6.

El joven Brower.


La hermana Grey estaba enfadada. No desconfiaba del chico en silla de ruedas, él no pudo poner al animal en sus piernas. Culpaba a su enfermera, ella estaba obligada a hacer lo que él le dijera, no podía desobedecer una orden de él.

— Dejaré pasar esta falta por alto, joven Brower. – le dijo la monja, sentándose nuevamente frente a su escritorio. – Sin embargo, no podré permitir que tu enfermera se quede contigo.

Los jóvenes a su alrededor abrieron los ojos cual platos. Estaban estupefactos, nadie podía hacerle eso a Anthony. Candy sintió la necesidad de delatarse, pero él fue más rápido.

— Tengo la orden de la cabeza de mi familia de no separarme de la enfermera. Ellen, sácala, por favor. La tía Elroy la dejó en la bolsa más pequeña de la maleta. Muéstrasela.

La aludida obedeció, sintiendo que nada bueno saldría de ello. Le ofreció la carta a la madre superiora y esperaron a que esta terminara de leerla. Alzó el rostro y dejó el papel a un lado.

— Comprendo su estado, joven Brower, pero no confío en su enfermera. Sé que la necesita, así que le asignaré a una del colegio. Será la señorita Annalee, es de confianza. Ahora, hermana María, lleve a la señorita Candice White Andley a su habitación. Jóvenes Cornwell, retírense. Tengo que decirle una cosa más a este muchacho. – miró con severidad al rubio. Parecía molesto, pero era respetuoso.

— Hermana, no fue culpa de Ellen, por favor. – suplicó Candy, ignorando la puerta abierta que le ofrecía la monja más joven. – Por favor, hermana…

— ¡Fuera de aquí!

Candy quiso decir más, pero la mirada estricta de la mujer le indicó que metería en más problemas a Anthony si abría la boca. Le dedicó un gesto triste a su amado y salió del cuarto. La hermana María la observaba con tristeza, pero no tenía derecho a hablar con ella, excepto para indicarle su habitación.


Anthony escuchaba con atención a la hermana Grey. Ella le explicó las reglas más importantes del colegio, como si él fuera capaz de romper alguna, no podía ni moverse. La señora, de aspecto temerario y tan ancha como un barril, no cesaba de hablar. Lo que Anthony no sabía, es que en ese momento otras monjas discutían con el dueño de la habitación que querían asignarle al chico, pues este se rehusaba a entregarla. Terruce decidió abandonar el hotel después de ver la escena entre ambos rubios. Temía encontrarlos de nuevo, así que regresó al colegio sólo para ver que sus pertenencias ya no estaban ahí.

— ¡Es mi habitación! – le gritó a la hermana Grey.

— Terruce, tú sólo eres un estudiante, no tienes el derecho de poseer la habitación que quieras.

— ¡Pero yo he dormido ahí desde los doce años! ¡Es mía!

— Si crees que ignoro tus paseos nocturnos, estás muy equivocado, Terruce. De todas formas, el cambio ya estaba aclarado desde hace algún tiempo. Es hora de que te eduques. En el segundo piso tan siquiera tendrás que esforzarte más para escaparte.

— ¡Por favor! ¡Cómo si no pudiera bajar las escaleras y salirme! – se agarró la cabeza, desesperado. – ¿Qué tiene ese Brower que lo obligue a estar en el primer piso?

— Eso no es de su incumbencia. Ahora, le ruego salga de aquí, que por el momento espero a los nuevos estudiantes.

Entonces él venía en camino. El tal "joven Brower" estaba por llegar. Si se le ocurría cruzar la puerta del colegio y robarle su habitación, pagaría las consecuencias. Le lanzó una mirada envenenada a la monja y corrió hasta llegar a su habitación. La mujer le hizo una seña a una hermana y le dijo que tendrían que sacar al joven Grandchester antes de que destrozara la habitación. Y cuando lo consiguieran, ella regresaría a avisarle a la hermana.

