3.

El rebelde de San Pablo.


Las tragedias no sólo afectan al cuerpo. El alma es atacada con bastante frecuencia a causa de esta palabra. Existen distintas formas de conseguir que un muchacho se sienta inútil. A los quince años, el bastardo hijo del duque de Grandchester y Eleonor Baker, se sentía no sólo un inútil, sino también sabía del poco cariño que recibía en su vida, convirtiéndolo en un adolescente malcriado y nada fanático de las reglas del colegio en el que asistía. Desde los doce años fue recluido al Real Colegio San Pablo. Su cárcel y su libertad. No era un chico tonto, sabía que su padre aseguraba su estancia en el colegio con bastas cantidades de dinero, que recibían el nombre de "donaciones"; por eso Terruce Grandchester se mofaba de romper cuantas reglas podía, perdiendo gran parte de las clases existentes. Su fama ya estaba hecha en ese lugar, no existía un solo alumno que se atreviera a retarlo o demandarlo, pues su carácter fuerte le permitía ser un grandioso rival de pelea. Y a pesar de su atractivo físico, ninguna mujer era tan valiente como para coquetearle, además de que Terry desconocía a una joven que le atrajera. Después de la poca comunicación con su madre, la exitosa actriz de Broadway, no creía que hubiera una mujer capaz de amarlo. Su madrastra, una señora regordeta y carente de belleza, se encargaba de repetírselo en incontables ocasiones, pues al ser "el bastardo", era su objeto favorito de burlas y sarcasmos, que permitía e incluso ignoraba el Duque de Grandchester. ¿Qué más hacía falta para sentirse desdichado, si era tan poco deseado, que desde los doce años su padre se deshizo de él de una forma tan feroz, como es internarlo en un terrible colegio lleno de monjas sin corazón? Desde los cinco años, cuando finalmente fue arrebatado de los brazos de su madre, descubrió que no existe la vida en compañía, pues al llegar a Inglaterra y encontrarse con la que sería su madrastra, comprendió que estaría solo. Con el tiempo, fueron naciendo sus medios hermanos, que a pesar de su edad, eran tan valerosos que molestaban a Terry de cualquier forma. En pocos años, el joven aprendió a ignorarlos. Antes de entrar a la adolescencia, sus ojos verde-azules estaban llenos de frialdad.

Esa mañana salió de su habitación y caminó hasta llegar a su colina favorita, en donde se recostó y encendió un cigarrillo. En realidad odiaba la sensación del cigarrillo en sus labios, pero se sentía mejor cada vez que exhalaba el humo. En sus sueños, imaginaba que sus tristezas se las llevaba el viento, así como el humo del cigarro. Otra vez no entraría a clase, lo había decidido desde el día anterior. Su madre le había escrito una carta, pidiéndole que no la olvidara y que esperaba verlo pronto. Terry pensó con seriedad irse del colegio para ir con su madre, la única mujer que, a pesar del poco contacto, todavía demostraba un interés por su carne. Esos días, sólo sopesaba la posibilidad de saltar la verja y viajar a América, pero terminaba concluyendo que Inglaterra estaba bien por ahora. No le faltaba nada y aunque no hacía muchas actividades, no se aburría realmente. Quizá después, en dos meses o tres, visitaría a Eleonor Baker.

Apagó el cigarrillo y caminó entre los árboles del colegio. Su amplitud era tal, que cuando recién llegó, creyó que podía perderse. Había varios edificios que conformaban dormitorios, salones de clase, establos y hasta una iglesia a la que los estudiantes eran obligados a asistir todos los domingos del curso. Terry, por supuesto, ignoraba en ocasiones aquella orden. Miró el cielo, estaba despejado. El paisaje del otoño le recordaba a su infancia, cuando todavía vivía con ambos padres. Tenía en su corazón el recuerdo de un día de campo, su padre lo cargaba con amor, su madre los observaba desde una distancia corta. Esa mirada ojiazul llena de amor hacia esos dos caballeros no la olvidó Terry. Era su recuerdo favorito, su único consuelo en aquellos días de encierro: saber que su madre amó a su padre.

El muchacho se detuvo de repente. A su derecha, un enorme árbol le podría dar una buena visión de la oficina de la hermana Grey. Terry de vez en cuando se sentaba en una rama que lo ocultaba a la vista de la monja, mientras escuchaba las noticias que el colegio recibiría en los días posteriores; le gustaba saber todo antes que nadie.

— La familia Andley es muy importante, tendremos que hacer lo posible para que el joven Brown se sienta cómodo aquí, hermana Margaret. – dijo la voz gangosa de la hermana Grey.

— ¿De verdad es tan grave lo que tiene?

