8.

Incidente en la cocina.


— ¿Sabes que cuando frunces la nariz se te mueven las pecas? – se burló Terry, todavía sentado en el pasto.

— ¡Ya te he dicho que me gustan mis pecas! ¡No lo repitas más, mocoso insolente!

— Está bien, entonces debe gustarte más que te diga "chica Tarzán".

— ¿Cómo "chica Tarzán"? – abrió los ojos asustada. Sus pecas se notaron aún más.

Una cuerda blanca se extiende en la noche como si tuviera vida, y una mona, aferrada a ella, arriesga su vida saltando desde el dormitorio de las chicas, al de los muchachos. – ella temerosa, volvió a sentarse a su lado. – Pequeña pecosa, chica Tarzán, no suena muy bien que digamos. ¿Qué te parece "el Tarzán pecoso"? ¿Hm?

— ¿Y eso qué es? – preguntó confundida.

Terry se alzó de hombros y la miró divertido.

— Tu nuevo nombre.

— ¡Acabo de decirte que mi nombre es Candice White Andley! ¡Candice White Andley!

— Entendí perfectamente, Tarzán pecoso. – dijo al momento de levantarse. – No te enojes que se te notarán más las pecas. – el rostro de la muchacha estaba encendido. – ¿Quieres ir a la cocina o te quedarás ahí con tus pecas saltarinas?

Ella refunfuñó algo en voz baja, pero se levantó ignorando la mano extendida de Terry. Era una chica amigable y por lo regular no se enojaba, pero cuando estaba con Terry, no podía evitar poner una barrera de orgullo que le impedía admirar los pocos gestos de caballerosidad que él le mostraba sólo a ella. Mientras tanto, el joven ya estaba tan inmiscuido en su acompañante, que olvidaba que era ajena.

Discutieron en voz baja mientras caminaban hacia la cocina. Como Prudence conocía el apetito nocturno de Terruce, le había obsequiado una copia de las llaves de la cocina. Esas eran las llaves de su primera cita con la rubia. Candy quedó impresionada al ver cómo él abría la puerta sin ningún problema, y lo acusó de ladrón cuando se hizo a un lado para dejarla pasar.

— No seas ilusa, Tarzán pecoso. Yo no como con los demás, no me agrada la compañía, es por eso que vengo a comer a deshoras. ¿Alguna vez habías entrado aquí? – preguntó justo antes de encender la luz. Ella miró a su alrededor, y agrandando su pequeña obsesión por el impacto, enumeró todas las maravillas que tenía la cocina. Terry decidió ignorar su facilidad de asombro y se dedicó a preparar un pequeño banquete.

— ¡Terry! ¿Sabes cocinar? – preguntó Candy asomando su cabeza a la cazuela en donde Terry calentaba sopa.

— Paso varias horas del día en la cocina, ¡claro que sé cocinar! Y no acerques tu melena, dejarás todo lleno de cabellos. – la regañó, empujándola con la cadera. – ¿Sabes hacer huevos?

— ¡Sé hornear un pan!

Terry soltó una pequeña carcajada y le dio la espalda a la sopa para mirar a la chiquilla.

— Candy, no hornearás un pan a esta hora. ¿Te das cuenta que el olor a quemado despertaría a todo el colegio?

Ella, fastidiada por sus bromas, se cruzó de brazos y se dio la vuelta, privando a Terry de ver como sus pecas se movían. Una luz algo lejana iluminó la ventana.

— Vieja idiota. – farfulló el británico. Extinguió la llama de la estufa, tomó a Candy de la muñeca y apagó la luz. – Por aquí, acompáñame. – susurró, jalándola al fondo de la cocina. – No hagas ruido. –metió otra llave en una cerradura más y abrió una puerta de apenas un metro de altura. – Métete ahí. – antes de que la rubia dijera algo, él ya la había empujado al interior de un pequeño cuarto. Candy se golpeó la cabeza, pero no se quejó.

Terry sólo tuvo tiempo de atorar la pequeña puerta con un trapo para evitar que se cerrara por completo, y así no ahogar a la pobre muchacha. Guardó en sus pantalones las llaves, antes de que una intensa luz iluminara su rostro. La hermana Grey lo había descubierto.

