7.
Propuestas.
Candy paseaba con Anthony cerca de la colina que conoció después de perder su clase inicial. Era su primer paseo en el colegio. Ya cumplían una semana en la cárcel. El golpe de la separación fue duro: pasaron de verse diario, a todas horas y en cualquier momento, a tener que verse a escondidas en la habitación de Anthony, cuando la enfermera se despedía y se marchaba del cuarto. En un par de días, Candy saltó a la habitación de Archie y Stear, ya que la enfermera no salió a la hora acostumbrada; aún así, Candy se divertía mucho con los hermanos Cornwell.
— Es muy parecida a la colina de Ponny, Anthony. – le dijo la muchacha una vez llegaron a la cima. – ¿Ya viste este árbol? Es como el padre árbol. ¿Recuerdas cuando te conté acerca de él? – Klin, quien ahora vivía en un agujero del árbol, bajó con rapidez, pero la pareja lo ignoró.
— Sí, es el árbol que protege a los niños… y en él aprendiste a trepar. – rió divertido. Candy le sonrió. – Si tienes deseos de hacerlo en este, no te detengas por mí, en serio.
— Oh, no, no quise decir eso. Yo quiero estar aquí, contigo. – confesó sonrojada.
Desde la misa anterior, Candy no había visto de frente a Terruce Grandchester, pero su mente aún lo tenía presente. Cuando descubrió la segunda colina de Ponny, creyó verlo segundos antes, pero cuando llegó, ya no estaba. "Quizá sólo estoy demasiado preocupada por él, debe ser normal.", pensó. Sin embargo, Anthony era capaz de absorber todos sus pensamientos cuando lo tenía enfrente. Cada día que pasaba, él le demostraba más y más su cariño, estaba casi segura de que pronto se derretiría ante tanta miel. Se sentía tan feliz con su rubio favorito.
— Candy, – la llamó Anthony con voz queda. – he querido hablar contigo respecto a algo desde… desde antes del accidente. Pero creo que es la primera vez que estamos solos en mucho tiempo.
Ella dejó de mirar al horizonte y colocó una mano en el hombro de su amigo. Temía a sus palabras y tono de voz. Nada bueno salía de su boca después de usar ese tono. Rogó por la salud de su amigo de hermosos ojos azules y luego se hincó frente a él.
— ¿Qué pasa, Anthony? ¿Estás bien?
— Sí, sí. Perdóname si te he preocupado, Candy. Sólo quería hablarte de algo que… que no puedo callarme por más tiempo. Sé que esto sonará extraño y quizá no es lo adecuado, sobre todo teniendo en cuenta mi estado, pero… – la rubia lo miraba asustada. Quizá el asunto fuera aún peor de lo que imaginaba, él no se lamentaba por su condición casi desde que se enteró del accidente. – Candy, sólo prométeme que si te niegas, no dejarás de ser mi amiga.
— ¡Anthony! – la mirada del chico era suplicante. – Te lo prometo, sea lo que sea, no te dejaré.
— Anoche lo hablé con Stear y Archie. Quiero cortejarte formalmente, Candy. – soltó con firmeza. Ella se quedó muda, un nudo en su garganta se formó de inmediato. Estaba preparada para cualquier mala noticia, pero no para aquello. Su corazón latía tan rápido que estaba segura que ni las campanadas del Big Ben podrían superar su alcance. – ¡Estás pálida! ¿Necesitas algo? ¡Candy, vayamos a la enfermería! ¡Candy!
— No… No, Anthony. – respondió ella, agarrándose el pecho. – Trataré de controlarme, estoy bien. Sólo que no esperaba esa… esa propuesta. – admitió recuperando el rojo de sus mejillas.
— Si te incomodé, perdóname, por favor. Si quieres, olvídalo. Yo… yo comprenderé que ya no soy el mismo que conociste y… – la muchacha colocó su dedo índice en los labios del muchacho.
— No lo entiendes, Anthony. Es… es la mejor propuesta que me han hecho en toda mi vida. Jamás fui tan feliz como este día. ¿Cuándo aprenderás que para mí no hay diferencia entre este Anthony y el Anthony que conocí?
