzas, no sentirse abrumada por sus palabras y mantener hidalga su postura de mujer empoderada. Coge su muñeca y lo jala— Si. Ven. Vamos juntos. Te ayudaré.
—Ah…—se ruboriza de golpe ante su tacto— Gracias…
—Este chico está temblando. No ha dejado de tiritar desde que le tomé la muñeca. Espero no se desmaye o algo así. Realmente…—piensa, mientras camina hacia la salida— me parece muy tierno y tímido —apunta— Mira. Ahí está.
—Gracias. Marinette…
Ambos han salido juntos del laberinto. Las parejas, casi se han armado. ¿Pero a que costo? Veo a mi mejor amiga salir con ¿Adrien? No era precisamente Luka o el chico que esperé para ella. Pero ¿Quién soy yo para juzgarla? Me mira e instintivamente lo suelta. La noto muy ruborizada. No sé si está avergonzada de un cringe o si realmente le ha gustado toparse con Adrien Agreste. Pero es algo…que no me costó mucho averiguar. Dado que luego de aquel "inocente" solaz descanso, no se separaron ni un segundo durante toda la noche. Los vi muy juntitos en la fiesta. Comieron juntos, bebieron moderadamente juntos e incluso bailaron juntos. Desconozco si habían hecho "crash" como digo yo. Pero si de una cosa estaba segura, era de que a Marinette le había encantado ese muchacho. Y viceversa. Puesto que ahora todo iría como miel sobre hojuelas. O al menos, eso pensé de forma inocente…
¿Será Adrien Agreste el tipo de hombre que a mi amiga le gusta? No quiero sonar aguafiestas, pero ella es tan empoderada y el…era todo lo contrario. Tan sumiso y dócil. No digo que eso sea malo, pero sin duda, Marinette no estaba buscando un esclavo como marido. Si no una persona, que realmente dominara el asunto. Aun sabiendo aquello, tenia la certeza de que Adrien era un muchacho de buenos sentimientos. Era sanito. Tan sanito como el pan o el yogur. Una persona, que jamás te haría daño. Porque simplemente no estaba en su naturaleza contradecirte. El era lo mas similar a un soldado de guerra obedeciendo ordenes de un general. Mis inquietudes cabalgaron durante días sobre esa relación, al punto de cuestionarme si realmente era lo que estaba anhelando. Porque la palabra "necesitar" y "merecer" no van de la mano. No todo lo que deseamos es lo que necesitamos. Si, entendía que todos merecíamos un hombre ideal. ¿Pero es lo que realmente necesitamos para crecer? Y no me daré ínfulas de admitir que mi mejor amiga no obtenía con creces tener a un gran hombre a su lado, siendo una gran mujer. ¿Pero que es lo que realmente requería ella? ¿Qué precisaba? Y me debatí esta idea por mucho tiempo. Hasta que un día…y como confesé de antaño, el universo hizo lo suyo. Porque nadie sabe como trabaja dios. Si es que realmente existe.
Al cabo de un mes, Marinette estaba convencida de ante mano de que Adrien Agreste era el candidato perfecto para ocupar el lugar de cónyuge. Su futuro marido. El puesto a ser la nueva consejera de la corona, casi era suyo. Y con ello, traerían gloria y potestad a sus proles. Sus padres tuvieron que reunirse en más de una ocasión para dialogar sobre términos de su matrimonio próspero y exuberante. Frondoso, lleno de riquezas y una posición amena para la nobleza y sus familias. Ya llevaban un tiempo aclarando ideas políticas, religiosas y filosóficas.
Pero esa tarde de noviembre a portas de un invierno crudo y gélido, recibí una carta de Marinette. Por cosas inhóspitas del mañana, no había logrado verme con ella en un par de días. Así que me enteré lamentablemente mediante un escrito lacónico que señalaba lo siguiente:
"Alya:
Esta noche, cenaré en casa de los Agreste. Te contaré todo lo que pase mañana. ¿Si? No desesperes. Tengo miedo, dado que debo impresionar a sus padres para que al fin nos den la bendición de casarnos.
