23.

Miembro de una familia.

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"Querido Terry:

Antes que nada, quisiera disculparme por no explicarte desde un principio mis intenciones con Anthony. Comprendo tu enojo, sé que lo tengo bien merecido. Lo siento con el alma, Terry.

Las cosas en el hospital marchan bien, Anthony ha recuperado la movilidad en todos los dedos de sus manos y el médico afirma que pronto podrá mover los brazos. Ellen y yo confiamos que a finales del verano, estaremos de regreso a América. Tu madre estará de gira por Chicago, ¿te molestaría si voy a verla? Prometo no hablarle de ti, aunque sería una manera de tenerte cerca.

Espero que estés bien, el festival de mayo está por llegar, así que quiero pedirte que no cometas ninguna travesura, ¿de acuerdo?... Olvídalo, diviértete, Terry. Y por favor, dale un fuerte abrazo a Klin de mi parte, ya no pude despedirme de él, pero hazle saber que lo quiero mucho.

¡Se me olvidaba! En el jardín del hospital hay un enorme árbol que me gusta trepar, aunque he dejado la cuerda, por lo que deberás abstenerte a llamarme "Tarzán pecoso".

P.D. Perdona mi letra de la carta anterior, la verdad la escribí con las manos temblorosas. Esta vez me esforcé porque fuera más legible. ¿Lo conseguí?

P.D. 2. ¿Qué harías tú en mi lugar si conocieras a tus verdaderos padres? Sólo es simple curiosidad.

Siempre tuya.

Candice White."

Candy dobló la hoja y la metió en un sobre, rogando a Dios que Terry la leyera. Ya no pedía su presencia, le bastaba con una letra de su puño. Sólo quería saber que aún la recordaba con cierto cariño.

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Dos días atrás, la rubia estaba trepada en uno de los árboles leyendo la extensa respuesta de Albert. En ella, le sugería ponerse en contacto con Terry, pues era el único que podría identificarse con Candy. Suspiró y negó con la cabeza, Terry la odiaría. Sus dolores de cabeza y esa sensación de saber que sus padres biológicos estaban cerca no le interesarían. Un ruido a su lado la asustó, giró la cabeza y soltó un pequeño grito cuando vio el reflejo de sus ojos verdes en otro rostro.

— ¿Qué haces aquí, Jack? – preguntó recorriéndose en la gruesa rama del árbol. – ¿Cómo es que no te oí cuando trepabas?

El muchacho a su lado era el estudiante de medicina que estaba al pendiente de los tratamientos matutinos de Anthony. Lo había conocido la mañana posterior a su crisis de pánico, que le provocó una pequeña pérdida de memoria. Él se acercó a ella unos centímetros más para mirar con fijeza sus pecas.

— ¿Sabes que cuando frunces la nariz se te mueven las pecas? – murmuró más cerca de su rostro.

Esas palabras despertaron en la rubia recuerdos muy difíciles de olvidar. Tragó saliva y asintió con levedad, aún sin confiar en el muchacho. Era cierto que desde su llegada la trató con una inusual familiaridad, pero creyó que era parte de su carácter. Sin embargo, esa cercanía comenzaba a incomodarle, sobre todo cuando se esforzaba por desaparecer la distancia entre ambos rostros.

— ¡Si te acercas un centímetro más, voy a tirarte! – amenazó la chica con voz temblorosa.

El joven, entendiendo que estaba abrumándola, se alejó de ella hasta que su espalda chocó con el tronco. Carraspeó y sonrió. Candy, aliviada, le respondió la sonrisa. Cualquiera que pasara por ahí en ese momento, apostaría que esa sonrisa y esos ojos no tenían diferencia alguna.

— Por un momento temí que quisieras besarme. – confesó Candy al guardar la carta de Albert en sus bolsillos.

— ¡¿Besarte?! ¡No! ¡No podría hacerlo! – contestó la voz cantarina del estudiante. – No me malinterpretes, Ann, eres bonita, pero no te besaría aunque me pagaran.

Jack había decidido llamarla "Ann", ya que decía que si la llamaba por su nombre, sentiría antojo de un caramelo. Candy rió cuando se lo propuso, aceptando su extraña explicación. Se hicieron amigos casi después de la presentación, sentían que una conexión los unía; era como si se conocieran de toda la vida.

