18.

Corazón contra obligación.

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Después de la visita al zoológico y la compra de comida corrida, los dos enamorados caminaron hasta llegar a los jardines de San Andrew. Los brazos de Terry ya estaban algo cansados después de tantas horas de cargar la maleta de su amada, pero de sus labios no salió ninguna queja. Cada segundo que pasaba a su lado conseguía que el dolor se esfumara. Candy caminaba frente a Terry disfrutando de los árboles que había a su alrededor y leyendo cada placa que en su camino encontraba. En ocasiones, giraba el rostro para leerle a Terry, quien, algo aburrido por las clases de historia, asentía ante cada dato que la joven le proporcionaba. ¿Qué importaban los hombres ilustres? Si fueran tan maravillosos, no estarían muertos.

— Candy, ¿podemos sentarnos? – preguntó cuando notó que el sol estaba por meterse.

Ella, divertida por la pregunta, corrió al fondo del parque huyendo de él. Terry, asustado por no encontrarla, la llamó una y otra vez sin dejar de correr. Ella estaba a salvo sentada justo a un lado de una jacaranda. Suspiró aliviado y soltó la maleta enfrente de ella.

— Y aún te preguntas porqué te llamo "mono". No vuelvas a esconderte así, menos cuando está anocheciendo. – advirtió sentándose a su lado. – Qué agotado estoy.

Ella le sonrió y se recostó en el pasto colocando las manos detrás de su cabeza. Era su turno para admirar a Terry. Su melena castaña sobrepasaba sus hombros por algunos centímetros, ocultando el inicio de una espalda ejercitada que se marcaba con una camisa que tanto insistía en pegarse al cuerpo de su dueño. Su antebrazo estaba oculto bajo la tela de la ropa, pero parte de su brazo se descubría mostrando unos músculos juveniles, dignos de un rebelde colegial. El muchacho giró el rostro unos grados para mirar a Candy, y sorprendido al descubrir que estaba siendo inspeccionado por esos ojos verdes se ruborizó. Ella a su vez, desvió la mirada aún más sonrojada que él. Si la señora Elroy se enterara de su indiscreción con seguridad la regañaría hasta el amanecer.

Después de recuperar su tono de piel, Terry recargó el cuerpo en uno de sus brazos para mirar el perfil de su amada. Ella seguía sonrojada y trataba de evitar la profunda mirada azul verdosa que se dedicaba a admirarla de cerca. Su pequeña nariz, sus pecas sonrosadas, sus labios entreabiertos, sus pestañas tupidas, sus esmeraldas nerviosas en los ojos, sus mejillas redondas, e incluso el movimiento de su pecho, todo le parecía una obra de arte. Se sentía en un mar de sueños cada vez que recordaba que ella lo amaba. Ese ángel divino, ese ser de inmaculada belleza, esa jovencita poseedora de una hermosura casi imposible, ella estaba enamorada de él. Candy abrió un poco más la boca, para exhalar un suspiro. ¡Qué arduos deseos por atrapar ese suspiro con sus labios!

– Candy… – susurró Terry acariciando su mejilla con la mano derecha. Ella se estremeció ante su contacto, sintió su corazón palpitar con fuerza, temía desmayarse en cualquier momento. Esa voz, esa mano, esa mirada, ¡¿cómo era que las mujeres podían hacerle caso a las nomas de la moral cuando existían seres tan perfectos y seductores como él?! – ¿Tienes miedo?

Ella no pudo responder, claro que tenía miedo. Temía no ser lo suficiente para ese Dios que no despegaba los ojos de su rostro, como si en éste encontrara su paraíso. Temía no ser lo que él merecía, temía no satisfacer a su amor, temía no saber actuar frente a él, cometer un error, que él se alejara de ella. Temía tanto que no sabía por dónde empezar. Si una criatura tan hermosa como él estaba a su lado, dejando que su mejilla sintiera el calor de su piel, temía fracasar al hablar y apartarlo de ella. Un atisbo de sentido común se cruzaba por su mente, incitándole que terminara con aquél coqueteo; la dignidad de su sexo le ordenaba que se levantara del jardín y saliera corriendo. Si alguien pasaba por ahí y viera la escena se armaría un gran pleito, pues dos personas que no están casadas no tenían derecho de estar tan cerca el uno del otro. Sabía que estaba mal permitir esa proximidad, pero no podía refrenarlo. No sabía cómo y no quería hacerlo. ¡Al demonio la sociedad! ¡Ella ansiaba el momento en que él por fin besara sus labios todavía vírgenes!

