22.
Festival de mayo.
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Archie estiró los brazos al despertarse. Ya había pasado un mes y medio desde que Anthony y Candy se fueron del colegio, y tres semanas desde que se recuperó de la paliza que el británico arrogante le dio. Desde que despertó Terruce no dejó de visitarlo, a pesar de jamás pedir disculpas. El americano podía leer en sus cuidados y miradas que el inglés estaba arrepentido por golpearlo con tanto empeño. Quizá por eso no quería obedecerlo y responderle con la misma moneda. Aún le causaba repulsión, pero no podía pegarle, su honor no se lo permitía.
Salió de la habitación después de cuarenta minutos y caminó hacia la explanada del colegio. El festival de mayo comenzaría en unos minutos. Stear se había adelantado, pues quedó pasar por Patty, amiga de Candy. Archie estaba decidido a pasar el día con Annie para pedirle que fuera su novia. El recuerdo de Candy seguía taladrando su corazón, pero su resolución permanecía en pie. La olvidaría con el amor y la dedicación de Annie. Tendría que colocarse una máscara de satisfacción para convencer a la morena que en verdad estaba enamorado de ella. Sabía que de otra forma no aceptaría su propuesta.
Se acomodó el cuello de la camisa por tercera ocasión y carraspeó al ver llegar a Annie. Hablando con sinceridad, lucía espectacular. Un fino vestido color rosa entallaba su cintura delgada sin llegar a lo vulgar, enmarcando con una suave tela blanca sus pálidos brazos. Su rostro estaba libre de fleco, pues todo el cabello estaba recogido en una coleta alta que le daba un aire de superioridad. Archie no creía que esa hermosa dama fuera Annie, incluso dudó de ello, hasta que ella al sentir su mirada, se sonrojó.
— Archie, no me mires así, por favor. – suplicó la tímida muchacha agachando el rostro.
— Annie, estás bellísima. – respondió el castaño aún boquiabierto. Al despertar, creyó que sería necesario fingir todos esos halagos, pero ya que la tenía frente a él, no podían sonar más sinceros.
Ella se ruborizó aún más y acomodó un pequeño mechón de su cabello detrás de la oreja. No esperaba tal recibimiento. Sabía que Archie estaría con ella, mas no creyó que fuera por deseo propio, sino por obligación. Hasta cierto punto, se sentía culpable, ya que algo le indicaba que él aún no olvidaba a Candy. Pero ahora que se sentía admirada por el muchacho, no sabía qué pensar.
Archie no perdió el tiempo y le ofreció su brazo a la dama, quien cada vez más sonrojada, lo tomó con un ligero temblor en sus manos. Ésa fue la primera vez en que Candy no paseaba por su mente ésta estaba ocupada en cuidar cada paso que daba con Annie.
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Elisa miraba a la joven pareja yendo por ponche. Sus dientes rechinaron de coraje. Estuvo segura hasta aquella mañana, que Archie seguía sufriendo por la huérfana rubia, por lo que ver cómo disfrutaba de la otra huérfana la mataba de enojo. La pelirroja, a pesar de llevar al diablo en su corazón, no era fea, por lo que recibió algunas invitaciones para pasar ese día, pero ya que ella sólo aceptaría una invitación, declinó todas. Y ahora se arrepentía de ello, tan siquiera Denise Thompson se merecía un poco de atención. Tenía que aceptar que el muchacho no era feo, asimismo era cierto que lo tenía a sus pies. Además, todos sabían que Terry no estaba interesado en ninguna estudiante, mucho menos con Candy fuera, que no existía ninguna posibilidad de que la invitara a bailar. Soltó algo parecido a un gruñido y se dio la vuelta, enojada por sus propias decisiones. Estaba resuelta a arruinarle la velada a ese par, si ella no era feliz, una huérfana de la clase de Annie tampoco podría serlo. Pero por lo pronto, tendría que salirse de ahí, su cabeza no aguantaría tanto romance.