La felicidad que sentía el muchacho no se podía comparar con nada. Se sentía tan dichoso por tener el cariño de la mujer más perfecta que conoció después de su madre, que no podía sentir la mirada del espía que estaba encaramado en el mismo árbol que Candy señalaba como el gemelo del padre árbol. Para él, su único mundo ahora era Candy. Después de ese día, sólo esperaría a cumplir cuatro años más para proponerle matrimonio. Nada los separaría.
— Prométeme que no vas a alejarte de mí, por favor.
Ella sonrió antes de abrir los labios para responderle, pero el humo de un cigarrillo interrumpió la delicada armonía. Ella reconoció ese olor y se levantó, buscando el origen. El chico rubio la llamó varias veces, pero Candy le pidió que esperara un momento, estaba buscando algo. Aunque amaba a Anthony, otro chico le causaba mucha curiosidad, tenía que encontrarlo. Su cabeza podía crear ilusiones de él en la segunda colina de Ponny, pero no podía crear un olor así en un momento tan romántico como el que vivió segundos antes. Klin subió al árbol, tratando de indicarle a Candy de dónde provenía el humo, pero ella no lo vio.
— Lo siento, tortolitos, creo que van a empezar las clases. – dijo esa voz arriba de la cabeza de Candy.
Anthony reconoció ese sonido y apretó la mandíbula. Jamás le dijo a Candy que Terruce la mandó saludar la primera noche de su estancia en el colegio, sentía lo mismo por él que Archie. El joven bajó del árbol de un salto y se paró frente a la rubia, ocultándose de la vista de Anthony. De inmediato, Candy se sintió cohibida a causa de que su escena romántica fuera presenciada por el rebelde estudiante.
— ¿Qué no irán a su clase o prefieren que los deje solos para que se besen a gusto?
— Terry… – susurró Candy.
Anthony moría de celos, la escena ocurría a sus espaldas, ocultándole las miradas de ambos. Se sentía tan ajeno a esa situación. Los pasos de Terry se acercaron a él un segundo después. Sus ojos azul verdoso jamás se posaron en los azules del rubio. El adolescente sólo pasó por su lado y siguió caminando con el cigarrillo en los labios. Anthony le contaría a Stear que ahora sí podía culparlo de entrometido.
— Terry, ¡espera! – le gritó Candy corriendo detrás de él, ignorando que aquella acción molestaba aún más a su amado. El aludido se detuvo. – Apaga tu cigarro, por favor.
— Pe- ¿perdón? – preguntó él, volviendo la vista hacia la chica. – ¿Por qué?
— Esta es la segunda colina de Ponny y no permitiré que la usurpes de esa forma. Anda, dámelo. – levantó la mano y le arrebató el objeto de la boca, para tirarlo al piso y aplastarlo con la suela de su zapato. – Ahora ya puedes ir a tu clase.
Anthony notó la mirada de confusión del rebelde. Sabía lo que estaba pensando, el coraje de Candy al retar así a Grandchester era enorme, tanto que se convertía en admirable. ¿Por qué Candy no se daba cuenta de lo que provocaba con su actitud? Aunque este castaño no caería en las manos de Candy con tanta facilidad. Sus ojos se enfriaron de nuevo, metió las manos en los bolsillos de sus pantalones y sacó una caja de cigarrillos que le ofreció.
— Si querías uno sólo tenías que pedirlo.
— ¡Oye! – le gritó Anthony, ya enojado de verdad.
— Oh, ya entiendo. ¿El cigarrillo es para ti? Bueno, pueden compartirlo. – sacó uno de la cajetilla.
— ¡Basta! ¡Sólo aléjate de ella! – amenazó el rubio. Su compañero guardó la droga en su bolsillo y lo miró algo enojado.
