12.

Guardapelo.


Annie se despertó por tercera ocasión. La luna seguía en su auge. Se acercó al balcón y dejó que la luz de la noche palideciera aún más su piel. Aún tenía fresca en su memoria las palabras de Archie. Treinta y seis horas antes, Archie le pidió que pasara más tiempo con Candy, con la intención de hacerse su amiga. Si él supiera lo que eso significaba, sólo Dios sabe lo que pasaría. Quizá ni él se atrevería a seguir dirigiéndole la palabra a Annie. Pero ese no era el principal pensamiento de la chica, no era esa la razón de su insomnio. Cuando Archie mencionó el nombre de la rubia, se iluminó su rostro, delatándolo. Él estaba enamorado de Candy.

— No sé qué le ven a esa huérfana. – comentó Elisa una vez el muchacho de cabello castaño rojizo se fue. – Ni siquiera me parece bonita o elegante, y sus modales son dignos de un establo. ¿No crees, Annie?

La aludida no respondió. Ella sí comprendía cómo Candy era acreedora del amor de Anthony y Archie. Desde muy pequeña, la chica de ojos verdes demostró su valentía y decisión; pocas veces se le vio asustada o tímida, Candy tenía el potencial de un fuerte árbol. Además, contradiciendo a Elisa, Annie sí veía a Candy como un ejemplo de belleza. Y aunque su manera de caminar no tenía ni ápice de elegancia, sus enormes ojos verdes podían perdonar cualquier defecto. Era perfecta a los ojos de los hombres.

— No deberías interesarte tanto en un caballero cuyos gustos son tan corrientes como para fijarse en hospicianas como Candy.

— Yo… debo irme, Elisa. Con permiso. – se disculpó Annie.

¡Cómo duele el corazón cuando está desmoronándose por partes!

Debió pensarlo antes, con Candy tan cerca, ¿quién podría fijarse en una niña como Annie? Candy era la mujer completa. Nadie podría pedir cambio alguno en la rubia, no como en Annie. La morena sabía que su rostro no era feo, sobre todo teniendo en cuenta que sus brillantes ojos azules hacían resaltar su piel. Sin embargo, ella no podía presumir cualidades como las de Candy. Todos los aprendizajes que le obligaron a obtener en casa de los Britter, no eran nada en comparación con las mil habilidades que su compañera presumía. Tenía que aceptarlo, ¡cuánto la envidiaba, en pasado, presente y futuro!

Se limpió las lágrimas de su rostro y regresó a la cama. Quizá en sus sueños podía ser mejor partido que su condiscípula. Quizá en sus sueños podía sentirse admirada por Archie.


Durante la semana siguiente, Annie se distanció de Elisa, tal y como Archie le sugirió; pero aún cuando Candy cada día estaba más alegre, no se atrevió a acercarse a ella. Ya no eran sólo los prejuicios de su crianza, sino la envidia que crecía dentro de ella. Se sentía cohibida cada vez que pasaba a su lado, ¿cómo podría codearse con un ser como ella? Lo que le pedía Archie no sólo era ser su amiga, era soportar la perfección de sus palabras y su rostro, la perfección que tanto le atraía a Anthony. Porque ciertamente, ambos rubios ya se veían mucho mejor. Los domingos que siguieron, permanecieron muy unidos y alegres. Los días grises que los lastimaron, habían quedado atrás. Quizá esa era la razón por la cual, Annie mantenía la esperanza de conquistar el corazón de Archie, pues Candy estaba demasiado embelesada con su novio, con quien pronto cumpliría un mes de relación. Unos días después de su llegada al colegio, Annie descubrió en los ojos de la rubia una felicidad que nunca antes le vio, lo que le atribuía únicamente a Anthony. Debía admitir que ella misma se había sorprendido cuando Archie le confesó por correo, que ambos rubios ya eran pareja, pues aún cuando la misma Annie no tenía ningún prejuicio sobre los discapacitados, no creyó que Candy poseyera la fortaleza física y emocional para mantener su relación tan inquebrantable. A partir de ese momento, admiró la manera de amar de su antigua mejor amiga. Varias noches se imaginó en los zapatos de Candy, pero se horrorizó al idealizar a Archie en una silla de ruedas, y abortó la idea. Ella jamás podría ser tan fuerte como Candy. Por eso la envidiaba, por eso la adoraba. Ella era la mujer que siempre quiso ser, ella era su heroína. ¡Dios! ¡Cuánto la quería todavía!