Paseó por el bosque durante unos minutos, maldiciendo en voz alta a la pareja, ignorando que era escuchada por un joven que acariciaba a un cuatí en lo alto de los árboles. El castaño negó con la cabeza mientras oía los planes de la pelirroja. Se sorprendía de la marcada diferencia entre su pecosa y ella, pues a pesar de convivir con la rubia durante tanto tiempo, no provocó cambio alguno en su alma envenenada. "Quizá tu embrujo sólo funciona con los hombres, amor.", murmuró para sus adentros al empujar a Klin arriba del árbol. Estaba preparado para saltar y enfrentar a Elisa.
— Una hija de Ponny no puede ser más feliz que yo. ¡No puede! – exclamó la muchacha golpeando con el pie una roca. – ¡Le arruinaré su vestido! ¡La haré pasar una vergüenza enfrente de Archie! ¡Él no la querrá más si la ve así! – rió con malicia, pero se detuvo al escuchar una risa que la imitaba desde lo alto. Giró el rostro y ubicó a su acompañante. – ¡Terruce! – se sonrojó. – ¿Oíste lo que dije?
— Te oí, y también te escuché, jovencita. – respondió él saltando del árbol.
— ¡Es de mala educación escuchar sin antes presentarse!
— Ah, sí. También es de mala educación hablar de las personas ausentes. ¿Vuestra inmaculada madre sabe que usáis ese vocabulario? – sonrió. Él no era tonto, sabía cómo manejar a las mujeres a su antojo. Y entre su repertorio de sonrisas, sabía cuál era la preferida para víboras como Elisa. – Permítame decirle, princesa, que si no fuera porque usted es el rostro perfecto de la mala del cuento, con seguridad la hubiera invitado a bailar.
El corazón de Elisa se aceleró. ¡Qué galanura se escondía entre esa máscara de rebeldía! Su tono seductor, junto con esa sonrisa traviesa formaban la perfeccion. Vaya que fue estúpida la hospiciana al desperdiciar a un hombre tan atractivo como aquél. Pero ella no lo haría, ese caballero sería suyo.
— ¿Entonces te gustaría bailar, Terruce?
— ¡Por supuesto que no! – negó con una pequeña carcajada. Ya había jugado lo suficiente, ahora la humillaría. – Creo que no entendiste lo que quise decir. Deberías verte la cara en un espejo, Elisa, es la típica cara de los que hablan mal de los demás. Será mejor que desistas sobre tus planes, porque tengo una deuda con Archibald Cornwell, así que si te metes con su chica, te estás metiendo conmigo, señorita. – puntualizó ensanchando su sonrisa.
— ¡Terruce! ¡¿Estás amenazándome?! – bramó ella, apretando los puños.
— No hagas rabietas, Elisa, o tu cara va a arrugarse con prontitud. Y no, no es una amenaza, es una promesa. Adiós, princesa.
Y dicho eso, Terry caminó entre los árboles, perdiéndose de la vista de la pelirroja. Era imposible que aún cuando la trataba de esa forma, ella aún deseara tenerlo entre sus brazos. Ese carácter rebelde y sus modales coquetos la arrastraban a la adoración. Sin hablar de su físico increíblemente hermoso. Él era el segundo jovencito más guapo que vio en su vida. El primero fue Anthony, quien en sus mejores tiempos, parecía salir de un cuento de hadas, pues su cabello rubio y sus ojos azules eran asombrosos. Su perfil era perfecto y su porte era el de un caballero bien formado. ¡Qué lástima lo de su caída! A los dieciseís años, le habría arrebatado a Terry su corona como el estudiante más bello del colegio. Por fortuna, Candy estaba con Anthony, así debaja libre al magno hijo del duque. Espacio que Elisa llenaría, sería ella quien remplazaría a Candy, sería ella quien tendría a Terruce a sus pies. Lo primero que tenía que hacer era llamar su atención. Y ese día tenía la oportunidad perfecta para hacerlo.
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La carrosa del festival se paseó por el colegio. Cuatro personas la miraban con cierta melancolía. Dos hermosas jovencitas y dos elegantes caballeros deseaban que una pareja más tuviera la oportunidad de estar ahí.
— Candy debería estar en esa carrosa. – susurró Patty.
— Sí, Anthony se sentiría muy orgulloso de verla ahí. Él fue quien le impuso su cumpleaños en mayo. – respondió Stear recordando una bella rosa. – ¿Lo recuerdas, Archie? – el aludido sonrió de inmediato.
