19.
El hospital.
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Anthony partió al día siguiente del colegio. Lo acompañaba Ellen, su antigua enfermera. El rubio decidió no despedirse de nadie, mucho menos de Candy. Después de ese periodo como novios, comprendió a la fuerza que ella no lo amaba más. Quiso engañarse, creer que la rubia no dejaba de amarlo, aún cuando conocía de su contacto con ese aristócrata. De manera egoísta, creyó que si él la tenía como novia, ella dejaría de pensar en Terruce Grandchester. Pero cuando vio cómo lo abrazaba, cómo le suplicaba detenerse, y cómo él le respondía el gesto con el mismo sentimiento, entendió que ya era tarde. Ellos dos estaban enamorados y en una historia como esa, Anthony era el sobrante. No tenía sentido seguir forzando el noviazgo. Candy no sería suya de nuevo. Después de todo, Terruce sí podía hacerla feliz como él ya no.
Desde que vio por primera vez el choque de miradas entre ese par, se dio cuenta de que la lucha por conservar el amor de Candy sería muy difícil. Sabía que ese muchacho no sentía lo mismo que él, no podía amar a Candy como él lo hacía, porque nadie era capaz de hacerlo. No de esa forma. No obstante, Candy sí podía volverse a enamorar, ella sí podía y tenía el derecho de enamorarse de otra persona. De un británico engreído buscapleitos.
Para llegar al hospital San George, debían viajar al sur de Londres durante casi una hora. Era tiempo suficiente para deleitar su cerebro recordando los momentos dorados de Lakewood. Esos días en los que sabía sin duda alguna, que Candy lo adoraba. Esos días en los que sus ojos de niña lo seguían a todas partes, como si temiera que fuera a desaparecer; esos días en los que ella lo abrazaba accidentalmente, o le dedicaba una sonrisa especial cuando creía que nadie se daba cuenta. Echaba de menos esos días en los que ella lo amaba a él, a Anthony.
— Quizá yo te gusto, porque me parezco a tu príncipe.
— Anthony… ¡No, no es eso! ¡No me importa quién es el príncipe! ¡Anthony es Anthony al fin y al cabo!... Tú me gustas porque eres Anthony.
¡Qué maravilloso recuerdo aquél! Fue la primera vez que Candy confesó su preferencia hacia él. Desde los seis años, estuvo enamorada del príncipe de la colina, pero esa mañana le confesó a Anthony que no le importaba quién fuera ese príncipe, pues lo quería a él, a Anthony. Incluso, antes del accidente de caballo, ella le dijo algo en lo que él confió con ceguedad. Ese diálogo fue el culpable de que el amor de Anthony se dispersara de esa forma. Gracias a esas palabras se sintió con plena confianza de poseer para siempre el amor de su Candy.
— Ahora sí creo haber encontrado a mi príncipe. Eres tú, Anthony. Tú eres mi príncipe.
Pero todas esas palabras ahora eran parte de un pasado al que nunca regresaría. No culpaba a Candy, pues al corazón no se le puede obligar a ser fiel. Y aunque no entendía qué tenía de especial ese Grandchester, estaba seguro que ella tenía un buen motivo para entregarle su amor. Quizá los celos del rubio no le permitirían ver los atributos del inglés, pero ella, una mujer sensible y carismática, veía con claridad todas sus virtudes.
— Hemos llegado, señorito Anthony. – le dijo Ellen en cuanto el carruaje se detuvo. – Lo bajaremos de inmediato.