— Terruce… – dijo la monja encendiendo la luz. – ¿Qué haces aquí?

— No lo sé, ¿quizá rezar? – respondió él con sarcasmo. – Hermana Grey, tenía hambre, ¿es un pecado comer a estas horas?

— Es un pecado robar, Terruce.

— No se cuenta como robo si el platillo que estaba preparando es el que no comí a la hora debida. Sólo vine por lo que me toca.

— ¿Y ese segundo plato? – preguntó la hermana Margaret.

Terry olvidó ese detalle. Tendría que dejar que lo castigaran de nuevo. Asintió con la cabeza, metió las manos a los bolsillos y empujó con el pie la puertita en donde Candy se escondía, de manera en que ella no saliera. Entre menos oxígeno le llegara, menos fuerza tendría para gritar. Ya conocía la costumbre de la pecosa por entrometerse, así que tenía que distraer de inmediato a las monjas antes de darle tiempo a la rubia para delatarse. Tomó aire, a sabiendas de que sacrificaría una semana de ver a la estudiante, y habló con voz firme.

— No es de su incumbencia, señorita Margaret. Y últimadamente, hermana Grey, no tengo por qué explicarle nada. Si me van a matar de hambre durante una semana, entonces espero que cuando vuelva a comer, tan siquiera tengan platillos que valgan la pena. Jesucristo no se sacrificó para que la sopa esté tan salada.

Ambas monjas estaban estupefactas, al igual que Candy. Terry jamás había sido tan grosero con nadie, ni siquiera con ellas. Quizá una semana era poco tiempo para su castigo. El muchacho sólo rogaba que en esa semana, su padre fuera a dar sus donaciones para liberarse del castigo, y enterarse de lo que le sucedió a Candy esa noche.

— Sí, lo sé. Me iré a mi habitación. ¿Cuánto tiempo, hermanas? – preguntó, caminando hacia la salida de la cocina.

— Una semana, hasta que se decida tu castigo. – susurró la madre superiora. – Ahora, todos afuera.

Un minuto después, cuando la chica escuchó que cerraban la puerta de la cocina, esperó cinco segundos antes de empujar con el pie la puertita del cuarto y salir a la cocina, tosiendo un poco. Se recargó en la pared y rogó a Dios que el castigo de Terry no fuera tan malo.

— Por favor, Dios, Terry dijo todo eso para… ¿para salvarme?


Cada vez que la luz del sol entraba por la ventana, el cabello de Anthony se platinaba aún más, dándole un aspecto angelical. Cualquier chica podría desmayarse al ver ese rostro, pero Annalee era una excepción. Ella estaba acostumbrada a ver chicos casi imposiblemente guapos, pues en el colegio asistían muchos hombres de ese tipo, así que ver a Anthony cada mañana no le afectaba en lo absoluto. El muchacho abrió los ojos de par en par y le sonrió a su enfermera. Tuvo el sueño más hermoso de toda su vida. En él, se veía mayor, quizá con tres o cuatro años más, el cabello un poco más largo de lo normal, de pie y con un traje blanco que realzaba a la perfección todos sus atributos. Su madre estaba sentada en una larga banca; a su lado, su padre rodeaba con un brazo su estrecha cintura. Todos sus seres queridos estaban ahí, todos esperando a una mujer. Ésta entró por las puertas de marfil, con un vestido largo con bordados de rosas, de su rosa. Su cabello le llegaba a la cintura, estaba adornado con algunas flores en el punto perfecto; parecía una Diosa con esa cascada dorada. Y su rostro... ¡Vaya rostro! ¡Jamás había sido tan hermoso como en ese sueño! Sus enormes ojos color esmeralda brillaban de felicidad y su amplia sonrisa podía iluminar toda la habitación. En sus manos tomaba con nerviosismo un ramo de Dulce Candy que todavía parecían vivir como ella, tan fuertes, tan hermosas.

— ¡Qué hermoso está el día! – exclamó el muchacho cuando fue tomado en brazos por la delgada mujer.

