24.
Desesperación.
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Las rodillas del británico temblaban sin control. Sus manos estaban pegadas a sus labios, ya sucios de la tinta que tantas veces le salpicó durante la dura jornada de tres días tratando de escribir una carta sensata. A su alrededor, varios botes de tinta y un sinfín de hojas se esparcían. El lugar impecable y ordenado que fue una vez la habitación de Terruce Grandchester, estaba hecho un caos, así como su lamentable apariencia. Su cabello sedoso estaba enmarañado a causa de las múltiples sacudidas que recibió durante la temporada en que el muchacho se exilió. Debajo de sus ojos unas pronunciadas ojeras hacían su aparición. Y a pesar de ducharse cada seis horas, para aligerar el sudor y nerviosismo que le provocaba la emoción de responder la carta de una adorable jovencita; no podía quitarse la imagen de un vagabundo. Sus ropas, sucias y arrugadas, eran la prueba final de la desesperación que sentía el adolescente.
Miró una vez la hoja que tenía frente a él y negó con la cabeza, arrojando el borrador número ene de su carta para Candy. Estiró el brazo izquierdo y cuando quiso tomar otra hoja de papel, se dio cuenta de que se habían acabado.
— Debe ser una broma. – se dijo colocando de nuevo las manos en la cabeza, despeinándose otro poco. Cerró los ojos con fuerza mientras unas fuertes punzadas atacaban su cráneo. – Sólo es una carta, Terruce. Sólo es una maldita carta, ¡santo cielo! – exclamó poniéndose de pie en un brinco.
Un terrible dolor el la espalda provocó que volviera a ocupar su lugar en la silla. Esa desesperación lo estaba envejeciendo. Resopló sobándose la espalda. "Y decían que el amor no dolía…" pensó Terry al recordar una línea de su obra de teatro preferida.
— "Se ríe de las cicatrices quien nunca ha sentido una herida."[1] – recitó con la voz temblorosa. – Vete al infierno, William, eres un genio.
Al levantarse de nuevo, un poco más despacio, se dirigió a la ducha, pero un fuerte deseo por escribir lo embargó por completo tumbándolo de rodillas al suelo, para buscar una hoja en blanco en los cajones y debajo de la cama. Se odió por ser tan ordenado.
Maldijo por tercera ocasión y caminó hacia la puerta, tendría que salir para comprar más papel. Unas risas masculinas lo distrajeron. Eran Stear y Archie en el cuarto contiguo. Parecían felices.
Su espalda se relajó cuando la carcajada de los Cornwell se intensificó. El aprecio que sentía por ellos era causado por Candy, pues gracias a ellos la rubia no fue infeliz durante su estancia con los Leagan. Por eso le tranquilizaba saber que tan siquiera ellos no sufrían.
— ¡Al demonio! ¡Ellos tendrán una mísera hoja de papel que me regalen! – aseguró corriendo al balcón.
Sonrió al recordar a su tarzán pecosa y saltó al balcón vecino.
Las risas cesaron de inmediato al escuchar los pies de Terry aterrizar en su habitación. Era la desesperación personificada. Cualquier atractivo antiguo quedaba casi extinto en ese cuerpo masculino. Sólo su gesto de ironía rescataba la simpatía del muchacho.
— Antes de que me digan algo sobre mi aspecto, quiero aclarar que no estoy borracho. – comenzó Terry haciendo a un lado un mechón de cabello que le estorbaba en el rostro.
Alistear, quien no tenía ningún resentimiento hacia el muchacho, sintió como la lástima invadía su ser. Cuando lo vio por primera vez, en el Savoy, le temió a su aire altanero, temor que se incrementó al verlo entrar con tanta ironía en la iglesia; pero cuando supo de sus sentimientos por Candy, y ésta le contó todos los sacrificios del británico, se percató de que Terruce Grandchester sólo necesitaba que no lo dejaran solo. Además, contrario a lo que pensaba su hermano, creía que no era un mal muchacho, confiaba en él. Y le dolía verlo en un estado tan deplorable. Se prometió que jamás le contaría a la pecosa nada acerca de eso, pues sólo conseguiría lastimarla. Stear no era de las personas que se metían en las decisiones de los demás, su carácter era pasivo; pero no terminaba por creer que Candy pudiera abandonar al hombre que amaba por una inexistente obligación de honor. Él no podría dejar a la pequeña que ahora estaba metiéndose en su corazón, remplazando a Candy. No la dejaría, a menos que eso sirviera para salvarla o hacerla más feliz. El amor de Stear, protector y liberal, nunca ataría a la dueña de su corazón a ser esclava de sus brazos, la cuidaría hasta que el último latido repiqueteara en su pecho. Y algo le decía que el amor de Terry por Candy, aunque más pasional, podía ser comprendido por el amor de Stear hacia Patricia O'Brien.