Tal vez este chico no es el amor de mi vida. Pero lo quiero muchísimo. Es decente y amable conmigo. Y confieso abiertamente que es lo mejor para mí, para mi familia y para la suya. Adrien espera también impresionar sus padres. Tal vez algún día, me enamore de él. Pero mi madre insiste en que el amor se construye. Espero estar haciendo bien las cosas.
Deséame suerte.
Con amor, Marinette".
—Y una mierda —Alya rasga la carta.
Tengo bronca señores. Pero mi bronca…afortunadamente…tenía nombre y apellido.
[…]
—Bienvenidos —expresa Emilie, con jolgorio— Por favor, permitan que colguemos sus pertenencias en el perchero. ¿Les ha costado mucho dar con la ubicación? Por lo regular la gente suele perderse pasando los aromos.
Mansión Agreste, sábado, 21:12PM.
—Un poco, solamente —ríe tímidamente Sabine— La lluvia desorientó a nuestro caballo en unos baches. Pero no ha sido problema alguno. Mi marido es muy orientado —toca su pecho con cariño.
—He de admitir que estoy impresionado, monseiur Agreste —confiesa Tom— Por lo regular solíamos reunirnos en cafeterías de la ciudad. No creí que ya sería hora de algo más íntimo.
—En realidad ha sido idea de mi mujer —expresa Gabriel, acomodándose los anteojos— Ella ha considerado que lo mas protocolar en estos casos, sea de vez en cuando una cena que permita a nuestros hijos intercambiar mucho más que solo cartas.
—Adrien está muy entusiasmado con la joven Marinette. No ha parado de hablar de ella desde que la conoció —comenta Emilie, mostrando a su hijo delante de todos— ¿Verdad, cariño?
—Si, por supuesto que sí.
—Nuestra Marinette también lo está, créanos —carcajea el señor Dupain, exhibiendo a su hija con dejo de nerviosismo. Aunque claramente, ella no tiene la misma expresión de agrado que su compañero— Saluda, jeje…
—Que mentiroso es mi papá. Casi ni hablo de Adrien —exhala frustrada y saluda fingiendo modestia— ¡Un gusto estar aquí esta noche!
—Con su permiso, damas y caballeros —interrumpe Nathalie, la ama de llaves de la mansión— La cena ya está servida.
—Genial. Muero de hambre —esboza Adrien, arrimándose hasta su camarada para ofrecerle cordialmente su mano— ¿Vamos, Marinette? Hoy hay pavo a la naranja, tu favorito.
—¿Recordaste lo que te conté sobre mi plato favorito? —esboza agraciada con su comentario— Gracias, Adrien. Eres un sol.
22:30PM. En el salón.
—¿Estará bien que platiquemos aquí mientras ella…? —Marinette apunta solapadamente a la presencia de Nathalie, quien simula confeccionar un bordado, a escasos metros de ellos— Disculpa, es que me siento un tanto… "escuchada" jeje…
—Mamá dice que las chicas como tu deben tener un chaperón para estas ocasiones —inquiere el joven, sobándose la cabeza con pena— Te pido disculpas. Se que quizás no sea lo ideal. Tómalo como algo mas bien "hierático". Era la única forma de que nos permitieran hablar solos en un cuarto.
—Bueno…—exhala a modo servil— Si no queda de otra, lo asumiré. Ha decir verdad, no sé mucho de estas cosas.
—Yo menos —confiesa risueño y a la vez ruborizado— Es la primera vez que cortejo a una doncella. Sobre todo, a una Duquesa.
—No seas tan injusto contigo —le anima la fémina— El señor Gabriel es un marques. Tu también lo eres, por título.
—Nunca le he prestado mucha atención a esas cosas ¿Sabes? —revela, humildemente— Mamá suele decir que no debemos ser tacaños con nuestra posición y que nuestros privilegios también merecen ser compartidos con el pueblo.
—Me agrada mucho la mentalidad de tu madre, Adrien —asiente, satisfecha— Ojalá todos los burgueses pensaran lo mismo. Es una lastima que sean tan elitistas.