Y como si él leyera sus pensamientos, se acercó un poco más a ella acariciando sus pómulos sin dejar de deleitarse con la imagen de esos labios que le reclamaban posesión inmediata. Con el rabillo del ojo podía notar como el torso de la muchacha se elevaba y descendía con suma rapidez, lo que indicaba que ella también estaba nerviosa. Un segundo después la dama se atrevió a hundirse en ese pantano que formaban los ojos del jovencito. Era demasiado, Terry no soportaría un minuto más así, sin besarla como si no hubiera un mañana. Y como si sus corazones lo supieran, ambos deseaban que esa fuera su despedida. Candy cerró los ojos, presa de sus deseos. Terry acarició la piel de su rostro una vez más, luego detuvo su mano en el lado derecho del blanco cuello de la adolescente antes de acercar dos centímetros más su rostro. Y ahora que podía sentir el aliento de su amada, ahora que la sabía dispuesta al beso, el corazón le palpitó sin control. Miró una última vez los labios de Candy y se entregó al amor deshaciendo el espacio que separaba sus bocas.

Tal cual de un infarto se tratara, ambos corazones amantes se detuvieron una fracción de segundo. El contacto labial era una experiencia nueva para ambos, así que hasta cierto punto ninguno sabía cómo controlar sus latidos. En primer momento, sus labios permanecieron sellados sin moverse ni un ápice, hasta que ella, desesperada por su ignorancia, entreabrió un poco más la boca, moldeándose sin desearlo a la perfecta forma de los labios de Terry. Éste, también inexperto, exploró las diferentes maneras de acomodar sus labios en perfecta sincronía con los de ella invitándola a hacer lo mismo. Y en menos de medio segundo, sus corazones ya latían a un solo ritmo, mientras las leguas de los amantes disfrutaban del goce que es el sentir la humedad y la calidez dentro de sus bocas, descubrir su sabor. Terry hundió sus dedos en la melena de la muchacha, mientras ella indecisa, levantó el brazo izquierdo y lo colocó en la espalda del muchacho sintiendo una vez más los músculos de la misma.

Sus labios se separaron en varias ocasiones sólo para tomar aire, pues aunque creyeran que no necesitaban más para vivir que el compartir una experiencia tan maravillosa como aquélla, sus pulmones los obligaban a apartarse para recibir suficiente oxígeno.

Al retirarse por completo, dejando un pequeño beso en la barbilla de la muchacha, el alma de Terry se alivió. Descubrir el mundo del amor con ella era lo mejor que le había pasado en la vida. Esos labios sonrosados ya le pertenecían, ese amor que palpitaba en su interior ya le pertenecía. Pero lo que es mejor aún, ella era su dueña. Él se entregó a ella en cuanto traspasó esa delgada línea de la cordura, pero besarla, dejar que ella lo besara, eso era una pequeña prueba de su entrega. Ahora que había tocado esos pétalos de rosa, se dio cuenta de que nunca besaría otra boca, pues ninguna otra lo satisfacería como aquélla. Después de amar a Candy, no volvería a amar a nadie más. Ahora era dueña de su vida, no sólo de su amor. Él aseguró aquella noche, que si Shakespeare supiera de su mutuo amor, se hubiera burlado del amor entre Romeo y Julieta, pues el amor entre la pareja intercontinental rebasaba los límites de la imaginación.

