15.

Pasiones.


Archie seguía a Annalee con la silla de ruedas. No cesaba de hablar acerca de lo que podría hacer cuando Anthony recuperara la movilidad de sus brazos. Sus labios se movían con rapidez, Anthony creía que se convertiría en Candy en cualquier segundo. No sólo era anormal que Archie parloteara de ese modo, sino que estuviera tan apegado a él. Podría decirse que todo lo que se respiraba a su alrededor era alegría. El rubio no pudo evitar dejar escapar una risa incontrolable que se vio interrumpida por la presencia de uno de sus compañeros, de piel muy clara y ojos oscuros.

— Brower, una dama desea verte. – le dijo Denise Thompson con una mirada divertida. – Pareces feliz, Cornwell. – comentó mirando con fijeza al castaño.

— ¡Lo estoy, Thompson! ¡El elegante caballero en la silla de ruedas pronto podrá mover los brazos de nuevo! – explicó Archie ignorando el recado de su compañero, quien pocas veces les dirigía la palabra. Era de esas personas que colocaban una máscara de asco cada vez que veían a Anthony cerca. El castaño podía olvidarlo, pero no el rubio.

— Me alegra oír eso, porque entonces podrá darle una paliza a Grandchester él mismo. – el apellido enseguida repercutió en el ánimo de la enfermera y los dos primos. – Ah, veo que tengo su atención. Será mejor que te apresures a ver a la dama, Anthony. Y dale un golpe en la nariz a ese aristócrata arrogante, ¿quieres? Aún me debe una. – dijo señalándose la nariz. Después rió con burla y se dio la vuelta. – Ella te espera a cuatro metros de aquí, sobre ese sendero.

Annalee, adivinando lo que vendría, soltó la silla de ruedas y tomó de los hombros a Archie. Conocía de su temperamento cuando de Terruce se trataba, así que intentó razonar con él, explicándole que Denise era un enemigo nato del inglés, y existía la probabilidad de que sólo quisiera utilizar la rivalidad entre Archie y Terry para vengarse de alguna broma del británico. Pero fue inútil, de la manera más suave que pudo, Archie hizo a un lado a la enfermera, tomó la silla de ruedas y se encaminó al encuentro con la renombrada dama. Annalee, utilizando su último recurso, amenazó a los muchachos prometiendo decirle a la hermana Grey acerca de su futura pelea, pero fue ignorada de manera olímpica.


Terry miraba a Elisa sin comprender sus palabras. Ella no cesaba de hablar del festival de mayo que se celebraría un mes después. El muchacho nunca asistió a la dichosa celebración, así que poco le interesaba lo que la pelirroja le dijera para persuadirlo. Estaba a punto de interrumpirla para confesarle que su conversación le resultaba por completo estúpida, cuando vio una luz que se cruzó por la mirada de la chica, causándole de inmediato una gran sonrisa.

— Irías si te lo pidiera Candy, ¿verdad? – cuestionó colocando las muñecas en su cintura. Terry abrió los ojos cual platos.

— ¿Qué tiene que ver Candy en todo esto? Creí que hablabas de…

— ¡¿Irías?! ¡¿Te gusta, verdad?!

— ¿Qué sarta de tonterías estás diciendo, Elisa? Por supuesto que no me gusta. – mintió dándose la vuelta, pero antes de reconocer a los testigos que estaban frente a él, la mano pequeña pero fuerte de Elisa lo tomó del brazo obligándolo a mirarla de nuevo. – ¿Qué te pasa?

— ¿Entonces no sentirás nada si te digo que escuché decir que ella está enamorada de ti?

El efecto fue inmediato. El cuerpo del muchacho se relajó a sobremanera. Su actitud, con frecuencia a la defensiva, se derrumbó al escuchar esas palabras. Algo en él le indicaba que esa era una sucia trampa, pero los sentimientos pudieron más que la razón.

— Vaya, vaya. Así que es cierto, tú estás enamorado de Candy. – esta vez no era una pregunta, sino una afirmación. – ¡Intenso chisme el que se armará cuando Anthony se entere que le arrebataste a su novia!

— ¿Qué? ¡No! – respondió Terry a las acusaciones. – Quiero decir…. Es una mentira, Elisa. Candy está enamorada de Anthony.

