Capítulo dedicado a annamaria , te extrañé esta semana.

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21.

La familia Mathewson.

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Una semana atrás, cuando la luna se deslizaba entre la habitación de Candy, y el silencio reinaba en el hospital San George, la rubia terminaba una carta destinada al Hogar de Ponny. Prometió a sus madres que les detallaría los tratamientos aplicados en Anthony, para que se enteraran del apoyo de Candy. Pero cuando escribía sus saludos a los niños, un sonido en las afueras del hospital le indicó que un carruaje se acercaba al hospital. Se levantó y asomó su cabeza por el ventanal. Era cerca de la medianoche, bastante tarde para una visita o consulta; quizá se trataría de una emergencia. Una mujer regordeta, de cabellos rubios platinados, bajó del carruaje. Un muchachito de 15 o 16 años la acompañaba. El joven era delgado, pero ninguno de los dos parecía tener una necesidad médica urgente.

— Me pregunto qué querrán. — murmuró Candy apagando la lámpara del cuarto para evitar ser descubierta en su curiosidad.

Abrió la ventana con cuidado para escuchar la conversación que se efectuaba a unos metros de ella. El muchacho tenía el cabello negro y rizado, pero aún en la oscuridad, se percibían sus enormes ojos verdes.

— ¿Qué es tan importante que tenemos que hablarlo en este hospital, abuela Bath? — preguntó el joven abrazando su cuerpo para protegerlo del frío.

— Tus padres y sus delirios, Jack. — contestó la anciana con el cuello en alto. — Oh, aquí vienen. Pórtate bien, querido.

La enfermera Catherine se acercaba a ellos tomando el brazo del mismísimo doctor Ogden. Ambos lucían ropas informales. Por su aspecto, Candy dedujo que su nivel socioeconómico estaba por debajo de la elegante abuela y su joven acompañante. Si Annie estuviera con ella, ya estarían deduciendo la plática que ocurriría en unos segundos. Sonrió al recordarla y se hincó para ocultarse un poco más. Algo le decía que ese encuentro no era casual.

— Catherine, hija, ¡qué fachas son esas! Ogden, querido, creí que tu sueldo como médico en Inglaterra la mantendría en mejores telas. — dijo la abuela como saludo al mismo tiempo que tomaba la mano de la enfermera.

— Y lo hace, querida Bath. Lo que sucede es que no nos vestimos con elegancia en un hospital, ya que en cualquier momento podrían necesitarnos nuestros pacientes, y vestidos como el suyo podrían estropear el trabajo de mi esposa. Además, estoy seguro de que no querrá que la seda se ensucie con la sangre en caso de una operación urgente, ¿verdad? – se defendió el médico.

Desde la perspectiva de Candy, sólo podía ver el perfil de los cuatro personajes, pero gracias a su buena vista, percibió una sonrisa en tres de ellos. Catherine era la única que se abstenía a dejarse conquistar por los encantos de su marido. Esa noticia le sorprendió a la rubia, pues aunque notó la inusual cercanía entre el doctor y su enfermera, no creyó que se debiera a una relación fuera de lo laboral. Se repitió una y otra vez que debió ser más lista ante los detalles que de vez en cuando se le escapaban por estar al pendiente de Anthony.

— ¿Y cuál es el tema que tanto los intriga? — cuestionó la señora mayor después de los comunes halagos.

— Oh, será mejor que pasen y entonces les haremos saber nuestras inquietudes, madre. — contestó Catherine haciéndole una caricia al joven. – Jack, estás helado, te prepararé una caliente taza de chocolate.

— Vamos a la cafetería, entonces. — dijo Ogden, pasando un brazo por los hombros de su mujer.