— ¡¿Qué demonios haces aquí, Terruce?! – exclamó Archie colocándose en posición de combate.
No cabía duda que el americano empezaba a sentir algo por Annie, pero no podía ser comparado con el desenfrenado amor que aún le dirigía a Candy. Y siendo él más celoso que Anthony, aún no toleraba lo suficiente la presencia de Terruce. No era tonto, sabía que ellos dos guardaban sentimientos muy profundos, no tenía que ser un genio para percatarse que Terry estaba enloquecido por Candy, y a costa del dolor de Archie, era correspondido de la misma forma.
— ¡Tranquilízate, hermano! – exigió Stear adelantándose para sonreírle al intruso. – Perdona a mi hermano, creo que no puede evitar odiarte.
— El odio es un sentimiento muy profundo, y no puedo darme el lujo de permitirme tal tontería, Stear. Lo que pasa es que no comprendo que hace en nuestra habitación.
— Está claro que no vine a charlar, muchachito. – respondió Terry con su típica sonrisa desdeñosa. – Si les molesto, me iré enseguida, sólo quería pedirles una hoja de papel, eso es todo. – explicó paseándose por el cuarto. Cuando fijó la vista en una fotografía encuadrada, la sonrisa de su rostro se esfumó. – ¿Eleonor Baker? – preguntó tomando entre sus manos el retrato.
— ¿También gustas de ella, eh, Terruce? – preguntó Stear, acercándose a él.
— No digas tonterías, Stear. La mitad del colegio está loco por ella, pero creí que ustedes tendrían un poco más de cerebro. – advertido por los rechinidos de los dientes de Archie, decidió cambiar de tema. – ¿Entonces podrán regalarme una hoja de papel o será mejor que me vaya?
— Me sorprendes queriendo hacer tarea, Terruce. – respondió Stear al abrir el cajón de su escritorio. – Aquí tienes un par.
— Gracias, Stear. – respondió con una sonrisa sincera en los labios. Tomó las hojas y entendió porqué el inventor era tan especial para Candy. – Aunque lamento decepcionarte, estas hojas no serán para hacer tarea. No pierdo mi tiempo en pequeñeces como aquéllas. – apuntó guiñando un ojo. – Buena suerte, muchachitos. Nos vemos, Stear.
Y con un leve movimiento en la muñeca, se despidió. En menos de veinte segundos, el británico ya estaba redactando una extensa carta a su amada. Una viva imagen de Candy se posaba en su mente mientras le contaba las nuevas con su característico sentido del humor. La sabía mal, aunque quisiera ocultarlo, él sabía que ella necesitaba reír; y con su carta, lo conseguiría. El mensaje oculto detrás de esas líneas era lo que Albert ya le había mencionado: Candy necesitaba de él. Ahora que leía la segunda posdata, comprendía la razón. Y aunque el apellido Mathewson resonaba en su memoria, no podía recordar quienes eran con exactitud, sólo recordaba a una vieja regordeta que conversaba alegre con la segunda mujer del duque de Grandchester.
Al terminar la carta, la releyó en voz alta, pateando descuidadamente las bolas de papel que yacían en el piso de la recámara. Se recriminó por la despedida tan burda, pero aceptó que una confesión amorosa no era lo que la dama sin apellido necesitaba.
"Querida Candice White:
Tus disculpas quedan en el aire, pues no hay nada que perdonar. Jamás podré perdonarte por hacerme perder la clase que más odio. En serio, fue fantástico.
Creo que debí mencionártelo, rompí contacto con Eleonor, estoy seguro de que si le hablases de mí, te respondería como si yo fuera un pleno extraño. Quizá lo soy.