Semanas antes del cumpleaños de Archie, Candy acariciaba a Klin, quien reposaba en sus piernas. La pareja de rubios había decidido verse en la segunda colina de Ponny. Archie cumplió su promesa, después de tres días, aún no se atrevía a decirle a Anthony nada acerca de su enfrentamiento con Terry, temía que volviera a gritarle a Candy. Y ella estaba dispuesta a aclarar las cosas con su novio. Su corazón le dolía por la separación y por las lágrimas derramadas ese quinto domingo, así que no estaba dispuesta a sufrir más. La solución era sencilla, si él la quería lejos de Terry, entonces ella accedería. Después de todo, aquella noche se dio cuenta de lo granuja que era Terry, y no estaba dispuesta a soportarlo por más tiempo.

— Candy… – la llamó la voz profunda de Anthony. Ella giró el rostro, ignoró a Annalee y se hincó frente a su novio con la mirada llena de ternura. – ¿Pero qué haces, Candy? ¿Qué tienes?

Annalee comprendía la relación de los muchachos, así que supo que no habría problema si los dejaba solos un momento. Ella era enfermera, sí, pero no era igual de devota que la hermana Margaret o la madre superiora; entendía lo que significaba el amor juvenil, ella también se había enamorado a los quince años, comprendía lo que esos muchachos sentían en ese momento. Necesitaban la privacidad que ella les otorgaba, tiempo que aprovecharía para pasar a la cocina y comer algo.

— Anthony, perdóname, por favor. – le suplicó la rubia sin dejar de mirar esos ojos celestes. – Sé que te hice enojar y no estuvo bien lo que te dije. Me comporté como una egoísta, Anthony.

— ¿Estás disculpándote? ¡¿Tú?! ¡No, Candy! ¿Acaso no recuerdas el dolor que sentimos los tres primos cada vez que Elisa te obligaba a pedir perdón de rodillas? Candy, por favor, tranquilízate y levántate, que no quiero verte humillada. No hay nada que yo tenga que perdonar. Sé que fui un hombre cegado por los celos, pero prometo no armar ningún revuelo a partir de ahora. Es sólo que temí perderte, no sé qué haría sin ti. Tú me levantaste cuando estaba deshecho, me abriste el corazón cuando me sentí solo. ¡Candy! ¡Estuve a punto de perder a la mujer que más me ha amado! Pasé noches enteras en vela, pensando en cómo rescatar esta relación, me aterraba pensar que puedo herirte más de lo que imaginé, pero mi egoísmo no permite que te deje partir. Aún así, quiero que te sientas libre de partir en cualquier momento, sé que yo no podré ver mis límites, pero tú sí. Admiro tu independencia y no quiero arrebatártela. – desvió la mirada algo inseguro. – Tienes todo el derecho de mantener una amistad con quien desees, así sea Archie o Terruce. No quiero ser el impedimento para tu libertad, porque después de todo, eso es lo que más amo de ti. – esbozó una débil sonrisa. – Y debo aprender que una joya como tú va a ser codiciada por otras personas.

La joven se levantó para abrazarlo con fuerza. Anthony, su Anthony seguía ahí. Adentro de todos esos demonios, su tierno amor seguía ahí. ¡Qué tontería pensar que ella podía dejar de amarlo! ¡Qué tontería pensar que Terry podía ocupar el lugar de Anthony! Lo estrechó con fuerza, permitiendo que él aspirara el aroma a rosas de su cuello. Era increíble cómo esa muchacha conseguía oler igual a la flor que fue bautizada con su nombre. Cada día esa mujer lo sorprendía aún más.