— De igual forma seguirás cortejándola, ¿no? No te rendirás hasta que Anthony deje de ser su novio, ¿cierto? – su mirada suspicaz relampagueaba. – Vamos, Terry, todos sabemos que durante meses te has visto con la huérfana a escondidas de Anthony. No dejaste de acosarla, fuiste tú la causa del problema que hubo entre ellos el primer mes. ¿O niegas tener algo con Candy? ¿Niegas que hace diez noches estuviste en su habitación?

— ¡¿Cómo-cómo supiste eso?! – exclamó Terry ya asustado y retrocediendo dos pasos.

— ¡Estúpido bastardo! – bramó Archie tumbando a Terry con un fuerte empujón.

La última palabra utilizada en la boca de Archie fue lo que le recordó a Terry su mayor defecto. Cómo deseaba que eso sólo fuera un típico insulto y no su verdadero origen. A pesar de que Archie estaba rojo de coraje, no sentía ni la mitad de la furia del inglés. Él no sentía el calor en su cuerpo y la dureza de sus músculos al tensarse. Él no sentía la ceja temblar bajo el hechizo de la ira. Terry sólo necesitaba un cuerpo al que golpear y dado que el americano se ofreció, el británico no tuvo piedad. Sus puños no se detenían, pegando a diestra y siniestra el cuerpo del castaño, ignorando los golpes que su contrincante con agilidad respondía. El dolor de los puñetazos de Archie, no se comparaba con el dolor de saberse engañado, de saberse vulnerable, de saber expuestos sus sentimientos por la rubia. Ese encuentro con Archie era lo único que necesitaba para desahogar todos sus problemas. ¡Adiós, apellido Grandchester! ¡Adiós, Eleonor Baker! ¡Adiós, amor!

El cuerpo de Archie cayó al suelo, pero Terry no se detuvo. En sus usuales ojos fríos, ahora se cobijaba la ira de toda una vida, sus puños eran los mensajeros y el rostro del americano el destinatario.

—¡Terry, basta! – chilló Candy acercándose con valentía a la pelea. – ¡Basta, por favor! – suplicó tomando uno de los fuertes brazos del muchacho, pero éste se liberó de sus manitas con un solo movimiento, para seguir atizando en las mejillas de su condiscípulo los mejores golpes que en su vida había dado. – ¡Vas a matarlo, detente! – suplicó Candy arrojando sus brazos alrededor del cuello de Terry, quien al sentir el cabello dorado de la muchacha inundando sus labios por fin pudo tranquilizarse. Unas gruesas lágrimas viajaban en el cuello del joven. Eran las de Candy. – Por favor, Terry… – rogó ella oculta en su cuerpo firme. – No le pegues más… no quiero… no quiero… – repitió sin dejar de sollozar.

Sin pensarlo dos segundos, los brazos de Terry estrecharon a la adolescente con fuerza. ¿Cuánto tiempo pasó soñando ese momento y más? Por vez primera, Candy estaba entre sus brazos, apretándolo con todas sus fuerzas y permitiendo que él absorbiera su dulce aroma de rosas. Por instinto, Terry hundió su rostro en la incontrolable melena de la chica, cerrando los ojos. ¡Qué bien se sentía aquello! ¡Aunque cuánto le dolía que ella empapara su camisa con sus lágrimas! ¡Cómo deseaba limpiar esas mejillas sonrosadas con sus besos! ¡Cómo deseaba devorar ese rostro tan hermoso con sus labios! ¡En serio, demonios! ¡Cuán enamorado estaba!

— Ya, está bien, Candy. – murmuró él sin desenterrar su cabeza del cabello de la estudiante. – Me he detenido, ¿no lo ves? – preguntó él alzándole el rostro con la yema de los dedos. – No llores, por favor, pecosa.

— Eres más linda cuando ríes que cuando lloras. – recitó la dolida voz de Anthony.