— Bien, entonces explícame por qué estabas tan cerca de mí. ¿Acaso contabas mis pecas? – preguntó divertida haciendo bizcos para mirar su nariz.

— Oh, no. Es sólo que me resultaste similar a una chica que conozco, eso es todo. – respondió Jack desviando la mirada al suelo. – No, no es lo que tú piensas, no es ningún amor frustrado o una jovencita a la que pretenda. Es algo más íntimo aún.

— Explícate, entonces. – lo retó Candy agudizando la vista. Él sonrió con un dejo de melancolía. Le sorprendía que ella fuera tan ingenua como para no percatarse de sus parecidos físicos. – ¿Te ocurre algo, Jack?

— No hablemos de mí, ¿quieres? Mejor dime, ¿quién es Terry? – la muchacha abrió los ojos cual platos y se levantó de un salto a causa de la sorpresa, lo que la llevó a perder el equilibrio y caer al césped. – ¡Anabelle! – exclamó en voz baja preocupado por el golpe de su amiga.

Bajó de inmediato, pero cuando quiso ayudarla a levantarse, ella ya estaba de pie, sonriéndole como si hubiera cometido una buena travesura. ¡Cómo deseó compartir su infancia con esa pequeña niña! Jack se percató de que sus estaturas se diferenciaban por varios centímetros, mas su parecido no tenía comparación.

— Me parece que ese Terry es algo importante para ti, ¿cierto, Ann?

— ¿De dónde sacaste ese nombre, Jack? ¿Has estado leyendo mi correspondencia? – inquirió mientras sacudía su vestido.

— No, cuando tuviste la crisis no dejaste de llamarlo. – la joven enrojeció de un momento a otro antes de darle la espalda. – ¡Dios, Ann! ¿Qué acaso es tan malo que lo llames?

— ¿Anthony me escuchó? – preguntó preocupada y avergonzada. El rubio nunca le mencionó ese detalle, sólo le dijo que estuvo inquieta cuando dormía.

— Sí, pero me dijo que no sabía quién era ese tal Terry. – la rubia arrugó el entrecejo. Durante varios días, Anthony casi le rogó que se contactara con Terry, ¿por qué negaba conocerlo, entonces? – ¿Ann?

— Es un… estudiante del colegio. Nada más. Con tu permiso, Jack, tengo que ver a Anthony. – se despidió preparada para correr a su habitación a desechar las lágrimas acumuladas, pero una mano delgada la retuvo. Un fuerte dolor en el pecho atizó a ambos chicos de ojos verdes. – ¿Qué fue eso?

— ¿También lo sentiste? – ella asintió. – Dime una cosa, Ann. – comenzó dándose por vencido. No podía soportar más secretos.

— No responderé nada acerca de Terry. – espetó ella cerrando los ojos con fuerza. Aún le dolía tanto su recuerdo.

— Lo sé, no te preguntaré por él. Sólo dame un minuto, ¿quieres?

Había momentos en los que detestaba a ese jovencito. Varias de sus actitudes le recordaban a Terry; al Terry curioso y agradable, no al Terry rebelde y agresivo. Y esas actitudes la culpaban de abandonar al hombre que más amaba.

Ella asintió de nuevo, sin las fuerzas suficientes para abrir los ojos. Su corazón aún palpitaba con fuerza, como lo hacía desde que despertó de su crisis.

— Creciste en un orfanato en América, sin conocer a tus padres, ¿cierto?

— Así es. – respondió ella despegando los párpados con rapidez. No comprendía el cambio drástico de tema. – Pocas veces los niños del hogar conocen a sus padres, por lo regular son abandonados en la puerta. A mí me encontraron en la nieve.

Una serie de palabras cruzaron la mente de Jack, sobre todo aquéllas que especificaban cómo dejaron a su hermana esa noche.

"–… una muñeca que ella apreciaba mucho estaba a su derecha. La compramos en una venta de garaje, su nombre era "Candy". Arropamos al bebé y la metimos en una canasta. La dejamos enfrente de un enorme árbol y nos fuimos con un dolor profundo en el corazón. No tienes idea de cómo nos lastimó dejar a tu hermana ahí, en medio del frío y con unas personas que no conocíamos."

