14.
Estamos perdidos.
El sobre era idéntico a los demás. De un rosa chillón y con aroma a fresas. Su madre le había escrito de nuevo. Eleonor Baker, mejor conocida para Terry como una señora que se cambiaba de nombre con frecuencia. Si le huía a su propio nombre, no había motivo para esperar que no huyera de su único hijo. Intentó ignorar el mensaje, pero su sentido de curiosidad y amor lo llevó a abrir el sobre. Ojalá nunca lo hubiera hecho.
Sus ojos azul verdosos devoraron la hoja con rapidez, sintiendo como su alma se destruía ante cada palabra leída. Su letra estaba distinta, parecía distorsionada y en algunas oraciones, la tinta estaba barrida seguramente a causa de las lágrimas que cayeron sobre el papel a la hora de ser escrita la carta. Ningún detalle cambió el dolor en el que se sumergió el muchacho. Palabras más concretas no pudo elegir.
Como si una daga presionara sobre su corazón, Terry se tambaleó un poco sobre su habitación, y se aferró a las cortinas. Quería recordar la última vez que se sintió tan herido y traicionado, pero su memoria no dejaba de dibujar los recuerdos de la mujer que era su madre. Ningún final le dolió tanto, ninguna despedida lo atravesó de ese modo, ningunas palabras lo mataron como esas. Su respiración acompasada y el sudor en su frente lo demostraban. De manera inconsciente se llevó una mano a su corazón, arrojó la carta al piso y sus lágrimas empaparon su rostro.
Por primera vez en mucho tiempo deseó volver a ver a su madre. No sólo para abrazarla una última vez, sino para exigirle una despedida más larga. ¡Demonios, era su madre! ¡¿Qué clase de madre se despide de su primogénito con sólo trece líneas, ciento once palabras y una fría firma?! Por un momento, incluso deseó matarla, quizá le doliera menos si él fuera lo último que ella viera, pero sabía que eso sería inútil. Lo único que podría terminar con su pena sería ser otra persona. ¡Cualquier otra persona! Conocía tantos envidiosos que deseaban ser un Grandchester, pues bien, él dejaba de serlo. Si ser un Grandchester significaba no tener madre, entonces abandonaría el apellido paterno. Si ser el hijo de uno de los mayores aristócratas de Londres, equivalía a ser casi huérfano, prefería ser un donnadie. ¡Tanto defendió Inglaterra, la tierra de su padre, para que esa misma tierra le arrebatara a su madre! Un maldito océano lo separaba de la mujer que más amaba, un maldito océano y la maldita profesión de la actriz. ¡Al demonio el teatro! ¡Terry quería a su madre! ¡Al demonio su padre y la estúpida cerda que tenía como esposa! Terry estaba decidido a irse a América. Estaba harto de ser sólo un juguete para sus padres, no era un animal que podía cambiar de hogar y nombre cada dos por tres meses. No era ningún humano sin sentimientos. Él sentía y le dolía la indiferencia de su padre, y aunque lo negara, contaba con el cariño y correspondencia de Eleonor. Ahora que ya no la tendría, ¿con qué contaría? Su orgullo lo obligaba a alejarse de su madre, pero su corazón lo empujaba a verla, verla una vez más. Estaba tan desesperado que sentía que si no le confesaba todo su dolor a alguien pronto explotaría.
Se recargó en el barandal del balcón tomando un poco de aire para saltar y correr fuera del colegio. Se iría a América esa misma noche. Nada lo ataba a Inglaterra, sus sentimientos más profundos estaban en esa casa de Broadway que albergaba a su cruel progenitora. Colocó un pie en el barandal, dispuesto a brincar, pero una risa cantarina lo retuvo un segundo. En la habitación de abajo la ventana estaba abierta, permitiéndole a Terry escuchar un ápice de lo que ocurría. ¿Cómo pudo olvidarlo? Aún existía algo que lo detenía en Londres, en ese mismo colegio. Sus ojos, su expresión, su rubia melena, su delgado y hábil cuerpo, su nariz pequeña, su carácter, su independencia, su actitud, su sonrisa, ¡su risa!
— ¡Santo cielo! ¡Me enamoré! ¡Estoy perdido! – exclamó Terruce dejándose caer en el piso del balcón.
