Primer pétalo.

GuangHong Ji alcanzó una mirada sobre el edificio.

Había visto casas así varias veces: en libros, pósteres o en las partes de Pekín que no habían sido taladradas por la urbanización de su país.

Tenía docenas de tejas grises, como escamas de lagarto sobre vigas de madera quebradiza, pero al tiempo en que le cubría ceniza, dentro de la casa de sus abuelos se respiraba el calor del hogar, en un extraño huevo de negrura cubierta de un claro resplandor acogedor.

Entró, después del torbellino que era su madre para hacer las cosas y el cargado de su padre que apurado se había echado encima varias maletas fuera del auto. Mantenía en sus ojos la curiosidad de la primera vez, no de ver a sus abuelos, sí de su casa en las apartadas montañas de China, donde se había ceñido bien el abrigo y la bufanda como si del invierno, a términos esas semanas, estuviera en apogeo conjugado en el aire húmedo, atmosfera silente y muerta.

En Pekín los setos de las calles tenían ya pétalos en sus ramas la mañana en que salieron hacia la provincia de Yunnan, el día anterior, y entre más se acercaban al desfiladero de las montañas, más estas parecían tragarse la primavera, imagen de una árida meseta fría, de hierbas cortas mojadas en rocío no sólo la mañana sino entrada la tarde también.

Se quitó los zapatos para entrar, perdiendo la mirada sobre los tonos amarillos en los tapices de las paredes, las fotos en colores sepias, de esas que los teléfonos recrean en un click, lo antiguo y próspero que parecía todo, volver a los libros, a un momento que se vio perdido en la continuidad y se apreciaba estoico.

—Esto no… Esto sí… Esto debe irse, con seguridad—, escuchó la voz de su madre resonar en alguna de las habitaciones, junto al traqueteo de cosas ser tiradas—. ¡Suegro! ¿Le molesta si tiro algunas de sus cosas viejas?—, salió desde su derecha cargando una caja de enseres.

—Yu—, llamó el abuelo Fo—, puedes hacer lo que quieras mientras cuides a mi esposa enferma—, respondió regalando una sonrisa de esas que las personas mayores y compresivas dan a los jóvenes—, sólo ten el cuidado al seleccionar el qué.

—Sí, abuelo Ji: lo tendré—, asintió—. Encontré estos zapatos en el closet de la abuela Mu, ¿puedo tirarlos?

Sostuvo frente a ella un par de calzado de un rojo ennegrecido por tierra y polvo, con agujeros a los costados, donde se suponía debía brillar un embrocado dorado en formas florales.

—¡Ah!—, exclamó azorado— Esta vez no, Yu: esos son los zapatos favoritos de mi esposa, los que le regalé cuando éramos jóvenes—, recordó—. Si están así de rotos, con la suela colgando, es porque desde entonces no se los ha quitado por nada.

—Bien, entonces creo que debemos repararlos—, continuó su madre mientras apareció a su izquierda el padre, con algunas gotas de sudor correr por la frente—. Guang, busca en el pueblo un zapatero y arréglalos—, ordenó soltando los zapatos y el pequeño atrapándolos en el aire con apuro—, pídele a tu padre dinero—, sentenció y desapareció en otra habitación.

—Querida, no puedes dejarlo ir solo por el pueblo—, su padre, Jian, corrió detrás de la mujer, al tiempo que rebuscaba en sus bolsillos y soltaba de la misma manera algunas monedas que Hong tuvo que atrapar como los zapatos—. Es su primera vez en el pueblo.

—Eso no es una excusa—, contestó su madre con la voz amortiguada por las paredes—: tiene diez y ocho. Si no se pierde en Pekín, mucho menos en Yunnan.

—Amor, eso tampoco es una excusa…—perdió la conversación en tanto ambos desaparecía en la habitación.

—GuangHong—, llamaron. El abuelo Ji se hizo delante, con una mano en su hombro y hablando en susurros—, no creo que tu madre esté tranquila hasta que esos zapatos estén como nuevos—, rio—. Entiendo que no conozcas el pueblo, así que te diré que a tres cuadras hacia dentro, otras cuatro a la izquierda y a la derecha sobre el filo de la montaña, encontrarás una casona alta, vieja y bardeada por barrotes—, su abuelo hablaba con cierto secretismo, misterio en el tono—. Puedes entrar y salir: allí se hospeda un ruso, buen zapatero, algo huraño por el tiempo de soledad pero no dudará en atenderte.

El menor mantenía toda atención sobre su abuelo. No quería dar más problemas pues su abuela había enfermado de una pulmonía postrándola, y abuelo, independiente como era, fuera posible no atenderse solo con un amor enfermo.