—… Pero mis dos madres me enseñaron casi todo lo que sé. Si te preguntas si sufrí en mi infancia, puedo decirte que pocos niños tienen una tan divertida como la mía. – contó la rubia mirándolo de frente. A juzgar por su rostro de alegría, llevaba hablando de su crianza por unos cuantos minutos. – Ahí conocí a la que hoy es mi mejor amiga, Annie, quien ahora es hija de la familia Britter. También conocí a Tom, hijo actual de un granjero con enormes manos. Anthony conoce a ambos, pero tiene una fiel amistad con Tom, él fue quien le enseñó a mantenerse en equilibrio sobre un caballo desbocado. Claro que eso fue antes de que se cayera. – sonrió divertida. – Y ahí conocí también a mi príncipe. – suspiró perdida en sus recuerdos. Jack no se atrevía a interrumpirla, pudo sentarse frente a ella a comer caramelos, mientras ella seguía hablándole de su vida. Después de tantos años de estar separados, lo único que le interesaba era saber cómo fue la existencia de su hermana. – ¿Sabes qué es curioso? Cuando conocí a Terry creí que se parecía a Anthony, y cuando conocí a Anthony creí que se parecía a mi príncipe. ¡Eso significa que Terry se parece a mi príncipe!... – enmudeció de repente, quizá recordando más momentos con ese Terry. Su mirada la delataba: estaba profundamente enamorada de ese muchacho. La joven despertó con una sacudida en su cabeza y prosiguió, como si jamás hubiera mencionado ese nombre. – Como sea, el que me abandonaran en la nieve, fue lo mejor que me pudo pasar. – estiró los brazos y colocó las manos detrás de su nuca. – No sabes cómo agradezco a mamá y papá que me dejaran al cuidado de la señorita Ponny y la hermana María.

Esas palabras fueron como una estaca en el corazón del moreno. Le alegraba que Anabelle no hubiera sido infeliz, pero le dolía saber que ella estaba tan satisfecha que no sentía ni curiosidad por saber cómo sería su vida de haber sido criada por su verdadera familia.

— ¿Y no piensas que quizá tuviste un hermano que te añoró durante muchos años? – preguntó algo deprimido. La sonrisa de la muchacha se ensanchó rompiéndole un poco más sus esperanzas.

— ¡No! Estoy segura de no tener hermanos. Si mis padres me abandonaron fue porque no podían alimentarme. Así que de tener un hermano, es seguro que tampoco pudieron criarlo, y en teoría, debimos estar juntos cuando Tom nos encontró.

— ¿Y si sólo podían mantener a uno de sus hijos?

— Me haría pensar que yo no fui deseada, o quizá no me querían lo suficiente como para hacer un esfuerzo mayor para no separarme de mi hermano. Aunque no me importa, mi hermana, aunque no consanguínea, es Annie, y sólo a ella la aceptaré como parte de mi familia.

— ¿Y si supieras que tu verdadera familia te ha encontrado? – la rubia fijó sus verdes ojos en los de él al comprender lo que le quería decir.

— Mi única familia verdadera son los Andley. No renunciaré a ellos. El abuelo William ha dado mucho por mí y no pienso llamar "familia" a cualquier extraño que crea que soy su hija perdida, Jack.

— Anna, debes analizarlo, piénsalo bien. – sugirió tomándola de las manos. Ese dolor en el pecho se incrementó.

Fue entonces cuando Candy recordó lo olvidado durante su crisis: la conversación entre el doctor Mathewson, la enfermera Catherine, la abuela Bath… y Jack. Negó con la cabeza mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. No estaba dispuesta a aceptarlo. No estaba preparada para una sorpresa de esa magnitud. Ahora recordaba porqué llamaba con tanta fuerza a Terry. Un sentimiento de odio comenzó a crecer en ella, invadiendo cada célula de su cuerpo.

— La muñeca con la que te encontraron se llamaba "Candy, ¿verdad? – exclamó Jack leyendo en su mirada la situación. – Tú no eres Candy, ¡tú eres Anabelle! ¡Eres hija del doctor de Anthony! ¡Soy tu hermano gemelo!

— ¡Cállate! – ordenó Candy al empujarlo con la fuerza suficiente para tirar al joven al suelo. Esa era la fuerza recurrente en el británico que adoraba. – ¡Tú no eres mi hermano! ¡Yo no tengo padres! ¡Mi familia nunca me abandonaría! ¡Mi verdadera familia son los Andley! – chilló con un mar de lágrimas derramándose en su rostro. Jack se pasó una mano por la cabeza y cuando la separó, descubrió la sangre en su mano. Candy ocultó su rostro con ambas manos y luego se dio la vuelta. Después corrió hacia las afueras del hospital.