Un joven rubio mayor de veinte años, se dirigía a un bar de Londres en medio de la penumbra nocturna. Ahí se encontraría con su fiel amigo y consejero. Desde un año atrás, una preocupación se había insertado en su mente, no estaba seguro de que pudiera hacerse cargo de una responsabilidad tan grande, por lo que decidió acudir a esa persona que nunca lo dejó solo. Iba a girar a la derecha, cuando un típico pleito callejero llamó su atención. Se trataba de una algarabía entre un colegial y tres hombres mayores que él por mínimo diez años. La discusión terminó cuando el estudiante, más borracho que los otros tres, lanzó un golpe a la nariz del más grande. Albert, que era el nombre del joven observador, supo de inmediato que si no intervenía, pronto el muchacho tendría tantas heridas que necesitaría ir con urgencia a un hospital.
— Así que tres contra uno, ¿eh? – preguntó acercándose al pleito.
— No te metas, forastero. – le respondió el adolescente antes de recibir un fuerte golpe en el rostro.
— Creo que ignoraré tu petición. Es una lástima que un chico como tú esté metido en una pelea como esta.
Acto seguido, detuvo el brazo de uno de los adultos. Sus ojos, ocultos detrás de unas gafas oscuras, mostraban irritación y cansancio. Después del día tan agotador que tuvo, firmando papeleo tras papeleo, lo único con lo que soñaba era con un buen lugar para beber una copa y desahogarse con un amigo. Sin embargo, detestaba las peleas. No comprendía cómo la razón humana era tan escasa que necesitaba de sus puños para arreglar cualquier tontería. Las guerras y disputas eran lo que arruinaba un mundo lleno de criaturas tan hermosas y dóciles como las que vivieron con él en América. Si los humanos tenían lenguaje, en teoría poseían la capacidad de resolver cualquier diferencia. No tenía sentido demostrar su estupidez golpeando al prójimo. Ya era suficiente con destruir los hábitats naturales de los animales.
Después de unos cortos minutos, por fin Albert consiguió detener la paliza contra el jovencito. Cuando giró el rostro para sonreírle, notó que éste se agarraba la pierna con un gesto de dolor. Su cuerpo, aunque fuerte, se veía debilitado por el alcohol. Vaya insistencia por arruinar la etapa más hermosa de la vida. Cuando el muchacho dejó de presionar su rodilla, Albert distinguió una cortada limpia de un cuchillo. Resopló, tomó el brazo izquierdo del estudiante, lo pasó sobre sus hombros y abrazó su cintura.
— ¿A dónde te llevo?
— Al colegio San Pablo. ¿Quién eres? – preguntó el joven.
— Soy Albert. ¿Y tú? – contestó, caminando con el ochenta por ciento del peso del colegial en sus hombros.
— Terry. – susurró el otro con desgana.
— Bien, Terry. ¿Por qué peleabas? ¿Quieres contármelo? – el aludido no respondió. – Sé que fue por una tontería, no te adelantes a afirmarlo, sólo quiero que hagas el esfuerzo por mantenerte despierto, porque de otro modo, no podré llevarte hasta tu destino.
— Mi destino está en el ala norte del colegio. – respondió Terry con una sonrisa socarrona en el rostro. – Peleaba por el absurdo honor de mi país. ¿Sabes? Estás cargando a un hombre que es de padre inglés, madre americana, corazón americano y residencia inglesa. ¿Entiendes que mi mareo no es provocado sólo por el alcohol? – preguntó con burla.
— Sí, supongo. Las nacionalidades son una de las formas más ridículas de discriminación. – comentó el rubio mirando el muro del colegio. – Necesitaré que saltes, Terry. Las puertas del colegio están ahora cerradas, así que…
Antes de que pudiera terminar la frase, el joven ya estaba encaramado en el muro. Vaya que era ágil. Albert lo imitó y juntos entraron a los grandes jardines del colegio. En la noche los susurros de las hojas de los árboles parecían darle la bienvenida a cualquier delincuente. Las sombras de los edificios podrían asustar a cualquier infante de tres años, aunque para los enamorados, la luna era la perfecta acompañante para confesar sus sentimientos.
Seguro de que Terry ya no estaba en peligro, Albert detuvo la conversación llevándolo al ala norte que mencionó el joven momentos antes. Recargó al estudiante en la pared y abrió un enorme ventanal.