Candy temió por aquél encuentro entre dos tonos distintos de agua y se interpuso entre las miradas, un segundo antes de tomar la silla de ruedas y rodear la colina, sin siquiera despedirse de Terry. No hacía eso sólo para evitar el enojo del muchacho, sino porque en efecto, pronto sonarían las campanas y entonces estaría en problemas si no llevaba a Anthony con los chicos antes de que las monjas se dieran cuenta que estaba con ella. A pesar de que sus manos estaban alejadas del cuello de Anthony, pudo percibir el enojo fluyendo en él, el calor de sus orejas se sentía en la piel de la joven. Quiso consolarlo de alguna manera, asegurarle que Terry no la lastimaría ni la incomodaba, pero no pudo salir nada de sus labios.
Archie y Stear esperaban a Anthony y Candy cerca de la cocina. Era el mejor lugar para encontrarse en secreto, ya que pocas personas pasaban por ahí y los cocineros casi nunca abrían la puerta. Los vieron acercarse y corrieron a su encuentro. Esperaban verlos riendo e incluso más cariñosos que de costumbre, pero el rostro de Anthony demostraba que algo malo había pasado.
— ¿Todo bien? – se atrevió a preguntar Stear. Candy no respondió y se despidió con la mano de sus tres amigos. – ¿Anthony?
— ¿De qué es la clase? ¿Literatura? – respondió, ignorando la preocupación de sus primos. Ellos lo miraron confundidos. – Vamos, no pasó nada.
— Bueno, pero hablaste con Candy, ¿no? – insistió Archie, con la fina esperanza de que ella lo rechazara. Esa pregunta le devolvió la sonrisa a Anthony, destruyéndole el corazón a Archie. – Ya veo que sí.
— Gracias, ahora sí olvidé el incidente con Grandchester. ¿Por qué no nos vamos ya?
La clase de literatura no era tan mala, después de todo, era la que Terry más disfrutaba, a pesar de la voz de tortuga del profesor Stevens.
Cuando llegó, tarde como siempre, el origen de su enojo estaba sentado enfrente suyo. Annalee tomaba apuntes por él, pero Anthony seguía al profesor con la mirada. La clase se detuvo cuando Terry pasó al aula y tomó su lugar.
— Vaya, vaya, veo que decidió tomar esta clase, joven Grandchester. ¡Qué alegría! Ahora sí están todos mis alumnos reunidos.
Terry sacó unas hojas sueltas y asintió. El anciano profesor siguió con su clase. Terruce sabía que debía controlar su enojo, más aún cuando tenía a las escoltas cerca del cabeza de mostaza. Además, no se atrevía a lastimar a Anthony, no sentiría nada si lo golpeaba, no serviría de nada. A pesar de eso, sí que tenía deseos de alejarlo de la rubia. Por alguna razón que aún no entendía, cada día sentía más envidia hacia el chico. Apretó con fuerza su pluma y sin querer, la rompió por la mitad.
Archie volteaba con disimulo a ver a Grandchester. Se veía muy enojado y no dejaba de taladrar la cabeza de Anthony con su profunda mirada. Fuera lo que fuera que pasó momentos antes, lo hizo enfurecer. Temió por el bienestar de su primo, así que se prometió hablar con él apenas concluyera la clase, pero las siguientes circunstancias cambiaron todos sus planes.
— Shakespeare representa el papel más importante para los dramaturgos actuales. Sus tragedias son las más representadas, incluso en Broadway. – decía el señor Stevens.
Annalee apuntó las últimas palabras del profesor antes de que se escuchara el caer de una silla de espaldas. Al girar el rostro, descubrió a Terruce Grandchester de pie, con los puños apretados y fulminando al pobre maestro a través de sus frías pupilas. Todos esperaron en silencio a que dijera algo, pero el muchacho simplemente tomó su chaqueta y salió del aula. Pocas veces se le veía tan enojado como en esa clase. Después de eso, sería normal encontrarlo de un humor insoportable.
Candy se sentía inquieta en su clase de matemáticas. Por más que intentaba escribir algo, no podía concentrarse. Miraba con frecuencia a la hermana Margaret, simulando ponerle atención, aunque sólo ella se engañaba. Por su cabeza no dejaba de reproducirse la misma escena. Se sentía tan culpable, pero todavía no sabía porqué.