Candy, quien llegó al lugar sin percatarse de la presencia de su novio, se levantó de inmediato avergonzada y temerosa. Terry, en cambio, miró el sangriento cuerpo de Archie, tragó saliva y lo tomó en brazos. Era obvio, estaba inconsciente. Cuando se levantó y sintió la sangre chorreando en su ropa, un grito femenino y aterrorizado llenó sus oídos. Era Annie. Dándole una corta inspección a la apariencia de Archie, se dio cuenta de lo brutal que fue segundos antes, arrepintiéndose en el acto. Sin decir nada, cruzó los árboles con Annie siguiéndole el paso. No pasaron más de siete metros cuando la hermana Grey se cubrió el rostro completamente asombrada. La sangre en los labios de Terry decía todo: lo que le ocurrió al menor de los Cornwell fue a causa de la pelea que tuvo con Grandchester. El castigo estaba de más, lo importante era atender las múltiples heridas en el cuerpo del estudiante.

— Grandchester, a la enfermería. ¡De inmediato! – ordenó, con la voz temblorosa.


Annalee, quien dio aviso a la madre superiora, vio como el cuerpo sin consciencia de Archibald era puesto con suma delicadeza en una de las camas de la sala. Dos enfermeras más y un médico entraron al cuarto sacando de inmediato al aristocrático joven.

Se sentía tan estúpido. Sí, Archie comenzó la lucha, pero él fue quien lo hirió de gravedad. ¿Cómo pudo descontrolarse de esa forma? ¿Qué clase de bestia habitaba en él? Si Archie tenía lesiones fuertes era sólo por su estupidez, Terry era el culpable inminente. Aunque Elisa pusiera las pautas para el pleito, era él quien había reaccionado con esa violencia. Por más que quisiera liberarse de la culpa, sabía que no existían más posibilidades. Y no sólo era el cuerpo de Archie el que estaba masacrado, sino el corazón de ese Brower. Escuchó con claridad sus últimas palabras. Estaba destrozado. Aunque Candy no amara a Terry, sabía que esa escena le rompió todos sus sueños. Escondió el rostro entre las palmas de sus manos, y permitió que sus pies resbalaran hasta sentarse en el piso.

Esa palabra, todo su odio era provocado sólo por esa palabra. "Bastardo". En ese momento, detestó con todas sus fuerzas a su padre y su amor clandestino y prohibido-

— Necesitas que alguien cure tus heridas, Terry. – susurró la voz de Annie. Él negó con la cabeza. – Anda, alza el rostro, tu labio está sangrando.

— Es difícil, Annie. No puedo alzar el rostro con esta vergüenza. Mi madrastra tenía razón. – susurró encogiendo las piernas. – No debí regresar de América. Destruí una perfecta relación y casi mate a tu novio. Corrección, casi destruyo dos relaciones.

— Archie no es mi novio y Anthony entenderá que Candy te abrazó para salvar a Archie. – intentó tranquilizarlo. Tenía que devolverle el favor. – Él estará bien, Terry. Déjame ver tu rostro.

— Déjame en paz, ¿quieres? – espetó alzando el rostro. – Ustedes las americanas y su estúpida costumbre por preocuparse por personas como yo me desesperan. ¡Déjame solo! – gritó poniéndose de pie.

– Sólo quería agradecerte por…

– Yo no te estoy imponiendo el agradecimiento. Ni te atrevas a decirlo. – amenazó antes de abandonar el pasillo. Tenía que ver al único amigo que tenía en Londres.


Albert estaba cepillando a un elefante, contándole acerca de sus aventuras en América, cuando Wilson, uno de sus compañeros, se acercó a él con un cepillo en mano.

— Gafas oscuras, un muchacho está buscándote. Porta el uniforme del colegio San Pablo. – explicó ayudando a Albert con su tarea. – Ve a verlo, yo te cubriré.

— Gracias, Wil. Te debo una. – respondió el rubio palmeando al elefante como una despedida.

El único alumno que conocía del renombrado instituto era Terry. Por lo regular el estudiante lo visitaba durante su descanso, no en sus horas de trabajo; por eso se preguntaba qué demonios hacía en el zoológico cuando sabía que esa era la hora de mayor trabajo. Comprendió que tendría una pena o alegría muy grande, y conociéndolo, no podría ser lo segundo.

Durante su corta amistad, el muchacho le confió que se sentía atraído por una estudiante del colegio a pesar de que ella tuviera novio. También se atrevió a decirle que su madre no quería divulgar su relación con Terry, y finalmente, le contó acerca de su padre, la persona que lo ignoraba como si sólo fuera un mueble más en la casa. Aún así, nunca lo veía deprimido o enojado, siempre le llevaba la sonrisa más radiante de su repertorio, pues su mayor alegría era encontrar un amigo con quien charlar.

