20.
Un buen actor.
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Archie despertó con un fuerte dolor en la cabeza. Intentó tocársela, pero una mano masculina lo detuvo. Al girar el rostro a su derecha, descubrió que era el hombre al que más odiaba. Las punzadas en su cabeza lo atacaron con más fuerza a causa del enojo.
— Ya sé que no me quieres cerca de la pecosa, no te preocupes. Como puedes ver, ella no está aquí. – dijo el británico soltando la mano del americano.
— ¿Qué haces aquí, Terruce?
— Decidí venir a visitarte porque estaba aburrido en la clase de economía. Has tenido una siesta envidiable, muchachito. Mira que dormir cuatro días… ¡Wow! Ni en mis mejores días he hecho eso.
— ¿Cuatro días? – repitió Archie intentando incorporarse, pero el dolor en su cráneo lo regresó a las suaves almohadas. Terry sonrió divertido. – ¿Y qué te parece tan divertido, Grandchester?
— Es que tu cabeza se ve muy grande. – respondió intentando ignorar sus deseos por reírse. –Creo que no permitiré que Annie vuelva a visitarte, vas a dejar de gustarle.
— ¿Annie ha venido? – una luz de esperanza se cruzó por su mirada.
— Oh, sí. Viene diario después de su última clase. ¿Sabes que puede hablar portugués a la perfección? El otro día la escuché recitarte un poema, no sé de qué hablaba, pero algo entendí sobre bombas y sangre. Yo que tú me alejaría de ella.
— ¿Y Candy? ¿Ella no ha venido?
Terry estaba preparado para esa pregunta, así que, como si no le afectara su respuesta, colocó las manos atrás de su nuca y miró hacia la ventana.
— Se fue con Anthony. Ya sabes, el cabeza de mostaza y mono pecoso no pueden vivir separados.
— ¡No te atrevas a insultar a Anthony en mi presencia! – atajó el herido intentando sentarse de nuevo, pero por segunda ocasión, el dolor lo regresó a la almohada. – Tienes suerte de que no pueda golpearte ahora mismo.
— Pero lo harás en cuanto te recuperes, no tienes de qué preocuparte. Ahora si me disculpas, tengo que tomar aire limpio, porque este olor a medicina está matando mis pulmones. – se cubrió la nariz un momento y se levantó de la silla.
— Espera, ¿quieres decir que tanto Candy como Anthony están en el San George? ¿Candy dejó el colegio?
— Sí, así es. – respondió el muchacho sin atreverse a mirar a su interlocutor. – Ella ha tomado la decisión de ser enfermera. – tragó saliva antes de pronunciar la última frase. – Va a casarse con Anthony, y la preparación que proporcionan en este colegio no es la que ella necesita. Adiós, muchachito.
La mente de Archie comenzó a dar vueltas. Entonces Candy no estaría cerca de él, ocho millas los separarían. Y no sólo eso, estaba decidida a casarse con Anthony, su inicio a la enfermería lo demostraba. La guerra terminó, Anthony era el vencedor. Después de esos meses de tortura acerca de quién sería el verdadero dueño de su corazón, el rubio, cabeza de mostaza, era el ganador. Aún cuando todas las posibilidades se inclinaran del lado del británico arrogante, Anthony era el triunfador. Era él quien desposaría a esa joya. Era él quien la tendría por el resto de sus vidas. Era él a quien ella le entregaría su tiempo, su cariño, su todo. Anthony era el primer amor de Candy, sería el primero en besarla. Y el único. Esos labios rosas tan puros y vírgenes serían entregados a su primo. A él sería al único al que aceptara en el altar. Y aunque no tuvieran posibilidades de procrear hijos, era él el que sería el que le diera su apellido. Candice White Andley pasaría a ser Candice White Brower. Archie solo aspiraría a ser el padrino. No podía ilusionarse en ser algo más para la rubia. Menos cuando eso significaba arrebatarle la mujer a su misma sangre. Ahora sí debía olvidarse de su sentimiento por Candy. El asunto era serio, ella estudiaría para ser la mujer adecuada para Anthony. No había vuelta atrás.