Candy por su parte, se sentía por completo enamorada, y cada segundo que pasaba se daba cuenta que el amor en su corazón crecía y crecía. Creía que si seguía ese ritmo pronto explotaría, aún no sabía cuánto amor era capaz de guardar. Ese beso no consiguió tranquilizar a su corazón, al contrario, ahora lo hacía prisionero de un amor del que no quería liberarse. No importaba qué camino tomara a la mañana siguiente, ya no era dueña de sus respiraciones, el único poseedor de ello era Terruce Grandchester. Un invisible hilo ahora conectaba ambas almas, podía sentirlo. Ya no podría separarse de él, no de forma sentimental. Ese invisible hilo la conectaba a donde él fuera, comprendía que sucedía a la inversa, pues aunque no hablaran, Candy estaba segura de que él lo sabía. Ya se habían entregado. Entendía que cualquier formalidad estaba de sobra, pues ellos dos no podían ser novios, no podían ser amantes, esposos, porque ya no existía un "ellos dos". El momento de la unión ya estaba sobre la pareja. La definición aún no tenía nombre, pero lo que sabían, esa unión les impedía llamarse por separado. Era como si su corazón fuera uno solo, como si su inusual comunicación mental se acrecentara con fuerza. Un aguijón en el pecho les indicaba que su amor era igual. El auge del amor estaba acompañándolos aquella noche. El auge del amor era ese primer beso.

Candy esbozó una pequeña sonrisa que Terry enterró en lo más profundo de su ser como recordatorio de esa última reunión en Londres. Él giró el rostro para mirar a su eterno testigo, la luna. Cuando era pequeño podía pasar horas mirándola, siempre con la duda de si sería el único haciéndolo. Ella, su amiga o enemiga, de acuerdo a las circunstancias, era la única que estaba con él en su nocturna soledad. Pero ahora que tenía a Candy a su lado, comprendía que no volvería a sentirse así, pues su amor lo acompañaría a donde fuera.

— Terry… ¿recuerdas esa noche en la que te abofeteé? – le preguntó Candy suspirando de nuevo. Él asintió sin desviar la vista de la luna. – Nunca me dijiste cuál era el segundo tesoro que poseías de tener suerte.

Él arrugó el entrecejo recordando con claridad esa escena. Después de un minuto, negó con la cabeza. Se arrepintió de tratarla de ese modo apenas ella salió del cuarto. Perdió la cabeza a causa de los celos, de su lujuria. Estaba cegado por esos pecados que lo llevarían al infiero. Miró sus manos, esclavas de sus emociones, y las apretó en puños.

— Sólo olvida esa noche, Candy. Me porté como una bestia. No tenía derecho de tratarte así, no importa qué tanto te deseara o que tanto me celara ese Antho… – enmudeció al recordarlo. Se cubrió el rostro con las manos y se insultó en francés. – ¿Qué pasó contigo y Anthony? – preguntó aún sin desenterrar la cara.

Ella, temerosa porque el momento había llegado, tragó saliva y cerró los ojos. Cuánto le dolía alejarse de él.

— Mañana parte al hospital San George. – comenzó tomando fuerzas para dar los detalles. – Le aplicarán un tratamiento para que recupere el movimiento de sus brazos. La tarde de ayer él ha terminado conmigo, dijo que no quiere tenerme como novia de guerra que espera a que su amado termine su deber. – su voz se tornaba cada vez más dolida, cosa que confundía a Terry, quien alzó el rostro. – Por eso decidí seguirlo. – concluyó abrazándose a sí misma.

Terry tardó unos segundos en reaccionar. Conocía el hospital San George, estaba a casi ocho millas del colegio. En realidad no era demasiada la distancia, pero comprendía las palabras de ambos rubios. Mientras él la dejaba en libertad, quizá notando que su amor ya no era correspondido, ella quería insistir en renacer esa relación. Aún cuando por fin tuviera la oportunidad de iniciar un noviazgo con Terry, Candy decidió alejarse de él para perseguir a su antiguo amor. Conocía las consecuencias, sabía que él podía ser transferido a otro hospital de Londres, de Inglaterra, o incluso del mundo, haciendo más permanente su separación con Terry, pero no le importaba. Mientras él se sentía morir cada vez que la sentía lejos, ella era capaz de salir de su vida de un momento a otro.

— ¿Qué te obliga a estar con Anthony? – preguntó él pasado un minuto.

— No es una obligación, Terry. Quiero estar con él. – respondió ella abrazándose las rodillas. – No espero que lo entiendas, pero sé que debo estar con Anthony. Quizá se niegue al principio, pero debo estar con él.

