2.
Una rosa muy fuerte.
Anthony miró con pesar a su primo. Sus ojos color marrón se apagaron por un momento, al mismo tiempo que palmeaba su hombro, movimiento que advirtió sólo con la vista, pues no pudo sentir el cálido gesto de su primo. No quería imaginar cómo sería ignorar las caricias de Candy, su amada. Sus manos suaves abrazando su cuerpo rígido… eso esperando que ella quisiera acercarse de nuevo a él.
— ¡Anthony! – exclamó la dulce voz de la niña que todos adoraban.
Candy vio a Anthony recostado en la cama. Ya estaba despierto y su cabeza descansaba en la almohada. Sus ojos azules se veían tristes y nublados, Candy no soportaba ver aquélla inmundicia. Olvidó los cuidados que la enfermera le estaba dando, y corrió a abrazar a Anthony. Sí, sintió la rigidez del cuerpo de su querido rubio, pero no le importó. Mientras siguiera escuchando los latidos de su corazón cada vez que pegara el oído a su pecho, Anthony seguiría siendo su Anthony, su príncipe de la colina. Sollozó por su vida, mas no por su parálisis, pues para ella, era un milagro que Anthony pudiera verla todavía, aunque ya no la abrazara o le tomara la mano, mientras sus ojos azules jamás se apagaran, ella sería feliz amándolo. Levantó la cara y su sonrisa asombró al rubio. En aquél rostro seguía existiendo el mismo amor que antes le había regalado, no se desvanecía ni perdía fuerza. Aún cuando esas esmeraldas estuvieran algo empañadas por las lágrimas de felicidad, su amor seguía ahí. Y esa mirada era la que le regalaba sólo a él, a Anthony. Aquella niña en proceso de convertirse en mujer lo seguía amando. ¡Cuánto deseó Anthony poder moverse para estrecharla con fuerza y no soltarla hasta morir!
— Candy. – susurró él, con la felicidad regresando a sus ojos.
— Oh, Anthony, ¡qué alegría verte con vida! No sé qué sería de mí si hubieras… si hubieras…
— Sólo respóndeme una cosa, Candy. ¿No te importa el estado en el que ahora me encuentro? – una ráfaga de enojo cruzó esos ojos verdes que tanto adoraba Anthony, pero se esfumaron casi de inmediato. – Sé sincera, por favor.
— Con esa pregunta me haces pensar que tú no me querrías si a mí me sucede lo mismo. Estás vivo, sigues siendo el Anthony que conocí en el portal de las rosas y eso es lo que me importa. No me importa lo demás. ¿A ti te importaría si los papeles se intercalaran?
— ¡No! Por supuesto que no, Candy. – sonrió aún más. – Tienes razón, como siempre.
La chica le guiñó un ojo y ambos jóvenes rieron. Los hermanos Cornwell miraron la escena con melancolía. Aún en los peores momentos, Candy siempre era capaz de sacarle una sonrisa a quien quisiera. Los chicos conocían del secreto dolor de Candy, pero ella pocas veces lo demostraba, le importaba más lo que sucedía a su alrededor, pasándose a sí misma a segundo plano. Ese era un claro ejemplo de eso, Candy también sufría por la condición de su amado, pero tenía que hacerlo sonreír, tenía que demostrarle que no existe nada más hermoso que la vida misma, aunque ella también sintiera la desdicha de no volver a caminar con Anthony. Poco a poco se olvidaría de lo que significaba que un hombre a quien se ama, apriete la mano de la amada. Candy tendría que hacerse a la idea de que si pasaría el resto de su vida con Anthony, entonces tendría que contar con que él jamás podría abrazarla cuando ella temiera por las noches. Pero en su corazón sabía que los abrazos que ella le daría, bastarían para los dos. Si él no podría correr por la nieve con ella, entonces ella empujaría la silla de ruedas hasta su cansancio. Si él no podría abrazarla en las noches, ella se pegaría a su pecho y escucharía su sonido favorito: los latidos de su corazón. Si él no podría hacer nada más que mirarla o hablarle, ella le respondería de la misma forma. Cuando una mujer ama, no importa el estado de su amado, sólo importa el amarlo. Amar es encontrar la forma de expresarlo, es curar cualquier enfermedad y explotar su amor, mandándolo a todo el mundo, mandándolo a su mundo. Y Candy estaba dispuesta a mandar su amor a Anthony, quien era ya su mundo.
