9.

Familia Britter.


Cuando él la conoció, no pensó que la querría tanto. Ella lucía un gastado vestido verde y sus rizos incontrolables estaban amarrados en dos coletas que la hacían lucir más pequeña de lo que en realidad era. Por su culpa el portal se había abierto, provocando que la canoa en donde él se encontraba, fuera llevada unos metros por la corriente. La chica, con una habilidad increíble, arrojó una cuerda que enlazó en la muñeca del muchacho, salvándolo. Desde ese momento, supo que ella no era una mujer común. No era sólo su capacidad de enlazar, eran sus enormes ojos, era su delicada voz, era su engañosa apariencia; pues detrás de ese cuerpo delgado, ocultaba una fuerza comparable con la de un hombre. Ella, Candy, le robó el corazón desde la primera vez que se encontraron. Por esa razón, decidió invitarla a la fiesta que la tía abuela daría a causa de su regreso a Lakewood. Estaba determinado a conquistar a esa habilidosa muchacha.

Sin embargo, en cuanto ella cruzó la mirada con su primo Anthony, descubrió que ese lugar ya lo había tomado el rubio. Sus miradas ya estaban predestinadas, el amor que desprendían, aún cuando era la segunda vez que se veían, era abrasador.

Posteriormente, cuando Anthony les contó con detalles cómo conoció a la pecosa, sus ojos azules brillaron con una intensidad semejante a la del salvaje mar. Siempre fue Anthony, nunca fue Archie.

Los dejó ser felices porque a los dos los amaba como a nadie, guardándose para sí, los sentimientos dirigidos a la rubia. Fue capaz de testificar las indirectas de ambos, sólo por una frase que marcaría su vida desde enterarse de cómo la trataban los Leagan: "es por el bien de Candy". Tenía que esconder su amor, tenía que alegrarse por Anthony, tenía que soportar las miradas de Candy, tenía que esforzarse por ser sólo su amigo. Todo eso por el bien de Candy. ¡¿Y qué pasaba con el bien de Archie?! Él también quería ser feliz, él también tenía el derecho a ser feliz. Poseía elegancia, belleza, modales y riqueza. Sabía de la envidia de varios de sus compañeros por las posesiones que él tenía, pero ellos no podían sentir una envidia más ridícula, pues a pesar de eso, él no obtenía la felicidad completa. La razón de ello era que el corazón de Candy le era ajeno. Después de tanto tiempo, de tantas palabras y tantas ojeadas, por fin Anthony lo había conseguido: Candy era su novia oficial. Ya nadie podría separarlos, no existía nadie en el mundo que pudiera desaparecer aquella unión. Ella ya no debía ser un objetivo para amar, esa idea debía ser desterrada. Ellos se casarían apenas tuvieran edad, estaba predicho.

Y lo que más le dolía era saber que nunca fue un rival para su primo, ella jamás tuvo ojos para alguien más. Quizá por eso Stear se salió del juego casi de inmediato, quizá su sensatez lo liberó del dolor profundo que Archie sentía en las entrañas. No importaban todas las cualidades que el castaño tuviera, jamás podría llegar a los talones al rubio. Aún en esa silla de ruedas, aún sin poder bailar con ella, aún sin poder tomar su mano siquiera, ella lo prefería ante todas las cosas.

— Candy… ¿por qué él?, ¿por qué de entre tantos hombres, tuviste que escoger a uno que está tan cerca de mí?, ¿por qué tiene que ser una persona a quien no puedo lastimar? ¡Dios, Candy! ¡Si tan sólo fuera alguien más me harías menos desdichado! ¡Aceptaría a cualquiera que no fuera él! ¡¿Por qué a Anthony?! – le reclamó a la pecosa mientras se duchaba aquél quinto domingo.

