17.

Aférrate.

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El británico rebelde se despertó aquél domingo con una ansiedad insaciable. La noche anterior, antes de entrar a su habitación, fue a la enfermería a revisar el pronóstico acerca de Archie. Un par de costillas rotas y una pequeña fractura en el cráneo. Sanaría en unas cortas semanas. Terry sonrió aliviado, llegó a creer que los golpes fueron más brutales. Se prometió visitar diario a Archie, procurando su perdón sin pedírselo. Estaba dispuesto a permitir que Archie lo golpeara en cuanto se recuperara, pues de sobra sabía lo injusta que fue la pelea.

Aunque ese domingo su ansiedad le impidió pasar a la enfermería llevándolo directamente a la iglesia. No era religioso, tampoco ateo, pero no iba al espacio sagrado para rezar, sino para calmar su ansiedad mirando de lejos esa melena rubia que podía tranquilizarlo. Cuando llegó la iglesia estaba vacía, no había rastro de Candy. Se sentó en la última hilera y espero a que los estudiantes del colegio ocuparan sus asientos. Las rodillas le temblaban y sus manos no dejaban de jugar con la corbata mal atada. Los matices verdes de sus ojos relampagueaban con la luz del sol a todas direcciones. Comenzaba a sentir como su respiración se entrecortaba.

Cerca de seis minutos después la hermana Margaret entró a la iglesia acompañada del alumnado. Como siempre, los hombres se sentaron en las bancas del lado derecho y las mujeres del lado izquierdo. Terry intentó ignorar la silla de ruedas de Anthony tratando de encontrar esos dorados bucles que tanto ansiaba volver a oler. Pero por más que paseaba su mirada entre los asistentes no fue capaz de encontrarla. El sacerdote comenzó su sermón, pero Terry no agachó la cabeza, su ansiedad se incrementó al igual que el movimiento en sus rodillas. Después de la quinta revisión se dio por vencido. Candy no estaba en la iglesia. Se levantó con fuerza interrumpiendo al padre, quien esperó la excusa del estudiante rebelde, pero éste no alardeó acerca de nada y sólo salió de la iglesia sin dar alguna explicación. La hermana Margaret giró el rostro mirando a las estudiantes que esperaban la indicación de la monja para seguir con la oración. Sólo una de las alumnas faltaba, era Candice White Andley, quien pidió una audiencia urgente con la hermana Grey.

— Prosiga, por favor, padre. – indicó con voz firme. "Por favor, señor mío, no dejes a ese par de alumnos fuera de tu misericordia. Alúmbralos a su verdadero destino antes de que mueran de dolor." suplicó con el corazón en la mano.

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Grandchester corrió hasta llegar a la colina de Ponny, pero no la encontró. Llamó a Klin, quien bajó de inmediato. Aunque era sólo un animal, tenía la capacidad de reconocer el estado de ánimo de sus amigos y protectores con sólo escuchar su voz. El muchacho tomó al cuatí de los hombros y le preguntó acerca de Candy. Klin negó con la cabeza, confirmando las sospechas del joven.

— No ha estado aquí… – murmuró con voz débil. – Klin, si ella viene aquí tienes que hacerle entender que la estoy buscando. No me importa cómo, pero dile que la estoy buscando, ¿has comprendido? – el animal asintió con rapidez. – De acuerdo, gracias. Toma, es de la cocina, me han dado de nuevo la llave. – dijo dándole un par de caramelos que el cuatí tomó con alegría. – Nos vemos, Klin. – se despidió depositándolo en el piso.

Corrió hacia el dormitorio de las mujeres esperando que sólo estuviera dormida. Nadie estaría vigilando, así que Terry podía acceder a él sin problema alguno. Su corazón latía tan rápido que sentía que en cualquier momento se detendría, pero aunque así fuera, su búsqueda no pararía. Tenía que encontrar a Candy. No sabía porqué la buscaba, no sabía qué necesitaba de ella con tanta urgencia, sólo sabía que debía encontrarla de inmediato.

Abrió la recámara de la rubia, pero estaba vacío.