Esa noche, uno por uno, cada miembro de la prestigiosa familia, pasaba a ver a Anthony, quien exigió que Candy jamás saliera de la habitación, para el enojo de los Leagan. Elisa, al ver a Anthony en ese estado, arrugó el entrecejo un poco; de repente el rubio ya no le parecía tan atractivo. Sí, sus ojos seguían teniendo el azul más intenso que en su vida vio, pero su posición era deplorable. Ahora comprendía porqué Candy y él formaban una buena pareja. Por cortesía, saludó a su primo, le deseó pronta recuperación y salió de la habitación. Esa fue la última visita en el día. Archie y Stear entraron veinte minutos después. La tensión se sentía entre ambos hermanos, pero Anthony, que estaba recuperado sentimentalmente gracias a Candy, decidió ignorarlo. La muchacha, mientras tanto, se prometió hablar con ellos cuando tuviera oportunidad.
— ¿Sabes, Anthony? – preguntó Candy, dejando en la mesa el libro que Dorothy le trajo para entretenerse mientras visitaban a su amigo. – Aunque suene muy cruel, debo admitir que ya no esperaremos más visitas de Elisa.
— Tienes razón, creo que ya no soy el mismo para ella. ¡Vaya alivio! ¡No veía el momento en que me dejara solo!
— ¡Anthony! No muestres tanto desdén. – lo regañó la chica, con una sonrisa pequeña en los labios. – ¿Qué opinan ustedes, muchachos?
— Entre más lejos esté esa víbora, mejor para mí. – contestó Archie, sentándose en un sillón de terciopelo. Stear lo fulminó con la mirada, ¡vaya vocabulario que usaba enfrente de una dama!
Candy pasó por alto ese comentario y esperó la respuesta del moreno.
— Siempre he creído que Elisa terminaría por aburrirse de Anthony. Es obvio que él no le presta sus atenciones a nadie que no seas tú, Candy. – resaltó de manera en que Archie entendiera la indirecta.
Los dos rubios se sonrojaron tomando el mismo tono que varias rosas en el jardín de abajo. Aunque jamás se declaraban su amor, todos los que los rodeaban, conocían de él, aunque nunca se habló de él hasta ese momento, y ninguno sabía qué decir. El único motivo por el que Candy preguntó aquello, fue para incluir a los hermanos en la plática, porque aunque amaba tener a Anthony para ella sola, admitía que se sentía incómoda cuando los Cornwell permanecían en silencio, era como si ellos fueran los lesionados. Desconocía que el origen del pleito entre los muchachos, fuera ella misma, pues de haberlo sabido, su corazón se culparía cada minuto por destrozar la hermosa familia que conoció un año atrás.
— Creo… creo que debo alistarme para dormir. Buenas noches a todos. – se despidió la rubia, saliendo de la habitación, dejando su aroma a flores tan típico en ella.
Caminó con nerviosismo hasta llegar a su recámara, en donde ya la esperaba Dorothy. Se veía preocupada, mirando la ventana con cierta melancolía. Candy supo de inmediato cuál era su pesar, así que se acercó a ella y colocó una mano en su delgado hombro. La sirvienta se sobresaltó y giró el rostro para mirar a la muchacha a quien le servía. Ese rostro nunca se nublaba de una tristeza larga, al contrario, siempre estaba dispuesto a regalar su radiante sonrisa a quien la necesitara, y esa noche, era Dorothy la que recibía agradecida ese gesto. Si alguien pintara aquélla sonrisa en un pliego, con seguridad sería considerada como una magnífica obra de arte.
— Dorothy, pronto podrás visitar a tu familia. Sé que esto te dejó consternada y que necesitas de ellos, haré lo posible por adelantar tus vacaciones lo antes posible.
— ¡Oh, no, Candy! ¡La señora se enojaría contigo! No debes arriesgarte por mí, Candy. Además, ahora más que nunca es necesaria la servidumbre.
— ¡Tonterías! Hablaré con la tía Elroy para conseguir tus vacaciones. Le diré que yo cuidaré tanto tiempo de Anthony que sería imposible atenderme a mí cuando yo estoy ocupada atendiéndolo a él.
— ¡Gracias! – dijo tomando las manos de la niña entre las suyas. No había comparación entre ella y Elisa. La bondad de Candy no podría competir con la envidia de Elisa. Dios fue bondadoso cuando colocó a Dorothy en el camino de aquella portadora de unas esmeraldas como ojos.