Candy, una curiosa nata, se cambió el pijama por un vestido cómodo, antes de salir de su habitación en puntillas. No estaba dispuesta a perderse ése encuentro. Menos cuando el tal Jack le parecía conocido. Después de tres semanas de una inevitable saciedad de términos médicos, una aventura como esa cosquilleaba su corazón. Se preguntaba qué harían sus amigos de San Pablo de estar en su lugar. Archie, recatado como siempre, se quedaría en su recámara; Stear, un investigador por excelencia, seguiría a la familia, igual que Candy; mientras que Patty y Annie, ni siquiera estarían despiertas a esa hora, pues una dama no podía trasnochar. Y Terry, su hermoso Terry, él les hubiera jugado una broma, quizá simulando ser un fantasma o algo más creativo. No perdería el tiempo entrometiéndose en algo que no le incumbiría, pero no dejaría pasar la oportunidad de hacerles una broma. Volvió a sonreír, estaba más que dispuesta a presenciar una escena como esa. Recordó que, cuando la abuela de Patty se metió al colegio, fue Terry quien la ayudó a entrar, ocasionando un revuelo en el dormitorio de las mujeres. Se le veía en la postura y en sus ademanes que estaba muy bebido, pero aún así, su corazón noble ayudó a una anciana desconocida a pasar un par de días en un colegio. "Ay, Terry, ¿será que desde ese momento ligaste mi corazón al tuyo?" se preguntó en su interior, mientras llegaba a la puerta de la cafetería. Se recargó en la pared contigua y escuchó, lista para huir si era necesario.

— ¿Rubia, de ojos verdes y con pecas en la nariz, dices? — cuestionó Jack con un tono alarmante.

— Deberías verla tú mismo, hijo. — contestó Ogden entre un suspiro. — Al principio me negué ante esa posibilidad, pero tu madre me abrió los ojos, las coincidencias eran sorprendentes y las pruebas contundentes.

— Pero sabes que debe haber cerca de un millón de chicas con las características de Anabelle, Ogden. — sugirió la anciana. Candy escuchó como una silla se recorría, dando indicios de que alguno se puso de pie. — Ésta sólo puede ser otra muchacha de ésas. El acento, el color de ojos y cabello son cosas sin importancia. Muchas americanas tienen esos rasgos.

— ¿Y qué hay del nombre? Es el mismo de su muñeca favorita. — atajó Catherine. — Madre, debes creernos, ella es Anabelle. Tiene la edad de Jack, ella…

— Ella es una Andley, Catherine. No puede ser Anabelle porque es una Andley.

Las piernas de Candy flaquearon provocando que ella cayera al piso. El golpe de la caída atrajo la atención de todos los miembros de la familia, quienes se levantaron para ir a ver qué o quién se quejó fuera de la cafetería. La rubia, más rápida que ellos, corrió con rapidez a una habitación cercana y se encerró aún con el corazón palpitándole con fuerza. Si su cerebro no le fallaba, apostaría que la chica de la cual hablaban unos segundos antes, era ella misma. Una serie de recuerdos pasó por su mente: las palabras de la hermana María acerca del origen de su nombre esa noche de nieve en la que fue encontrada atizaban su cabeza, revolviéndose con las sospechas de la enfermera de Anthony. Se dejó caer de rodillas en el piso incapaz de comprender lo que eso significaba. Si ellos conocían su origen y el detalle de la muñeca, sólo podía decir que su verdadero nombre era Anabelle y que ese cuarteto en realidad era su familia. Todo el tiempo en que ignoró el deseo de tener a una madre y a un padre ahora pesaba sobre sus hombros. Le parecía imposible, no podía ser cierto que los encontrara en esas circunstancias. No podía dejar de pensar de ser parte de esa familia, de que ese Jack pudiera ser primo suyo, o incluso su hermano, y que el matrimonio en realidad fueran sus padres. El corazón le dolía a sobremanera, esta vez no era causa de Terry, sino que en verdad latía con peligro. Sus manos apretaron su cabeza, estaba mareada y sudorosa. Su respiración se aceleraba y un miedo incontrolable llenó su cuerpo. La sorpresa que sintió ante esa conversación provocaba un fuerte estruendo en su interior. Sentía como si estuviera montada en un caballo que repentinamente galopaba sin la orden de Candy.

En esos casos, siempre se llama a quien más se quiere. — dijo el señor Whitman cuando consoló a Candy, la vez en la que Annie Britter fue a visitar a los Leagan.

