10.
Un donjuán.
La tía Elroy adjudicó ese comportamiento a la desesperación que era vivir en su condición, así que sólo pidió disculpas a la familia Britter, sin ocuparse de regañar a Anthony. Procedió a entregar los regalos que traía desde América, para después comer todos juntos en el salón de la casona. Esperaba que con la conversación, los modales de Anthony regresaran a la normalidad, pues de no ser así, tendría que charlar con él en privado.
— No, Candy, no quiero que te sientes a un lado de Anthony. Ve a sentarte junto a la señorita Britter. Vamos, Archie, cédele el lugar a Candy.
Si los pensamientos no fueran privados, todos hubieran escuchado los gritos de emoción en el cerebro de la rubia. Después de tantos años, después de tantas prohibiciones, por fin se le permitía estar cerca de su mejor amiga; de Annie. Casi pudo sentir como su corazón se salía de su pecho, pero al saber que sus palpitaciones se podían observar a través de los leves movimientos de su pecho, intentó controlar sus emociones. A pesar de que los recuerdos se aminoraban en su mente, Candy intentó desviarlos concentrándose en el tema que debatían los padres de Annie y Elisa: el papel que debían tener las mujeres en el mundo.
— Nuestras manos son pequeñas y débiles, ¿qué otra cosa podríamos hacer si no es criar a los hijos y esperar al marido por las noches? – preguntaba la madre de Neil.
— Por eso decidimos meter a Annie al Real Colegio San Pablo, señora Leagan. – respondió orgullosa la señora Britter.
— ¿A Annie? – repitió Archie. – Lamento la intromisión, pero no creo que ella necesite esas clases.
Las palabras del castaño fueron llegadas a los oídos de Annie con un significado erróneo. La realidad era que si ella estaba en el colegio, estaría más cerca de él; por educación no podría ignorar sus atenciones, así que tendría que alejarse más de Candy. De ninguna manera le convenía que ella asistiera a ese lugar.
— ¡Oh, Archie! ¡Qué cosas tan hermosas dices! Pero a mi hija aun le falta aprender mucho. Y sugirió inteligentemente en asistir al mismo colegio que todos ustedes, adorables muchachos. No sé si lo sepas, pero es el mejor de Inglaterra.
— Me temo que debo insistir, señora Britter, pero reafirmo que Annie está preparada para casarse. Si es su deseo, incluso podría casarse con cualquier inglés de buena familia.
— Como el hijo del duque de Grandchester, ¿quieres decir, Archie? – sugirió Elisa, antes de sorber un poco de agua. – ¿Lo conoce, señora Britter?
— Elisa, no está permitido a los jóvenes a meterse a una conversación de adultos sin antes haber pedido permiso. – la reprimió su padre.
— De ninguna manera, señor Leagan. Cuéntame de ese muchachito, Elisa. ¿En verdad es de buena familia? ¿Asiste al mismo colegio?
— Oh, si quiere saber los detalles, creo que debería preguntarle a Candy, ella es quien lo conoce muy bien. ¿Verdad, Candy?
Pero la rubia se había perdido de toda la conversación a partir de escuchar que Annie estudiaría con ella. Si creía que ya era bendecida por estar al lado de la morena, ahora se sentía dichosa como nunca antes. Pensar que existía la posibilidad de volver a ser su amiga, sin que intervengan los tabúes de la adopción, la hacía sentirse en las nubes. Los modales de Anthony quedaron en el olvido a raíz de escuchar esas palabras, al igual que la presencia de Terry en la falsa colina de Ponny. Sólo importaba recuperar la amistad de Annie.
— Candy. – la retó la tía Elroy, por segunda ocasión en menos de dos horas.
— Perdón, tía Elroy. Me perdí un minuto de la conversación. ¿Me preguntó algo?
— Quiero creer que no me mentiste al asegurar que nada más importante ocupa tu mente. Es la segunda vez que ignoras a la familia Britter, e incluso en una chica como tú, es imperdonable.
