13.

El significado del amor.


El día tan esperado para Annie por fin llegó. El 11 de abril, Archie cumplía dieciséis años. Quería sorprenderlo con el pañuelo que ella misma bordó durante varias semanas. Era el momento cúspide para Anthony y Candy, así que su amado no tendría motivos para adorar a la rubia. Por fin llegó la oportunidad de Annie para conquistarlo. No importaba lo que Elisa le recordara continuamente, Archie no tenía esperanzas de cortejar a Candy, no tenía derecho. Y ahí era en donde Annie entraría. La conocía desde hacía ya dos años, estuvieron en contacto durante casi un año y ahora que estaban estudiando en el mismo colegio, nada podía evitar que se enamoraran. Para la chica, ese era el destino.

Apretó la caja de regalo en su pecho, y salió a buscar al dueño de su corazón. Esa mañana se esmeró en arreglar su cabello y perfumar su ropa. Contaba con veinte minutos antes de que la siguiente clase comenzara, tenía que darse prisa o la hermana Margaret se molestaría si llegaba tarde a la última clase de la tarde.


Por casualidad, aquél también era el día en el que Anthony y Candy cumplirían dos meses de noviazgo, aunque la rubia no le tomó la misma importancia que su pareja. Su mente se encontraba divagando en la actitud de su antigua mejor amiga. Casi desde su llegada, la muchacha no dejó de bordar un pañuelo con tanto esmero, que estaba segura que se había provocado algunos callos en las manos. Varias veces sintió el deseo de ayudarla, de no permitir que se lastimara, pero su miedo a que su antigua amistad fuera descubierta le impidió actuar. Y a pesar de que en su relación con Anthony estaba prohibido ocultarle algo, no se atrevió a contarle su mayor pena. El único que podía escuchar su historia, porque ya la había adivinado, era Terruce Grandchester. Era ese jovencito que le robaba un suspiro cada vez que pensaba en él, cosa que cada día se hacía más latente. Terry pasó tres semanas en el cuarto de meditación y una en su recámara, pero después de eso, ninguno se atrevió a buscarse, a pesar de saber que tenían un asunto que arreglar. Para la tortura de ambos, parecía que el tema, como su amistad, quedó en el olvido.

Candy seguía queriendo a Anthony, su corazón seguía latiendo con fuerza cada vez que lo veía, pero algo en ella estaba cambiando. Pasaba gran parte de su tiempo cerca de él, hablando con él, pensando en él, incluso repasaban sus clases con él. Patty seguía siendo su fiel compañera, era ella quien aconsejaba a Candy de acuerdo a qué listón ponerse en el cabello antes de cada cita con el rubio; aunque no era lo que necesitaba. Comenzaba a necesitar su tiempo a solas, extrañaba la libertad de trepar árboles y jugar con Klin. No quería admitirlo, pero después de dos meses de relación, echaba de menos su soltería, y como Terry adivinó, también a América. Tenía tantos deseos de abandonar el colegio y regresar con sus madres, de dormir en una sencilla cama, rodeada de niños, despertar y acarrear agua, alimentar a los animales y correr a la colina de Ponny. Aquél 11 de abril, fue el comienzo para el tormento de Candy, tormento que después fue acompañado por el mejor día de su adolescencia.


Stear revisó una vez más el regalo que le daría a Archie apenas terminara el descanso. Desde que quemó el establo en la mansión de los Andley, se prometió no jugar de nuevo con la pólvora, promesa que rompió cuando Anthony y Candy descendieron del trasatlántico que los trajo a Londres. Esa pistola comprobó que podía intentarlo una vez más. La diferencia era que en esta ocasión, compró un pastel que la tía abuela le envió con mucho gusto, y lo cubrió con unas velas que se encenderían en cuanto Archie abriera la caja. Tendría que advertirle que no pusiera el rostro tan cerca del regalo, aunque no habría mayor peligro que unos mechones de cabello quemados.