Corrió durante un largo tiempo, sin fijarse siquiera cuando cruzaba una calle o cuando golpeaba a los transeúntes. Ella sólo quería escapar, quería irse lejos. Quería desplazarse lo suficiente para llegar a los cobijadores brazos de su Terry.

— ¡Terry! ¡Terry! ¡Te necesito, amor mío! ¡Tengo miedo, me tengo miedo, Terry! – se detuvo justo enfrente de un árbol de tronco grueso. – Quiero oír tu voz, necesito ver tus ojos. – se miró las manos y las estrujó con fuerza. – Si pudiera tocar tus manos, Terry. – acto seguido abrazó el tronco y se echó a llorar sin remedio alguno. Quería regresar al colegio, deseaba volverlo a ver. – ¡¿Cómo hago para tenerte conmigo, Terry?! – cuestionó aferrándose con más dolor al árbol.

Después de varios minutos, por fin se dio cuenta de la respiración agitada que la acompañaba. Giró el rostro unos centímetros y se sorprendió al reconocer al hombre que estaba parado detrás de ella. Sus ropas blancas estaban sucias por el polvo y sus rodillas tenían tierra, prueba perfecta de las caídas en su persecución. Era Jack.

— ¿Qué te pasa, Candy? – cuestionó él con la mirada casi tan triste como la de ella. – ¿Por qué lloras?

— Jack… – respondió soltando al árbol. – Terry… ¡Yo necesito a Terry! ¡Y Terry está tan lejos! – explicó entre sollozos, para después abrazar a su amigo y echarse a llorar.

— Lo amas mucho, ¿cierto? – contestó Jack acariciando el cabello de la muchacha.

— Desde el día en que lo conocí. Y él también me ama, Jack. Es lo que yo necesito. – Jack recargó la barbilla en la cabeza de Candy mientras buscaba las palabras exactas para consolar por primera vez a su hermana. – Él es tan tierno y tan fuerte. Él no lloraba ni se dejaba llevar por sus sentimientos.

— Terry te dio amor, ternura y fortaleza. – afirmó alzándole el rostro lloroso a la pecosa.

— Es por eso que no puedo olvidarlo, Jack. Aunque quiera, no sale de mi corazón.

— ¿Y por qué es necesario que salga, Candy? Si es la persona que más te ha dado no debes pagarle con tus lágrimas y burdos intentos de olvidarlo. Si es cierto que él también te ama entonces no le des sólo tristeza. Tienes que demostrar que has aprendido de su fortaleza, sonreír y seguir con tu vida. No eres la única que tiene tristezas, pero debes atreverte, ¡sólo tú puedes encontrar el camino! Si en verdad lo amas, entonces haz que se sienta orgulloso de ti. – le acomodó detrás de la oreja un rizo suelto. – Procúrale amor para que te procure amor, porque a base de lágrimas no conseguirás nada más que entristecerlo. Anda, Ann, límpiate ese rostro y esfuérzate por enorgullecerlo.

— Jack… – susurró limpiándose las lágrimas con su antebrazo. Un momento antes estuvo decidida a odiarlo, a odiarlo a él y a toda su familia, pero no sabía cómo hacerlo si le demostraba tanto cariño a una hermana que desconocía por completo. – ¡Oh, Jack! – repitió abrazándolo con fuerza.

Ahora comprendía porqué se sentía a salvo cuando estaba cerca de él, por eso le tenía tanta confianza y por eso sentía un fuerte dolor en el pecho cuando tenía contacto con él. Jack era su hermano, compartía sus genes, creció en el mismo cuerpo. Una parte de sí siempre añoró sentir a su familia verdadera, saber que no era un extraño espécimen; pero Candy, como siempre ignorando los dolores sin remedio, dejó pasar aquél sentimiento. Y ahora que estrechaba a Jack con fuerza una felicidad nueva invadió su cuerpo. Pensando en el recuerdo del amor de Terry y abrazando a su hermano, por fin se sentía completa.

