5.
Savoy.
Anthony esperaba en la fiesta que se celebraba en el salón en honor al capitán. Se sentía tan orgulloso de su amada, su persuasión consiguió no sólo una convivencia pacífica con el más cretino de los pasajeros, sino había salvado a una paloma, a pesar de no saber nada de medicina.
— ¿Quién sabe? A lo mejor llegue a ser una gran enfermera, ¿no crees, Anthony? – bromeó ella al ver cómo su paloma volaba, ya recuperada.
En su interior, Anthony deseaba que se cumpliera ese sueño. Así, Candy podría cuidar de él sin que una enfermera hiciera los trabajos que ella podría hacer si se titulaba como enfermera. Deseaba tanto los cuidados de esa muchacha.
Sus primos ya habían partido semanas antes a Londres, pero Candy esperó a que Anthony terminara un tratamiento sugerido por el doctor Salvin, a fin de constatar el daño interno causado por el impacto de la caída. Aún no tenían los resultados, pero Anthony estaba exhausto después de hacer tantos ejercicios, y aunque no sintiera su contacto, la mano que Candy tenía sobre su brazo derecho, lo animaba a continuar.
Ella ahora estaba en la cubierta, era la primera vez que la muchacha bebía vino, y por error, lo hizo demasiado rápido, provocándose hipo. El ojiazul rió al verla disculparse para salir a tomar un poco de aire. Su pequeña torpe.
La fiesta, en otras circunstancias, lo hubiera deprimido, pero al saber a Candy a su lado, la alegría era su único sentimiento. Alguien del personal mencionó que sólo un pasajero faltó a la fiesta, pero su ausencia no era necesaria para que el ambiente estuviera tan alegre. De todos modos, Anthony, al tener un corazón tan blando como Candy, deseó que ese pasajero estuviera bien. Un pasajero del fondo brindó de nuevo por el capitán, quien agradeció alzando su copa.
— Espero que le vaya muy bien, capitán. – le dijo el rubio, quien estaba colocado justo a su lado.
— Igual a ti, Anthony. La vida nos seguirá poniendo pruebas, pero confío en nuestra fortaleza para seguir a pesar de eso.
— Ni que lo diga. ¿Me permite confesarle algo? Cuando sufrí el accidente, creí que la muerte sería preferible, me asusté mucho cuando noté que no podía moverme. Creí que la vida se acababa para mí. Mis primos estaban conmigo, lo sabía, pero temía que no fuera suficiente. Y con seguridad le digo que si no fuera por la sonrisa de Candy, yo no estaría aquí.
El capitán le sonrió. El amor juvenil es el más inocente de todos. Cuando un joven se enamora, pierde la orientación y se sume en una sola frecuencia. Su corazón se detiene cada vez que ve al objeto de su amor y sus palpitaciones son dirigidas sólo por el ser amado. No existe distinción alguna, cuando uno se enamora de joven, pierde la cabeza, ese es el síntoma más representativo del amor.
— Entonces no la dejes de cuidar, Anthony. Mujeres así, sólo una de un millón.
— Lo sé. Le prometo, capitán, que jamás permitiré que alguien intente arrebatármela. No importa mi estado, sé que podré hacerla feliz.
— Ahí viene tu dulcinea, los dejaré solos. – le guiñó el ojo y giró la silla de ruedas de manera en que Anthony pudiera ver como su amada rubia se acercaba a él.
La enfermera de Anthony, de nombre Ellen Banks, miró a la joven pareja reencontrarse. Quizá el joven no podía distinguir una diferencia en los ojos de la chica, pero ella sí. Minutos antes, cuando aún estaba en el salón, sus ojos brillaban de felicidad y agradecimiento, pero ahora una chispa de enojo se asomaba un poco. Ellen estaba segura que algo le pasó a la muchacha cuando salió a la cubierta. Pero Candy no permitió que su amigo lo notara. Desviaba la vista de él cada vez que podía, señalando un vestido o una copa de vino alzada, detallándole a Anthony lo que ella sentía, aunque él ya no la escuchaba; de nuevo se perdió en la profundidad de los ojos de la muchacha.
Al llegar a Londres, Archie y Stear los esperaban en el puerto. Los saludaron con entusiasmo y bromearon un momento, pero la mente de Candy estaba en otro lado. El muchacho que conoció la noche anterior la dejó desconcertada, estaba segura que la primera vez que lo vio, él lloraba, aunque cuando se dio la vuelta y se burló de ella, sus ojos estaban divertidos, no deprimidos. Quizá la neblina hizo que Candy imaginara esas lágrimas, sin embargo, el caballero estaba ahí, en el puerto, mirando el mar. ¿Qué estaría pensando?
El joven volteó a verla, ella palideció y enseguida sintió como Archie tomaba de su brazo y volviéndola a la realidad.
