11.

Celos y envidias.


La siguiente semana, una chica de cabello azulado entró al salón de Candy. Su nerviosismo estaba a flor de piel. Sabía que ocultar sus orígenes ahora sería mucho más difícil, sobre todo teniendo en cuenta que Candy estaba tan cerca de ella. Deseaba tanto sentarse a su lado y preguntarle por su bienestar, quería saber si su amiga aún estaba dolida por Anthony; pero el temor de que la descubrieran, fue mayor, así que le pidió a la hermana Margaret que le permitiera sentarse a un lado de Elisa. "Estaré cerca de ti, Candy. Lo prometo.", dijo en silencios, al pasar a un lado de la rubia. Por el rabillo del ojo vio la socarrona sonrisa de Elisa, pero no hizo comentario alguno. Se odiaba a sí misma por haber preferido sentarse a un lado de esa pelirroja, aunque no podía negarse, no conocía otro camino que el de huir de su niñez en el Hogar de Ponny. Desde que tenía seis años, su madre la había obligado a ocultar la verdad, para mantener en alto el honor de los Britter. Entonces le resultó imposible seguir comunicándose con Candy, y ahora que la tenía a unos cuantos metros, sentía toda la culpa sobre sus hombros. No podía ni imaginar cuánto sufrió su mejor y única amiga, la admiraba; cada historia que escuchaba de ella, hablaba de su coraje y decisión. Cuando llegó a sus oídos la noticia de que el señor Andley la adoptó, intentó convencer a su madre que podrían ser amigas de nuevo, pero esta se rehusó, alegando que Annie ya debía olvidarse de aquella niñería; Candy ya debía ser parte de su amargo pasado. La muchacha, tan débil como siempre, asintió, aunque su corazón no pudo obedecerla. Si bien era cierto que la morena gustaba de Archie, la petición que le hizo a su padre para enviarla a estudiar al Real Colegio San Pablo, fue impulsado en parte para estar cerca de Candy. Aunque no pudiera hablar con ella, aunque no pudiera ser su amiga o compartir sus penas, sólo quería verla de vez en cuando, creyéndose tan fuerte como para no permitir que sus deseos por hablarle la vencieran. Sin embargo, cuando la vio después de tanto tiempo, con un hermoso vestido rojo y con una cinta del mismo color en el cabello, no pudo evitar sentirse orgullosa de ver cambiada a la pequeña sirvienta que trabajó en la casa de los Leagan, más de un año atrás. Aunque, minutos después, al observar la fría mirada de Anthony, su antiguo protector, supo que algo no marchaba bien para su amiga. Su corazón, que por alguna razón estaba vinculado con el de la rubia, sintió una pena muy grande; esa pena fue la que encontró a su alma gemela llorando en el jardín. Sólo una vez la vio de esa forma, hincada y llorando: aquélla última noche en que Tom, un amigo de la infancia, durmió en la casa de la señorita Ponny. Su alma viajó hasta esos tiempos en que Candy poseía la fuerza suficiente para salvar a las dos. Sintió que esa niña ya no existía más, pues estaba evolucionando para convertirse en una mujer cuyo corazón estaba recientemente dañado. En el tiempo que dura un suspiro, Annie sintió todos los golpes que la rubia frente a ella sufrió desde su adopción con los Leagan, y un impulso desconocido, la arrastró hasta el fondo del jardín. Ahí no habría problema, lo sabía, tenía unos minutos para hablar con Candy y expresarle cuánto la quería y necesitaba, pero en cuanto el llanto de su amiga empapó su hombro, se dio cuenta que hasta las personas más fuertes y valerosas, también tienen derecho a llorar y deprimirse. Por más ridículo que sonara, había llegado el tiempo de que los papeles se intercalaran; Annie tenía que ser fuerte por las dos y así levantar a Candy. Y aunque fue un fracaso aquella corta charla, sintió el peso de sus hombros un poco más ligero. Cuando vio como el carruaje de los Andley regresaba a los jóvenes al colegio, se prometió que pondría todo su empeño en ayudar a Candy. ¡Pero era tan difícil hacerlo desde lejos! Para empezar, desconocía al hijo del duque de Grandchester, no tenía ni la menor idea de cómo encontrarlo. Además, no podía olvidar que la segunda razón de su permanencia en el colegio era Archie, así que su mente también estaba ocupada tratando de entablar un plan para conquistar al castaño.