Como varios jóvenes de su edad, tuvo un sueño con su amor imposible. En éste, la muchacha estaba corriendo delante de él, viéndolo de vez en cuando, con esa agradable sonrisa suya. Aunque por más que él corriera, jamás conseguía alcanzarla. La sentía tan cerca, podía aspirar el aroma de su dorado cabello, pero no consiguió tomar su cintura y apretarla. No importaba cuánto lo intentara, ella no sería suya ni en sus sueños más románticos. Aunque nunca lo abandonara, no permitía entregar el amor que él deseaba. Cuando pensaba en el amor que no poseía, creía que su cariño como amiga era insuficiente. Él era un hombre, no era de piedra, le dolía las palabras que utilizaba sólo cuando estaba con Anthony. Le dolía saber que ella era capaz de describir al amor de una manera especial, de una manera que ella no le mostraría nunca, pues el único acreedor de su corazón era su propio primo.

Cuando Elisa dirigió sus atenciones a Anthony, ninguno de los Cornwell sintió envidia, sino lástima. El hecho de que una mujer como Elisa pudiera entregarle su cariño a un hombre como Anthony, no podía causar otro sentimiento que no fuera el de la lástima. Incluso llegaron a tomar el asunto como una broma, a pesar de que él era el único que era deseado por una figura femenina. Cuando aquél juego comenzó, ninguno le tomaba importancia al amor. Claro que eso fue antes de conocer a esa rubia perfecta.

"¡Hechicera!", pensó Archie al notar el efecto que tenía Candy por los chicos que conocía. Ese efecto de sorpresa, de admiración, de descubrimiento. Cualquier hombre podría caer ante esos encantos, todos en su sano juicio podrían matar sólo por ver una vez más esas praderas verdes que eran sus ojos, no existía ninguno que fuera inmune al embrujo de su risa. Hasta el hombre más déspota, rebelde y solitario se enamoraría de esa hechicera natural. Y Archie no era nada más que un hombre, él también cayó rendido al conocerla. No tardó dos minutos en aferrar sus esperanzas a ese rostro angelical. Si algo aún lo mantenía con los pies en el suelo y el corazón en el cielo, era esa niña. Esa niña que día a día se desarrollaba más y más como mujer. No era suficiente la belleza que poseía a los trece años, ésta seguía evolucionando ante cada amanecer, rompiéndole el corazón al joven cada vez que ella le sonreía. ¿Acaso no era consciente del resultado?... No, y eso era lo más hermoso de Candy: su inocencia.

— ¿Ya estás listo, Archie? – le preguntó Stear desde la puerta. – La tía abuela ya nos espera en la mansión. – el aludido no respondió y se miró una vez más al espejo. El color rojo siempre lo agraciaba más, lo hacía ver más varonil; y ése día en especial, llevaba una camisa roja que cubría con delicadeza sus brazos, descubriendo una parte de ellos cuando se pasaba la mano por los castaños cabellos. Su pantalón color crema combinaba con su camisa y sus zapatos de gamuza. Suspiró, si tan sólo su rostro luciera tan bien como su cuerpo, si tan sólo el dolor no se viera reflejado en sus pupilas color canela. Llegó a escuchar en América que el primer paso para sentirse bien, era verse bien, pero ése día comprobó lo erróneo de la frase, pues aunque era el más elegante de los Andley, estaba claro que no era el más feliz. – ¿No te lo dije? La familia Britter estará ahí, así que deja de pensar en Candy por un momento.

— No sé a qué te refieres.

— ¡Por favor, Archie! ¡¿Acaso ya olvidaste a Annie Britter?! ¡Te escribe cada semana!

Archie suspiró, miró el cajón en donde guardaba las cartas de la hija Britter y se alzó de hombros. Claro que notaba el interés que Annie tenía por él, era más que obvio, pero no podía corresponderle de la misma forma, no cuando el verdadero objeto de su amor estaba tan cerca de él. Annie no le era indiferente, notaba que era una dama muy educada y con clase, pero además de eso, no veía nada más. Quizá su rostro tímido y su largo cabello oscuro fueran hermosos, pero no tenían comparación con los rubios rizos de Candy. Nada podía ser comparado con aquél ángel de ojos verdes.

Cuando subieron al carruaje, Anthony, Elisa y Neil ya estaban ahí. Sólo faltaba Candy. Por un momento creyó que la tía abuela no la había invitado a la reunión, pero cuando vio una melena rubia saliendo de la escuela, con las mejillas ligeramente sonrojadas, supo que estaba equivocado.

— Lamento el retraso, tenía un asunto pendiente. – se disculpó, sentándose enfrente de Anthony. – ¿En dónde está Annalee?