Cuando por fin colocaron a Anthony en una nueva silla de ruedas de un color dorado, observó el lugar que sería su hogar durante un par de meses. Era un hospital enorme, de fachada blanca y con detalles tallados a mano de color café. Los ventanales dejaban ver un jardín lleno de rosas de varios tipos. El olor que desprendía era agradable, pero Anthony admitía con un dejo de vanidad, que su rosal tenía una frescura incomparable. Suspiró decidido a tomar al destino sin la mujer que amaba, con los brazos abiertos, no hablando de forma literal. La enfermera comenzó a explicarle los tratamientos que se le aplicarían una vez traspasara las puertas del hospital, a pesar de que él no entendiera los términos médicos con los que le hablaba. Un médico de unos treinta años estaba a su lado tomándole los signos, mientras conversaba con otra enfermera, rubia y de cabello rizado, que parecía tener su edad. Anthony, confundido entre tanto parloteo, decidió ignorarlos a todos preguntándose qué estarían haciendo en ese momento en el Real Colegio de San Pablo. Y cuando estuvo a punto de llegar a la puerta, una jovencita que reconoció de inmediato, salió de esta y lo recibió con una radiante sonrisa.
— Candy… – susurró cuando ella saludó a Ellen. Ésta, también asombrada, sólo asintió con la cabeza. – ¿Qué haces aquí?
— Hablé con el director del hospital, no podré ingresar al colegio de enfermeras hasta la próxima primavera. Hasta entonces, me permitirán estar a tu lado durante el tratamiento y las observaciones. La tía abuela no me ha dado su respuesta, pero en el colegio de San Pablo me han dicho que mi receso por causas médicas ha sido aceptado. Todo está arreglado. – respondió como si noticia que el muchacho ansiaba escuchar.
Anthony tardó medio minuto en comprender las palabras de la rubia. Todo está arreglado. Ella había dejado el colegio, dejó a Annie y Patty, a Archie y Stear, a Terruce. Los dejó a todos, sólo para estar con él. Aún sabiendo que su noviazgo ya no podría obligarla a permanecer con él, ella seguía ahí. Sonriéndole como si nada hubiera cambiado. Renunciando a su verdadera felicidad.
— Será mejor que regreses al colegio. Candy. – comentó Anthony de manera fría y sin atreverse a mirar sus ojos. – Entremos, Ellen.
La enfermera se disculpó con la jovencita y entró al hospital. El médico los siguió, pero la segunda enfermera se detuvo a mirar boquiabierta a Candy. Parpadeó unos segundos y después carraspeó, para después alcanzar doctor.
Candy no tenía derecho de estar ahí. No tenía razón alguna para abandonar el colegio. Anthony la dejó en libertad, le quitó el peso de cuidar de él, le permitió cumplir con su mayor deseo, se aseguró de hablar con claridad al terminar con ella. Él no quería que lo siguiera. Le era tan difícil cortar esa relación, que no podría soportar tenerla tan cerca. Y ahora estaba ahí, de pie, diciéndole que abandonó todo para estar al pendiente de sus tratamientos, como si todo fuera tan sencillo. Él no quería ser una intercepción entre Terruce y Candy, y si debía olvidarse de sus modales, para hacerle creer a Candy que la despreciaba por completo, entonces lo haría. Ella no debía despedirse de su felicidad tan rápido. Candy no sería infeliz, Anthony se encargaría de ello.
— Por favor, a la habitación 234, Ellen. – indicó el médico una vez registrada la hora de llegada de su paciente particular.
— No quiero que vayas, Candice. – objetó Anthony antes de que su enfermera lo encaminara a su destino.
La rubia, sin perder la esperanza o la sonrisa de su rostro, desobedeció la orden de su ex novio siguiéndolo de cerca. Era la primera vez que la llamaba por su nombre completo, eso significaba un gran cambio, pero no le importó. Si había dejado a Terry en el colegio, era para cumplir con la promesa que se hizo. No dejaría a Anthony hasta el último momento de su vida.
—– Ellen, no dejes que ella entre.
— Pero, señorito, ella tiene un permiso especial para observar el tratamiento. – argumentó la segunda enfermera. – Cuando usted salga de aquí, Ellen y la señorita serán las que se encarguen de darle seguimiento.
— ¿Y qué no tengo derecho a pedir que Candice se retire? Discúlpeme, pero no quiero que presencie esto. Me es desagradable su cercanía. – mintió odiándose un poco.