Pero no todo estaba perdido para él. Aún le quedaba una muy buena propuesta, que tenía que aceptar agradable. Sus encantos quizá fueran burdos para Candy, pero para otra mujercita lo eran todo. Annie, la chica del cabello azulado, estaba dispuesta a ser su pareja, a incluso casarse con él. Existía la posibilidad de que si estaba con ella, si la tomaba como su pareja, conseguiría olvidar por completo a la niña de su corazón. Podría intentarlo, no perdía nada. Annie era una chica de buena familia, tenía modales, talento, belleza. Sería aceptada por los Andley en cuanto la presentara como su novia. Y él sería amado por los Britter si se declaraba el inicio del noviazgo. Sus esfuerzos por ser perfecto para Candy pasarían a manos de Annie. Si su único amor se entregaba a su primo, entonces él no podía hacer más que intentar ser feliz. Moriría de vergüenza las primeras veces que tuviera que viajar con Annie, pues no la amaba; pero podía fingir que sí lo hacía, ya que la estudiante no le desagradaba en lo absoluto. Y ella lo amaba, lo amaba con todo su corazón. No sólo lo demostró al entregarle ese pañuelo el día de su cumpleaños; sino cada día, cuando lo miraba, su piel palidecía un tono y sus manos jugaban nerviosas con el pliegue de su vestido. Annie sería su escapatoria para ese amor tan tortuoso que era Candy. Si tenía suerte, ése sería el comienzo de una nueva historia de amor. Se prometía que no sólo se empeñaría en olvidar a la pecosa, sino que intentaría corresponder el amor de la morena, con la mayor intensidad posible.
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Los rumores entre Candice y Terruce no se hicieron esperar, mas ante la ausencia de la rubia se cebaron creyendo que en definitiva lo que Elisa alardeó el sábado anterior, no fue más que una mentira. Terry no sólo no parecía afligido por la desaparición de su dichosa amada, sino que lo ignoraba a sobremanera. Sus actitudes con los superiores y alumnos no percibieron cambio alguno, su apetito nocturno seguía provocándole pequeños castigos, y sólo su adicción por el cigarrillo se vio afectada, cambiándola por una repentina adoración hacia una armónica plateada. Sus aptitudes como actor fueron demostradas con brillantez durante ese mes de abril.
Denise Thompson, cómplice de Elisa Leagan, no dejó de perseguirlo por los pasillos, intentando imitar la voz suave de Candy, pero Terry lo ignoraba de una manera casi cómica. Mientras Denise parloteaba sin cesar a su espalda, el rebelde conseguía deslizarse entre los grupos de alumnos, para provocar que su condiscípulo quedara enfrascado en la multitud. No sólo era un terrible dolor de cabeza, sino que su imitación era terrible. El timbre de la voz de la pecosa era especial, porque podía pasar por el de una pequeña de tres años, aunque no era lo suficiente infantil como para hartar a los oídos. Para el hijo del duque, esa voz era lo que lo mantenía de pie, sin matarlo o deprimirse. Después de todo, ella tenía razón, ese último día en las afueras del San Pablo, era su recordatorio diario para asegurarse de que el verdadero amor sí existía.
Las noches seguían siendo su tortura. Cada vez que se recostaba para mirar el techo, no podía evitar recordar la carta que ya se sabía de memoria.
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El día martes, Terry se acercó con lentitud a Stear Cornwell, asegurándose de que nadie lo siguiera. Tenía que hablar con él.
— Ya sé que ella no está en el colegio. Sólo dame la carta, ¿bien? – dijo aún con desconfianza. Stear dejó de reparar su invento y lo miró con cierta lástima. – ¿Qué?