—Bueno…tal vez tu y yo…juntos…—sisea el ojiverde, depositando una mano sobre la suya; en un toque ligero y pueril— Podamos cambiar eso, cuando estemos de consejeros en la corte.
—¡Ejem! —carraspea Sancoeur, a tono de advertencia.
—Ah…—Adrien suelta su mano automáticamente. Ha escuchado eso. Acaba desviando la mirada, muy avergonzado— Supongo que el contacto físico está prohibido.
—¿Ni si quiera podemos tomarnos de las manos? —cuestiona molesta la ojiazul. Nathalie niega con la cabeza, sin llegar a mirarla— Joder, que estupidez. Ni que fuera a embarazarme con eso.
—¿Te gustan los perfumes? —examina curioso el rubio— Estoy ayudando a papá a crear uno que de seguro sería de tu agrado.
—Si, me encantan. ¿Acaso piensas regalármelo?
—Mereces toda la inspiración del mundo —manifiesta el menor de los Agreste, jubiloso— Para mi sería un honor que lo usaras cuando esté terminado.
Piensa Marinette:
Adrien…dice no saber cómo cortejar a una mujer. Pero si tengo que reconocer algo, es que simplemente no necesita métodos de seducción para ello. Le sale natural, siendo básicamente el mismo. A decir verdad, yo tampoco sé cómo hacer que un chico se fije en mí. Antes de venir a la casa de los Agreste, mi mamá me dijo que yo no tenia que hacer nada. Que debía ser el muchacho, quien se la jugara por mí. Alya también mencionó algo como eso. Pero a mi me parece una estupidez nada propio para mis convicciones. La mayoría de los varones de la corte son muy torpes a la hora de la conquista. Producto de su falta de lectura en textos románticos, la ignorancia del creciente machismo señorial o quizás porque frecuentan a las damiselas como si fueran sus posesiones y no, sus iguales. Creo que las mujeres deberíamos enseñarles un par de cosas. En cuanto a Adrien Agreste, digamos que él no cae en ninguna categoría ya antes mencionada. Me trata como si fuese una prima o una hermana. Por lo regular procura cavilar muy bien lo que me dirá, guardando un cierto respeto solemne similar a lo familiar. Y es algo curioso de admitir, porque nunca nadie me trató así. Ni si quiera Luka. Siempre conserva una distancia mesurada y precaria. Como si yo fuese su mamá. Tengo entendido que es hijo único. ¿Será eso lo que le lleva a desenvolverse así conmigo? ¿O es porque simplemente no sabe nada del sexo opuesto? Comienzo a creer, que, si me caso con este muchacho, terminaré lavando sus calzoncillos. Y claramente, no es algo que quiero para mí. Es un buen hombre, les juro que sí. ¿Pero es realmente lo que busco? Me gustaría un marido a mi lado. No un hijo, si es posible.
Como me encantaría verlo enojado o al menos, debatiéndole a una persona mayor. No sé, un lado salvaje y errático. Un Adrien que no sea tan sumiso y que diga: "No, vete a la mierda".
Supongo que, no se puede tener todo en esta vida.
—Suficiente charla por hoy, muchachos —sentencia la asistente, parándose frente a ambos— Beberán un vaso de leche caliente y luego se irán a la cama.
—Pero apenas son las 23:40 —refuta Marinette, pasmada con su orden— Es temprano aún y estábam-…
—Son ordenes del señor Agreste, joven duquesa —añade, con voz hosca— Comprenderá que está de invitada esta noche en la mansión. Por lo que le pediría, acatara las reglas que se imparten sin mayores miramientos. No querrá dar una mala impresión ¿O sí? —sonríe. La mayor le invita a salir por la puerta— Por aquí, por favor.
Cuando tenía 13 años, recibí un regalo de mi abuela Gina para navidad. Nunca supe realmente de que estaba hecho el nudo o el envoltorio mismo. Pero llegué a malograr 2 tijeras y una de mis uñas, en un intento por abrirlo. Hasta ese momento, no creí conocer nada mas cerrado que ese paquete. Hasta que conocí a la familia Agreste. Se que suena burda la comparación, pero tenia que hacerla. Me están tocando los cojones que no tengo.