— Yo… lo siento. – repiti, agachada.
— ¿Conoces al hijo del duque de Grandchester, Candy?
— Ah… – la escena del último momento que tuvo con Terry regresó a su cabeza. – Sí, Terruce Grandchester, todos lo conocemos.
— Pero es amigo suyo, tía abuela. – aseguró Neil, apoyando como siempre a la molesta de su hermana.
— ¿Amigo? No, sólo hemos intercambiado algunas palabras. – mintió Candy, con más temor hacia Anthony que a nadie. Podía sentir esa mirada que tanto miedo le inspiraba; sólo una vez la vio de esa forma, y fue un segundo antes de recibir una bofetada. – Es… es un estudiante del colegio.
— No le llamaría estudiante al que sólo asiste a una clase por semana. En los últimos días, no lo he visto en ninguna parte. – respondió Anthony endureciendo más su mirada cristalina.
— Eso es porque debe permanecer una semana en su habitación, pero no significa que no sea un estudiante. – lo defendió Candy, dándose cuenta de su error un segundo después de cometerlo.
Si el rubio tuviera el poder de levantarse y salir de la habitación, con seguridad lo hubiera hecho. Estaba harto del tema de ese aristócrata engreído. Después de todo, Elisa tenía razón. Candy era amiga de Terruce Grandchester.
— Tía Elroy… creo que no me siento bien. ¿Podría permitir que Candy me llevara a una de las habitaciones? – preguntó Anthony. – Quiero descansar un momento, sólo será un momento.
Todos podían sentir la tensión entre ambos jóvenes, pero estaban de acuerdo en que sólo ellos podrían arreglarse. Incluso la tía abuela, siempre renuente al encuentro entre ambos jóvenes, admitía que aunque Candy fuera la razón de su coraje, también era la única solución.
— Asegúrate de no tardar, Anthony. – aceptó la anciana, aún pensando en un buen tema que podría aligerar el ambiente.
— Tía abuela, creo que debería permitir que los acompañara; después de todo, Candy no tiene la suficiente fuerza como para cargar a Anthony. – sugirió Archie poniéndose de pie.
La señora sacudió la mano, restándole importancia. Candy también se levantó, se disculpó con los presentes y empujó la silla de ruedas afuera del salón. Apenas cerraron las puertas, el ojiazul comenzó el interrogatorio.
— Estamos fuera del alcance de Elisa, así que puedes contarnos todo, Candy.
— Anthony, él no es lo que todos creen. En realidad es un buen muchacho, lo sé.
— ¿Desde cuándo te encuentras con él?
— Anthony, no seas tan rudo con ella. – ordenó Archie. – Ella no es un animal, tiene derecho de…
— No te metas, Archie. Responde, Candy.
— No me encuentro con él a propósito. Lo conocí en el barco de camino a Londres, a partir de ahí, sólo lo he visto en contadas ocasiones. – contestó ella entrando a una habitación enorme. – ¿Esta recámara está bien, Anthony?
— ¿Entonces cómo aseguras que él no es lo que todos dicen? – atacó haciendo caso omiso a la pregunta de su amada. – ¿Cómo sabías de su castigo? ¿Cuándo fue la última vez que lo viste?
— Archie, por favor, ayúdame a llevarlo a la cama. – pidió tratando de olvidar esa entrevista tan incómoda.
El castaño obedeció un poco molesto con el trato que su primo le daba a Candy. De haber sabido que sus celos lo cambiarían de esa forma, jamás hubiera permitido que se acercara a ella de ninguna forma. Esa muchacha era lo más preciado que tenía en su vida, era la única que supo que su parálisis no era el fin del mundo, era la única persona que no vio diferencia entre ningún Anthony, esa mujer era lo mejor que le había pasado en toda su existencia, y la estaba perdiendo a causa de sus inútiles celos. Archie tampoco estaba cómodo con la amistad entre ese inglés y la americana, pero no creía que fuera correcto hablarle de esa manera.