— ¡¿Debes?! Candy, no eres su tutora o su esposa, no tienes ningún…

— Aún no. – corrigió Candy con una lágrima cayendo de sus ojos.

Era todo. El corazón de Terry, junto con todas sus esperanzas, se destruyeron al escuchar ese par de palabras. Después de todo, ella se entregaría a Anthony, ella sería la señora de Brower, no de Grandchester. Ella no tenía intenciones de siquiera ser la novia de Grandchester, trazó su destino para ser todo de Brower. Su maldito altruismo la llevaba a los brazos de un hombre al que no amaba. ¿Y dónde quedaban las consecuencias de esa decisión? ¿Acaso olvidaba que en esa decisión también lo mataba a él?

— Por eso quería irme hoy, sin encontrarte. No quería despedirme de ti, no de frente. – confesó ella apoyando la mejilla en sus brazos. – No soy capaz de despedirme de ti, Terry.

— Entonces no lo hagas. ¡Quédate! – suplicó él tomándola de los hombros y mirándola con dolor. – No quiero perderte, Candy. No cuando por fin te tengo. – otra lágrima salió de los ojos de la muchacha. – Candy, mi amor, no te vayas.

— Él me necesita, Terry. Y si no hubiera sido por mí, él no estaría en una silla de ruedas, ¿comprendes? – espetó alzando el rostro para fijar sus ojos en los de él. – Anthony cayó del caballo porque quería estar conmigo, por eso nos alejamos de los demás. Si yo no hubiera estado ahí, él no estaría así. Anthony perdió la movilidad de su cuerpo gracias a mí.

— No eres culpable de provocar amor, Candy. No intentes ponerte ese peso en los hombros porque no te va.

— Y tú no intentes evitarlo. Soy la única culpable y debo hacerlo feliz aunque me cueste mi alegría.

— ¿Y qué hay de mí? Si seguimos tu criterio, entonces también es tu culpa que yo haya enloquecido de este modo. Si seguimos tu criterio, entonces deberías quedarte en el colegio hasta que me corran del mismo y entonces podríamos casarnos. – insistió él con lágrimas resbalando por su cuello. – Si seguimos ese maldito criterio del demonio, entonces quédate a mi lado. ¡Maldita sea! ¡Si quieres abandonar el colegio, hagámoslo juntos pero no me dejes!

— ¡Basta! – rogó ella llorando a mares. – Terry, detente, por favor. Eso hará las cosas más fáciles. Tengo que estar con él.

— Entonces te suplico que me esperes, que no te cases con él. Candy, si me amas, por favor espérame a que pueda juntar el dinero suficiente para llevar una vida agradable para ti y para Anthony. Soy capaz de mantenerlos a ambos, pero no te cases.

— ¡Basta! – repitió sacudiendo su espalda a causa del llanto. – Terry, no sigas. Si en verdad me amas, déjame seguir mi camino. ¿No lo entiendes? He hablado con la hermana Grey y también lo hice con el hospital. Seré enfermera, elegí esa carrera para cuidar de Anthony hasta su último momento. Ya he escogido mi camino.

Él la soltó con sus emociones confundidas. Se sentía frustrado por no poder convencer a su amada para que se quedara con él, enojado porque ella no veía las cosas con claridad, y adolorido porque nunca volvería a sentirla entre sus brazos, pues ahora la sabía eternamente ajena.

— Si esta iba a ser nuestra conclusión, preferiría no haberte conocido, Candy. – confesó con voz lúgubre.

Ella, destruida al escuchar esa frase, giró el rostro y lo miró. ¿Acaso no podía ver que ella también estaba destrozada? Quizá su orgullo le impidiera percatarse de que ella sufría tanto o hasta más que él, porque era ella la que tenía impuesto un destino. Él podía decidir qué hacer de su vida, pero ella no. Él era libre de irse o quedarse, pero ella no podía hacer más que estar con Anthony. ¿Acaso no entendía cómo se sentía? ¿Qué derecho tenía él para decirle tales cosas? Terry era su único consuelo, los momentos vividos con él eran lo que la mantenía de pie, saberse amada por él era lo que conseguía que su corazón siguiera latiendo.