— ¡Terry, santo cielo! –exclamó sin poder evitarlo, al ver las ropas de su amigo. No sólo era polvo lo que ensuciaba su blanca camisa, sino que sangre, tanto ajena como propia, estaba pegada a ésta. – Muchacho, ¿volviste a pelear?

— Sí, fue uno de los mosqueteros de la pecosa. –Terry, quien aún no le revelaba el nombre de su adorada, la llamaba "pecosa" en presencia de Albert. Ignoraba que esa dama era amiga del rubio, y que ella también le contó algo acerca del "rebelde" del colegio; así que Albert, nada tonto, imaginaba quienes estaban detrás de esos apodos. – No hay de qué preocuparse. – aseguró sonriendo. – Sé lo que piensas de las peleas, yo no quise lastimarlo, pero…

— Cállate y acompáñame, tendrás que permitir que limpie esas heridas. Y te daré ropa limpia, me da terror verte así, siento que en cualquier momento te desmayarás. – lo interrumpió Albert tomándolo del brazo.

Fueron a la cabaña de costumbre y mientras el mayor de los jóvenes le extendía un par de pantalones y una camisa usada, Terry le relató lo sucedido sin mencionar un solo nombre.

— ¿Vas a poner de pretexto el honor inglés del que no te sientes orgulloso, Terruce? – lo regañó Albert una vez escuchó la historia alterada. – No intentes mentirme, dime qué es lo que te ha enfurecido. – ordenó limpiando las heridas de su rostro.

— Si no me crees, ya no es problema mío, Albert. – respondió el joven cruzándose de brazos. – No iba a permitir que ese americano se saliera con la suya por segunda ocasión.

— ¿Fue tu madre? – preguntó pasando por alto la mentira de su amigo, quien arrugó el entrecejo ante la mención de la actriz. – Anda, ¿qué pasó?

Terry, adivinando su derrota con el sabio rubio, tomó los pantalones que estaban en el suelo, metió la mano derecha a uno de los bolsillos, y le extendió una hoja de papel arrugada.

— Léela en voz baja, por favor. Yo me la he aprendido de memoria. – pidió evitando la azul mirada del joven frente a él.

Albert dejó el trapo a un lado, tomó asiento y leyó la carta. Ahora sí le veía un poco de sentido a la furia de Terry. Él mismo no tenía recuerdos de su madre, pero sí de su hermana, quien cinco años después de dar a luz a un niño partió del mundo material. Él adoraba a su hermana, era la única mujer en la que confiaba, comprendía lo que sería alejarse de una dama de forma repentina sin dejar siquiera que pudiera despedirse.

"Querido Terry:

Quisiera que esta carta llevara noticias que

alegraran tu hermoso rostro, pero no será así.

Un compañero de la compañía me amenazó

con divulgar mi difunta relación con el duque

de Grandchester, si no salía con él. En cuanto

me negué, sólo pude apagar los rumores con

una generosa donación a la prensa. Sin

embargo, la duda de que soy madre soltera,

salió a flote; así que tendré que cortar toda

comunicación contigo, hijo mío.

Mataría porque fuera de otra forma, pero

es inevitable. Lo siento, corazón.

No olvides que yo te amo, siempre te amaré, Terry.

E.B."

Albert suspiró al releer la carta por segunda ocasión. Bajo esas circunstancias, no sabía qué decir. Hubiera sido más sencillo consolarlo si la muerte lo separara de su madre, pero estando viva y sin esperanza de mejorar su situación, el muchacho de gafas oscuras sólo pudo apretarle el hombro a su acompañante.

— No excuso tu decisión de golpear a tu compañero, pero entiendo porqué lo hiciste. Yo también estaría muy enojado y dolido si fuera tú. Y la actitud de la "pequeña víbora", como tú le llamaste, solo acrecentó tu mal humor.

— Albert, ¿qué haces tú para tranquilizar tu enojo? Yo no puedo controlarme, no puedo hacer más que destruir y destruir.

El aludido se levantó y caminó hacia la ventana. Una vez frente a ella, esbozó una sincera sonrisa y lo invitó a acompañarlo. Terry accedió de inmediato colocándose a su lado. Desde ahí, se veía sin problema alguno varios hábitats en donde los animales descansaban. El estudiante volteó a ver a su amigo, quien disfrutaba de la vista.