— Candy… no me gusta enojarme contigo. – aseguró Anthony con los ojos cerrados. – No quiero desconfiar de ti. Es sólo que… es sólo que no puedo evitar pensar que ese rebelde puede estar contigo cada vez que lo desea. – explicó una vez Archie lo recostó en la cama.
— ¡Anthony! – exclamó la chica, cubriendo el cuerpo de su novio con una frazada. – No pienses eso, por favor. – suplicó, tomando una de sus manos entre las de la estudiante. – Yo estaré contigo siempre que me llames. Por favor, confía en mí.
— ¡Entonces no me mientas, Candy! – rogó, abriendo de nuevo los ojos. – ¡Entonces no me des razones para encelarme! ¡Si me amas de verdad, entonces apártate de él!
— ¿Qué? – exclamó ella, soltándolo. – Anthony, no puedes despegarme de todos. No quiero pensar que después querrás que me aleje de Archie y Stear. Por favor, créeme, él no es lo que todos dicen. No te haría daño hablar con él, tiene una mente abierta, es muy agradable y es...
— ¿Un seductor?
— ¿Un qué? – por primera vez, Archie vislumbró a Candy enojada con su novio.
— Un seductor. ¡Es un donjuán! – gritó Anthony, rabioso. – ¡Se aprovecha de las mujeres jóvenes y vulnerables!
Ella temía lastimarlo, temía herir los sentimientos del chico. Quería responderle de la misma forma, quería que comprendiera cuánto le dolían sus comentarios, pero sólo pudo permitir que el llanto acudiera a sus ojos, después de susurrar una frase:
— Tú no sabes nada de él, Anthony.
Justo después, salió del cuarto y se echó a correr al jardín de la casona. Se dejó caer de rodillas en el pasto y asió la falda de su vestido con fuerza. Nunca le gustó derramar lágrimas, y desde que los Leagan la adoptaron, no había parado de prometerse que dejaría de llorar. Tuvo que romper esa promesa más de una vez. El único problema era que Anthony nunca fue la razón de su llanto, sino la solución. Amaba tanto a ese rubio joven que cada vez que se sentía triste, pensaba en él. ¿Desde cuándo se volvió tan egoísta?
— Candy… – la llamó una voz a sus espaldas. Esa voz que no escuchaba dirigirse a ella desde hacía ya algunos años. – Candy, no llores, por favor. – suplicó Annie, hincándose a su lado. Con algo de inseguridad, pasó uno de sus brazos por los hombros de la chica. – La vez pasada, cuando me fui, creí que estabas en buenas manos, creí que Anthony te cuidaría…
— No, no lo juzgues, no lo conoces. – la interrumpió Candy. – Es sólo que… está algo ¿celoso? – se atrevió a decir, volteando a ver a su amiga. – ¡Annie! – exclamó, abrazándola. – ¡Estás aquí! ¡No! ¡Alguien nos puede ver, Elisa está muy cerca!
— ¡Shhht! Entonces no grites, Candy. No me gusta verte así, sólo les dije que quería hacer un recorrido por la casa, utilicé un pretexto para encontrarte. – explicó separándose de su mejor amiga. – Ahora, límpiate esas lágrimas y cuéntame qué es lo que pasó con Anthony.
— ¡Annie! – repitió incapaz de detener las lágrimas que llenaban sus ojos. – Anthony no es así. – comenzó ignorando su propio llanto. – Pero desde que llegamos al colegio ha estado algo reservado, tiene miedo de que yo lo deje, por eso que se comporta de esa forma. Annie, él no es culpable de sus emociones, su estado lo obliga a tener tanto miedo.
— Pero, Candy, esa no es excusa para hacerte llorar de esa forma. Si de verdad te amara, comprendería que tú no tienes ningún interés sobre ese tal hijo del no se qué de no sé donde. – ese balbuceo provocó una pequeña risita en la rubia. – ¿Qué ocurre?
— Es hijo del duque de Grandchester. – corrigió y acto seguido, enterró su rostro en la falda de su amiga para llorar de nuevo.