— ¿Por qué has dicho eso, Terry?

Él, incapaz de mirar de frente ese rostro igual de lloroso que el propio, se levantó, colocó una mano en el tronco del gran árbol a su izquierda y recargó la frente en la misma.

— ¡Porque es lo que siento! ¡Demonios, Candy! ¡Si sabías de nuestra separación, no debiste ilusionarme de esa forma!

— ¿Quieres decir que te arrepientes de… de esto? – cada palabra que él decía mataba un puñado de células en su interior.

— ¡Sí! ¡No! ¡No lo sé! – admitió llorando con más dolor. – Sé que nunca podré volverte a besar o a tenerte para mí un día entero, ¡y no puedo afrontarlo!

— Para mí este día será la muestra de que fui feliz por completo, tan siquiera unas horas. Gracias a este día, sé lo que es amar y ser amada, y si no es lo que tú sientes, entonces no hay nada que pueda hacer, amor.

— ¡No te atrevas a llamarme así de nuevo! – bramó él mirándola con furia. – ¡No te atrevas a llamarme "amor" sabiendo bien que no lo seré a partir de mañana! ¡Si ibas a terminar entregándote a ese maldito americano, entonces no hubieras pasado el día conmigo! Candy, ¿qué pensabas? ¡¿Acaso crees que soy de trapo y que no me duele esta despedida?!

— ¡¿Y qué crees que no pensé en eso?! – respondió ella poniéndose de pie para enfrentar su mirada. – ¡¿Por qué si no, quería irme sin verte?! ¡No eres el único que sufre con esto, Terruce Grandchester! ¡Anthony merece que esté con él!

— ¿Y yo qué? ¡¿Acaso es porque soy el maldito hijo bastardo del duque de Grandchester?! ¡¿O quizá tiene que ver con el hecho de que yo sí puedo caminar?!

Un choque entre esmeraldas y zafiros se vislumbró entre aquellas miradas repletas de dolor y traición.

— Sabes bien que eso no es lo que quise decir. Pero no quiero irme así. Quería pasar este último día contigo para recordarte con una sonrisa en la cara y que tú hicieras lo mismo. – suspiró con pesadumbre. – Me marcho, no hay nada más que hablar. – dijo tomando su maleta.

Terry cerró los ojos con dolor cuando sintió que los labios de la muchacha se posaban un segundo en su mejilla. Cuando los abrió se encontraba solo en el jardín.

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¡Hola!

Lamento la tardanza, sé que soy un caos, pero estoy ayudando a cubrir mi entrada. No sé si algún lector sea de México. Si lo hay, entonces entenderá que ahora es necesario prevenir inundaciones. Por eso me entretuve, acabo de poner una barrera en la puerta. ¡Métete, agua!... Bueno, no, no la retaré.

Pasando al tema del capítulo. ¡Uh! Yo odié a Candy al final, o sea, comprendo a Terry, esta mujer se dejó abrazar, se dejó querer, se dejó seducir, lo besó, se besaron, se dijeron cariñitos, y de repente sale con que siempre sí se queda con el ex novio. Imagínense la cara de Terry de WHAT?! La verdad se pasó, eso no se hace con un caballero inglés.

Ah, pero como me gustó la escena del beso. ¡Mi vida! ¡los dos eran novatos! Me gustó recalcar eso, porque he visto en otros lados que afirman que Terry era un Donjuán y toda la cosa, cuando apenas si le hablaba a las monjas. Para mí, Candy sí fue su primer amor —claro, si olvidamos el "beso" que Stear le robó cuando estaban en Escocia—.

Y bueno, creo que resumí todos mis comentarios. Les repito, éste es un Terryfic, no se confundan, ¿vale? Ya verán lo que tengo planeado para el rubio americano de ojos azules.

En fin, nos leemos el lunes. Muchísimas gracias por sus comentarios, leyéndolos en la noche me siento menos agotada. Estoy infinitamente enamorada de la relación escritor-escrito-lector. Gracias por formar parte de ésto.

Saludos a todos y les mando un fuertísimo abrazo.