Al terminar la clase, Luisa, amiga de Elisa, se levantó de su pupitre y le habló a Annie con gran familiaridad.

— ¿Tú sabías que Candy se crió en el Hogar de Ponny o algo así, y que después fue adoptada por los Andley?

Annie no supo qué responderle. Durante las clases que tuvo en su casa, le enseñaron que las mentiras no son bien recibidas para Dios; pero tampoco podía ventilar el hecho de que ella compartió su niñez con Candy. Por suerte, y sin salirse de la costumbre, fue la misma Candy quien la rescató de tan embarazosa situación.

— ¡Luisa! No es "el hogar de Ponny o algo así", sino el Hogar de Ponny. Es un hermoso lugar, y está en las montañas. Recuérdalo.

Cada vez que Annie escuchaba hablar de lo que un día fue su hogar, sentía cómo la sangre huía de su rostro. Sentía que traicionaba no sólo a Candy, sino a los niños que ahí vivían, y a las mismas mujeres que un día llamó "madres". Esa traición la convertía a sus ojos, en una malagradecida, aunque no era capaz de traicionar también a su nueva familia. Todas las cosas que los Britter le ofrecieron desde antes de su adopción, no podían agradecerse de otro modo sino obedeciendo todas sus órdenes, por más difíciles que le resultaran. "No puedo, no puedo decir que yo también fui criada en el Hogar de Ponny.", pensó, resistiendo a sus deseos.

— No puedo creerlo, cada día está más descarada. – farfulló Elisa, justo antes de notar la pálida piel de la morena. – ¿Te pasa algo?

Annie recuperó la cordura y alzó el rostro.

— No, – mintió con una sonrisa. – estoy bien.


Stear estaba probando uno de sus más recientes inventos: un pingüino que desataba agujetas, hasta que su hermano abrió la puerta de la recámara con tal intensidad, que mandó al pobre pingüino fuera de la habitación. Stear, sin preocuparse por la expresión de furia de Archie, corrió hacia el balcón y asomó la cabeza, sólo para ver que su juguete yacía roto en el piso de abajo, cerca de la habitación de Anthony. Como cada ocasión en la que sus inventos salían mal, su corazón se destrozó un poco más.

— Mi pingüino… – murmulló dolido. – ¡Bah! Haré otro. – afirmó, colocando las manos sobre su nuca, pero al voltear, notó que Archie estaba golpeando los puños contra la pared que daba a la recámara de Terruce Grandchester. – ¿Qué te ocurre? Destruiste mi invento y ni siquiera me has pedido disculpas. Y ahora estás golpeando la pared de Terruce como si él te hubiera hecho algo.

— ¡Él me hizo algo! ¡Él no merece estar en el colegio! – gritó el castaño, lanzándole una furiosa mirada a Stear. – ¡Es un maldito inglés desalmado!

— Vaya, vaya, ¿qué fue lo que hizo con exactitud que provocara ese coraje tuyo? Creo que nunca te he visto así. – confesó sentándose en una de las camas.

La voz serena del moreno hizo efecto en Archie, quien de inmediato se sentó justo frente a él y comenzó el relato.

— Cuando terminaron las clases y tú te echaste a correr a la habitación para terminar tu invento, yo decidí pasar a ver a Annie, quería pedirle que se hiciera amiga de Candy; ya sabes, ella no es muy social y sé que Candy puede cambiarla. Encontré a Annie acompañada de Elisa, eso me decepcionó un poco, pero conseguí hablar con ella a solas; aceptó un poco titubeante, así que ese tema ya no me concierne. Sin embargo, cuando crucé la segunda colina de Ponny, identifiqué una voz, era la de Candy. Charlaba, o mejor dicho, discutía con Grandchester. ¡No pude resistirme, Stear! ¡Sé que él bromeaba, pero no podía permitir que alguien pudiera herir a Candy! – suspiró. – Así que no tuve más remedio que darle un derechazo.