— Terry, Terry, Terry, ¡ayúdame, Terry! —exclamó Candy justo antes de desmayarse.

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Anthony esperaba a la pecosa sentado en su cama. Durante esas tres semanas el progreso era lento, apenas podía ser capaz de mover los dedos de ambas manos; pero con ello, demostraba su impaciencia estrujándolos unos con otros. Llevaba media hora de retraso, no era usual que durmiera tanto. Empezaba a preocuparse por su amada. En su misión para convencerla de seguir en contacto con Terruce fracasó, al igual que con la súplica de que regresara al colegio. Pero aún no se rendía ante sus deseos, no le volvería a hablar de sus sentimientos, no le pediría el retorno de su relación. Ella no sería su novia, no importaba cuán perfecta llegara a ser; mientras sus ojos no volvieran a mirarlo como en la primavera pasada, no la trataría como su novia. No negaba que cada amanecer, una parte de sí le recordaba que era él quien ahora la tenía para sí, sin tener que compartirla ni siquiera con Archie o Stear. La oportunidad perfecta para reconquistarla estaba frente a él, pues ya que Terruce ya no estaba cerca de Candy, Anthony podía recuperar su amor. Pero esos pensamientos se cebaban cuando la veían llegar. Un dejo de melancolía se leía en su rostro, era evidente que dejó un amor en el oeste de Londres.

Suspiró recordando el terrible rostro de su rival justo en el momento en que una Candy temblorosa y desvelada entró a la habitación. Enseguida sus miradas se cruzaron, la muchacha abrazó las piernas del rubio y lloró sin control. Anthony deseó poder abrazarla o acariciarle el cabello, pero sus brazos no le respondieron.

— Candy, Candy, ¿qué te pasa? — preguntó, preocupado. — ¡Contéstame, Candy!

La puerta volvió a abrirse y por ella entró Ellen, quien asustada por la apariencia de la muchacha, se agachó para tomarle el pulso. Era mucho más rápido de lo normal. Miró de nuevo a la rubia y se percató del sudor pegado en su frente. Ella diagnosticaba un ataque de pánico reciente, quizá de unas horas atrás.

— Venga conmigo, señorita Andley. Haré que un médico la revise. — dijo en cuanto pudo levantar a la llorosa joven. ¡Qué frágil se le veía! — Le mandaré una enfermera, señorito Anthony. — aseguró antes de salir con Candy entre sus brazos.

Anthony la vio salir, con un dolor profundo en su pecho. Si tan sólo supiera qué era lo que provocaba su llanto se sentiría un poco mejor.

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Jack, un jovencito americano de casi quince años, tuvo una infancia lejos de sus padres. Casi desde su nacimiento fue llevado a la casa de su abuela materna, en donde fue criado durante mucho tiempo, ahí aprendió las reglas de la moral y algunos atributos comunes en la sociedad. Era alto, delgado, de cabello negro como el de su padre, rizado como el de su madre y con unos ojos de un verde esmeralda. Sus padres, fieles esclavos de la medicina, tuvieron la oportunidad de vivir en Londres, Inglaterra, cuando él recién cumplía los doce años, cambiando sus vidas y situación económica de una manera sorprendente. Jack creyó que ese viaje lo juntaría más con sus progenitores, pero de verlos una vez al día, pasó a verlos una vez por semana, ya que al tener un trabajo que los obligaba a permanecer casi 24 horas cerca de los multimillonarios británicos, no se daban tiempo de convivir con su propio hijo. A pesar de eso, el cariño de su abuela evitó que su descontento fuera grande. No podía decir que su vida carecía de amor, pues tenía a su abuela y algunos amigos, así que la soledad no le perjudicaba. Y a pesar de ahora ser de una familia respetable, su percepción por la vida no se vio afectada. Humilde de nacimiento y con un carisma inigualable, Jack creció siendo admirado por muchas personas.