Pasados unos minutos, la muchacha se separó del joven y se sentó en el pasto. Klin saltó a sus piernas y le lamió la mano derecha. Estaba agradecido por cuidar de su dueña con tanto amor.

— No tienes de qué preocuparte. Si tengo que elegir entre cualquier cosa y tú, entonces será fácil. Te molesta que sea amiga de Terry, bueno, ya no lo soy. Creo que también debo disculparme por juzgarlo antes de conocerlo. – se sonrojó un momento, antes de seguir hablando. – No quiero que pienses que me ha faltado al respeto, sólo que… he decidido que su amistad no puede compararse con nuestra relación, Anthony. – admitió, sintiendo como su corazón tomaba esas palabras de otra forma. Pero ya no había vuelta atrás. – Yo no quiero permanecer en este círculo de llanto, y mucho menos deseo que tú lo hagas.

La sonrisa del joven pocas veces se ensanchaba a ese grado. No lo negaba, esa noticia lo tranquilizaba a mares. Cuando pensaba en el tiempo perdido de aquella semana, se atormentaba creyendo que Grandchester podía acechar a Candy a todo momento, conquistándola en el acto, pero ahora que escuchaba las palabras de su novia, se sentía mucho más confiado. Ella no podría abandonarlo, no lo abandonaría más.

— Candy, me has hecho el hombre más feliz del planeta. – aseguró. – No tienes ni idea de cómo me tranquiliza escuchar eso. ¡Te prometo que jamás volveré a desconfiar de ti!


Y hasta el momento, su promesa seguía en pie. En parte era porque Candy no se separaba de él en sus tiempos libres, trayendo consigo a Patty, quien gustosa conversaba con Stear; y en parte era porque sabía que el joven Terruce estaba nuevamente castigado en el cuarto de meditación, por haber destrozado la cocina el mismo día de la reconciliación de los americanos. El lugar quedó hecho un caos: la salsa de tomate se esparció por toda la pared, las carnes rojas se resbalaron de las ventanas y los condimentos se esparcieron por el piso. Aquél cuartito en donde Candy se escondió una noche, perdió la puerta y fue llenado por ensaladas y quesos. Todos los platos estaban hechos añicos, los cubiertos se quemaban en la estufa, y si no hubiera sido por Denise Thompson, quien sacó a Terry con grandes esfuerzos, la cocina se hubiera convertido en el mismísimo infierno. Cuando las monjas le preguntaron porqué reaccionó de una manera tan violenta, él se excusó con la falta de sueño. Al no recibir mayor información, acudieron a los empleados de la cocina, quienes afirmaron que él estaba tranquilo, hasta que entró la enfermera Annalee y dijo tener un descanso. En ese momento, el estudiante enfurecido, arrojó su plato de sopa al piso y comenzó a gritar tonterías en francés, destrozando todo lo que estaba a su alcance.


"¡¿Cómo pudiste olvidarlo tan fácilmente, Candy?! ¡¿Qué tanto significo para ti?! ¡Prometiste cambiar las cosas, pero jamás me dijiste que no serían favorables para mí! ¡Demonios, estoy enloqueciendo por una mujer a quien en verdad no conozco! ¡Tienes tanta razón, Candy! ¡Pequeña embustera!", pensaba Terry, recostado en la cama del cuarto de meditación, golpeando inconscientemente con sus puños la pared. ¿Cuántos días había pasado en esa habitación desde su llegada al colegio? Quizá decenas, pero nunca se sintió tan abandonado como en esa ocasión. Las noches eran su mayor tortura, no dejaba de recordar lo sucedido aquélla en la que Candy entró a su recámara.

