4.
Trasatlántico.
El 22 de diciembre, Terry esperaba afuera de la casa de Eleonor Baker. La nieve cubría las calles americanas y el frío calaba los huesos. El muchacho sólo traía una capa como abrigo. ¡Qué noche aquella!
La puerta se abrió de par en par y una mujer de expresión afable se cubrió medio rostro con las manos. Tanto tiempo sin verlo, sin ver al hijo de su señora. Estaba muy cambiado, pero seguía teniendo los ojos de su madre.
— ¡Es usted, señorito Terry! – exclamó justo antes de correr hacia otra puerta. Detrás de esa, una reunión se celebraba para festejar el éxito de una nueva obra. Eleonor Baker, por supuesto era la anfitriona. – Señora, su hijo. – susurró cerca del oído de la rubia mujer, quien abrió la boca asombrada.
Se disculpó con sus invitados y entró a la recepción de su enorme casa. En la puerta, de pie y con el cabello humedecido por la nieve, su hijo la miraba con admiración.
— Mamá…
— ¡Terry! – exclamó ella, corriendo hacia él. – ¡Terry! – tomó una de sus heladas manos. Al momento sintieron su sangre correr, sus cuerpos se reconocían como familia. – ¡Cuánto has crecido! No te quedes ahí. Entra. – Lo jaló hacia el interior de la casa. El joven la soltó y observó a su madre cerrar la puerta. No la recordaba tan cariñosa. – Haré que la mucama te prepare algo caliente.
¿Algo caliente? No, sólo era necesario que ella no saliera de la habitación. El muchacho sólo necesitaba sentirse querido por su madre. No necesitaba ninguna bebida, sólo quería que ella lo quisiera, le urgía abrazarla. ¡Al demonio el orgullo!
— ¡Mamá! – suplicó.
— ¡Terry!
Los dos corrieron a abrazarse. Cuán fácil le resultaba abrazarla. Su aroma a violetas le embriagaba la garganta. Tenía tantos deseos de decirle cómo la quería y cuánto la necesitaba en Inglaterra, pero temía romper la magia. Su madre. "Mamá". Qué hermoso era llamar a alguien "mamá". Después de tantos años, después de tanto tiempo, ellos volvían a abrazarse. En ese momento no importaba el origen de ambos. Tan siquiera no para Terry.
— ¡Mi querido Terry!
Unas risas masculinas se escucharon en la otra habitación y Eleonor Baker despertó del ensueño que era abrazar de nuevo a su único hijo.
— Ya no podrás venir más aquí. – dijo al separarse del muchacho, quien al escucharla y adivinar las razones, endureció su corazón. Evitó la mirada de su madre cuando esta lo tomó por los hombros, en un intento desesperado de disculparse con el ser que más amaba en la tierra. – Porque no se ha revelado que tú eres mi hijo. Terry, no malinterpretes, ¡yo te adoro! – intentó abrazarlo de nuevo.
Era tarde. Terry ya se deshacía de su abrazo al mismo tiempo de jalar su collar de perlas moradas. Sus ojos estaban ardiendo en furia, pero no pudo mirarla de nuevo. Se echó a correr fuera de la casa, a pesar de los llamados de su madre. Entonces ella aún quería ocultarlo. Si tanto lo adoraba como decía, ¿entonces por qué no lo publicaba? Las lágrimas surcaron el rostro de Terry, mientras los gritos de una mujer rubia lo despedían de América.
— ¡Terry! ¡Terry! ¡Eres hijo de los Grandchester! ¡Promete que no le dirás a nadie que eres hijo mío! ¡A nadie!