El castaño se disculpó con su hermano para regresar un libro a la biblioteca, prometiéndole que se verían en el ala más alejada del colegio para celebrar el cumpleaños ellos dos. Dado que Candy y Anthony seguramente estarían festejando su segundo mes como novios, y que ni Elisa o Neil se interesaban en el cumpleaños de Archie, ambos Cornwell decidieron comer el pastel ellos solos; después de todo, tenía años que no lo hacían. Desde que la madre de Anthony murió, cuando él apenas tenía cinco años, siempre fue incluido en las celebraciones de la familia Cornwell, cosa que no molestaba a los muchachos, pero aceptaban que de vez en cuando, la sangre pedía privacidad.

— Faltan unos minutos para que termine el descanso. Será mejor que se apresure o lo descubrirán. Entonces los permisos que pedimos serán anulados. – se dijo Stear mirando el reloj de la pared.

Después de unos minutos, se sentó resignado. No faltaba mucho para que alguna monja fuera por él y lo castigara por mentir al obtener un permiso especial. Sus esperanzas de celebrar el cumpleaños número deciséis de Archie, quedaron desvanecidas. Ahora sólo se preguntaba qué haría con el pastel, pues sería una verdadera lástima si se desperdiciaba aquel exquisito postre.

Unos pasos cruzaron las puertas del salón, pero se detuvieron de repente. Stear sintió la mirada del visitante, mas no alzó la vista. Estaba suficientemente deprimido como para enfrentar la ira de la hermana Grey.

— Qué raro encontrarte fuera de la clase, Alistear. – le dijo una voz masculina que nunca se había dirigido a él.

El aludido alzó el rostro y se sorprendió al reconocer a Terruce Grandchester de pie frente a él. Se levantó de un salto abrazando el regalo.

— Terruce, ¿qué haces aquí?

— Afuera está lloviendo y no planeo entrar a mi siguiente clase, temo mojarme. ¿Y tú qué haces aquí?

— Bueno, este día es muy especial y estaba esperando a alguien para celebrarlo. – explicó el moreno señalando con la mirada la caja verde. – Pero creo que ya todo se ha echado a perder. Te aconsejo que busques un mejor escondite, pronto vendrá la hermana Grey y nos castigará por no estar en clase.

— ¿Te refieres a Candy y al rubio que siempre la acompaña? Porque recién vi a tu amiguita corriendo con desesperación, parecía que buscaba a alguien.

— ¡¿Candy?! – explotó Stear soltando el pastel, olvidando las velas, que en cuanto tocaron el piso, lanzaron la tapa de la caja directo a una pared. – ¡¿Qué estás diciendo?! ¡¿Anthony se perdió?!

Las pupilas azul verdoso del muchacho se endurecieron al escuchar el nombre, no respondería ninguna pregunta referente al hombre que más envidiaba en la vida. Él, Terruce Graham Grandchester, envidiaba a un lisiado americano. Aunque en el fondo de su corazón, también temía por la desesperación de la muchacha, pues si algo le sucedía a su novio, ella sería la que más sufriría.

— De acuerdo, vamos a buscarlo. – respondió resignado. Enseguida se vio arrastrado por las manos del inventor. – ¿Qué no se supone que Anthony no tiene fuerza en los brazos?

— Se supone que no puede mover ni un músculo a partir de su cuello. – respondió Stear quitándose las gafas para limpiarlas. – No veo nada con la lluvia. ¿En dónde estaba Candy cuando la viste?

— ¿En dónde más? En la segunda colina de Ponny, claro está.


El cabello rizado pesa aún más cuando está mojado, e incluso llega a provocar un fuerte dolor de cabeza a quien lo posee. A pesar de eso, la joven estudiante no dejó de buscar a su antigua mejor amiga. El colegio era tan amplio que podían encontrar a Annie hasta el amanecer. Sus piernas estaban cansadas de tanto correr, pero su corazón seguía insistiendo en no abortar la búsqueda. No importaba que adquiriera un fuerte resfriado, el bienestar de Annie superaba todos sus pensamientos. "La hermana María y la señorita Ponny te quieren mucho, Annie, y estarían preocupadas por ti de haber estado aquí.", se dijo recargada en un árbol. Escuchó pasos a su derecha, y volteó con la esperanza de que fuera su amiga de la infancia, pero no eran unos ojos azul océano los que la observaban, sino unos ojos que en ese momento, por la expresión en el rostro y la lluvia en sus pestañas, parecían ser verdes. Eran esos ojos engañosos que jugaban con el clima. Eran esos ojos con los que ya varias veces soñó durante un mes. Eran los ojos de Terry.