Minutos antes, Terry estaba frente a ella, mirándola con reproche, como si lo hubiera traicionado. Sólo un segundo, sólo un segundo bastó para que esa mirada se cobijara en el corazón de la muchacha.
— Terry… – susurró ella.
Era la primera vez que ella se dirigía a él por su nombre, o casi su nombre. Sentía que decirle "Terruce" sonaba a frialdad, y la curiosidad que sentía por él no era nada fría. Quizá fue su imaginación, pero al llamarlo de esa forma, un atisbo de sorpresa cruzó por el rostro del inglés. Cerró los ojos un momento y luego se alejó. Candy ya no notaba el humo del cigarrillo, pero al verlo caminar, sintió una urgencia indescriptible por correr hacia él. No sabía qué creer, por qué pensaba tanto en él. ¿Qué tenía Terry?
— Candy, vámonos ya. – le susurró Patty O'Brien. – Ha terminado la clase, ¿necesitas ir al médico? Estás pálida.
— ¿Me creerías si te dijera que es la segunda vez que me dicen eso el día de hoy? – respondió ella dándose la vuelta. – Pero no, estoy bien, Patty. Vámonos, está bien.
— Si quieres podemos ir, no hay problema para mí. Puedo comer después.
— Oh, no. Quizá es eso, tengo tanta hambre, ¿sabes?
Pero fue inútil. El rostro de Terry aparecía hasta en la sopa. Candy ignoró sus ilusiones y se fue a la cama a una hora temprana. Esa noche no visitó a Anthony, después de todo, estaba segura que él estaba enojado con ella. Pensar en su adorado Anthony la hizo sentirse un poco más culpable. Recordó su conversación tan romántica. ¿Cuánto tiempo esperó para eso? Ya había perdido la cuenta. Creyó que el día en que se hiciera realidad su sueño, pasaría horas pegada a él, recitándole su amor a cada segundo, creyó que su mente estaría en el portal de las rosas y que sólo el nombre de Anthony saldría de sus labios. Enterró su rostro contra la almohada y ahogó un grito de desesperación. Hizo su oración de costumbre y después de cuarenta minutos, por fin se durmió.
En sus sueños, escuchó de nuevo los cascos del caballo de Anthony antes del accidente, seguidos por el grito de horror del muchacho. No veía imágenes, sólo oía sonidos. Repetidas veces Candy le pidió que se bajara del caballo, pero el grito seguía escuchándose. No había golpe final, aunque ella recordaba el momento exacto en el que su cuerpo cayó al césped. Una vez más sonó en su cabeza su peor pesadilla, pero esta vez, el ruido de la caída finalizó el sueño. Candy abrió los ojos y sacudió la cabeza.
Estaba prohibido pasear por la noche, pero ella necesitaba un respiro. Se cambió el camisón por un vestido cómodo y salió por la ventana, yendo de árbol en árbol hasta acercarse a la segunda colina de Ponny. Quizá Klin ya la había perdonado por ignorarlo por la tarde, y entonces podrían jugar un rato.
Pero cuando llegó a la colina, detectó de nuevo un hilo de humo. Una persona estaba recostada a unos metros de ella. Supo que se trataba de Terry. Se quedó quieta, hasta que decidió acompañarlo esa noche. Él tendría insomnio, igual que ella, así que podrían comprenderse. Pero al acercarse más, notó que el muchacho tenía un libro abierto en el pecho, y sus labios se movían con soberbia. Observó de nuevo el libro y notó que era "Hamlet", de William Shakespeare. Y lo que Terry hacía era aprenderse los diálogos. Dio un paso atrás y decidió irse, pero como en la ocasión pasada que quiso alejarse sin que él lo notara, Terry preguntó:
— ¿Hay alguien ahí?
Candy cerró los ojos y se rindió.
— Sí, discúlpame, no quise molestarte. – respondió ella, regresando hacia él.
— ¿Qué? ¿Me vas a decir que otra vez creíste que estaba muy triste? – bromeó él, incorporándose. – Anda, siéntate. Estaba bromeando.