— ¿Ya te sientes mejor? – cuestionó tomándolo por los hombros para ayudarlo a meterse al colegio.
— Sí, ya estoy bien. – contestó Terry metiéndose con cierto dolor al oscuro pasillo.
— Bueno, cuídate. – dijo Albert un tanto dudoso por su estado. Aún se veían los golpes en su rostro demasiado marcados, y su rodilla no cesaba de sangrar.
— Puedo arreglármelas, gracias. – aseguró el muchacho antes de despedirse y cerrar la ventana.
Diez días pasaron después de aquél incidente. Anthony escuchaba con atención la carta de su tía abuela que Archie leía con una sonrisa en su rostro que no podía borrar, pues las noticias eran las mejores. Anthony estaba absorto, no creyó que pudiera ser cierto. Estaba tan resignado a seguir con la vida que ahora tenía que olvidó los estudios que le hicieron en diciembre. Sus primos y su novia consiguieron que su arrogancia se detuviera antes de lastimar más a la rubia, así que, casi se podía asegurar, que Anthony era feliz.
— "…en conclusión, le enseñarás esta carta a la hermana Grey, es necesario que te permita tomar el curso para que recuperes la movilidad de tus brazos. Te quiere y extraña, Emilia Elroy." – leyó extasiado Archie. – ¡Anthony! – exclamó riendo de alegría. – ¡¿Escuchaste?!
El rubio sonrió sin poder creer por completo aquella noticia. Sus piernas no tenían remedio, eso estaba claro, pero aún existía la posibilidad de mover los brazos. Entonces podría cuidar de nuevo a sus rosas, podría pescar, podría escribir… ¡podría abrazar a su Candy! ¿Qué se supone que debía sentir? Estaba feliz, por supuesto, pero no podía expresarlo. No sabía reaccionar ante tanta felicidad. El paraíso le abría las puertas con aquella enmienda. Sus ojos azules se empañaron de lágrimas, acompañadas de una sonora carcajada que tenía tiempo no soltaba. Archie, conmovido por la reacción de su primo, se hincó y abrazó sus ya delgadas piernas. Después de tantos meses, por fin había llegado su recompensa. Ya podría despedirse de tantos cuidados y tantas escenas vergonzosas. Anthony recuperaría su verdadera sonrisa, su felicidad. No era que se hartara de cuidar de su primo, pero sabía que esos cuidados provocaban que se sintiera inútil, o incluso una carga, así que pudiendo mover sus manos, ya no se deprimiría de ningún modo. Después de todo, lo que todos buscaban era la felicidad del rubio y sólo una nueva independencia lo conseguiría.
— No podré trepar los árboles como Candy, pero podré abrazarla, ¿te das cuenta, Archie? ¡Podré abrazarla! – gritó Anthony radiante de alegría. – Léeme de nuevo la carta, necesito saber que esto es real. ¡Jamás creí que tanta dicha cabría en mí!
El aludido obedeció sin preámbulos. ¿Se podía estar más feliz?
Annie seguía repasando con Candy y Patty las capitales de los países de Europa. Notaba que una de sus compañeras estaba muy atenta y acertaba ante cada pregunta de la morena, pero otra estaba absorta en sus pensamientos. Patty, por supuesto era la que no perdía la atención de la voz de Annie, ignorando incluso a la perdida Candy. Annie intentó pasar por alto la distracción de su mejor amiga, pero después de un minuto cerró el libro de geografía y centró sus ojos en los de Candy. Ésta, saliendo de su ensimismamiento, miró a la morena con ojos asustados. No podía ocultar su preocupación por mucho tiempo.
— ¿Qué ocurre, Candy? Has estado con la mirada perdida desde hace más de quince minutos. ¿Te preocupa algo? – la enfrentó Annie. Patty, con la velocidad de un suspiro, concentró su atención en la rubia. – Sabes que cuentas con nosotras.
— Annie… perdóname por no prestarte atención, es sólo que la imagen de Anthony no me deja en paz. Hace rato que lo vi, estaba distinto. No pude acercarme a él, pero sé que está diferente, y no puedo visitarlo porque mañana tenemos examen de geografía. – Patty, una romántica empedernida, se cubrió las mejillas con un gesto de ternura.
