16.
Anthony mío.
Patty, una miedosa nata, miró como Candy lloraba sin control recostada en su cama. Sus cabellos dorados se expandían por su espalda y parecían sollozar con su dueña. Por extraño que parezca, el cuerpo de Candy era un completo esclavo de las emociones de la muchacha, pues cuando ella irradiaba felicidad, cada centímetro suyo lo demostraba, su piel estaba más radiante y su cabello, siembre rebelde, se movía con más vivacidad; pero cuando ésta se deprimía, su melena se opacaba y su piel endurecía.
Veinte minutos antes, Patty se dirigía a su siguiente clase, pero justo antes de abandonar el ala norte Candy pasó corriendo por su lado, sin percatarse de su presencia. La castaña la llamó un par de veces, pero como no le respondió, la siguió a gran velocidad y decidió no entrar a la clase de geometría para intentar consolar a su gran amiga. Después de todo lo que había hecho por ella, lo menos que podía hacer era fingir demencia y superar un corto castigo. Todo el colegio estaba enterado de la riña entre Terruce y Archie, así que Patty atribuía la tristeza de Candy a ello.
— Candy… – la llamó Patty sentándose a su lado. – Por favor, ya no llores. – suplicó acariciando su cabello. – Archie estará bien, Annie está con él.
La rubia, al oír la mención de su amigo, a quien olvidó de momento, sollozó con más fuerza. Algo andaba muy mal en ella, cuando se enamoró de Anthony nunca se permitió olvidar a sus amigos. Sabía que Anthony era una persona especial, pero su amor jamás la cegó de sus responsabilidades. ¿Qué cambiaba ahora? ¿Qué ocurría que cuando pensaba en Terry no existía espacio para nadie más? ¿Desde cuándo había nacido ese amor tan egoísta? Ese amor que al principio evitó por temor, por orgullo; pero que salió a la luz cuando vio a su amado lleno de sangre y con un desagradable aliento a alcohol, pruebas evidentes de un dolor interno tan grave que lo había llevado a la desesperación del vicio y la violencia. Ese amor al que le apostaba su vida sin interesarle que ésta ya se le había prometido a otro caballero. Ese amor que deshabitaba al mundo cuando el rostro de Terry aparecía frente a sus ojos. Ese amor que destruyó el corazón de más de una persona. Ese amor que parecía pecado por ser tan intenso.
— ¡Basta, me parte el alma saberte tan mal! – exclamó su amiga abrazándola con fuerza. – ¡Deja de llorar! ¡Basta! ¡Detente, Candy!
Al oír desesperada a Patty, la pecosa se dio la vuelta y abrazó con fuerza a su compañera. Aún sentía arduos deseos de llorar, pero sabía que ése no era el momento. Aún no le contaba las noticias a Patty, entendía su frustración. Sacó un pañuelo de su vestido y se limpió las lágrimas antes de abrir la boca, indecisa. No sabía cómo empezar su relato, pues desconocía cuándo había nacido ese sentimiento que llenaba cada una de sus células. Recordó aquélla noche de año nuevo, cuando a causa probable de la neblina, confundió a un hermoso joven británico con su magnífico Anthony. Desde ese momento, su sola presencia hizo palpitar con fuerza el corazón de Candy, como si reconociera a su otra mitad. Pero cuando charló con él no se dio cuenta que sus latidos aún no eran normales. Tuvo que pasar bastante tiempo para que descubriera que su interior se agitaba cada vez que estaba cerca de él. Y esa tarde, cuando se arrojó a su cuello, su mandíbula se tensó a tener una clavícula masculina, su clavícula masculina frente a ella. Si no fuera porque Archie estaba en un peligro poco menos que mortal, sus deseos por besar ese hueso hubieran sido casi irremediables. Estando tan cerca de él, sintiendo el rápido latir de su corazón, era casi imposible rogarle que se detuviera a pesar de que en realidad su deseo era suplicarle que la abrazara. Y una vez que ese joven pareció leerle los pensamientos ella se sintió completa. Varias veces recibió abrazos masculinos, pero ninguno como el suyo. Aunque los brazos de Albert, fueran más fuertes y largos, los del muchacho le transmitían calor y seguridad. En cuanto se vio rodeada por ese perfume especial, olvidó la razón por la que tomó esa arriesgada decisión, y sollozó con mayor fuerza. Ya no lloraba por las heridas de su primo, lloraba, en su locura de amor, por temor al momento en que tuviera que soltar a la razón de sus latidos desenfrenados. Si antes creyó estar enamorada, entonces no podía darle nombre al sentimiento que ahora la acunaba.