— Tu nueva habitación está más amplia, ¿no lo ves, Terruce? – le dijo una monja, llevándolo al cuarto de arriba. Parecía que estaba rindiéndose, por fin.

— Por ahora han ganado la batalla, pero no la guerra. – respondió, tumbándose en la cama. – Ahora, déjenme solo.

La monja encargada suspiró aliviada y cerró la puerta. Al fin cumplió con su trabajo. Cuando hizo sus votos en la iglesia, jamás creyó que su trabajo consistiría en tratar con adolescentes necios como Terry. Lo que no sabía, era que antes de que ella llegara a la habitación designada a Brower, el muchacho ya había aflojado algunos tornillos en la cama, y roto una llave en el baño. Vaya sorpresita que se llevaría el nuevo estudiante. Terry esperó con la ventana abierta, preparado para escuchar los gritos de su compañero, que el creía desconocido.


Pasaron veinte minutos antes de que escuchara como la ventana de abajo se abría de par en par, pero era una voz femenina la que se oía. Se levantó, curioso, y asomó la cabeza por el balcón. No pudo ver nada, pero identificó la voz de la mujer como la de Annalee, la enfermera más delgada del hospital. Se preguntó qué estaría haciendo ahí, pero no se atrevió a bajar. Intentó descifrar el diálogo de ambos personajes, pero Annalee ya estaba dentro de la habitación, así que sólo le permitía a Terry escuchar un débil murmullo. Cruzó los brazos en su pecho y esperó a que anocheciera, con un libro en las manos, ignorando la hora del receso. Tenía que escuchar a su contrincante gritar antes de volver a la cama.

Apenas pasaban de las seis de la tarde cuando los oídos de Terry quedaron satisfechos, aunque confusos. Fueron dos gritos los que salieron del cuarto, uno femenino y el otro masculino. Escuchó pasos desesperados en el pasillo y al asomar la cabeza, reconoció a las escoltas de la pecosa que bajaban la escalera. La inteligencia de Terry era sorprendente, así que al verlos así, comprendió quién estaba en el cuarto de abajo, entendió el peligro en el que estaría el muchacho rubio y siguió a los guardaespaldas de Candy. Cuando llegó al cuarto, encontró a Annalee mojada de pies a cabeza, cargando al rubio, también mojado, ayudada por el castaño, con la intención de recostarlo en la cama.

— ¡No! – exclamó Terry, entrando a la habitación.

— ¡¿Otra vez tú?! – preguntaron los tres muchachos.

— ¿Qué te ocurre? – cuestionó el moreno, acercándose a él.

Terry ya insistía en devolver a Anthony a la silla de las ruedas. El rubio lo reconoció de inmediato. Había cambiado la capa azul marino por un suéter de un tono más bajo. Por fin consiguió que bajaran el cuerpo de Anthony. Se hincó frente a la cama, sacó de su bolsillo una llave inglesa y acomodó un par de tornillos. ¿Cómo sabía él de esos defectos en la cama? Trabajó en silencio cerca de cinco minutos y luego recargó la mano derecha en la cama, comprobando su firmeza. Suspiró con alivio y se levantó.

— Está lista para su uso. Ahora sí puede descansar. – dijo antes de dirigirse al baño.

Archie miró al misterioso muchacho un segundo y luego sentó a Anthony en la cama. Todos permanecían en silencio. Stear siguió con sigilo al otro adolescente y lo que vio le sorprendió. El agua aún salía a chorros por la llave, pero fue deteniéndose mientras él apretaba una llave más pequeña en la parte de abajo de la regadera. Él estaba más mojado que Anthony y Annalee, pero no parecía afectarle. Metió la herramienta a su bolsillo, se sacudió las manos y se levantó del piso del baño.

— Informaré a la hermana Grey de la fuga del baño. Con permiso. – se despidió, pero Stear lo detuvo del brazo. – No es una buena idea tomarme de ese modo, muchacho.

