Dos caras de una moneda
Resumen: Una misión encubierta en prisión trae recuerdos dañinos que Isobel creía haber dejado atrás hace mucho tiempo. Secuela de "Riesgo asumible". Inspirada en el excelente one-shot "Mama bear on the warpath" de nicalenav en AO3.
Nota del autor: Dedicado a nicalenav, Gogo_25 e Ingrid_Isobel. Por las magníficas ideas, el apoyo y la inestimable ayuda.
Capítulo 1. Historia que se repite
—¿Puedo al menos exigirle al Jefe de la Policía Estatal que dará alguna garantía? ¿Que entrarán en caso de motín y respaldarán a nuestra gente? Isobel apretó las mandíbulas ante la respuesta que recibió—. ¿Cómo? ¡Pero eso no cumple el protocolo-! No, señor. Sí, señor. Síseñor —esa última vez, mascó las palabras más que decirlas—. ¡Joder! —exclamó colgando el auricular del teléfono con un golpe seco.
A Jubal, que entraba en ese momento en su despacho, se le levantaron involuntariamente las cejas ante la palabrota y el gesto brusco.
—¿Hawkins? —tanteó.
—No me deja sacar a Maggie y OA de la prisión —se quejó ella y volvió a maldecir, esta vez por lo bajo.
Intercambió una mirada medio avergonzada, medio angustiada con Jubal.
Desde el primer momento, Isobel se había resistido a enviar a Maggie y OA infiltrados al Centro penitenciario de Green Haven –ella como enfermera, él como reo– por aquel caso de narcotráfico internacional. Tras mucha presión desde arriba, había tenido que transigir.
OA conseguía la información, y Maggie se ocupaba de transmitirla al exterior. Al principio estaban consiguiendo resultados rápidamente y parecía que no había sido tan mala idea, pero Jubal había podido ver con preocupación cómo la tensión se estaba acumulando cada vez más dentro de Isobel.
Tras la anterior misión encubierta, Jubal se puso a trabajar para estrechar aún más las relaciones dentro del equipo. Isobel no era la única que estaba pasando por una racha complicada: Maggie por su accidente, OA por lo mismo, Stuart por la herida de Nina y Tiffany por su hermano, él mismo por su breve recaída. Jubal se había esforzado por fomentar el sentimiento de grupo, porque todo el mundo se sintiera apoyado, incluidos los JOCies.
Había propuesto quedadas, salidas, turnos para pedir el almuerzo o tomarlo juntos, reuniones donde todos tuvieran la oportunidad de hablar de lo que los abrumaba con las personas que mejor podrían comprenderlo... Jubal estaba agotado pero, ey, organizar era su punto fuerte. Además, mantenerse ocupado le ayudaba a luchar contra la fuerte tentación que la bebida ejercía últimamente sobre él, su voluntad debilitada tras haber perdido la inercia de diez años de sobriedad.
Y parecía que estaba funcionando. El último fin de semana habían hecho juntos una barbacoa. Lo habían pasado muy bien aquel día y ahora se podía ver objetivamente que la moral había mejorado.
En cada una de aquellas ocasiones, Jubal había tenido que insistir, y a veces incluso arrastrar, a Isobel para que se uniera, pero cada vez se resistía menos y ya se había convertido casi en una broma entre los dos. La tarde de la barbacoa, Isobel le había dado las gracias por lo que estaba haciendo con una sonrisa en la que Jubal no podía dejar de pensar.
La relación entre los dos se había acercado sensiblemente durante aquellas semanas. Iban al trabajo juntos casi todos los días, tomaban el almuerzo o cenaban juntos de manera habitual, y algún fin de semana Isobel se había unido a los planes de Jubal con sus hijos; Abby y Tyler la habían acogido con mucho afecto. Incluso, algunas veces, de nuevo se habían quedado a dormir el uno en casa del otro.
Sin embargo, nunca habían cruzado la invisible línea de la amistad.
Sí, aquel día que pasaron juntos tras la ordalía de Isobel, llegaron a pisarla, ella compartió con él sus miedos, compartió su cama, pero no su calor. No exactamente. Al despedirse le había dado aquel abrazo de amante que nunca antes le había dado, que tal vez él malinterpretó, pero que en cualquier caso, nunca después se había vuelto a repetir.