— Señorita Catherine, le sugiero que no se meta con las decisiones del joven Brower. – intervino el médico.
— Pero, Ogden…
— Le recuerdo que debe llamarme doctor Mathewson, o en su defecto, doctor Ogden.
Candy, apenada por la intervención de la enfermera, dio un paso atrás y se despidió de Anthony antes de sentarse en la sala de espera. Si él no la quería cerca, entonces esperaría a que estuvieran solos para hablarle y disculparse si era necesario. Pero no desistiría a sus planes originales. Ella debía estar con Anthony, quería cuidar de él, ver sus avances y aprender de ellos. Candy no estaba dispuesta a que su sacrificio fuera en vano. Y aunque no paraba de pensar en la triste despedida de Terry, no abandonaría el hospital. No regresaría al colegio. No sin antes dar todo de sí para que Anthony la aceptara de nuevo, pues confiaba en que detrás de esa máscara de despotismo, aún estuviera ese tierno jovencito que tanto la adoraba. Quizá no debía presionarlo tanto, el rubio saldría de su caparazón muy pronto.
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El médico Ogden puso enfrente de su paciente una ilustración de la columna vertebral en donde unos círculos rojos marcaban un par de vértebras.
— Estas figuras muestran la posible lesión que sufriste el otoño pasado. Las primeras vértebras debajo de tu cabeza son las cervicales. Si el golpe hubiera sido en éstas, puedo asegurarte que estarías muerto. Estos de abajo son los huesos torácicos. Tu caída provocó una lesión en estos dos, el uno y el dos, provocando una paraplejia, no una tetraplejia como se creía en un principio. Lo que significa que no perdiste el movimiento en los brazos, aunque sí de las piernas. Es probable que algunas de tus fibras nerviosas hayan sido lesionadas, lo que provoca que tengas sensaciones en los brazos, como el frío o el calor, pero poco movimiento. Y en caso de no ser así, te ayudaremos. ¿Puedo proseguir con unas preguntas, Anthony? – el muchacho asintió muy interesado. – Bien, responde con toda sinceridad, ¿pudiste moverte después de tu accidente? Cualquier músculo, cualquier hueso, lo que sea.
— No, no me he movido en ningún momento. Desde que desperté, he estado así como me ve ahora. Me pusieron un collarín en el cuello y me colocaron en una silla de ruedas.
— ¿No te permitieron moverte, hacer unos ejercicios, quiero decir? – Anthony negó con un monosílabo. – ¿Puede quitarle el collarín, enfermera Catherine?
— ¡¿Qué?! No, no lo haga. – pidió Anthony aterrorizado, pero la enfermera ya había desabrochado el aparato. En cuanto lo retiró de su cuello, el muchacho sintió como la cabeza le daba vueltas, pero se concentró en no permitir que esta cayera. Después de unos segundos de nerviosismo, se dio cuenta de lo inútil que había sido llevar el aparato. – ¿Por qué no se me ha caído la cabeza?
— El collarín no une tu cabeza al cuerpo, Anthony. Inmoviliza las vértebras cervicales, pero no tienes daño en ellas, así que no tiene sentido utilizarlo. – explicó el médico, con aire de arrogancia. – Ahora, ¿quieres decirme si te ha dolido algo, has sentido frío o calor, en alguna parte de tu cuerpo?
"¿El corazón vale?" se preguntó, recordando a su amada. Volvió a negar y la entrevista prosiguió. Después de veinte minutos, el doctor Mathewson dio por terminada la sesión de esa mañana y entregó instrucciones a la enfermera Catherine para que las transmitiera a la muchacha que esperaba afuera del cuarto. No tenía derecho de meterse en los asuntos de sus pacientes, pero la señorita pertenecía a una alta familia americana, así que debía obedecer las indicaciones de sus superiores. Esa adolescente debía estar al tanto de las actividades realizadas con el joven Brower, sin importar si él lo deseaba, o no.