— ¡Ay, Patty! ¡Se supone que debería lamentarme por esto! – dijo señalándose el pecho. – ¿En qué clase de persona me he convertido si no me duele el término de mi primer noviazgo?
El dulce rostro de la castaña lucía asombrado. Desde que conoció a Candy, ella no le había hablado de otra cosa que no fuera Anthony, su novio; así que creyó erróneamente que sus distracciones en clase eran a causa de ese joven. Por su cabeza no le cruzaba la idea de que Candy no amara a Anthony, su rostro lo decía todo, su alma era propiedad de un caballero. No imaginaba que el portador de ese tesoro no fuera su novio. No sólo le parecía imposible que a su amiga no le doliera el fin de su relación, sino que el noviazgo estuviera en el pasado.
— Debes explicarme eso, Candy. Yo creí que estabas enamorada de Anthony. – confesó Patty ladeando la cabeza.
La aludida suspiró preparada para confesar lo que sentía desde hacía casi dos meses. Tomó la jarra de agua que siempre reposaba en su cabecera, metió ahí una pequeña piedra y lo observó hundirse. Cuando el objeto tocó el fondo de la jarra, la muchacha comenzó el relato de una americana que conoció a un inglés en la cubierta de un barco. Le contó como el curioso destino los obligó a encontrarse en incontables ocasiones, en donde la americana se dio cuenta que en cada amanecer, deseaba que tuviera una oportunidad más para ver al inglés. No importaba que estuviera obligada a dedicarle su vida a su novio, su corazón era robado poco a poco por ese misterioso inglés. No fue hasta una noche en la que el inglés intentó sobrepasarse con ella, cuando el orgullo de la americana la obligó a detener el sentimiento que crecía con ansiedad. O fracasar en el intento. Durante el tiempo en el que ellos estuvieron separados, la americana no pudo hacer más que soñar con el inglés cada noche. Ésa era su única salvación. Cuando cada semana lo veía de lejos, sin atreverse a acercársele, su consuelo era esperar a que anocheciera para mirar por el balcón hasta que la luz de su habitación se apagara a altas horas de la noche. Claro que la americana no quería creer que en el juego del amor ya era una esclava, creía que esas reacciones sólo eran provocadas por su curiosidad y usual preocupación. Pero cuando cierta noche, el cuerpo del inglés que tanto adoraba cayó frente a ella, bastante golpeado y mareado, la americana se dio cuenta de que su mayor deseo era cuidar de él, estar con él, limpiar las heridas de él, comprar medicinas a él, pero sobre todo, amarlo a él. Las marcas del cuerpo del inglés la americana las sentía en el suyo, lo amaba tanto que ella misma se sintió adolorida cuando bajó del balcón para salir a buscar una farmacia abierta. Incluso, su amor era tal, que cuando regresó y no lo vio en su habitación, adivinó que seguía adolorido y lo odió por no permitirle sanar sus heridas. Era tanta la locura de su amor, que olvidó la falta del inglés deseando cruzar el bosque para verlo sano y salvo descansando en su cama. Era tan desesperado su amor, que lo hubiera hecho de no haber sido porque momentos después de que ese pensamiento invadiera sus músculos, una inspección nocturna la obligó a fingirse dormida. Lo amaba tanto que le dolía hasta la médula cada segundo que pensaba en él.