— Ella sólo me cuidará en el colegio, una vez salga de él, dejaré de ser su responsabilidad. – le explicó él, mirando con curiosidad sus mejillas. – ¿Estás acalorada, Candy?

— No. – se apresuró a responder, sonrojándose más. – ¿Por qué no nos movemos?

Justo en ese momento, el carruaje avanzó, dejando atrás al colegio. Anthony no era el único que notó ese rubor en el rostro de la pecosa, pero frente a Elisa, no podían entrevistarla. De hecho, en presencia de Elisa, Archie se sentía un poco más cómodo, pues ella aún desconocía la relación entre ambos rubios, ya que temían que pudiera decirle algo a la tía Elroy. Ella desaprobaría el noviazgo entre estos, tan siquiera hasta que ambos tuvieran la mayoría de edad. Eso le otorgaba a Archie varios años de tortura, proporcionándole toda una vida llena de infelicidad.

— Dime, Candy, ¿sabes algo acerca del castigo que se le impuso a Terruce Grandchester? – preguntó Elisa, mirándose las uñas.

Todos los presentes, incluyendo a Neil, miraron a la pelirroja con duda. El insistente odio de Elisa hacia Candy era muy conocido, pero tan siquiera los Cornwell, creían que con el nuevo desinterés que le atribuyó al accidente de Anthony, ya no habría más problemas entre ellas.

Lo que desconocían era que Elisa ya tenía un nuevo interés: desde que vio al hijo del duque de Grandchester entrar a la iglesia, sus ojos relampaguearon. Su carácter rebelde y ese cabello ondulante eran suficientes como para despertar los sentimientos de la pelirroja.

— No sé nada. – respondió Candy, después de un rato.

— ¿Por qué Candy sabría de eso, Elisa? – intervino Anthony, con el entrecejo fruncido.

Ella sonrió triunfante. Consiguió lo que quiso, la voz del muchacho estaba distorsionada a causa de los celos. Aún cuando la rubia no lo supiera, Elisa era capaz de sentir los nervios de la joven, pues después de tantos castigos en su estancia con los Leagan, Elisa era experta en identificar el miedo de Candy.

— Oh, yo sólo preguntaba. Después de todo, Candy y Terruce son muy buenos amigos, ¿no es así, Candy? – por fin miró esos inmensos y asustados ojos verdes.

— No, no es verdad; apenas le dirijo la palabra.

"¿Grandchester?" se preguntó Archie sin dejar de mirar a Candy. Si ella estaba diciendo la verdad, en teoría no debía sonrojarse o agacharse, no había razón para apenarse. Sin embargo, si mentía, ¿cuál era el riesgo? De cualquier modo, Candy era una chica carismática, no existía problema alguno en que ella tuviera más amigos. ¿O sí?

— ¿Estás segura, Candy?

Archie volteó a ver a Anthony. Su mirada era de nerviosismo, se notaba en su quijada que estaba soportando los deseos de interrogar a Candy, preguntarle todo acerca de ese tal Terruce. Elisa pocas veces hablaba con la verdad, Candy siempre lo demostraba, pero en esta ocasión, la rubia no podía dejar de titubear y jugar con sus dedos. Esta vez, algo de lo que decía Elisa era cierto.

El castaño comprendía los temores de su primo. Era normal que el hecho de que un hombre completamente sano y además atractivo estuviera tan cerca de su perfecta novia, provocara en él, un tetrapléjico americano, unos celos incontrolables. Lo que no entendía, era porqué Candy permitía que el asunto se le saliera de las manos. Su sólo nerviosismo la delataría, tanto por el asunto de Terruce, como con su relación con Anthony.

Después de un minuto que pareció una eternidad, la rubia ignoró a Elisa y le preguntó a Stear acerca de sus inventos más recientes. Sabiendo que ese tema sacaría cualquier otro por el entusiasmo en la voz del moreno, la conversación anterior quedó olvidada durante el viaje. En ese momento, Neil y Elisa no dejaron de cuchichear, Neil tuvo la misma duda que todos en el carruaje al escuchar las especulaciones de su hermanita, así que le preguntó los detalles de la jugosa noticia.