Catherine era una mujer madura demasiado sensible, pero eficaz en su trabajo. No sabía porqué la rubia entregaba tanta atención a un hombrecito que no la apreciaba, pero confiaba en que la situación cambiara pronto. De lo contrario, se prometía que conseguiría que Candy no se deprimiera.
— En punto de las cuatro de la tarde, el señorito debe estar en el cuarto de rehabilitación. – dijo en cuanto se detuvo frente a ella. La joven alzó el rostro, enseñándole unos ojos verdes increíbles que hicieron palpitar su corazón con fuerza. – Usted será testigo de los masajes que se le practicarán en las manos.
— De acuerdo. – contestó Candy sin perder el aplomo. – ¿Y dónde comeremos?
— En las afueras del hospital, Ellen los llevará a comer. Por cierto, señorita Andley, usted dormirá en la habitación contigua del señorito, la número 811. Está en el ala norte del hospital, quizá un poco retirado de aquí, pero estoy segura de que podrá arreglarse.
— Por supuesto, ya estoy acostumbrada al ala norte. En el colegio en donde asistía, el dormitorio de las mujeres estaba justo ahí. – sonrió.
"Dios mío, esto debe ser una broma. Esa sonrisa, esos ojos, todo debe ser una sucia broma." Pensó la mujer adulta intentando regular sus sentimientos.
— Está bien. El señorito Brower saldrá de la habitación en un momento, lo dejamos en sus manos. Con su permiso, señorita.
— Llámame Candy, por favor. Ése es mi nombre. – pidió la chica mirando como la enfermera le daba la espalda. No recibió respuesta.
Parecía que su estancia en el hospital sería más difícil de lo que creía.
Y como Catherine predijo, Anthony se reunió con Candy en menos de un minuto. Ellen le explicó lo sucedido durante su ausencia, apoyándose en la misma ilustración que utilizaron frente al rubio. La joven asintió una y otra vez, grabando en su memoria cada dato escuchado. Si cuidaría de Anthony por el resto de su vida, entonces debía saber todos los detalles de él. No pasó por alto las miradas duras de su amigo, se dio cuenta de que era complicada una nueva cercanía con él, se dijo que lo hablaría con él a la hora de llevarlo a dormir.
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Ellen, a sabiendas de la rudeza con la que Anthony trataría a Candy, los llevó a comer a un restaurante cercano al hospital. No debía llenar a su paciente de grasa, pues el olor a antisépticos podría provocarle náuseas y eso sólo complicaría su situación; pero sí insistió en hacerlo comer los tres platos comunes. Candy se conformó con una ensalada y un plato de espagueti. Aunque intentara aparentar felicidad, se sentía deprimida y débil. Desde que abandonó los jardines de San Andrew, sintió como una parte de ella se desvanecía en la mejilla de Terry. En ese último beso, su despedida, entregó su alma. Cómo deseaba haberse quedado con algo de su Terruce, tan siquiera para no creer que lo que un día vivió con él, no fue parte de sus fantasías infantiles. Quería demostrarse a sí misma, que él era real, que era real y que durante un periodo estuvo enamorado de ella.
— Anthony, la señorita Candy tiene el segundo turno, así que es ella quien irá contigo a tu siguiente cita con el médico Mathewson. No puedes negarte, porque es obligatorio que una de nosotras dos esté en la habitación y no puedo ser yo. ¿Has entendido?
— ¿Y no tengo derecho de pedir un cambio de enfermera? Candy no es más que una colegiala, estoy seguro de que no sabe nada de medicina. – alegó el parapléjico.
— Anthony… – murmuró la rubia bastante ofendida. Apretó los cubiertos y agachó la cabeza. – Por favor, no seas tan cruel conmigo.
¡Cómo le costaba ser tan rudo con ella! ¡Sabía que era la mayor farsa que había cometido en toda su vida, pero lo hacía por ella! Si le pedía que regresara al colegio, ella no accedería, tenía que correrla para que comprendiera que su lugar ya no era atenderlo. Y si ella no entendía por las buenas, sería por las malas. Ignoró el comentario de la chica lo mejor que pudo y esperó la respuesta de la enfermera, quien algo incómoda, carraspeó.