— Candy, estás empapada. Vas a pescar un resfriado si no te cubres, ¡santo cielo! – exclamó el joven acercándose a ella. – Te daría mi saco, pero me parece que estoy igual de mojado que tú.

— Terry, no encuentro a Annie, Annie Britter, la dueña de Klin. – explicó con los ojos rojos a causa de las lágrimas.

"Annie Britter, su mejor amiga de la infancia, criada en el Hogar de Ponny al igual que la pecosa.", se explicó a sí mismo Terruce, recordando algunos detalles de su compañera. Entonces estaba preocupada por su amiga, a quien buscaba era a esa tal Annie. Pero aún no comprendía porqué estaba tan sola.

— ¿Y dónde está Anthony?

— En su clase, supongo. Annalee lo llevó a su clase momentos antes de que Archie hablara conmigo. Te contaré después. Lo importante es encontrar a Annie. Archie también está buscándola.

— Stear está buscando a la persona equivocada, entonces. – murmuró Terry.

— ¿Qué tiene que ver Stear en todo esto? – preguntó justo antes de que una gruesa gota cayera en su ojo derecho. Pronto se dio cuenta de que lo que caía del cielo ya no sólo lluvia, sino granizo. – Annie…

— Ve a tu clase, yo la encontraré. – ordenó Terry, quitándose el saco y rodeando a Candy con él. – Te lo prometo, la encontraré.

— No, Terry. Annie es mi responsabilidad. Desde niñas era yo la que la cuidaba, es mi deber encontrarla. Además, no me sentiré tranquila hasta no verla. ¡Y ponte ese saco, que te enfermarás! – atajó ella devolviéndole la prenda. – Y si eso pasa, me sentiré doblemente culpable, porque pasarás otra semana en tu habitación a causa de la enfermedad.

El adolescente suspiró y aceptó de mala gana, aunque dudaba que el saco sirviera de algo, pues ya estaba mojado hasta los huesos.


Annie se abrazó las rodillas sin parar de llorar. En aquel lugar se sentía segura. Desde que llegó al colegio, notó el parecido entre la colina más alejada del instituto y la que se veía desde el Hogar de Ponny. Intentó evitar ese lugar durante su estancia, pero su alma deseó con desesperación huir ahí en cuanto Elisa y Luisa descubrieron su secreto. En cuanto la primera gota cayó en su cabello, se percató de que debía esconderse. De ser Candy, seguramente se hubiera refugiado en lo alto de las ramas, pero siendo sólo Annie, buscó un escondrijo más adecuado, que encontró justo a la vuelta de la colina. Unas rocas se acomodaban de tal forma que un cuerpo tan delgado como el de ella, podía esconderse ahí sin problema alguno, cubriéndola de la tormenta.

Dos pares de pies, unos frágiles y delicados; y otros fuertes y seguros, se acercaron a la colina. Ambas voces gritaban su nombre. La voz de la mujer era de Candy, estaba desesperada. La segunda voz no la conocía, pero era de un hombre. Candy estaba acompañada por un muchacho que no era su novio, aunque eso ahora no le importaba a Annie. Su principal preocupación era desaparecer pronto. Era no ocultar su origen, era no mentirle más a Archie. Era ser ella misma por siempre.

– ¿Annie? – preguntó la voz masculina a unos pasos de ella. – ¡Candy! ¡Aquí está! – gritó y enseguida llegó la muchacha. – Está ahí, entre las rocas.

Annie abrazó con más fuerza sus rodillas, no quería ser descubierta, todavía no. Menos por una mujer tan fuerte como Candy. ¿Qué hacía ella buscándola? Después de todas las groserías de Annie, Candy debería odiarla, no mojarse así. Lo más normal sería que la dejara sufrir, que la hiciera pagar por todos sus actos, sus mentiras. ¡¿Por qué ella siempre se empeñaba en ser completamente diferente a todos?!

– ¡Vete, Candy! – pidió Annie limpiándose por tercera ocasión las lágrimas.