— ¡Dios, Candy! – exclamó ella, acariciando los rizos de la chica que tanto admiraba. – ¿Es que ese muchacho también te ha lastimado?
Unas risas juveniles se escucharon en el pasillo de la casa. Elisa y Neil estaban cerca. Candy se levantó enseguida; no debían encontrarla con Annie, nadie debía saber que ellas dos se conocían desde la infancia. La morena la imitó y caminó al extremo del jardín, mirando un rosal, para simular que no estaba enterada de la presencia de Candy. Ésta, en cambio, se limpió las lágrimas y se metió a la casa, justo antes de encontrarse con el par de hermanos que menos le agradaba.
— ¡Candy! – exclamó Neil, tomándola del brazo. – Así que otra vez estás de llorona. ¿Será que Anthony por fin se dio cuenta de lo mentirosa que siempre has sido? – se burló.
Cómo deseó poder golpear al pelirrojo sin salir afectada. Estaba harta de que se metiera en donde nadie lo llamaba, pero el dolor que se alojaba en su pecho fue más grande que su odio, así que se soltó de sus manos y caminó lo más firme que pudo.
— Una hija de Ponny, no esperaba menos de ella, hermanito. – farfulló Elisa, alzando la cabeza con orgullo.
Después del regaño que Archie le dio a Anthony, el rubio le ordenó que lo dejara solo. Él no podría entenderlo ni un ápice. Hasta que no estuviera en sus zapatos, no podría saber lo que era vivir de esa forma, no podría siquiera imaginarse lo que era quedarse quieto mientras todos a su alrededor podían brincar, correr o cortejar a su novia. Sí, aún no era infeliz, pues estaba seguro que todavía poseía el amor de la rubia, pero el miedo de perderla no lo dejaba dormir. Aún no olvidaba que la muchacha no había ido a su recámara la noche anterior, y encima de eso, no se había disculpado. Los temores se encimaban uno a uno, dando como resultado unos celos que el mismo Anthony desconocía en él. Aceptaba que siempre deseó tenerla para él solo, pero nunca creyó que esos deseos lo enfermarían hasta ese punto. Si algo lo conquistó de Candy, fue su independencia y fortaleza, misma que le estaba arrebatando con esa traumante relación. Sabía que la privaba de varias actividades cuando pasaban tiempos juntos, pero creía que ella gustosa renunciaba a ellas sólo para estar con él. Anthony ya se sentía dueño del tiempo de Candy, y sabía que eso estaba muy mal. Reconocía que estaba hiriéndola, pero de repente olvidó cómo disculparse. Añoraba los tiempos en Lakewood, esos tiempos antes del otoño. Extrañaba visitar a Candy al establo de los Leagan y acariciar sus manos, extrañaba caminar con ella, bailar con ella, ¡abrazarla! Sabía que Candy siempre fue penosa, pero aún podía recordar el sinfín de abrazos que se dieron. Cada momento que pasaban juntos era un pretexto para abrazarse. "¡Ella ha sido lo mejor que te ha pasado, Anthony!" le gritó Archie, minutos antes. ¡Qué absurda razón tenía! Desde la primera vez que la vio, tirada en el pasto, llorando a mares, supo que ella sería especial. Incluso, se prometió protegerla de todo llanto, se prometió no herirla nunca. Rompió su promesa aquella noche en la que todos estaban preocupados buscándola; esa única noche en que su mano fue esclava de sus sentimientos, abofeteando la mejilla que tanto adoraba. En cuanto sintió cómo la piel de la dama enrojecería ante su contacto, se arrepintió. No importaba lo que ella hiciera, jamás debía causarle dolor, ni físico ni emocional. Sólo una bestia podía hacer eso, sólo un bruto animal como él era capaz de hacerle daño a la persona que más amaba. Pero es que el amor te da dos caras, el amor no es rosa, ni relajante. El amor no es sólo felicidad y sonrisas. El amor es carismático y tranquilo, pero también es