— Si observa bien, joven Anthony, se pueden ver unas nubes negras al norte de Londres. – respondió ella en un gran esfuerzo. Sus delgados brazos apenas soportaban el cuerpo del alumno, pero dado que era su paciente particular, no podía pedir ayuda de ningún tipo. – Aunque por ahora, sí, es un hermoso día.

— Annalee, debes darme la razón siempre. Para eso te pagan. – bromeó el joven de ojos azules.

Ella resopló después de colocar al muchacho en la silla de ruedas. No respondió a su último comentario y lo llevó al baño, que a diferencia del de abajo, servía a la perfección. Bañó al paciente como otros días, asintiendo o haciendo pequeños comentarios para alimentar la rica conversación del estudiante. Notó que estaba de un humor mucho mejor que otros días, pero no preguntó la razón, no debía meterse en la vida de los adolescentes con quienes trabajaba.

Después de veinte minutos, cuando ambos estuvieron listos, salieron del cuarto y se dirigieron a la primera clase del día: ética y moral. Afuera del salón, la hermana Margaret los esperaba con una sonrisa amable en los labios.

— Buenos días, joven Anthony, Annalee. – saludó.

— Buenos días, hermana Margaret.

— Te tengo magníficas noticias. La habitación de abajo se desocupará esta noche. Ya no tendrán que cargarte hasta tu recámara actual.

— ¡Qué alegría! – exclamó la enfermera. Era la mejor noticia que recibió en varios meses.

Anthony no respondió. Algo en el tono de la monja no le gustaba. Sabía que el castigo de Grandchester por la jugada en el baño, era permanecer en el cuarto hasta que arreglaran las llaves de agua, pero algo dentro de él le indicaba que las cosas no estaban demasiado bien para el aristócrata.

Se despidió de la hermana y Annalee lo metió en la clase que aún no comenzaba. Archie y Stear conversaban en sus lugares asignados a un lado del de su primo. Los hermanos dirigieron su plática al rubio, ignorando que en su mente la duda carcomía cualquier pensamiento. Por alguna razón, los Cornwell también se sentían eufóricos, así que Anthony decidió no compartir su angustia.

— ¡Ya nos hacía falta un buen descanso! – dijo Stear, estirando los brazos.

— ¿A qué te refieres? – preguntó Anthony.

— Al quinto domingo, claro. Es mañana.

— Nos dan libertad cada cinco domingos. – explicó Archie. – Podemos ir a pasear, llevar a Candy a comer…

— Sí, o comer con la tía abuela. Recuerda que ella ya está aquí. – respondió su primo. – En ese caso, rememoramos los días en Lakewood.

— Será maravilloso. Tengo tantas ansias.

Después del comentario de Stear, la clase dio inicio. Nadie en el salón notó la ausencia del hijo del duque de Grandchester. El quinto domingo estaba tan cercano que ninguno de los estudiantes pensaba en otra cosa. Aún los más aplicados dejaron de prestarles atención a sus profesores, para imaginar su paseo por Londres en sólo 24 horas.

A la hora del receso, el castaño Cornwell tomó la silla de ruedas y corrió hacia el encuentro de Candy. Stear, disculpándose con la enfermera, los siguió. No importaba que ahora los rubios fueran pareja, ese día tenían que estar los cuatro juntos. Divisaron a Candy estirando sus brazos en el césped, sentada a un lado de una joven de cabello corto y gafas redondas. Al parecer conversaban con alegría, seguramente también acerca del día tan esperado. Los tres muchachos suspiraron cuando vieron cómo la chica pasaba sus manos por sus rizos, sin saber que detrás de ese gesto, se encontraba la desesperación por salir corriendo hacia la recámara del estudiante rebelde.

— Candy, buenos días. – saludó Archie. Ella giró el rostro y se levantó de un brinco. No esperaba verlos. – Decidimos que era buena hora para visitarte, ¿no te alegras?