Por supuesto que me fui a dormir contra mi voluntad. Mis padres estaban del otro lado del salón, platicando con los Agreste de vaya diosito a saber qué. Solo se limitaron a darnos las buenas noches. Increíble que mis propios progenitores se presten para este juego. Papá sabe muy bien que nunca me voy a la cama antes de las 00:00. Y mi mamá solo reía como si alguien le hubiera esculpido la sonrisa en la cara. Ninguna expresión más sínica por parte de ninguno de los dos. Esto comenzaba a tener tintes de otra clase de carta. Uno mucho mas turbio del que pensé. Pero para no comerme la cabeza, solo obedecí.
Me separé de Adrien por el pasillo, con cierto dejo de nostalgia. Me hubiera gustado al menos darle una despedida con un beso en la mejilla. Pero ahí estaba de nuevo, la misma chusma de siempre mirándonos a distancia.
Solo un milagro…podría darme clarividencia de mi futuro.
[…]
No pegué un ojo en toda la noche. No es que me esté quejando de las comodidades que mis futuros suegros me proporcionaron con diligencia. La habitación que me habían asignado era amplia, confortable y se mantuvo la chimenea encendida para calentar el ambiente, sin llegar a extinguirse. Mi cama era blanda y sus sabanas suaves, pulcras y tersas. Hasta ropa de dormir me regalaron. Me trataron bien, lo tengo que reconocer. Pero la ansiedad que me cargaba no me permitió si quiera disfrutar del paisaje que el mismo balcón de mi cuarto, daba hacia el jardín. Esa mañana, mas somnolienta que viva me dispuse a darme un baño primero. Había llovido y el frio se hizo sentir en mis huesos. El reloj marcaba las 07:20AM. Era demasiado temprano como para que alguien estuviera en pie. De hecho, el cuarto de invitados de mis papás permanecía cerrado. Seguro dormían.
Sin embargo, quise incursionar un poco en la casona. Vestida, bajé las escaleras hasta el salón con la esperanza de encontrarme al menos a la servidumbre. Mi estomago pedía a gritos un tentempié enérgico. Por las mañanas soy lo mas parecido a un oso recién saliendo de hibernación. Y si bien durante el día apenas ingiero alimentos, el desayuno es sagrado para mí. Y debe ser contundente, eh. Nada perecedero.
Todo permanecía en silencio. Solo el TicToc de un reloj de pie resonaba por el pasillo. De pronto, vi salir a uno de los mayordomos de la cocina. Era enorme; fornido de pies a cabeza y con expresión primate, cual gorila. Cargaba consigo una bandeja con té y otras cosas; perdiéndose en el vestíbulo. ¿Acaso hay alguien levantado ya? Me aventuré con naturalidad hacia el comedor, dándome de lleno para mi sorpresa, con Adrien. Estaba despierto. ¿Quién lo diría? No sabía que era tan madrugador.
A mis fosas nasales llegó de plano el aroma del pan tostado, croissant recién horneado, huevos duros, tocino y jugo de naranja. El hambre voraz que antes me atormentaba ahora estaba desfigurándome el rostro. No sé si llegué a babear, pero si que me emocioné al ver tanta comida en la mesa. Y, sobre todo, a mi futuro esposo.
Aunque no estaba vestido como era habitual. Compuesto de un traje militar muy elegante, de chaqueta roja, hombreras rodaras, pantalones azules y distinguidas medallas en el pecho, leía un periódico local con mucha calma; mientras bebía un sorbo de té. Incluso se había peinado diferente. No tenía la menor idea de que Adrien mostraría una faceta así. ¿Acaso es un día especial hoy, que se viste de esa manera? Me alegra saber que al menos no desayunaré sola.
—Buenos días —saluda Marinette, con sinceridad— Veo que también has madrugado —añade, sentándose a su lado— No sabes el hambre que tengo, jeje…espero no me veas como una cerda. Es que el desayuno para mi es muy importante.