— Ya sabes lo que dice la carta, ¿no? Ella ha tomado una decisión que cambiará su vida. – Terry giró el rostro indispuesto a tratar el tema con el moreno. – Comprendo que no confíes en mí, Terruce, pero quiero que sepas que antes de irse, Candy habló conmigo. No quiso hablarme de sus sentimientos, como tú tampoco vas a hacer, pero al igual que ella, tu mirada te delata. No puedo interponerme entre sus elecciones, pero si te interesa charlar con alguien, quiero que sepas que…
— Sólo dame la maldita carta. – lo interrumpió con violencia al sentir como las lágrimas se acumulaban en sus ojos.
Stear, dándose por vencido, metió la mano en sus pantaloncillos y le entregó el sobre. Aún olía a rosas. El inglés se despidió de él y caminó hacia la segunda colina de Ponny.
Con la ida de Candy, Klin entregó su fidelidad a Terry, pues sentía que él era quien amaba a su dueña de la forma más increíble, así que cada vez que pasaba por ahí, el cuatí bajaba del árbol y lo saludaba con efusividad. Esa tarde en particular, Terry llamó a Klin desde unos metros antes de llegar a la colina, para que cuando éste saltara se acomodara en el hombro izquierdo del estudiante.
— Aquí está el legado de nuestra adorada rubia. ¿Me harías el honor de leerlo conmigo, hermosa criatura? – lo invitó con un tono seductor. El animal se apegó a él con cariño. – Excelente, entonces comenzaremos... Vaya que es fea su letra, prefiero la de Patty, ¿tú no?
"Querido Terry:
Sé que esta es la peor manera de despedirme, no lo mereces, pero no me atreví a ir a verte a tu habitación.
Quisiera retroceder el tiempo, o en todo caso, contar con más, para decirte todo lo que siento, pero me es imposible. Por eso, he decidido resumirlo en esta hoja de papel. Espero no te enfermes de vergüenza cuando termines de leer, porque mi intensión no es lastimarte o incomodarte de ninguna forma.
El día en el que hice mi presentación ante la inmensa familia Andley, Anthony y yo cabalgamos por un sendero diferente a los demás. Él quería estar conmigo, y debo admitirlo, yo también quería estar con él. Lo entretuve un rato, contándole acerca de mis ilusiones infantiles y el Hogar de Ponny, sin darme cuenta de que en verdad estábamos muy lejos de la familia. Por azares del destino, la distracción de Anthony fue tal, que la pata del caballo en el que estaba pisó una trampa, lo que lo llevó al descontrol, y asimismo a la caída de Anthony. El golpe le lesionó la médula espinal dejándolo cuadripléjico. Anthony era un gran jinete, lo demostró durante un rodeo en América. Lo que falló ese día fue la distracción que yo le brindé. Por eso me he sentido culpable desde que me enteré de su estado.
Todos en la mansión de Lakewood, aseguraban que nosotros éramos la pareja perfecta, ya que en nuestras locuras, creíamos que nos amábamos hasta desear el matrimonio. Yo creí que era así. Pero luego conocí a un británico arrogante. Desde que lo vi, mi corazón latió a otro ritmo, ya no era la misma. Y aunque tardé en dejar de sentir algo por Anthony, hoy en día puedo decirte que terminé enamorada de ese inglés. Estoy tan enamorada de él, que mis emociones ya no tienen mayor dirección que su posición. Estoy tan enamorada de él, que incluso olvidé el código de honor al que estoy atada con Anthony.
Esa clase de amor me ocasionó varios problemas y rompió el corazón de mi antiguo novio. Fui egoísta, pero no lo seré más. Decidí seguir a Anthony y acompañarlo en una serie de tratamientos que podrían regresarle el movimiento de sus brazos. Después nos iremos a América para probar suerte. Quizá el destino quiere que termine siendo desposada por él, pero ahora no lo evitaré. Estoy enamorada, muy enamorada, aunque no puedo ignorar el hecho de que es por mí que Anthony está como está. Pagaré por la culpa hasta donde las consecuencias me lleven.
Agradezco tu confianza y amistad, Terry. Espero que comprendas mi desaparición, así como entiendas quién es el británico que se ha robado mi amor. Te deseo la mejor de las suertes en el teatro. Lucha por ello, sé que serás un actor maravilloso. Confío en ti.