Su carácter siempre pasivo sólo se vio afectado en una ocasión al cumplir los trece años. Una vez al mes, sus padres y él dedicaban un día entero a estar juntos. Ése era el único día en el que no se presentaban al hospital bajo ninguna circunstancia, pues sabían de la descuidada relación que tenían con su hijo y querían arreglarla lo mejor que se les permitiera. Ese domingo en especial, decidieron pasarlo mirando objetos de antaño. En una caja dorada y grande tenían todos los juguetes del niño, que ansioso por recordar su infancia, la vació. Catherine y Ogden rieron cuando el adolescente les contaba alguna anécdota referente a cada juguete, pero sus sonrisas se borraron cuando el niño tomó una muñeca de trapo.

— ¡Qué raro! No recuerdo haber jugado con ella, ni siquiera recuerdo que sea mía. — susurró sopesándola. Su memoria era prestigiosa, así que no existía el margen de error. — Esta muñeca no es mía, ¿qué hace aquí?

— Debe ser de tus primas, querido. — intentó alegar Catherine algo nerviosa. Su mayor defecto o virtud, era que no sabía mentir. Para su infortunio, su hijo conocía ese detalle de ella.

— ¿Conoces a la dueña de esta muñeca?

Su padre dudó un segundó antes de contarle la verdad. Y cuando Jack escuchó la historia, sintió cómo algo dentro de sí se quemaba. Tenía una hermana. Una hermana gemela. Aunque ignoraba su paradero, confiaba en encontrarla algún día. Se prometió no abandonarla jamás cuando la encontrara.

Por eso, cuando su madre le habló de una jovencita idéntica a su hermana, no pudo evitar la emoción. Quería conocerla, quería verla y así saber si era ella, pues estaba seguro de que su fuerte contacto sanguíneo le informaría si su espera llegaba a su fin. Candy Andley, ése era su nombre. Agradeció a Dios que una familia tan honorable como los Andley la adoptaran, aunque temía por su actitud, pues las familias adineradas se caracterizaban por su arrogancia. Durante toda la noche, rodó en el colchón, tratando de recrear la imagen que su madre le describió. Sería hermosa, tenía que serlo, quizá fuera más baja que él, pero sería una verdadera belleza. Y lo que es mejor aún, sería enfermera, igual que su mamá, eso hablaba bien de su humildad. Aún no la conocía y ya estaba orgulloso de ella.

Tuvo que rogarles a sus padres que le permitieran conocerla a la mañana siguiente. Nunca había sentido esa emoción embriagadora, y aunque su padre le advirtió que no debía acercarse a ella, ni insinuarle su parentesco, saltó de alegría cuando le permitieron presenciar el tratamiento al joven Brown en el que siempre apoyaba la señorita Andley.

Se sintió impaciente cuando vio el reloj por tercera ocasión, llevaba media hora de retraso.

— Cambia esa expresión, Jack. — ordenó su padre, con aire altanero. — No debes demostrar tu emoción con tanta indiscreción. Recuerda que por ahora, debemos mantener esto en secreto. Hasta que no tengamos la certeza de que es Anabelle no podremos hablarle de nosotros, ¿estás de acuerdo? — el muchacho asintió tragando saliva.

La puerta se abrió y por ella entró una enfermera de cabellos castaños y un lunar cerca de la nariz. Traía consigo a un muchachito rubio y de ojos azules que tenía una expresión de preocupación alarmante. Jack ladeó la cabeza, esa enfermera no se parecía en lo absoluto a la imagen de su cabeza. Su melena no era rubia y aunque su lunar fuera adorable, no se comparaba con las pecas de su hermana. De inmediato supo que algo marchaba mal.

– Disculpe el retraso, doctor Mathewson. La señorita Andley amaneció un poco enferma y la enfermera Ellen la ha llevado a revisión. No es nada de gravedad, parece haber trasnochado. — aclaró, al ver la angustia en el rostro de la enfermera en jefe.

Pero Jack ignoró a la enfermera. La mirada del paciente penetraba en sus ojos. Su mandíbula estaba apretada, como si lo viera sospechoso de un crimen. Carraspeó, para llamar la atención de sus padres, quienes al darse cuenta de la expresión de Anthony, sonrieron.

— Él es Jack, un estudiante de medicina. Ha sido invitado a ver tus ejercicios matutinos, Anthony. — explicó Catherine, colocándose unos guantes de látex. — ¿Está bien?