Las piernas largas del muchacho lo desaparecieron de la vista de la ojiazul. Se arrepentía tanto de lastimarlo de esa forma. Sabía que pronto tendría que acabar con ese secreto, pero no veía cómo. También ella quería abrazarlo en público, salir con él, que él la viera actuar. No soportaba las cartas y visitas secretas. Durante once años ya lo soportó, no veía necesidad de seguir haciéndolo. Su hijo crecía a una velocidad increíble, así como su arrogancia. Era un Grandchester, su orgullo lo delataba, pero también tenía sangre de la americana, sus facciones en el rostro eran prueba de ello. Lo cierto era que esa combinación daba como resultado a un jovencito muy guapo. Eleonor sabía que en poco tiempo su pequeño hijo despertaría en una chica los mismos sentimientos que el duque de Grandchester despertó en ella muchos años atrás.
— Terry… – susurró una vez más, con la mano derecha en su pecho, justo encima de su corazón.
El lastimado chico se subió al barco sin dejar de pensar en su madre. Ya lo había dicho antes, Eleonor Baker era tan bella como cruel. A veces era una mujer muy cariñosa, pero cuando recordaba que era una importante actriz de Broadway, todo se iba abajo. ¡Cómo odiaba la profesión de su madre!
Desde el primer día, se encerró en su camarote. Pasaba gran parte de su tiempo durmiendo, no soportaba estar rodeado de tantas personas. Cada vez que viajaba, veía parejas felices y niños con nuevas ilusiones. Envidiaba la felicidad de los demás. También las caras largas eran comunes en la cubierta, cosa que Terry odiaba un poco más que las sonrisas. Si eran tan infelices, ¿por qué no se lanzaban al mar y se ahogaban? Si su vida era un caos, no sería difícil deshacerse de los problemas de la forma más cobarde. Y cada vez que pensaba hasta ese punto, odiaba más a los cobardes que elegían ese camino. Si iban a terminar quitándose la vida, entonces debieron avisar antes de que sus padres los tuvieran. Y su odio se dirigía entonces a los padres, si su hijo se quitaría la vida, era por qué no sabían hacerlo sentir querido. Ahí concluía la cadena, porque entonces recordaba a Eleonor Baker y al duque de Grandchester. Era cuando el momento de dormir llegaba. Porque tan siquiera dormido no podía seguir odiando a aquella pareja.
Pero al séptimo día de viaje, mientras observaba su parecido con la actriz en el espejo, alguien tocó la puerta. Le pareció extraño, pues el personal de limpieza no tenía ni dos horas de haberse retirado. Así que se levantó de la silla y caminó hasta la puerta.
— ¿Sí?
— Buenas tardes, joven Grandchester, el capitán tiene un anuncio que dar a la tripulación. – respondió una voz masculina. Terry no se sentía de humor para salir a la cubierta o al gran salón.
— ¿Y usted no conoce qué mensaje tiene el capitán? Tengo algo de sueño y debo descansar un poco, ¿sabe?
— Eh… bueno, la llegada a Londres se atrasará dos días. Un pequeño barco se hundió y las intenciones del capitán son rescatar a los damnificados.
— ¿Y para eso quiere a toda la tripulación, señor?.. ¡Bah! Está bien. Dígale al capitán que pase buen día. Permaneceré aquí un poco más de tiempo.
— Yo… de acuerdo. Le agradezco, joven Grandchester.
Terry no respondió y volvió a sentarse frente al espejo. No entendía cuál era la necesidad de reunir a todos los pasajeros, cualquiera entendería la necesidad de salvar a esas personas. El joven era cruel en algunos momentos, pero no inhumano. No como uno de los inquilinos de una suite que estaban arriba del muchacho.
Terry poseía una gran cantidad de dinero en el bolsillo, pudo pagar una suite también, pero debido a la urgencia que tenía por irse de América, decidió no esperar a que el siguiente barco partiera, aceptando un sencillo camarote durante su estancia. Además, en su estado, no gozaría de los privilegios de esas magnas habitaciones como otros niños ricos lo harían. Después de todo, el camarote no estaba tan mal. Era amplio, estaba amueblado, tenía una vista maravillosa del mar y siempre había comida. Terry podía vivir ahí por el resto de su vida. Podría hacerlo si el barco no le recordara la despedida de su madre a los cinco años.