— ¡Por supuesto que sí! Ella es Patty. – señaló, evitando sus miradas y tomando de la mano a su amiga. – Ellos son Archie, Stear y Anthony. – los presentó, sin perder de vista a la castaña. Todos la saludaron con su usual cortesía. – Y bien, ¿qué dicen que los trae aquí? – preguntó, sintiendo en su rostro la mirada profunda de su novio. Por fin se rindió ante esos ojos azules y se hundió en sus pupilas. – ¿Anthony?

— Sólo quería verte. – respondió, mirando las manos de la muchacha. Ella comprendió el mensaje y posó una de ellas en el hombro del caballero. – ¿Hablaban de mañana, cierto?

— Todos lo hacen. Patty dice que su abuela vendrá por ella. ¿Ustedes no la conocieron? Es una viejita adorable. Archie, ¿crees que mi abuela fue así? Yo no lo sé, pero si Patty me lo permite, adoptaré a su abuela como mía.

— ¡Candy! – exclamó su amiga, cubriéndose el rostro. – ¿Qué cosas dices?

— Tranquilízate, Patty. – le dijo Stear, sonriéndole. – Está bromeando, ¿no es así, Candy?

— ¿Y cómo podríamos conocerla si ella jamás ha venido aquí, Candy? – inquirió Archie, interesado en las palabras de la rubia.

— Ah, pues… – recordó como fue que la anciana logró pasar al colegio y su angustia regresó. Anthony notó el atisbo de distracción en el rostro de la estudiante, que se borró casi de inmediato. – Creo que tienes razón, Archie. No hay forma de que ustedes la conozcan. Quiero decir, yo tampoco la conozco, no en persona; pero Patty me ha contado un sinfín de cosas de ella. – mintió, agachando la cara. Todos los presentes rieron, incluyendo a la tímida Patty.

Por alguna razón, la presencia de esos chicos podía cambiar a cualquiera. La armonía que los cuatro despedían cuando estaban juntos, era tan deliciosa que pronto Patty le pidió a Candy que le permitiera seguir en contacto con tan siquiera uno de sus amigos. Ella aceptó feliz de que su amiga por fin quisiera ser más sociable.

— ¿Saben si el quinto domingo también aplica a los castigados? – preguntó la pecosa.

— Candy, no pensarás en hacer que castiguen este día, ¿verdad? – respondió Anthony.

— Bueno, ya tenemos suerte de que no la descubran por las noches cuando nos va a ver. – admitió Stear, recargándose en un árbol cercano.

— Nada de eso, sólo tengo curiosidad. – contestó ella algo apenada.

— Ah, en ese caso, creo que no aplica. Castigos son castigos y deben respetarse.

Ella asintió algo pensativa. Su novio supo que algo pasaba con ella, pero no le dijo nada. Esa noche cuando fuera a visitarlo, la enfrentaría. Además, quería contarle su sueño, quería ver su expresión de alegría.

— El receso está por terminar. Nos tenemos que ir. – se despidió Candy, dándole un apretón en el hombro a Anthony. – Cuídate mucho. – le dijo sólo a él. Aún existía ese trato que era dedicado únicamente al rubio.

— Candy… – la llamó y ella se hincó frente a él. – ¿Crees que puedas arriesgarte una vez más e ir a mi habitación esta noche? – la muchacha asintió y se levantó. – Gracias.

— Nos vemos, Anthony. Nos vemos, chicos.

— Adiós, Candy.

El muchacho en silla de ruedas estaba tan embelesado con su novia que olvidó decirle que su habitación ya no estaría en el segundo piso. Incluso olvidó decírselo a sus primos. No importaba cuántas caídas sufriera, el amor era lo único que lo podía levantar. Sólo el amor de Candy podía acribillarlo o curarlo.


A las ocho de la noche, Annalee salió de la recámara, dejando a Anthony ya en la cama. El joven miró el techo, esperando escuchar la ventana abrirse por unas suaves manos. Ansiaba tanto ver a su adorada Candy.