– ¿Que no sé nada de ti? ¡Cuán equivocada estás, pequeña pecosa! – se burló Terry con un tono lastimero, y sentándose enfrente de ella. – Candice White Andley, criada en el Hogar de Ponny y custodiada por los Leagan a los doce años por un corto tiempo, en el que fuiste desde compañera de Elisa, hasta sirvienta. Ahí, supongo, conociste a esa bola de inútiles americanos que me aventuro a afirmar, le pidieron a la cabeza de la familia, el tío abuelo William, que te adoptara como miembro de la prestigiada familia Andley. Eres valiente, sufres de insomnio, no tienes ningún prejuicio sobre las clases sociales, eres orgullosa, tu mascota es un cuatí, que en realidad era de Annie, quien quiero pensar no es la chica Britter; y extrañas estar en América. Una americana que carece por completo de normalidad. Tu novio es un muchacho que sufrió una caída en el caballo y no lo has visitado en toda la semana. Aunque trates de ocultarlo, ustedes están pasando por un mal momento. – ablandó su tono, sintiendo algo de pena por la pecosa que lo miraba con asombro. – Candy, no seas ilusa, yo reconozco a las buenas actrices, y en definitiva, tú no lo eres. Yo te conozco. ¿Y sabes qué más sé de ti? – preguntó, sonriendo. – Necesitas lavar ese vestido, aún tienes ramas por todo tu cuerpo. – la muchacha rió divertida por el último comentario. – En cambio, tú sólo conoces al chico rebelde que no asiste a clases con regularidad y es un buscapleitos.

— Temo decirte que también estás equivocado, muchachito. – contestó ella colocando las manos en su cintura. – Terruce Graham Grandchester, hijo del duque de Grandchester y Eleonor Baker, actriz de Broadway. No vives con tu madre, pero sí con una madrastra y a saber cuántos hermanastros, que adivino por tu actitud, no son agradables. Estás aquí desde hace más de un dos años y aún así, no tienes ningún amigo. Te encierras en tu soledad y en el cigarrillo, aunque eres hábil con la armónica. Asistes a clases cuando estás aburrido y te encanta alardear frente a la hermana Grey. Tienes una gran habilidad para poner apodos y un humor poco común. No te gusta entrometerte con los demás a menos que les tengas confianza. Sin embargo, no todo en ti es malo: conozco de tu buen corazón porque hasta ahora no has delatado a Klin y me salvaste de un castigo la noche en la que fuimos a la cocina. Además, no puedes negarme que tienes una gran pasión por el teatro, pues esa misma noche te vi estudiando los diálogos de Hamlet. Un inglés nada predecible. Yo también te conozco, Terry. ¿Y sabes qué más sé de ti? – sonrió imitando a su compañero. – Yo ya te agrado, pero tu orgullo inglés no te lo permite ver.

— No es mi orgullo, pecosa. Son los tres mosqueteros que cuidan de ti. – corrigió él sacando de su bolsillo la armónica que ella le regaló. – ¿Qué tienen ellos que los hace tan queridos para ti? – preguntó receloso, recostándose en la cama.

La muchacha suspiró y se sentó en una silla cercana a él. El enojo parecía huir de la sangre del inglés, dándole así el poder a Candy de hablar con confianza.

— No es lo que hacen, es lo que son. Todos los amigos que tengo son buenas personas, me han ayudado a ser fuerte y a no rendirme por las burlas de nadie. Ellos son mis amigos por rescatarme de mí persona, estoy segura que no estaría aquí si no fuera por ellos. Por ellos y por Albert.

— ¿Albert? – repitió, mirándola de reojo.

— Un señor que me ha ayudado en algunas ocasiones. Vive en la naturaleza, ama a los animales y es muy sabio. Ojalá lo conocieras, él te haría sentir menos solo.

— Candy, tú tienes a Klin, ¿no es cierto? Siempre has estado con él, me lo confesaste. Él no te ha dejado sola, ¿verdad?

— ¿A dónde quieres llegar? – preguntó ella con curiosidad y ladeando la cabeza unos centímetros. Ése joven podía mantenerla así durante horas, no se cansaría jamás de su elocuencia.

— Mira esto. – murmuró, se incorporó y desabotonó un poco su camisa, para poder sacar una cadena de plata. En ella, colgaba un redondo guardapelo de oro. La muchacha, sin perder el asombro, se sentó a su lado. Terry le ofreció su tesoro. – Ábrelo.