— No, no, no. – renegó una y otra vez paseándose por la habitación, despeinando su cabello castaño. Intentó ver una pista que le indicara en donde se encontraba, en donde podía buscarla, pero cuando abrió el clóset cayó de rodillas al suelo. – Vacío… – susurró con voz queda. – No, no, no. ¡Demonios, Candy! – maldijo golpeando la pata de la mesa que la rubia usaba para escribir. Un sobre cayó justo al lado de su pierna derecha. – ¿Qué es esto?... Candy…

"Alguna persona amable, favor de entregar esta carta a Terruce Graham Grandchester.

Candy."

Abrió el sobre con las manos temblorosas y devoró las líneas con impaciencia. Lo releyó cerca de tres veces antes de correr hacia el establo del colegio. No podía ser cierto, una despedida tan corta no le hacía justicia a sus sentimientos.

"Terry:

He decidido dejar el colegio e irme a América. Tengo una responsabilidad que perseguir. En donde quiera que yo esté, quiero que seas feliz, Terry.

Candy."

Si antes creyó que la carta de Eleonor fue demasiado breve, no podía creer que la de Candy lo fuera aún más. No todavía, no todavía. No cuando sus sentimientos estaban a flor de piel, no cuando podía sentir todo el amor en su sangre. ¡No cuando todavía no se lo confesaba! No podía dejarlo así, ella no era capaz de abandonarlo de esa forma.

Sus piernas largas lo llevaron en menos de un minuto a su destino. Liberó a Teodora y montó a la yegua. No tenía tiempo que perder. La suerte estaba de su lado, los domingos eran los únicos días en que las puertas de la entrada estaban abiertas a los padres de familia que quisieran visitar el colegio con la intensión de inscribir a sus hijos.

Cabalgó con fuerza, sin atreverse a pasar por la segunda colina de Ponny. No era momento de distracciones, tenía que encontrar a Candy, y si era necesario, tendría que huir para estar con ella. Vendería a la yegua y a su coche para abastecerse de suficiente dinero para pagar su viaje a América. No estaba dispuesto a despedirse, no estaba dispuesto a dejarla partir. ¡¿Qué importaba si le era ajena?! ¡No era suficiente excusa para no decirle lo que sentía!

— ¡Vamos, Teodora! – bramó en cuanto la salida del instituto se vio tan cerca. No importaba que la yegua fuera el animal más rápido del colegio, en tiempos de amor toda distancia es eterna y ningún transporte lo suficientemente veloz.

Cuando estuvo a siete metros de ella, vislumbró lo que su corazón añoraba. Con un sombrero blanco en la cabeza y un vestido que hacía juego con sus ojos, Candy salía del colegio con su maleta en la mano derecha y un Klin desesperado a sus pies.

— ¡Detente! – gritó Terry, tanto a su caballo como a la muchacha.

Sólo la cuadrúpeda obedeció. El muchacho bajó de un salto del animal y corrió los metros restantes sin perder de vista su objetivo: la cintura de Candy. Y cuando ella ya tenía puesto un pie fuera del colegio, unos fuertes brazos la retuvieron sorpresivamente. Esos brazos rodeaban su pequeña cintura, deteniéndole por un segundo su corazón. Su sombrero cayó al suelo. El fuerte cuerpo de Terry la abrazaba con firmeza. No podía moverse, no podía respirar como era debido, él la tenía controlada de pies a cabeza. De pronto, sintió que sus piernas no la sostendrían más, pero no tuvo miedo, estaba en los brazos de su amado, quien también temblaba de miedo. Terry absorbió una vez más el dulce aroma del cabello de la chica, antes de hundir la nariz en él, sintiendo como recuperaba su vida.

— Candy, no quiero perderte. Quiero que el tiempo se detenga para siempre. – suplicó con una lágrima cayendo de su rostro.

— Terry… – susurró ella dándose cuenta de que su amiga estaba en lo cierto. Él la amaba. Él en verdad la amaba. ¡Terry estaba enamorado de ella, de Candy!

— No digas nada, déjame estar así por un momento. – pidió apretándola con más fuerza.