Adrien baja ligeramente el diario a la altura de dos orbes esmeralda y me mira, un tanto confundido. ¿Acaso he dicho algo malo? El mayordomo ingresa a la habitación y corre de vuelta a la cocina a buscar comida para mí. Regresa un tanto asustado, sirviéndome todo muy ordenadamente en la mesa. Fue extraño…pero no lo cuestionaré. Me sirve té y sonríe, asintiendo. Parece que es mudo, no habla.
—Gracias —asiente Dupain-Cheng, animosa— Todo se ve exquisito. Por cierto, la cama que me han preparado estaba muy blandita. Muchas gracias. Me han tratado muy bien —añade, relamiéndose los labios— ¿Te parece si comienzo yo? Te juro que no doy más jeje…
—Adelante.
Adrien deja de lado el texto y me examina, como si estuviera estudiándome. ¿Qué le pasa? No siquiera admitir que estoy algo incomoda, pero si me siento así. ¿Por qué de pronto me mira como si no me conociera? Eso no es propio de él. La noche anterior, me trató con tanta confianza, que no percibo del todo sus intenciones. ¿Será que así se comporta por las mañanas? Nunca desayuné con él. Yo me dispuse a saborear y devorar todo lo que estaba a mi alcance, de la forma mas "decente" que se me ocurrió. Y al cabo de unos minutos, el también hizo lo mismo. Aunque sin dejar de mirarme, como si contemplara una obra de arte. En algún punto, le vi llevarse a la boca un trozo de fresa y esta, indiscutiblemente escurrió en un colorete escarlata por la comisura de sus labios.
Me ruboricé de golpe. ¿Qué fue eso? ¿Por qué de pronto…me pareció tan…atractivo ese gesto simplón?
—¿Qué pasa? —comenta Marinette, un tanto atragantada con el pan— ¿No has dormido bien?
—No del todo. Pasé frio —esboza, con voz metálica.
—Mi habitación estaba calentita. ¿La tuya no? —arquea una ceja, suspicaz.
—No se duerme bien sobre la silla de un caballo.
—¿Cómo? ¿Qué está diciendo? ¿Durmió sobre un caballo? —parpadea estupefacta la mujer, reculando— Adrien ¿No estabas durmiendo en tu cuarto?
Adrien se paraliza de pronto. Acto seguido, carraspea. No entiendo nada. ¿Pero que demonios?
—Oye…—esboza la duquesa, preocupada ya. Aprovechando la instancia de que están solos y la chaperona no los interrumpe, toma su mano por la mesa— ¿Te sientes bien? Estás más pálido de lo normal. Además ¿Por qué llevas esa ropa?
Sus dedos, se entrelazan con los míos. Increíblemente, acaba de corresponder mi gesto y sin un ápice de vergüenza. Es la primera vez que siento sus dígitos tan fuertes y varoniles, apretar mi mano. ¿Por qué…mi corazón ha comenzado a palpitar tan fuerte de pronto? Estoy abochornada. ¿Qué ray-…?
—Me alegra que hayas dormido bien —sentencia el rubio, templado.
—¿Qué estás haciendo…? —la duquesa quita su mano, temblorosa— ¿Qué fue eso? Siento como si…
—¡Ah! ¡Primo! —ingresa Adrien Agreste al comedor, entusiasmado— ¿Cuándo llegaste?
—¿Eh? ¿Qué? ¿Primo? ¿Cómo es que? —la peliazul, se congela de sopetón. Indiscutiblemente, se retuerce en su lugar, espantada— Joder…por unos momentos, pensé que habían 2 Adriens. Pero claro, que estúpida. Este chico…—traga saliva, estupefacta con la revelación— Este chico no es Adrien. Tiene una cicatriz que le surca la ceja izquierda de manera perpendicular. Y su semblante es mucho mas huraño que el de Adrien —Marinette se toma de los pelos— ¡¿Cómo es que llegué a confundirlos tanto?! ¡Ni si quiera se peinan igual! ¡Arg!
—Esta mañana —revela el militar, frunciendo el ceño— ¿No vas a presentarnos acaso?