¡Ah! ¡El festival de mayo! Bien dicen que "con todo esto y a decir verdad, en nuestros días, razón y amor no hacen buenas migas"[2]. Tus amiguitos, la tímida y el elegante, pasaron una tarde digna de un cuento de hadas. Claro, Elisa formaría parte del elenco como la bruja malvada o el ogro. Tuve otro pleito con Archie, esta vez fue verbal, no te alteres, pecosa, que no lo he lastimado.
He pasado a ver a Albert en repetidas ocasiones y decidí pasar el verano con él en el zoológico. Necesitaba verte y la manera más eficiente que conozco, es tener frente a mí a la jaula de los monos.
Por el momento, no te diré mis planes enteros porque no es algo de lo que esté seguro, además has de saber, señorita Tarzán, que eres de mal augurio.
Y respondiendo a tus posdatas, te diré que en esta ocasión no tuve que acudir al diccionario de jeroglíficos para traducir tus palabras. Te doy un siete, quizá.
Hablando en serio, ¡¿qué clase de pregunta hiciste en la segunda posdata?! Está claro que mi aceptación con la nueva familia dependería de la sazón de la madre y la cartera del padre. Aunque siendo tú, no creo que ellos quieran tener a un mono pecoso en la familia. Dame más información al respecto, Candy.
P.D. Le he dado tu recado a Klin, pero no puedo traducirte su respuesta. Lo siento tanto.
Esperando que estés siempre sonriente.
Terruce Graham."
El muchacho suspiró, dobló la carta en cuatro, y la metió en el sobre. En esa carta iba todo su amor. Se dejó caer en la cama y cerró los ojos, recordando cada momento precioso que pasó con Candy desde que la conoció. Deseaba tanto abandonar el colegio e ir tras su pecosa. Lo haría si tan sólo tuviera la fortaleza para no robarla y escapar con ella al fin del mundo. La cárcel no era lo que le preocupaba, sino el hecho de tener que separarse de Candy de nuevo. Sabía que cuando la volviera a ver, la abrazaría con todas sus fuerzas y jamás la soltaría. Ahora sabía lo que era enamorarse y perder, no estaba dispuesto a pasar por aquello una segunda vez.
Una terrible memoria llenó su mente, acribillándolo por tratarla de una forma tan poco caballerosa, esa noche en la que le enseñó su segundo más grande tesoro. Se llevó una mano al cuello y apretó el guardapelo, culpándose por haber hecho llorar a su Candy aquélla velada.
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– ¿No es obvio, pequeña pecosa? La armónica que me diste.
Ella lo miró sin comprender porqué ese objeto podría tener tanto significado para él. Su historia con esa armónica no era gran cosa, pues la compró un día en que acompañó a Stear a la ciudad para obtener más material de construcción. Llevaba un mes como miembro de la familia Andley, y en realidad era su primer paseo como tal. No tocaba muy bien la armónica pero le pareció bonita, y como no tenía idea de qué hacer con el dinero que su amigo le dio para comprarse lo que desease, lo gastó en esa tienda de antigüedades.
— Pero no conozco su origen. ¿Sabes si es especial? – cuestionó la muchacha curiosa. Su acompañante soltó una pequeña carcajada. Adoraba su ignorancia.
— No seas boba, pequeña pecosa. Esta armónica es especial, no por su origen, sino por la antigua propietaria.
— ¡¿Perteneció a una ilustre dama?! – preguntó Candy arrebatándole el instrumento para buscar algún ícono real o antiguo, pero le seguía pareciendo una armónica común y corriente. – No veo nada… – admitió causando en el joven otra pequeña risa. – Más te vale que seas más explícito, Terry, no entiendo lo que quieres decir.
— Me refería a ti, tarzán pecoso. – contestó el aludido levantándose de un brinco de la cama. – Me agradas, y eres la única chica que se ha atrevido a hacerme un regalo en el colegio. – le guiñó el ojo. Ahí nació una pequeña desconfianza por parte de Candy.