— No, no puedes irte sin antes agradecerte las molestias que te has tomado.

— En realidad, no hay nada que agradecer. – confesó, soltándose.

— ¡Hey! – le gritó Anthony. Terry se detuvo. – Aún no nos has dicho cómo supiste lo de la cama. – el aludido sonrió, ganándose la desconfianza de Archie. – O porqué lo hiciste…

— Salúdame a la pecosa, ¿quieres? – contestó antes de salir de la recámara.

Archie apretó los dientes. Ahora ya sabía que lo odiaría de por vida. ¿Cómo podía ser posible que una persona tan arrogante como él tuvieraa el privilegio de conocer a Candy? El alma tan pura de la muchacha no podía convivir con un alma tan ennegrecida como la de ese muchacho.

Annalee, ¿quién es él? – preguntó Anthony, algo receloso por la última frase del chico.

— Le ruego lo perdone, joven Anthony. Él es Terruce Grandchester, dormía en esta recámara antes que usted llegara. Si me preguntaran, diría que él mismo rompió la llave del baño y aflojó los tornillos de la cama. Casi nadie confía en él.

— Yo tampoco. – masculló Archie, cruzándose de brazos.

— No creo que sea tan malo si vino a arreglar todo. – intervino Stear. – Además, ni siquiera preguntó del estado de Anthony, como otros hubieran hecho. Quiero decir, no podemos acusarlo de entrometido.

— ¿Y qué me dices de Candy? ¿Por qué la conoce?

Annalee aprovechó la conversación entre los jóvenes para sacar el pijama de Anthony del armario. Era muy profesional en lo que hacía, por lo que no se metía en las pláticas a menos que se lo pidieran. Como para muchos en el colegio, Terry era objeto de su curiosidad, pero no le importaba realmente lo que se dijera de él. Sólo le parecía interesante, pero no se esforzaba por averiguar mucho.

— Sabemos que ella sí es una muchachita interesada en los problemas ajenos, amigos. Quizá lo vio en algún lado de América o…

Anthony recordó de repente las palabras de la joven en el carruaje y lo comprendió. "¡Es el chico que conocí anoche!", dijo ella. Ahora entendía porqué llegó un poco cambiada la noche anterior. Entonces era él, Terruce. Lo conoció en el barco, cuando ella salió a la cubierta; pero algo le hizo ese joven, porque en los usuales ojos alegres de la dama, estaba una chispa de molestia, y no era fácil hacerla enojar. Si Anthony descubría que la humilló o lastimó, se lo haría pagar. Estaba harto de ver cómo había sufrido durante su estancia con los Leagan, así que no toleraría que alguien más lastimara a su niña.

— Tendré que pedirle que se retiren, señores. – interrumpió Annalee, caminando hacia su paciente particular. – Por favor.

Los hermanos Cornwell asintieron y salieron del cuarto, despidiéndose del rubio de manera cortante. Los tres pensaban en el muchacho que conocieron ese día. Vaya bienvenida a Inglaterra.


La hermana Grey estaba roja de coraje. El estudiante que más dolores de cabeza le causaba, acababa de decirle que la llave del baño de su antigua habitación estaba rota, con la cara de tranquilidad más cínica que había visto en su vida. Actuaba como si ella no supiera quién era el culpable de esa estúpida travesura, como si no arriesgara la vida de un estudiante con sus bromas y su inmadurez. El muchacho se rascó la nariz y esperó a que la monja le dijera algo, tan siquiera que lo mandara al cuarto de meditación o lo encerrara de nuevo en su habitación.

— Sólo sal de mi vista. – ordenó ella, sobándose la sien.

— ¿No arreglará ese baño? ¿Cómo espera que ese Brower se bañe mañana?