– No, Annie. Por favor, tienes que salir de ahí, puedes enfermarte, ¿acaso has olvidado lo sensible que eres en la lluvia, pequeña cobarde? – dijo Candy con la esperanza de que los recuerdos aminoraran el comportamiento de la morena.

Pero vaya que estaba equivocada. Ante cada imagen que pasaba por la cabeza de Annie, cada escena con Candy, se deprimía aún más. Por eso Archie jamás se fijaría en ella, ahora lo sabía, ella le mintió como Candy no lo hizo. El problema no era la belleza de la rubia, no era su sonrisa o su carisma, el problema era que ella sí era honesta.

– No, no saldré Candy. – afirmó en un susurro aferrándose aún más a su cuerpo.

La adolescente, como siempre una guerrera, dio un paso adelante, pero la firme mano de Terry la detuvo. Ella no podía hacer nada. Su trabajo estaba hecho, sabía en donde se escondía Annie; pero el trabajo de sacarla de ahí radicaba en Archie. No importaban todos los momentos que vivieron en el Hogar de Ponny, la única persona que la haría entrar en razón era Archie. Terry entendía a Annie. Durante casi un mes y medio, fue el personaje más furibundo y malcriado de Inglaterra, su humor cambió de manera drástica después de entender que Candy decidió alejarse de él para salvar su relación con Anthony; pero cuando la supo preocupada, cuando se liberó del peso que era ocultarse a sí mismo el sentimiento que comenzaba a emerger con fuerza, se dio cuenta de que lo que más le importaba en el mundo, era ser perfecto para Candy, aún cuando ella no dejara de serle ajena. Annie le mintió a Archie, le ocultó su crianza, le hizo creer que era una verdadera hija Britter, imposibilitándole así, el conocerla por completo. Y ahora que Archie lo sabía, no sólo quedaba como una mentirosa, sino también como una cobarde. Así jamás se sentiría digna del cariño de Archie. Y por más que a Terry le desagradara por completo Archie, admitía que podía ser un buen partido. En ese momento, un sentimiento de empatía invadió su cuerpo, no conocía a Annie, nunca le había hablado, ni siquiera habían cruzado miradas, pero de alguna forma, quiso ayudarla. Quiso explicarle que la única forma de sentirse mejor, era dejar que su verdadero ser emergiera de lo profundo de sí. Quizá eso no fuera suficiente para atraer a Archie, pero en definitiva, era la mejor lucha que podía hacer.

– Debes ir por Archie, Candy. Yo esperaré, vigilaré que Annie no se mueva de aquí. No tardes, por favor, o vas a enfermarte.

La estudiante obedeció sin responder nada y se echó a correr al interior del bosque sin dejar de llamar a su castaño primo. Terry podía escuchar la voz de la joven. Esa voz graciosa y sencilla que tanto le agradaba.

Se sentó enfrente de las rocas y sacó su armónica. Se esforzó por tocar en un volumen bajo, sólo para Annie. Ella escuchó la música que se distorsionaba con la lluvia, era una melodía hermosa, el intérprete sabía como tocarla a la perfección. Annie Laurie, una canción del siglo pasado que tanto le gustaba a la señora Britter. Escuchar esa melodía tan conocida relajó un poco a la jovencita.

– ¿Annie? ¿Me reconoces? – preguntó Terry dándose cuenta que el agua se metía a su segundo tesoro. La aludida no respondió. – Soy Terruce Grandchester, puedes decirme Terry, Candy lo hace. – sonrió con burla. – La conocí cuando regresaba de América y a partir de ese momento, pasamos por situaciones muy curiosas, así que por azares del destino, me enteré que tú también fuiste criada en el Hogar de Ponny. No quiero juzgarte, entiendo porqué ocultaste tu origen, ser de la alta sociedad te obliga a negar algunos recuerdos de tu vida que quisieras presumir, yo lo sé bien. Sé que ahora te sientes como una basura, que no puedes ni comprender porqué obedeciste a tus padres cuando te pidieron que escondieras tu crianza, pero sintiéndote así no arreglarás nada. Annie, yo mejor que nadie puede afirmarte que no importa el origen de las personas, sino el camino que uno toma. Sé que te sientes culpable por mentirle a Archie, pero lo más sensato que ahora puedes hacer es enfrentarlo y decirle toda la verdad.