— Una lesión en la médula espinal, tengo entendido. Pondremos rampas en todo el colegio y desalojaremos una habitación del piso de abajo, quizá Barris sea pasado al de arriba. No, moveremos a Grandchester, así ya no podrá escaparse por las noches, desconfío un poco de él.

— ¿Qué? – se preguntó el espía. – Pero siempre ha sido mi habitación. ¿Quiénes son esos Andley que se creen con la autoridad de hacerme esto?

— ¿No cree que pueda molestarse? Ya conoce el temperamento del estudiante. – inquirió la monja más joven. "Si no tuviera esa falda tan larga y se cubriera con tanto empeño la cabeza, sería bonita." Pensaba Terry cada vez que la monja lo reprimía por algo.

— Sé que se molestará, pero la familia Andley es de las más importantes en América, debemos considerarlos a ellos antes que a Grandchester. Incluso antes que al duque.

— ¿Cuándo llegará ese Brown? – preguntó impaciente Terry.

— Tenemos dos meses y medio para hacer los cambios necesarios, hermana Margaret. Dios espere que todo salga bien.

— Dos meses y medio… – repitió el muchacho con una sonrisa en sus labios. – Sea quien sea ese Brown, no tendrá mi habitación. Así tenga que incendiar la habitación para que salga huyendo, pero él no dormirá ahí. No estoy dispuesto.

La ignorancia es el peor defecto de todos los seres humanos. Los deseos de Terry por conservar su habitación nublaban las palabras de la hermana Grey acerca del estado del miembro de la familia Andley. Si Terry escuchara a esa monja, se habría dado cuenta de que si incendiara la habitación, el pobre joven quedaría atrapado. Pero Terry sólo podía pensar en su próxima travesura, no se redimiría ante las órdenes de la hermana superiora, no le importaba cuantos días lo "recluyeran" en el cuarto de meditación. Si esa habitación no era ocupada por él, entonces no sería ocupada por nadie, mucho menos por un malcriado niño rico.

— Buenas tardes, hermana Margaret. – saludó al entrar al edificio.

— Buenas tardes, joven Grand… ¿qué hace usted afuera de su clase? – lo reprimió. Terry sonrió divertido, adoraba ver a las mujeres enojadas. – Terruce, te hice una pregunta.

El aludido giró la cabeza unos centímetros y le guiñó el ojo.

— ¿Qué caso tiene molestarse si de todos modos ya estoy en camino a ella?

La monja refunfuñó algo en un susurro y siguió caminando. Terry continuó con su camino, pero se dio cuenta de que podía entrevistar a la monja acerca del que planeaban, sería dueño de su actual recámara. Así que se dio la vuelta y la siguió, abortando la idea de entrar a la siguiente clase.

— Hermana Margaret, hermana Margaret. – llamó persiguiéndola. Ella se detuvo y volteó a verlo, confundida. – ¿Quiénes son los Andley y por qué uno de ellos tendrá mi habitación?

Ella, sorprendida, se cubrió el rostro, se persignó y acusó al joven con la mirada. Conocía de las faltas de Terry en el colegio, pero no creía que su carencia de modales llegara al extremo de espiar a sus superiores. También sabía de su curiosidad normalmente insatisfecha, así que si ella no le decía quiénes eran los Andley, él sería capaz de jugarles una travesura a todas las estudiantes femeninas; pero alguien debía darle una lección de buenos modales al joven. "Que Dios me perdone por mentir, estoy segura que él entenderá mis intenciones."

— Son una familia reconocida en América, pero no debes preocuparte, he hablado con la hermana Grey al respecto y acordamos que cambiaremos a otro estudiante para no provocar problemas. Seguirás conservando tu habitación, Terruce. Ahora, te pediré de favor que alejes tus oídos de asuntos que no te conciernen y asistas a tu clase. Ya vas diez minutos tarde. – tomó su falda con fuerza y le dio la espalda al joven estudiante.

Este esperó a que la monja desapareciera y se carcajeó a gusto. Como si le importaran los retardos en las clases. De todos modos, ya había perdido dos horas en las colinas del colegio, y era momento de entrar a una clase, por lo menos.

Andrew Daw era un hombre de cabello cano y porte elegante, que relataba la historia de Inglaterra con un acento tan único como gracioso. Sus alumnos, respetuosos, no se atrevían a expresar siquiera sus dudas, por temor a que el profesor se exaltara y le diera un ataque de hipo casi incontrolable. Pero Terry no era como sus compañeros, al contrario, disfrutaba ver el rostro de su profesor predilecto deformarse a causa de la desesperación que el quinceañero le provocaba con preguntas tan irrelevantes.