Asintió, dio una reverencia por respeto y anduvo hacia la entrada, sintiendo sus zapatos todavía calientes de cuando entró.

—Pero te diré algo—, volteó en dirección al abuelo, quien se había quedado a mitad del pasillo, en medio de lo de repente silente que se volvió la casa—: ese hombre lucía igual ahora, a cuando tu padre era niño, a cuando yo era niño.

Extendió una sonrisa, exhibiendo la falta de una pieza dental, y encaminó hacia el final del pasillo.

Le dedicó una mirada obtusa. Su abuelo había mantenido la serenidad a pesar de su edad, y tampoco era de esos abuelos que gustaran de gastar bromas a sus nietos. Sencillamente le pareció extraño ese comentario, pero quitó las ideas porque en lo posible sólo visitaría una vez al viejo zapatero del pueblo.

Volvió asirse el abrigo y bufanda, abrazando los zapatos con afán de darse calor a él también. La calle era una larga hilera de tierra arenisca, con casas sobre pilares de madera, tejados iguales a los de sus abuelos que recortaban de vez en cuando hacia otras latitudes. El cielo se convertía en tierra por lo nublado y la luz grisácea que caía sobre el pueblo.

La gente vestía ropas pesadas de animales en colores obscuros, reuniéndose en pequeños puestos de bebidas calientes antes de hacer desconocía qué trabajo podía subsistir en esa montaña gris. Eran una masa negra, como pelaje de animal, en ocasiones grises por las canas, terminando la figura de un lobo de ojos nublados, acechando entre humaredas de los puestos, vigilando entre sombras de un sol moribundo.

Evitó la mirada de las demás personas, no quería llamar la atención y esa gente que parecía llevar en la piel el tono opaco le daba miedo. Se sentía un botón de rosa entre ramas muertas de invierno.

Giró sobre la esquina, esquivando por poco una carreta tirada por un hombre. Miró curioso el interior, encontrándola vacía, y por mirar, dio de frente con alguien. Pidió disculpas a una cara avejentada de señora, con la piel pegada al cráneo y las cuencas hundidas. Llevaba una canasta con tallos secos y hojas podridas entre sus brazos.

Escalofríos le pasaron por la espalda, una visión que le dejó helado. Caminó apurado el restante de calles, hasta dar con el despeñadero del cerro, punto donde los colores grises comenzaban a sus pies y desvanecían hacia los colores de un valle rebosante de plantías coloridos.

Una mueca de incredulidad emergió en sus labios. Eran los últimos días antes de iniciar las clases y él debía pasar el tiempo en ese lugar muerto mientras China se pintaba primavera.

Lanzó un suspiro y siguió por el corte de tierra encontrando exactamente donde debía ir. El abuelo no había escatimado exactitud para describir una casona alta, de madera obscura encerrada por una valla de metal.

Recorrió el tramo restante, perdiendo de vista la casa sólo para no tropezar con troncos secos. Llegó hacia los barrotes y la propiedad se dibujó aún más aguda, con malformaciones en sus ejes, torcida, de espacios tan angostos que le era imposible pensar alguien pudiera pasar allí.

Siguió el metal, encontrando una verja difícil de mover por estar atorada en tierra y leña. El abrigo le quedó atrapado en una astilla de ella cuando trató de pasar a penas por unos centímetros que logró avanzar la reja, más pudo hacerse dentro del terreno.

A veces, y con frecuencia, se preguntaba cómo terminaba en esas situaciones. Cómo llegaba estar encarando una torre lúgubre en la cima de una montaña después de escapar de un poblado de muertos andantes. Su imaginación volaba demasiado.

Siempre se lo habían dicho.

Acercó bastante temeroso, dudando en sus pasos al posarse sobre los restos vegetales, cayendo entre los espacios y lo quebradizo que llegaban a ser. Una saliente se le pegó a la bufanda, otra al abrigo y creyó haberse hecho un agujero en la tela, pero pronto la torre se le hizo enorme a sus narices.

Contaba con una puerta de escalinata, recibidor un piso con menor tamaño que una casa del pueblo. A los lados tenía ventanas de vidrios empañados de una capa de polvo gruesa, serpenteando una cañería oxidada por cinco plantas chuecas, salivando una gota perdida hacia un lavadero en la parte exterior.

GuangHong se dirigió a la pila de agua cercana al fregadero con los zapatos en la mano, inclinándose a verse en el reflejo. Sus cabellos estaba algo revueltos, por el susto y el viento, los labios resecos, su piel algo más pálida y al tocarse la nariz roja la sentía fría.

—¿Qué buscas?