No. Tras aquello ella seguía marcando las distancias y Jubal... Jubal se esforzaba por no ansiar lo que no estaba a su alcance. Se conformó con haber recuperado su confianza -y ganado incluso un poco más-, con que ella buscara su compañía.
Aunque, ocasionalmente, Isobel siguiera retrayéndose y volviendo a dejarlo aparte. Como ahora.
Jubal se temía que Isobel seguía arrastrando el trauma del asalto que había estado a punto de sufrir en aquella granja abandonada. Dejando a un lado el daño que le producía su comportamiento reservado, había tratado que ella le confiara qué había detrás de toda aquella tensión, de aquel miedo que él casi podía percibir físicamente radiando de ella.
Para su decepción, Isobel se había cerrado completamente, e incluso había empezado a poner excusas para no verse fuera del trabajo.
La preocupación de Jubal se había salido ya de las escalas para cuando un preso en Green Haven cayó enfermo de una variante especialmente grave de COVID. Luego fue otro. Luego tres más.
La situación en la prisión se deterioró rápidamente. En la primera comunicación de Maggie de aquel día, les había dicho que habían entrado otros dieciocho casos más durante la noche; eso sumaba ya setenta y dos. La enfermería estaba colapsada. El médico ni siquiera se había presentado a trabajar, junto con algunos de los guardias. Además, Maggie les trasladó que OA había informado que los reclusos estaban cada vez más alterados. Había habido ya algunas reyertas sólo por toserse demasiado cerca. Se habían enterado de lo del médico y corría el rumor de que había habido muertos por COVID, aunque no fuera verdad. Ciertos individuos estaban instigando a la rebelión, diciendo que los iban a dejar morir allí a todos. El hecho de que el alcaide hubiera prohibido las visitas y que entrara ningún otro personal civil, entre ellos un médico suplente, no contribuía a calmar los ánimos, precisamente. La tensión se elevaba a cada minuto dentro de la prisión y todo parecía a punto de estallar.
—Y me ha dicho que deje en paz a la Policía Estatal —añadió Isobel casi con exasperación—. No quiere repercusiones políticas en este momento, dice, el muy- —Esta vez sí logró controlar su lengua—. ¿Alguna novedad?
Isobel dominaba la expresión de su rostro, pero Jubal vio la crispación en sus manos, la rigidez en sus hombros, la consternación en sus ojos.
Estuvo a punto de callarse lo que había venido a decirle. Tragó con dificultad.
—OA ha caído enfermo.
·~·~·
—He recomendado que te trasladen al campamento de mínima seguridad. Espero que ahí la presión sea menor y te empuje menos a... Hacer nada insensato.
El enjuto, oscuro rostro del muchacho se alzó para mirar a la cara a la joven mujer de pelo moreno que se sentaba al otro lado de la mesa, sus ojos negros llenos de gratitud, aunque no dejaba de apretar los puños de ansiedad.
—Gracias, doctora —dijo con un hilo de voz.
—De nada, Elijah.
Ella esperaba no estar cometiendo un error. El caso de aquel chico era claramente un error administrativo. Su delito no debería haberlo hecho acabar con presos más peligrosos. Aunque había estudiado algo de psicología en la universidad, no estaba preparada realmente para ejercerla, pero el intento fallido de Elijah de acabar con su propia vida y aquellos pensamientos autodestructivos que le había confesado, no eran algo que debieran pasarse por alto, de eso estaba segura. Esperaba de corazón que el traslado fuera de ayuda, y rezaba porque el chico no estuviera simplemente jugándosela.
—Tendré una respuesta en pocos días —le dijo acompañándolo a la puerta—. Mientras tanto, concéntrate en lo que hemos hablado, ¿de acuerdo?
—Sí, doctora —murmuró él, cabizbajo.
Sabía que no debía tocar a los presos, pero le puso al chico la mano en el huesudo hombro y le dio un suave apretón de ánimo. El solo gesto pareció devolver a Elijah algo de entereza.
Al otro lado de la puerta, un guardia de la prisión esperaba al muchacho para llevarlo de nuevo a su celda.
Cinco minutos después, dos toques en la puerta y un "adelante" dieron paso a otro de los guardias de la prisión que, tirando del brazo a un preso esposado, lo hizo pasar al despacho.
—Doctora Sandoval. Aquí se lo dejo.
Isobel saludó con una inclinación de cabeza.