— Lo que me pregunto es cómo te bañarás tú. Hasta que arreglen ese baño, tú dormirás ahí. Conseguiste lo que querías, ahora déjame sola, que mandaré a otro par de enfermeras para subir al señor Anthony a tu habitación.

Terry abrió los ojos desmesuradamente. Era el colmo. Se suponía que le agradecerían el arreglar la cama del tal Anthony y evitar que se terminara desnucando, no debían mandarlo a bañarse a cubetazos. Maldijo una y otra vez dentro de sí y salió del cuarto. Esperó afuera de su antigua habitación hasta que sacaron en medio de la noche, al rubio con el pijama puesto en su silla de ruedas, y lo subieron con trabajos al piso de arriba. Sintió la mirada de desconcierto del muchacho, pero esta vez no le respondió. Estaba en verdad enojado con él, aunque no tuviera la culpa de nada. Algunos estudiantes presenciaron la escena, algo escépticos. Terry escuchó varios comentarios acerca de su silla de ruedas cuando Anthony desapareció de su vista. Grandchester quiso gritarles que se callaran, pero no quería seguir metiéndose en problemas. Se metió en la habitación y azotó la puerta, consciente de que todos lo escucharían. ¡Qué día tan difícil! Necesitaba un trago.

A la mañana siguiente, sentía frío hasta en los huesos. El agua que dejó correr para bañarse estaba en verdad helada. Se odiaba a sí mismo por romper la llave de esa manera. Quiso sentirse mejor al darse cuenta que no lastimó a Anthony, pero su mente traicionera le debatió que era seguro que él sólo sentía frío en las orejas, si acaso. ¡Hasta por eso lo envidiaba!

Era domingo, la misa comenzaría en unos minutos. Se cubrió con la colcha y se quedó un momento más en la recámara. Quería ver a la pecosa, sabía que estaba en el colegio por sus dos guardaespaldas, pero deseaba causarle una gran impresión; así que llegaría a plena misa. Mientras tanto, disfrutaría del calor de su habitación. La última vez que una helada así lo atacó, fue de camino a la casa de su madre. Minutos después, Eleonor le ofreció algo caliente, pero él se fue antes de que se hiciera realidad. Ahora sí necesitaba con urgencia una bebida caliente. Los temblores en su cuerpo eran cada vez más constantes, hasta que sus dientes comenzaron a castañear. Era suficiente, tenía que salir ya de su habitación o pronto sería un hielo. Tomó su chaqueta negra, la colgó en su hombro y se dirigió a la iglesia. "Maldición, hace tanto frío.", se dijo antes de tomar fuerzas y mentir como su madre lo hacía en el teatro: actuando.

Escuchó el sermón del sacerdote, asegurándoles a los presentes en la iglesia que las buenas acciones se cobijarán en las almas. Patrañas. El muchacho se alzó de hombros y abrió las enormes puertas de la casa de Dios. Ojalá alguien hubiera pintado un cuadro con la expresión de sorpresa de todos, ¡vaya comedia!

— Es Terruce Grandchester. – presentó la hermana Grey. Terry caminó en el pasillo principal buscando a su objetivo, quien era la única torpe que estaba vestida de blanco. Sonrió adivinando que era otra rebelde y se detuvo a medio camino. – Llegas tarde, como de costumbre. No importa, siéntate y ponte a rezar. – el aludido no pudo contener la risa, en verdad adoraba la cara de todos, incluyendo la del "cabeza de mostaza" que tanto parecía agradarle a la pequeña pecosa. – ¡Terruce G. Grandchester! ¿Qué es lo que le da tanta risa?

— Nada… es sólo que es cómico verlos rezar. – respondió subiendo un pie a una banca. – Se ven tan gentiles así en misa. ¡¿Quién sabe en qué estarán pensando en el fondo?!

Logró su fin, ya sentía en la nuca la mirada de la ojiverde. Eso sería todo. La monja estaba balbuceando su castigo, así que Terry la ayudó.