— ¡¿Cómo olvidarlo?! Fue la tarde en la que pasamos buscándola durante horas. Recuerdo que Anthony regresó con Candy en su caballo y sin despedirse, cabalgó con fuerza alejándola de nosotros. – ambos Cornwell rieron.
— ¡Eso era trampa! Tenemos que admitir que nuestro querido primo no perdía oportunidad para jugar sucio. – corroboró el inventor, más divertido.
Las damas acompañantes, quizá se encelarían de ser otra mujer la que inundaba sus recuerdos, pero ya que ellas mismas apreciaban a Candy, disfrutaron de las risas de ambos jóvenes. A partir de ese momento los cuatro decidieron que lo mejor que podían hacer ése día era disfrutar del festival.
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Horas después, comenzó el baile, y las dos parejas estelares abrieron la pista.
Annie se deleitaba entre los brazos del sonriente Archie, quien no sabía cómo despegar los ojos del rostro de la morena. El rubor en sus mejillas estaba latente y sus latidos desbocados se hacían notar. Ya no recordaba cuánto tiempo llevaba deseando ese momento, pero sabía que la espera valía la pena, ahora sentía que no quería que la melodía tuviera fin. Ardía en deseo de no soltar la mano del joven para tenerla por siempre acompañándola. Incluso, creyó que estaba soñando, pues una mirada como la que él le dedicaba era digna de sus máximas fantasías. Él ya era parte de sus fantasías, pues antes de conocerlo ya estaba enamorada de Archie.
Años atrás en una tarde cuando su padre sopesaba la lista de invitados para la fiesta de cumpleaños número veintiocho de su mujer, le preguntó a Annie si quería conocer a los hermanos Cornwell. El apellido causó una pequeña sonrisa en la niña.
— ¿Qué te resulta gracioso, querida?
— Perdóname, padre. – se disculpó ruborizándose. – Es que su apellido me parece divertido. – el adulto la miró un segundo antes de echarse a reír.
— ¡Annie! No debes disculparte, te aseguro que ellos mismos han de reírse de lo mismo. Sus nombres son Archibald y Alistear. Archibald es el menor, un chico muy atento y elegante. He escuchado que le gusta el piano, así que estoy seguro que serán buenos amigos.
— ¡El piano! – exclamó Annie juntando sus pequeñas manitas.
Parecía como si Archie hubiera llegado en el preciso momento para marcar la vida de Annie. En esos meses era cuando se sentía más enamorada de ese instrumento, así que encontrar un chico que compartiera su pasión la enloquecía.
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La balada terminó y todos aplaudieron a la banda. La alegría se olfateaba en el ambiente, nada podría arruinar el festival.
— Va a empezar el baile en conjunto. ¿Podríamos ignorarlo e ir a conversar al bosque, Annie? – propuso Archie al tomar la delicada mano de su acompañante. Ya no le resultaría tan difícil cumplir su propósito.
La morena accedió con el rubor en sus mejillas más encendido que nunca. No imaginaba la charla que tendría con el muchacho, pero no le interesaba. Estar a solas con Archie era lo que más deseaba desde que lo conoció.
Caminaron durante unos minutos con ambos corazones latiendo sin control y la sangre subiendo con velocidad a sus rostros. No era usual que unos alumnos de un colegio tan prestigiado como lo era San Pablo se escondieran para conversar.
— Oh, la segunda colina de Ponny. – señaló Annie acercándose con rapidez al lugar preferido de su mejor amiga. – Sentémonos aquí, Archie, por favor. – pidió mientras se acomodaba en el pasto debajo del gran árbol.
Archie, perdido en la luz del sol que se reflejaba en el rostro blanquecino de la estudiante, no hizo más que imitarla restándole importancia a su ropa tan cara. Sí, ése era el lugar perfecto para hacerla su novia. No por el significado tan especial para Candy, sino porque estaban lejos del festival, nadie los podría escuchar. Además, el paisaje era magnífico. Una ligera brisa despeinó el cabello del caballero, quien gustoso, cerró los ojos al recordar América.