— ¡¿Que hiciste qué?! – lo regañó su hermano mayor, levantándose de un brinco. – ¡Archie! ¿Pero qué tontería estás diciendo? ¿Qué fue lo que le dijo Grandchester a Candy que tanto te molestó?

— ¡Por favor, Stear, no te exaltes! – suplicó Archie algo asustado. Después de todo, Stear tenía cierta autoridad sobre él por ser el mayor. – Sólo fue un golpe, Candy intervino y él no pudo golpearme; así que no se toma como pelea.

— No, eso te pone a ti como un cobarde. ¿Qué fue lo que ese hombre le dijo a Candy?

El caballero que amaba a la rubia emanó de los poros de Stear. Estaba seguro de que Archie no se comportaba así por cualquier cosa, por lo que a menos que estuviera enloqueciendo, ese inglés realmente hirió a Candy de alguna forma, aunque si ella misma evitó la pelea, no debió haber sido tan malo. ¿O sí?

De los tres Andley, Stear era el más paciente y el más maduro. Amaba con intensidad a la rubia, pero su amor no era posesivo como el de Archie, ni celoso como el de Anthony, su amor era caluroso, protector. Cuando estaban en Lakewood, fue el primero en darse cuenta del cariño que existía entre ambos rubios, así que decidió darse por vencido antes de luchar. A partir de ese momento, su amor fue únicamente destinado a protegerla y hacerla cómplice de sus inventos. El amor de Stear evolucionaba cada día al de un gran amigo, olvidando lo que era amarla como una pareja romántica. Así que cuando sabía de un nuevo dolor en la vida de la muchacha, sentía la obligación de protegerla y detener su agonía. Y eso no excluía ni a su primo, ni al mismísimo hijo de un aristócrata importante en Inglaterra.

Archie miró a su hermano unos segundos antes de darse cuenta de que olvidó las palabras exactas del joven Grandchester. Sólo una escena pasaba por su mente, y no demostraba ningún sufrimiento, no para Candy.

— No… no recuerdo las palabras exactas de Terruce, ¡pero sé que le faltó al respeto a nuestra Candy! – aseguró desesperado. – Sé que suena extraño, pero tienes que creerme. Ellos estaban sentados en la colina, pero discutían acerca de algo del Hogar de Ponny, sabes que Candy es un blanco perfecto para ese tipo de burlas. ¡Sólo por ser huérfana! Ella lo empujó hasta tirarlo y él respondió con algo que la hizo enojar y antes de que ella volviera a empujarlo, escuché claramente que ella le ordenaba que la dejara en paz. ¿Ves por qué lo golpeé? ¡La estaba ofendiendo! Fue el momento en el que yo entré al cuadro y levanté a Terruce del cuello de la camisa y sin esperar a que él se excusara, ¡lo tiré de un golpe!

Stear escuchó el relato con preocupación, y cuando por fin su hermano terminó, se cubrió el rostro con las manos y volvió a sentarse.

— Quiero que seas sincero conmigo y me respondas: ¿Terruce estaba sonriendo cuando Candy lo empujó? Trata de recordarlo y sólo niega o asiente con la cabeza. – el castaño abrió la boca tratando de alegar, pero la mano del moreno cubrió sus labios. – No, utiliza tu cabeza. ¿Estaba sonriendo o no? – el muchacho bajó la mirada y asintió. – Ah, ahora entiendo. – dijo el otro joven soltando a su hermano. – También tú estás celoso.

— ¿Celoso? – repitió levantando sus pupilas cafés. – ¡¿Que no me escuchaste?! ¡Dije "el Hogar de Ponny"!