— Profesor, entiendo todo lo de los reyes y eso, pero, ¿cómo fue que llegó el queso a nuestro país? – preguntó Terry en aquella ocasión. Más de uno quiso reírse ante aquella duda, pero por respeto al profesor Daw, se quedaban callados. El color morado acudió de inmediato a las orejas regordetas del anciano. – Quiero decir, anoche estaba viendo en el periódico una propaganda de un restaurante con no sé qué platillo con queso y… bueno, usted sabe mucho de historia.

— ¡Deje de hacer preguntas sin sentido, joven Grandchester! ¿Qué le importa a usted el origen de semejante alimento?

— ¡Perdón! Pero tengo entendido que asisto a clases para resolver todas mis dudas y esta duda que me carcome desde que leí el periódico, no sería adecuada hacerla en clase de álgebra.

El único motivo por el que todos los profesores soportaban al hijo del duque, era por las generosas donaciones que su familia hacia para el colegio. Por mucho menos, expulsaban a otros alumnos, pero este era especial. Podían regañarlo y castigarlo, aún sabiendo que sería inútil; Grandchester siempre encontraba el modo para hacerles perder la cabeza en un minuto. Conseguía altas notas en todas las materias por su increíble memoria, pero si calificaran su conducta, serían las peores calificaciones del colegio. Pero ese era el colmo, tener que explicarle algo que no le interesaba a nadie era absurdo hasta para el sentido de humor de Terruce.

— El queso fue importado de Roma a partir de su declive. Así fue como llegó a Europa, que espero recuerdes, es el continente en donde se encuentra Inglaterra. – explicó rendido Andrew. – Ahora, si no tienes más dudas…

— ¿Y llegó solo?

— No, señor Grandchester, el queso no tiene piernas.

Más de la mitad de la clase se cubrió la boca para ocultar la risa que esa conversación provocaba. Sin embargo, Terry tomó ventaja de aquélla respuesta. Siempre sabía cómo debatir aún cuando su competidor era mucho mayor que él.

— Aunque las tuviera, los miles de kilómetros que nos separan de Roma no podrían permitir que el queso llegara a Inglaterra antes de que se pudiera derretir. – negó con la cabeza una y otra vez. – Creo, profesor Daw, que usted necesita clases de geografía.

Sus compañeros palidecieron. Esta vez Terruce había llegado lejos. Insinuarle a un profesor que sus conocimientos acerca de otra materia eran burdos, podría ser causa de una expulsión para cualquier alumno. A menos que se tratara de ese alumno en particular. Todos esperaban que el profesor mandara al maleducado joven a la dirección, para llamar a su familia anunciando su expulsión. Andrew Daw mantenía apretados los puños sin dejar de mirar con odio a Grandchester. Si no fuera un alumno suyo y él no fuera un caballero, le habría partido la cara por hacer tal sugerencia. Claro que conocía de geografía, claro que conocía de historia, incluso de la historia de los lácteos; no había motivo para insultarlo de esa manera. Su rostro, rojo como un rubí, que amenazaba en evolucionar al color morado, tenía el aspecto de explotar en cualquier momento. Pensó en todas las burlas del joven hacia sus superiores y se prometió hacerlo pagar por cada travesura. En esa ocasión ignoraría hasta su presencia, pero Terruce ya estaba en su lista negra. Ya no era una amenaza, era un juramento. Lo haría pagar por esa insinuación y por todas sus bromas.

El color de su rostro regresó después de lo que pareció una eternidad. Suspiró y siguió dando su clase. Terry estaba satisfecho, así que podría recargarse en la silla y memorizar las palabras del anciano. Sabía que el profesor estaba muy enojado con él, pero no le tomó importancia. Sus demás profesores lo ignoraban, dejaron de responder sus preguntas cuando cumplió los catorce años, pero el señor Daw siempre contestaba cada inútil duda del muchacho. Sólo por eso era su favorito, aún lo satisfacía. Pero como vio su mirada tan amenazante, suponía que ya no respondería más a su llamado. Ladeó la cabeza un poco para ver el jardín bien cuidado del colegio. Dejaría de ser tan prepotente el día que alguien lo tomara como él era, sin cambiarlo. Dejaría de ser así cuando su padre volviera a quererlo y su madre no lo ocultara de su mundo.