Ella corría entre la multitud que despedía a los pasajeros del crucero, gritando su nombre. Terry, en ese entonces un niño, asía de la mano a su padre, mirando a la rubia mujer. El duque de Grandchester también la miraba. Se veía triste y adolorido. Una de sus manos se aferraba a uno de los barrotes del barco, como si su vida dependiera de ello. Parecía como si en cualquier momento fuera a saltar para correr de regreso a los brazos de su amada, pero no iba a hacerlo. Un matrimonio arreglado lo esperaba en Inglaterra y aunque le doliera, Eleonor Baker no era la mujer indicada para él. Hizo que su hijo ignorara a la actriz y se metió a su suite. No soportaría ver un segundo más a la americana que le robó el corazón apenas la vio. El deber lo llamaba a Inglaterra, aunque su corazón lo quería en América. Esa confesión en sus ojos era lo único que mantenía el respeto de Terry hacia el duque.
Las fechas en el calendario rara vez le importaban a Terruce. Él vivía en automático. No importaba si era viernes, martes o miércoles. Nada importaba si navidad o el año de nuevo se acercaba, ya nadie celebraba esas fechas con él. Reconocía los meses por el paisaje en el cielo o los murmullos del colegio, pero en realidad no le importaba. Fuera el mes que fuera, sentía lo mismo. Pero aquélla tarde, Terry le echó un vistazo al calendario antes de salir a la cubierta. El año 1912 terminaría esa noche.
Se enteró horas antes, que los marineros fueron rescatados con éxito, así que esa noche se celebraría una fiesta, en honor al capitán. Todos los pasajeros estaban invitados, pero el joven declinó. Su depresión aún estaba a flote. Pasaría esa noche mirando el mar, recargado en la cubierta. Reprimió las lágrimas durante más de una semana, el momento de dejarlas correr ya había llegado. Aprovechando que todos estarían en el salón, él susurró las palabras de su madre y los insultos de su madrastra que el duque le permitía. Dejó correr las lágrimas que provocaban su desdén y arrogancia. Apretó los puños y los golpeó un par de ocasiones en su cabeza mientras suplicaba olvidar.
Al caer la noche, justo después de que escuchara la celebración del año nuevo, Terry se enjugó las lágrimas y miró al mar. Deseaba que el año viejo se fuera junto con sus penas. Un par de lágrimas cayeron de nuevo al recordar a su madre. ¿Qué esperaba al irla a ver? Aún así ella seguiría huyendo de la verdad. Él seguiría siendo el hijo de Eleonor Baker que nadie conocería.
Escuchó pasos a su izquierda, que se detuvieron repentinamente. Cuando giró el rostro, notó que la neblina en el barco no le permitía ver con claridad, así que preguntó inseguro.
— ¿Hay alguien allí?
— Sí, perdóname, no quise molestarte. – dijo una jovencita de melena rubia suelta y un largo vestido claro, que acababa de volverse. – Me pareció que estabas muy triste.
— ¿Que estaba muy triste? – repitió, divertido. Sus lágrimas ya estaban secas en su mejilla. – No es verdad. ¡Estoy muy triste! – replicó y enseguida comenzó a reírse a carcajadas.
La expresión de la niña que tenía enfrente era muy cómica. Era posible que ella hubiera notado las lágrimas del muchacho, pero no admitiría su tristeza a una extraña. Por más graciosa que le resultara. Dio un paso hacia ella y admiró la incalculable cantidad de pecas que rodeaban su pequeña nariz.
— ¿En qué estás soñando, pequeña pecosa?
— ¿Pecosa, yo? – repitió claramente ofendida y asombrada. Terry se acercó aún más a ella, permitiendo que ella descubriera en él sus ojos de tono verde azulados y admirando él a su vez, los ojos color esmeralda más grandes que en su vida conoció.