Un impulso desenfrenado llevó al muchacho a atreverse a cruzar los límites de la proximidad, tomando a la joven de los brazos, obligándola a mirarlo de cerca. Ella jadeó, insegura. Sus ojos, sus enormes ojos detonaban miedo. Él leyó ese terror, pero lo ignoró. Ella estaba preciosa a la luz de la luna, su vestido sucio no le hacía justicia al cuerpo que debía poseer. Su cabello enmarañado podría lucir perfecto si lo dejara suelto. Candy podría ser la mujer más bella de toda Inglaterra, si se esforzara por serlo. Pero aún así, desarreglada y temerosa, a él le parecía una verdadera joya. Ese impulso de idiotez lujuriosa, lo llevó a cometer el peor acto de su vida. Bajó sus manos hasta tomar la cintura de la muchacha, y ella, adivinando sus intenciones, le suplicó que se detuviera, pero él, de un solo movimiento, la levantó del suelo dejándole unos pocos centímetros de distancia entre ambos rostros. La deseaba tanto.
— ¡He dicho detente! – repitió ella dejando que su mano derecha le atizara una bofetada para conseguir que él la soltara. – ¡Granuja! ¡Lo has estropeado todo, Terry! – gritó sin controlar el llanto acudido a sus ojos. – ¡Al final no eres más que un granuja! ¡Un sucio granuja que besa a las chicas de forma brutal!
Una rabia incontrolable se apoderó de él. No tenía derecho a llamarlo de esa manera, ni ella ni nadie. Con un gemido equivalente a sus sentimientos, le regresó la bofetada a Candy, quien asustada, se cubrió la mejilla golpeada.
— ¡¿Granuja?! ¡¿Cómo puedes saber que soy un granuja?! – explotó él observando ese terror que tanto marcaba la muchacha.
— Esa hubiera sido mi primera vez. – contestó ella con hilo de voz. – Y… Y Anthony jamás me besaría con tanta bruteza. – una sonrisa socarrona se formó en el rostro de Terry.
— ¿Qué es lo que tiene ese Anthony? – acusó tomándola de nuevo de los hombros. – Dime, ¿cómo te habría besado si fuera Anthony? – acercó de nuevo su rostro al de la pecosa. – ¿Es que él te besaría con más ternura? – preguntó con voz seductora. La sentía temblar bajo sus manos, estaba irradiando un sentimiento de horror demasiado grande. Se odió por inspirarle ese sentimiento a Candy. Se odió tanto que no pudo continuar con aquél trato, así que la soltó con fiereza, causando que ella tropezara con la pata de la mesa y tirara uno de los floreros. – ¡No he terminado! – advirtió descubriendo la intención de Candy para huir de la habitación. – ¡¿Cómo puedes saber lo que siento?! ¡Siempre es ese tal Anthony, siempre hablas de ese Anthony! ¡Él no está aquí, ¿ves?! ¡Él no es lo que tú mereces!
— ¡Detente! – suplicó ella cubriéndose el lloroso rostro. – ¡Eres malo, Terry, eres malo! ¡Tú eres el que no…! – se detuvo de repente, dejando la frase inconclusa.
Después corrió al balcón y brincó hacia el árbol frente a él.
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No tenía razón para hablarle de ese modo, tratarla como una verdadera bestia. Candy era su mayor tesoro y la trató como a una cualquiera, casi obligándola a que lo besara. Aunque ella se equivocaba, él no era un granuja que besaba a las mujeres, porque nunca existió un plural. Para el corazón y labios de Terry, sólo había una sola musa. No besaría o amaría a otra mujer que no fuera esa diosa de cabellos dorados. Candy era la única dueña de Terruce.
La puerta se abrió, y los elegantes pasos de un caballero despertaron al muchacho de sus pensamientos. No tuvo que abrir los ojos para reconocerlo.
— Hola, Richard. – saludó fríamente aún con los ojos cerrados.
— No me llames así, que no soy tu amigo, soy tu padre, Terruce. – lo regañó la grave voz del duque. – ¿Quieres explicarme qué es todo este desastre?
Por fin Terry dejó ver sus ojos azul verdosos y paseó la mirada por su recámara, ignorando la imponente figura de su padre. Sí que se veía asqueroso. Con una máscara de indiferencia, alzó los hombros y volvió a sus divagaciones.