— ¡Qué hermoso día! – dijo Archie una vez abrió los ojos. – Annie, ¿te sientes feliz?
La muchacha, no dejaba de sonreírle, feliz de ser ella la dama que lo tenía tan cerca. De entre tantas alumnas en el colegio, era ella quien podía gozar de su presencia y su aroma. Era Annie quien podía deleitarse mirando el perfil de Archie, observando sus labios curvados en una sonrisa, su nariz recta y su cabello castaño rojizo que ondeaba con el viento. No le importaba lo que sus compañeras dijeran de Terruce, para Annie no existía un hombre más guapo que Archie, siempre tan elegante y formal.
— Estoy muy feliz, Archie. Creo que es el día más feliz de toda mi vida. – respondió ella después de unos segundos. – Muchas gracias. – el joven giró el rostro asombrado. – ¡¿Dije algo malo?!
— ¡Annie, no! ¡No me agradezcas a mí, por favor! Eres tú quien accediste a pasar el festival conmigo, ¿lo olvidas? Soy yo quien debe agradecerte una y otra vez que estés conmigo, aún sabiendo que tienes propuestas más interesantes que la mía. – la muchacha se cubrió las mejillas ocultando su sonrojo.
— ¡¿Qué cosas dices, Archie?! No recibí ninguna propuesta más interesante que la tuya. – afirmó olvidando su usual nerviosismo. – Incluso me sorprendí cuando tú… cuando me dijiste que sería un placer estar conmigo. – terminó agachando la mirada.
— Annie… – murmuró el americano al levantar la barbilla de su acompañante con la yema de sus dedos. – ¿Acaso crees que podría invitar a alguien más, estando tú en el colegio?
Los latidos de Annie eran cada vez más rápidos, tanto que sentía que pronto llegaría su muerte. Lo que encerraban esas palabras eran los sentimientos que siempre añoró provocarle. Y ahora que su sueño se estaba cumpliendo no podía responder con delicadeza. Un fuerte deseo por abrazarlo inundó su cuerpo, pero las reglas morales se lo impidieron. Admiraba a Candy por actuar de acuerdo a su corazón, como ella no podía hacerlo. Si la dura mirada de su madre no fuera un sombrío recuerdo de cómo se comporta una dama, ella ya estaría declarándole su amor a Archie, abrazándolo y hasta besando sus suaves mejillas.
— Gracias, Archie. – susurró descubriendo su rostro.
El momento había llegado. Archie infló el pecho, preparado para soltar su propuesta; pero cuando abrió la boca para hacerlo, una voz que se esforzaba por no odiar, se adelantó.
— Lamento interrumpir su mágica tarde, muchachitos. – dijo Terry recargado en un árbol cercano. – Pero en unos minutos la rectora vendrá a esta colina.
— ¡¿Qué estás diciendo?! – espetó Archie levantándose de inmediato.
— Elisa los demandó cuando se dio cuenta de a donde se dirigían. – explicó con su típica sonrisa socarrona. – Si me permiten la sugerencia, será mejor que tomen un atajo y regresen al festival. Yo les haré ganar tiempo.
— ¡Archie! – suplicó Annie tomándolo del brazo. – ¡Vámonos! Candy me enseñó un atajo. – jaló a su compañero pero éste no se movió. Sus ojos cafés acusaban al inglés. – ¡¿Qué ocurre?!
— ¿Cómo sé que no fuiste tú quién le informó a la hermana Grey? ¿Cómo sé que no lo has planeado todo y ahora nos esperan en el atajo?
La mirada de Terry se endureció. Caminó a grandes zancadas hacia la pareja, y una vez frente a Archie, lo tomó del cuello provocando que Annie exhalara un pequeño grito.
— Soy un caballero inglés, y los caballeros como yo no faltan a su palabra. Elisa y las monjas vienen en camino. – repitió al soltarlo. – Voy a hacerles ganar tiempo, no porque tú me agrades, Archibald Cornwell; sino porque a la pecosa no le gustaría que fueran expulsados. Ahora, si quieren quedarse aquí, está bien, pero yo iré con la hermana Grey.
— ¡Archie, vámonos, por favor! – rogó la estudiante. El aludido, con los dientes apretados, asintió antes de alejarse de la colina, con la muchacha tomando su mano.