— Lamento muchísimo tener que decírtelo, pequeña, pero realmente eres muy pecosa.
— Eso a mí no me importa, me gustan mucho las pecas. – se defendió, endureciendo la mirada.
— Entiendo. Por eso las coleccionas. – se burló con la mano en la barbilla.
— Sí, y últimamente pensaba en cómo conseguir más.
— ¡Qué bien! – se alejó por fin de aquél rostro tan curioso. De verdad le divertía esa discusión.
— Estas celoso porque no tienes ninguna peca, ¿verdad? – atacó con el entrecejo fruncido. Así se notaban aún más sus pecas, pero Terry no se lo mencionó. En lugar de ello, chifló, disfrutando un poco más de aquella rubia.
— Y también estarás orgullosa de tu naricita.
— ¡Claro que sí!
"Vaya fiera". Pensó justo antes que otra voz masculina se escuchara en la penumbra.
— ¿Es usted, señorita Candy, la que está ahí?
La muchacha giró el cuello. Entonces ése era su nombre. Terry decidió que la discusión había llegado a su fin y se dio la vuelta.
— Adiós, pecosa.
— ¡Mocoso atrevido! – exclamó Candy, enojada por el comportamiento del hombre.
Terry rodeó el barco hasta llegar a su camarote, aún divertido por aquella joven. Lo descubrió en su llanto, se preocupó un momento por él y luego se enojó ante sus burlas. ¡Qué voluble señorita!
— Su rostro podría ser hermoso si no tuviera tantas pecas. – se dijo antes de recostarse en la cama. – Pequeña pecosa. – repitió.
A pesar de que el adolescente lo ignorara por el momento, Candy le hizo olvidar su antiguo dolor, aunque fuera por un momento. Su cara, además de la vivacidad con la que respondía, atrapó a Terry al instante. Lo que comenzó como una manera para escapar de una embarazosa situación que sería que una americana descubriera su llanto, terminó por parecerle un juego al que no renunciaría.
— Feliz año nuevo, pecosa. – deseó antes de ver en su mente la imagen de ese rostro blanco y caer dormido.
A la mañana siguiente llegaron por fin a Londres. Y con ello, la depresión al saber que nadie lo esperaría en el puerto, llenó los pensamientos del castaño muchacho. Su padre estaría en su mansión, resolviendo sus deberes, mientras su mujer y esos mocosos que parió esa señora, desayunaban en charolas de oro, apreciando la ausencia del primogénito del duque. Pasaría a dejar su maleta y colgar su ropa, para después, regresar a la cárcel. Con todo eso, hasta olvidó la llegada del muchacho Brown, por lo que no hizo nada para prevenir su traslado al piso de arriba.
Se quedó un rato en el puerto, mirando hacia la dirección de donde llegó el barco. Allá estaba su madre, actuando otra vez, ocultándolo de nuevo. Y él estaba ahí, cumpliendo la promesa que le hizo, no permitiría que nadie descubriera quién era su madre. Golpeó a Denise Thompson por dar en el blanco al llamarlo bastardo, no tenía derecho a involucrarse en su vida de aquella forma. Terry no era un buen ejemplo para el colegio, pero sí presumía que no era un entrometido. Lo que sucedía entre sus compañeros o en la escuela, eran asuntos que al muchacho no le interesaban. Si llegaba a enterarse de la baja de algún compañero, se alzaba de hombros y seguía viviendo, si sabía de algún otro que sufrió una pérdida familiar, no le daba ni el pésame, pues no sentía nada al respecto. En su vida sólo estaba él. La orden que su padre le dio a los doce años, fue causante para que el joven no tuviera relación amistosa con nadie y obtuviera la fama de "raro" y "solitario". Sin contar las múltiples faltas hacia el reglamento, apuntando a una mala influencia para los demás.