Dio un salto, casi soltando los zapatos, y miró sobre su cabeza hacia el vidrio empañado. Uno ojos azules como hielo lo penetraban con fiereza, pero instantes después de devolverle la mirada, esos cambiaron al sosiego y mutaron en un ceño fruncido al final.

—Dije: ¿qué buscas?—, repitió con severidad.

Guang quedó prendado del mayor, de sus intensos ojos extranjeros, produciendo que pocas palabras pudieran cruzar su mente en ese instante.

Titubeó, mirando a todos lados, buscando de dónde aferrarse para no caer por esos ojos y palabras fieras, mirando sin querer, entre paredes enmohecidas, ramas secas y charcos pútridos, la pila donde se había reflejado. No era ya una refracción de sí, sino una capa de hielo grueso.

Reparó en ello, queriendo tocar al tiempo de preguntarse si en la montaña el agua se podría congelar así de rápido.

—¡Espera!—, volvió a espantar el otro, obteniendo por fin la atención del chino—. Veo que tienes zapatos en las manos. Si vienes por un servicio, entra ya que no tengo el tiempo para esperarte.

Y desapareció por la ventana, batiendo un flequillo rubio cenizo sobre su frente.

Quedó parado en medio del jardín muerto, viendo el hielo de la pila. Echó un vistazo sobre el vidrio, cerciorándose el hombre estuviera alejado. Inclinó sobre el final, alcanzando con el dedo la superficie helada.

—¡Entra!—, escuchó y cayó de espaldas en la arenisca.

Levantó presuroso, corrió hacia la puerta subiendo a trompicones dando un portazo una vez estuvo dentro. Recuperó el aliento de la carrera y el susto, rebuscando aire para sus pulmones, obteniendo a cambio el hedor del polvo guardado por años cubierta de estantes llenos de zapatos viejos, rotos adornos de las paredes en esa habitación alta y estrecha. Colores apagados, formas antiguas, partes rotas de los calzados se amontonaban en esquinas, mesas, estantes incluso algunos colgados del muro de madera y cajas que desbordaban o de hilos, agujas, telas o botes con una melaza seca al fondo de los barrilillos de cola.

—Dámelos—, exigió el zapatero, saliendo de un escondrijo de escalera y muro hacia lo que parecía ser el salón principal de la casona. Fue con paso rápido, decidido, fuerte que parecía temblar la construcción en su marcha. Guang se los tendió y el hombre pasó a su lado, sin mirarle siquiera y postrar los zapatos en una mesilla, sentando en un taburete bajo.

Notó en ese instante los detalles de su anfitrión.

Tenía el cabello rubio, pero tiraba más al gris del cielo, así como su traje de camisa blanca, chaleco y pantalón grisáceos, terminado en zapatos engrasados negros con cordones perfectos amarrados sobre el empeine. Sus espaldas anchas cuadradas por el estampado de la tela en líneas fugaces cenizas, lo ceñido del chaleco que delataba la forma de su pecho y vientre como lo largas de las piernas en un tiro infinito del pantalón. Lo vio vestirse de lentes para observar mejor, unos de marco grueso, mientras las mangas se corrían sobre los antebrazos revelando músculos de manos hábiles, dedos gruesos y cierto andar de vello sobre ellos.

—Puedes sentarte en el taburete cercano a la puerta—, su voz era seda aún de espaldas. Acariciar un pétalo pero malogrado por el tono áspero, enojo o hartazgo que le dedicaba. Probable fuera que en otras situaciones, en otro día donde el sol no se le ocultara a ese hombre, esa voz se tornara alegre y vivaz, pues el hombre en sí no parecía avejentado, sino maduro—, no tardaré demasiado.

No dijo nada y sólo asintió sentando donde le dijeron, un taburete recubierto con una fina capa de polvo. Algo como que era ocupado con frecuencia.

—¿Podrá repararlos? Son los favoritos de mi abuela—, quiso saber, porque de lo contrario no sabría dónde ir.

—Te he dicho que no tardaré, ¿no es suficiente saber eso?—, le regañó, haciendo un ademán de exaspero—. Por cierto, no te he visto antes por el pueblo: tu piel parece bronceada y aquí no sale el sol ni en la mañana—soltó una risa burlona—. ¿Cuál es tu nombre? —, y comenzó a la tarea de acercar agujas, hilos y cola al mesón.

Le habían dicho, bastantes veces, que nunca diera su nombre a extraños, pero si de extranjero era la casa donde había entrado corriendo, ¿valía guardarse esas cuestiones?

—Soy GuangHong—, respondió quedo.

—¿GuangHong? No es un nombre que se escuche por aquí—, miraba el hombre por el ojal de la aguja, insertando un hilo rojo a través de él—. Suena moderno, como de GuangZhou o Shanghái—, sacó de un cajón un cepillo, trabajando sobre el calzado—. ¿Y tu nombre familiar? ¿De quién eres hijo?