Candy tenía que tomar una decisión con rapidez. Sabía desde que tomó su resolución, que si se quedaba un día más en el colegio querría pasarlo con Terry, con la amenaza de quedarse en el colegio ignorando su responsabilidad con Anthony. Pero estar así, con el dueño de su corazón, abrazándola, suplicándole que se lo permitiera, sintiendo cómo sus ojos lloraban, compartiendo las lágrimas con él… ¡No podía dejarlo! ¡No así!

— Terry. – dijo con firmeza colocando sus manos sobre las de él. – Terry, suéltame, por favor. – pidió tratando de separarse de su adorado.

— No, Candy, no lo hagas, no te vayas. – rogó estrechándola con más fuerza todavía. – Candy, Candy, me gustas, me gustas mucho. – confesó al mismo tiempo que destrozaba la barrera que la rubia tanto se había esforzado por alzar. – Me gustaste desde que te vi en ese barco, por favor, no te vayas hasta que termine de decirte esto.

De inmediato sintió como el cuerpo de la muchacha se relajaba rindiéndose ante ese sentimiento que ambos compartían. La cadena que eran los brazos de Terry se deshizo. El inglés colocó sus manos sobre los hombros de la muchacha.

— Me gustaste cuando te vi en la neblina, ahora lo sé. Por eso no perdí detalle en tus facciones. Me gustaste cuando te vi en el Savoy rodeada de buenos amigos, porque ahí supe que eras especial. Me fascinaste cuando te vi de blanco en la iglesia adivinando tu fascinante rebeldía y distracción. Te adoré cuando me entregaste tu instrumento favorito en la colina de Ponny, pues aunque no me conocías querías ayudarme. Y te amé cuando te alejaste de mí durante más de un mes, porque me demostraste que tienes la dignidad suficiente como para separarte de mí, sin divulgar la falta que cometí. Candy, te amé, te amo y siempre te amaré, porque eres la mujer que ha cambiado todas mis perspectivas. No me importa que tú no sientas lo mismo, comprendo bien porque no lo haces, pero déjame decírtelo, permíteme confesar este amor que me trae loco. Disculpa mi atrevimiento, porque aún sabiendo que no me perteneces, no quiero soltarte jamás. Candy, te amo, te amo, te amo.

— Basta, por favor. – dijo ella con hilo de voz. Si él continuaba con su confesión, entonces tendría que llevarla a un hospital, ya que su corazón no resistiría tanta fantasía hecha realidad. – No sigas o me temo que me desmayaré.

— Dije que comprendo que no me ames, pero no sabía que te era tan desagradable, Candy. – murmuró algo ofendido al soltarla.

Ella giró el rostro de inmediato, cuando perdió contacto con su amado. Dejó caer la maleta al piso y colgó sus brazos sobre el cuello de Terry, quien la miró asombrado. Ella se hundió en sus pupilas, llenando sus ojos verdes de un mar tan perfecto que sentía que se ahogaría.

— Eres un granuja, Terry. – afirmó ella sin atreverse a soltarlo. – Un granuja y un idiota. ¿Acaso no he sido demasiado obvia demostrando mi amor? ¡Te amo! – exclamó justo antes de abrazarlo con fuerza.

El muchacho, sin poder mover un solo músculo, permitió que ella sollozara sobre su cuello. La sangre huyó de su rostro, estaba a punto de olvidar cómo se respiraba, sus temblores cesaron. Una paz que desconocía lo embargó por completo y una risa que en su vida había soltado escapó de sus labios mientras estrechaba a su adorada Candy. Toda tristeza se opacó en el momento justo en el que ella le dijo que lo amaba. No podía existir mayor satisfacción que el obtener el amor de la mujer que tanto adoraba.

— Terry, mi amor… – murmuró Candy soltándolo. – ¿Qué haces aquí?

— Vine por ti, claro está. Encontré tu carta y decidí buscarte. – respondió él incómodo por no tener a la dama en sus brazos.

— ¿Encontraste mi carta? ¿Pero de qué carta hablas? – preguntó algo confundida. El enamorado la miró con desconfianza. – Sí te escribí una carta, pero se la he dado a Stear para que te la entregara el martes una vez descubrieras mi ausencia.

— Me di cuenta de tu ausencia cuando no te vi en la iglesia.