— Anda, vamos al hospital. Le diré a Ellen que cubra tu turno, tenemos que hablar con papá y mamá para ver lo de tu presentación social. – Candy escuchó las últimas palabras y se separó de él con rapidez. Sus ojos detonaban sorpresa. – ¿Ocurre algo, Ann?

— Sí. ¿A qué presentación te refieres? – preguntó adivinando la respuesta.

— Por supuesto serás presentada como una Mathewson, eso es lo que eres.

— ¡No! ¡Yo soy una Andley! – exclamó con la imagen del tío abuelo William en su cabeza. No podía traicionar al hombre que tanto hizo por ella. – No seré una Mathewson porque ya soy una Andley.

— ¡Pero, Anabelle! Soy tu hermano, eres parte de la familia. Obviamente tendremos que anular tu adopción, porque está claro que…

— Lo único que tengo claro es que fui abandonada por los Mathewson y no pienso formar parte de una familia en donde me desecharon. William Andley me adoptó en el momento más cumbre de mi vida, y gracias a él he vivido los mejores momentos de mi adolescencia, así que no pienso darle la espalda. – contestó con la sangre hirviendo en su cabeza. – ¡Y yo ya fui presentada a la sociedad! ¡Fui presentada como la señorita Candice White Andley! – explicó con una gruesa capa de lágrimas en los ojos. – Quizá nací siendo una Mathewson, Jack, pero me sacaron de la familia en cuanto me dejaron en el Hogar de Ponny. Y ahora creceré siendo una Andley, hasta que sea desposada por Terr… Anthony. – corrigió con un ligero rubor en las mejillas. Un segundo después, cuando controló los latidos de su corazón, finalizó. – Agradezco tu atención, Jack, así como el buen trabajo que están haciendo tus padres por Anthony; pero nunca volveré a formar parte de su familia.

— ¿Y en dónde está ese tal William Andley, Anabelle? – replicó el jovencito con el mismo coraje que la muchacha. – ¡Si tanto te ama, entonces dime en dónde está! ¡Un par de días atrás escuché decirle a Anthony que nadie conoce a ese vegete! ¡Eso te incluye a ti! ¡Si tanto lo defiendes, entonces dime cómo es tu padre adoptivo! ¡Si te ha dado mucha felicidad como dices, dime cuándo te ha abrazado! ¡¿Cuántas veces te ha limpiado las lágrimas?! ¡Dime si ese anciano sabe de tu amor por Terry! ¡No ha hecho nada por ti, excepto firmar un insignificante papel! ¡Dime si en verdad se gana el derecho de que le llames "padre"! Él no es tu familia, Anabelle; nosotros sí lo somos.

Candy se mordió el labio. Ese jovencito no sería fácil de tratar. Era igual de terco que ella. La sangre los hacía tan similares que comenzaba a asustarle. En ese momento lo supo, sólo Terry podía ayudarla.

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¡Hola!

Este capítulo me gusta mucho, no sólo porque al fin Candy se deja llevar por sus deseos de ver a Terry y se porta tan desesperada como él. Es la testarudez de Jack lo que me gusta, no sé, es como que inocente su testarudez, además, su historia también da ternura. Bueno, esa es mi impresión, no sé que digan ustedes.

¿Recuerdan que hace ya muchos capítulos les dije que habría cambios de personajes en algunas escenas? De acuerdo, aquí está una de ellas. En el anime aparece una escena similar, bastante similar, en donde Candy llora por la muerte de Anthony y el que dice todas esas palabras bellas de la superación y todo eso, es Albert. Es evidente que aquí no era posible que Albert se apareciera de la nada para consolar a Candy, sería todo un caos. También necesitaba mostrar el lado sabio de Jack.

Asimismo se vio en este capítulo parte de la historia detrás de cómo encontraron a Candy. Yo siempre me pregunté cómo fueron los padres de Candy, y sólo aquí tuve la oportunidad de suponerlo. Claro que mi hipótesis no tiene base alguna, sólo la imaginé y me gustó. Espero que a ustedes también, no saben como me pone nerviosa eso.

En fin, los dejo. Muchísimas gracias por sus comentarios, por ahí hubo un comentario en francés. ¡Me impresionó! No creí llegar hasta allá. Como sea, sean del país que sean, su apoyo es mi felicidad entera.

Les mando un fuerte abrazo.

Nos leemos el jueves.