— ¿Estás bien, Candy? Debemos irnos ya.
— Sí, lo-lo siento, Archie. – se disculpó y caminó hacia el carruaje.
Anthony notó que Candy miraba un segundo antes al mar, pero no dijo nada. Debido a que estaba sentado en la silla de ruedas, no distinguió que lo que la muchacha miraba, no era otra cosa sino a otro chico. Después de unos minutos, todos estaban arriba del carruaje. Archie le dijo a George que podían dar un paseo por Londres, aprovechando que tenían un día libre del colegio, pero este respondió que iban de camino hacia el zoológico. Anthony no pudo ver el rostro de Stear, conociéndolo, tendría una expresión de sorpresa; de pequeño le gustaba ir a esos lugares, pero al cumplir doce años, dijo que estaba demasiado grande como para ir. Fue entonces que George aclaró que dejarían a Klin, ya que el colegio al que se internarían, era demasiado estricto y no permitía animales.
— ¡Pero no podemos dejarlo ahí! – alzó la voz Anthony. – Debe existir una forma de esconderlo.
— Los alumnos nuevos tienen que presentar todas sus pertenencias. – contestó Stear resignado.
Candy apretó a su cuatí al pecho y negó con la cabeza. Entonces escucharon un claxon detrás de ellos. El cochero, en lugar de hacerse a un lado, dándole paso al dueño del coche de atrás, utilizó su látigo y obligó a sus caballos a correr más. Ellen tomó a Anthony de los hombros para evitar que se cayera, mientras los demás se agarraban con fuerza al asiento. Finalmente, el coche consiguió rebasarlos y Candy giró la cabeza justo a tiempo para reconocer al conductor.
— ¡Es el chico que conocí anoche! – exclamó. Ninguno de los presentes pasó por alto ese comentario, aún cuando el cochero se desvió un poco para detener el carruaje.
Archie, Stear y George bajaron para observar el daño a las llantas, dejando la puerta abierta.
— Candy… – susurró Anthony, dispuesto por preguntarle por aquél conductor.
— ¿Ocurre algo, Anthony? – respondió ella.
Klin se deshizo de su abrazo y saltó fuera del carruaje. Candy se olvidó de su amigo e imitó al cuatí con una habilidad increíble.
— ¡Klin, no! ¡Archie, ayúdame! – suplicó, siguiendo el camino del animal.
Anthony escuchó los pasos de sus amigos alejarse. Pobre Candy, quizá Klin escuchó los planes de George acerca de meterlo en un zoológico y salió huyendo apenas tuvo oportunidad. Debía pensar en una forma de esconder al animal. Quizá si lo pusieran en sus piernas y encima colocaran un cobertor, funcionaría. Una vez en su habitación, le pediría a Archie, Stear o a Ellen que soltara a Klin en la ventana y así iría con Candy.
— Ellen, ¿traes un cobertor?
— Por supuesto, joven Anthony, ¿tiene usted frío? – respondió ella abriendo su maleta de viaje. – Aquí tiene.
— No, no, en realidad quería que escondieran a Klin en mis piernas. Así no necesitaríamos llevarlo a un zoológico y podría venir con nosotros.
La enfermera de unos treinta años le sonrió con lástima. No creía que el plan funcionase, pero asintió. Estaba al servicio del muchacho, no podía negarse a nada de lo que él pidiera, siempre y cuando no afectara en su salud. Y guardar a un cuatí en sus piernas no representaba ningún riesgo, no en su salud.
— De acuerdo. Si es que lo encuentran, lo apoyaré.
— Cuando lo encuentren, querrás decir.
Permanecieron en silencio un par de minutos, hasta que las voces de sus amigos se hicieron notar cerca de ellos. Ellen giró el rostro y comprobó que la niña sí traía al animal con ella. Aún temblaba de miedo, pero ya no pensaba escaparse. El cochero ya tenía arreglada la llanta trasera que se deformó un poco a causa del encuentro con el jovencito, así que todos subieron preparados para continuar con el viaje. La rubia no dejaba de hablarle a Klin, asegurándole que encontraría el modo de llevarla consigo al colegio.
— ¿Cómo lo encontraron? – preguntó Anthony.
Archie relató como escucharon un disparo y al llegar al lugar, encontraron a Candy arañando a un cazador, acusándolo de asesino, pues dos árboles a su derecha, Klin parecía muerto. Sin embargo, cuando George lo revisó, no encontró ninguna bala en el cuerpo del animalito, así que aseguró que Klin sólo disimuló estar muerto, ya que los cuatíes, al sentirse en peligro, utilizan esa técnica de protección. Candy tomó a Klin en sus brazos y el animal abrió los ojos, reconociendo el aroma de la chica. Eso era todo.