— ¿Qué hacías tú en la iglesia? ¿Acaso planeabas quemarla con tus pecados?

— No, no contigo adentro. – contestó Terry sonriendo. – Oh, sí, la carta. – dijo metiéndose la mano en el bolsillo del pantalón. – Aquí está.

Candy tomó el sobre y leyó. Después sonrió al reconocer la letra. Le sorprendía que su amiga pudiera ser tan valiente como para infringir una ley muy importante de la moral. Su fanatismo por el romance la llevó a cometer un acto de lo más perturbador.

— La letra es de Patty. Incluso se ve algo cambiada, pero es de ella. Le conté mis planes anoche. – el joven, enojado por haber sido engañado por una carta, se cruzó de brazos.

— Y bien, aún me debes una explicación, señorita pecas.

Ella lo sabía, tendría que despedirse de Terry, su término en el colegio ya había sido negociado esa mañana, así que aunque quisiera, ya no podía quedarse en él. Decidió aplazar la noticia. Ya que era domingo y estaba segura de que su acompañante no entraría a la única clase del día, le pidió pasar el resto del día a su lado. El inglés, algo sorprendido, accedió con la condición de que la americana le explicara con detalle lo que estaba sucediendo.

Después de regresar a Teodora al establo y a Klin a su árbol, los dos jóvenes salieron del colegio en su segunda cita. No dijeron mucho mientras viajaban al zoológico en donde verían a Albert. La propuesta fue de Candy, quien quería despedirse de su amigo antes de recluirse en el hospital San George en donde sería atendido Anthony. Terry, quien creía que podía convencer a Candy para quedarse en el colegio, o de otro modo, escapar con ella, obedeció cada una de sus indicaciones cargando en todo momento la maleta de la adolescente.

El caballero inglés pagó al cochero la suma adecuada y la pareja entró al zoológico.

— Aquí trabaja un amigo mío. Dame un minuto, preguntaré si está en su usual lugar de descanso. – le dijo Terry dejando a Candy enfrente de la jaula de las jirafas.

La muchacha suspiró nerviosa. Aún no sabía cómo enfrentaría la verdad con Terry. Ahora que ambos se confesaron sus sentimientos, cualquiera pensaría que la felicidad era el único camino al que podrían apostar; incluso ella creyó un segundo que así sería, pero los ojos azules de Anthony la perseguían, consiguiendo que la compañía de Terry fuera hasta cierto punto una tortura y un irremediable recordatorio de que sólo contaba con unas cuantas horas antes de la inminente separación. Se abrazó con fuerza recordando el perfume de Terry sobre su nariz, deleitándose con la firmeza de sus músculos tensarse alrededor de ella. Cómo lo extrañaría. Qué difícil era soltar al verdadero amor una vez lo estrechabas con tanta fuerza.

— Encontré alguien que se parece mucho a ti. – susurró Terry asustándola por su repentina aparición y provocando que ella se girara y lo abrazara. Él rió al abrazarla por tercera ocasión en el día. Si no paraba de hacerlo pronto se convertiría en una agradable costumbre. – Te presento una de las formas más efectivas para abrazar a una chica.

— ¡Terry! ¡No intentes sobrepasarte conmigo! – lo regañó ella apartándose de inmediato. – ¿Dijiste que encontraste a alguien parecido a mí?

— Ah, sí. – respondió él tomándola de la mano para llevarla justo al frente de la jaula de los monos.

Una estruendosa carcajada salió de sus labios al ver cómo los gestos de la muchacha demostraban enfado. Podía amarla con todo su ser, pero jamás perdería una oportunidad para bromearla.

— Cuando haces muecas, te pareces más todavía. – confesó él dándole una pausa a su risa. La rubia apretó los puños e hizo rechinar sus dientes. – De ahora en adelante, te llamaré "mona pecas".

— ¡Terry! ¡Te estás burlando de mí! – el muchacho, adivinando las intenciones de la pecosa, dio dos pasos para atrás y corrió un poco. – ¡Te voy a pegar! – advirtió corriendo tras él. Pero como no tenía las piernas tan largas como Terry, éste pudo esconderse con facilidad entre los visitantes. – En realidad no le iba a pegar. – susurró para sí misma caminando entre los transeúntes sin encontrar a su amado.