— Archie, por favor, Candy tiene razón, tú no conoces a Terruce, no puedes saber si no le jugó una broma o en realidad hablaba en serio. Y siendo que estaba sonriendo cuando nuestra amiga lo tiró, entonces adjudico sus actitudes a una broma. – Archie intentó remilgar, pero Stear alzó la voz. – Ni una palabra a Anthony, yo arreglaré las cosas con Terruce. Le diré que le ofreces unas disculpas y le prometeré que no volverás a golpearlo. Y le advertiré que no juegue con Candy. – añadió al ver la expresión de frustración del otro adolescente. – Pero eso será mañana, ahora déjame rehacer a mi pingüino y después los dos nos iremos a dormir. ¿De acuerdo? ¡Gracias!


Una hora antes, Candy estaba trepada en el gran árbol, jugando con Klin en la colina de Ponny. Unos minutos después de haber llegado, escuchó el sonido de una armónica justo a sus pies. Reconoció la melodía, tomó al cuatí entre sus brazos e intentó bajar el árbol, pero como el animal pesaba demasiado, Candy finalmente cayó al pasto, provocando una sonora carcajada en el muchacho de la armónica.

— Cierra la boca, Terry. – ordenó Candy quitándose las ramas del cabello.

— No importa cuanto te esfuerces, jamás podrás sacar todas las ramas de tus rizos, ni aunque dediques tu vida a ello. – respondió él. – Pero déjalas, por favor, así se nota más tu parecido con los monos.

La joven rubia enardeció ante ese comentario y le sacó la lengua a su compañero, después farfulló palabras inentendibles mientras seguía limpiando su desobediente cabello.

— ¿No escuché decir que aprendiste muy bien a trepar árboles en el Hogar de Ponny? Ahora veo que recibirás un mejor apodo después de esto. ¿Qué te parece "el paracaídas con pecas"?

Candy, furiosa pero divertida, le dio pequeños empujones a Terry hasta que consiguió tirarlo. Las pequeñas manitas de la estudiante cosquilleaban los brazos del adolescente, lo que causó una pequeña risilla entre ambos.

— ¡Deja de ponerme apodos! – exclamó ella de nuevo sentada. Él no dejaba de sonreírle. Se sacudió el hombro con el que había tocado el piso y chifló.

— Oye, esos apodos hablan más de ti que tu simple nombre: Candice White Andley. – dijo él con tono burlón.

— ¡Déjame en paz! – ordenó ella, a punto de volver a tirarlo.

Pero interrumpiendo su magnífico momento, un brazo apareció enfrente de los ojos de Terry, y lo levantó de la camisa. Apenas pudo reconocer el rostro de Archie, antes de recibir un golpe en la nariz que lo tumbó de nuevo. Su orgullo respondió, levantándose de inmediato y acercándose a Archie.

— ¡Aléjate de ella, ¿escuchaste?! ¡La dama quiere que la dejes…! – bramó el primo de la muchacha.

— ¡Basta! – suplicó Candy interponiéndose entre ambos cuerpos masculinos. – Terry, por favor, perdónalo, no quiso herirte. – aseguró clavando sus pupilas verdes en los ojos del inglés. – Por favor, olvídalo, Archie. No me hizo daño. – le dijo a su primo, aún sin permitir que ambos hombres cruzaran algo más que miradas. – Por favor, los dos, deténganse.

El primero en relajar sus músculos fue Terruce. Se agachó, acarició a Klin, recogió la armónica y se despidió de Candy con un frío adiós. Cuando sus pasos se oyeron lejanos, la muchacha se relajó, dando un paso atrás.

— No quiero que peleen, por favor, Archie. – pidió sin atreverse a mirarlo. – Y… y no se lo menciones a Anthony, yo hablaré con él.

El aludido, incapaz de responderle, se acomodó las mangas de su camisa, intentó susurrar una disculpa y bajó la colina, enojado por no recibir ningún tipo de agradecimiento por parte de la chica.