El preso llevaba el mono naranja abierto y atado a la cintura por las mangas, una ajustada camiseta blanca de tirantes era lo único que cubría su torso. Se sentó en la silla frente a su mesa con sus característicos ademanes chulescos y una expresión displicente en el rostro.
—Estaré fuera, doctora, por si me necesita —dijo el guardia aferrando el puño de su porra y mirando al preso de forma amenazadora.
Ella se lo agradeció calmadamente y el guardia salió, cerrando la puerta tras de sí. Isobel se levantó, fue hasta la puerta y cerró por dentro.
El preso la miró de arriba a abajo como si fuera un dulce apetitoso.
Ella puso los ojos en blanco.
—Te estás metiendo demasiado en el papel, Kyle.
—¿Quién podría culparme? Al menos me has hecho caso y ahora llevas pantalones.
La primera vez que Isobel había acudido a su tapadera de psicóloga en la penitenciaría de Hazelton, Virginia, se había puesto una conservadora falda recta. Nada provocativo, pero Kyle se había alterado mucho y le insistió que no volviera a llevar ropa que mostrara las piernas en aquel lugar. Ella le había hecho caso desde entonces.
Enseñando brazos, con su pelo salpicado de plata cortado al dos, barba de varios días y un cardenal amarilleando en la cara de una pelea el primer día, el compañero encubierto de Isobel tenía un aspecto muy diferente al atildado y prolijo al que ella estaba acostumbrada. Su actitud era también más ruda, más directa de lo habitual. Parecía un hombre distinto.
—¿Por qué te saltaste la última cita? —le preguntó Isobel, irritada.
La misión estaba pasándole factura. Se sentía demasiado fuera de su elemento. Ayer mismo, había tenido que pedir a los guardias a mitad de sesión que se llevaran a Strickler, su paciente más problemático, porque otra vez se había puesto a decirle obscenidades desagradables. Se sentía mal por no haber logrado reconducir la situación como había hecho las otras veces que eso había ocurrido.
Además, había estado muy preocupada por la ausencia de Kyle.
—¿No tenías nada que informar? —añadió.
—No, es que estuve confinado. Tuve que meterme en líos. Había un tipo que sospechaba, ya sabes. —Isobel se fijó en los nudillos recientemente dañados de Kyle—. La cosa se está complicando, Isobel —dijo él entonces, mortalmente serio.
Ella lo miró alarmada.
—Ya había notado que el ambiente estaba muy tenso... ¿Qué ha pasado?
—Uno de los armenios ha desaparecido y no porque se haya fugado. Los guardias se niegan a dar información. He oído que Malekian está que trina. Al parecer cree que Henderson ha roto el pacto que tenía con él. No creo que vaya a quedarse de brazos cruzados.
Isobel reflexionó. Para ser el alcaide de la prisión, Henderson mantenía unas dinámicas muy problemáticas con los reclusos.
—Seguramente Henderson piensa que Malakian tiene demasiado poder sobre él —dijo Isobel—. Creo que ha estado buscando a alguien para equilibrar las cosas. —Caminó despacio por la habitación—. Tal vez sólo tiene a ese hombre retenido porque ha conseguido hacerlo hablar.
—O porque no lo ha conseguido.
Los dos intercambiaron una mirada preocupada.
—Cada vez estoy más segura de que los otros muertos han sido cosa de Henderson y no de Malakian, los Latin ni la Supremacía —opinó Isobel—. Creo que ha estado volviéndolos unos contra otros, para debilitarlos.
—Difundiré el rumor de que el tipo desaparecido simplemente está enfermo. Tal vez logre que se calmen un poco las cosas —propuso Kyle.
—Intentaré averiguar qué ha sido él, de todos modos. Si aparece otro muerto más, aquí se va a armar la de San Quintín.
—No, Isobel. Deberías dejarlo ya y salir de aquí. Cuanto antes mejor.
—No puedo. Geller ha dicho que de momento aguantemos.
—¿Qué? ¿Cómo que "De momento"? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que sea demasiado tarde? —exclamó Kyle.
—Hasta que tenga la sesión con Malakian esta tarde, al menos. Quiere ver qué más le puedo sacar. Además, no tengo ninguna intención de dejarte aquí dentro solo.
—Me da igual lo SSA que sea Geller —gruño Kyle—. Cuando lo vea le voy a partir la cara.