— ¡Candy! – la llamó él desde un árbol pasados unos segundos.

Lo único que hizo al separarse de la rubia fue rodear la jaula de los monos, robar un montón de caramelos y detenerse a admirar a su joven amada. Su mirada estaba buscándolo con desesperación, mientras con sus ágiles piernas le daban espacio para avanzar. Si ella supiera los atributos que él le encontraba, con seguridad lo mandaría a confesarse de inmediato. Sólo cuando la vio alejarse lo suficiente para no distinguir por completo sus rubios rizos la llamó, y ella, girando la cabeza con esa sonrisa radiante que nunca le regaló hasta ese momento, se apresuró a su encuentro.

— ¿Quieres la mitad? – dijo estirando un puñado de dulces. Ella asintió y tomó un tercio de éstos. – Mi amigo descansó el día de hoy. ¡Qué lástima! Quería presentártelo. – admitió sentándose en la sombra de un árbol antes de colocar el equipaje de Candy justo a su lado.

Ella, con más confianza que antes, lo imitó y recargó la espalda en el hombro derecho del muchacho. Ese gesto le pareció adorable a Terry, quien sorprendido por su atrevimiento, rodeó a la chica de la cintura temiendo que ésta se deshiciera de su abrazo. Sin embargo, aunque la joven no esperaba esa reacción, se estremeció ante su contacto y lo permitió. ¿Qué importaban los pecados cuando la despedida estaba tan cercana?

— ¿Sabes? Yo también tengo un amigo aquí, pero creo que pasaré a verlo cuando nos vayamos. Te he contado de él, es Albert. – sintió en su cabeza la mirada de desconfianza de su acompañante. – ¿Por qué me miras así?

— Mi amigo también se llama Albert. No me digas que tu amigo tiene gafas oscuras. – Candy, sin querer deshacerse de su abrazo, giró el rostro para asentir con levedad. – Santo cielo, entonces he estado perdido desde hace tiempo. – dijo con cierto desasosiego. Candy rió. – No te rías, esto es serio. Le conté a Albert de ti casi desde la primera vez que le vi. Él sabía de mi cariño hacia la pecosa del Colegio San Pablo y nunca me dijo que ya te conocía. De haberlo sabido, no te hubiera ventilado.

— Bueno, tienes razón. Eso fue jugar sucio. – concordó rascándose la barbilla. – Yo también le conté acerca del rebelde de San Pablo y no mencionó conocerte.

Terry la miró comprendiéndola. Mientras más tiempo pasaban, más sencillo era hablar de su mutuo amor. Comenzaba a preguntarse qué sería de su futuro, si ella permitía tal cercanía, significaba que era soltera. Se cuestionaba si ahora sí podía tomar su barbilla y besarla. ¡Cómo deseaba hacerlo!

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¡Hola!

Ya lo tienen, un capítulo sólo para Candy y Terry. Y aunque aún no hay beso, creo que les he dado una pista sobre lo que ocurrió esa noche que todavía no olvidan (ajá, aquélla en donde Candy entró a la habitación de Terry), pero no se dejen llevar tanto, ¿de acuerdo?

Y sí, escribí no sé cuántas escenas combinadas en una sola. Este capítulo fue el "guacamole" (salsa mexicana hecha con chiles, agua y aguacate) del fic. Me encantó hacer eso, fue cansado, sí, pero divertido. Invertí un poco los papeles en cuanto a la dichosa carta de despedida, pero esta vez tuvo buenos resultados, Terry sí la alcanzó. ¡Jupí! Además, quería que dejaran de odiar a Patty, le dio un mal consejo a Candy pero fue culpa suya que la pareja se encontrara.

Aunque no hay que olvidar que Candy ha tomado una decisión... Eso me ha hecho pensar algo, ¿qué haría yo si supiera que me queda un día con el amor de mi vida?... ¡Qué difícil! Mejor no pienso en eso.

De acuerdo, nos leemos el jueves. Nuevamente, muchísimas gracias por su apoyo y sus comentarios. Son en verdad unos ángeles adorables.

Les deseo un hermoso inicio de semana.