Candy, en cambio, unos minutos después se disculpó con Klin y corrió en busca de Terry. Sabía que su honor inglés no le permitiría quedarse con los brazos cruzados, así que tenía que convencerlo de no armar un verdadero pleito. Aunque ella sólo era una mujer, confiaba en que pudiera evitar lo inevitable.

Sus piernas la llevaron a un árbol cercano a la habitación de Terry. Lo trepó sin miramientos, olvidándose que la ventana de la recámara de abajo estaba abierta, y si bien Anthony no podía verla, escuchaba cómo subía el árbol. El rubio todavía estaba algo resentido consigo mismo y con la muchacha, pero no se atrevía a enfrentarla, así que simplemente escuchó como la joven trepaba el árbol con unos desesperados jadeos. Creía que Stear la había citado para enseñarle uno de sus inventos, así que se despreocupó y cayó esclavo del sueño prematuro.


— ¿Terry? –preguntó la rubia una vez de pie en el balcón con la puerta cerrada. – ¿Terry? – repitió golpeando con los nudillos la ventana.

— ¿Tú no aprendes? – contestó una voz masculina cerca de la puerta de cristal. – ¿Qué quieres, Candy?

— Déjame pasar, Archie puede verme. Se puede moles… – se detuvo, al ver como un pingüino de juguete salía a gran velocidad del balcón vecino.

De inmediato, una mano fuerte la asió de la muñeca y la arrastró al interior de la habitación, para después cerrar de nuevo el paso a la habitación.

— ¿Qué quieres? – repitió Terry sin soltarla. Sus ojos azul verdoso estaban desprendiendo un enojo poco conocido. – ¿Vas a rogarme que no le responda a ese americano amigo tuyo? – la expresión de la chica era tan suplicante que el estudiante no pudo soportar seguir mirándola, así que la soltó y le dio la espalda. – Si es así, me temo que tendré que pedirte que te vayas. No soy un donnadie que permitirá esa falta, espero lo entiendas, y si no es así, es una verdadera lástima, porque comenzabas a agradarme.

— ¿Agradarte? – repitió la pecosa dolida, ignorando todo lo demás. – Terry, tú me agradas.

— ¿Cómo puedes decir eso de una persona que no conoces?

— De la misma forma de la que yo te agrado. No sabes nada de mí y sin embargo…

Él no pudo evitar detenerla. ¿Cómo se atrevía a decir semejante mentira? Quizá ella desconociera los sucesos, pero Terry ocupaba gran parte de sus horas descubriendo esos detalles en ella que la hacían tan atractiva para sus tres amigos. Sin darse cuenta, la pequeña pecosa que conoció en el mar, también comenzaba a parecerle atractiva. Cada pequeña cosa en ella era tan rica en emociones, que él sentía cada vez más envidia por sus tres guardaespaldas. Ellos gozaban de algo que él no: de su verdadera amistad. Incluso, uno de ellos, poseía el mayor atributo que una mujer es capáz de entregar: un amor incondicional.

Terry interrumpió a la rubia, haciendo al ocaso el único testigo de las palabras que salieron de los labios de ambos muchachos. Palabras que voltearon de cabeza toda la historia.


¡Hola!

Me encanta el pingüino de Stear. Lo siento, sólo quería decir eso, en verdad amo a ese pingüino.

Quizá le dediqué menos espacio, pero creo que aclaré los sentimientos que yo siempre creí por parte de Stear. Sí, es cierto que al principio estaba igual de loco por Candy que los otros dos, pero siento que conforme avanzó la historia, su amor evolucionó al de un verdadero primo o hermano. Tan siquiera, ésa es mi perspectiva.

Y bueno, con Terry y Candy... ustedes saben, el amor, el amor. Y el orgullo. ¡Bah!

Total, nos leemos el jueves. Agradezco de todo corazón sus comentarios, en serio, son fantásticos.

Les deseo que pasen una excelente semana y que disfruten sus días al máximo.

Un abrazo para todos.