—Una disculpa de ante mano. Que descortés de mi parte —balbucea atormentado el francés, caminando hacia su compañera— Marinette, él es el Conde Félix Fathom. Mi primo hermano inglés.
Un conde. Paren todo. Un momento, por favor. No me tomen como idiota. ¿Cómo que Adrien tiene un primo hermano casi…idéntico a el? Creí que estaba solo en el mundo. Y, además, carajo. ¿Qué es eso de que es inglés? ¿Los ingleses no están en guerra con Francia ahora mismo? Ahora entiendo su vestimenta. Este chico es…
—Mierda…—masculle casi inaudible la francesa, roja como un tomate hasta las orejas— N-no…no te disculpes. Fui yo la culpable. Que torpe de mi parte no saber…reconocerlos. Lo confundí contigo, perdón —esclarece, estirando su mano— Un gusto, Félix. Soy Marinette Dupain-Cheng.
—El placer es todo mío, Marinette —endosa Félix, besando el dorso de su mano con premura— No te disculpes. Es natural que nos confundan. Pero créeme, no somos iguales…
—No…sin duda no lo son…—redunda en su mente la muchacha, obnubilada con su presencia— Félix es todo lo contrario a Adrien…
—¿Estás bien? —pregunta el Agreste, preocupado— De pronto no dices nada…
—¡N-no! ¡Estoy muy bien! —carcajea falsamente la aristócrata— Perdona, es que ahora mismo tengo mucha vergüenza por haberlos confundido. Espero me entiendas.
—No pasa nada, Marinette —expresa jovial el francés— A Félix no le molesta. Estamos acostumbrados ¿O si, primo?
—No, para nada —rezonga, como si no estuviera ofendido.
—Este chico…no sabe mentir —especula Marinette, asombrada— Si está molesto…
—Discúlpame, Félix. No sabía que llegarías tan temprano —manifiesta acongojado el marques— ¿Cómo te a sentado el viaje?
—De la mierda, Adrien —revela Félix, acomodándose la chaqueta con distinción— La mayoría de los puertos están cerrados. Los imbéciles de los fantuches han delimitado todo el territorio de Orleans. Creen que todo bastardo es enemigo de la corona y tuve que tomar rutas que ni te imaginas. Pero —exhala— Finalmente traje las pieles que encargó Gabriel. Por cierto, mamá manda saludos a tía Emilie.
—Y no teme decir las cosas como son…
—Perdóname por hacerte pasar por esto —confiesa Adrien— Contamos con esos cueros para hacer nuevos perfumes y trajes. Le daré los saludos de la tía Amelie a mamá —asiente jovial— Disfruta tu desayuno por favor, ordenaré que te preparen un cuarto. ¿Te quedarás?
—Sabes que no —niega Fathom, caminando hacia la salida— Tengo mis propios medios de alojamiento. No me quedaría aquí ni, aunque me pagaran.
—Félix…—redunda su familiar, melancólico— ¿Sigues molesto?
—Felicidades, por cierto —sisea el inglés, a escasos metros de la puerta— Es una chica increíble. Te hacía falta ya sentar cabeza.
—¿Eh…?
—¿Se refiere a mí? —Dupain-Cheng parpadea, liada.
—Le he dejado mi dirección al Gorila. Por cualquier cosa, contáctame —delimita.
—¡Primo, espera! —Adrien corre a su encuentro, atajándolo en la salida— ¿Podemos al menos hablar nosotros dos? Me has hecho mucha falta ¿Sabes? Te extraño…
—Y yo a ti…—confiesa, angustiado el británico— Pero no. No es posible. Solo…búscame si realmente te importa. Adiós.
No entiendo nada ¿Saben? ¿Qué está efectivamente tejiéndose en esta familia? ¿Acaso hay profundos sentimientos de los cuales excluyo en mi plan? Adrien tiene un primo hermano semejante en apariencia, pero de actitud totalmente desigual. Y de alguna forma, me ha…flechado, aunque no quiera admitirlo. ¿El camino de mi futuro se bifurca? Porque ahora mismo…ese chico…ha llamado muchísimo mi atención…
Conde Félix Fathom. ¿Quién eres realmente?