Isobel lo reprendió con la mirada. La prisión le estaba afectando. A ella también, pero en él era manifiesto. Estaba sombrío, brusco. Cada vez parecía menos su compañero y más una bestia enjaulada.
Cuando Isobel pasó de nuevo junto a él, Kyle tiró de ella y la sentó en su regazo. Pasó sus manos esposadas por encima de su cabeza. Retiró con cuidado la pinza que le sujetaba el pelo y deslizó despacio los dedos por su melena oscura, larga hasta más allá de media espalda, para luego bajar las manos hasta su cintura. Isobel se estremeció; sintió su corazón trepidar. Todavía no se hacía a la idea de lo que había entre ellos dos. De aquel ardiente secreto.
Él apoyó la frente de Isobel en la suya gentilmente.
—Yo... Yo no sé qué haría si te pasara algo malo, Isobel —murmuró Kyle con la voz ronca.
·~·~·
Cuando sólo un par de horas después Jubal volvió a su despacho, ni el mismísimo Alejandro Magno habría podido cortar el nudo que la ansiedad en la expresión de su ASAC le hizo a Isobel en el estómago.
Jubal no había abierto aún la boca e Isobel ya supo lo que iba a decir: el motín había estallado en Green Haven. Le dejó que lo dijera, de todos modos, para dejar que sus palabras se solidificaran en asfixiante realidad.
Apoyó todo su peso sobre su escritorio con las manos, los brazos estirados. Ni siquiera se había dado cuenta de que se había puesto de pie.
Él se lo vio en la cara.
—¿Qué? ¿Qué ocurre?
—Hawkins me ha prohibido intervenir para sacar a OA y Maggie.
Jubal se demudó bruscamente de su color.
Aunque OA estaba enfermo, aunque la vida de ambos estuviera ahora en peligro, no podían hacer nada. Las manos de Isobel, planas sobre la mesa, estaban virtualmente atadas. Dejó colgar la cabeza, abrumada por aquel peso inmanejable que la volvía imposiblemente pequeña, inútil e insignificante.
Tan sólo hacía unos días, Isobel había estado riendo con todo el equipo, sentados a la mesa de la barbacoa que había organizado Jubal. Las expresiones felices de OA y Maggie mutaron en su mente de manera horrible por unas de horror y agonía, como dentro de una pesadilla.
Isobel alzó la cara. Jubal la miraba más angustiado que expectante, claramente consternado por su silencioso sufrimiento. Ella escrutó sus hermosos ojos avellana, buscando en ellos la fortaleza que a ella se le escurría como arena entre los dedos.
Aquel día, tras la comida, mientras los demás descansaban tumbados en la hierba del soleado parque, Isobel se había llevado a Jubal aparte, le había agradecido de todo corazón lo que estaba haciendo por todos ellos. Y más aún, lo que había estado haciendo por ella tras la terrible noche en la granja, cuidando de ella durante aquellas últimas semanas. Él se había encogido de hombros y le quitó importancia con humildad. Llena de algo más que de admiración, había estado a punto de besarlo allí bajo la sombra de aquel sauce, al calor de la tarde y de su sonrisa.
Ahora, aquel día de risas y buena compañía no parecía más que un sueño. Algo difuso, inalcanzable, que no volvería a repetirse nunca más. Lo que estaba pasando simplemente los destruiría a todos, de una manera o de otra.
—No —dijo con inamovible firmeza—. No voy a dejarlos allí.
Fue evidente que a Jubal le costó encontrar el coraje para discutirle. Pero lo logró.
—Isobel, no- No puedes desobedecer una orden directa...
—Alguien tiene que salvarlos.
—Maggie ha trasladado la camilla de OA al despacho del doctor. Se han encerrado por dentro. Estarán seguros allí hasta que entre la policía —afirmó intentando ser optimista.
—Eso, Jubal, puede cambiar en cualquier momento. Además, a pesar de los cuidados de Maggie, OA está cada vez peor. Sabes que le cuesta moverse e incluso respirar. Y la policía estatal tiene orden de esperar. No, Jubal. Voy a ir allí y los voy a sacar.
—Pero-
—¡No lo entiendes! ¡No puedo abandonarlos a su suerte!
—¡Pues hazme entenderlo!
El horror ascendió por la garganta de Isobel, como un grito silencioso.
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Próximo capítulo, "Bestias enjauladas": En cuanto pisó Hazelton, Isobel debió ver la maldad que allí rondaba.