Grandchester los vio partir, sacó un cigarrillo de su bolsillo y corrió hacia el camino que tomaría la madre superiora. Cuando vislumbró a las monjas a varios metros de él, se colocó el cigarro en los labios y lo prendió. El sabor ya no le resultaba tan agradable, sobre todo porque tenía tiempo sin probarlo. Una pelirroja embustera que acompañaba a las religiosas, abrió los ojos cual platos cuando lo vio.
— ¡Terruce Grandchester! – exclamó la madre superiora.
— Hermana Grey. – saludó el muchacho soltando humo de su boca. Como buen actor, simuló sorprenderse, escupió el cigarrillo al pasto y lo apagó con la suela de su zapato. – Espero que ignore este error. La verdad planeaba quedarme en el festival unas horas antes de regresar a mi habitación. – mintió rascándose la cabeza.
— ¡Te he dicho que dejes de fumar en muchas ocasiones!
— Ya lo sé, pero el hábito hace al monje, ¿qué no? – respondió sonriendo con burla. Las manos de la hermana se apretaron a causa de la rabia. – No me diga, quiere que vaya a su despacho, ¿no es así? No se preocupe, en cuanto beba un vaso de ponche iré.
— ¡Ve ahora mismo! – explotó dando un paso adelante.
— ¡¿Cómo dice?! ¡¿Y llenar el cuarto de mi sucio aliento a cigarrillo?! ¡No, para nada!
— ¡Tienes que confesarte con el señor párroco, Terruce!
— Entonces haré una cita con él para el próximo martes. Gracias, hermana. – hizo una reverencia. – Adiós, señoritas. – se despidió con un movimiento de muñeca antes de caminar hacia el festival. – Deuda saldada, Archie. – susurró satisfecho.
Después de tomar un par de vasos de ponche, se dirigió hacia el despacho de la monja, sin dejar de pensar en su tema favorito: Candy. Metió la mano izquierda en el bolsillo de su pantalón y acarició la armónica que siempre lo acompañaba. Cómo deseaba regresar el tiempo y pasar todas sus horas con la rubia en lugar de darle importancia a su orgullo.
— ¡Joven Grandchester! – lo llamó Prudence, la empleada de la cocina. El muchacho giró el cuerpo, interesado en la razón por la cual la señora corría con tanta desesperación hacia él. – Gracias al cielo te encontré. – dijo una vez estuvieron a medio metro. Se oía agitada. – Esta carta llegó en la mañana, es para ti. – Terry miró un segundo sobre. Era extraño, no tenía contacto con nadie que no fuera su madre. – Es del hospital San George. Es de la señorita Andley.
Un sinfín de sentimientos se encontró al escuchar esas noticias. Ella le escribió, ella fue capaz de derrumbar el orgullo. Era ella quien, como siempre, daba el primer paso. Ella reavivó el corazón de Terry con sólo enviarle una carta.
— Candy… – pronunció después de tanto tiempo negando su nombre.
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¡Hola!
Pensé que no alcanzaba a publicarlo, ¡qué horror! Pero la emoción ya terminó, aquí está el capítulo.
Como sea, aquí les traigo al protagonista haciéndola de héroe y a una parejita que en lo personal no me agrada mucho porque la siento muy forzada, pero aquí no la quiero poner de ese modo. El amor comienza por lo físico, así que si Archie ve bonita a Annie supongo que algo podrá nacer. Quiero creer, no estoy segura.
También se notó la maldad de Elisa. Por suerte nuestro Terruce ha salvado la tarde.
Sé que muchas esperaban que el festival de mayo fuera para Candy y Terry, pero ha sido imposible juntarlos. De cualquier modo, hubo romance aquí. Y al igual que Candy, el inglés no despega los pensamientos de su amor.
Finalmente, para las que están ansiosas por conocer a fondo el problema de Candy, tendrán que esperar hasta el siguiente capítulo. Ahí leerán la carta de la pecosa y tendrán de primera mano la reacción de los personajes en el hospital.
Nos leemos el lunes. Les mando un fuerte abrazo.
¡Gracias por hacer latir mi corazón con sus opiniones!