Minutos después, Candy estaba hincada a un lado de su cama, rogándole al Señor que mantuviera feliz a Anthony y que le diera suficiente fuerza a ella para poder soportar todo lo que vendría con el futuro. Pidió también por sus amigos, que parecían peleados. No se olvidó de Annie, la señorita Ponny, la hermana María y los niños del orfanato. Después de eso, se persignó y cuando se disponía para meterse a la cama, un débil golpeteo en la ventana la distrajo de sus pensamientos. Giró la cabeza unos grados para ver cómo su cuatí pedía pasar a la habitación. Candy se sintió culpable por haberse olvidado tanto tiempo de Klin. Se levantó y abrió la ventana. Sin perder tiempo, el animal se metió y brincó a los brazos de su dueña. Candy estrechó a Klin con fuerza. Ahora necesitaba tanto de un abrazo amigo, un abrazo que ni Archie ni Stear podrían ofrecerle. Su mejor amigo era aquella bola de pelos, siempre la había acompañado en cada dolor y en cada alegría, y si nunca se sintió por completo sola, sólo fue gracias a Klin. La compañía de un animal a veces se disfruta más que la de un humano porque es más sincera. Los seres más nobles en el planeta son ellos, por lo mismo, son los más maltratados. Y para la suerte de Klin, Candy sabía responderle ese cariño de la misma forma.
Se mantuvo así durante un minuto entero, en el que el viento frío jugó con el dorado cabello de la chica. Parecía cómo si también quisiera abrazarla, cómo si de repente, toda la naturaleza estuviera tratando de consolarla. Ese pensamiento provocó una sonrisa en Candy. Su cabeza fue invadida por la imagen de un hombre rubio con barba de candado y gafas oscuras. Albert. También necesitaba tanto de él. Necesitaba de aquél hombre que tanto disfrutaba de la naturaleza, aquél que podría decirle las palabras exactas para darle la fuerza necesaria a la niña.
Exhaló un suspiro y cerró la ventana. Dejó a Klin en la cabecera y se metió en la cama, no sin antes desearle buenas noches a su amiguito peludo.
Los tres muchachos vieron como la joven salía de la habitación y esperaron unos segundos antes de hablar. El problema que los rodeaba estaba claro para ellos. Anthony fue el primero en aclararse la garganta y llamar a Archie. Este se acercó sin remilgar, sabía lo que venía y estaba dispuesto a debatir hasta donde su honor se lo permitiría.
— ¿Cuál es tu problema, Archie? ¿Qué pasó? – como siempre, su voz sonaba tranquila.
— No es nada, Anthony. Stear cree que… que puedo lastimarte o algo así. – mintió, incapaz de mirarlo a los ojos.
— Sé que es difícil de creer, pero Candy de verdad…
— Nuestra vida no debe dirigirse por una muchacha, ¿de acuerdo? – saltó Stear, harto del tema. – Está bien, todos la amamos, pero no podemos permitir que eso nos separe. Comprendo que ella fue lo mejor que nos ha pasado en nuestra vida, pero no debemos convertirla en lo único que poseemos. Ella es independiente de nosotros, debemos seguir su ejemplo. Anthony, olvida el asunto de Archie, antes que tu rival, es tu primo y deben tratarse como tal. Y tú, Archie, olvida de una vez ese sentimiento, Candy no te corresponde. No la hagas pasar por un martirio sabiendo que es el problema entre Anthony y tú, por favor. Intentemos hacer que nuestra camaradería regrese.
Anthony miró a su primo consentido con admiración. Tenía razón, no debían provocarle dolor a Candy. Ella los quería a los tres de distintas maneras, no era necesario pelear por aquello, sobretodo cuando ese verbo ahora sonaba ridículo en la situación de Anthony. Retomó la mirada hacia Archie y se disculpó con él por cualquier molestia que le causó en el pasado. El castaño asintió, sin saber qué decir. Aún quería que Candy lo mirara como miraba a Anthony, pero no podía negarse ante la petición de su hermano. Si de verdad amaba a Candy, no sería capaz de soportar causarle tanto dolor. Tendría que aceptar que el tiempo decidiera por él, y mientras tanto, seguiría siendo el primo consentidor que Candy apreciaba. Debía conformarse con su amistad… por ahora.
— Está bien, lo siento, Anthony. – le despeinó el cabello. Luego ambos hermanos, le desearon buenas noches a Anthony y salieron de la habitación. Un segundo después, una enfermera entró y alistó al muchacho para que pudiera dormir.
Anthony sonrió pensando en lo absurdo que resultaba ponerle pijamas de algodón cuando no sentiría la diferencia si fueran de agujas. La enfermera tomó sus signos una vez más y le ordenó dormirse. "¡Qué frialdad!" pensó Anthony. Quizá en algunos años, la encargada de hacer eso, sería Candy. Con ese deseo en su corazón, por fin se quedó dormido.