traicionero y celoso. Sabía que la amaba, porque en efecto, Candy llegó a su vida para mejorarla; pero también se daba cuenta que cada vez que la sabía lejos de él, la odiaba un poco. En su locura, la deseaba junto a él en todo momento. ¡Demonios, cuánto la amaba! ¿Qué clase de amor era aquél que lo obligaba a sentir celos hasta de la cama en la que ella dormía cada noche? ¿Es que siempre amaría de esa forma? ¿Es que siempre la amó de esa forma, pero sólo hasta ese momento se dio cuenta? No, no, su amor evolucionó a raíz del accidente. Antes de éste, tenía confianza no sólo en Candy, sino en él; pues confiaba que no importaban las situaciones, siempre podría reconquistar a Candy. No era tonto, era consciente de sus propios atributos, se fiaba de ellos. Sin embargo, desde aquél fatídico día de otoño, sentía que algo había cambiado en su vida; no era sólo su cuerpo, sino su alma. El terror que sintió al descubrir que perdió la capacidad de moverse por sí solo, fue menor al que sintió al saber que perdería sus grandes virtudes que atraerían a Candy. Jamás volvería a cabalgar con ella, jamás podría cortar una rosa para ella, jamás podría bailar con ella. ¿Cómo podría reconquistarla en ese estado? ¿A base de palabras románticas? ¿A base de versos de Shakespeare? ¡¿Cómo hacerlo si ni siquiera tenía la posibilidad de actuarlo cómo se debía?! A veces creía que lo mejor que le pudo haber pasado, después de Candy, era haber muerto al caer del caballo. De haber sido así, él no le haría pasar ningún dolor, ella no estaría llorando en ese momento. Incluso, el celoso corazón de Anthony le aseguraba que ese maldito aristócrata podría conquistarla sin problema alguno. Pero estando vivo, no podía permitir que el inglés ganara. No importaban sus virtudes, ni sus movimientos, Anthony debía asegurarse de ganar el amor de Candy en cada oportunidad que tendría. En ese momento, cuando su rostro también estaba lleno de lágrimas, se hizo un juramento: no permitiría que nadie le arrebatara a su Candy. Se casaría con ella, sin importar quién quisiera impedírselo. Juraba, con el corazón palpitándole con fuerza, que ese Grandchester no tendría más oportunidades con su adorada Candy.
Los rizos indomables de la muchacha estaban esparcidos en la ventana del carruaje de regreso al colegio. Nadie más que Elisa y Neil estaba hablando. Los hermanos Cornwell no dejaban de mirar a la pareja de rubios que sabían, estaban heridos. Candy miraba por la ventana, incapaz de volver a mentir acerca de su estado de ánimo, estaba demasiado adolorida para inventar una sonrisa; mientras que Anthony no dejaba de mirarla con culpabilidad. Sabía que aunque ya no podía moverse, sus palabras golpearon a Candy en el fondo de su corazón. En las mejillas de los dos rubios aún se vislumbraban las lágrimas que cada uno en su soledad, había esparcido. Esa relación, que nació como las rosas en primavera, estaba deshojándose poco a poco. Mientras América resultaba el paraíso de su amor, Inglaterra terminaba siendo el infierno que nadie provocó.
¡Hola!
Ésta semana fue difícil para Anthony, lo sé. Esa actitud no es propia de él, pero sé que en algún momento de nuestras vidas, nuestros celos o corajes nos han deformado a un grado alarmante. Anthony no es sólo un príncipe de rosas, también es un humano.
Ya sé, aquí el hijo del duque no aparece físicamente, pero creo que Candy se está percatando y está dando señas de cómo le empieza a afectar la presencia de Terry.
Bueno, el siguiente capítulo tendrá más de nuestro favorito, ¿está bien?
Que pasen un hermoso fin de semana, nos leemos el lunes.
Muchísimas gracias a todos por su apoyo. Les mando un fuerte abrazo.
¡Bye!