— Terruce, me han dicho que están preocupados por ti. Has estado encerrado durante casi cuatro días, sin comer o beber algo, y…
— Le recuerdo, duque de Grandchester, que usted sólo viene al colegio a entregar donaciones, no a visitar a su primogénito. Ahora, ya que ha hecho lo que debe, puede retirarse, quiero estar solo. – señaló dándole la espalda. – Prometo que limpiaré el cuarto, si es lo que te preocupa. Y mañana mismo llevaré la ropa a lavar.
El duque miró con pesar al único fruto de su amor por la actriz más bella que sus ojos vieron. Deseaba que la relación con su hijo fuera mejor, pero no se atrevía a acercarse mucho a él, porque sabía de sobra que tenía el mismo carácter que él a su edad; y aunque en su rostro las delicadas facciones de Eleonor se reflejaran, no podía abrazarlo. No sabía cómo demostrarle su amor.
Suspiró dispuesto a irse dejando a Terry en su soledad, cuando un sobre en el edredón llamó su atención. A pesar de su avanzada edad su vista aún era aguda, así que sin problemas pudo leer el nombre del destinatario. Sonrió inconscientemente, al recordar cómo él también se ponía nervioso cuando le escribía una carta a Eleonor, su más grande amor. Ahora entendía la apariencia del cuarto y del muchacho. Se acomodó el saco y se sentó en la silla del escritorio, para la gran sorpresa de Terry.
— Cuando tenía dieciocho años, mi familia y yo viajamos a América, ¿sabes? – comenzó la historia adivinando que su hijo le pondría atención especial. Desde que Terry tenía cinco años, el nombre de Eleonor jamás fue mencionado en su presencia, por lo que no conocía la historia de sus padres. – Era a causa de los negocios de tu abuelo, pero mi carácter no me permitía quedarme encerrado en la mansión en donde nos quedábamos, así que una tarde con la ayuda de un sirviente, salí a pasear por Nueva York. – rió divertido. – Como era de esperarse, me perdí entre una ciudad tan caótica. Pero encontré la felicidad, la verdadera felicidad, cuando huyendo del mayordomo de la mansión, entré a un teatro no muy grande. ¿Sabes, Terry? Antes de eso, no podía definir al amor, pero cuando vi a tu madre, supe de inmediato que era la mujer de mi vida.
— ¿Y por qué la dejaste ir? – espetó el muchacho.
— ¿No es claro? Fui un idiota que se dejó llevar por las obligaciones familiares. Hijo, nunca permitas que los deberes te separen del amor, porque una vez que lo dejas ir, jamás regresará a tu lado.
Terry escuchó las palabras de su padre, palabras que se quedaron para siempre en su corazón. Pero no supo que decir.
— Piénsalo, Terry. Nos vemos.
[1] Shakespeare William, Romeo y Julieta, acto 2°, escena II.
[2] Shakespeare William, Sueño de una noche de verano, acto 3°, escena I.
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¡Hola!
Por fin se enteraron de lo que sucedió esa noche. Espero no haberlas decepcionado. No ocurrió ningún beso, aunque Terry lo intento no una sino dos veces. La verdad sí se merecía la cachetada, o sea, está bien, le gustaba, se sentía atraído y toda la cosa, pero... hay maneras. Yo nomás digo.
Y bueno, me encanta la primer escena del capítulo, díganme, además de cuando está borracho, ¿en qué ocasiones encuentras a un Terry tan destrozado interna y externamente? Para que vean que escribir no es tan sencillo, así me encuentro yo de vez en cuando. Por suerte, yo puedo abrir otro y otro y otro documento de word y nunca se acaban las hojas. ¡Toma esa, Grandchester!... No, ya, sentí feo por él. Imaginen cuánta basura generó en esos días.
Lo bueno fue que consiguió escribir la carta. Candy jamás se imaginará todo lo que tuvo que pasar para escribirla. Es tan buen actor hasta en eso.
Les quiero adelantar algo, pero no sé si hacerlo... Neh, lo voy a hacer. Como notaron, o eso espero, Richard Grandchester puede decir cosas muy sabias, así que no se despedirán de él. No sé si en uno o dos capítulos más entrará al fic casi como protagonista. ¡Qué emocionante!
Finalmente, les agradezco por su infinito apoyo. Les juro que lo que más me gusta de escribir, además del verbo mismo, es compartir y leer sus opiniones. Les mando un fuertísimo abrazo. Nos leemos el lunes.