Anthony le sonrió a la adolescente, que estaba jugando con su mascota. Luego les contó su plan para meter a Klin al colegio. Los más jóvenes vitorearon por su inteligencia y aceptaron el plan. George sintió pena por los muchachos que pronto serían separados en el colegio y aceptó darles un paseo por Londres. Todos quedaron maravillados.
Stear se turnaba con Ellen para mover la silla de ruedas de Anthony, mientras Candy no paraba de hablar. Archie siempre se metía en la conversación, no podía evitarlo cuando notaba a la dama tan alegre. Tenía que reconocerlo, aunque no pudiera moverse, Anthony sabía como obtener la felicidad de Candy. Se detuvieron en el Big Ben un momento. Era un reloj en verdad hermoso. La rubia colocó su delgada mano en el hombro de Anthony y este, al ver con el rabillo del ojo los finos dedos de su querida, sonrió. Sabía lo que pasaba en ese momento por la mente de la muchacha. Su único paseo juntos. Gastaron todas las monedas de la venta del becerro que Anthony ganó en el rodeo. Todas menos un par, que ambos guardaban como un tesoro. Era el recuerdo de aquél día. Justo antes de que los encontraran, la pareja se subió a la torre del reloj y esperó a que tocaran las campanadas.
— ¡Anthony! ¡Te estoy abrazando! – exclamó Candy apenada en ese día.
Si supiera lo satisfactorio que fue ese abrazo. Para él, ese abrazo no fue causa de vergüenza, era muestra de afecto, era la prueba que tenía de que Candy lo amaba. También él deseaba ese abrazo, deseaba tenerla entre sus brazos.
Y esa tarde, deseó poder moverse para invitar a Candy a repetir ese último momento. Era consciente de todas las cosas que no haría en el futuro, pero de lo que más le dolía era saber que no volvería a abrazar a Candy. Podía vivir sin todo, incluso sin cuidar de sus rosas, pero no creía soportar tenerla tan cerca de él y no poder tomar su mano.
— Supongo que el paseo ha llegado a su fin. – dijo George, mirando su reloj de bolsillo.
Las miradas de los estudiantes se apagaron al escuchar esas palabras. Y de todas, la de Candy era la más triste.
— Pero todavía no puedo ir al colegio. Tengo que ver a alguien.
Los celos de Archie se incendiaron de inmediato.
— ¿A quién tienes que ver aquí en Londres? – ella sonrió.
— Al tío abuelo William. – George abrió los ojos cuánto podía. ¡Vaya golpe el de aquella jovencita!
— ¡Señorita Candy! Lo siento mucho, pero el señor William no recibe a nadie.
Los muchachos sabían que no importaba cuánto insistiera George, Candy estaba resuelta a conocerlo en ese día. La chica argumentó que tenía derecho conocerlo, pues era ese hombre quien ordenaba su vida, pero el hombre dijo que William estaba fuera de Londres. Los tres primos mencionaron que ellos tampoco conocían al tío abuelo, por lo que decidieron acompañar a Candy. Y en menos de dos minutos, los cuatro jovencitos y la enfermera estaban en un taxi que los llevaría al "Savoy".
Candy sentía como sus manos sudaban a causa del nerviosismo. Por fin conocería a su padre adoptivo, por fin podría agradecerle todo lo que hizo por ella. Archie tomó el control de la silla de ruedas e hizo que corriera por el pasillo hasta que llegaron al lobby. Escucharon el número de la suite en la que se encontraba el viejo y miraron a Anthony con tristeza.
— ¡Vayan! No se preocupen por mí. – dijo él, incitándoles a dejarlo con Ellen. Candy lo miró con dolor un segundo y salió disparada a las escaleras, con Archie y Stear siguiéndola.
— No me gusta dejarlo solo. – confesó la rubia cuando subían.
— No está solo, Ellen está con él. – contestó Stear. – Además, en cuanto nos vea el tío William, querrá ver a Anthony y entonces todos bajaremos. No te preocupes, Candy.
La adrenalina en su sangre evitó que se sintieran agotados una vez llegaron al piso sexto. Estaban tan cerca de la cabeza de la familia. Caminaron despacio por el pasillo, mirando con ansias cada número pegado en las puertas de las habitaciones, hasta que, cerca del final del pasillo, Candy exclamó: ¡Es aquí! La puerta tenía grabado el número 812. Detrás de esta, el anciano Andley descansaba. La jovencita perdió la cuenta de cuántas veces había imaginado a su tutor legal, pero al fin sabría si alguna de esas imágenes eran certeras.
Tocaron la puerta, pero nadie respondió. Los nervios de los jóvenes se sentían en el ambiente. Volvieron a tocar, e incluso Candy le habló. Las primeras palabras dirigidas al hombre que la adoptó. Pero no recibió respuesta. Stear estiró el brazo y notó que estaba abierta la puerta.
— ¡Vamos!