La dama obedeció y esbozó una sonrisa de comprensión. En el lado derecho del guardapelo, un niño de cabellos castaños y ojos azules le sonreía, mientras en el lado derecho, una pareja le devolvía la mirada sin dejar de abrazarse.

— Él es mi padre, creo que no lo conoces. – ella negó con la cabeza. – Antes no era un amargado. Y esta mujer a su lado es Eleonor Baker.

— Siempre ha sido hermosa, ¿verdad? – el muchacho suspiró y asintió. – Sacaste sus ojos y sus labios, Terry.

— Sí, lo sé. Mi atractivo físico se lo debo a ella. – bromeó. – Como lo has adivinado, el niño soy yo. Mis ojos eran más claros cuando pequeño, ¿no crees?

— Supongo que antes no se veían verdes en el sol. – se aventuró ella. Le apenaba admitir que conocía esos detalles de él. Pero su compañero no reaccionó como ella esperaba.

— Los ojos de mi padre son grises, aunque tienen matices verdes. Me parece que lo que mencionas se debe a él.

— ¿Por qué me enseñas esto, Terry? – preguntó la rubia recordando el tema anterior.

Él pasó una mano por su cabello y luego se recargó en la pared, tomando de nuevo su armónica. La miró unos segundos y pasó los dedos por ella, matando a Candy de curiosidad. Detestaba que los ojos de Terry fueran tan discretos, pues no adivinaba ninguno de sus pensamientos. En cambio, el colegial disfrutaba sintiendo la mirada de esos ojos verdes fijos en él. Tan siquiera por un momento, él era el único dueño de los pensamientos de la chica, no se permitiría que ese ensueño acabara pronto, quería aprovechar cada segundo que la tenía cerca. Sus rodillas casi rozaban las suyas, y ese invisible contacto emocionaba al estudiante como si ya estuviera abrazándola.

— El objeto que tienes en las manos es mi secreto para no sentirme solo. Fuera a donde fuera, ese guardapelo no me abandonó. Soñaba con que un día, la fotografía de mis padres me respondiera todo lo que yo les contaba. No le digas a nadie, creo que me tacharían de loco. – Candy, como era de esperarse, prometió no hacerlo. – Y ahora… después de regresar de América, tengo otro tesoro, quizá sean dos si tengo suerte.

— ¿Qué son? – preguntó impaciente la joven.

— ¿No es obvio, pequeña pecosa? – de todos los apodos que le había puesto a la muchacha, ése era su favorito, pues aunque lo negara, esas pecas eran tan especiales en ella que lo volvían loco. – El primero es armónica que me diste.

Hasta ese momento, todo iba de maravilla. Hasta ese segundo, Candy todavía no tomaba la firme decisión de alejarse de él. Fue un pequeño descuido por parte de Terry lo que provocó que una revolución se armara en esa joven relación.


¡Hola!

¡Perdónenme por no subir el capítulo ayer! Llegué muy cansada de la escuela y cuando me fui a la computadora, se fue la luz en toda la colonia. No supe si regresó ya entrada la noche o en la madrugada, pues caí dormida casi de inmediato. No saben lo culpable que me sentí.

Como pueden ver, Candy está confundida respecto a lo que siente por ambos caballeros, pues aunque sabe que Anthony es irreemplazable, no puede evitar pensar en Terry. Y éste a su vez, reaccionó de manera muy violenta al adivinar porqué la enfermera había tenido un descanso. Creo que él es más obvio con su amor por Candy, ¿no? Hasta tonterías en francés dice por ella.

Sé que el guardapelo no aparece ni en el anime o en el manga, pero quería y necesitaba un símbolo más de Terry, y como yo siempre he querido un guardapelo pues... ¿por qué no? A mí me gustó como quedó, pero no sé a ustedes.

Y respecto a Annie, ella también se debate entre sus sentimientos por su mejor amiga, pero creo que la balanza por el momento, está más inclinada hacia su orgullo y preocupación.

Bueno, bueno, mucha charla. Gracias por sus comentarios, me sacan varias risas o sonrisas cada vez que las leo.

¡Que pasen un bellísimo fin de semana!