— El corazón de la americana es como esa piedrecilla, Patty. – dijo Candy mirando de nuevo la jarra de agua. – Sus intentos por permanecer en la superficie de la cordura fueron demasiado burdos para enfrentarse a la potencia del amor que la arrastró hasta el fondo de la locura. – suspiró dolida. – Así de inútiles fueron mis esfuerzos por no enamorarme de Terry.
Patty, ardua admiradora de las historias románticas, se limpió las lágrimas con un pañuelo y abrazó a su amiga. Así que todo ese tiempo fingió. Vaya que era buena actriz si consiguió engañar a todos, incluso a sí misma. No podía adivinar el tormento en el que vivió Candy tanto tiempo, pero sintió lástima por sus ya merecidas lágrimas. Quizá no debió reprenderla de ese modo, pues con su fortaleza, esas lágrimas estuvieron guardadas durante bastantes semanas. Candy ignoró a su propio corazón para continuar haciendo feliz a Anthony. Patty sabía que seguía queriéndolo, pero su cariño ya no era suficiente. En tan poco tiempo Terry consiguió arrebatarle su amor.
— Así que por eso peleó con Archie, ¿no es así? Elisa corrió el rumor del supuesto amor de Terry hacia ti, pero no lo creí porque nunca los he visto juntos,… parece que ella tiene razón.
— No, no la tiene. – respondió Candy depositando la jarra en su lugar. – Terry no me ama. – aseguró levantándose y caminando hacia el balcón. – Él no puede amarme porque yo no he hecho más que causarle problemas. Claro que ha sido buen amigo conmigo, pero no me ama. Además, no debo pensar en eso porque lo nuestro jamás será, Patty. – confesó recargando sus brazos en el barandal. – Yo debo pensar en Anthony, él me necesita, quizá más de lo que yo necesito a Terry.
— ¿Piensas seguir en un noviazgo en donde no amas a tu pareja? Candy, admiro tu altruismo, pero no es momento para olvidarte de ti misma. No serás feliz con Anthony, menos si sigues enamorada de Terry. – la regañó colocándose a su lado.
— Me estás malentendiendo, Patty. Aún amo a Anthony, no de la forma en la que él desea, ni de la que yo misma quiero, pero sigo amándolo. La relación que tuve con él no fue ninguna carga o tortura, porque disfruto estar con Anthony. Sólo que el sentimiento que guardo por Terry es muy superior. Además, te he dicho que él no me ama, así que no pierdo nada si intento hacer feliz a Anthony.
– Pero han terminado, ¿no es así?
Después de que Terry se llevara a Archie en brazos, seguido por Annie, los dos rubios quedaron a solas. La joven no se atrevía a mirar a su novio, pues temía que él pudiera leer su mayor secreto. Fue inútil, Anthony le pidió que lo llevara a su habitación con un tono tan lúgubre que le destrozó el alma a Candy. Nadie dijo nada durante el camino, el fin del noviazgo se olía en el ambiente. La rubia intentó romper el silencio, pero no podía concentrarse en un tema interesante. El miedo de herir a su novio era mayor que el deseo de hablarle. Temía que cualquier palabra salida de sus labios fuera capaz de lastimar a Anthony de nuevo. Sentía los lastimeros latidos de su corazón a través de las manijas de la silla de ruedas: eran más lentos y relajados que de costumbre.
Cuando por fin llegaron a la habitación, se acercó para quitarle el chaleco, pero él alzó la voz lo suficiente para que ella se detuviera.
— Si pones una mano en mí, me temo que lloraré. – dijo con tono lastimero. – Lo siento, Candy, no quiero que estés aquí por un momento. – la estudiante, comprendiendo porqué lo decía, asintió y se dio la vuelta decidida a hablar con él a la mañana siguiente, pero fue de nuevo la voz de Anthony la que interrumpió sus planes. – ¿Qué estoy diciendo? ¡Por Dios, quédate!