La rubia lanzó la cuerda al árbol, recordando la leyenda que Terry le contó una noche antes, y se colgó de ella, preparada para saltar en los árboles. Como siempre, cayó mal al balcón y se golpeó los glúteos. Ignoró el dolor al notar que la habitación de Anthony estaba diferente. Para empezar, el rubio no estaba en la cama. Ella quiso llamarlo, pero decidió indagar. No tardó mucho en vislumbrar una fotografía en el piso. Al agacharse y tomarla, notó que era de una actriz de Broadway muy conocida: Eleonor Baker.

— ¿Cómo? – se preguntó, descubriendo el mensaje escrito en la fotografía. – "A mi hijo Terry, con todo mi amor. Eleonor Baker" ¿"A mi hijo Terry"? Ahora entiendo, la hermana Grey debió regresarle su habitación a Terry. – volvió la vista a la fotografía. – Pero no se sabe que ella sea casada, ¿será su madre?

Horas antes, Terruce salió de su recámara para ir a la cocina a comer algunos panes. Al regresar, abrió la puerta de su habitación, aún pensando en la fotografía que recibió de su madre unos días atrás. ¿Qué pensaba ella? ¿Que al enviarle una fotografía suya, él podría perdonarla?

Su sorpresa fue grande al descubrir que cerca del balcón, una chica estaba de pie. No tardó más de medio segundo en reconocerla.

— ¡Candy!

— ¡Terry! – respondió ella, asustada.

— ¡¿Qué haces aquí?! – preguntó, avanzando hacia ella.

— Yo-yo… – balbuceó, dejando caer la fotografía que tenía en sus manos. Esta cayó boca arriba en el suelo y Terry la identificó. Un calor que con nada se comparaba al que 24 horas sintió al tener a la pecosa a su lado, inundó su cuerpo, al percatarse que ella sabía su mayor secreto.

Candy jamás lo había visto tan enojado. Conocía su temperamento y varias veces supo de su molestia, pero a pesar de eso, estaba segura que esos ojos jamás representaron tal furia como la de aquella noche. El muchacho tomó la fotografía, le echó un vistazo rápido y la destrozó hasta convertirla en confeti. Candy se dijo que era el momento de hablar.

— Bueno, yo… entré por error. – se excusó. Él no se movió durante dos segundos. – Terry, ¿no estás enojado conmigo?

Pero éste no escuchó esas palabras. El coraje que sentía correr por sus venas, ahora se intensificaba más por la impotencia de no guardar su secreto. Vio una única salida y la tomó. Se acercó a la muchacha aún más y la agarró con fuerza de los hombros.

— ¡Nunca hables de esto con nadie, ¿entiendes?! ¡Sino, yo te…! – se quedó callado un momento, dudando de amenazarla con verdadera pasión. – ¡Sino, yo te destrozaré! ¡Te destrozaré, ¿entiendes?! – al fijar más su mirada al hermoso césped que eran los ojos de la muchacha, vio reflejado en ellos la maldad con la que la zarandeaba. La soltó de repente y le dio la espalda. – Ahora vete de aquí.

Terry… Terry… Yo nunca hablaré de esto con nadie. Te lo prometo.

Esta vez sí entendió las palabras de la muchacha. Sabía que cumpliría su promesa, pero aún así estaba muy enojado con ella. De todas las personas que se encontraban en el colegio, siempre era ella la que lograba descifrarlo. Un segundo más tarde, escuchó como Candy salía del cuarto. Apretó el puño derecho y lo estrelló en la mesa. No debió tratarla de esa forma. No después de todo lo que ella hizo por él desde que lo conoció. Inconscientemente, lo hacía olvidar todos sus problemas, ella lo convertía en una mejor persona. Estando a su lado, él sentía que tenía otra oportunidad.


¡Hola!

Cuando escribí este capítulo, me enamoré de Terry. No sé, salvarla de un castigo, ¡imagínense que los hubieran descubierto esa noche en la cocina! Ya no habrían necesitado a Elisa para que echaran a Candy del colegio, jajajajajaja. Bueno, ya. Me encantó esa escena, de hecho, es de mis favoritas de todo el fic.

Espero que les guste la historia, les prometo más pasión, encuentros y desencuentros de la pareja consentida.

Gracias por su apoyo y sus comentarios, me alegran mucho la semana.

¡Saludos! Les mando a todos un abrazo.