Stear fue el primero en entrar en la habitación, seguido por Candy y finalmente Archie. Una silla alta les daba la espalda; desde donde se encontraban, observaron el humo que despedía un cigarrillo y un brazo masculino que se asomaba.
Así que era él. Ahí estaba William Andley. Candy tomó fuerza y dio un paso adelante.
— Tío abuelo William, soy Candice White Andley. Sólo vine a decirle gracias. – dijo esa voz que Terry conoció la noche anterior. Se quedó callado, quería escucharla una vez más para estar seguro de que era la pecosa. – ¿Tío abuelo?
"¿Qué haces aquí, pequeña pecosa?, ¿Por qué me llamas de esa forma?" preguntó Terry en su interior, justo antes de responderle por fin a la aturdida jovencita.
— ¿A qué están jugando?
Giró la silla para que ellos descubrieran quién estaba ocupando el lugar de ese dichoso "tío abuelo William". La cabeza castaña que divisó en el puerto ahora estaba acompañándola, el chico tenía el cabello a la altura del cuello. Del lado izquierdo de la pecosa, un joven de cabello negro y gafas lo miraba con perplejidad.
— ¿Así que este es nuestro abuelo? – preguntó el último. Su voz era profunda.
— No puede ser. – contestó el castaño, apretando los puños. – ¿Quién es usted?
Grandchester se levantó de la silla, sonriéndole a la rubia. Sacó de su capa una carta que hubiera leído de no haber sido por la intromisión de los jóvenes.
— El huésped de esta habitación olvidó esto. – explicó caminando hacia ellos. Esos ojos verdes lo miraban confundida. – Toma, pecosa. – se despidió entregándole la carta, para pasar entre ella y el chico de lentes.
Sintió la mirada de los tres entrometidos cuando salía de la habitación. Un empleado del hotel lo esperaba fuera de la habitación.
— Esta no es su habitación, señor. Le corresponde la de al lado. – comentó.
— Lo sé, estaba curioseando un poco.
Caminó hasta llegar a la puerta de su habitación, pero su curiosidad lo llevó hasta las escaleras. La pequeña no estaba sola, tenía a dos escoltas que con seguridad no estarían viajando en Londres así. Alguien los estaría esperando en el lobby. Pero al llegar al mismo, sólo divisó a personas de rostro refinado y… y una enfermera sentada a un lado de un rubio jovencito en silla de ruedas. El rubio platicaba con la enfermera como si estuviera divirtiéndose, no estaba atento a la curiosidad de esos ojos azul verdoso. Estaba seguro, aunque desconocía las razones, de que aquél hombre era otro acompañante de Candy. La silla de ruedas debía ser la misma que vio en el puerto, y su cabeza amarilla seguramente era la que estaba frente a la pecosa en el carruaje. Era él.
Después de medio minuto de observarlo, ya con el cigarrillo apagado, el rubio por fin sintió la mirada del arrogante adolescente y fijó sus ojos azules en los de él. La duda estaba impresa en esas turquesas apasionantes. Cualquier otro ser humano, al ser descubierto de aquella manera, hubiera desviado la vista, pero Terry no lo hizo.
— ¿Lo conoce? – le preguntó la enfermera a Anthony.
— No, creo que no. Aunque me parece que él a mí sí. ¿Por qué me mira así?
— Por la silla de ruedas, joven Anthony. Debe acostumbrarse a ese tipo de miradas.
— No, no. Él no me mira de ese modo, me reconoce o me acusa de algo. No está mirando la silla, me está mirando a mí.
Terry escuchó pasos a su espalda y reconoció la voz de la pecosa. Agachó la cabeza y se encerró en el baño. A juzgar por la razón de la visita de los muchachos, saldrían pronto del hotel, así que si Terry salía en ese momento, volvería a toparse con esa rubia. Su mala suerte lo demostraba. Sintió intriga por ese muchacho, sentía que no sólo era acompañante de Candy, sino había algo raro en él, una felicidad casi imposible. Terry lo envidiaba porque esa felicidad le llenaba los ojos, aún cuando estuviera en silla de ruedas y pareciera que no pudiera moverse. Su problema no sólo eran las piernas o los brazos, pues el collarín en su cuello indicaba que el movimiento en su cuello también era débil. Sin embargo, era feliz.
Salió del baño, seguro de no encontrarse de nuevo con la pecosa, pero lo que vio fue a la chica inclinada frente al rubio, tapando sus piernas con un cobertor. Por eso era feliz, entonces. ¡Qué envidia!
¡Hola!
No sé si éste será el horario definitivo, pero trataré de publicar un capítulo cada jueves o viernes.
Quiero advertirles que varias escenas del anime o manga, serán representadas en la novela, aunque no es necesario que sean fieles por completo en persona, fecha o situación.
Les agradezco a todos el tiempo que le dedican a mi trabajo.
¡Saludos!