Ella giró el cuerpo y corrió a abrazarlo, a pesar de la amenaza que el joven mencionó segundos antes. Si iba a llorar, sería mejor que permitiera que ella lo consolara porque no planeaba moverse de ahí hasta que su voz dejara de sonar tan deprimente. Era culpa suya que la alegría huyera de sus ojos, así que era su responsabilidad regresarlo a la vida.
— Candy, estás asfixiándome.
— ¡Lo siento! – se disculpó soltándolo. Se dejó caer de rodillas frente a él y tomó sus manos con fuerza. – Por esto y por todo. Anthony, sé que debes creer que soy una mala persona y que no merezco tu perdón, pero si me permites la defensa, yo…
— Voy a irme del colegio dos meses, me aplicarán un tratamiento que promete devolverme el movimiento de los brazos. – la interrumpió con una voz más segura de lo que esperaba. – Lo que es curioso es que en junio son las vacaciones de verano, así que en teoría me iré cerca de tres meses o hasta más. – sonrió con ironía. – Y no quiero tenerte como novia de guerra esperando a su pareja hasta que termine la misión, Candy. – fijó el azul de sus ojos en el rostro de su amada. Cuánto le dolía dejarla en libertad. – Espero comprendas lo que quiero decir.
Lo entendía, su corazón latía desbocadamente comprendiendo lo que eso significaba, pero su cerebro, más listo que su corazón, no podía permitir una excusa tan barata como aquella. Sus ojos demandaban respuestas, así que el rubio siguió explicándole.
— Parto el próximo lunes. Estaré en una clínica aquí, en Londres, pero como sabes no podré escribirte o visitarte, así que este noviazgo ya no tendrá más futuro. – la pecosa agachó la mirada, quiso asegurarle que lo esperaría el tiempo suficiente, pero de su boca no salió ningún sonido. – Quiero que te sientas libre de la responsabilidad que todos te hemos impuesto de manera inconsciente. En la clínica habrá enfermeras y médicos que se ocuparán sólo de mí, así que no tendrán de qué preocuparse. Lo he pensado bien, después del tratamiento le pediré a la tía Elroy que me regrese a América, pues quiero empezar a cuidar de mis rosas enseguida. No regresaré al colegio. – finalizó con un nudo en la garganta.
Candy asintió con la cabeza incapaz de hablar. Sabía que él necesitaba que lo detuviera, que le rogara que siguieran con la relación, pero no pudo hacerlo. Se sentía tan adolorida que temía levantarse y caerse. Quizá él creyera que con esas noticias por fin ella se sintiera más feliz, pero no imaginaba lo inútil que le parecía su existencia. Desde un tiempo atrás, ella tenía la idea, incluso el sueño, de permanecer con Anthony toda su vida para hacerlo feliz. Aún cuando su corazón pasó a las manos de un británico, no imaginó el futuro sin Anthony. A su manera, lo amaba y deseaba permanecer a su lado. Pero a pesar de eso, lo que le dolía no era que dejara de ser su novio, sino que había descuidado su relación a causa de un rebelde que no sentía lo mismo que ella. Deseó no haber abordado ese barco el diciembre pasado. Por primera vez en su vida, estaba arrepentida de uno de sus sentimientos.
— Me tengo que ir. – se despidió con hilo de voz. – Que pases buenas noches. – dijo sin mirarlo una última vez.
Se levantó, aún tambaleando, y salió de la habitación abrazando su cuerpo como si de ello dependiera su vida. Las miradas masculinas del ala la observaban con curiosidad, pues siendo el dormitorio de los chicos no era muy común que una estudiante se paseara por ellos. Si una monja la hubiera visto con seguridad sería expulsada del colegio. Incluso, de no tener una expresión tan vacía en su rostro, algunos estudiantes la hubieran demandado con la hermana Grey. Decidieron ignorarla lo mejor que pudieron guardando una inmensa pesadumbre por su tristeza.