Estaba tan concentrado pensando en todas esas cosas, que apenas sintió la mirada curiosa de unos ojos color verde no muy lejos de él; cuando giró el rostro para encontrarla, ella fue tomada del brazo por otro muchacho de cabello castaño-rojizo. Entre la multitud, casi estuvo seguro de ver una silla de ruedas frente a la chica. Cinco minutos después, fue a su coche y condujo lo más rápido que pudo. Estaba decidido a pasar la noche en un hotel, lejos de la presencia de aquellas monjas. Un carruaje que avanzaba con lentitud, le impedía el paso a la calle principal de Londres.
— ¡Vaya! De seguro son turistas. – se dijo antes de hacer sonar el claxon.
El resultado fue inmediato, el carruaje aceleró el paso, aceptando el reto de un adolescente, pero al tener llantas en vez de patas de caballo, el auto de Terry era más delgado, así que tenía la ventaja de rebasarlo. Al pasar al lado del carruaje, con el rabillo del ojo vislumbró dos cabezas rubias y una mirada ya conocida. Sonrió de nuevo y aceleró todavía más. La mansión de su padre estaba a treinta minutos, quizá veinte si mantenía la velocidad constante. Sólo dejaría su maleta y se hospedaría en el Savoy.
Suspiró. Su madrastra estaba recriminándolo de nuevo por regresar. No la escuchaba por completo, desde varios años atrás, aprendió que la mejor solución ante la intromisión recurrente de ese ser, era ignorar todas las palabras que de su hocico salieran. Lo que no podía ignorar, era su presencia y el asqueroso perfume que tanto se empeñaba en utilizar.
— ¡Cállese, señora! – exigió, harto de ella. – ¡Váyase o su cara de cerdo será más fea todavía!
— ¡¿Me dijiste cerdo?! – respondió ella, cubriéndose las mejillas con las enormes manos. – ¡Qué chico insolente! No debiste haber regresado nunca más aquí.
El muchacho tomó su abrigo y abrió la puerta de su recámara, mirando una última vez a la "cara de cerdo".
— ¡Váyase de aquí!
Ella caminó con paso seguro y se detuvo justo al lado del adolescente para declarar con firmes palabras.
— Nunca admitiré que eres heredero de la familia Grandchester.
Terry cerró la puerta, recargando todo su peso en ella. Qué débil se sentía. "La sangre de esa americana indecente corre por tus venas." Escuchó decir de los labios de su madrastra.
— ¡Te ruego que corras a Terruce de esta casa! – exigió la señora a su padre.
Sí, eso quería. Terry también lo deseaba, deseaba que su padre le hiciera caso; tan siquiera para echarlo. Bajó las escaleras, preparado para ir al hotel Savoy. La regordeta mujer le habló al duque acerca de la verdadera familia Grandchester. Terry esperó ansioso para recibir alguna palabra de su progenitor, tan siquiera por el amor que le tuvo a esa americana. Pero sus labios no se abrieron.
Furioso, salió de la mansión y manejó de nuevo a gran velocidad para llegar a su destino. A la mañana siguiente volvería a la cárcel. Por ahora quería descansar de toda regla. Las personas a su alrededor no le agradaban, todas eran demasiado falsas y siempre mentían. No conseguían vivir con sinceridad y la hipocresía era su arma favorita. Se odiaba a sí mismo por vivir de la misma forma.
— Suite 811, sexto piso. – le dijo el recepcionista una vez en el hotel.
¡Hola!
Recibí algunas preguntas que dan a lo mismo, así que quería aclarar, esta historia es un Terryfic. Tendrá algo de romance entre Anthony y Candy, porque en un principio, y no sé hasta qué punto, ellos serán la pareja de la historia, pero no es un Anthonyfic.
Por cierto, esta será la única ocasión en la que publique tan seguido. Procuraré presentar un capítulo por semana. Aún no me decido si será cada jueves o viernes, pero será entre esos días.
De cualquier modo, espero no decepcionarlos. Gracias por seguir leyendo.