La tía Elroy miraba por la ventana de una de sus habitaciones, a aquellos jóvenes que paseaban por el jardín de Anthony a la mañana siguiente. Candy movía la silla de ruedas, mientras Archie regañaba una vez más a Stear por sus ideas tan inusuales para crear un regador de plantas automático. La enfermera de Anthony los seguía a un metro y medio, sin expresión alguna. Cuarenta horas antes, Elroy no soportaba la presencia de Candy, pero ahora, cuando la veía tan cuidadosa con su sobrino preferido, incluso sentía gratitud hacia la hija adoptiva de William. La vieja tendría que viajar en tres meses, dejando la mansión de Lakewood sola; habló con George, el asistente personal de William y confirmaron que los jóvenes serían enviados al Real Colegio San Pablo en Londres, Inglaterra. Todos necesitaban aprender modales y cultura, sobretodo esa pequeña Candy, aquella hospiciana, que seguramente aspiraba a casarse con su mismo primo legal. ¡Vaya incesto! La tía Elroy sacudió la cabeza y desvió la mirada de aquella escena. Sólo esperaba que Anthony tuviera más cerebro que la huérfana esa.
— Me duele ver así a las flores. – admitió Candy. – Me duele verlas morir.
— Tienen que morir, Candy. – explicó Anthony, mirando una Dulce Candy al fondo del jardín. – De otra forma, no vendrán más, y debemos darle la oportunidad de vivir a los demás, ¿no crees? Anda, llévame a esa Dulce Candy, que quiero absorber su aroma antes de que perezca.
— ¿Y si invento algo que le quite el aroma a las rosas antes de que se deshojen? – inquirió Stear, ayudando a Candy con la silla de ruedas. – Así no tendríamos que esperar tanto tiempo para volver a empalagarnos con estos aromas que aún se sienten.
— ¡Vamos, Stear! Antes tenías ideas mejores. – respondió su hermano. – Podrías inventar un modo de que te quedaras callado por dos horas, ojalá tenga éxito.
— Yo espero que no. Me agrada tu idea, Stear. – dijo Candy. Stear le sonrió agradecido y por fin llegaron a la rosa que Anthony creó para su amada.
— Miren esta rosa, ¡qué resistencia tiene! – exclamó Anthony encantado, deseando acariciarla con la yema de sus dedos. – Su deseo por vivir es tan admirable, aún sabiendo que su final está cerca, la rosa no deja de intentarlo. En su lugar, les aseguro que vendrá una rosa aún más fuerte, y así empezará una cadena de fortaleza que pronto será competencia para estos vientos tan bárbaros.
Archie le sonrió a su primo. Era un poeta nato, no entendía qué hacía cultivando rosas cuando podía escribir poemas dignos de ser leídos a un amplio público. Quizá pronto le sugeriría dicha actividad, con un poco de suerte, el ojiazul aceptaría de buen modo intentarlo. Tenía que encontrar una manera para que su primo no cayera en una depresión profunda. Candy ya hacía lo suyo y obtenía favorables resultados, Stear se esforzaba por inventar algo que fuera del agrado del muchacho, así que Archie tendría que convencerlo de que la poesía era otro de sus múltiples talentos.
Al dar las doce de la mañana, todos se metieron a la mansión para merendar con la tía Elroy. Ella esperó en el comedor con los brazos cruzados en su pecho y el cuello en alto. Archie no era el único que se esforzaba por encontrar una actividad apropiada para Anthony, aunque el joven tenía ya ventaja. Desafortunadamente, las actividades que más admiraba la tía Elroy necesitaban mínimo de una mano, así que terminó por rendirse esa mañana, esperando que su sobrino no se sintiera un inútil mientras sus primos cuidaran de él y lo hicieran sentir cómodo. Si alguna vez se enteraba de que Anthony era infeliz, culparía entonces a Candy, pues aunque no se lo confesara al menor de los Cornwell, ella también creía que el accidente fue culpa de esa muchacha. Estaba consciente del cariño que los tres jóvenes le tenían a Candy, y como no quería perder el respeto y amor de sus sobrinos de sangre, procuraba no desprestigiar a la niña. Lo único que le alegraba de mandar a todos a Londres, es que no tendría que soportar más a Candy.
Cuatro adolescentes cruzaron la puerta y saludaron con cortesía. Un segundo después, la enfermera frívola de Anthony los imitó. La anciana dio la orden de que se sentaran y pidió la comida a uno de sus sirvientes. Le preguntó a Anthony acerca de su estado, y este contestó con una alegre sonrisa que era afortunado por ser tan querido por la mayoría de su familia. Ella hizo una cabezada y entonces la puerta volvió a abrirse y el mayordomo anunció la entrada de un hombre. Todos, menos Anthony, como era de esperarse, se levantaron para darle la bienvenida a tan agradable caballero.
— Vincent Brown. – saludó la tía Elroy, con cortesía.
— ¡Padre! – exclamó Anthony asombrado. Ahora sí estaba por completo feliz.