— De la naturaleza somos, a la naturaleza vamos. Esa es mi postura, Terry. Para mí, no hay nada más relajante que estar con mis animales. Me encantaría que ninguno estuviera enjaulado, porque los priva de su vida salvaje, pero me siento tranquilo mientras yo esté cuidando de ellos. Cuando hojeo los periódicos y leo noticias acerca de la estupidez humana me enfado, tengo los mismos sentimientos que tú al leer esa carta. – apretó los puños con fuerza. – No tienes idea de cómo me enfurece la violencia, por eso mismo sé controlarme. Ella, la madre naturaleza, nos obsequia grandes paisajes y maravillosas criaturas. El motivo por el que sigo aquí, además de algunos amigos, son estos animales. Cuando me siento deprimido o enojado lo único que hago es sentarme a un lado de ellos y disfrutar de esto. – suspiró saliendo de su ensimismamiento. – Pero claro, todos los humanos somos diferentes. Me tranquilizan porque esa es mi pasión. ¿Cuál es la tuya, Terry?

El discurso del rubio animó al joven a confesarle uno de sus mayores secretos que sólo Candy conocía. Dio un paso atrás y bajó la mirada, instintivamente temeroso de sacar a relucir su mayor pasión.

– A ti te gusta la naturaleza porque es lo más real en el planeta, Albert. – comenzó metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones. – Pero yo soy un devoto soñador. Me gusta ese mundo en donde puedo ser lo que yo quiero, donde puedo representar al más noble de los humanos o incluso al más avaro de los reyes. – sus ojos divagaron en el escenario. Sólo una vez en su vida había pisado un lugar así, sólo una vez cumplió su anhelado sueño. – Me apasiona ese espacio en donde nadie te conoce, porque tú has desaparecido. Me fascina caminar, correr o volar con sólo pronunciar un diálogo. Escapar de la realidad durante algunas horas, adentrarse a la fantasía. – suspiró ya con las manos creando paisajes imaginarios. – Árboles, castillos y lagunas. Estar aquí, en América, Europa, en el espacio. Ser uno o mil personas. – sonrió con laconia. – Desposar a una hermosa princesa… – dejó caer una de sus rodillas al suelo. – O morir a causa del amor. – finalizó con la mano derecha en el pecho y la otra a su costado. El silencio dominó la atmósfera por un breve segundo. Albert estalló en aplausos, ¡qué maravilla presenciar la sensibilidad del rebelde de San Pablo! – Pero estando en Inglaterra no podré secundar mi sueño.

– Entonces ya conoces la solución. Sigue tu sueño, síguelo aunque tengas que dejar tu nación paterna. Si el teatro es lo que más amas, entonces deja el colegio y cruza el océano.

– No puedo, Albert. Quizá tres o cuatro meses atrás hubiera seguido tu consejo, pero ahora que la mitad de mi corazón está poseído por la pecosa, mi destino sigue estando con ella. Será a ella a quien persiga hasta la eternidad.


¡Hola!

Y bueno, ahí tenían el plan de Elisa, sólo lastimar a Anthony a través de las acciones de Terry por sus sentimientos hacia Candy. Y así, la lastimaría a ella. Envidiosa.

Santa golpiza que le dio Terry a Archie. Pero seamos sinceras, ningún Terry habría soportado quedarse con los brazos cruzados, y menos cuando era la segunda ocasión en la que Archie lo lastimaba fisicamente. Además, necesitaba desahogarse. Sí, Albert no puede excusarlo pero yo sí.

Además, ya tenemos la carta de Eleonor Baker. Vaya excusa, ¿no creen?

Por cierto, creo que debí habérselos mencionado en el capítulo anterior. A partir del capítulo catorce, la historia que todos conocemos de Candy-Candy será casi irreconocible. No digo que no habrá más maldad de Elisa o cosas así, sólo que serán optros escenarios, otros planes, otros personajes. Es lo que les he dicho antes, el efecto mariposa.

Les mando un fuerte abrazo a todos. En serio me encanta leer sus comentarios, me divierto mucho respondiéndoles. Sé que no puedo hacerlo con todos porque no tienen activados sus mensajes, pero a todos les estoy muy agradecida por su apoyo.

Nos leemos el jueves.