Patty escuchó la última historia de su amiga con total atención. Candy agradecía tener como amiga y confidente a Patty, ella era de las pocas personas que no interrumpían durante un relato, y daban su punto de vista, sin ofender a nadie. Era sincera, sí, pero sutil.
La castaña se rascó la cabeza algo confundida con sus opiniones. Sabía que Candy no dejaría solo a Anthony, pero no veía cómo resolver la distancia entre Anthony y ella sin afectar su proximidad con Terry, quien era en realidad el dueño de su amor. Conociendo los celos que con seguridad ocasionaron una vez el desorden en la cocina, temía confesarle a Candy su verdadero criterio. Pero dado que la rubia estaba desesperada, comenzó:
– Si hay algo que puedo presumir es mi suspicacia. Así que, relacionando los sucesos acontecidos en los últimos meses, Terry está igual de loco por ti que tú por él. No me interrumpas, Candy, es de mala educación. Así que si se entera que eres soltera, va a querer aprovecharse de la situación. Sé que no lo permitirás, pues te sientes obligada a estar con Anthony, por lo que no dejarás que nadie te convenza de los sentimientos de Terry. – suspiró algo deprimida. – Lo que harás, aunque eso provoque los más rudos celos en tu amado, es seguir a Anthony fuera del colegio. Sé que debería aconsejarte que dejes ir a Anthony y te decidas por Terry, pero no lo aceptarás y sólo te darás cuenta que debiste quedarte en el colegio con tu verdadero amor, cuando estés lejos de él.
– ¡Patty! ¡Pero no debo quedarme! ¡No si tus sospechas son ciertas! ¡¿Cómo me vería enredada en los rumores acerca de Terry?! Sé que yo no soy muy afectuosa con las leyes morales, pero esto va más allá de mí. – Patty sólo se alzó de hombros comprendiendo. – ¿Y crees que Anthony deje que lo acompañe?
– Si en verdad te ama, insistirá en que te quedes en el colegio, pero si no es así, accederá de inmediato. En un corazón roto, las ilusiones crecen aún más rápido.
– Sí, tienes razón. Debo ir con Anthony. – dijo decidida y algo sonriente. – No fallaré esta vez, lo haré feliz.
– Eres imposible, Candy. Buenas noches. – se despidió triste por presenciar el posible final de una grandiosa historia de amor. Apenas llegara a su recámara, le escribiría a su abuela acerca del romance entre una americana y un inglés.
Candy, en cambio, se prepararía para escribirle una carta de despedida a Terry. Ambos corazones amantes ya sentían la prematura despedida.
Hola.
Antes que nada, perdónenme por el retraso. Ayer estuve peleándome con el internet durante horas, parece que ya nos hemos entendido. Fue desesperante, lo sé, lo siento. Pero aquí lo tienen, la décima sexta entrega de "Una rosa deshojada".
No sé a ustedes, pero a mí me duele mucho la despedida de Anthony, como que... pobre, sí sufre mucho. Ya sé, aquí no apareció el galán, pero les aseguro que en el siguiente capítulo volverá a ser protagónico. Además, ¿acaso el fic no es de Anthony también?
Y personalmente, me encantó la metáfora de la piedra bajo el agua, qué Candy tan poética.
Repito, siento mucho la tardanza.
Les mando un fuerte abrazo a todos. Me hacen feliz con sus comentarios, queridos lectores, muchas gracias por el apoyo mudo o explícito.
Nos leemos el lunes.
P.D. Sí, jugué con el título del capítulo, en el anime muestran ese capítulo como la muerte física de Anthony. Aquí lo mostré como la muerte del romance con Candy.