Desde que comenzó la escuela, su padre le prohibió hablar con sus compañeros acerca de su origen, pues le provocaría problemas al duque si se enteraban de la relación que tuvo con una actriz americana. Creyó que haciéndole caso, conseguiría la misma atención que el señor les ofrecía a sus otros hijos. Sin embargo, no fue así. El duque apenas miraba a su primogénito cuando estaba en casa, no conversaba con él e incluso sólo le dirigía la palabra cuando era en verdad necesario. Sí, sus visitas al colegio eran muy recurrentes, pero sólo preguntaba por su hijo a las monjas, sin ir a su habitación y saberlo con sus propios ojos. Por supuesto, las hermanas no le confesaban los terribles dolores de cabeza que el adolescente provocaba, por temor a que el duque dejara de darles tan numerosas donaciones. Terry hacía todo eso para que su padre volteara a verlo de vez en cuando. Inconscientemente, el muchacho sólo quería llamar su atención. Si no lo querría estaba bien, le bastaba con que tan siquiera supiera de verdad de su existencia.

Y luego estaba su madre. Tan hermosa como cruel. ¡¿Qué importaba lo que los demás pensaran?! ¡Él era su hijo! ¡Era el fruto, el único fruto del amor que alguna vez hubo entre el inglés y la americana! ¿Por qué lo alejaba tanto? ¿Por qué se esmeraba en ocultarlo de la vista de todos? Terry aún confiaba en ella. Sabía que la relación con su padre ya no tenía remedio, pero confiaba en que Eleonor cambiara de opinión, que lo aceptara. Deseaba que ella lo abrazara enfrente del mundo, que si alguna cámara los tomaba por sorpresa, sólo agitara la mano, restándole importancia, y que siguiera abrazándolo. Pero las cosas no sucedían de ese modo. Cuando recibía correo de ella, por lo regular el remitente tenía un nombre que no concordaba con el de su progenitora. Ni siquiera podía coleccionar las cartas de su madre porque esas personas que le escribían… porque Eleonor Baker era tan importante que no podía permitirse que alguien supiera que era madre soltera.

— ¡Maldición, Eleonor! – gritaba Terry en su habitación, cada vez que recibía correo de su progenitora. – ¡¿Acaso es mucho pedir que pongas tu verdadero nombre?!

Ése era el motivo por el cual, el joven dejó de responderle a su madre. No sentía que fuera a ella a quien le hablaba, sentía que las "Karen" y "Olive" que aparecían en el remitente eran unas completas extrañas para él. No le veía sentido contarles de sus asuntos a esas mujeres. No tenía sentido comunicarse con alguien que no fuera su madre.

Salió del salón apenas terminó la clase y corrió a su habitación, empujando a cualquiera que se le pusiera enfrente. Necesitaba tomar un descanso o explotaría en el pasillo. Para su mala suerte, escuchó su nombre en los labios de la madre superiora. Intentó ignorarlos, pero la gangosa voz de la monja se hizo escuchar por todo el pasillo. Se detuvo, cerró los ojos un momento y enfrentó a la regordeta mujer.

— He dicho que tu castigo será pasar una noche en el cuarto de meditación.

— De acuerdo. – susurró, dirigiéndose a la torre de al lado.

— ¡Grandchester! – lo llamó una voz masculina. La reconocía en cualquier lado, era Denise Thompson, vecino suyo. Una vena en la frente del muchacho palpitó con peligro. Se quedó quieto con el corazón en la garganta. – ¿Ahora no preguntarás por qué te mandan ahí? ¿Acaso no utilizarás tu muy famoso sarcasmo en contra de la hermana Grey?

— Déjame solo, Thompson. – respondió en el mismo tono.

— Joven Thompson, le ordeno que guarde silencio. – intervino la anciana.

— Perdón, hermana Grey, es sólo que quiero defenderla de este bastardo.

Una sonrisa de satisfacción se formó en el rostro de Terruce Grandchester. Ahora sí tenía motivos de golpear a ese inepto.

— Con el perdón de la presencia de la dama – comenzó Terry, girando su rostro, dirigiendo sus brillantes ojos claros a su compañero. –, me veo en la necesidad de darle una lección a este hijo deseado.

Su puño derecho cayó directo a la nariz redonda del otro estudiante. Sintió como un hueso de su contrincante se rompía al recibir el contacto con el puño del bastardo. Denise chilló y se agarró la nariz sangrante.

— ¡Terruce Grandchester! ¡Quedarás confinado en tu habitación una semana! – lo castigó la hermana superiora. – Hans, lleva a tu compañero a la enfermería, ¡rápido!

— ¿Entonces no pasaré la noche en el cuarto de meditación por sugerirle clases de geografía al señor Daw?

La monja lo miró sorprendida. El joven supo de inmediato que esa no era la causa de su primer castigo. Resopló y escuchó el discurso de la monja durante diez minutos. Después, se dirigió a su habitación, más tranquilo que antes de romperle la nariz a Denise.