Anthony desvió la mirada hacia la enfermera y asintió sin responderle la sonrisa. Estaba seguro de que ese joven le parecía familiar. Algo en él le indicaba que esos ojos verdes los conocía de algún lado. Por el momento no recordaba de donde, pero sabía que pronto lo haría.

La siguiente hora, médico y enfermeras hicieron su ritual: moviendo los dedos y manos de Anthony, haciendo algunas anotaciones de acuerdo a las palabras del paciente. Hasta cierto punto, el rubio se olvidó del asunto del estudiante y se concentró en su propia recuperación. Aunque para él esos ejercicios fueran inútiles, el médico Mathewson aseguraba que pronto podría mover los brazos.

Al dar las once de la mañana, Ogden suspiró y le guiñó al joven Brower. La sesión matutina estaba concluida. Anthony sonrió por primera vez en la mañana y agradeció. Preguntó si podrían llevarlo a ver a Candy, y Jack, aprovechando la situación, propuso llevarlo él mismo. No conocía por completo el hospital, pero sabía en donde estaba la sala de recuperación, así que no tendría problemas. El joven accedió aún con desconfianza.

Cuando salieron del cuarto, Jack comenzó a tararear una melodía con la que soñó meses atrás, impidiéndole a Anthony hacerle una entrevista para descubrir porqué le parecía tan conocido.

— Es aquí. Pasemos. — dijo el muchacho de ojos verde al abrir una puerta ancha.

La habitación era larga, una hilera de camas se extendía con un buró a su lado y algunos floreros. Varios pacientes, muchos de ellos con un brazo o una pierna rotos, dormían con tranquilidad. Jack paseó la mirada entre las camas, tratando de encontrar a la muchacha, pero el joven paciente le indicó que la señorita Andley estaba al fondo del pasillo. Cuando el "estudiante de medicina" fijó sus ojos en la dirección indicada, una enorme sonrisa se formó en su rostro. Mientras avanzaba con la silla de ruedas enfrente, podía vislumbrar a la mujer que descansaba en la última cama, la más cercana a la ventana y a los rayos del sol. Su cabello, que era rizado y amarillo, se extendía en las almohadas como si tuviera vida propia. Sus párpados cerrados ocultaban unos ojos enormes, pero dejaban lucir unas largas pestañas negras. Su pequeña nariz estaba rodeada de pecas oscuras que se movían cuando ella exhalaba. Y sus labios, rosas y finos, estaban entreabiertos llamando a una persona. Agudizó el oído y arrugó el entrecejo.

— ¿Quién diantres es Terry?

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¡Hola!

Les dije que el capítulo 19 era muy importante. Esa familia Mathewson no es tan indiferente para nuestra Candy, jeje, ni más ni menos, son su familia. ¿Qué tal?... Sí, la verdad me pasé, comprendo que de conocer a la huérfana Candy que no tiene ni parientes lejanos a conocer a una Candy que hasta con abuela salió, pues... sí, hay un gran abismo.

No me odien porque Terry no apareció, finalmente fue llamado una y otra vez por Candy. Además, ya les he explicado cómo será esta segunda parte.

En realidad no sé si haya mucho que comentar. Jack me agrada, es como que un Candy pero en hombre. Y con cabello negro. Es agradable, no sé.

Vi los comentarios y me llamó la atención uno de ellos. El de Dyta Dragón, la canción está bellísima. No me he basado en ninguna canción para esta historia o para los sentimientos de algún personaje, pero creo que esta vez Terry sí podría relacionarse con la canción. Para los/as interesados, busquen en Youtube "No me digas" de Alux Nahual.

Nuevamente, les agradezco su apoyo incondicional, les juro que cada comentario, favorito o incluso visita me emociona a más no poder. Muchas gracias, en serio.

Les deseo lo mejor esta semana.

Oh, por cierto, ayer pasaron en televisión abierta la película de "La sirenita". Me acordé mucho de una de ustedes con el "¿ya la besó?" del amiguito de Ariel.

Nos leemos el jueves.