Siempre tuya.
Candice W. Andley."
Terry suspiró y abrazó la hoja de papel. Todo lo bueno tiene fin, y su corta relación con Candy también. Entonces ella ya había renunciado a todo por Anthony. Admiraba su coraje y su firme resolución, aunque eso le rompiera el corazón a Terruce. Sabía que estaba de más delatar sus sentimientos a Stear, pues de nada serviría. Decidió guardar su amor en secreto, prometiéndose que él tampoco tardaría en irse del colegio. Sólo esperaría a que Archie se recuperara antes de marchar hacia América. Tenía que hacerse de dinero para cuando llegara el momento, así que durante las vacaciones de verano, iría al zoológico para pedir trabajo con Albert. No planeaba humillarse y pedirle dinero a su padre. Para Terruce Grandchester, él era un huérfano, así que no se sostendría ni del poder del duque, ni de la fama de la actriz. Él se alzaría por sus propios méritos, ya era suficiente vivir como rey durante dieciséis largos años, era hora de dejar de ser el bastardo hijo del duque de Grandchester y la reconocida actriz Eleonor Baker, para comenzar a ser simplemente Terruce, un nuevo hombre.
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Pasadas cuatro semanas, cuando Archie por fin estaba de pie sin lesiones en el cuerpo, Terry acudió a Albert para hablarle acerca de sus planes próximos. Aún no le perdonaba que le ocultara su complicidad con Candy, pero después de todo, él era su único amigo verdadero. El rubio escuchó con atención las palabras del muchacho y sonrió al término de estas.
— Me haces sentir orgulloso, Terry. Me alegra que dejes de ser el rebelde mimado del colegio. Debo admitir que de haber estudiado contigo, me serías de lo más desagradable. Pero estoy seguro que en un par de años podré presumir que yo estuve presente durante la transformación de un talentoso artista. ¡Felicidades! – le palmeó el hombro.
— Hablas como si ya fuera el protagonista de Hamlet. – bromeó Terry algo sonrojado. – ¿Entonces accedes a que trabaje contigo en el zoológico?
— Supongo que tendremos que hablarlo con el dueño, pero yo estaría encantado de verte aquí. Conozco tus principios y sé que cuidarás bien de los animales. – ambos sonrieron. Por lo regular, Albert no le hablaba de las cartas semanales que Candy le hacía llegar desde San George, pero temía que pronto la situación de la pecosa se agravaría, así que decidió hablarlo con el británico antes de que fuera tarde. – ¿No te has comunicado con Candy, Terry? Ella estará muy orgullosa de ti cuando se entere de tu pronta maduración. – el inglés frunció el entrecejo y cruzó los brazos. – Terry, ella me contó lo que sucedió entre ustedes la tarde anterior de su partida. – el estudiante enrojeció al adivinar lo que su amigo quería decirle. – No te sonrojes que no me contó los detalles; sólo me dijo que estuvo contigo durante casi todo el día y que no tuvieron una agradable despedida. Por ese motivo ella no se atreve a escribirte, pues teme que tú la odies. Yo sé que no es así, pero no importa que se lo diga, no cambiará nada si no eres tú quien se lo afirma.
— Vamos, hombre, ya pasó un mes. Quiero dejar ese asunto a un lado. – mintió Terry poniéndose de pie y dándole la espalda a Albert. – No quiero escribirle porque sé que la medicina es muy complicada; a sabiendas de su usual distracción, prefiero no hacerla perder el tiempo con mis asuntos. Además, al cabeza de mostaza no le gustará, y como su futuro marido, tiene más derecho de absorber su tiempo que yo.
— Hablas como si ya tuvieran el anillo en los dedos, Terry. – objetó Albert acercándose. – No te estoy pidiendo que olvides lo que sucedió y seas su mejor amigo, pero sí te pido de la manera más atenta, que le cuentes tus planes, pues yo no tengo ningún derecho de hacerlo; estoy seguro de que no solo es a mí a quien le pregunta por ti. Terry, Candy también tiene planes que estoy seguro, llamarán tu atención.