— ¡Annie! ¿Qué preguntas son esas, si a leguas se ve que nuestra Candy está enamorada? – la regañó la castaña. La pecosa podía engañar a cualquiera, pero Annie, quien la conocía desde su más tierna infancia, sabía que estaba mintiendo.
Sin embargo, se dio cuenta que quizá no sería prudente enfrentarla frente a Patty, así que dejó pasar esa mentira y continuó con la lección de esa noche.
Como era de esperarse, Candy no obtuvo una nota alta en el examen de geografía. Resopló resignada y miró a Patty, quien feliz abrazaba una hoja de papel. La rubia sonrió. Patty era conocida por sus buenas calificaciones y su impecable conducta. Ella era lo que se consideraba como una estudiante modelo. Candy no se esforzaba por ser ello, pues sabía de alguna forma, que en su destino no importaba lo que una hoja de papel dijera. Su destino ya estaba escrito, todos lo sabían, ella lo sabía. Cuando tuviera la edad suficiente, sería desposada por Anthony Brower, su actual novio. Vivirían en una de las mansiones Andley y ella sería la fiel esposa que estaría con él toda su vida. Ya imaginaba el vestido de novia que utilizaría, y el rostro de felicidad de sus madres. Los niños del hogar con seguridad devorarían con ansias el pastel. Todo saldría según lo planeado. Los invitados, los trajes, las palabras dichas; todo. Por su mente se detuvo la posibilidad de invitar a Terruce Grandchester a la ceremonia, pero cuando recordó el suceso ocurrido aquella noche en que platicaron en la habitación del castaño, ignoró ese pensamiento. Él no podía asistir. Recargó la barbilla en las palmas de sus manos y se deleitó recordándose diez noches antes, cuando limpiaba las heridas del rostro de Terry. Qué piel tan suave la de sus mejillas, qué cabello tan sedoso el de su cabeza, qué brazos tan fuertes… qué hombre. Apenas tenía dieciséis años y ya era tan atractivo. Estando tan cerca de él que su aliento a alcohol invadía sus orificios nasales, vio a la perfección esos matices verdes en su mirada azul. Se sabía de memoria los puntos exactos en donde las líneas verdes se escondían en esas pupilas tan profundas. Se sentía capaz de dibujar esos ojos, pues recordaba con precisión cada punto de ellos. En su vida no había visto unos ojos tan increíbles, tan tiernos y fríos a la vez como los de él. El secreto de su vida estaba marcado en esas pupilas. Pero Candy se sentía capaz de apostar su vida a que podía descubrir ese secreto. "Apostar su vida", ¡qué hermosa expresión! Cuando uno está seguro de algo, no hay forma de demostrarlo si no es apostando su vida a ello. Y Candy apostaba la suya a que Terry no era un granuja. No importaba la falta que cometió con ella, ni la pelea de diez noches atrás, ella apostaba su vida a que Terruce era una maravillosa persona.
— El salón quedó desierto, Candy. – la interrumpió Annie. Justo después se sentó a su lado. – Candy, debes decirme qué es lo que te pasa. En serio me siento preocupada por ti.
— ¡Ay, Annie! – respondió Candy sin dejar de sonreír. – ¡Te preocupas por pequeñeces! No hay nada que temer, estoy bien. – evadió la azul mirada de su amiga un segundo antes de pronunciar las palabras más certeras de su vida. – Estoy enamorada, eso es todo.
Y como buena observadora, Annie notó que las palabras de su amiga llevaban un nuevo significado. Tenía más de una semana que su mirada había cambiado. Si antes creyó verla feliz, estaba equivocada. Sus movimientos eran más libres y su risa detonaba una intensa alegría. Estaba claro que estaba enamorada, pero Annie tenía un dejo de duda sobre quién sería el acreedor de ese tesoro.
— Eso es obvio. ¿Pero de quién, Candy? ¿De quién estás enamorada? – la pregunta tomó por sorpresa a la rubia, quien a la defensiva se levantó y le dio la espalda a su amiga. – ¿Candy? ¿Estás bien?
— ¡Annie! ¿Qué estás preguntando? Soy novia de Anthony, ¿no? – respondió retorciendo la tela de su vestido con nerviosismo. Detestaba que Annie la conociera tan bien.