Cuando llegaron a la mansión de los Andley en Londres, la tía abuela saludó con efusión a sus nietos verdaderos, dejando al último, claro está, a la pobre Candy, quien retrocedió tantos pasos hasta que su espalda se recargó en la pared de la habitación. Años antes se hubiera emocionado al estar en una casa tan elegante y grande, pero ahora que estaba acostumbrada al lujo, ignoró los detalles. Le bastó con observar desde lejos a la familia, para darse un momento y pensar en lo ocurrido justo antes de entrar al carruaje.


Ella corría por la falsa colina de Ponny, se había levantado temprano para jugar un rato con Klin. Sin embargo, cuando llegó, vio una figura masculina recostada. Era Terry, y estaba fumando de nuevo. Esperaba visitarlo a su habitación después de jugar con Klin; le pediría disculpas por su intromisión de la noche pasada, ofreciéndole su armónica favorita. Pero ya que él le facilitó las cosas, la rubia colocó las manos en su cintura y le habló con voz ronca.

— ¡Terruce Grandchester!

Él se enderezó de inmediato y volteó a verla. Candy rió por su expresión de miedo, y se sentó a su lado. Su mascota, quien la escuchó, bajó y se recostó en las piernas de la muchacha.

— ¡Vaya! ¡Creí que eras la hermana Grey haciendo inspección! Si querías fumar, sólo lo tenías que pedirlo. – dijo, extendiéndole la cajetilla de cigarros.

La estudiante, sorprendiéndolo, le arrebató el objeto y lo guardó en uno de los bolsillos de su vestido.

— Terry, quiero disculparme por lo de anoche. – habló con seriedad. Él, entendiendo la razón de su visita, apagó el cigarrillo y se concentró en las palabras de la chica. – Creía que la hermana Grey te había castigado, así que planeaba ir a verte después de jugar con Klin, – comenzó, acariciando a su mascota. – pero ya que estás aquí, quiero hacerlo. No debí meterme en tu recámara, yo…

— Te equivocaste, ibas a ver al cabeza de mostaza, lo sé. Sólo olvídalo, ¿quieres? – sugirió, recostándose de nuevo y cruzando los brazos detrás de su cabeza. – Sé que no se lo dirás a nadie.

— ¿Qué? ¿Cómo lo sabes? – preguntó, dejando pasar el apodo que su compañero utilizaba para dirigirse a Anthony.

— Confío en que eres inteligente, así que no tendré que destrozarte. – bromeó él, mirando el cabello de la muchacha. No habían transcurrido ni cinco minutos desde que había llegado, y ya estaba llena de ramas y hojas de árboles. Sus manos dejaron de acariciar al cuatí. – ¿Qué pasa?

— ¡Hablabas en serio con lo de destruirme! – exclamó ella, asustada. – ¡Terry! – giró el rostro, fijando sus ojos verdes en los de él.

— ¿Por qué me dices 'Terry'? Mi nombre es Terruce. Todos me dicen así, ¿qué te hace creer que tú puedes llamarme Terry? – atajó, sin poder ignorar más ese detalle.

— No creí que te molestara, Terr…uce.

— No es eso. – respondió, girando su cuerpo para darle la espalda y ocultar su melancólica mirada. – Es sólo que es raro.

— ¿Eso significa que puedo seguir llamándote 'Terry'? El nombre de Terruce es muy largo y formal, no me gusta. – admitió ella, algo sonrojada. – No me gusta llamarte así, ni siquiera en mis pensamientos me atrevo a hacerlo.

— ¿Pensamientos, eh? Ahora sí que me halagaste, Tarzán pecoso. – contestó, girando sólo su cabeza para mirarla. Ella estaba de nuevo enojada.

— Quise disculparme, pero tú eres imposible, Terry.

— Anda, te escuché y te he perdonado. – respondió él, sentándose. No quería que el momento de la despedida llegara tan rápido.

Ella sabía lo difícil que era enojarse con una mirada como aquella, así que se rindió y metió la mano a otro de sus bolsillos, para sacar un instrumento musical y entregárselo a su amigo.

— Hazme el favor de dejar de fumar en mi colina de Ponny. Toma, es una armónica, mi instrumento favorito.