— Me parece que la autorización de la presencia de la señorita Candy vienen directamente del señor Andley, así que no hay nada que pueda hacer.
— ¿El señor Andley? – preguntaron ambos adolescente. Candy creía que la huida del colegio pasó desapercibida por su tutor, pero ahora estaba confundida.
— Sí, fue él quien nos informó que era probable que la señorita quisiera acompañarlo, joven Anthony. Por eso el director del hospital accedió de inmediato al recibir la propuesta de la señorita.
Entonces no tenía escapatoria. Si el abuelo William ya estaba resuelto a que Candy estuviera en el hospital, Anthony no podía obligarla a regresar al colegio. Era como si no tuviera más opción que aceptar que su tormento y delirio estaría cerca de él. Tan cerca del infierno y del paraíso. Aún así, no quería hacer infeliz a Candy, tenía que convencerla de mantener contacto con Terruce. Suspiró y asintió con tristeza. Candy, su mayor dilema y fortuna.
La pecosa se dio cuenta de que su dramatismo no estaba erróneo. Ella ya no podía regresar al colegio. Aunque no quisiera, su destino estaba con Anthony. Ahora estaba dictado por su protector. Por primera vez desde que tomó su resolución, se lamentó no haber desistido al deber moral. El festival de mayo estaba tan cercano, las vacaciones de verano podían tocarse con la yema de los dedos; miles de oportunidades para estar con Terry se le escapaban de las manos. Todo lo cambió por el bienestar de Anthony. Su corazón se quedó en San Pablo, en el ala este, segundo piso, habitación 124. Pero su sentido de responsabilidad permanecía en el hospital San George, recámara 812.
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El cuarto de rehabilitación era de un tamaño amplio, lleno de imágenes de huesos y músculos colgados en la pared. Una cama individual estaba en el centro, con varios aparatos de aspecto inquietante a su alrededor. El médico ya los esperaba con unos documentos en las manos. Le indicó a Candy que estirara los brazos de Anthony y los mantuviera así durante treinta segundos. Ella no entendía el fin de ese ejercicio, pero se esforzó por no arruinar su primer trabajo, mas después de veinte segundos, el médico se echó a reír y le palmeó el hombro a Candy.
— La curiosidad no es mala, muchachita. Cada vez que te haga una indicación, pregúntame el porqué. Puedes soltar a tu paciente, sólo quería probarte. – admitió guiñando el ojo. – Soy un hombre muy bromista, tendrás que acostumbrarte, pequeña enfermera.
Ella hizo una mueca de desagrado. Vaya manera de tomarle el pelo. Si tan sólo sus bromas no le recordaran a alguien más, quizá hubiera reído. Pero olvidar esos contados momentos a su lado no era fácil. ¡No era tan sencillo olvidarse de un hombre como Terry!
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¡Hola!
Sé que esperaban capítulo ayer, pero por razones bastante personales no pude ni meterme a la computadora. Igualmente, aquí está.
Admito que no es el capítulo más alentador que he escrito, e incluso les parecerá absurdo o quizá ¿tedioso? pero es muy importante. En estos párrafos está un gran peso de la siguiente parte del fic, así que no lo olviden.
Por otro lado, Anthony no hizo lo que algunas de ustedes creían, él verdaderamente cumplió con la hipótesis de Patty: ama a Candy de tal manera que insiste en que ella regrese con Terry, que abandone el hospital. A pesar de que eso puede costarle caro. Pobre Anthony. Ah, y sí, ya no fui tan cruel con él, ya le quité el collarín. ¡Jupi!
Yo también extraño a Terry, pronto lo leerán, no coman ansias. Y también muy pronto sabrán (por fin) lo que sucedió en la recámara de Terry "aquella noche".
En fin, espero no estén tan furiosos conmigo, porque yo sigo estando muy agradecida por su apoyo.
Les mando un fuerte, fuerte abrazo.