— ¿"Fuera", no es cierto? No se preocupe, conozco el camino. Además, no tengo porqué disculparme.

— ¡Terruce! ¡Espere! ¡Aún no he terminado!

— ¿"Ven a mi oficina"? ¡¿Es eso?! Entonces iré. – se dio la vuelta y caminó unos pasos adelante, hasta que quedó a la altura de Candy. – Bien, ¡adiós, buenos estudiantes! ¡El cáncer se va! – supo que esa rubia lo seguía con la mirada hasta que salió de la iglesia. – Ahora sí, iré a la cocina por un buen café. – se dijo otra vez temblando. – Y pensar que en ese lugar se siente todavía más frío.

La cocina era un lugar amplio, se encontraba en la parte posterior de una de las alas del colegio. Desde varios metros antes, el olor a guisantes era muy fuerte. Las ollas de barro y el murmullo de los empleados era el ambiente que más le agradaba a Terry. En ese lugar, no encontraba hipocresía, sólo un trabajo honesto y duro. El muchacho ya era conocido por los cocineros, que de alguna forma, no le temían. Permitían que él tomara lo que deseara, pues sabían que prefería comer solo, en una hora distinta a los demás. Era muy solitario, pero no malo.

— Buenos días, Terruce. – lo saludó Brian, uno de los cocineros más jóvenes. – ¡Estás temblando, ¿quieres chocolate caliente?! – exclamó una vez el joven se sentó en uno de los bancos que estaban recargados en la pared de la cocina rectangular.

— Por favor, Brian.

— ¿Estás resfriado, muchacho? – preguntó otra cocinera, su cabello rojizo estaba blanqueándose a causa de la edad. Terry negó con la cabeza. – Anda, déjame atenderte, tus dientes están castañeando.

— He dicho que sólo quiero chocolate caliente, Prudence.

— Bueno, pues ponte la chaqueta, entonces. Aquí tienes. – respondió Brian, dándole una taza amarilla. Ya era suya desde que pasaba más tiempo en la cocina que en sus clases. – Me enteré que recibiste de mal agrado a un jovencito americano. – El adolescente no respondió y sorbió su chocolate. – Pero parece que te salió mal el plan, ¿no es así?, ¿por eso te enfermaste?

— Me enfermé por el frío que está haciendo, ¿de acuerdo? Brower no tiene nada que ver. Además, ¿no te enteraste que lo salvé? – en serio le molestaba que de él sólo corrían malos rumores. Haces algo bien y nadie te felicita, cometes un error y todos pierden la cabeza. Nadie le respondió, pero Prudence le ofreció un pan; hasta ese momento, no se dio cuenta del hambre que tenía. – ¿Saben algo de los Andley?

— Ah, sí. Escuché algo de una huérfana que fue adoptada por esa rica familia. Creo que su nombre es Candy. – el rostro del chico se iluminó por un segundo. A donde quiera que fuese, el rostro de la muchacha lo perseguía. – Durante el receso de ayer, una estudiante la acusó de haber tirado a un tal Anthony del caballo, provocándole una parálisis.

Grandchester asintió levemente y siguió desayunando, mientras su cerebro absorbía todo lo que escuchaba de la familia Andley. Nunca sintió interés por nadie, pero la felicidad de Anthony Brower lo desconcertaba, al igual que esa jovencita amiga suya. Pronto se olvidó de su fiebre y su mente comenzó a vagar alrededor de esa pareja tan fastidiosa.

Apenas había transcurrido poco más de 30 horas de conocer a Candy y ya no se sentía igual. Sus intereses tomaban otra dirección. Por supuesto, desconocía que compartía esa sensación con otra persona.


¡Hola!

Muchas gracias por seguir leyendo. También agradezco mucho sus comentarios, me gusta estar en contacto con ustedes.

Espero les siga agradando la lectura. Como sea, nos leemos la próxima semana.

¡Saludos! Y que tengan una agradable semana.