— Así que es tu favorito. – repitió Terry, sopesando el objeto. – ¿Qué quieres?, ¿que te de un beso indirectamente?

— ¡Terry! – lo reprimió, levantándose de un salto. Klin, harto de los altibajos de la pareja, se sentó cerca del árbol.

— No te enojes, Candy, sólo estaba bromeando. No me gustan las pecosas como tú. Si quieres que la toque, la tocaré, entonces. – agregó antes de que ella pudiera molestarse de nuevo.

— ¡Ay, Terry! Dices y haces cosas que parecen imposibles. – exclamó ella, sentándose a su lado.

"Por ejemplo, me resulta imposible creer que me guste estar así, contigo.", pensó, disfrutando de la melodía que su acompañante tocaba para ella: Annie Laurie.

— ¡Dios, lo olvidé! – dijo ella, levantándose por segunda vez. Terry la miró divertido, dejando de lado la armónica. – Están esperándome afuera. Por favor, regresa a tu habitación antes de que te regañen, y recuerda: en vez de fumar, toca la armónica. ¿Podrías cuidar de Klin en mi ausencia? Él te hará buena compañía y puede ayudarte a estudiar. ¡Gracias!

Soltó una risilla coqueta y se echó a correr, pero antes de salir del cuadro, escuchó al aristócrata gritar: ¡Tarzán pecoso y entrometido!


— ¡Candice! – la llamó la tía abuela, regresándola a la realidad. – Parece que no has cambiado en nada, después de todo.

— Perdóneme, tía abuela. – se disculpó Candy, agachando el rostro.

— Estábamos presentándote a la familia Britter. ¿Acaso tienes algo más importante en qué pensar?

"¿Britter, dijo? Entonces, Annie…" se dijo justo antes de ver a su amiga de juegos, parada frente a ella. Lucía más hermosa de lo que hubiera imaginado. Su cabello negro azulado estaba acomodado en un suave recogido que dejaba dos mechones sueltos a un lado de las orejas. Un vestido del mismo color que sus ojos le hacía resaltar una figura delgada y delicada, además que un pequeño sombrero la protegía del sol de febrero. Quiso decirle cuán hermosa lucía, quiso asegurarle que la hermana María y la señorita Ponny estarían orgullosas de la distinguida dama que ahora era, quiso decirle que ella misma estaba orgullosa de Annie; pero en lugar de eso, sólo pudo saludarla como le enseñaron. No debía difundir que Annie también venía del Hogar de Ponny, eso podría afectar a los Britter y a la misma Annie.

— Te hice una pregunta, Candice. – dijo la tía Elroy.

— Eh, sí, claro. Quiero decir, no, no tengo nada más importante en qué pensar, tía abuela. – se disculpó, agachando el rostro de nuevo.

— Perdónala, Annie, ella es sólo una hija de Ponny. – le dijo Elisa a Annie.

— Sí, una antigua sirvienta. – agregó el mayor de los Leagan.

— Y tú careces de modales, Neil. – respondió Anthony. – A veces siento que no necesitas ayuda para avergonzar a la familia Andley, pero luego veo a tu hermana y recuerdo que son el par de brabucones perfectos para arruinar la reputación de la familia.

Esos modales no eran comunes en Anthony. Todos reconocían que desde que conoció a Candy, no hizo otra cosa que defenderla, pero jamás llegó al extremo de llamar así a los Leagan. Algo estaba cambiando en él, y Archie estaba a punto de descubrir qué era lo que le sucedía.


¡Hola!

¡Perdónenme por subir el capítulo tan tarde! Lo que sucede es que estoy haciendo los trámites para ingresar a la universidad, y eso absorbe mi tiempo. Sin embargo, cumplí, tan siquiera en México, sigue siendo martes.

Bueno, bueno, como pueden notar, la novela no sólo es Candy-Anthony-Terry, sino que quiero meter algo de todos, pues en el manga no se apreció de manera completa a todos o muchos de los personajes, y mi intención es abordar el interior de los más destacados. Espero que les agrade.

Muchísimas gracias por sus comentarios, me animan mucho a continuar.

Les mando un fuerte abrazo. Nos leemos el viernes.