Ella obedeció y recargó su espalda en el tronco. Su nariz se arrugó cuando sintió el humo del cigarrillo introducirse en su cuerpo. Esta vez, el muchacho aplastó el cigarrillo en el pasto y miró al cielo. Esa noche su insomnio no era por otra cosa que no fuera su madre. La clase de literatura no ayudó a que la olvidara u olvidase la pasión que compartía con ella. Decidió enfrentarla, tomar uno de sus libros de teatro y salir a estudiar. Si tenía una afición por el teatro, se dedicaría a estudiar cada obra que encontrara, sería un gran actor; incluso superaría a su madre. Toda América estaría a sus pies. Algún día.
Candy quiso hablarle, preguntarle acerca de su falta de sueño o del libro de Shakespeare, pero sólo pudo quedarse quieta y mirar la luna. Esa entrometida que se mete por las ventanas de todo el colegio, robándole los más íntimos secretos y revelándolos en la oscuridad de la noche. Candy temía que la luna le confesara a Terry que ella estaba ahí por él. Sólo por él.
— ¡Klin! – exclamó ella, irrumpiendo en los pensamientos de ambos. Su compañero volteó a verla algo desconcertado. – Lo siento, ¿no has visto a un cuatí?
— Ah, sí. Sigue dormido. Le traje unos dulces de la cocina el otro día. ¿Es tuyo? – respondió, mirando al árbol.
Qué pestañas tan negras se le veían en esa pose. Ahora Candy veía las diferencias claras entre Anthony y Terry. Además del color de los ojos, la nariz de Anthony era más pequeña y menos afilada, los labios de Terry eran más delgados, y sus pestañas eran negras, eso oscurecía sus ojos a lo lejos; mientras que las de Anthony eran alargadas y no tan tupidas, por eso sus ojos azules se veían desde varios metros atrás. Aún así eran muy parecidos.
— Sí, primero fue de Annie, mi mejor amiga. Luego fue adoptada, así que lo heredé.
— ¿Annie? Creí que la chica gordita era tu mejor amiga.
— ¿Quién?... ¡Patty no está gordita! – la defendió, golpeando a Terry en el brazo. Este rió y se dejó caer a un lado.
— ¡Ya, ya, ya! – pidió, tomándole las muñecas. – Vamos por algo de cenar, ¿quieres?
Era cierto que Candy no bajó a cenar esa noche, a causa de su desesperación, pero no creía que Terry lo notara. A menos que dijera eso porque él tampoco hubiera cenado. Aún así, esa propuesta era algo atrevida.
— No… creo que no, Terry. – susurró ella, evitando su mirada profunda.
— ¿Qué? ¿Por qué no? – otra vez su tono de voz era sombrío.
— Yo… yo tengo novio, Terry. – le recordó, apretando la falda de su vestido con las manos.
— Sí, Anthony, lo sé. Estoy invitándote a la cocina del colegio, no al mejor restaurante de Londres. Chica pecas, son las dos de la mañana, no hay nada más que bares abiertos a esta hora.
— ¡¿Chica pecas?! – explotó ella, levantándose de un salto. – ¡Soy Candice White Andley!
"No, esa noche dejaste de ser Candice White Andley. Para mí sólo eres mi chica pecas.", le respondió Terry en su mente.
¡Hola!
Dada la amplitud de la novela, he decidido publicar dos capítulos por semana, procuraré que sean los lunes y jueves, o martes y viernes.
Les agradezco a todos sus comentarios y apoyo con el fic, me gusta sentirme acompañada cuando escribo una historia.
Espero les haya gustado el capítulo, creo que ya se van descubriendo algunas cosas, entre ellas, el apetito nocturno de Terry. Me encanta esa cualidad de él, ya sé que esto no sale en el anime o manga, pero quise ponerle más realismo a los personajes, y siendo que él no come con los alumnos, tiene pocas oportunidades para cenar dentro del colegio, y sólo se me pudo ocurrir un apetito a las dos de la madrugada.
Como sea, nos leemos el jueves o viernes.
¡Saludos!