— Me tiene sin cuidado que ella ya esté planeando una boda, Albert. No hablaré más del tema, ella no volverá a ser nombrada en mis labios, ¡¿entiendes?! – espetó al girar el rostro para arrojarle la más fría de sus miradas. – Si tanto te molesta, dile que estoy bien y que sigo siendo un bastardo sin problemas motrices. Quizá le agrade saberlo. Nos vemos, Albert. – se despidió con el corazón palpitándole con frenesí y los puños apretados.
Con tres zancadas llegó a la puerta, pero cuando quiso abrirla para irse el rubio lo retuvo del brazo. Agradecía la confianza que ambos le brindaban, pero no se creía capaz de ignorar su dolor. Menos cuando tenía una relación tan estrecha con Candy.
— Terry, escúchame, por favor. Ella tiene una noticia que contarte, esto es serio. No es un asunto en el que yo pueda ayudarla, porque yo no nací huérfano. Y sé que tú hasta cierto punto, te sientes como ella en este momento. Terry, por favor, si no lo quieres hacer por mí, está bien; pero Candy te necesita. No es un asunto romántico por el que te pido que le escribas o la veas, sólo quiero que Candy esté bien.
— ¿Y por qué no la ayuda Annie? Si es un asunto de huérfanos y solitarios, Annie es la perfecta para el trabajo, Albert. Conocemos a la pecosa, podrá arreglárselas, ella es fuerte. Yo no pienso ayudarla. – tragó saliva apagando un poco el tono de su voz. – Entiende que si le dedico una sola palabra, no podré detenerme y querré volar para estar con ella con el fin de tenerla para siempre entre mis brazos. Por favor, por favor, no me obligues a hacerlo. – sus hombros se relajaron, Albert supo que en pocos segundos se echaría a llorar si no lo soltaba. – Háblame otra vez de ella, dime que estará bien, te lo suplico, dímelo. – dijo con los ojos cerrados con fuerza.
No quería separar los párpados, no hasta escuchar que su adorada dama no lo necesitaba, hasta saber que su amor era más feliz que él.
Albert soltó a Terry. ¡Qué herido estaba! Candy no era la única víctima de la separación; aunque ella pasara por un infierno de emociones en aquél hospital, Terry tenía sus propios demonios en su interior.
— Candy estará bien. Ella… ella podrá salir de este problema muy pronto.
— Dime que no me necesita.
— ¡Terry!
— ¡Dímelo!
Albert se estremeció ante tal bramido.
— Candy no te necesita.
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¡Hola!
Antes de que me linchen por la entrega del capítulo, les recuerdo que al principio les dije que publicaría lunes y jueves o martes y viernes.
Ahora sí, pueden lincharme por el capítulo. Sé que pocas veces se ha visto a un Terry así de sufrido, lo lamento. Pero tampoco era para poner una escena en donde Terry vagara feliz por los jardines del colegio mientras sonaba "Happy together" de The Turtles. No se preocupen por él, no mucho, pronto se recuperará... espero.
Espero que hayan entendido cómo será esta segunda parte del fic, por ahora no pondré a los protagonistas en una misma narración, la historia se dividirá, pero les prometo que se juntará de nuevo. ¡Lo prometo!
Y bueno la carta de Candy... no sé, aún la detesto por haber dejado así al hermoso británico, pero pobre, no sé, sentí feo al escribir la carta y luego releerla. Ya no sé.
Quizá me odien un poco más por la incertidumbre acerca del nombrado "problema de Candy que Albert no puede resolver". Les juro que no van a esperar nada para averiguarlo, incluso podrían suponerlo. Dejé algunas pistas en los últimos dos capítulos.
Creo que no me queda nada más que comentar. Muchas gracia por leer y por apoyarme. Son magníficas, ahora mismo responderé los comentarios del capítulo anterior. Nos leemos la siguiente semana, yo creo que ahora sí publico el lunes.
¡Les mando un fuertísimo abrazo!