— ¿Y lo amas? – la rubia asintió con la cabeza. – Entonces sólo dímelo. Gira el rostro y dímelo. Di que es a Anthony a quien amas.
— No me presiones, Annie. – suplicó Candy con un tono alarmante. Su corazón latía con furia, temeroso de ser descubierto. "¡Ay, Terry, cómo me dueles!", pensó con la respiración entrecortada. La inmaculada sonrisa del hijo del duque de Grandchester se cruzó en su mente y ella cayó de rodillas al piso. – ¡Annie! ¡Estoy perdida! – suspiró cubriéndose el rostro con ambas manos.
La morena, adivinando una parte de los sentimientos de Candy, se hincó detrás de su amiga y la abrazó, consolándola. Entendía el tormento que estaría pasando. Aunque quería mucho a Anthony, sus sentimientos no eran los mismos que en el otoño pasado. Sus labios podían decir lo que sea, pero su mirada no mentía.
— ¿Quién es entonces, Candy? ¿Acaso lo conozco?
— No, no lo conoces, Annie. – aseguró limpiándose las lágrimas con su antebrazo. – Quiero decir, no los he presentado. Aunque él estaba conmigo cuando te busqué aquella tarde.
— ¡Terry! – susurró comprendiéndolo todo. Claro que lo conocía, a él le debía todos sus avances con Archie y con ella misma.
Ahora recordaba en dónde había escuchado el apellido "Grandchester". Uno a uno, fueron pasando en su cabeza los diálogos que mencionaban al muchacho. Era él…
"Como el hijo del duque de Grandchester, ¿quieres decir, Archie?…"
"¿Conoces al hijo del duque de Grandchester, Candy?…"
"Ah… sí, Terruce Grandchester, todos lo conocemos.…"
"¿Amigo? No, sólo hemos intercambiado algunas palabras.…"
"Es hijo del duque de Grandchester…"
"¡Dios, Candy! ¿Es que ese muchacho también te ha lastimado?..."
"¿Annie? ¿Me reconoces? Soy Terruce Grandchester, puedes decirme Terry, Candy lo hace. La conocí cuando regresaba de América, y a partir de ese momento, pasamos por situaciones muy curiosas,…"
"Lo importante es ser perfecto para ellos, aunque nunca nos elijan. Lo importante es saberse único, aunque esa persona no piense igual. Lo importante en el amor, no es ser amado, sino amar."
En ese momento, Annie era la única que conocía los sentimientos de ese par. Desgraciadamente, no era la única atenta la conversación.
Una melena rojiza salió a gran velocidad del pasillo dispuesta a arruinar a su enemiga de por vida.
¡Hola!
Ni crean que me iba a olvidar de Albert, es el papito suegro de Terry... bueno, no, aún no, de hecho, ahorita es el papito suegro de Anthony. Pero ustedes me entienden, ¿verdad? Como sea, ahí está la famosa escena de su borrachera y la razón de porqué Albert "se equivocó" de ala. Terry, estando tan borracho, no pensaba en su recámara, sino en la de Candy, pues ahí estaba "su destino". ¡Mi vida!
Por otra parte, por fin los dos ya lo confesaron. Ya se dieron cuenta de lo enamorados que están, aunque no fue en momentos muy agradables. Pobre Terry, la carta de su madre, hasta le salió su lado asesino estilo Uchiha - sí, el clan de Konoha de Naruto-. (No se preocupen, les pondré textualmente lo que dice la carta, no se la perderán.)
Anthony ya tiene oportunidad, ¿no es eso hermoso? Ya podrá mover los brazos, qué alegría.
Y sí, ya sé, mis finales son muy dramáticos, pero ustedes ya saben de quién es esa cabellera rojiza, ¿cierto?
Quiero agradecerles por aclararme las dudas. Son todas unas genios.
También les agradezco por sus comentarios, me encanta leerlos y sentirme en contacto con ustedes. Son lo que le pone vida a esta historia.
Perdónenme por subir los capítulos tan tarde, digamos que no llego muy temprano de la escuela y en estos días traigo en la espalda unos asuntos que me impiden realizar mi rutina normal.
Nos leemos el lunes. Les mando un fuerte abrazo y les deseo un hermoso fin de semana.