—Usted, ¿cómo se llama? —, evadió la pregunta, que tantas le extrañó—. En Japón dicen que uno no pregunta sin presentarse primero.

—Efectivamente—, lo miró voltearse y poner los lentes de marco en la cabeza, peinando el flequillo hacia atrás. Sonrió, altanero—. La cuestión es que ya has respondido y sin pedir presentación.

Y le posó una sonrisa en el rostro, donde sus labios estiraban por los costados y el pico de cupido quedaba justo en medio de sus encías y grandes dientes blancos, formando un corazón aplastado que de no ser por la burla, hubiera encandilado a Guang más que sus ojos azules.

Bajó la mirada.

—Vamos, vamos: no te avergüences—, giró en el taburete, reclinó la espalda hasta recargar contra el mesón. Sostenía en la mano una aguja con el hilo colgando mientras batía en el aire—. Sólo quiero saber tu nombre—, miró tranquilo al pequeño.

Soltó un suspiro.

—GuangHong, Ji GuangHong—, soltó sin erguir el cuello.

—¿"Ji"? —, escupió el otro. El chino levantó la mirada—. ¿Eres pariente de Ji YenFo?—, el taburete rechinó contra el suelo, mientras el rubio se levantaba de sopetón.

Guang asintió, perdido en el ceño fruncido del mayor.

—Soy su nieto—, afirmó.

El rostro se le fracturó, frunciendo las cejas encima de sus ojos de hielo. Su nariz se le llenó de arrugas sobre el puente, y la boca abrió en rabia.

Giró la cadera hacia el mesón, alcanzando los zapatos rojos.

—¿Y estos son los zapatos de Mu, no es así? —, gritó.

Los tiró contra el suelo, haciéndolos rebotar por la tela.

—¡Llévatelos! ¡Lárgate y no vuelvas! ¡No quiero verte nunca por aquí! —, y con pasó apresurado, respirando como animal, anduvo al arista de la escalera y subió retumbando en las paredes de la torre de madera.

GuangHong sudó frío. Le contagió la respiración enloquecida por miedo.

Escuchó sus pasos tan lejos que casi desaparecían, concretando en acercarse al calzado en el suelo. Al principio tenían agujeros y la suela algo despegada, ahora esta colgaba a la mitad de la planta formando un arco.

Reprimió las ganas de correr hacia él, porque no quería más problemas del que tenía, pero mirar cómo había dejado la pertenencia de su abuela le subió por la garganta formando un incomodo que si no dejaba salir, estaba seguro le ahorcaría.

Tomó ambos zapatos con la mano y se acercó a la escalera, encontrando tan angosto espacio allí como en la reja de la entrada. Pasó de lado hacia una escalinata sin barandal, zigzagueando hacia arriba. Subió dos tramos de escalera, tragando saliva.

En la cima, alzó la vista hacia la cima de la torre: una escalera rodeaba toda la torre, desligándose en diferentes cuartos y puerta. Todavía lo vio andar un tramo, en el punto más alto, abrir la última puerta entre las sombras de la madera y dar un golpe al cerrarla.

Contó cinco pisos, donde se escondió el último, que debía subir movido sólo por su enojo. Puso la mano en el barandal, que esta sí tenía, y comenzó a dar pasos sin prisa: poco camino tendría allí arriba para escapar.

Subió, un pie frente a otro, despacio, crujiendo a su peso, haciéndose más frío y muerto más cercano a la última puerta se encontraba. Pasó cuatro, antes de internarse en las sombras. Un pájaro elevó el vuelo detrás de él, resonando en el pequeño espacio y rebotando en las paredes, haciendo eco que le taladró los oídos.

Corrió un escalofrío por su espalda, pero estaba ya demasiado cerca para retroceder.

Respiró profundo, calmándose, y asió con su mano una manija.

La giró despacio, entreabriendo.

Miró por el espacio: una estancia de cama, silla y armario sencilla, regada por la luz de una ventanilla por la que con esfuerzo cabría más de una cabeza y al hombre, de pie frente a la ventana dando la espalda a la puerta.

Hizo el ademán de entrar, pero en eso el rubio se giró, con una flor blanca acunada en sus palmas lo bastante grande para sobresalir de sus dedos. Intentó dar un paso dentro de la habitación, sin quitar un ojo del amenazante rubio.

Entonces, sin previo aviso, el rubio pasó la flor a una sola mano y esta se elevó unos centímetros sobre la palma.

De un giro de muñeca, la flor mutó a un ennegrecido botón.

GuangHong dio un portazo y corrió escaleras abajo.