– Pero eso no importaría. Él quiere a Candy. Él jamás se fijará en mí. – alegó la muchacha interesada en la conversación del misterioso joven. ¿Dónde había escuchado ese apellido?

Esas palabras se clavaron como un puñal en el corazón de Terry. ¡Cuánta semejanza había entre ellos dos! Pocas veces comparaba su situación con la de algún compañero, pero esta vez lo hacía de forma inconsciente.

– Eso no importa, Annie. – aseguró en un triste susurro arrancando un poco de pasto. – Lo importante es ser perfecto para ellos, aunque nunca nos elijan. Lo importante es saberse único, aunque esa persona no piense igual. Lo importante en el amor, no es ser amado, sino amar. Y no existe manera alguna de amar a otra persona, sin antes amarse a sí mismo. Para que Archie te ame, necesita perdonarte, pero antes de eso, tienes que hacerlo tú. Antes de ganar su corazón, gánate a ti, Annie.

Ella se quedó callada ante su sabiduría. Debía estar muy enamorado para pronunciar esas palabras tan bonitas. Y aunque no lo conociera, le deseaba la mejor de las suertes, esperando que él no estuviera en la misma posición que ella.

Terry escuchó los rápidos pasos de Archie, así que se despidió con rapidez de Annie y siguió su camino. De nuevo se resfriaría, lo sabía de sobra, aunque también sabía que valdría la pena. Si bien no consiguió un cambio notorio en Annie, tan siquiera pudo desahogarse. No importaba la decisión de Candy, no importaba que no volviera a dirigirle la palabra, él se esforzaría por no dejar de ser él mismo sin necesidad de afectar a los demás. Amaría a Candy en silencio si era necesario, se alejaría de ella si ésta se lo pedía, dejaría de pensar en aquella noche si ello lo atormentaba. Ese día, Terry Grandchester aprendió el verdadero significado de amar.


¡Hola!

Nunca olviden esta conversación con Annie, es muy importante, ¿de acuerdo? Sé que en el manga como en el anime, Terry no hace aparición en esta escena, pero ya saben, el aleteo de una mariposa en Japón puede provocar un tsunami en Nueva York. Dicho de otro modo, el que Anthony no muriera afectó en toda la historia. Además, ¿quién no quería leer ya una declaración real de amor? Ya sé que Candy no la escuchó y que Annie es medio distraída como para adivinar a quién iban dirigidas esas palabras, pero... ya es un avance, ¿qué no?

Y sí, le inventé un nuevo cumpleaños a Archie. Me confundí entre tantas fechas y me desesperé. Si Anthony le impuso un cumpleaños a Candy, yo tengo el derecho de imponérselo a Archie, ¿quién me lo impide?

Antes de despedirme y agradecer sus magníficos comentarios, quisiera responder de manera pública un comentario con el que me identifiqué. Yo sé lo que es leer una maravillosa historia y que ésta no esté completa o que no se actualice. Por poner un ejemplo, la semana pasada me enamoré de un fic en esta página que no se actualiza con regularidad. ¡Me sentí estresada! Pero bueno, todo ésto viene porque yo me comprometo a no abandonar el fic. Sé que mínimo diecisiete personas siguen la historia, y aunque sólo fuera una, no la abandonaré, llegaré hasta el final con la misma regularidad que ahora mantengo. Soy muy responsable y sobre todo, comprendo la desesperación de no saber qué demonios le sucederá al protagonista. ¡Lo sé, diantres, cómo duele!

Aclarado ese punto, me despido de ustedes. Sí, ya sé, todavía no pongo qué ocurrió entre Candy y Terry en "esa" noche, pero ya verán.

¡Gracias por su apoyo infinito! ¡Les mando un fuerte abrazo!

¡Nos leemos el jueves!

P.D. Estuve debatiendo con una amiga acerca de qué edad tenía Candy al terminar el manga, yo digo que tenía diecisiete, pero ella dijo que tenía dieciocho. ¿Alguien podría despejarme esa duda?